VALENCIA, 1936. ERNESTO TIENE 11 AÑOS

Para ser más exactos, es diciembre del 36. Y Ernesto en realidad tiene 10, pero cumplirá 11 la semana que viene.
Está sentado en el borde de una gran mesa, balanceando sus piernas con sus calcetines altos de cuadros. Los cordones de uno de sus zapatos está suelto y también se pendulea, colgando.
La mesa, llena de patrones y de telas, está en una sala del entresuelo de un edificio céntrico, muy cerca de lo que, con guasa, ahora llama la gente “El Casal dels sabuts”. Este casal no es otra cosa el Hotel Palace, que hace poco se ha convertido en la Casa de la Cultura, donde están tomando sitio los intelectuales del momento que vienen huyendo del Madrid asediado.

El niño pasa ratos en esta casa y le encanta curiosear en el taller y ver cómo se trabaja. Esta tarde, mientras espera que venga su abuela a por él, está entretenido viendo cómo Elvira acaba de hilvanar las costuras laterales de un pantalón de caballero. Elvira tiene unas cuantas aprendizas en el taller por las mañanas, pero por las tardes trabaja sola.

papa moda
(Dibujo del propio Ernesto, hecho unos años más tarde)

Desde que ha empezado el curso, Ernesto ha quedado en Valencia al cuidado de su abuela y su tía, mientras que sus padres y hermanos pequeños siguen en Burjasot, donde se trasladó la familia a final del verano en vista de los tumultos y disturbios que se producían en la ciudad. El padre tiene alquilada una casa en ese pueblo cercano a la ciudad, con corral trasero y salida directa al campo.

Esta tarde su tía, que es practicante, tiene trabajo en el hospital y su abuela unos recados que hacer, de forma que han dejado al niño un rato en casa de Elvira, una amiga y vecina de toda la vida.
Es una mujer sorprendente, divertida, quizá algo excéntrica, pero estos son tiempos revueltos.
De repente alguien da unos golpes en la puerta, bruscos.
—¡Vieja, abre! —Dice una voz ruda.

Ernesto, sorprendido, deja de balancear sus piernas y Elvira tras levantar un momento la vista de su labor, reemprende la costura porque le quedan sólo dos o tres puntos para acabar el hilván que la ocupa.

Cuatro golpes más.
—¡Vieja, sabemos que estás ahí. Abre la puerta!

Elvira da la última puntada. Con tranquilidad clava la aguja en el acerico, deja el dedal en el costurero que tiene a su derecha y se dirige a la puerta. Al pasar junto al niño le hace un solo gesto, que Ernesto entiende claramente: “tranquilo, ya verás que no pasa nada, quédate quieto donde estás”.
Y camino de la puerta la sigue el revoloteo de su bata de seda, verde con hojas ocre como motivo decorativo.

En efecto, son tiempos revueltos y aunque la situación se ha tranquilizado, todavía se producen requisas, unas más o menos justificadas y otras que son meros robos.
Apenas abre la puerta, desde fuera empujan con fuerza y mientras Elvira tiene que retroceder aparece un miliciano con su mono azul, sus correajes y su cara mal afeitada.
—¡Vieja, sabemos que tienes una máquina de coser y venimos a requisarla en nombre del pueblo! —Dice el hombre, con la mano sobre la culata de su pistola, plantado delante de la mujer.

Elvira lo mira de arriba abajo. Mientras, él repara en el pequeño Ernesto.
—¿Quién es ese? —Dice el miliciano señalando al niño, que para en seco su balanceo de piernas, aunque el cordón sigue penduleando un momento.
—Un amigo, ¿qué pasa?

El otro va a responder, pero recuerda su misión principal, abandona el asunto del niño y vuelve a dirigirse a Elvira.
—¡Bueno, ya está bien!

El hombre pasea la mirada por la sala, buscando algo. Está la gran mesa con su lámpara de araña encima, sus rollos de tela, los patrones y unas tijeras enormes en el centro. A un lado varios puestos de trabajo con sus sillas bajas y sus costureros, y al fondo el ventanal que da a la calle con unas elegantes cortinas, muy burguesas. No hay trazas de ninguna máquina de coser.

Ernesto sabe bien que en una habitación contigua hay tres, dos antiguas y una más moderna. Y a él le encanta ver cómo las chicas cosen en ellas. A veces le dejan hacer canilla en una de las viejas y se queda fascinado de la rapidez con la que el hilo pasa de la bobina grande a la otra en miniatura, hasta que el automatismo dice ¡Basta! y salta el mecanismo que desembraga el arrastre.

El hombre se vuelve hacia la puerta:
—¡Compañeros, vamos a buscar la máquina, que me sospecho que a lo mejor tiene más de una!

Entonces Elvira se da cuenta de que por la puerta asoman otras dos caras, la de un joven de pelo rubio y la de un hombre mayor con boina.
Elvira se planta en jarras y se crece:
—¡De aquí vosotros no os vais a llevar nada! Así que ya os podéis ir yendo por donde habéis venido.
El miliciano la mira fijamente desde arriba, dada la diferencia de estatura. Y lentamente desenfunda su pistola. Ernesto detiene un momento el balanceo de sus piernas; no es la primera vez que ve un arma, pero nunca tan de cerca y ni tan amenazadora como la que tiene el miliciano en la mano. Mira a Elvira y como la ve tan tranquila y serena, se relaja y procura concentrarse en prestar atención a este espectáculo exclusivo, al que asiste en primerísima fila.

—Mira vieja, necesitamos máquinas de coser y ahora mismo nos vamos a llevar la tuya, quieras o no quieras, así que aparta de en medio y nosotros nos encargamos.
Con la punta del cañón, aunque con cierta suavidad, intenta apartar a la mujer. Pero ésta no se mueve.
—Miliciano, yo no sé quién eres, pero debes saber que ahora mismo estoy esperando al chófer de Largo Caballero que viene a por unos encargos. Así que tú verás.

El hombre la mira con desconfianza. Hace cuatro semanas el gobierno de la república se ha trasladado en pleno a Valencia, y quizá pueda ser cierto que el chófer del presidente tenga que venir a este taller de sastrería, costura o como se llame. Pero él quiere creer que ésta es solamente una vieja arrogante que seguro que ha estado cosiendo para los ricos y para los fascistas, y que ahora quiere marcarse un farol.

—¡Embustera! —Mira hacia la puerta y grita. —¡Compañeros, entrad y vamos a por la máquina!
Se encara con Elvira, que le estaba bloqueando el paso, mirándolo a la cara desde su baja estatura. Pero, de repente, la buena mujer se lo piensa mejor y se hace a un lado:
—En la habitación del fondo. —Le indica con la mano en un tono muy conciliador— Haced lo que queráis pero luego ateneos a las consecuencias…

El hombre la vuelve a mirar. Luego mira al niño que tranquilamente le devuelve la mirada sin dejar el balanceo de sus piernas. Al hombre le gustaría que su hijo pudiera tener unos zapatos de cordones, tan sólidos y abrigados como los de este amiguito de la vieja…

Sus secuaces no han llegado a entrar, parece que dudan o esperan la decisión final del jefe.
La vieja está sospechosamente tranquila y esto también le hace dudar a él mismo.
Elvira se ha colocado junto a Ernesto, apoyada en el borde de la gran mesa, los brazos cruzados sobre el pecho cerrando por delante la bata verde de seda, esperando la decisión del matón con esa aparente tranquilidad un poco burlona.

Refunfuñando el miliciano se da la vuelta:
—¡Puta vieja! Ahora nos vamos pero te aseguro que volveremos a por la máquina.

Mientras enfunda otra vez la pistola en su cinto, dice a sus dos secuaces:
—¡Vámonos que ya hemos perdido demasiado tiempo con la vieja!

Y con una mirada furibunda a la extraña pareja, la vieja y el niño, sale dejando la puerta abierta.
Se les oye bajar a los tres, atropelladamente y sin decir palabra.

Elvira, antes de ir a cerrar la puerta mira al niño y, todavía con los brazos cruzados, le dice:
—¿Lo ves? No hay que perder nunca la calma. Ya vinieron otros hace un tiempo y se fueron de vacío. Puede que vuelvan de nuevo, pero de momento voy a seguir con el trabajo.

Mientras se aleja resuelta hacia su silla, la bata de seda verde con decoración de hojas ocre ondea tras ella.
Sin mirar atrás termina:
—No creo que tu abuela tarde mucho… ¡Ah! Y átate el cordón del zapato cuando bajes de la mesa, no vayas a tropezar.

Mi padre nunca supo si era verdad lo del chófer de Largo Caballero, o si fue un farol muy atrevido.

Y tampoco tuvo noticias de si, al final, alguien conseguiría llevarse las máquinas de coser del taller de la buena de Elvira.

esendraga, noviembre 2019

AVE. TENGO UN MENSAJE PARA LA SEÑORA DE LA CASA

«Día previo a las kalendas de abril»

Llaman a la puerta y abre el niño, que llega hasta la entrada desde el fondo de la vivienda, corriendo detrás de su aro con el palo guía en la mano.
Es un desconocido que dice:
—Ave, traigo un mensaje para el amo de esta casa.
—¡Madre, es un hombre que trae un mensaje! —dice girando la cabeza hacia el interior, sin abandonar su posición en el umbral ni soltar ni el palo ni el aro.
—Dile si puede salir —Sugiere el hombre en voz  baja.
—¡Mamá, que si puedes salir!

Ave

Desde dentro se oye:
—Dile que pase, que tengo las manos ocupadas.
—Que dice que pases —Retransmite el niño, mientras franquea el paso al señor que ha llamado.
El desconocido inicia la entrada sin decir nada.

El niño cierra la puerta detrás de él pero rápidamente se pone delante y le antecede en la marcha por el pasillo. Llegan al patio interior y junto al pequeño estanque, lleno a rebosar, hay una mujer agachada recogiendo con un cántaro el agua de lluvia. Tiene otro cántaro, que debe estar lleno, húmedo, plantado junto a la pared. Un poco más allá hay en el suelo, en un rincón, un caballito de juguete un poco tosco hecho de madera, con una rueda en cada pata y un cordel como ronzal para tirar.

Cuando la mujer levanta la cabeza se sorprende al ver que el forastero ya está dentro. Deja la vasija en el suelo y se endereza. Hace un gesto muy natural para poner en su sitio la fíbula, que se le ha descolgado dejando el hombro al descubierto cuando se ha agachado con los cántaros. Se encara con el recién llegado un poco azorada, pero cuando habla, su voz es firme.
—Ave, forastero, ¿qué se te ofrece?
El forastero la mira, ve su sencilla túnica, se fija en la vulgar anilla de madera que se acaba de recolocar bien sobre el hombro y piensa que está frente a una criada.
—Ave —responde —quiero hablar con el señor de la casa.
El niño, rápido de reacción, se pone al lado de su madre y dice muy seguro:
—¡Mi madre es la señora de esta casa!

El forastero lo mira a los ojos, y luego de arriba abajo a la madre, que le devuelve la mirada muy seria. No es una niña pero no tan mayor como para hablar y comportarse con esa seguridad, y más si es una criada, como él supone. Bastante guapa, por cierto, piensa.
—Mira, no es mi intención molestar pero quiero hablar con el dueño de esta casa, así que por favor llama a tu amo y dile que tengo una cosa importante que decirle.
Madre e hijo se miran como si no entendieran. El hijo da discretamente un pequeño paso lateral y se aproxima al costado de la madre que al notarlo junto a ella, sin prisa, le pasa el brazo sobre los hombros.
—Mira, forastero, esta es mi casa y te pido que si tienes algo que decir lo hagas ya, o si no, márchate de inmediato.

El forastero se queda dudando, mira alrededor. Es una casa de las afueras, de un tamaño medio y no especialmente lujosa, pero bastante nueva. Este primer atrio con el impluvium no está mal, con un bonito mosaico en el fondo del estanque. Y estirando el cuello entrevé al fondo, a través del pasillo, un peristilo bastante elegante. También ve cómo asoma de la cocina con curiosidad una mujer de edad, muy morena de piel con un pañuelo en la cabeza, una criada africana seguramente.

AveMosaico
La señora de la casa, incómoda, retoma la palabra:
—No sé si eres siervo u hombre libre, pero si traes un mensaje serás un mensajero, así que sal por donde has entrado y dile a quien te manda que te enseñe modales, y si el mensaje es importante que mande a otro.

El forastero, que al principio le sostenía la mirada, mira ahora hacia abajo. Él es nuevo en esta zona de las afueras y no quiere indisponerse nada más llegar.
—Te pido perdón, señora. ¿Podría hablar con tu esposo o el hombre de la casa?
—Te digo que esta casa es mía —aquí hace una pausa para ver el efecto de esta afirmación tan categórica, y continúa con voz un poco más suave —y te repito que des media vuelta ahora mismo y salgas de aquí.
El forastero se da cuenta de que va por mal camino.
—No soy un mensajero, soy un ciudadano… No estoy acostumbrado a que una mujer sea la dueña de una casa como ésta… —dice en tono como de excusa.
La mujer lo mira, y mira luego a su hijo que eleva la mirada hacia ella.
—No sé si aceptar lo que dices como una disculpa, pero intenta decir lo que tengas que decir y podremos terminar esta conversación de una vez

Al hombre no le hace gracia que le hable así una mujer. En su entorno se limitan a callar y otorgar, pero ésta se cree alguien.
—Mira, hace poco he comprado una finca cerca de aquí y quiero hablar con los propietarios de este lado del valle y hacerles una propuesta, que seguro será de su interés.

Ahora, la señora, mentalmente concuerda lo que dice el forastero con algo que le contaron días atrás. Este debe ser quien ha comprado la casa de un compañero de su marido, que ha marchado con la familia para vivir en Britania, por cierto lo más al norte del imperio. Le dijeron que el comprador era un artesano rico de la ciudad que había decidido dejar el trabajo y vivir de rentas, como un señor. Y que estaba moviendo los hilos para cambiar el camino común que pasa junto a las fincas.
—Entiendo —dice la señora — Pues te diré que en esta zona son muchas las casas de soldados casi todos oficiales de la legión, que han quedado al entero cargo de las esposas, así que si vas a vivir por aquí, ya te puedes acostumbrar a tratar con mujeres. Dime exactamente qué es lo que quieres.
—La verdad es que como no es nada urgente, preferiría esperar a que regrese tu marido.

Al oir mención a su marido la señora aprieta suavemente el hombro de su hijo antes de demorarse un momento y contestar:
—Pues en verdad te digo, que para ser nuevo aquí, has empezado mal. Deberías haberte informado antes de venir a mi casa. Mi esposo murió como un héroe en la batalla de Lugdunum, así que si quieres algo, piénsalo mejor y vuelve otro día. Ahora me permitirás que siga con mis asuntos.

El forastero no es un hombre refinado, pero se da cuenta de que no tiene más remedio que ceder ante esta mujer, así que murmura una despedida, se da media vuelta y sale por donde ha entrado.

El niño mira hacia arriba, hacia su madre. Ella sigue con semblante serio viendo cómo el hombre sale de la casa. Está cansada de que mucha gente no acepte que ahora ella es la responsable de todo, de la casa, de su hijo, de los siervos, del campo, y no piensa tomar marido ni nada parecido sólo para tener un hombre que responda por ella.

