ENCRUCIJADA

El tren acaba de salir de Madrid, vuelvo a casa.

Intento relajarme y me dejo caer en el respaldo. Tengo que pensar en lo de anoche, porque realmente fue un momento crítico. Ahora mismo me parece que fue decisivo. Aunque una vez pasada la encrucijada, quizá sería mejor ni pensar en ello.

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El sol de marzo ya está bastante alto y me da de lleno en la cara. Intento correr la cortinilla de la ventana y no puedo porque está enganchada en la parte de arriba. Voy a levantarme para soltarla pero veo que la señora mayor que llevo delante está dormitando y me sabe mal molestarla.
Me vuelvo a sentar y cierro los ojos. A través de los párpados me llegan los rayos directos del sol y veo esos círculos y manchas aleatorias que unas veces se agrandan hasta abarcar todo el campo de visión y otras se van encogiendo hasta un punto central donde desaparecen para dar lugar a otro círculo.
Cuando estoy concentrado puedo conseguir que esas zonas claroscuras se muevan casi a voluntad, pero ahora estoy cansado y la cabeza me bulle. Y las manchas se mueven a su aire, sin control.

Cada tres meses venimos a las oficinas centrales todos los jefes de ventas para una reunión de coordinación. El programa es siempre parecido: solemos empezar a las 10, hacemos una parada de un par de horas para comer y luego acabamos a las 6 o las 7. Todos los forasteros nos alojamos esa noche en un mismo hotel, cenamos en un restaurante bastante bueno que está en la misma calle y luego tomamos unas copas en un pub que hay justo enfrente. Las reuniones suelen ser en jueves y cada uno regresa a su ciudad el viernes.

Con los ojos cerrados y los párpados llenos de sol hago repaso: hace cuatro años que tengo este trabajo, tres que me casé, unos dos que nos trasladamos de ciudad y casi uno que tenemos una niña.
Pero anoche tuve una experiencia que podría haber dado al traste con casi todo.

El trabajo es en una compañía solvente con buen sueldo y viajes siempre a gastos pagados. Mi principal misión es mantener buenas relaciones con los clientes importantes ya que las condiciones del servicio y los precios de nuestra gaseosa mercancía vienen determinados por el B.O.E., con esto lo digo todo.
Hasta me financia sin intereses el coche que acabo de comprar para servicio a la empresa y para el mío particular: el último modelo de R18, rojo fuego, con llantas de aleación combinadas en plata y negro. Y cambio de cinco velocidades, por supuesto.

En cuanto a mi matrimonio, puedo asegurar que va bien. Mi esposa es una mujer discreta, tanto físicamente como en su estilo. Es profesora de literatura, una intelectual. Llevamos mucho tiempo juntos y nos entendemos bastante bien, ella más cerebral, yo más de acción. Tenemos una costumbre que a alguna gente le parece rara: todas las tardes, salvo fuerza mayor, a la vuelta del trabajo como a las 7 o así, nos sentamos unos minutos y nos tomamos una copa. Yo suelo ponerme un whisky y ella cada vez una bebida diferente según le haya ido el día. Hablamos, comentamos las incidencias de la jornada, o simplemente callamos en compañía. Si hace bueno nos ponemos a veces en la terraza desde donde se ve toda la ciudad y el mar al fondo. Antes de tener la niña no era extraño que las copas mediadas quedaran en la mesa y los dos termináramos descamisados y despeinados en el sofá. Desde que la tenemos creo que sólo nos ha pasado una vez, pero mantenemos la costumbre de charlar un rato.

Y la niña es un encanto. Esto de ser padres no lo teníamos programado pero los dos estamos muy contentos.

Pues la reunión de ayer fue de trámite y lo mejor fue la cena con todos los colegas. Siempre hay algún soso, pero en general son tipos listos y divertidos.
La sobremesa se alargó algo más de lo habitual y la mayoría volvió directamente al hotel, yo creo que se están haciendo mayores. Salvo tres que nos fuimos al pub de siempre.
No había mucha gente, pedimos unas copas en la barra y estuvimos charlando y riendo. Me di cuenta de que unos taburetes más allá había dos mujeres tomando algo. Cruzamos alguna mirada pero estábamos a lo nuestro, aunque me fijé especialmente en la de rojo. Antonio el andaluz, acabó su copa y se retiró porque había venido a Madrid en coche y quería salir temprano.
Vicente y yo, una vez solos, seguimos charlando pero ya cruzamos alguna mirada con las dos mujeres que debían ser de nuestra edad o quizá algo más jóvenes. Nos animamos uno a otro y cuando una de ellas acabó su vaso, yo me acerqué y les propuse invitarlas a otro.

En el pasado no he sido especialmente ligón, digamos que lo normal. Pero desde que estoy casado no había vuelto a practicar. El caso es que una de ellas, minifalda de cuero negro, blusa sedosa roja, melenita rubia corta, me miraba especialmente. No era una mujer despampanante pero era mona, con estilo y con una sonrisa un poco pícara. Me puse a charlar con ella y cada vez me parecía más atractiva. Vicente se puso a hablar con la amiga, pero al rato vi que se levantaba y me hacía un gesto de despedida con la mano mientras salía. La otra chica, aburrida, se marchó poco después.

Nuestra charla era cada vez más animada y la distancia entre nosotros era cada vez más corta.
En un momento dado, pedimos otra copa y vi que al fondo del local había mesitas y varios divanes. Le propuse tomarnos la siguiente en uno de ellos. Tomamos las copas y ocupamos el que nos pareció más discreto de todos.
Seguimos hablando y bromeando. Y luego besándonos y algo más. En un momento en que ella se levantó para ir al lavabo, intenté serenarme, pero las cuatro o cinco copas que llevaba no me sirvieron de mucha ayuda. Lo más que acerté fue a poner un breve mensaje a la agencia pidiendo que me cambiaran el billete de tren por otro para dos o tres horas más tarde. Por si acaso.
Cuando la rubita regresó al diván seguimos más o menos donde lo habíamos dejado.
En un momento determinado ella notó en mi bolsillo el bulto del llavero del hotel e hizo el famoso chiste de si es la llave del castillo o es que me alegraba de conocerla. Aproveché para decirle que era la llave de mi habitación en el hotel que había justo enfrente y me pareció que no le disgustaba la idea.

La verdad es que estaba siendo la sesión más excitante que recordaba desde que era bien joven. Esta chica parecía adivinar mis sensaciones y mis intenciones. Entre esto y las copas tomadas, yo ya no podía pensar en nada, íbamos río abajo sin control ni freno. Ni siquiera se me ocurrió acordarme de mi buena y querida esposa ni de mi hija ni de nada más de este mundo.

En uno de los lances le bajé despacio la cremallera de la falda y deslicé mi mano hacia abajo por su vientre, liso y duro. La aventura entraba en una nueva fase. Pero llegó un momento en que mis dedos notaron algo raro. Seguí un poco más y me quedé paralizado: allí había algo que no debería estar allí, algo que no me esperaba encontrar, algo que nunca hubiera deseado encontrar.

Ella notó mi bloqueo y muy lentamente fue apartando sus labios de los míos. Yo me había ido deslizando un poco en el diván y su cabeza quedaba en ese momento un poco por encima de la mía. Me miró fijamente a los ojos, desde muy cerca. Mantenía una ligera sonrisa con algo de interrogante en las cejas. Le sostuve la mirada unos momentos mientras mi cerebro funcionaba a toda velocidad.
Engañar a mi mujer con un rollo de unas horas estaba feo. Pero no era nada súper grave ni irreversible.
Pero es que seguir adelante con aquello sabiendo quién o qué era mi compañera de aventura me pareció un salto al vacío de consecuencias que no podía imaginar. Doy gracias de que ni el alcohol ni la excitación consiguieron convencerme de lo contrario.
Bajé la mirada, lentamente saqué la mano de donde la tenía y acerté a volver a subir la cremallera de la falda. Me separé de ella en el diván y más o menos recompuse mi indumentaria. En ese momento la miré de reojo y ella estaba haciendo lo mismo. Esperé a que acabara de abotonarse la blusa y nuestras miradas se volvieron a encontrar. No sé por qué pero dije entre dientes: «Lo siento».
Iba a levantarme cuando vi mi copa a mitad. La tomé y le hice un gesto como de “a tu salud” y me tomé lo que quedaba de un trago. Ella tomó algo del suyo. No parecía ni especialmente sorprendida por mi reacción, ni tampoco disgustada.

No había nada más que decir y me levanté, pero antes de darme la vuelta le tendí la mano. Nos dimos un apretón enérgico como dos aguerridos compañeros de aventuras que habiendo compartido parte de una ruta, sin haber llegado al objetivo, se despiden para seguir cada uno su camino y no volverse a ver.
Luego pasé por la barra a pagar las consumiciones y salí hacia mi hotel sin mirar atrás.

Ya en la cama no podía dormir. No me explicaba cómo me había podido pasar algo así, cómo no me había dado cuenta antes. Pero estaba cada vez más convencido de que la decisión final había sido la correcta. De haber seguido adelante, sabiendo lo que tenía entre manos, hubiera representado un antes y un después en mi vida que no estaba dispuesto a asumir.

Luego tuve pesadillas, que no recuerdo, hasta que me desperté con un dolor de testículos espectacular. Para un posible alivio, todo lo que tenía en la cartera eran aspirinas y me tragué dos por si además podían ayudar con la resaca que ya me notaba. No sé si sirvieron de algo, porque casi no he dormido el resto de la noche.

Esta mañana he podido tomar sin contratiempos el tren de las 11h, y aquí estoy camino de vuelta al hogar.
Dentro de un rato, tengo muchas ganas, veré a mi pequeña y también a mi mayor.
Estamos casi en primavera y esta tarde insistiré en tomar algo en la terraza, con el mar a la vista y el sol poniente detrás de nosotros. Con esta temperatura la peque podrá gatear junto a nosotros. Estoy deseando verlas.
Procuraré no hablar mucho hasta que el recuerdo de este incidente se me vaya disolviendo en la cabeza.

Y puedo asegurar que no me volverá a pasar nada parecido.

Esta es la historia que me contó su protagonista a finales de los años 80, a la que sólo he añadido un poco de contexto y alguna pequeña licencia. Me la contó como un incidente extraño que le había marcado en cierta manera.
Ese protagonista era un compañero de trabajo de nombre Salvador, Boro para los amigos. Quizá alguno de vosotros lo recordaréis.
Seguro que a él no le importa que publique hoy esta pequeña historia, porque hace ya muchos años que a Boro dejó de importarle todo lo de este mundo.

esendraga, marzo 2020

PONIENTE FUERZA 10

Hace poco me reencontré con mi buen y viejo amigo Rafa, y como es normal entre gente de cierta edad estuvimos rememorando historias juveniles. Yo recordaba retazos de una de sus aventuras que me había contado hace años, y le pedí que me la relatara otra vez.
Transcribo casi literalmente lo que me ha contado.
La foto es de la época y del auténtico Rafa, a quien siempre he admirado por muchas razones que no vienen ahora a colación. Y vista la imagen desde este siguiente siglo, me asalta un cúmulo de recuerdos, quizá para otro relato….

«Siempre he tenido una gran afición por el mar y por la navegación. Pero como suele pasar, la afición no me venía acompañada de forma automática por los medios necesarios…

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Así que frecuentaba el puerto de Cullera y navegaba con amigos mejor dotados de los pertrechos materiales necesarios.

La “aventura” que me dices, debió pasar a finales de los setenta, ¡cuanto tiempo! ¿verdad?

Por aquel entonces navegaba yo con mucha frecuencia en el velero de un amigo. Era un Puma 26, un barco muy marinero y seguro en el que regateábamos y hacíamos pequeños cruceros a Baleares, además de practicar escafandrismo, deporte en el que él me introdujo.
Mi amigo , el propietario, trabajaba por entonces en una cierta empresa y su jefe, el dueño de la misma, le manifestaba interés en probar la navegación a vela, así que un día entre semana me llamó:
—Rafa, este sábado he quedado con mi jefe para llevarlo a navegar y necesitaría que me echaras una mano para que todo salga redondo. Quiero quedar bien y que se lleve buena impresión.
—Vale, cuenta conmigo —Cualquier ocasión de navegar me venía bien. —Las previsiones son de poniente fuerza 4, quizás algo más, pero cerca de la costa el mar estará plano y se podrá disfrutar. Tu jefe va a quedar encantado. Hasta el sábado pues…

Llegado el sábado por la mañana, se hicieron las presentaciones de rigor, todo eran sonrisas. Al subir a bordo el jefe, un hombre que por edad casi podría ser mi padre, parecía interesado y emocionado.
Con seguridad de expertos, aparejamos el barco con foque 2 y la vela mayor con un rizo. Por si no lo sabes, esto de tomar un rizo significa acortar un poco la vela por debajo. Y el motivo era que la última previsión había subido la fuerza probable del viento a 5 con rachas de 6. Hombre un viento de entre 40 y 50km/h es un viento bastante fuerte, aunque los marineros lo llamen oficialmente “viento fresco”. Pues esto para nosotros era lo mínimo que necesitábamos para lucirnos. A los veintipocos uno no se preocupa por nada. Dicen que la sensación de riesgo sólo aparece en los humanos cuando se acaba de desarrollar la corteza prefrontal del cerebro, y nosotros la teníamos todavía bien tierna.

El náutico de Cullera no está a la orilla del mar, sino en el último tramo del río, así es que a buena marcha enfilamos la última milla del Padre Júcar, que es la que hay hasta la desembocadura, todos contentos y esperanzados en una singladura memorable. En esto acertamos sin saber hasta qué punto…
Una vez en agua salada, con viento en popa a toda vela (o casi) empezamos a navegar rumbo a levante, yo al timón y mi amigo y su jefe a la maniobra. O sea, los que iban a trabajar.
Al principio mar casi plano, perfecto. Al jefe parecía gustarle y mi amigo estaba encantado de ello.
Luego, ya un poco más lejos de tierra el oleaje empezó a aumentar y el viento pasó, sin avisar, de “fresco” a “frescachón”. (Si estos nombres te parecen de broma, mira en google “Escala Beaufort” y verás que los marineros son unos cachondos nombrando vientos)
Pero ese rato fue genial. Cuando llevas el viento por detrás, las olas corren más que tú y te alcanzan, de forma que el barco “cabalga” por encima de sus crestas; es como si te llevaran en volandas.
Un barco de 9 metros, haciendo surf sobre olas de 3 metros, con un viento de casi 70km/h empujando tus velas es una experiencia  fantástica.

IN-CRE-I-BLE

Todavía hoy, si cierro los ojos, puedo experimentar esa sensación casi de ingravidez. Parece que las fuerzas de la naturaleza te llevan en palmitas. Yo creo que si el entonces jefe no ha olvidado aquel sábado, recordará ese ir en volandas como el principio de su martirio.
No éramos conscientes de que esas fuerzas eran tan salvajes hasta que pasó lo que ahora te cuento.
No era cuestión de alejarse más de tierra porque el viento era ya una cosa que se ponía muy seria. Aquello había dejado de ser “viento frescachón”, y era más bien un temporal en toda regla. Así, que pese a que teníamos todavía la corteza prefrontal inmadura, nos pareció conveniente reducir el empuje del viento, haciendo un poco más pequeña la vela mayor, esto es  tomando un segundo rizo. Una vez hecho, lo pensamos mejor, a la vista de la cara que se le estaba poniendo al jefe, y haciendo una concesión extra a la prudencia cambiamos el foque por el más pequeño que teníamos, adecuando al momento, que por eso se llama “tormentín”.

La idea era virar 180º y regresar lo más directo posible a puerto, ciñendo heroicamente ese viento de poniente que se empeñaba en llevarnos mar adentro.
Al poco de virar y plantar cara a las olas, el viento ya estaba desbocado. Luego supimos que a esa hora había alcanzado los 90km/h con rachas de 100. Y te confieso que cuando la escala Beaufort apoda al viento fuerza 10 como “temporal duro” ya no están de broma.
El tamaño de las olas era tal que había momentos en que parecíamos estar en una cumbre, viendo desde la cresta de una ola ese paisaje azul y blanco a nuestro alrededor. Con ese nivel de temporal los rociones de espuma te dan en la cara con tal fuerza que hacen realmente daño y no puedes ni mirar en la dirección del viento. Unos segundos después, pareces estar en un pozo, rodeado de agua por todas partes, y sólo se ve arriba del todo un trocito de cielo.
Mi amigo y yo estábamos convencidos de que saldríamos del trance sin problemas. El jefe, con un color de cara muy raro, hacía lo posible por ayudar en las maniobras, el pobre. Menudo bautizo de mar…

Pues ya con la proa hacia puerto, el barco y su aguerrida tripulación negociaban sin desfallecer las olas gigantes que se estrellaban sobre cubierta. Lo que no esperábamos, infelices de nosotros, es que fuera una pequeña pieza metálica, un modesto remache colocado a media altura en el mástil, el que no pudo más y cedió, soltando el también modesto cable que lo fija a uno de los laterales del barco.
Oímos de repente, por encima del bramar del “temporal duro”, un terrible chasquido y al mirar hacia arriba, vimos como todo el mástil y botavara con las velas caía por encima de la borda de estribor y quedaba colgando de la jarcia.  Vaya, lo que sería en cristiano colgando desmadejado de una madeja informe de cuerdas y cables…

¿No dicen de una batalla que se perdió a causa de un clavo mal puesto de los de la herradura del caballo del rey correspondiente? En el caso nuestro casi perdemos la batalla final y definitiva por un sencillo remache…
Menos mal que llevábamos un motor Volvo de 25 CV. Los Volvo no son los más baratos, pero mi amigo lo había elegido por ser “superfiable”.
Cuando te quedas sin velas no hay que quedarse parado al albur del temporal esperando que amaine, sino que hay que dar motor a tope, navegar cara al viento e ir atravesando las olas con la máxima potencia.
Con viento fuerza 10, olas de entre 3 y 4 metros, estando a unas 8 millas de tierra (que en este mar eran muuchas millas), con un mástil que en lugar de estar plantado en su sitio no cesa de golpear el casco, sin velas que nos empujen y con un tripulante de color violeta, ¿qué más puede salir mal?

Pues eso. Que el barco se movía tanto que el gasoil no paraba quieto en el depósito y no llegaba correctamente allí a donde se le suponía había de entrar en un motor superfiable y cumplir con su obligación de llevarnos a la desembocadura del rio con la mayor presteza.
En ese momento supimos que por nuestros medios no salíamos de aquella: a la deriva, atravesados a esas olas enormes el mástil acabaría haciendo un agujero en el casco y fin de fiesta. Llamé por radio al club náutico indicando la posición aproximada e informando de la situación crítica en la que estábamos. ¿Qué otra cosa podía salir mal?

En efecto: contestaron que no tenían remolcador y que con el temporal no iba a salir nadie a buscarnos.
Apagué la radio y subí a cubierta: la noticia no cayó nada bien en mis colegas de infortunio.
La siguiente hora fue alucinante. Cuando uno toma conciencia de que lucha por su vida, los sentidos se agudizan pero la conciencia racional parece que se va de vacaciones.
A cada golpetazo contra el costado del mástil suelto, se nos arrugaba un poco más el estómago, es un decir…

Había que hacer algo. Nos encomendamos a Hércules, el único que en este trance nos hubiera podido echar una mano. Y desde lo alto nos dijo, tan tranquilo, lo que ya sabíamos: cúrratelo y el cielo te ayudará.
Así que pusimos al jefe a sujetar la botavara para evitar que golpeara, mientras los jóvenes intentábamos subir el mástil a cubierta.
El jefe cumplió y aguantó agarrado al trozo de aluminio como una mordaza hidráulica.