Luego dulcifica el semblante y baja la mirada hacia el chiquillo. Le sonríe mientras apunta con la ceja en la dirección por donde ha desaparecido el visitante y le dice con seguridad:
—Se va tener que acostumbrar a tratar conmigo y con todas las mujeres que están al cargo de sus haciendas. Ya verás cómo éste vuelve… Bueno, no vendrá él, yo creo que mandará seguramente a un criado para convocar una reunión o pedir una cita.
Luego añade con un guiño:
—¿Cuánto de apuestas?

El niño sonríe porque sabe que su madre es más lista que cualquiera, así que se despreocupa inmediatamente del asunto, lanza su aro y sale a la carrera otra vez. La madre toma los cántaros del suelo y ve a la cocinera asomada todavía a la puerta de la cocina.
—¡No seas cotilla y vuelve a lo tuyo, Bruna, aquí ya no hay nada que ver, el circo ha terminado!

«Tercer dia previo a los idus de abril»

Cuando llaman a la puerta, están la madre y el hijo haciendo unas sumas con el ábaco, sentados en una misma banqueta uno junto a otro, a la sombra. Ella tiene gran empeño en la educación de su único hijo, y el niño aprende rápido porque lo toma todo como un juego.

Cuando se oye la aldaba el niño sale como un rayo hacia la puerta mientras la madre lo sigue atenta con la mirada.
El muchacho abre e identifica inmediatamente a quien llama como un criado, y éste ya empieza a recitar como un papagayo:
—Ave, traigo un mensaje para la Señora de la casa.

El niño piensa que esto es un buen cambio respecto a la visita de días atrás. Como él ya sabe de parte de quién viene, tiene instrucciones detalladas que su madre le ha dado para el caso: se yergue todo lo que puede para parecer mayor y le pide al visitante que le exponga el asunto. El criado no duda y repite la instrucción que trae:
—Mi amo pregunta si la Señora tendría a bien recibirle mañana, a la hora de undécima, para tratar con ella de un importante asunto.
El niño responde muy educado.
—Gracias por el mensaje. Dile a tu amo que la Señora no recibe visitas después de la hora de nona. Dile que si le viene bien, lo esperará a esa hora.
El criado se queda un poco sorprendido de que un niño a las órdenes de una mujer le diga a su amo cuándo puede o no puede ir a ningún lado, pero él no es quien para pensar: asiente, toma nota mental, se despide y sale e buen paso camino abajo.

Cuando el muchacho cierra y se gira, ve a su madre que lo ha oído desde el patio y se sonríen mutuamente.
Mientras el niño vuelve a su taburete la madre, como quien no quiere la cosa, comenta:
—¿No te lo dije? Ya has visto cómo ha cambiado nuestro nuevo vecino. Con sólo conocernos ha pasado en poco más de una semana, de venir avasallando a pedirnos permiso para venir. Y ya verás cómo esto es sólo el principio.

El niño percibe que hay un posible conflicto en ciernes, pero no entiende el trasfondo de algunas cosas de los mayores. En cualquier caso, confía plenamente en su madre y sabe que ella resolverá cualquier problema que se presente.

Recoge el ábaco, mira con cuidado la posición en que quedaron los cálculos y pregunta:
—Madre, teníamos aquí un IV. ¿Querías que le sumara III?

La madre asiente. Y el niño apoya el dedo índice en el primer cálculo negro de la primera columna y mientras piensa un instante, va aumentando la presión sobre la pieza de mármol hasta que en el momento en que se siente seguro del movimiento, con sólo un pequeño empuje la fuerza acumulada en su dedo baja la pieza de repente dando un golpe seco contra el travesaño central, que resuena en el patio. Y enseguida su pulgar empuja con seguridad hacia abajo los dos últimos cálculos blancos.
Muy seguro de sí dice:
—¡A que lo he adivinado!
Ella lo mira pensativa, le recuerda mucho al padre y quiere creer que cada día se le parece más. Y le sonríe.

Ella espera que el mundo de su hijo sea diferente, sea mejor.

esendraga, octubre 2019

SON LAS 01:10. LA UNA Y DIEZ

—¿Qué más? —Pregunta. Nadie le responde.
—¿Qué más? — Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con una bolsa de plástico llena de tomates de pera.
Su mujer medio se ha despertado y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…
No abre los ojos, pero se queda un momento quieto y se sitúa mentalmente; pues no, no está en su parada del mercado, sino en su cama,  en su casa.

Pasqual
A tientas lleva su mano hasta la mesa de noche y aprieta el botón central del móvil, que ilumina la habitación. Lo gira un poco hacia sí y lee 01:10. La una y diez.
La luz de la pantalla se apaga a los pocos segundos y le deja grabados en la retina los dígitos durante un momento. Tenía puesto el despertador a la 01:45, pero se ha despertado antes de la cuenta.
Su mujer se ha vuelto del otro lado y respira profundamente. Quizá él pueda dormir un poco más. La casa está en silencio, sin más ruido que los crujidos que, de vez en cuando, hacen el tejado o las vigas al contraerse por los cambios de temperatura. Aguanta cinco minutos en la cama, pero se convence de que ya no va a poder dormir. Además, ayer no tuvo tiempo de barrer por dentro la caja del furgón. Bueno no tuvo tiempo o le faltaron las ganas. Esta media hora le puede venir bien si la aprovecha. Podrá salir temprano hacia el mercado de abastos, porque él es de los que gustan de llegar pronto. Hay menos compradores, puede aparcar más cerca de los muelles y cree que llegando temprano puede conseguir mejor mercancía a mejores precios. Aunque sabe que no siempre es así, pero de todas maneras prefiere llegar temprano.

Está cansado. Se acostó antes de las diez y cayó redondo, como una piedra. Pero sabe que tres horas de sueño no es suficiente y que necesitaría un rato más de descanso. Hasta cumplir los cincuenta llevaba bien lo de dormir poco, pero ahora ya no es lo mismo. Hace siesta casi todas las tardes, pero no llega a recuperarse por completo.
En cualquier caso, respira hondo, se encuentra bien, se hace el ánimo y se levanta con cierto cuidado para no despertar a su mujer.
Sale y cierra la puerta. En la última reforma de la vieja casa de sus padres, construyeron junto a su dormitorio una especie de antesala, como vestidor y con acceso a un cuarto de baño. Entra, orina, se lava la cara y las manos, y se pone desodorante. Se suele duchar por la noche para no perder tiempo por la mañana. En un cajón tiene camisetas y pantalones cortos amontonados por separado. Casi sin mirar coge la primera prenda de cada bloque y se las pone. Bajo una silla tiene las zapatillas deportivas. La billetera, el carnet y un pañuelo están siempre en un platito de cerámica que vino de algún sitio o que alguien les regaló, nunca lo ha sabido.

Baja a la cocina y se pone en un vaso todo el café que queda en la cafetera. Su mujer toma un buen tazón antes de acostarse y le deja e él la mitad para la mañana. Abre la caja de las galletas y saca un par. Hoy toca mercado en Castelló y el bar cercano hace buenos almuerzos, de forma que repondrá fuerzas allí a media mañana. Mientras desayuna, abre la puerta que da al porche, se asoma y mira la noche. Es agosto y todavía se nota el calor del día anterior. Pero desde las montañas costeras, a su espalda, llega algo de brisa relativamente fresca. Se agradece, porque ha visto la previsión en la tele y en cuanto amanezca empezará a hacer calor, que a partir de las 9 ya será agobiante, igual que todos los días de verano.
Frente a él, en línea recta, después de pasar su huerta y sus naranjos, y más allá de varios kilómetros de naranjos de otros vecinos, y después de la autopista y después del pequeño poblado de veraneantes y después del paseo y después de la playa, está el mar. De día se ve hermoso y brillante desde esta terraza. Ahora con luna nueva, ni se adivina el mar, porque el sol todavía está muy abajo y faltan varias horas para que se anuncie el alba. Debe estar amaneciendo en la India o en la China, piensa Joanet, mientras se termina el café y se quita con la mano unas migas de galleta que se le han quedado en las comisuras de los labios.

Deja el vaso en el fregadero, sale, cierra la puerta y se acerca a la huerta para cortar el agua de riego que dejó abierta anoche antes de acostarse. Luego va hasta el lateral de la casa donde el portón de la cochera está abierto. Sube por detrás al furgón y barre bien el suelo, apartando varias pilas de cajas vacías que tiene que llevar, unas para cargar mercancía y otras que una vez apiladas en el mercado le servirán de base para su puesto de venta.
Saca unos cuantos basquets con género diverso de una cámara refrigeradora que tiene al fondo, y las sube al camión de una en una, tomando impulso. Está empezando a sudar y sólo son las dos.

Pesca con los dedos las llaves del camión del interior de un bote oxidado que siempre deja junto a la caja de herramientas. Antes de salir, comprueba que lleva su libreta con algunas notas y se palpa la billetera llena en el bolsillo lateral.
Tiene una hora de camino hasta el mercado mayorista.

Ha llegado bastante pronto, como le gusta. Aparca en el sitio que mejor le viene, toma una carretilla y descarga las cajas vacías. El mercado está en una zona de las afueras, un poco elevada sobre Castellón de la Plana y se ven diversas luces en la llanura que hay hasta el mar y a la derecha, la ciudad, dormida todavía. Aunque ahora Joanet se fija en el horizonte y cree adivinar un primer reflejo de amanecer.
Bajo la luz verdosa de los fluorescentes, va directo al mayorista que trae los mejores kiwis, esos de Nueva Zelanda, porque sabe que no trae muchos y le vuelan de las manos.
Después va recorriendo sus proveedores habituales, aunque él no se casa con nadie. Lleva toda la vida siendo labrador y comerciante, de forma que conoce bien todos los productos. Elige con buen ojo lo que compra y si el precio no le gusta, se patea el mercado entero hasta encontrar la mejor opción porque él conoce a su clientela y sabe lo que le piden: producto sano y sabroso, aunque no tenga aspecto extraordinario de primerísima clase, y a un precio razonable.

 Su padre sucedió al abuelo vendiendo sólo frutas y verduras de su propia huerta. Al abuelo lo conocían por Joan y a su padre, que salió alto y corpulento, le pusieron Juanot.
Así que a él, tercer Joan de la saga, le tocó Joanet. Incluso ahora con la cincuentena ya cumplida, todo el mundo lo llama así.

Hasta los años 70 casi todo lo que vendían era de cosecha propia, pero llegó una época en que la clientela empezó a pedir frutas que no se crían aquí. También se puso de moda preguntar por productos fuera de su temporada “normal”.  Y para atender, en parte al menos, esa demanda empezaron a comprar a otros productores de la región aquello que les faltaba. Y pocos años después ya iban con frecuencia al mercado de abastos.
Cuando su padre se jubiló, él se quedó al cuidado de la tierra y se hizo cargo de la parada y de todo lo demás.
Desde que murió el padre tiene poco tiempo para el huerto y sólo cultiva cuatro cosas; el resto es todo de abastos. Preferiría dedicarse más al campo, siempre le ha gustado, pero tiene que mantener casa y familia. Ahora los precios en origen son tan bajos que sólo sobreviven los productores masivos. Cuando tiene en la parada tomates propios, pero también otros comprados, muestra los suyos orgulloso, los pone en valor y los cobra algo más caros porque son “del terreno”.

Revisa su lista. No se ha dejado nada, salvo melocotones buenos, que no ha encontrado porque la cosecha en Calanda y región ha sido muy escasa y lo que hay en el mercado no le ha gustado: «Para llevar un producto que no me gusta, mejor nada: que la gente tome nectarinas y ciruelas, que este año son buenas, baratas y muy dulces. Y vitaminas tienen las mismas».

Después de cargar todo en el furgón ya tiene calor. Se acerca al pequeño bar del mercado y pide un zumo bien fresco. Le da igual de piña o de cualquier otra cosa que, sea lo que sea sabrá como a algo artificial.
Cuando llega al recinto del Mercado semanal ya hay colegas del sector alimentación montando sus paradas, pero los demás madrugan menos: los gitanos con sus telas, ropas, zapatos o abalorios; los moros con baratijas o juguetillos y los negros con correas y bolsos. Algunos payos, que se dedican a ferretería y accesorios de cocina o a las lámparas, tampoco son muy madrugadores igual que los que venden ropa infantil de marca. La verdad es que la clientela de este tipo de productos llega en general pasadas las 10.

Así que Joanet monta rápido su parada, y antes de acabar ya tiene una clienta esperando.
—¿Joanet? ¿Qué no pones número hoy? —Le pregunta señalando el gancho donde cada lunes cuelga el rollo de cinta con los numeritos para el turno.
Sii, ya pongo el rollo de los números, piensa Joanet. Si está sola y es la primera, ¿para qué quiere coger número?

Hay una primera oleada de clientes madrugadores que vienen incluso mucho antes de las 8. Cuando empieza el calor, a eso de las 9, se reduce un poco la afluencia. Joanet cree que los madrugadores, a esa hora, ya han comprado y los tardones todavía se deben estar levantado.

Su hija tiene que venir a ayudarle, pero todavía no ha llegado. Empieza a estar un poco harto, porque la moza llega siempre más tarde de lo convenido y no tiene un ímpetu en el trabajo como tiene su abuela. Algunas veces la madre de Joanet viene con él para ayudarle, y mueve más mercancía la anciana que la joven, y además atiende mejor a la clientela. Pero estos días de calor no quiere que venga, porque es muy mayor y acabaría agotada.
Los clientes toman número y se van acumulando a la espera.

—Joanet, ¿tu hija no viene hoy?
—Si, pero la juventud ya se sabe, va a su aire, no se compromete.

Al final, casi a las 9  llega la joven, que no viene demasiado fresca porque anoche salió con los amigos y está un poco dormida. Y además de eso, viene cansada y aburrida de una hora de carretera, que a estas horas tiene ya bastante tráfico.
Joanet casi ni la saluda al llegar. Y si lo piensa es por dos razones: porque no le apetece saludar a esta hija que ayuda poco y gasta mucho, y para intentar que ella se dé cuenta de que no le sienta nada bien que llegue a la hora de los señoritos.
Es consciente de que pasar varias mañanas a la semana atendiendo en un mercado puede que no sea del gusto de la juventud. Pero su abuela y su madre ya lo hicieron y no recuerda que protestaran. Y además, es sólo en verano, cuando no tiene clase en la universidad. Joanet cree que es lo mínimo que le pueden pedir a esta hija que, por lo demás, él piensa que vive como hija de millonarios: estudios, coche, salidas, caprichos…

Cuando baja un poco la afluencia son ya las nueve y media. Echa cuentas y hace ocho horas que tomó un café con galletas. Le dice a la hija que siga ella, que va a almorzar.
Alguna clienta habitual, protesta de que deje a la chica sola porque sabe que va a tener que esperar su turno más de media hora, seguro.
Pero Joanet dice:
—Oiga, ¡que somos personas! Me he levantado a la una y media y creo que tengo derecho. No se preocupen que no me entretengo.

Se toma una cerveza sin alcohol con un buen bocadillo de atún con olivas y pepinillos, acompañado con un platito de cacahuetes: no sabe por qué motivo, pero le gusta la combinación. El bocadillo chorrea un poco de aceite cuando le mete el primer bocado. La mancha en su camiseta prácticamente no se nota, porque se mezcla con algo de tierra de las cajas de patata que ha descargado, y de jugo de unas ciruelas demasiado maduras que ha chorreado de un basquet cuando lo cargaba en abastos.
Así que se acaba tranquilamente el bocadillo y no deja ni uno solo de los cacahuetes en el platito. Termina con un carajillo de ron. No suele tomar alcohol pero estos carajillos quemados están buenísimos y como los queman bien deben tener ya poco etílico.

Paga y se vuelve a la parada, aunque de camino se para un momento para hablar con otro agricultor del pueblo que también tiene parada: sobre lo mal que va el negocio y sobre el calor que hace. También se detiene en el puesto de un gitano que se dedica a frutas y verduras y que cuando vivía su padre les compraba parte de la producción. El gitano le pregunta si no planta ahora judías verdes para vender. Joanet le dice que las judías le daban mucha faena y que ahora no tiene tiempo. Sólo ha dejado unas cuantas matas para casa.

En su parada la cantidad de clientes es la misma; menos mal, otras veces se ha encontrado más gente al volver de almorzar de la que había cuando se fue.
Tiene calculado que su hija atiende a una velocidad como la mitad que la suya. Hasta su madre de 80 años es más rápida.
Pregunta por qué número va el turno y una clienta habitual le muestra el que corresponde.
Se le nota contenta de que le sirva el propio Joanet y no la joven, tan seria y lenta.
La cliente pide dos kilos de pimientos rojos: él coge bolsa pequeña de polietileno y la va llenando con los frutos brillantes. Como cientos de veces al día, tiende la bolsa por encima de otras mercancías y pregunta:
—¿Qué más?
—Seis o siete plátanos —Responde la clienta.
Mientras los va tomando de la caja para meterlos en la bolsita, ve que hay uno con un extremo demasiado maduro, y cuando ya ha metido los seis buenos, toma el estropeado en la otra mano. Pesa la bolsa y después mete el defectuoso en la bolsa junto a los demás y le dice a la clienta:
—Mira, este te lo regalo que tiene un lado muy maduro.
Lo aprendió de su padre. Otros verduleros prefieren colar como buena la mercancía algo estropeada mientras que otros prefieren tirarla directamente a la basura y subir un poco los precios. Las amas de casa aprecian que no les cuelen malo por bueno y les complace llevarse una patata o un pepino más, si es gratis, aunque sólo puedan aprovechar un trozo.

—¿Qué más?
—Nada, ya tengo todo.
Joanet totaliza en la báscula, saca el ticket de la compra para entregarlo a la cliente, pero lo mira con duda de si lo ha marcado todo. La vista cansada le obliga a alejarlo un poco más para ver bien el detalle y le pregunta a la señora:
—Llevas cinco cosas, ¿verdad?
La clienta mira su carro y asiente. El verdulero sonríe y le tiende el ticket.
Joanet ve que la señora lleva dos niños, deben ser gemelos, que están agarrados uno a cada lado del carrito de la compra. Le ofrece regalar una fruta a cada uno y le pregunta a la madre. Ésta, piensa un momento y responde que dos peras pequeñas, gracias.
—¡Dad las gracias a este señor!

No para de servir y no sabe muy bien qué hora debe ser. El calor húmedo es agobiante y el bulto de clientes que espera, cada uno con su numerito en la mano, no se reduce.

—¡Ah, y dos kilos de tomates de pera!
Cuando le tiende la bolsa al cliente pregunta, como siempre:
—¿Qué más? —Pero nadie le responde.
—¿Qué más? —Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con la bolsa de plástico llena de tomates de pera.

Su mujer se despierta y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…

Mira la hora en el móvil, y son otra vez las 01:10. La una y diez.

esendraga, septiembre 2019

MA CHE COSA FAI?

Era el verano de mi diecinueve cumpleaños, esto es, el verano del año 73. Había dejado el politécnico e iba a cambiar de carrera. Como se ve que ese verano no tenía plan se me ocurrió la idea de hacer un viaje en solitario a Suiza con billete sólo de ida.

De muy niño había vivido tres años en Ginebra, y quizá por eso me apetecía volver. En mi inocencia esperaba encontrar algún trabajo temporal y pensé que quizá podría quedarme un tiempo por allí. Así que mis padres me pagaron el autobús Valencia-Ginebra y allá que me fui con mi mochila.

Guardo bastantes recuerdos de aquel viaje y ninguno es negativo. Han pasado muchos años y algunos detalles se han desvanecido, pero eso es porque no había móviles y no me pude hacer un montón de selfies que ayudan mucho a recordar.

Considero que el viaje fue bien y debe ser porque yo soy de los que casi siempre ve los vasos medio llenos en lugar de medio vacíos. Quizá por eso no cuento como negativas cosas como que no encontré trabajo o que no hice ningún amigo, ni amiga, en las dos o tres semanas que estuve fuera. La única compañía fue la esporádica de la gente que fue lo bastante amable para parar su coche y acercarme en mi camino de vuelta a casa, cada vez más al sur.

Estuve en Ginebra unos días, supuestamente buscando trabajo. Pero mis 19 años eran los de un pardillo y no tenía ni idea de lo que era realmente un empleo ni por dónde se puede empezar a buscar, más allá de acudir a una especie de centro de empleo juvenil. Por cierto, que al entrar en aquél centro, se me acerca un chaval más o menos de mi edad y me dice a bocajarro, en español: «¡Tú debes ser el hermano de Isabel!»
Me quedé totalmente sorpreso. Resultó que era un compañero de mi hermana, en Valencia, que le había oído decir que yo me iba también a Ginebra. Pura casualidad que el tipo estuviera allí justo cuando yo llegué, y al verme me encontró el parecido y me abordó sin dudarlo.

Creo que aquél muchacho sí encontró un trabajillo, parecía un tipo espabilado y lanzado, pero yo no. Me temo que me faltaba lo necesario para buscarlo con eficacia, falta de iniciativa y supongo que también falta de verdadera necesidad.
Así que, pasados unos días, decidí emprender el regreso via Montpellier donde residía, con su familia, una prima de mi madre. Ese viaje de vuelta en auto-stop sí que tuvo algo más de emoción que la primera parte de mi periplo.

Lo de viajar a dedo era algo muy común hasta hace unos años, y alguna gente opina que ahora no se hace sobre todo por desconfianza de los conductores hacia los autoestopistas, y también a la inversa, si se piensa bien. Yo creo que algo de esto puede haber, pero también cuenta mucho la estructura de las carreteras: los autos que hacen recorridos largos toman autovías o autopistas, donde ni se puede entrar andando ni los coches pueden parar. Incluso por carreteras segundarias la velocidad de circulación es en general mucho más alta que hace cuarenta o cincuenta años.

El caso es que en aquella época te paraban conductores de todo tipo, gente del campo que iba de un pueblo a otro y viajantes o turistas en largos recorridos. Personas solas que se aburrían, o familias completas. Por el sur de Franca me llevó una familia hippie en un coche estilo Citroën Mehari, que era una especie de coche de plástico totalmente descubierto y sin puertas, donde dos o tres críos iban haciendo piruetas por allí mientras circulábamos por carretera. Los jóvenes padres me preguntaron por la situación en España y afirmaron que no pensaban visitarla hasta que Franco no “reventara” (literalmente traducido del francés). Siendo aquello en 1973, todavía tendrían que esperar un par de años…

Otro caso sorprendente fue el de una joven mamá, con su bebé en un capazo sobre el asiento trasero, que me recogió en un cruce perdido en la campiña, al anochecer. Casi me dio apuro montarme cuando vi a la chica sola con el niño.

Pero acabaré con el recorrido que me produjo mayor impacto, que fue el del señor italiano.
El día que decidí volver, tomé un autobús urbano desde el centro de Ginebra y me bajé en las afueras, ya en la carretera que iba hacia Lyon. Caminé un poco hasta la salida de la zona urbana y puse dedo. No recuerdo si tuve que esperar mucho o no, pero paró un NSU Prinz con un hombre joven conduciendo. Me podría llevar hasta su desvío, porque él iba hacia París. Con mi italiano básico (construido aprox como suma de castellano+valenciano+francés+latín)  y su poco francés, fuimos charlando y haciendo camino.
NSU prinz
Viajaba a menudo a Francia, supuse que por trabajo. Y hablamos de mi viaje y cosas así. Incluso me dijo que si quería podía ir a París con él, pero decliné, porque la verdad es que ya era cosa de volver.

El cochecillo era un utilitario estilo Seat 600, con su motor trasero y todo, pero en alemán. Sin embargo, a pesar de ser una buena marca, en las cuestas se calentaba también, al igual que el utilitario hispano. Íbamos aquella mañana de verano ascendiendo un pequeño puerto de montaña, y cuando el italiano vió subir la temperatura del bicilíndrico, paró a un lado. Bajó, abrió el capó trasero y se volvió a sentar a mi lado comentando que esperaríamos un rato hasta que el motor se enfriara un poco. Pues nada, esperamos un rato.

Al poco, el hombre hace como que se despereza y al bajar, su mano derecha aterriza sobre mi aparejo reproductor. Me quedé helado, pero sin pensarlo ni tocarle la mano grité al instante lo primero que me salió: « Ma che cosa fai?»
El hombre quitó la mano de inmediato y se quedó callado.

Yo no volví a hablar hasta que arrancamos nuevamente una vez el motor se enfrió lo suficiente.
Se le notaba tan avergonzado de su avance en falso que me supo mal e intenté entablar nuevamente conversación, como si tal cosa: él había hecho un intento por sorpresa y había recibido un no claro por mi parte. Yo me había sorprendido, pero no me setía ofendido.
Mientras bajábamos el puerto intenté retomar la conversación trivial de antes del incidente, pero pero al final desistí porque sólo me respondía con monosílabos sin quitar los ojos de la carretera.

Ahora que lo pienso, aquél fue mi primer contacto sexual aunque no durara más que dos o tres segundos. Yo no sabía nada del tema, y menos de las relaciones homo, pero percibí el malestar y la vergüenza del pobre italiano. Yo no sé si durante la primera parte del recorrido le pude dar sin querer alguna pista que él malinterpretó, o si tomó la iniciativa sólo para probar suerte.

Esto pasó en un lugar de Europa, mientras aquí vivía Franco todavía. Quizá allí la homosexualidad era medio normal, pero aquí estaba totalmente oculta, al menos a mis ojos.
El caso es que al amigo italiano no le salió bien el intento, y yo le agradecí para mis adentros que no insistiera, ¿síndrome de Estocolmo en tono menor? Puede ser…

Por eso me despedí de él como si tal cosa en el cruce donde me dejó, a partir del cual él siguió camino al norte con su NSU Prinz reluciente y yo hacia el mediodía en el transporte de fortuna que me tocara a continuación.

Bajé mi mochila del asiento trasero, y le di la mano y las gracias.
Y le deseé buen viaje.

¿Qué habrá sido de él?

esendraga, agosto 2019

UNA NOCHE DE PERROS

Cuando alguien me pregunta en qué trabajo digo que soy funcionario: es genérico y es poco comprometido. Si después de esta respuesta me siguen preguntando tengo que decidir si voy a decir una mentira aproximada, la verdad o sólo parte de la verdad. Y esto depende de una larga serie de consideraciones, que un día me dediqué a escribir y sistematizar para tener las ideas claras. Pero al final no hay más remedio que guiarse por la intuición del momento y no por el diagrama de bloques que dibujé sobre papel cuadriculado.
Cuando alguien conoce finalmente mi profesión, suele preguntar que cómo he llegado aquí. Y es buena pregunta porque hasta que entré en el cuerpo jamás se me hubiera ocurrido que esta podría llegar a ser mi ocupación profesional.

De crío me gustaba la naturaleza, los animales y las plantas. Y sobre todo lo relacionado con el mar.

Noche de perros

Fue una suerte vivir en un sitio especial como este, que tiene cerca un mar interior tan interesante como el Mediterráneo y al otro lado un océano tan grande como el Atlántico, lo que me ofrecía posibilidades extra para desarrollar mis aficiones.
Pero aunque en la adolescencia me empezó a interesar la psicología  y me leí cantidad de libros sobre el tema, el buceo y la navegación eran mi pasión.
Así que a la hora de elegir estudios no tuve duda: Ciencias del Mar. Y en Cádiz, que estaba cerca de casa.

Una vez acabada la carrera estuve embarcado nueve meses en un pequeño oceanográfico, experiencia de lo más interesante. Luego, estuve buscando trabajo mientras tenía empleos esporádicos como buceador en el puerto: reparaciones, recuperación de material y cosas así. Había pasado más de un año y de lo mío no estaba encontrando nada, hasta que un amigo me habló de una convocatoria de la policía para el grupo especial de operaciones, GEO. Mi experiencia como buceador profesional era un tanto a mi favor, y tener un título universitario y buena forma física eran factores que también contaban. Me tiré unos meses empollando, me presenté y saqué plaza.
Tras un par de años por tierras de interior, haciendo misiones de todo tipo y buceando pantanos, conseguí plaza cerca de casa.

Soy un tipo normal, vivo en un piso pequeño pero agradable y soleado, me he casado hace poco, felizmente como podría decirse, tengo mi hipoteca y mi SUV, que es de segunda mano por si alguien quiere saberlo. Hago mi trabajo lo mejor que sé y estoy relativamente satisfecho con el tipo de ocupación que tengo y con el sueldo correspondiente, aunque a veces hay misiones quizá demasiado duras para lo que nos pagan.

Pero esto no tiene nada que ver con lo que me sucedió el invierno pasado y que ahora quiero contar.
El asunto empezó una noche de perros en que llovía sin parar, hacía un frío pelón y viento racheado desde el océano. Yo hubiera preferido quedarme en casa calentito pero me convocaron para una misión en colaboración con la Agencia Tributaria a desarrollar en el propio puerto de Algeciras. A media noche tenía previsto su arribo un porta-contenedores procedente de Colombia que, como es de esperar, traía contenedores, pero nos dijeron que iban vacíos. ¿? Luego pensé que de alguna manera han de volver a origen los que se van llenos… Bueno esto son disgresiones, y en todo caso este asunto es competencia de los aduaneros.
La cuestión es que teníamos que estar listos para ir al agua nada más atracara el barco con el fin de inspeccionar el casco en busca de algo raro.

En el muelle bajo la lluvia nos pusimos los trajes; probad a enfundaros en un neopreno en esas condiciones y veréis qué desagradable. Preparamos todo lo necesario y los cuatro buceadores esperamos la llegada del barco. En cuanto entró en puerto salimos con la lancha. Y en cuanto atracó le mandaron parar motores y en cuanto paró el último de los zumbidos y ronroneos nos dieron la orden de saltar, quizá de forma precipitada. Íbamos a hacer la inspección por parejas y yo, que iba en la primera, fui el primer buceador en echarme al agua. La noche no empezaba bien porque la lancha, empujada de costado por el viento y sin espacio para maniobrar, casi me estruja  contra el barco. Aparte del susto, no pasó nada y finalmente fue la otra pareja la que empezó la inspección.