Tardamos una hora entera, de las de sesentaytantos minutos, sometidos a sacudidas, bandazos, goterones de agua a casi 100km/h, subidas vertiginosas a las alturas y caídas casi en picado. Sujetándonos como podíamos cuando el barco tomaba una inclinación inverosímil, o las olas barrían la cubierta de lado a lado. Conseguimos finalmente subir los trozos de mástil y amarrar todo sobre cubierta. Nadie cayó y nadie salió dañado. Esto fue casi un milagro de Hércules.
Bueno, me refiero a daños físicos, porque los daños morales van en otra cuenta aparte.

A pesar de que el viento seguía tan bestia y el barco seguía moviéndose a lo loco, a merced de las olas, en ese momento supe que no nos iba a pasar nada: un buen casco como el nuestro, perfectamente cerrado, no se va a hundir por más olas que lo sacudan. Hombre, puede volcar, y entonces es problema es otro. El siguiente pensamiento fue para mi familia y para mi novia. A estas horas tenían que estar llamando sin parar al náutico, a la policía y al servicio de rescate…

Aunque el festival no menguaba, estábamos un poco más tranquilos. Bajé de nuevo a la radio y al conectarla se empezaron a oír las llamadas de un amigo que había conocido mi mensaje de auxilio y había decidido salir a buscarnos. Tenía un barco de 12 metros con un motor potente que, al parecer, sí funcionaba y nos estaba buscando. Nos llamaba angustiado al no encontrarnos. Y no nos veía porque no teníamos mástil y porque un casco blanco es difícil de ver cuando el mar es una superficie de espuma del mismo color.

Al establecer finalmente contacto nos localizó con bastante facilidad. Se trataba de remolcarnos en medio de aquel maremágnum y se situó a distancia suficiente para lanzarnos un cabo.
La tarea no era fácil porque las olas hacían que tan pronto viéramos al otro barco tres o cuatro metros por encima de nuestro nivel y luego lo mismo pero por debajo de nosotros.
Era absolutamente dantesco ver y oír el viento arrancando bocados de agua de la superficie con esa violencia, convirtiéndolo todo en un manto blanco.
No podía acercarse demasiado para que la violencia del mar no nos hiciera chocar. Costó varios intentos, pero finalmente amarramos el cabo a la bita de proa.
Comenzó el remolque y ya nos veíamos calentitos con nuestro café con leche y quizá con una copita de algo en el bar del club, comentando la hazaña.

¿Después de todo lo que habíamos pasado, qué otra cosa, ya, podía salir mal?

Pues que los repetidos tirones del cabo de remolque, lo partieron al poco rato. Otra vez el barco a bailar, otra vez a lanzar cabos de un barco a otro.
Menos mal que alguien tuvo la brillante idea y que en el barco había los medios para materializarla: en el centro del cabo de remolque amarraron un tramo de cadena de esa gorda, como de 20 metros. El peso hundía cadena y cabo en el agua y eso amortiguaba los tirones. Poco a poco, gracias al potente motor del otro barco y al efecto amortiguador de la cadena pudimos regresar a tierra. Durante el regreso, no nos miramos a la cara ninguno de los tres. Cada uno con sus pensamientos y el jefe sentado en un rincón con su tez color añil.

Ya en puerto, estábamos los dos pendientes de la maniobra de atraque, sin decir palabra. La proa estaba ya a un metro del muelle, cuando vi una sombra que pasaba por mi lado como una exhalación, saltaba con increíble agilidad desde el barco a tierra y desaparecía dando tumbos, corriendo por el pantalán hacia tierra firme.

Jamás volví a ver a aquel señor que tan valientemente había sujetado la botavara a riesgo de su vida.
Y jamás me atreví a preguntar a mi amigo por su jefe. Ni siquiera supe si continuó trabajando allí, si lo despidieron, o si simplemente no se atrevió a regresar a la empresa para no tener que mirar a la cara al heroico jefe.»

¡Cosas de jóvenes!

 esendraga, enero 2020

Como esto es una historia real hay una post-data: el dueño del Puma 26, después del día de autos, presentó ante el astillero constructor del barco el obenque con el remache defectuoso, y la firma le proporcionó todo el aparejo nuevo sin cargo. Todo un detalle.

 

NIRVANA II.

(El año pasado comencé a asistir a clases de yoga en el gimnasio que hay al lado de mi casa.
La experiencia se plasmó en https://esendraga.wordpress.com/2019/05/03/nirvana Este curso el profe gimnasta es otro, y ésta es mi experiencia en una de sus clases)

Me siento en la colchoneta. El salón es grande, rectangular. Y dos de los laterales, formando esquina, son íntegramente de cristal dando uno a la plaza y el otro al jardincillo de al lado. Los otros dos laterales son de espejo.

Cuando entro en la sala, el profe ya está sentado sobre su esterilla en la postura que él llama “postura fácil”. Le imito y me siento con las piernas cruzadas. Lo llamo profe y no sé por qué, pero vaya, así me entiendo. 
Tiene puesta de fondo una música un poco monótona en la que destaca un sonido que recuerda a un sitar o algo así. Pero está muy suave y no molesta, sólo ambienta; es una melodía alegre a la vez que serena. No debe ser auténticamente hindú, pero en cualquier caso me parece muy apropiada.
Dudo si quitarme los calcetines para no resbalar en alguna de las posturas, pero decido dejármelos, hace un poco de fresco.
Ya debemos estar todos, el salón casi lleno de gentes diversas que se colocan en su sitio. Algunos comentan entre ellos…

—Buenos días, ¿qué tal? Un poco nublado, ¿no? Vamos a comenzar la práctica.

 Él levanta la mirada, abarca a toda la sala, sonríe. No es muy alto, pero parece que se crece como yogui. Los murmullos cesan casi por completo. El tipo es gracioso. A menudo está serio, pero da la impresión de que siempre esconde una sonrisa. Y ese pelo de punta que lleva… Pasa un dedo sobre el móvil que tiene a su izquierda y la música baja de volumen un poco más. Lo tiene controlao. Y cambia a otra melodía donde predomina una voz femenina, suave.
Cierro los ojos.
Todos nos vamos colocando bien, en esa postura fácil. Bueno, eso de fácil será para él…

—Voy bajando de mi mente a mi cuerpo. Voy a fijarme en mi respiración, inhalo y exhalo  por la nariz.

Noto un movimiento a mi derecha y entreabro los ojos. A mi lado está acabando de situarse una mujer. Miro el reloj de la pared y en realidad no ha llegado tarde, es que estamos empezando justo a la hora. Vuelvo a cerrar los ojos. Estos pensamientos que me asaltan los tengo que ir apartando, o más bien dejarlos pasar sin hacerles mucho caso. Esto ya me lo sé de otros días anteriores…

 —Hago una respiración larga, profunda. Una sensación de calma inunda mi cuerpo. Siento cómo mi mente, poco a poco, se va acallando, mi cuerpo se va aquietando.
Dejo de lado todo el ajetreo, las tareas. Me centro en el aquí y el ahora, me centro en mi respiración.

Creo que se ha dejado bigote y no nos hemos dado cuenta. Seguramente ha estado un tiempo sin afeitarse y luego se debe haber recortado la barba, pero un poco menos el bigote, de forma que ahora resalta sobre el resto…

—No me distraigo con esos pensamientos que me asaltan, que me abordan.

Vale, tomo nota…

—Veo llegar esos pensamientos, esas inquietudes, no los rechazo, pero no me apego a ellos, los dejo pasar. Al igual que miraría la llama de una vela, sin juzgarla, así he de hacer con mis pensamientos.

Al hablar, tiene una entonación muy personal, bastante eufónica. No como esos periodistillas de telecinco o teleseis que acaban las frases hacia abajo. Él termina un poco en alto, pero con una breve y muy ligera inflexión final hacia abajo.

—Movilizo los hombros una vez.

Y hace esto en cada parte de una frase, como si pusiera una coma. O quizá es una pequeña pausa para darnos tiempo a pensar en lo que ha dicho…

—Ajusto mi postura, con lectura de mi cuerpo.

Lo ha entonado justo como yo esperaba: en “postura” ha hecho ese final en alto y al terminar la frase, otra vez…

—Pies, muslos e isquiones, bien enraizados en la tierra. Abdomen ligeramente contraído.

Intento hacer lo que dice. Lo intento, pero eso de pensar en tantas cosas al mismo tiempo, cuando por otra parte tenemos que evitar pensar…

—Mentón paralelo al suelo, y algo retraído. Brazos cuelgan a los lados apoyados en los muslos o en las rodillas. O bien palmas hacia arriba practicando algún mudra.

El otro día tuve que goglear esto de “mudra”. Son diferentes posiciones de manos y dedos, como eso de hacer un anillo con índice y pulgar que se ve en las imágenes de buda. O la de poner los dedos…

—Espalda recta, coronilla se proyecta hacia arriba, alargando mi columna. Estoy pensando en mi respiración. Crezco, con cada exhalación.

Me intento concentrar, pero antes echo un vistazo y tanto él, como la gente de alrededor tiene los ojos cerrados.
Cierro también los míos e intento crecer con cada exhalación. Me concentro en ello y al cabo de un momento me parece que realmente soy un poco más alto, y a cada respiración más alto todavía. Veo a los demás desde arriba, casi desde el techo. No me he elevado, sino que ahora soy muy alto, muy grande. Raro, un tipo muy grande en medio de toda esta gente… Me asalta la imagen de mí mismo como si fuera ese genio de la lámpara de una película de dibujos, ese tipo enorme y azul. Y enseguida el souflé de mi elevación se desinfla y vuelvo a ras de suelo, y a mi color normal y a mi tamaño habitual…

—Vamos a practicar la respiración cuadrada.