Recorrerse por debajo un casco de 200m de largo y casi 40 de ancho, buscando en su superficie cosas sospechosas no se parece en nada a lo que me gusta que es disfrutar de la vida desbordante del mar, con buena luz. Ver los miles de bichos y vegetales diferentes, observar sus formas y sus comportamientos es algo fantástico que me hechiza. Una de las inmersiones más bellas que recuerdome fue una entre miles de medusas. Y os puedo asegurar que ver esas maravillas de cerca es muchísimo mejor que ver eso mismo en un documental.
Pero volviendo a la noche de marras, la primera pareja acabó su cuarto de hora sin encontrar nada sospechoso.

No es la primera vez que hago este tipo de inspección, pero no es fácil moverse bajo el casco, mirando hacia arriba casi todo el rato, en una posición que no es natural con el agua tan turbia que no se ve un pijo (terminología marinera) y que para ver algo tienes que acercar la nariz al hierro oxidado con tu linterna en ristre. Además el agua te mueve constantemente de un lado a otro a casi 15 metros de profundidad y el turno de inspección de un cuarto de hora se hace eterno.
Ya empezaba a estar cansado cuando llegamos a una rejilla de toma o salida de agua que miramos con detenimiento. Al fondo había un bulto negro. En la otra rejilla simétrica también había algo.

Al final, después de tres inmersiones equipados con herramientas abrimos cuatro rejillas similares y de dentro sacamos un total de cuatro bolsas grandes de lona plastificada. Resultaron pesar unos ochenta kilos cada una, que debajo del agua eran manejables. Pero que en el aire pesaban como muertos y nos costó un huevo subirlas a la lancha. Sobre todo en las condiciones penosas de oscuridad, viento, lluvia y cansancio acumulado después de casi dos horas de inmersión.

Al arrastrar una de ellas sobre cubierta se enganchó en algo y se rajó la lona, dejando al descubierto lo que nos imaginábamos: los típicos paquetes de cocaína tamaño ladrillo. Y fue curioso porque a la luz de las linternas vimos que estaban envueltos en plástico de diferentes colores, cosa que era la primera vez que yo veía. Un arco iris de ladrillos, qué gusto más refinado tiene esta gente.
Recogimos de cubierta algunos que se habían salido y al llegar a muelle nos ayudaron los de aduanas a subirlo todo a tierra.

Una vez entregada la carga aprehendida, volvimos a bordo a recoger el equipo. Fue casualidad que bajara yo el último y fue casualidad que mi linterna alumbrara un bulto negro, brillante por el agua, del tamaño de un ladrillo junto a mi bolsa mientras guardaba en ella mis gafas de buceo. Lo tomé y lo levanté en el aire mientras me giraba para gritar a los de aduanas que se dejaban algo. Pero cuando miré hacia el muelle estaban todos a lo suyo, bajo la lluvia, guardando los trastos con ganas de irse a casa; les grité pero nadie me oyó. Casi sin darme cuenta metí el ladrillo en mi bolsa, cerré como si tal cosa y subí. Los de aduanas ya se habian largado y yo iba a decir a mis compañeros lo que me había encontrado, pero al final me callé. Montamos todos en la furgoneta y partimos hacia base.

Algunos se durmieron en cuanto el vehículo arrancó pero yo, entre el cansancio y el nerviosismo, no podía apartar los ojos de la ventanilla, mirando obsesivamente el trozo de línea blanca del arcén que alumbraban los faros de la Mercedes. Quería pensar cómo hacer, qué hacer. Pero, ¿hacer qué?
De entrada, no tenía por que preocuparme de que nadie echara en falta un paquete de entre los trescientos kilogramos que sacamos del casco, así que por ese lado no había problema. Pasarlo de la bolsa del equipo a mi mochila de diario, tampoco era problema. Pero ¿y LUEGO?

En casa no andábamos mal de pasta, pero si pudiera quitarme algo de la hipoteca y quizá cambiar el coche por uno nuevo, no estaría mal. Y si teníamos un hijo el próximo año, seguro que nos vendrían bien unos recursos añadidos. Pero todo esto me llegaba a la mente como flashes, no eran pensamiento racional porque ahora me doy cuenta de que en aquel momento la materia gris la debía tener medio congelada y demasiado mareada para funcionar.
Por supuesto que de esto ni una palabra a Dora.

Al llegar a base sólo tenía claro cómo sacar el paquete en mi mochila, eso no era problema. Lo que pasara después era una nebulosa.
Ya en la seguridad relativa de mi coche, la lluvia seguía cayendo. Dejé la mochila sobre el asiento del pasajero y conduje hasta mi casa, acojonado perdido, mirando a cada momento el escudo de mi club de buceo en forma de llavero que iba penduleando colgado de la cremallera. Cremallera que daba paso a mi tesoro.
Todo esto sin saber qué pensar, la mente en blanco.

Creo que llegué sin incidentes porque a esas horas de la madrugada, pronto todavía para que la gente fuera a trabajar, no había casi tráfico y el camino me lo sabía de memoria.
Cuando aparqué en el garaje de la finca, me quedé un momento sentado. ¿Subo el paquete a casa o lo dejo en el coche?
Como aparco siempre de culo a la pared, no era arriesgado abrir el maletero para ver dónde podría dejarlo. A las cinco de la madrugá sería raro que bajara alguien al garaje y en cualquier caso los vecinos ya saben que entro y salgo a horas raras, de forma que empecé a mirar dentro, sin perder de vista la puerta que da a la escalera.

Junto a la rueda de recambio había como una ranura de dos o tres dedos de ancho en la chapa del fondo. Este hueco debía tener su función en otro modelo, pero en mi coche estaba libre. El parking desierto y yo casi oculto entre el portón y la pared, aflojé la tuerca que sujeta la rueda, la aparté un poco y acomodé el paquete que se quedó como encajado en el hueco: sólo se veía su lomo negro brillante casi oculto una vez puesta la rueda en su lugar. No resaltaba mucho sobre la chapa del fondo. De todas formas dejé caer encima un trapo sucio de grasa y tierra que debía haber dejado por allí el anterior dueño. Cerré todo como estaba y arrimé el coche hasta la pared por seguridad, para hacerlo más difícil si a alguien se le ocurría intentar abrir el portón trasero.

Como ya me había duchado en la base, me desnudé y me acosté intentando no hacer ruido, pero Dora levantó un momento la cabeza y dijo algo así como me alegro que estés aquí, no ha parado de llover.
Sólo respondí con un beso en su hombro y se volvió a dormir en el acto. Yo traté de hacer lo mismo, pero la cabeza me daba vueltas. No sé cuánto tiempo pasó, pero sin darme cuenta, perdí el sentido. Ni soñé ni nada.

Al día siguiente tenía libre y me desperté bien tarde. El cielo estaba azul, el sol en todo lo alto, Dora trabajaba y no vendría hasta la tarde.
Desayuné rápido y en lugar de ir al gimnasio que hubiera sido lo normal, decidí ir al lavar el coche y echarle combustible.
En el área de lavado y aspirado había otros desocupados aseando sus coches; yo era uno más limpiando el interior del suyo y no llamaba la atención. Después de darle con la manguera a presión, lo aparqué de espaldas a un muro y a la luz del día abrí el portón: todo normal. Levanté la tapa de la rueda de recambio y no se veía nada, ni siquiera sabiendo dónde estaba aquello. De todas formas me entró un poco de flojera al pensar qué pasaría si alguien me encontraba aquello, e intenté analizar las probabilidades.
Mi mujer usaba este coche muy raramente y aunque, por casualidad de casualidades, tuviera que cambiar la rueda sería difícil que pudiera descubrir la cosa. Encendí la linterna del móvil  y con luz directa sí se veía el asunto si se miraba desde un lado. Cerré el coche y entré en la tienda de la gasolinera, sin perderlo de vista a través de las cristaleras. Compré un juego de dos alfombrillas rectangulares multiuso. De vuelta a mi maletero puse una de ellas debajo de la rueda de recambio, encima del bulto, pero siendo nueva cantaba demasiado. Puse las nuevas en el suelo de las plazas traseras y las dos usadas las puse en el fondo del hueco de la rueda de recambio, una a cada lado. Desgastadas y llenas de polvo, quedaban perfectas, como si hubieran estado allí desde la matriculación del carro.

¿Caso de accidente? El ladrillo quedaba tan bien encajado que no creo que se saliera de su sitio y menos con la alfombrilla y la rueda encima.

¿Si me robaban el coche? Pues sería mala suerte perder el coche y el paquete, pero tenía que correr el riesgo porque esconderlo en casa no era una opción y no tenía otro sitio posible.
Primer paso resuelto.

Comí ligero y me senté a ver la tele. Pensaba dejar que se enfriara el asunto, y sobre todo que se enfriara mi cabeza. Aquello estaba allí bien guardado y no tenía ninguna prisa en darle salida. Esperaría un tiempo, tantearía a gente y vería qué hacer.

En lugar de preparar la cena, que era lo normal en dias así, fui paseando a recoger a Dora a la salida del trabajo, cosa que no hacía a menudo. Dimos una vuelta y tomamos algo por el centro, todo de lo más normal. Pero Dora notó algo, me tomó la mano encima de la mesa del bar, y mirándome directo a los ojos me preguntó si iba todo bien. Si, claro, por qué lo preguntas. Nada, me pareció que estabas raro. De verdad que va todo bien.

Al día siguiente, cuando me dijeron que la coca que encontramos en el barco tenía una pureza del 95%, me quedé más preocupado porque la venta sería más difícil, pero aún así intenté volver a la tranquilidad de mi vida normal, de funcionario normal y casi lo conseguí durante un tiempo. Aunque Dora me mantenía en observación, porque notaba algo raro. Sabe que mi trabajo es arriesgado, a veces llevamos tiempo en tensión preparando una operación determinada,  y eso afecta a mi estado de ánimo. Así que yo me notaba observado, pero no me volvió a decir nada: mujer inteligente que tengo.

Yo estaba casi estaba normal, salvo que vigilaba el coche muy a menudo aunque no tuviera que usarlo y me aseguraba dos veces de que estaba todo bien cerrado antes de dejarlo. Convencí a mi mujer de que el SUV estaba un poco viejo y usábamos el utilitario que ella compró de soltera, si teníamos que ir a algún lado. El mío solo aparcaba en casa y en el patio de la unidad.
Pasaron varias semanas y yo seguía sin saber cómo dar salida a mi paquete. Tuvimos una operación en que detuvimos a unos camellos de medio pelo. Uno de ellos quedó libre por falta de pruebas, pero seguro que estaba metido en el ajo. Me quedé con sus datos para poderlo localizar y ver si me compraba el paquete.

Desde una de las pocas cabinas de teléfono que quedan en funcionamiento, le llamé una tarde. Pero entre el miedo y la vergüenza no supe cómo empezar y colgué. ¿Cómo puede ser que un tipo como yo, acostumbrado por trabajo a meterme en la boca del lobo no soy capaz de decir a un macarra, tío, tengo algo que te puede interesar, te dejo una muestra en tal sitio y si te gusta te paso una cantidad mayor por un precio razonable?
¿Era por responsabilidad social? Pues no: si no hubiéramos encontrado nosotros la carga en el barco, ahora habría trescientos kilos de coca purísima en circulación, envenenando a esa gente que quiere vivir muriendo poco a poco. Si yo ahora, por una vez en la vida, aportaba una pequeña fracción de esa cantidad no era un grave problema ni se iba a notar en ese mercado.
Esto es lo que yo me decía, claro.

Decidí que me tenía que relajar, olvidar el bulto. Los días que libraba, aparte de gimnasio hacía algo de yoga para buscar un poco de serenidad.
Todo iba bien, la vida era casi normal hasta que Dora me vino un día con una sorpresa, la de que estaba embarazada. Los dos lo queríamos y fue una alegría. Pero a mi, no pude evitarlo me dio la llorera, con sollozos y todo.
Mi reacción espontánea fue tan llamativa que la futura madre, que ya sospechaba, supo en ese momento que a mí me pasaba algo serio.
Negué y negué, era el estrés del trabajo, cosas mías, que no se preocupara, que estaba muy contento por el embarazo, que la quería mucho, que teníamos que ir pensando en posibles nombres, que teníamos que asear y amoblar adecuadamente la habitación pequeña junto a la nuestra y que no se preocupara que pronto todo iría mejor.

Los siguientes dias intenté ver el asunto con objetividad: realmente no había prisa, el ladrillo estaba en lugar seguro y su valor de mercado se iba a mantener o incluso aumentar. Mi mujer y mi futura hija nunca se enterarían, pero esto se tenía que solventar cuanto antes, no podía seguir en tensión, con esa cosa bajo la rueda de recambio.

Me armé de valor, me hice un plan y volví a llamar al camello: ahora el número no pertenecía a ningún abonado. Vía muerta, cagoentó.

Una tarde dije en casa que tenía una misión y salí por la noche para recorrer zonas de venta y trapicheo. Gafas de pasta, talco en la barba para parecer un viejales, gorra de propaganda de Alcampo, un pendiente llamativo de esos que se sujetan con un imán y para completar, unos zapatos y una gabardina viejos. Después de recorrer dos barrios diferentes durante casi dos horas no fui capaz de abordar a ningún malaje de aquellos: no me da miedo asaltar una guarida de delincuentes armados, o bucear en una charca asquerosa y oscura, pero me cago encima de pensar en proponer un trato ilegal a un desconocido. Desde luego no valgo para ciertas cosas.

Y tomé la decisión.
A los pocos días hubo una misión de buceo que iba a tener lugar de noche a unas millas de la costa. Antes de salir de casa para ir a la base saqué la cosa y la metí en el fondo de mi mochila envuelta en mi toalla azul. Durante el trayecto pasé un cangue terrible porque era de día, hora punta de salida de los colegios, con mucho tráfico, viento y lluvia. Y me parecía que la mochila llevaba encima un farol giratorio indicando a todo el mundo: “estoooy aquíii”.
Pero milagrosamente llegué sin que pasara nada.

En los vestuarios pasé la abultada toalla azul desde mi mochila a la bolsa del equipo de buceo.
En la lancha me coloqué a babor en el banco más cercano a popa, detrás de mis compañeros y esperé a que fuera de noche cerrada. Viento y lluvia, otra noche de perros. Comprobé que en la lancha todos miraban hacia adelante, íbamos rápido, pero aún quedaba un rato de navegación. En la oscuridad abrí la cremallera, saqué el hatillo de la toalla azul, agarré de una punta e intenté que el ladrillo se deslizara discretamente por la borda. El ladrillo cayó, pero la toalla se me soltó y voló. ¡Vaya!, era una buena toalla y ya hacía años que me acompañaba. No pasa nada.

Pero cuando ya faltaba poco para llegar, se me ocurre mirar hacia atrás, y resulta que mi toalla azul no está perdida en el océano, sino que, orgullosa, flamea enganchada en el palo de la bandera junto a la enseña nacional, iluminadas ambas por la luz de popa. Hay que joderse quién les manda poner el palo de la bandera justo en ese sitio. A ver cómo explicaba yo que se me había volado la toallita, si alguien la veía.