Y nos explica en qué consiste. Se ve que es un tipo de “pranayama”. Otra cosa que habrá que goglear. La verdad es que con esta respiración tan lenta, casi entra uno en apnea y claro, cuando el % de CO2 empieza a subir en los pulmones, el cerebro abandona pensamientos superfluos y se centra en intentar algo para que entre más oxígeno. Pero aquí está la voluntad del yogaire, para desactivar ese sistema automático…

—Repetiremos doce veces, cada uno a su ritmo.

Entreabro los ojos. Él está de cara a todos nosotros y de espaldas al ventanal que da al jardín. Afuera el tiempo está gris, pero el color del follaje de estos árboles es precioso. Siguen verdes gran parte de las hojas, pero muchas de ellas han virado a ocres y amarillos de variados tonos. Precioso para una foto.

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(La foto es de varios días después, cuando la mitad de las hojas bonitas ya se habían caído)

Ya estamos otra vez: mi cabeza haciendo caso a esos pensamientos que vienen. Dejaré lo de la foto para otro día…
Hago la respiración cuadrada lo mejor que puedo. Me doy cuenta de que puedo acompasarla con el fraseo de la señora que canta suavemente su letanía por los altavoces. No sé si se habrá elegido la música adrede o será casualidad, pero a mí me viene bien tomar los compases de la melodía como referencia. Me concentro en ello…

—Poco a poco voy activando mi cuerpo iniciando el calentamiento.

Lo que pasa es que si no hago la foto pronto, estas hojas tan bonitas acabarán en el suelo y adiós foto, con lo que me gustaría…

—Mi mentón, va hacia el esternón.

Esas tonalidades siempre gustan y son muy resultonas…

—Ahora, mi mentón, va hacia el cielo. No dejo caer la cabeza hacia atrás, es mi mentón el que se eleva. Inhalo arriba, exhalo bajo.

Seguimos con ejercicios de cuello, ahora laterales.

—No fuerzo, escucho mi cuerpo.

Yo entiendo lo que dice. Pero lo que él no sabe es que un cuerpo de “persona mayor” sometido a una práctica de yoga no te habla, te grita. No puedes hacerte el sordo a su desesperada reclamación de abandonar la postura fácil o de parar la práctica ya mismo. Pero aquí estamos…

—Giro la cabeza a la derecha inhalo. Exhalo, paso por el centro e inhalo hacia el otro lado.

Al girar la cabeza a la derecha abro los ojos un poco. Casi detrás de mi está un vecino a quien no vi al entrar. Está concentrado, ojos cerrados. Vale, tomo nota, y cierro los míos…

—Mano izquierda sobre rodilla derecha, la mano derecha, la coloco en el suelo, detrás y noto el giro de mi torso. Mantengo el cuerpo erguido.

En uno de los giros a izquierda vuelo a entreabrir los ojos y echo un vistazo a los condiscípulos. Casi todo mujeres, jóvenes, medianas, mayores y muy mayores. De todos tamaños y morfologías. Algún chico joven, atlético. Y varios señores mayores, también de diversos tamaños y colores, entre los que me temo estoy incluido. Me gusta esta mezcla democrática-igualitaria de gente de todo tipo y casi de toda condición. Aunque la única condición que de verdad compartimos todos los asistentes es la suerte de tener libre un día laborable de 0930 a 1030, lo que no está al alcance de cualquiera. 

—Ahora haremos unas rondas de saludos al sol.

En estos saludos al sol, cuando toca plegarse, como muy abajo, me llegan las puntas de los dedos a más de dos palmos del suelo si no doblo las rodillas. ¿Óxido, falta de engrase? Creo que será porque no he hecho casi ejercicio físico en el último medio siglo. Y medio siglo es mucho. Son 50 vueltas al sol y algo así como 50×300 === 15 y tres ceros, más de 15.000 días…

—Inhalo, arriba. Exhalo, manos al pecho.

A cada bajada intento plegarme más, pero la bisagra da lo que da. Concentrado en el esfuerzo que me cuesta, ya he perdido la cuenta de las rondas de saludos…

—Ahora haremos dos rondas más, y un poco más dinámicas.

Cada vez que dice lo de bajar en “chaturanga” me hace gracia: tengo que buscar qué significa, pero parece que es como las flexiones clásicas…

—Uno más y nos quedamos en perro boca abajo. Disfruto de esta confortable asana.

En el último de los saluditos, los brazos ya me arden, y ya no puedo más de estar como perro boca abajo. Y eso que es interesante mirar hacia atrás, por entre tus propias piernas. Nadie ve si miras porque todos miramos hacia atrás….

—Aguantamos una respiración más. Larga y profunda.

A la siguiente ronda miro atrás y veo varias nucas, pelos cortos, largos, morenos, rubios, sueltos, colas de caballo. Es el mundo visto del revés. Ya a punto de desplomarme miro al fondo por el espejo y veo a una señora que, entre el compás de sus piernas, me mira cómo la miro…

—Ahora, podéis apoyar la frente en el suelo, vientre sobre vuestros muslos. Los brazos a lo largo de vuestro cuerpo. Notad como la respiración…

Menos mal que nos deja descansar un poco en posición fetal boca abajo, sobre la colchoneta.

—Ahora, sí. Podéis sonreír. Nadie os ve.

Hay un rumor general y alguna risilla. Le hago caso y sonrío al suelo, me gustaría ver mi expresión. Debo parecer bastante lelo con este rictus. Un móvil grabando video desde bajo a través de un agujerito en la colchoneta, estaría gracioso…

—Respiración lenta y profunda.

El otro día hicimos saludos a la luna. Y comentó que el motivo era porque al día siguiente estaría llena…

—Ahora, de pie, sobre la parte delantera de la esterilla.

Miro de reojo el reloj. Falta casi media hora. ¿Qué?, ¿todavía treinta minutos? No se si aguantaré hasta el final.
La música sigue suave y me resigno. Parece como canto gregoriano, pero con voces femeninas…

—Pie derecho atrás, rodilla izquierda sobre tobillo izquierdo.

Este muchacho es bastante flexible y está fuerte, aunque no tiene el aspecto típico de supercachas de gimnasio…

—Observo la apertura de mis ingles, miro al frente. Siento, la fuerza del guerrero, de la guerrera que llevo en mí.

Cuando la posición del guerrero se me hace ya difícil de aguantar, aparto la mirada de mis dedos extendidos y giro la mirada hacia él. Está firme en la postura, mirando a su vez por encima de los dedos de su mano extendida, con energía. Detrás de él y más allá de los ventanales, el paisaje otoñal con su cielo gris. No me tengo que olvidar de hacer foto a las hojas de esos árboles antes de que se caigan. Mis brazos ya no aguantan más en la postura, y voy a dejarlos caer, como las hojas. Pero en ese momento el profe se yergue y nos indica que nos mantengamos durante un par de respiraciones más, antes de pasar a la siguiente asana. Aguanto como puedo. Noto una gota de sudor cayendo por mi espalda y, por lo que veo a mi alrededor, no soy el único y todavía faltan 20 minutos…

Mi parte consciente se va apagando en los siguientes ejercicios, porque la supervivencia es lo primero, y la cuestión es llegar entero hasta la última asana…

—Nos tumbamos boca arriba, los brazos a lo largo del cuerpo…

¡Menos mal, ya llega la parte que más me gusta!

—Tomaremos, unos minutos de relajación, antes de despedir la práctica. Si alguien quiere cubrirse, es el momento. Abandonamos el control muscular.

Le hago caso, trato de relajarme y de apartar los pensamientos que me empiezan a llegar nuevamente…

—Los pies caen a ambos lados, las manos abiertas con palmas hacia arriba.

 Intento tomar conciencia de todas las partes de mi cuerpo, pero sin llegar a moverlas. Probad y veréis que no es tan fácil.

Le oigo pasear entre los asistentes. Se detiene no muy lejos de donde yo estoy y comienza a decir un pequeño cuento. Supongo que lo debe leer en el móvil. Escucho atentamente el cuento de la taza de té. Lo recita con voz decidida, pero bastante suave, con esa entonación tan personal.

—… cuando la taza rebosó, el sabio, aparentemente distraído, siguió vertiendo la infusión de manera que el líquido se derramaba por la mesa.

Nos lee historias cortitas, sencillas, pero tienen su miga. Deben ser clásicos del género, que te inducen a una pequeña reflexión.

—El sabio le respondió: «Usted es como esta taza, llegó aquí colmado, de opiniones y prejuicios. A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada»

Nos deja un par de minutos para que cale en nosotros la lectura y luego nos incorporamos poco a poco. Ahora, ya sentados, despedimos la práctica. Juntamos las manos ante nuestro pecho. Hacemos una ligera inclinación.

—Muchas gracias por compartir esta práctica. Namaste —Dice con una sonrisa.

Y terminamos con un breve aplauso de cortesía.

—Me gusta este chico, es gracioso —comenta mi amiga Tere mientras salimos.

esendraga, enero 2020.

VALENCIA, 1936. ERNESTO TIENE 11 AÑOS

Para ser más exactos, es diciembre del 36. Y Ernesto en realidad tiene 10, pero cumplirá 11 la semana que viene.
Está sentado en el borde de una gran mesa, balanceando sus piernas con sus calcetines altos de cuadros. Los cordones de uno de sus zapatos está suelto y también se pendulea, colgando.
La mesa, llena de patrones y de telas, está en una sala del entresuelo de un edificio céntrico, muy cerca de lo que, con guasa, ahora llama la gente “El Casal dels sabuts”. Este casal no es otra cosa el Hotel Palace, que hace poco se ha convertido en la Casa de la Cultura, donde están tomando sitio los intelectuales del momento que vienen huyendo del Madrid asediado.