Me volvía a cada momento y la toalla seguía allí. Además, me parecía que cada vez más enganchada en el mástil. Estaba ya de los nervios cuando cerca del punto de destino la lancha viró bruscamente. Miré hacia atrás justo a tiempo para ver cómo la toalla se desenganchaba y desaparecía en la oscuridad del mar, a nuestra espalda.
Respiré hondo y aprecié en mi cara la frescura de la lluvia y de los fuertes rociones. De repente me pareció que el mundo se iluminaba. Todo volvía a tener color, aunque en ese momento, en medio de aquella noche de perros mis ojos sólo pudieran ver una negra noche de perros. Pero podía oler el mar, notar el sabor salado en mi boca, oir el rugido de los motores y entrever a lo lejos las luces borrosas de la costa. Es como si hasta ese momento hubiera estado sordo y ciego. Y noté cómo mi corazón, poco a poco, volvía a latir como un corazón normal, como lo hacía antes de esta locura.

Pensé en mi futura hija. Me voy a emplear en que ya desde pequeña aprenda a amar la naturaleza y a disfrutar del mar. Pero sobre todo me gustaría que de mayor le vaya todo bien, y que no le asalten ideas peregrinas, como la que yo tuve. No quiero que se quede sorda y ciega por una locura. Quiero que siempre pueda verlo todo en colores.

esendraga, agosto 2019

GENES HACIA EL FUTURO. TERCER ENVÍO

El otro día pusieron en mis brazos un cachorrillo humano, de pocas horas, que según todos los indicios es mi nieto. Esto es, la tercera entrega de nietes.
(Usemos lenguaje inclusivo, que no se diga…)
Al principio dije que prefería no tomarlo, un poco por miedo a no saber sostenerlo adecuadamente o de hacerle daño, pero los padres insistieron. En cuanto noté su peso y su calor ya sentí una corriente de afecto.                               nP1680329

Pero cuando percibí su debilidad y su indefensión me inundó una río de ternura. Ahora pienso que esa es la única fortaleza de los cachorros: la de imbuir automáticamente en cuantos les rodean un sentimiento de protección. Y, según he leído, parece que las feromonas de los bebés aplacan la posible agresividad de los adultos.
Yo, en este caso, quedé definitivamente desarmado frente al pequeño.

Esos sentimientos que produce el recién nacido fueron similares con los dos primeros retoños, y creo que son los mismos que sentimos todos ante cualquier bebé que tengamos cerca pero en este caso, sabiendo que es de tu descendencia, parece que todo tiene mayor intensidad. Quizá es porque uno es consciente de que no se trata del encuentro aislado con un nuevo humano, sino porque este contacto es el primero de una serie que esperamos sea muy larga y muy intensa.

Con el primer nieto, hace año y medio, se me ocurrió pensar que allá iban una serie de copias de mis genes, junto a los de otros tres abuelos, disparados hacia el futuro, que es una manera de intentar sobrevivir a la propia muerte a través de otros indivíduos, igual que hacen todos los demás bichos.

Hace ocho meses otros tantos genes salían también hacia futuro empaquetados en una pequeña humana que nacía en forma de mi segunde niete.
En aquel momento me preguntaba hasta qué punto la influencia de los padres y la familia son determinantes en la formación y en el resultado final de cada nuevo humano. Y al final de la profunda investigación que hice se concluía que no se puede saber si la educación influye mucho o sólo regular en ese resultado final, que por otra parte nunca es definitivo porque somos siempre cambiantes hasta nuestro último dia. Así que lo único que se puede intentar es hacerlo lo mejor que sabemos y confiar en la suerte.

En esta tercera entrega no me voy a complicar la vida, considerando  la experiencia adquirida con los dos primos mayores y que ya veo mejor cómo va la cosa. Por ejemplo, del tema de los genes ya da lo mismo porque los niños vienen como vienen y como este asunto no tiene remedio, no hay que preocuparse.

Respecto a la educación, creo que es verdad lo que dice la gente, sobre que el papel de abuelos no es el mismo que el de padres.
Me gustaría acordarme más de cómo fue eso de ser padre, pero es sorprendente y triste que de la experiencia con nuestros hijos cuando fueron pequeños nos acordamos poco, o en cualquier caso menos que lo que creo que deberíamos.

No es inventar nada que el papel frente al niño no puede ser el mismo en un caso y en otro, sobre todo porque nosotros no somos los mismos. Con los nietos tenemos al menos treinta años más que cuando tuvimos hijos y en la actualidad casi todos los padres somos abuelos cuando ya estamos jubilados.
Sólo con estos dos factores ya hay una gran diferencia.
Pero creo que el factor diferencial más importante son las expectativas que tenemos frente a hijos y frente a nietos. Con los primeros se espera una relación diaria intensa y la asunción de todos los problemas que puedan venir: responsabilidad total. Y por supuesto con la perspectiva de muchos años por delante.
Mientras que con los segundos lo habitual es una convivencia relativamente esporádica: alguna tarde a la salida del cole, fines de semana o en vacaciones, que hay muchas. Por una parte esto nos hace tomar conciencia de que en ese relativamente poco tiempo no podemos alterar demasiado su educación, ni para bien ni para mal. Y siendo sinceros, la verdad es que si mimas o maleducas (­con moderación) al niete, la mayor parte de los posibles problemas no serán para el abuelo, sino para sus padres. Puede quedar feo decirlo, pero hasta cierto punto creo que nos podemos permitir un cierto grado de irresponsabilidad a cambio de un mayor disfrute mútuo.

Por último y por desgracia, no es probable que convivamos con nuestros nietos mucho más de veinte años, considerando la esperanza de vida actual.

Así que, como resumen, paso ya a unas conclusiones rápidas con recetas que intento para mí mismo pero que quizá puedan ser universales:
– Cuando son pequeños, darles mucho cariño y atención.
– Cuando son un poco más mayores, darles más cariño todavía. Y si les podemos enseñar algo nuevo o diferente a lo que tienen en su entorno habitual, mejor.
– Cuando sean más mayores y ya discurran por sí mismos, también darles cariño y que sepan que pueden contar siempre con él.
Si podemos hacerles ver sobre cualquier tema un punto de vista diferente, no nos privemos. Y tratar de ser capaces de ayudarles a mirar y a entender un poco mejor el mundo y la sociedad. Y quizá transmitirles alguna habilidad o conocimiento particular que podamos tener, papiroflexia, metafísica o bricolaje, da lo mismo y hacer cosas interesantes junto a ellos.
– Y cuando sean más mayores todavía, seguir dándoles cariño y apoyo moral. Que sepan que ambos son incondicionales, permanentes e ilimitados.

No se me ocurre más y esto parece lo único que podemos intentar.
Y confiar en que todo lo demás funcione aceptablemente.

esendraga, julio 2019

UN TRABAJO BIEN HECHO

Muchas personas trabajan en una profesión concreta no porque la hayan elegido, sino porque diversas circunstancias los han llevado hasta donde están. Éste no es mi caso porque yo siempre quise dedicarme a lo mismo que mi tío Jesús, lo he conseguido y estoy encantado.
Y como es lo que me gusta, intentar hacerlo bien me parece la cosa más natural.

En general, las personas que han podido trabajar en lo que les gusta disfrutan con ello y suelen tener un desempeño superior.
Para el resto, los que no han tenido la suerte de poder elegir, lo más habitual es que lo hagan por obligación y lo desarrollen con el mínimo interés necesario para no ser despedidos. Yo creo que esto es lo que pasa a la mayoría de los 19 millones de personas que trabajamos en este país. Lo que resulta en problemas personales y sociales graves, porque estar 40 horas semanales o más según los casos, haciendo algo a disgusto es muy duro.

Pero, cualquiera que sea  el trabajo, si encima se hace regular o mal, es un auténtico desastre para todos. He conocido gente de ésta. Para ellos parece que en horario laboral se reservan las neuronas para que no se gasten, quizá pasa usarlas en su tiempo libre: se levantan con el cerebro a ralentí, llegan al trabajo al ralentí y así siguen hasta la hora de salida. Como no he trabado amistad con ninguno de estos no puedo asegurar que, en cuanto fichan a la salida, su cerebro se active y tengan un buen nivel de coordinación y agilidad. Tiendo a dudarlo porque la materia gris necesita entrenamiento y rodaje, y creo que a este tipo de gente le suele gustar mucho la tele, por lo que si a las 8 horas de relax laboral-cerebral, le sumamos desplazamientos nos salen, pongamos, 9 horas. Si añadimos de media unas 3 horas de anulación mental televisiva, suman 12.
Digo yo que no les quedará tiempo para entrenar la neurona y luego hacerla funcionar.
(Propongo el tema para los neuro-científicos como interesante caso de estudio, pero creo que estoy derivando de lo que quería contar)

Volviendo a la gente que no ha elegido su dedicación, hay muchos casos en que una vez empiezan a trabajar le cogen el gustillo y se convierten en grandes profesionales.

El ejemplo más cercano es el de Sento, uno de mis mejores amigos, compañero de colegio de la infancia, que ha acabado siendo taxista. De niños yo no tenía claro a qué me gustaría dedicarme, pero él sabía que quería ser piloto de avión: le gustaban la física y las matemáticas, y era el más inteligente de la clase, con diferencia. Y además se entusiasmaba por los libros, por los tebeos y por las películas de aventuras donde salieran aviones o naves espaciales. Cuando acabó el bachiller resultó que los cursos de piloto eran muy caros, se hacían fuera de nuestra ciudad y su familia no se los podía costear. Su padre era taxista y lo que ganaba no daba para estudios y estancia en otra ciudad para del tercero de cuatro hijos.

Así que al final del bachiller como Sento no podía estudiar lo que quería y yo no quería estudiar nada de nada en especial, él y yo mano a mano nos tiramos al monte como quien dice. Estuvimos casi un año en Mallorca, de camareros y acumulamos sólo unos pocos ahorros pero un montón de experiencia en muchos terrenos gracias a la cantidad de extranjeros que tuvimos ocasión de conocer, y en concreto a gracias a la amistad y generosidad de muchas jóvenes liberadas europeas.

Cuando nos cansamos de hacer de camareros y de relacionarnos con extranjeras, recorrimos plan mochila gran parte de la península durante unos meses que recordaremos toda la vida. Pero, como todo lo bueno, se acabó demasiado pronto. El padre de Sento se puso enfermo y no podía hacerse cargo del taxi, así que mi amigo tuvo que volver.

Pasado un tiempo, se acostumbró al trabajo de taxista, y aunque yo sé que lleva dentro su pequeña frustración de no ser piloto, resulta que le ha acabado gustando. Y creo que lo hace bien: se estudia los trayectos para optimizar las rutas, lleva dos o tres pantallas con navegadores, información sobre el tráfico y un sistema de medición que, según me dice, le indica las presiones y ese tipo de cosas de cada parte del motor. No sé muy bien a qué se refiere, pero dice que le ayuda a controlarlo todo en su coche. Lleva siempre el taxi niquelado, su neverita con botellitas de agua para ofrecer a los clientes, pañuelitos de papel y como tiene sitio en su monovolumen  lleva siempre una silla especial para niños por si hace falta. ¡Ah!, también lleva cargadores para móvil y dice que va a poner wifi gratis. Y en verano pone cortinillas laterales para que a los clientes no les dé mucho sol. O sea, que no ha elegido ese trabajo, pero le gusta y lo hace bien. Pero lo más importante de todo es que, las pocas veces que nos vemos, lo veo contento.
Me alegro mucho por él.

Y es que de vez en cuando se encuentran personas, trabajadores, que lo hacen realmente bien. En el comercio, en la sanidad, en la enseñanza, en todos los sectores hay gente seria, pero no hace falta que sean profesiones muy sesudas. Todos hemos topado con un camarero, de esos no muy jóvenes, pero activos, directos, amables, que se dan cuenta de que la mesa 3 necesita reponer pan, mientras toman la comanda de la 7. Y casi sin parar en su camino hacia cocina sacan del bolsillo del delantal un sobrecito de sacarina para el café de la señora de la 17.

Siempre cuento el caso de un albañil que nos hizo una obra en casa hace años: tenía para cada tarea los gestos medidos, los desplazamientos por la obra eran óptimos matemáticos, el material necesario en cada momento estaba siempre a mano: lograba un nivel 10 de acabado en cada detalle y todo sin perder ni el tiempo ni la compostura. Ver trabajar al tal Toni era un verdadero espectáculo. Se merecía ganar más que un ministro. ¿Qué digo que un ministro? ¡Más que un furbolista!

Cuando yo era crío, no tenía aficiones claras, pero sabía que quería ser como mi tío Jesús. Yo no conocía bien en qué consistía su trabajo, pero fantaseaba con ser como él. Además los dos compartíamos nombre, que había sido el de su padre, a la sazón, mi difunto abuelo. Mi tío no contaba nada y de la familia nunca conseguí que me explicaran su trabajo, pero yo lo veía siempre contento y satisfecho, sin prisas, sin agobios. Se movía con agilidad y precisión, siempre con una sonrisa. No se había casado, pero tenía su coche, y su piso. Venía a nuestra casa en navidad y a veces acudía a mi cumpleaños con algún regalo. Yo quería ser como el tío Jesús, aunque a mis padres no parecía caerles bien. Pero me resultó difícil seguir sus pasos porque llegó un momento en que se fue a vivir a la capital y le perdí la pista.

Cuando llegó el momento de elegir estudios pregunté a mis padres qué debía elegir para dedicarme a lo mismo que el tío, si letras o ciencias. Y me dijeron que no me preocupara por él y que eligiera lo que más me gustara. Como no conseguí más información elegí letras que parecía más fácil.
Acabé a trancas y barrancas la enseñanza obligatoria, y ese mismo verano me piré a Mallorca con Sento.

Cuando mi amigo tuvo que volver, a mí no me apetecía nada regresar a casa de mis padres, y decidí buscar a mi tío Jesús a ver si podía trabajar en su negocio. Recurriendo a otros parientes al final lo encontré. Me acogió de maravilla en su casa, y compartimos unos días en que me enseñó la ciudad y paseamos parques y museos; pero se escurría cuando le preguntaba por su trabajo.
Pasaron los días y llegó el momento en que se hizo patente que estas vacaciones con mi tío favorito no podían ser indefinidas. Una tarde, sentados en un andén desierto, esperando el metro, me soltó: “Mira chaval, ya tienes edad para saber a qué quieres dedicarte, si quieres dedicarte a lo mío, tienes que ser muy bueno”. Como yo insistía, me echó un sermón intentando desanimarme: que tenía sus peligros, que sólo sobrevivían los buenos profesionales. Que no era un oficio con futuro, porque las nuevas tecnologías iban a cambiar en unos pocos años el mundo y la sociedad…

Todo me daba igual, si él era bueno, yo sería igual o mejor; si la tecnología cambiaba, nos adaptaríamos. Si se acababa el trabajo en un sitio, nos iríamos a otro.
Así que al final se rindió, pero sólo se comprometió a tenerme en período de prueba como aprendiz.

La primera lección fue sobre la seguridad, me dijo que era lo principal.
La segunda era no dejarse cegar por el éxito. En todos los negocios hay a veces buenas rachas, pero ya se sabe que rendimientos pasados no garantizan beneficios futuros. Eso decía mi tío.
Y como lo principal es la seguridad, resulta preferible reducir las pretensiones y no correr riesgos.

En tercer lugar, no esquilmar los recursos. En una industria extractiva como ésta, el abuso es pan para hoy y hambre para mañana.