El niño pasa ratos en esta casa y le encanta curiosear en el taller y ver cómo se trabaja. Esta tarde, mientras espera que venga su abuela a por él, está entretenido viendo cómo Elvira acaba de hilvanar las costuras laterales de un pantalón de caballero. Elvira tiene unas cuantas aprendizas en el taller por las mañanas, pero por las tardes trabaja sola.

papa moda
(Dibujo del propio Ernesto, hecho unos años más tarde)

Desde que ha empezado el curso, Ernesto ha quedado en Valencia al cuidado de su abuela y su tía, mientras que sus padres y hermanos pequeños siguen en Burjasot, donde se trasladó la familia a final del verano en vista de los tumultos y disturbios que se producían en la ciudad. El padre tiene alquilada una casa en ese pueblo cercano a la ciudad, con corral trasero y salida directa al campo.

Esta tarde su tía, que es practicante, tiene trabajo en el hospital y su abuela unos recados que hacer, de forma que han dejado al niño un rato en casa de Elvira, una amiga y vecina de toda la vida.
Es una mujer sorprendente, divertida, quizá algo excéntrica, pero estos son tiempos revueltos.
De repente alguien da unos golpes en la puerta, bruscos.
—¡Vieja, abre! —Dice una voz ruda.

Ernesto, sorprendido, deja de balancear sus piernas y Elvira tras levantar un momento la vista de su labor, reemprende la costura porque le quedan sólo dos o tres puntos para acabar el hilván que la ocupa.

Cuatro golpes más.
—¡Vieja, sabemos que estás ahí. Abre la puerta!

Elvira da la última puntada. Con tranquilidad clava la aguja en el acerico, deja el dedal en el costurero que tiene a su derecha y se dirige a la puerta. Al pasar junto al niño le hace un solo gesto, que Ernesto entiende claramente: “tranquilo, ya verás que no pasa nada, quédate quieto donde estás”.
Y camino de la puerta la sigue el revoloteo de su bata de seda, verde con hojas ocre como motivo decorativo.

En efecto, son tiempos revueltos y aunque la situación se ha tranquilizado, todavía se producen requisas, unas más o menos justificadas y otras que son meros robos.
Apenas abre la puerta, desde fuera empujan con fuerza y mientras Elvira tiene que retroceder aparece un miliciano con su mono azul, sus correajes y su cara mal afeitada.
—¡Vieja, sabemos que tienes una máquina de coser y venimos a requisarla en nombre del pueblo! —Dice el hombre, con la mano sobre la culata de su pistola, plantado delante de la mujer.

Elvira lo mira de arriba abajo. Mientras, él repara en el pequeño Ernesto.
—¿Quién es ese? —Dice el miliciano señalando al niño, que para en seco su balanceo de piernas, aunque el cordón sigue penduleando un momento.
—Un amigo, ¿qué pasa?

El otro va a responder, pero recuerda su misión principal, abandona el asunto del niño y vuelve a dirigirse a Elvira.
—¡Bueno, ya está bien!

El hombre pasea la mirada por la sala, buscando algo. Está la gran mesa con su lámpara de araña encima, sus rollos de tela, los patrones y unas tijeras enormes en el centro. A un lado varios puestos de trabajo con sus sillas bajas y sus costureros, y al fondo el ventanal que da a la calle con unas elegantes cortinas, muy burguesas. No hay trazas de ninguna máquina de coser.

Ernesto sabe bien que en una habitación contigua hay tres, dos antiguas y una más moderna. Y a él le encanta ver cómo las chicas cosen en ellas. A veces le dejan hacer canilla en una de las viejas y se queda fascinado de la rapidez con la que el hilo pasa de la bobina grande a la otra en miniatura, hasta que el automatismo dice ¡Basta! y salta el mecanismo que desembraga el arrastre.

El hombre se vuelve hacia la puerta:
—¡Compañeros, vamos a buscar la máquina, que me sospecho que a lo mejor tiene más de una!

Entonces Elvira se da cuenta de que por la puerta asoman otras dos caras, la de un joven de pelo rubio y la de un hombre mayor con boina.
Elvira se planta en jarras y se crece:
—¡De aquí vosotros no os vais a llevar nada! Así que ya os podéis ir yendo por donde habéis venido.
El miliciano la mira fijamente desde arriba, dada la diferencia de estatura. Y lentamente desenfunda su pistola. Ernesto detiene un momento el balanceo de sus piernas; no es la primera vez que ve un arma, pero nunca tan de cerca y ni tan amenazadora como la que tiene el miliciano en la mano. Mira a Elvira y como la ve tan tranquila y serena, se relaja y procura concentrarse en prestar atención a este espectáculo exclusivo, al que asiste en primerísima fila.

—Mira vieja, necesitamos máquinas de coser y ahora mismo nos vamos a llevar la tuya, quieras o no quieras, así que aparta de en medio y nosotros nos encargamos.
Con la punta del cañón, aunque con cierta suavidad, intenta apartar a la mujer. Pero ésta no se mueve.
—Miliciano, yo no sé quién eres, pero debes saber que ahora mismo estoy esperando al chófer de Largo Caballero que viene a por unos encargos. Así que tú verás.

El hombre la mira con desconfianza. Hace cuatro semanas el gobierno de la república se ha trasladado en pleno a Valencia, y quizá pueda ser cierto que el chófer del presidente tenga que venir a este taller de sastrería, costura o como se llame. Pero él quiere creer que ésta es solamente una vieja arrogante que seguro que ha estado cosiendo para los ricos y para los fascistas, y que ahora quiere marcarse un farol.

—¡Embustera! —Mira hacia la puerta y grita. —¡Compañeros, entrad y vamos a por la máquina!
Se encara con Elvira, que le estaba bloqueando el paso, mirándolo a la cara desde su baja estatura. Pero, de repente, la buena mujer se lo piensa mejor y se hace a un lado:
—En la habitación del fondo. —Le indica con la mano en un tono muy conciliador— Haced lo que queráis pero luego ateneos a las consecuencias…

El hombre la vuelve a mirar. Luego mira al niño que tranquilamente le devuelve la mirada sin dejar el balanceo de sus piernas. Al hombre le gustaría que su hijo pudiera tener unos zapatos de cordones, tan sólidos y abrigados como los de este amiguito de la vieja…

Sus secuaces no han llegado a entrar, parece que dudan o esperan la decisión final del jefe.
La vieja está sospechosamente tranquila y esto también le hace dudar a él mismo.
Elvira se ha colocado junto a Ernesto, apoyada en el borde de la gran mesa, los brazos cruzados sobre el pecho cerrando por delante la bata verde de seda, esperando la decisión del matón con esa aparente tranquilidad un poco burlona.

Refunfuñando el miliciano se da la vuelta:
—¡Puta vieja! Ahora nos vamos pero te aseguro que volveremos a por la máquina.

Mientras enfunda otra vez la pistola en su cinto, dice a sus dos secuaces:
—¡Vámonos que ya hemos perdido demasiado tiempo con la vieja!

Y con una mirada furibunda a la extraña pareja, la vieja y el niño, sale dejando la puerta abierta.
Se les oye bajar a los tres, atropelladamente y sin decir palabra.

Elvira, antes de ir a cerrar la puerta mira al niño y, todavía con los brazos cruzados, le dice:
—¿Lo ves? No hay que perder nunca la calma. Ya vinieron otros hace un tiempo y se fueron de vacío. Puede que vuelvan de nuevo, pero de momento voy a seguir con el trabajo.

Mientras se aleja resuelta hacia su silla, la bata de seda verde con decoración de hojas ocre ondea tras ella.
Sin mirar atrás termina:
—No creo que tu abuela tarde mucho… ¡Ah! Y átate el cordón del zapato cuando bajes de la mesa, no vayas a tropezar.

Mi padre nunca supo si era verdad lo del chófer de Largo Caballero, o si fue un farol muy atrevido.

Y tampoco tuvo noticias de si, al final, alguien conseguiría llevarse las máquinas de coser del taller de la buena de Elvira.

esendraga, noviembre 2019

MA CHE COSA FAI?

Era el verano de mi diecinueve cumpleaños, esto es, el verano del año 73. Había dejado el politécnico e iba a cambiar de carrera. Como se ve que ese verano no tenía plan se me ocurrió la idea de hacer un viaje en solitario a Suiza con billete sólo de ida.

De muy niño había vivido tres años en Ginebra, y quizá por eso me apetecía volver. En mi inocencia esperaba encontrar algún trabajo temporal y pensé que quizá podría quedarme un tiempo por allí. Así que mis padres me pagaron el autobús Valencia-Ginebra y allá que me fui con mi mochila.

Guardo bastantes recuerdos de aquel viaje y ninguno es negativo. Han pasado muchos años y algunos detalles se han desvanecido, pero eso es porque no había móviles y no me pude hacer un montón de selfies que ayudan mucho a recordar.

Considero que el viaje fue bien y debe ser porque yo soy de los que casi siempre ve los vasos medio llenos en lugar de medio vacíos. Quizá por eso no cuento como negativas cosas como que no encontré trabajo o que no hice ningún amigo, ni amiga, en las dos o tres semanas que estuve fuera. La única compañía fue la esporádica de la gente que fue lo bastante amable para parar su coche y acercarme en mi camino de vuelta a casa, cada vez más al sur.

Estuve en Ginebra unos días, supuestamente buscando trabajo. Pero mis 19 años eran los de un pardillo y no tenía ni idea de lo que era realmente un empleo ni por dónde se puede empezar a buscar, más allá de acudir a una especie de centro de empleo juvenil. Por cierto, que al entrar en aquél centro, se me acerca un chaval más o menos de mi edad y me dice a bocajarro, en español: «¡Tú debes ser el hermano de Isabel!»
Me quedé totalmente sorpreso. Resultó que era un compañero de mi hermana, en Valencia, que le había oído decir que yo me iba también a Ginebra. Pura casualidad que el tipo estuviera allí justo cuando yo llegué, y al verme me encontró el parecido y me abordó sin dudarlo.

Creo que aquél muchacho sí encontró un trabajillo, parecía un tipo espabilado y lanzado, pero yo no. Me temo que me faltaba lo necesario para buscarlo con eficacia, falta de iniciativa y supongo que también falta de verdadera necesidad.
Así que, pasados unos días, decidí emprender el regreso via Montpellier donde residía, con su familia, una prima de mi madre. Ese viaje de vuelta en auto-stop sí que tuvo algo más de emoción que la primera parte de mi periplo.