Y por último, la importancia del trabajo en equipo que ha de estar coordinado y bien avenido. Cuando funciona bien multiplica por muchas X la seguridad y la eficacia del conjunto.

Con los años, me he dado cuenta de que estos principios que mi tío descubrió por sí mismo en el ejercicio de la profesión, resultan ser válidos para casi cualquier otra actividad humana.

Estuve como aprendiz un tiempo y mi tío me repetía: “Jesusín, no te olvides que la seguridad es lo primero”.
O bien: “Jesusín, no abusemos, aquí nos ha ido bien, dejémoslo por hoy”

Llegué a tener un nivel de competencia casi tan alto como el suyo y me quedé con él varios años: éramos el mejor equipo de trabajo en lo nuestro. Y a mí me encantaba aquella vida.

Y siempre recordaré a mi querido tío Jesús diciéndome: “Jesusín, respeta a la gente. Una cosa es robar carteras a quien tiene dinero, y otra arruinar a la pobre gente. Recuerda que los ladrones somos gente honrada”.

Fué una desgracia, un verdadero golpe de mala suerte, pero ya sólo falta un año para que lo suelten. Ahora me he especializado en el tema informático y como él también está estudiando por su lado, espero que volvamos a hacer equipo. Es más divertido y eficaz trabajar en equipo que en solitario.
La tecnología ha cambiado, pero tengo unas cuantas buenas ideas. Creo que nos espera un brillante futuro.

esendraga, julio 2019

LOLA

Todo el mundo la llama Lola, aunque en realidad se llama Gudrún. Gudrún Gerdurdottir.

Está sentada en uno de los escalones verdes de la puerta lateral de una pizzería corriente, en la ciudad de Reikiavik. Es viernes, pasadas las 10 de la noche, y el sol todavía dá de lleno en este lado del edificio. Ella va toda despeinada y, aunque no se le ve cuando está sentada, tiene algo desgarradas en el culo las mallas de estampado de leopardo que lleva. Su camiseta está sucia y la verdad es que esta muchacha, que hace poco ha cumplido veintiún años, tiene mal aspecto. Su chaqueta vaquera está a sus pies, tirada de cualquier manera.

De vitos
Volviendo a su nombre, es curioso que aquí, en Islandia, con sólo decir su apellido ya se sabe que es hija de madre soltera, aunque esto es relativamente corriente y no es ningún problema para ella. Su madre se llamaba Gerdur, que significa “mujer protectora”, y el apellido Gerdurdottir la define como hija suya, esto es, sin padre conocido.
De pequeña le llamaban Guna, diminutivo que aquí es corriente. Su abuela todavía la llama así, las pocas veces que la ve. Cuando Guna tenía tres o cuatro años su madre se echó un novio extranjero, Toni, que se vino a vivir aquí, con ellas, y la empezó a llamar Lola. Él siempre decía que era un americano del sur, así en general, porque había nacido en un país de ese continente, pero su madre era de la otra punta y el padre de otro lugar diferente. Había vivido en un montón de sitios, hasta en Australia. Pero al final acabó en Islandia.

Toni murió hace algo más de un año y Lola desde entonces anda un poco perdida. Toni era como una boya que la ayudaba a mantenerse a flote, pero desde su muerte, Lola siente que se va hundiendo.
Desde entonces todo ha ido a peor y ahora, cree que ya ha tocado fondo, que esta tarde de viernes ha llegado a lo más bajo.
Son ya las once de la noche, pero sentada en los escalones verdes de la entrada lateral del Devito’s Pizza, la que recae a la plaza, todavía le da de lleno el sol. Un sol que ilumina un poco pero no calienta casi nada.
El coche de la policía que ha venido, llamado por alguno que pasaba o por algún vecino, ya se ha ido y ella está confundida. La poca gente que pasa la mira como un bicho raro. Pero a ella le da igual porque no cree que se puedan hacer de ella peor opinión, que la que ella misma tiene de sí.
Ve cómo el sol cae lentamente y espera que se le pase un poco el mareo. De forma confusa percibe que tiene que reflexionar y cambiar de rumbo, pero hasta que no se le acabe de pasar la tormenta interior que tiene no se puede levantar.

Decía Toni que Lola era el nombre que mejor concordaba con su carácter, porque se ve que le parecía una niña despierta y segura de sí misma. Puede ser, pero eso era a los tres o cuatro años. El caso es que bien asignado el nombre o no, el de Lola se quedó y a ella le acabó gustando. Desde entonces casi todos sus amigos y conocidos la llaman así. En la familia también, menos su querida abuela, que siguió llamándola Guna. A la abuela nunca le gustó Toni. Ni siquiera fue a su entierro a pesar de que “el forastero ese” había amado y cuidado a su hija hasta al final, como pocos habrían hecho. Y después “el forastero ese” también amó y cuidó a la pequeña Lola hasta su propio final. Hace más de un año que Lola no ha vuelto a ver a su abuela.

Sentada en estos escalones verdes de una pizzería cerrada, guiña los ojos ante el sol de medianoche, e intenta recordar quién es realmente. Recuerda que Toni le puso Lola por ser una chica fuerte y decidida y se da cuenta de que últimamente no ha hecho honor a su nombre.

Cuando acabó la segundaria, hace dos años, ya vivía independiente como casi todos sus compañeros. Tenía un trabajo a tiempo parcial en un súper de las afueras y el curso pasado se matriculó en Humanidades. Empezó la universidad con ilusión, pero a medida que avanzaba el curso, no le resultaban los estudios todo lo amenos que ella tenía idealizado. Pero aun así no le iba mal…
Hasta que a mitad de curso murió Toni y ella no fue capaz de aguantar. Le faltaba motivación y concentración. Tuvo ocasión de pasar a trabajar al súpermercado “Bonus” del centro, bastante cerca de su minúsculo apartamento y le ofrecieron empleo a jornada completa. Lo probó y le resultó muy fácil trabajar más horas para luego divertirse sin tener que pensar en nada. Mucho mejor que combinar trabajo y estudio.
Se olvidó rápidamente de todo lo relativo a la universidad y llevaba una nueva vida mucho más divertida. Sobre todo cuando apareció Einar. Es difícil saber si Einar fue causa de su descenso, o es que se arrimó a él porque ya estaba empezando a deslizarse cuesta abajo.
Einar no es mal chico. Conducía una furgoneta de reparto y lo conoció en el trabajo. Era divertido y juerguista, justo lo que ella estaba necesitando, sobre todo en las largas noches de invierno, sin el apoyo del bueno de Toni.
Con Einar no se veía todos los días porque sus respectivos turnos de trabajo no siempre coincidían, pero de forma regular pasaban juntos los fines de semana desde el viernes por la tarde.

El verano pasado salieron varias veces de acampada y se divirtieron mucho, según contaron a sus compañeros y amistades. Él era bueno en la cama y los dos se entendían bien.

Lola acudía puntual al apartamento de Einar en cuanto salía de trabajar los viernes por la tarde. Los dos tenían ganas de un rato de sexo y a eso se dedicaban sin prisa.
Algunas veces se inclinaban por algo un poco violento, pero a los dos les gustaban las sensaciones fuertes. Estaban en la casa hasta que, cansados o hambrientos, les apetecía salir.
Lola esperaba con ansiedad la tarde de los viernes y había veces en que a medio día empezaba a sentir un hormigueo con sólo pensar en qué cosas nuevas y excitantes iban a hacer esa tarde.
En esas ocasiones intentaba que le encargaran trabajar en la sección de refrigerados, una zona del súper que está separada del resto de la tienda y se mantiene siempre a 7ºC. Parece que la sensación de frío le ayudaba a aliviar la tensión.
En esas movidas y emocionantes tardes de viernes, solía ser pasadas las nueve cuando se decidían a salir para reunirse con los colegas y, para entonces, ya habían bebido algo fuerte y fumado o esnifado lo que tuvieran.
Quedaban con algunos amigos, que en realidad eran de él, aunque ahora también eran suyos. Siempre acompañados de sus respectivas novias o amigas; o compañeras o ligues, daba igual. Cenaban algo por ahí y luego recorrían todos los locales que pudieran ser divertidos.
Cuando cerraban todos los establecimientos, se reunían en casa de Einar o en la de Björn, su mejor amigo y cómplice. Preferían la del amigo porque era una casita independiente en un barrio algo apartado y podían hacer ruido que quisieran sin molestar a nadie. En general bebían bastante, oían música a todo volumen y se colocaban bien, pero no demasiado.
Dependiendo de quiénes hubieran acudido, también tenían algo de sexo, y a veces hacían cosas con otras parejas del grupo.
Estaban medio tirados hasta bien entrado el sábado.
Los domingos por la mañana los chicos tenían por costumbre jugar al fútbol y salvo los peores días del invierno, se ponían a correr tras la pelota y a darle patadas. Alguna de las chicas también se apuntaba, pero Lola prefería mirar desde la grada o meterse en un bar cercano a tomar un café.
En general, los lunes estaban lo bastante repuestos para ir a trabajar.
Y Lola estaba encantada con esta vida tan emocionante.

Todo iba bien, hasta que hace unos tres meses, Einar tuvo un pequeño accidente con la furgoneta, una bobada de nada, pero le encontraron que iba un poco colocado. La empresa le dio un margen de confianza y conservó el trabajo. Pero se estaba pasando con las porquerías que tomaba y seguramente lo estuvieron vigilando, de forma que un tiempo después encontraron en su taquilla algo que no debería estar allí, y lo pusieron de patitas en la calle.

El viernes en que lo despidieron, cuando Lola llegó a su apartamento, Einar no parecía el mismo. Estaba un tanto agresivo y el sexo no fue como otras veces, pero ella pensó que estaría cabreado por el despido, se dejó hacer, y no le dió más importancia.
Un mes despúés, Einar seguía todavía sin trabajo y Lola lo notaba como ausente.

Hace unas semanas, Björn aportó alguna sustancia más fuerte para olvidar las penas y Lola casi no recuerda qué pasó. Sólo que el viernes cenaron como otras veces en el Devito’s Pizza que hay en Laugavegur, junto al parking del hotel. Que después fueron a varios pub, y que amanecieron varios del grupo en su propio apartamento, seguramente porque estaba más cerca del último garito. Ella se debió enrollar con Björn, aunque no lo recuerda con claridad. Sí recuerda que este rubio simpático era más educado y considerado que el propio Einar, su medio novio que, por cierto, apareció esa mañana en el sofá con la novia de otro de los amigos habituales. Fue todo muy confuso, porque estaban todos bastante colocados.

Lola recuerda ese día y piensa que quizá entonces se tenía que haber dado cuenta de que algo se estaba estropeando. Pero había olvidado que su nombre correspondía a una chica fuerte y decidida, y se dejó llevar.

Hace dos viernes, cuando llegó al apartamento de Einar, éste estaba ya tan colocado que no hicieron casi nada, y casi ni hablaron. Esto de perder el trabajo le estaba sentando fatal. Al final, se marchó sola por ahí porque él estaba demasiado atontado para salir.
Aunque de ninguna manera se sentía ella responsable de lo que pudiera pasar a su “novio”, que ya era mayorcito, decidió pasar el domingo a ver cómo estaba y se lo encontró dormido, aunque no tenía mal aspecto. Los restos que había por su mesa y por el suelo indicaban que probablemente habría comido algo. También debía haber tomado leche porque tenía la botella de plástico vacía todavía en la mano, junto a la almohada. Le dejó una nota sobre la mesa, diciendo que había pasado a verlo y que a lo largo de la semana si quería verla, le podía llamar.

Frente a los escalones del Devito’s el sol está cada vez más bajo y ahora velado por una fina capa de nubes que corren hacia el sur con el viento. No pasa nadie por la calle.

Recordando lo que sucedió una semana atrás, ahora se da cuenta de que cuando dejó la nota el pasado domingo, en realidad deseaba que Einar no la llamara.
Pero este jueves pasado la llamó para que quedaran el viernes como siempre, y ella volvió a olvidar por qué Toni le había puesto Lola, y dijo que O.K., que iría.

Y con un poco de reparo, acudió a la casa de Einar, como cada viernes, al salir del trabajo. Se había puesto una camiseta nueva con el retrato de Bob Marley con la bandera jamaicana de fondo y sus mallas con estampado de leopardo.
Ahora se pregunta por qué se puso justamente esas mallas; quizá el pensamiento mágico o una premonición le había llevado en aquel momento a temer que le podrían hacer falta la rapidez, la fuerza y la astucia de un felino grande y salvaje. Iba un poco nerviosa, pero no de deseo como le pasaba cada vez que se iba a ver con su chico. Llamó a la puerta y no contestó nadie, de forma que, como siempre estaba abierto, entró directamente. Einar estaba sentado, viendo algo en su portátil y cuando se dio cuenta de que alguien entraba lo cerró enseguida y lo dejó encima de la mesita junto al sofá. Repuesto de la sorpresa, se levantó y se encaró con Lola:
– ¡Vaya, Gudrún Gerdurdottir! ¿Qué te trae por aquí? ¿Quieres algo de mí?

Ella se quedó parada sin saber qué decir, mientras él la miraba fijamente. No parecía colocado. Lola lo rodeó lo más serenamente que pudo, se acercó a la mesa y tomó un vaso que había junto al ordenador, lleno a medias con con lo que sería algún licor, del que bebió de un buen trago.
Con el vaso en la mano intentó iniciar una conversación “normal”: que lo veía mejor que la semana anterior, que si había buscado trabajo…
Einar se le empezó a acercar muy lentamente, con una mirada que ella no supo cómo interpretar, y le dio el tiempo justo de dejar el vaso sobre la mesa. Él la tomó de los hombros y la tumbó sobre el sofá. No pareció un gesto demasiado violento y Lola quiso suponer que era como el inicio de un juego, porque a veces hacían teatrillos así. Einar la miró desde su posición superior e hizo una mueca de sonrisa, mientras se iba inclinando lentamente, lo que hizo que ella bajara un poco la guardia. Él alcanzó la cinturilla de las mallas de leopardo y se las fue bajando, junto con las bragas, hasta las rodillas. Acercó su cara al vientre de ella y ella se confió. Pero cuando quiso darse cuenta, lo tenía tumbado encima. Se dio cuenta de que él estaba excitado y sintió un escozor agudo cuando la penetró sin preaviso. Esto ya no era normal entre ellos. Lola, cabreada de golpe, dió un respingo e intentó quitárselo de encima. Lo agarró de ambos costados e hizo fuerza, pero en un primer intento no pudo. Iba a luchar, pero se lo pensó mejor y le dejó hacer, pese a que sentía molestias por el roce.
En cuanto él se levantó, se abrochó los pantalones deprisa, y sin mirarla dijo que tenía hambre y que se íban ya a comer algo.
De momento ella se quedó tumbada porque aquello no le había gustado nada e intentaba aclarar sus ideas. Mejor se iba por su cuenta que con este Einar que no conocía.
Entonces él le gritó:
—¡Lola, he dicho que nos vamos!
No es que de normal fuera un tipo muy fino, pero este no era su estilo. Lola no sabía qué pensar y accedió, porque además, era mejor salir de esa casa cuanto antes. Se recompuso la ropa como pudo y apuró el vaso. Iba a necesitar un poco de ánimo complementario.
Sin decir palabra salieron caminando por los callejones interiores hasta la calle principal, Laugavegur, y siguieron en silencio hasta el Devito’s.
Sentados en los escalones verdes de la entrada lateral de la pizzería, la que da al plaza, estaban esperando Björn y su chica, una que era relativamente nueva. Se saludaron, entraron todos y pidieron cervezas para empezar y una pizza cada uno.
No hablaron mucho mientras tomaban las cervezas y Einar estaba raro, como pensativo. A veces miraba alternativamente a Björn y a Lola, sin decir palabra.
Ella se sentía muy incómoda en ese ambiente tan tenso y también porque le molestaba la vagina, que debía tener irritada. Cuando llegaron las pizzas se comió una porción, también en silencio, y dijo que iba al lavabo. El de señoras está en la parte de atrás. Orinó y sintió algo de escozor. Se miró y tenía un lado un poco rojo, menos mal, nada grave. Como no tenía ninguna crema ni nada que ponerse, se secó bien con un papelito y se puso un poco de saliva.
Se lavó las manos, y refrescó la cara frente al espejo.
El licor que había bebido por la tarde más las dos cervezas que acababa de tomarse, encima de lo sucedido con Einar, no le ayudaban a ver con claridad.