Lo de viajar a dedo era algo muy común hasta hace unos años, y alguna gente opina que ahora no se hace sobre todo por desconfianza de los conductores hacia los autoestopistas, y también a la inversa, si se piensa bien. Yo creo que algo de esto puede haber, pero también cuenta mucho la estructura de las carreteras: los autos que hacen recorridos largos toman autovías o autopistas, donde ni se puede entrar andando ni los coches pueden parar. Incluso por carreteras segundarias la velocidad de circulación es en general mucho más alta que hace cuarenta o cincuenta años.

El caso es que en aquella época te paraban conductores de todo tipo, gente del campo que iba de un pueblo a otro y viajantes o turistas en largos recorridos. Personas solas que se aburrían, o familias completas. Por el sur de Franca me llevó una familia hippie en un coche estilo Citroën Mehari, que era una especie de coche de plástico totalmente descubierto y sin puertas, donde dos o tres críos iban haciendo piruetas por allí mientras circulábamos por carretera. Los jóvenes padres me preguntaron por la situación en España y afirmaron que no pensaban visitarla hasta que Franco no “reventara” (literalmente traducido del francés). Siendo aquello en 1973, todavía tendrían que esperar un par de años…

Otro caso sorprendente fue el de una joven mamá, con su bebé en un capazo sobre el asiento trasero, que me recogió en un cruce perdido en la campiña, al anochecer. Casi me dio apuro montarme cuando vi a la chica sola con el niño.

Pero acabaré con el recorrido que me produjo mayor impacto, que fue el del señor italiano.
El día que decidí volver, tomé un autobús urbano desde el centro de Ginebra y me bajé en las afueras, ya en la carretera que iba hacia Lyon. Caminé un poco hasta la salida de la zona urbana y puse dedo. No recuerdo si tuve que esperar mucho o no, pero paró un NSU Prinz con un hombre joven conduciendo. Me podría llevar hasta su desvío, porque él iba hacia París. Con mi italiano básico (construido aprox como suma de castellano+valenciano+francés+latín)  y su poco francés, fuimos charlando y haciendo camino.
NSU prinz
Viajaba a menudo a Francia, supuse que por trabajo. Y hablamos de mi viaje y cosas así. Incluso me dijo que si quería podía ir a París con él, pero decliné, porque la verdad es que ya era cosa de volver.

El cochecillo era un utilitario estilo Seat 600, con su motor trasero y todo, pero en alemán. Sin embargo, a pesar de ser una buena marca, en las cuestas se calentaba también, al igual que el utilitario hispano. Íbamos aquella mañana de verano ascendiendo un pequeño puerto de montaña, y cuando el italiano vió subir la temperatura del bicilíndrico, paró a un lado. Bajó, abrió el capó trasero y se volvió a sentar a mi lado comentando que esperaríamos un rato hasta que el motor se enfriara un poco. Pues nada, esperamos un rato.

Al poco, el hombre hace como que se despereza y al bajar, su mano derecha aterriza sobre mi aparejo reproductor. Me quedé helado, pero sin pensarlo ni tocarle la mano grité al instante lo primero que me salió: « Ma che cosa fai?»
El hombre quitó la mano de inmediato y se quedó callado.

Yo no volví a hablar hasta que arrancamos nuevamente una vez el motor se enfrió lo suficiente.
Se le notaba tan avergonzado de su avance en falso que me supo mal e intenté entablar nuevamente conversación, como si tal cosa: él había hecho un intento por sorpresa y había recibido un no claro por mi parte. Yo me había sorprendido, pero no me setía ofendido.
Mientras bajábamos el puerto intenté retomar la conversación trivial de antes del incidente, pero pero al final desistí porque sólo me respondía con monosílabos sin quitar los ojos de la carretera.

Ahora que lo pienso, aquél fue mi primer contacto sexual aunque no durara más que dos o tres segundos. Yo no sabía nada del tema, y menos de las relaciones homo, pero percibí el malestar y la vergüenza del pobre italiano. Yo no sé si durante la primera parte del recorrido le pude dar sin querer alguna pista que él malinterpretó, o si tomó la iniciativa sólo para probar suerte.

Esto pasó en un lugar de Europa, mientras aquí vivía Franco todavía. Quizá allí la homosexualidad era medio normal, pero aquí estaba totalmente oculta, al menos a mis ojos.
El caso es que al amigo italiano no le salió bien el intento, y yo le agradecí para mis adentros que no insistiera, ¿síndrome de Estocolmo en tono menor? Puede ser…

Por eso me despedí de él como si tal cosa en el cruce donde me dejó, a partir del cual él siguió camino al norte con su NSU Prinz reluciente y yo hacia el mediodía en el transporte de fortuna que me tocara a continuación.

Bajé mi mochila del asiento trasero, y le di la mano y las gracias.
Y le deseé buen viaje.

¿Qué habrá sido de él?

esendraga, agosto 2019

TARDE DE VISITA Y REFRESCO.

(Capítulo piloto de una nueva serie)

  – ¡A sus órdenes!

El chófer cerró la puerta por la que había salido Don Manuel, dió la vuelta rodeando el largo morro del coche, se subió al Chevrolet y arrancó calle abajo camino de su casa. Él y su familia volverían a la suya paseando.

Don Manuel no tenía permiso de conducir, sobre todo porque no le hacía falta y además porque a comienzos de los años 30 no era muy corriente que un señor como él tuviera que manejar personalmente.

Había comprado el coche hacía un par de años y su asistente le hacía también de conductor particular. Era un Chevrolet de aquellos que tenían seis plazas en dos asientos corridos, pero que ampliaban la capacidad con un par de estrapontines en el respaldo del delantero, a contramarcha. Se supone que cabían ocho adultos, pero si ponemos niños, podía viajar casi cualquier familia numerosa, incluso con chófer e invitados.
Don Manuel
Capitán de navío, gaditano, más chulo que un ocho pero con unos kilos de más, Don Manuel gobernaba su casa con la misma rigidez que usaba para mandar en la base de submarinos, aunque con otros modales. Había ido toda la familia en coche a una visita fuera de la ciudad y, a la vuelta, les había dejado en la calle Mayor. Tomarían un refresco antes de volver andando a casa.

Mientras se acercaban a la heladería, unos suboficiales que pasaban por allí lo reconocieron aunque iba de paisano y se cuadraron:
– ¡Sus órdenes mi capitán!

Él los despidió con un saludo poco militar.

El matrimonio y los chiquillos se acercaron al velador, patas de hierro fundido y encimera de mármol blanco.
Había cinco sillas y se sentaron los padres, las dos niñas y el pequeño. A los tres chicos mayores, Don Manuel les dijo:
– Ha llegado un barco inglés, nuevecito y muy moderno. Subid a verlo desde la muralla, está justo enfrente. Pero os quiero de vuelta en diez minutos.
Los tres se alegraron de no tener que esperar ociosos y salieron disparados.
Encarnita, nueve años, preguntó ilusionada:
– ¿Puedo ir con ellos?
– No, tú te quedas, eso son cosas de chicos.

Cuando llegó el camarero, Don Manuel pidió un limón granizado para su distinguida esposa y un fino para él.
Mirando inquisitivamente a los tres niños que quedaban sentados, dio por supuesto:
– Ustedes vosotros, no queréis nada, ¿verdad? -Silencio por la parte infantil.
Y al camarero:
– ¡Pues eso!
Se oyó una voz tímida, de la mayor de las chicas:
– ¿Puedo beber agua?
Momento de tensión:
– Sí, y un vaso de agua. ¡Y el fino, del que tú sabes!   – Le gritó al camarero cuando éste se estaba dando la vuelta.

Los chicos ya habían desaparecido de la vista, la calle Mayor estaba tranquila en esta tarde de domingo, primavera del 33, y Encarnita, nueve años, vestido rosa y guantes de ganchillo blancos, miró a sus dos hermanos pequeños que permanecían callados y preguntó:
– Papá, ¿podemos levantarnos a jugar?   – Don Manuel no tuvo que pensarlo   – Ustedes os quedáis sentados, que no tardamos nada. Ya jugaréis en casa.

La madre, cutis muy fino, rasgos delicados, aspecto modoso y ropa elegante, bastante más joven que Don Manuel, miró a su hija, pero sin expresión definida.

La calma duró hasta que después de que trajeran el granizado y el fino, Carmen, 7 años, tomó una pajita del vaso donde estaban dispuestas en abanico como cono invertido, casi perfecto, rompió discretamente uno de los extremos de la funda de papel y extrajo el extremo de la cañita. Apuntó a su hermana mayor, que en esos momentos miraba hacia el muelle, y sopló fuerte. A Encarnita, el papelito le dio en la oreja e hizo un mohín de protesta.
Don Manuel sólo tuvo que mirarlas, para que la una dejara la pajita sobre la mesa, y la otra bajara la vista para mirar sus propias manos entrelazadas sobre su regazo, los guantes blancos bien plegaditos sobre la mesa.

Las dos niñas bebieron un sorbo del vaso de agua y dieron de beber al pequeño, que casi no tomó.

La tarde ya estaba cayendo y no se demoraron mucho, pero nadie se movió de la silla mientras quedó granizado en el vaso acampanado de la madre, del que iba tomando a pequeños sorbos.

Durante el centenar de metros hasta llegar a su casa en la Cuesta de la Baronesa, no hubo inconveniente en que los dos pequeños corretearan por la calle. Encarnita, la mayor, que ya era una señorita y no debe comportarse a lo loco como los niños, caminaba modosa junto a la madre, mientras Don Manuel andaba dos pasos por delante.

Mientras subían por la calle Cañón, los tres chicos les alcanzaron sofocados por la carrera.