Ella no es un trapo, ella es Lola y no tiene que aguantar nada a un mamarracho como ese, y ha tomado la decisión de largarse de allí y no volver a ver a este tipo.
Ha abierto toda decidida para salir del cuarto, pero cuando ha encarado el pasillo ahí estaba Einar, justo delante, plantado con las piernas abiertas y los brazos en jarras. Nadie más por allí y lo primero que le ha soltado es: ¡Puta!, dicho con mucha rabia.
Y ha empezado con el rollo de que desde que él perdió el trabajo ella no quiere nada con él, que prefiere al amariconado de Björn. En esa línea.
Lola, ha notado su corazón acelerarse de pronto y su instinto le pedía cargar de frente contra ese grandullón. Pero aunque estaba algo achispada ha conseguido calmarse y darse cuenta de que en ese pasillo tan estrecho, lanzarse contra Einar sería como estrellarse contra un muro y no iba a ganar nada; tiene claro que lo primero es salir de allí lo más entera posible. A ver qué hace. Como está acostumbrada a resolver las cosas por sí misma, no se le ha ocurrido gritar para pedir ayuda.
Pero entonces Einar ha roto la espera y la ha empujado haciéndola retroceder otra vez hacia el lavabo. La ha apalancado entre el retrete y la pared para inmovilizarla mientras de una patada trasera intentaba cerrar la puerta que finalmente quedaba entreabierta. Con un brazo la tenía sujeta contra la pared y con la otra intentaba bajarle las mallas mientras la intentaba besar a la fuerza.
¡Otra vez, no!
Lola ha tenido novios, medio novios, amigos, conocidos y rollos diversos de todo tipo, pero nunca le ha pasado nada parecido. Ha sido siempre lo bastante lista para darse cuenta de la gente que podía ser peligrosa y ha tomado las medidas oportunas en cada caso: normalmente con un buen corte a tiempo se solucionaba el asunto. Y en algún caso extremo, bastaba con percibir el riesgo y alejarse antes de que pudiera pasar nada.
Pero de Einar no se lo esperaba aunque después de lo de esa tarde en su casa se lo tenía que haber temido.
Más grande y pesado que ella la tenía bloqueada, pero cuando él se ha agachado para vencer la resistencia de las mallas a bajar más allá del culo, se ha quedado un poco inestable, Lola se ha dado cuenta y lo ha empujado de lado apoyándose en la pared. Él ha topado contra el retrete y ha tenido que soltar una mano para apoyarse y no caer contra el lavabo. En ese momento ella lo ha empujado hacia atrás y él ha quedado sentado en el suelo. Antes de saltar por encima, Lola le ha lanzado una patada, que le ha dado en el hombro y ha conseguido desplazarlo lo suficiente para abrir un poco la puerta y poder salir. Liberada, ha ido corriendo hacia la calle por la puerta lateral. Al llegar fuera estaba frenética, el corazón le iba a doscientos, y su cabeza casi no pensaba de pura rabia.

Una vez en la plaza ha parado un momento para acabarse de subir las mallas, cuando se han oído dentro los gritos de Einar y al momento ha salido con Björn. Le iba gritando que era un cabrón, que se había aprovechado de ella mientras él no se encontraba bien.
Su amigo intentaba calmarlo, pero Einar estaba fuera de sí y entonces es cuando se ha vuelto contra ella. Acercaba su cara a la de Lola para gritarle de cerca todo un repertorio de insultos. Ella sintiéndose agredida le lanzaba torpemente puñetazos y golpes, de los que pocos le alcanzaban. Y él la seguía insultando, estirando el cuello para acercar su cara a la de ella, pero hurtando el cuerpo en lo posible. Y ella seguía intentando pegarle. Como ya había gente por allí que los miraba, él mantenía sus manos unidas detrás de su espalda, como diciendo: esta zorra me pega pero yo a ella no.
Hasta varios clientes del hotel, alertados por los gritos, han abierto las ventanas para curiosear qué pasaba.

Al principio Björn intentaba mediar pero no quería entrar en pelea.
Un vagabundo que Lola conoce de vista y que vive de recoger envases para reciclar, estaba por la plaza y se ha acercado tambaleándose, queriendo ayudar.
Parecía un baile a tres: Lola lanzando los puños hacia Einar, éste inclinado sobre ella gritando mientras esquivaba golpes y el vagabundo girando impotente alrededor. Y el rubio, apartado del baile, como mero espectador.
La escena se ha prolongado hasta que por el fondo de la plaza se ha visto entrar un coche de la policía. En un instante, Einar y Björn habían desaparecido por la esquina.
Lola, agotada y llorando, se ha sentado en los escalones del Devito’s.
El vagabundo se le ha acercado para preguntarle con aliento alcohólico si se encontraba bien. Ella no ha contestado, mientras el coche patrulla maniobraba y se colocaba cerca de ella.
El vagabundo no había visto llegar a la policía y cuando ha tenido a un agente a su lado se ha sorprendido y ha levantado las manos como diciendo: yo no he sido.

Han venido dos agentes: un cachas y una rubia con coleta. El cachas habla un momento con el vagabundo y se asoma a la esquina por donde han desaparecido hace un minuto el agresor y su amigo.
La policía de la coleta se ha sentado en los escalones junto a Lola para hablar con ella. Ha hecho un gesto a su compañero como indicando que el vagabundo no tiene nada que ver con el caso.
El cachas ha hecho unas preguntas al recogebotellas y lo despide con relativa amabilidad. El viejo coge del manillar su bicicleta, casi cubierta por tres grandes bolsas llenas de botellas de plástico y latas, y se marcha lentamente con su carga hasta doblar la esquina. Antes de desaparecer echa la vista atrás hasta la chica despeinada.
El poli se ha acercado un momento a escuchar la conversación de la afectada con su compañera y cuando ha sacado una primera conclusión, se aparta para informar por el walkie a la central.

La policía de la coleta, mientras sigue hablando con Lola, la ha acompañado tomada por el brazo hasta el asiento trasero del coche, y ella misma ha entrado por la otra puerta trasera. Las dos han estado un buen rato en el interior. Ya no quedan mirones en la plaza.

Los polis se han marchado finalmente, pero Lola ha preferido seguir sentada en los escalones verdes, al sol de medianoche.
El camarero de la pizzería, que está cerrando, se asoma con una chaqueta vaquera en la mano y le pregunta si es suya. Ella asiente y cuando la toma del camarero la deja caer al escalón inferior.
Aunque la policía le ha propuesto denunciar la agresión ella en principio no ha querido porque al fin y al cabo no le ha hecho nada. No ha mencionado lo sucedido esta tarde en su casa. Cree que no merece la pena y sería toda una complicación.

Está hecha un lío, pero se está tranquilizando poco a poco.
El sol se acaba de ocultar aunque sigue habiendo luz como de atardecer, y en dos o tres horas volverá a estar fuera el mismo sol, pero un poco más al este.

Empieza a hacer fresco esta noche de mediados de junio.
Lola respira hondo, se levanta, recoge su chaqueta de los escalones, la sacude un poco y su móvil cae al suelo. Se la pone y se la abrocha. Se agacha a coger el móvil y se lo mete en el bolsillo sin mirarlo siquiera.

Toma Laugavegur hacia su casa, por la acera de la izquierda y camina despacio. La vagina le escuece y da pasos más cortitos de lo normal. No se siente muy estable, pero se concentra en caminar, mira al suelo y no para.

En un cruce levanta la mirada y ve que han colocado banderas en las farolas. Y en un escaparate, junto a otra bandera nacional hay un retrato del actual presidente. Ahora recuerda que el lunes es fiesta, el Dia de la Independencia.
A Lola la independencia le importa muy poco, y el 17 de junio sólo tiene un significado para ella: el recuerdo de salir varios años justamente ese día, de paseo con su abuela por la ciudad, las dos vestidas con el traje típico. Ella de niña con sus trenzas bien peinadas, su delantal de puntilla y el bonete con borla roja. Su abuela muy elegante, vestido largo negro con bordados dorados y su muy alto gorro blanco.
Por la mañana asistían a la ceremonia oficial con el coro y la banda en la plaza Austurvöllur. Escuchaban el parlamento de la Señora de la Montaña, y cuando acababan de cantar el himno y la gente se dispersaba, iban paseando sin prisa hasta el parque Hljomskalagardur. De camino veían los pasacalles, pero ella estaba deseando llegar  para ver el circo al aire libre. Y para asistir a la carrera de los forzudos, por separado hombres y mujeres, acarreando unos pesos increíbles por un caminito de tierra entre el césped del parque. Ella, Lola, también sería muy fuerte y correría con cien kilos en cada mano. Los equilibristas actuaban sobre la hierba, las bandas de música desfilaban y gente de toda la ciudad se divertía en el parque. Todos miraban a la abuela y a la nieta tan bien vestidas paseando entre el gentío. Y Lola se sentía contenta y orgullosa.
Piensa en su abuela. Es la única persona sólida a quien agarrarse que le queda. Desde que dejó la universidad y cambió de vida, tampoco tiene amigos.

Llega a su casa, se da una ducha infinita y luego se mete en la cama. Pero no puede dormir por la tensión acumulada. Cierra los ojos y se le aparece la jeta de ogro de Einar chillándole en la cara. O cree ver las vigas del techo de la casa del imbécil que ella miraba estúpidamente mientras él jadeaba encima de su cuerpo y a ella le hacía daño.
O cuando se ha visto sin escapatoria entre la pared y el retrete, temiendo una nueva embestida de ese cabrón. Y la vergonzosa situación del dantesco baile de insultos y golpes en la plaza, delante de todo el mundo.
El sol, hace rato que está fuera pero el día amanece gris y ella no puede dormir. Necesita algo que la atonte. Se levanta y se empina la primera botella de algo fuerte que encuentra en el armario de la cocina. Pero cuando percibe el sabor del vodka, escupe. Sin mirarla, vacía la botella en el fregadero y va a buscar su teléfono.
Se sienta en la cama mientras busca el número de su abuela. No está. Hace tanto que no habla con ella que ni siquiera tiene el contacto en la agenda del móvil.
Se desespera, se tumba hacia atrás en la cama, y se muerde el labio de rabia porque no puede perder este salvavidas que quizá sea el último que le quede.
De repente recuerda su agenda escolar: ¡allí estaba el teléfono que necesita ahora!
Se levanta de golpe y se marea. Casi se cae, pero se apoya en la pared. Se repone, respira hondo, rebusca entre sus cosas y acaba encontrando la agenda.
Se vuelve a sentar en la cama y saca el móvil. No son todavía las seis de la mañana, quizá es pronto para llamar, pero le da lo mismo. Marca el número y empieza a contar los timbrazos. Suena tantas veces que se descuenta. Es el número de la casa donde antes vivía su abuela, pero quizá se ha mudado. Al final, oye una voz que dice un soñoliento dígame. Puede ser ella, pero no está segura de que lo sea.
—¿Abuela?
—¿Qué, quién es?
—Abuela, soy Guna
—¿Qué Guna llama a estas horas?
—Soy Lola.
—…
—Abuela, ¿puedo salir a pasear contigo el Día de la Independencia?

La abuela escucha, pero no sabe qué decir.
Hace tanto que no la ha visto ni ha sabido nada de ella, que no puede ni imaginar cómo es ahora esa Guna que la llama.
No puede adivinar lo que esa Lola que la llama de madrugada puede querer.
Pero recuerda a la pequeña Guna con su bonete de borla roja y su delantal de puntillas. Al final responde:
—Dime, Lola.
—Abuela, me tienes que ayudar, te necesito…

Y se echa a llorar.

esendraga, 17 de junio de 2019

MIS VOLCANES FAVORITOS

Voy bajando de la falda del Katla por una pista forestal que tomo cada vez que vengo a supervisar el estado de los sensores que tenemos instalados.
Como otras veces, voy en mi viejo Toyota pero hoy parece que la pista tiene más baches que de costumbre…

katla

Tenemos establecido que se vaya cada dos semanas a todas las estaciones de seguimiento de volcanes que tenemos asignados, aunque en realidad no sería necesario ya que todos los sistemas están telecontrolados. Pero entendemos que es tan importante la detección de cualquier mínimo síntoma que pueda servir como aviso de posibles erupciones, que merece la pena extremar las precauciones, y se programan dos visitas al mes. Siempre que no haya demasiada nieve o una erupción en curso, claro.

 Noto algo raro porque, cuanto más voy bajando por la falda del volcán, el camino tiene más baches…

Siempre estoy preocupado por que el viento pueda mover alguna de las antenas, o de que un detector pierda sensibilidad por el polvo o cualquier otra causa. Las revisiones las suele hacer gente de mi equipo, pero me encanta acercarme al Katla y al Eyjafjallajökull. Así que de tanto en tanto, cuando  mi agenda me lo permite, vengo yo. El hecho de que se encuentren próximos uno de otro y de que estén siempre cubiertos de hielo y nieve que las erupciones funden en pocas horas, aumenta el peligro de la propia erupción con el de importantes inundaciones. Me encanta ver esas enormes extensiones de campos de lava que se extienden hasta el mar: kilómetros y kilómetros de arena y piedras negras, surcadas por infintitos torrentes y riachuelos, con algunas granjas sueltas aquí y allá, sobre todo al mismo pie de los volcanes.

Será porque este Land Cruisier ya tiene muchos años que está haciendo algo tan raro, mucho ruido y una vibración general, dando brincos como un loco. Esto no es normal.

En mi país nos tomamos muy en serio la prevención de desastres naturales porque tenemos de todo: una dorsal Atlántica que no se está quieta, un centenar de volcanes potencialmente activos,  frecuentes terremotos, posibles inundaciones por ……

¡Ahora de repente deja de vibrar! ¿Qué pasa? De golpe queda todo en silencio. ¡Qué raro!
Y ahora noto como si cayera en el vacío, como si me estuviera despeñando por la ladera del volcán pero en caída libre…

Me despierto sobresaltado. Estoy en el avión y me había quedado dormido. ¡Qué susto!
Miro alrededor y me doy cuenta de que no oigo casi nada. Estamos ya descendiendo porque veo los flaps algo desplegados del ala derecha que tengo justo delante. Abajo veo el mar. Tengo los oídos sordos. Me tapo la nariz, cierro la boca y voy haciendo presión, poco a poco, cada vez más fuerte. De repente se me liberan las trompas de Eustaquio y me llega el ruido complejo y atronador de los reactores. También la algarabía de un grupo de jóvenes, que parecen contentos de llegar a Valencia (Spain).