El padre los miró y consultó su reloj de bolsillo, sujeto al extremo de una discreta cadena de plata. No dijo nada y los tres salieron disparados cuesta arriba hacia su casa, en evitación de comentarios sobre su retraso.

La criada esperaba a los señores en la puerta, después de haber abierto a los muchachos, y les saludó muy cortésmente.
Don Manuel sólo dijo:
– Vamos a cenar en media hora.

Todos se cambiaron de ropa para la cena, se lavaron caras y manos. El padre, que sólo se había quitado la chaqueta y cambiado sus brillantes zapatos por unas zapatillas de felpa con sus iniciales bordadas, se sentó a la mesa con batín cruzado sobre su camisa y corbata. Ojeó la prensa mientras la chiquillería se iba sentando y la madre supervisaba en la cocina.

En cuanto Doña Encarnación se sentó, entró la criada con la sopera. Sirvió los platos Don Manuel y la cena transcurrió como debe ser, con tranquilidad. Excepto por un breve comentario sobre el barco inglés que al hijo mayor le había impresionado por su tamaño y armamento. Por su parte, el pequeño protestó un poco por la sopa, pero al final se la acabó tomando casi toda.

Esa noche, de postre, arroz con leche. Y es que cuando al caer la tarde no se había consumido toda la que el hombre de la vaquería traía puntualmente dos veces al día, había postre lácteo.
Una vez terminada la cena, el padre se levantó el primero, dijo un breve “ustedes tengáis una buena noche”, y se dirigió hacia su despacho, al fondo del pasillo.

El ambiente se relajó entre la madre y los hijos mientras la criada iba  retirando la mesa:
– Señora, mañana viene el pescadero a primera hora y quería saber si al final va a haber invitados por la noche.
– No, se me había olvidado. Se ha cancelado la cena porque el señor se va de maniobras, así que compra sólo para los niños y para mí.
– Sí, señora.

Los dos mayores dijeron que se iban a su cuarto a leer. Y los cuatro menores se quedaron charlando con la madre. Luego, empezaron una partida de cartas pero los pequeños se aburrieron enseguida y empezaron a corretear y jugar por el salón.
Al poco se oyó perfectamente cómo se abría la puerta del despacho del padre, y por el pasillo resonó un carraspeo forzado y potente.
La velada terminó en ese mismo momento.

Una vez acostados los niños, Doña Encarnación se encerró en su habitación, hizo su aseo nocturno, y se quedó esperando al marido.

Otra noche sola, y al día siguiente Manuel marchaba de maniobras durante varios, no se sabe cuántos días. Las maniobras a las que iba este capitán de navío tenían siempre duración indefinida, y ella asumía que los submarinos no eran muy predecibles y que la vida militar, aunque fuera en tiempos de paz, era así. Nunca preguntó sobre esto a las esposas de otros oficiales, ni a nadie. Intuía que sería mejor no saberlo.

Se acabó durmiendo, con un libro entre las manos, antes de que su marido saliera del despacho.

esendraga, mayo 2019

NIRVANA I

Hace ya más de un año que no tengo trabajo remunerado.
Más bien al contrario, tengo remuneración, independientemente de que la actividad que desarrolle.
En estas condiciones puedo hacer cosas que hasta ahora hubieran sido difíciles.

Nirvana

Pues una de ellas es ir a diversas actividades en el gimnasio que hay justito al lado de mi casa. Una de ellas consiste en asistir a clases dirigidas de yoga, primera vez que me acerco a esta disciplina. Alguna gente conocida se muestra extrañada cuando digo que hago yo tales cosas, que están en el lado del sosiego y la meditación, porque se ve que más bien me consideran un tipo activo. Esto es que no me conocen bien.

Pero no quiero hablar de mí, sino de la clase propiamente y de su profesora.
Hasta hoy teníamos una profe más bien tirando a seca, poco empática y de simpatía reducida. Durante los ejercicios comentaba lo justo para darnos a entender la contorsión que en cada momento se requería. Cuando más complicada era la posición, más tiempo nos dejaba clavados en esa postura imposible.

Al decir esto se me acaba de ocurrir que voy a bajarme del interné, pirata of course, un manual de kamasutra de forma que quizá pueda sacar algo positivo de la práctica del yoga… Pero me estoy desviando, que es lo que tiene la meditación, que te lleva por caminos imprevistos y quizá indebidos, os pido perdón.

Además, yo que pensaba que el yoga tenía que ver con la harmonía me había quedado un poco frustrado porque, con la profe anterior, el paso de unas posturas o ejercicios a otros era como a trompicones, muy poco fluido.

El caso es que la dicha profe se ha marchado y hoy hemos tenido una nueva.
Vista de lejos y sin ponerme las gafas podría parecerse a la anterior. Pero, de cerca, mejora a su predecesora a ojos vistas. Es una joven como las de ahora, que casi todas tienen buen tipo, sobre todo las profes de gimnasia, pero ésta además, tiene cara simpática. Y además es puntual, cosa muy importante.
Y la mejora es mucho mayor en cuanto empieza la clase.

Como se suele, ha empezado con la conocida postura de meditación, todas sentadas con las piernas cruzadas, que veo en google que se llama postura flor de loto, qué bonitto.

Y por cierto que hablo en femenino porque la mayoría aplastante del alumnado son mujeres. Algún día he sido el único varón, pero como soy un poco queeer, no se nota casi.

Pues esta mañana, la joven, ha explicado detalladamente cómo es la colocación correcta para imitar el mencionado órgano de reproducción del famoso loto. Y cada uno de la treintena de practicantes que somos, dentro de nuestras respectivas posibilidades físicas, hacemos lo que podemos para imitarla. Por cierto que esta muchacha se dobla, se curva y se pliega como quiere, es superflexible.

Pero es que además, mientras respiramos pausadamente con los ojos cerrados, las manos apoyadas en las rodillas y los pulgares e índices haciendo un circulillo muy cuco, ella se paseaba entre todas y nos ha seguido hablando con una voz continua y serena, convincente y suave, amistosa y sin blandenguerías. Nos ha ido diciendo que estamos allí para crecer interiormente, para intentar armonizar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu. No he podido evitar una sonrisa con esto del espíritu.
Que nuestro tronco es como un árbol, decía, y nos pedía que imagináramos que de nuestros pies salen unas raíces que cada vez con más profundidad nos conectan y anclan a la tierra. La visión es interesante y sugerente pero a mí la realidad me xafa siempre las ensoñaciones: en este caso porque estamos en un primer piso, que queda encima de la piscina cubierta de la planta baja del gimnasio. Esto me ha estropeado un poco la metáfora, pero al instante he reconducido mi indómito pensamiento disperso y he vuelto a concentrarme en la voz de la profe.

Mientras tanto, los muslos ya me empezaban a crujir un poco de estar tanto rato en tensión con las piernas cruzadas, intentando que a cada respiración mi columna estuviera más recta y más estirada. Pero como con la anterior profe ya hacíamos la misma postura, estaba yo ya un poco entrenado y he aguantado como un jabato.

Otra cosa interesante que en esta fase nos ha contado es que no somos un árbol aislado porque estamos rodeados de otros árboles, y tenemos que visualizar cómo es nuestra relación con los otros elementos de este bosque imaginario.

Mientras tanto una música con aire indostánico, supongo yo porque se escuchaba un sitar al fondo, complementaba armónicamente sus palabras.

Yo de vez en cuando abría con disimulo un ojo para ver por dónde andaba la joven y para mirar el reloj que hay encima del espejo gigante que hay en el fondo. Y también para ver si mi tronco estaba recto y la cabeza no se me caía hacia alguno de los lados: la postura no era muy garrida, pero para un sesentón bajito que no ha hecho ejercicio físico durante el último medio siglo, al menos se me antojaba honorable.

Me ha encantado que esta parte ha terminado con elevación de brazos, como ramas de árboles que, girando ora en un sentido, ora en el otro, han reafirmado la ilusión de que éramos un bosque. Sobre todo cuando mi rama izquierda chocaba en alguno de los giros con la derecha de mi amiga Tere que como árbol vecino estaba plantada en la colchoneta de al lado.

No quiero cansaros describiendo ‘el perro boca abajo’, ni ‘la cobra’, ni ‘la tabla’, ni ‘el barco’, pero esta chica las hacía todas de maravilla.

Por cierto que en las posturas más incómodas cuando ya la situación se ponía difícil de sostener para nosotros los mortales, esta profesora nos indicaba con ánimo: “dos respiraciones más”. Todo un detalle que te permite hacer un esfuerzo y aguantar hasta el final.

Bueno, tampoco quiero aburriros ni con ‘el guerrero 1’, ni con ‘el guerrero 2’.
Por cierto que cuando hacemos lo del guerrero, aquí sí que me siento más identificado que con ‘el loto’ o con el ‘aliento del viento’, pero esto es una cuestión de autopercepción: al hacer estas posturas, me miro de frente al espejo y procuro hacer el ejercicio todo lo potente que puedo, ¡qué bella estampa!
Y me estoy refiriendo a mi figura, por supuesto, que no a la de la profesora.

De posturas sólo diré que mi preferida es la de relajación, tumbado boca arriba. Aunque nos ha explicado que ésta no es una postura para descansar o dormir, sino que nos permite tomar conciencia de nuestro contacto con la tierra y con la naturaleza y meditar en consecuencia. Aún así, me gusta esa postura, sobre todo después de hacer ‘la plancha invertida’. O cuando acabamos de hacer ‘el puente’, mayormente si es especialmente largo.

Durante la hora entera nos ha estado hablando, con ese tono tan agradable, dando sentido a cada uno de los ejercicios.

A pesar de lo gentil de la clase y de la agradable profesora, aunque no han pasado más que unas horas ya empiezo a notar las agujetas en varios de mis músculos, algunos de los cuales no me habían sido presentados hasta hoy, pero con los que intuyo me va a unir una gran amistad en las semanas venideras.

Los que me conocéis, sé que no pensaréis mal de mí por lo que voy a decir.
Y los que no, por favor no lo hagáis, porque os equivocaríais.