Miro por la ventanilla hacia abajo y veo que estamos virando hacia la derecha, sobre el mar que brilla al sol del Mediterráneo. ¡Qué suerte tienen los del sur con el clima! Pese a ser junio, el tiempo en Reykjavik está siendo bastante malo, la mayor parte de día está nublado. Aunque cuando salí de casa esta mañana hacia el aeropuerto de Keflavik, algo antes de las 5 A.M. el sol lucía despejado. Estaba todavía poco elevado sobre el horizonte, pero con una luz limpia muy agradable. Y hacía bastante viento.

Ahora desde encima de este mar se ve la ciudad en perspectiva y parece bastante grande.
Entramos en tierra por encima del puerto y veo desfilar la parte norte de la ciudad. Vamos a lo largo de una franja verde, que quizá sea un antiguo cauce por la forma de sus curvas, típicas de los meandros. Ahora veo un complejo de edificios… ¡Claro, son los de Calatrava, se parecen mucho a la central de transportes del “World Trade Center” de Nueva York que vi el año pasado!
Pues en uno de estos edificios es donde tengo que dar una conferencia mañana. Espero que a Valencia no le hayan costado más del doble de lo que tuvieran previsto, como les ha pasado a los yankees. Intento sacar rápidamente el móvil para hacer una foto, pero cuando se activa la cámara, ya hemos dejado atrás las líneas típicas del famoso y caro arquitecto. Luego siguen jardines y pistas de juegos. Más tarde unos barrios con viviendas muy altas, de bastantes pisos para lo que es habitual en mi tierra. Ya hora ya estamos en pista.

El tramo Islandia-París se me ha hecho un poco pesado, pero el París-Valencia, me lo he dormido casi entero.
Esta noche en el hotel, repasaré la charla, aunque tengo el tema tan dominado que nunca me cuesta nada contar qué hacemos en mi grupo de trabajo, cómo y para qué. Por otra parte, lo que más me gusta es responder a preguntas del auditorio. Y como en este caso son alumnos y graduados de geología me han avisado de que habrá una participación activa. Eso espero. También hay invitados responsables de protección civil de aquí.

Sólo voy a estar dos días y no llevo mucho equipaje, pero he facturado una maleta grande sólo por llevar el traje y una camisa nueva, que espero lleguen medianamente decentes. Y también unos zapatos de cordones en lugar de los sneakers que llevo para el viaje. Ahora que pienso, creo que no me he olvidado la corbata… ¿O al final me la he dejado en la percha? Bueno, esta noche lo veré.

En cuanto salgo del avión ya noto el calor del sur. El comandante ha dicho por los altavoces que hay tiempo soleado y 28º. Para ser junio no está mal.
Este aeropuerto es bastante pequeño, así que encuentro fácilmente la cinta de los equipajes que vienen del Charles De Gaulle.
Empiezan enseguida a salir maletas. Salen unas cuantas, pero no la mía. Espero y espero. Llega un momento en que la cinta se para y pienso que se habrá atascado. A veces pasa.
Pero queda muy poca gente esperando y me empiezo a mosquear cuando detrás de mí oigo una voz. Es un empleado del aeropuerto, con su chaleco fosforescente, que está llevando un tren de carritos hacia su lugar de aparcamiento. Me pregunta: “Waiting for your luggage?”
Cuando le miro y asiento me dice: “Sorry, no more luggage on the plane”.
Me quedo con cara de tonto. Se ve que está acostumbrado a ver estas cosas pero yo no esperaba que me pasara y menos hoy. “Go outside to the left. There’s a counter to ask for lost luggage”.

Qué mala suerte, seguro que en París no las han pasado de un avión a otro. Le respondo “¡Mushas grrrassiass!”. Para algo me ha de servir una de las cinco cosas de español que me aprendí ayer.

Encima del mostrador hay un letrero luminoso que indica “Lost&Found Luggage”. Me llama la atención lo de Found, salvo que sea para aquellos casos en que alguien encuentre una maleta huérfana y la traiga en busca de dueño.
El caso es que hay dos muchachas en esta sección. Una está atendiendo a una pareja mayor, que he visto delante de mí en el avión, que deben ser españoles y a quienes seguramente les ha pasado lo mismo que a mí. Parecen típicos mediterráneos, pelo moreno y baja estatura. Y parece que se toman la pérdida de sus maletas con filosofía. La diferencia es que ellos seguro que no tienen que dar una conferencia mañana, como yo, y sólo tengo lo puesto.

Me dirijo a la otra que me sonríe mientras le digo lo que seguramente no hace falta que le diga, que es lo que le dicen todos los que se inclinan sobre este mostrador… Me pide el ticket de la maleta. No tiene muy buen acento inglés pero habla mejor que la mayoría de estudiantes españoles que han pasado por nuestra universidad.
Introduce los datos en su teclado y espera la respuesta. Es una chica muy agradable, no es una belleza, pero me gusta su aire despejado, con su pelo moreno recogido en una cola que deja su frente y sus orejas como más receptivas. Lleva unas gafas corrientes pero que le sientan bien. La blusa del uniforme abrochada hasta el último botón; me gusta el detalle, considerando que los reclamantes la vemos siempre desde arriba…

Levanta la mirada de la pantalla e interrumpe mis pensamientos confirmando mis temores: la maleta pasó por París, pero por error resulta que ahora está en Milán. Pero que no me preocupe que hoy mismo saldrá hacia Valencia en el vuelo de la noche. Que mañana por la mañana me la traerán al hotel.
Vale, bien, pero, ¿a qué hora?
Dice que la recogida se inicia a las 9h así que la entrega será quizá a las 10 o a las 11. Le explico que tengo que dar una conferencia a las 12 y que necesito mi equipaje. Lo siente mucho, indicará que den prioridad a mi entrega, pero no me puede asegurar nada.

Relleno y firmo los papeles que me presenta, le sonrío, le doy las gracias, tomo mi taxi, me registro en el hotel, pido un sándwich y un zumo al servicio de habitaciones y me acuesto desnudo porque no tengo más ropa que la puesta y quizá tenga que repetir indumentaria mañana para la conferencia y posterior comida. ¡Qué desastre y sin mis cosas de aseo!
Menos mal que el portátil lo llevaba en la bolsa y puedo echar un vistazo al esquema de la charla y hacer un par de añadidos.
Y menos mal, también, que junto al lavabo han colocado entre las “amenities” un cepillito de dientes con su micro tubito de pasta, y una maquinilla de afeitar, de esas malas de a 1.000 coronas la docena, que espero funcione y no me deje la cara como un campo de lava caliente.

A las 9, mientras desayuno, me llaman del aeropuerto para confirmar que tienen la maleta y que sale el reparto. Pero cuando a las 11 me viene a recoger el catedrático que me ha invitado, me tengo que ir con la camisola y los vaqueros que traía ayer en el viaje. Aunque hace calor me pongo la chaqueta fina que traía, toda arrugada del viaje, de forma que quedo muy “casual”.

Me presentan a otros profesores de esta universidad y me alegra cuando me comentan que conocen nuestros trabajos, que me dicen son una referencia para ellos. Me anima ver que en el auditorio hay bastantes estudiantes. Yo diría que una quinta parte son mujeres, proporción más o menos la misma que en Islandia. Además hay en las primeras filas algunas personas más que deben ser profesores, quizá de otras universidades. Incluso hay dos con uniforme que debe ser de policía o protección civil. Ya lo preguntaré.

También me alegra ver que aquí la gente viste muy informal, manga corta, zapatillas de deporte y algunos alumnos hasta pantalón corto. Por lo menos no desentono por la ropa.

Mi amigo el catedrático hace las presentaciones, primero saluda en español, aunque suena un poco raro, quizá se trate de una lengua local. Pero enseguida pasa al inglés. Me cansan estas lecturas de currículos que son inaguantables y no aportan nada. Afortunadamente no se extiende mucho. Ahora me toca a mí.

“Amigos y colegas. Venía pensando que la vulcanología y la aeronáutica tienen al menos una cosa en común.”

Creo que he despertado la curiosidad de la audiencia, pero a ver cómo salgo de este jardín porque la verdad es que no tienen mucho que ver…

“Las dos ciencias analizan cómo funcionan sus respectivos objetos de estudio: estructuras, fuerzas internas, interacción con otros elementos, masas, velocidades, temperaturas, etc. Pues en ambas pasa algo parecido: por mucho que se dominen estas especialidades, es igual de difícil predecir cuándo puede haber una erupción, que saber si tu maleta va a llegar en tu avión o la van a perder por otros aeropuertos, que es justo lo que inesperadamente me pasó ayer…”

esendraga, junio 2019

Ni “I.A.” ni “A.I.”, no quiero que nadie decida por mí.

Esto de la inteligencia artificial está sólo comenzando, y ya hay cosas que no me gustan. De un esclavo digital espero que me ayude, que me aligere algunos trabajos mecánicos o que contribuya a ahorrarme tiempo en algunas cosas, pero que decida o piense por mí, prefiero que no. Quiero que lo que haga para mí servicio sea predecible y consistente.

Cuento dos detalles actuales en sistemas súper simples todavía. Uno es el cambio automático de un coche que dice que tiene un sistema adaptativo y que se supone que “aprende” de tu forma de conducir para ir cambiando las marchas según tu estilo.

Normalmente cambia a la marcha superior a un régimen de motor tranquilo, sin estridencias, pero si pisas el acelerador con decisión, empieza a cambiar a un régimen superior, lo que en principio es lo adecuado. Si vas dando caña por una carretera de montaña, valga la cacofonía, está bien que lo haga así.

Pero cuando en ciudad se sale de un Stop o Ceda el Paso, por ejemplo, a veces hay que salir un poco rápido y uno acelera un poco más que en una salida tranquila. En este caso resulta que es un poco perezoso al arrancar y hay que pisar un poco más. Entonces el trasto se anima y el cambio de primera a segunda lo hace a régimen de competición: lo entiendo, es un momento de apreturas y vale.

Pero es que ese pequeño acelerón, que es sólo para salir rápido los primeros metros, convence al cacharro de que has llegado a un circuito de carreras y a partir de ahí aunque ya vayas a velocidad estable de ciudad, sigue cambiando plan racing, con lo que los acompañantes preguntan, ¿qué le pasa a este coche que hace ese ruido? Y sigue así hasta que se le pasa la tontería de ir de carreras y vuelve a cambiar de marcha como una persona normal.

Resumen, parece listo pero no lo es tanto porque no se da cuenta inmediatamente de cuándo cambian mis necesidades. Bastaría que el fabricante lo hiciera un poco más tonto y que simplemente se limitara a cambiar a un régimen proporcional al % de acelerador presionado: cumpliría la función y no se pasaría de listo. Pero claro, cuando lo compramos no sabíamos estos detalles y el vendedor te dice que tiene un sistema tan listísimo, pues impresiona y te lo quedas.

Os cuento otra. Hace unos días estaba yo probando la asistente virtual en una tableta corriente, con eso de ¡Ok, Google! O la tontería esa de hablar con una tal Siri. El caso es que para ver cómo iba le pregunté las típicas chorradas como la temperatura ambiente en Reikjavik, cuánto eran 365×24 y qué hora era en Tokyo. No se si acertó en todo, pero respondió con tanta seguridad y rapidez que di por bueno lo que me dijo.

Eagles

Hasta aquí todo bien. Pero mientras hacía otras pruebas, como pedirle que te busque un vuelo para esa misma tarde a Nueva York, clase business, de repente me dice: “Estás escuchando Hotel California de los Eagles. ¿Quieres oírla completa?¿Quieres ver el video?¿Comprar el disco?¿Leer la letra? ¿Una foto del guitarrista desnudo?”

¿Qué diablos? WTF! Y entonces me di cuenta de que en la habitación de al lado estaba puesta la radio, no muy fuerte y en efecto en ese momento Don Henley cantaba:
Mirrors on the ceiling,
The pink champagne on ice
And she said, ‘we are all just prisoners here, of our own device’

Que en cristiano es algo así:
Y  ella dijo que ‘aquí sólo somos prisioneros, de nuestro propio dispositivo’.

Sospechosa coincidencia ficción-realidad…

Volviendo a la amable asistente, pensé en pedirle que incluyera la canción en mi lista de Spotify. Pero con estos chismes igual la cosa se complica.

Supongo que si uno lleva tiempo gastando un cacharro de estos, la maquineta acabará sabiendo demasiado. Por ejemplo si le pido la canción en Spotify y es lo bastante lista comprobará que no tengo cuenta en ese servicio de música, que es de pago. Pero como seguramente tendrá los datos de mi Visa por alguna compra anterior que hice, quizá me dé de alta en el archivo ese musical. Y como es tan servicial quizá me apuntaría por iniciativa propia al servicio Premium, que no debe ser barato. Y si la dejo hacer, a lo mejor me busca y todo una compañera de baile en una página de contactos. Y lo hará con confianza, porque sabe que mi  esposa está ausente porque ha ido a ver a unos primos a Finisterre, y por supuesto la máquina sabe exactamente cuándo volverá porque es ella misma quien le compró el billete.

Bueno y ya puesta, cuando conozca mis gustos, igual me compra billetes business para ir a ver los canguros a Australia, ajustando mi agenda para volver los jueves, a tiempo para recoger a mi nieto de la guardería.

Y quizá si algún día viendo a alguien en la tele se me escapa la expresión “¡este tío es pa matálo!”, igual contrata un sicario del este y le paga con mi Visa para que liquide al político que en ese momento estaba en pantalla.

Esto de la Inteligencia Artificial puede acabar como el cuento del aprendiz de brujo, https://youtu.be/2DX2yVucz24

Así que, por favor, los aparatos, que se limiten a obedecer cuando les mandas algo y que no aprendan nada porque luego van y lo cascan todo, que estos del internet de las cosas son todos unos charlatanes, siempre comunicándose entre sí.

Y resto de aparatos lo mismo, que casos como el que me pasó con la nevera traidora tampoco son de recibo.  https://esendraga.wordpress.com/2018/04/20/la-nevera-traidora

Así que chismes del mundo, actuales y futuros, tomad buena nota: si no os pido expresamente nada, sus estáis calladitos, quietos y con las manos en los bolsillos, que ya me equivoco yo solito sin asistentes digitales.

La canción esa que se escuchaba en la radio, https://youtu.be/yYkL5igsG4k , tiene como estribillo:

Welcome to the Hotel California
Such a lovely place…
 
 
Y tiene mucha gracia el final, escrito y cantado en los años ’70, que resulta premonitorio:

‘Relax’ said the night man
‘We are programmed to receive.
You can check out any time you like,
But you can never leave!’

Que en español es más o menos:
Bienvenido al hotel California
Un lugar tan encantador…
……
‘Relajáos’ dijo el portero de noche
‘Estamos preparados para recibirles.
Y podéis pagar la cuenta cuando queráis,
¡Pero nunca podréis salir!’

esendraga, junio 2019