Tengo ganas de que llegue el martes próximo a las 09:30, en la sala 03.

esendraga, mayo 2019

LA CAPILLA DE LA DOLOROSA, o las cosas no son lo que parecen.

Hemos hecho un viaje por Extremadura. Viaje agradable e interesante combinando historia, naturaleza y algo de cultura.
Una de las ciudades que visitamos es Coria. Es una ciudad antigua, pequeña en la actualidad pero que, según parece, ya existía mucho antes de que llegaran los romanos.

Puente romano

Como junto al pueblo pasaba el rio Alagón, dicen los de Coria que los romanos hicieron su puente correspondiente. Pues resulta que en la actualidad ninguno de los brazos del rio, que tiene varios en la zona, pasa bajo el puente sino que todo el rio pasa unos cientos de metros más al sur. Un poco raro, la verdad.
Es cosa curiosa porque los ingenieros romanos no tenían por costumbre hacer puentes si no había río que atravesar. La explicación más popular es que el terremoto de 1755, llamado de Lisboa, alcanzó a Coria con tal intensidad que desvió el curso del rio de forma que dejó de pasar por donde solía y acabó circulando lejos del puente.

Cuando se mira el caso en detalle (quiero decir, rebuscando en google.com), nada es lo que parece.
Lo primero es que el puente no es romano si no del siglo XVI.
Vale.
Pero dicen que en su base hay cimentaciones más antiguas y que quizá hubiera un puente  romano sobre el que hicieron el medieval.
O sea que el famoso puente romano no es romano, pero puede que en origen lo fuera.

Lo de que el rio se desvió por el terremoto del siglo XVIII, parece una buena explicación, pero tampoco es del todo cierta. Hay documentos de un siglo antes hablando de que existía en Coria un servicio de barca para cruzar el río, lo que indica que al menos alguno de los brazos del Alagón había dejado de pasar bajo el puente muchos años antes del seísmo.
La explicación más plausible es que sucesivas inundaciones de la zona a lo largo de los siglos, en las que siempre hay aporte de gran cantidad de tierra y piedras, habrían ido abriendo y cerrando brazos del río. Y que en 1755 quizá quedara un ramal activo bajo el puente, que acabó desviado cuando se produjo el terremoto, con el final que conocemos de que el puente está en pie para no cruzar nada.
O sea, que ni una cosa ni otra.

Pues resulta que Coria tenía un cierto nivel porque desde que los romanos se fueron, tuvo su propio obispo y su propia catedral.

Es bien sabido que un buen obispo necesita una buena casa. Y si la vivienda está cerca del trabajo, mucho mejor. Así que uno de los obispos que hubo a principios del siglo XVII decidió hacerse un buen caserón justo al lado de la catedral. Y por si quería salir a pasear, o comer unos tomates frescos de la huerta, tenía la vega cerca, con su rio y su puente, que en aquella época estaba nuevecito.
En ese caserón vivieron los sucesivos obispos hasta los años 50 del siglo pasado, en que unificaron la diócesis de Coria con la de Cáceres y se trasladaron a la capital dejando la vieja casona triste y sola, como la universidad de la famosa canción de tunos.

Todo esto viene a cuento de que unos avispados inversores han convertido, hace poco, el caserón episcopal en un hotel.
Han conservado lo conservable y le han dado una utilidad: donde estaba la bodega ahora está la recepción, en los antiguos establos está ahora el restaurante, la zona de oficinas del obispo es ahora el vestíbulo. Y las demás dependencias son ahora habitaciones, con su baño y todo. Está gracioso y bastante bien pensado.
Hay habitaciones que conservan elementos antiguos, como la piedra del fregadero que todavía se ve en uno de los cuartos de baño, o herrajes históricos en varios sitios.

El caso es que nos hospedamos en este hotel porque teníamos previsto tomar Coria como base para recorrer la zona a lo largo de varios días.
Nos tocó una habitación original, en la que la cama queda justo debajo de una pequeña bóveda. Estaba todo limpio, recién pintado y aseado.
Dormimos la mar de bien la primera noche, pero entraba algo de luz por las ventanas y me desperté al amanecer. Noté algo en la mejilla, me pasé la mano y noté que la tenía algo húmeda. No creía haber llorado en sueños, pero la almohada a mi lado estaba también un poco mojada.
Me levanté, me sequé, cerré mejor las cortinas y me volví a la cama.
Al cabo de un rato noté algo en la frente. Me pasé el dedo y me habían caído unas gotas. Por no despertar a mi compañera, cambié de posición y no dije nada. Pero al levantarme, con buena luz me puse a mirar con detalle en el techo. No se veía nada raro. Así que ni siquiera hice comentario alguno.

El día siguiente visitamos la comarca y volvimos al hotel. Distraído con el viaje no me había vuelto a acordar del incidente del agua, o lo que fuera. Así que dormí tan ricamente hasta que toc, me volvió a caer algo en la cara. Fui al baño y vi que eran unas pocas gotas. Tomé una muestra con la yema del índice y la froté con el pulgar; no olía a nada, parecía agua. Raro.
Después de desayunar volví a analizar el techo y allí, en la bóveda sobre de la cama, no parecía que hubiera huellas ni restos de humedad ni nada.

Iba a preguntar en recepción si había alguna fuga, pero mientras esperaba que le hicieran la cuenta a otro cliente, entró desde la calle un joven despeinado con ropa de faena, caja de herramientas en ristre y una camiseta puesta donde se leía “Coria Fontaneros”.
El recepcionista le dijo nada más entrar: “Primer piso, te espera la kelly en el pasillo”.
Está claro, había una fuga en algún sitio, misterio resuelto.

Ese era nuestro último día en Coria y aprovechamos la mañana para visitar la catedral y su museo, que entre otras cosas tiene el auténtico mantel que Jesucristo y sus apóstoles usaron para la última cena. Es larguísimo y está expuesto en una vitrina, donde se aprecian manchas, algunas podrían ser de vino y tiene varias zonas donde está roto. Si es o no es lo que dicen que es, será la fe de cada uno, o quizá la ciencia, las que lo determinen.

Pues además resulta que en lo del mantel, tampoco la realidad es lo que parece. Según nos explicaron, el mantel expuesto no era el auténtico. Me pareció raro que lo confesaran así tan claramente.

—No, este de la vitrina es una copia y el auténtico es el que está en aquel baúl medio abierto.

En efecto, por allí asomaba una esquina del “auténtico-auténtico”.

Visto lo del mantel, entre antigüedades, candelabros y accesorios había algunos cuadros. Pasé de largo sin apenas fijarme por delante de uno de ellos, pero algo me llamó la atención y volví sobre él. Era una imagen de la Virgen Dolorosa, con sus espadas en el corazón, su cara de sufrimiento y abundantes lágrimas en sus mejillas. Nada particular en la iconografía cristiana. Pero luego me di cuenta de cuál era el detalle que me había llamado la atención: estaba sobre un pedestal en una esquina de lo que parecía una capilla con bóveda. ¡Y era exacta a la de nuestra habitación!

Pregunté por el cuadro y por la imagen. El vigilante, muy amable, buscó el catálogo y me dijo que era la Dolorosa de la capilla de palacio, pintada por el señor Anónimo en el siglo XIX. Al mostrarme interesado por esa capilla, me dijo que podía hablar con el cura más antiguo, que quizá tuviera más datos. En ese momento estaba diciendo la misa de once, pero que ya estaban con lo de la paz, casi terminando.

Me esperé a que acabara la misa y le vi entrar en la sacristía. Era muy mayor y caminaba lento. Me acerqué y llamé a la puerta. Se estaba quitando la casulla cuando me dijo “adelante” y entré.
Le expliqué lo del cuadro que había visto en el museo, con la Virgen en la capilla. Me contó que él era un joven cura recién ordenado cuando entró por primera vez en la casa del obispo, justo unos meses antes de que la desocuparan y se trasladara la sede a Cáceres. Le pregunté exactamente en qué parte de la capilla estaba la virgen llorosa. Me contó que era una imagen muy realista y que parecía que las lágrimas realmente le caían de sus mejillas. Que el cuadro era antiguo y en él la Virgen aparece en una esquina, pero que cuando él visitó la capilla en los años 50, la imagen estaba justo en el centro de la bóveda, delante de un reclinatorio de tapizados granate y borlas doradas.

Estuvimos comentando cómo los tiempos cambian, sobre la pérdida de vocaciones para el sacerdocio, sobre detalles de la historia de la ciudad y cosas así.

Le comenté que nos alojábamos en el hotel del palacio, me dijo que nunca había entrado y me preguntó qué tal estaba arreglado. Le expliqué lo que había visto, el patio con el pozo, las antiguas cuadras…
Luego le volví a preguntar por la virgen. Según me contó, cuando se trasladó el obispado llevaron a Cáceres casi todos los enseres y muebles, pero algunas imágenes y objetos religiosos se depositaron en la Catedral. Entre ellos, la imagen de la Dolorosa, con su peana.

Me contó que se generó una situación extraña con el hecho de que al día siguiente de la entrega de la imagen al templo, la llorosa Dolorosa amaneció de nuevo en su sitio original, esto es, en el centro de la capilla de la casa episcopal. El Deán, los sacristanes y los obreros negaron haberla trasladado, así que la volvieron a llevar a la catedral.
Al día siguiente pasó lo mismo.
Al tercer día, pusieron vigilantes en las dos puertas de la catedral. Y lo que pasó esta vez es que la imagen desapareció y nunca ha sido encontrada.

Para entonces, el señor cura ya se había desvestido y había plegado sus ropajes para guardarlos a continuación en un gran armario que hay al fondo de la sacristía.

Cuando volvió a mi lado, el viejo cura me miró y vio que todavía tenía cara de sorpresa. Me preguntó por qué me interesaba el tema.
Como quitando importancia, le contesté que habíamos dormido dos noches en la habitación que han montado donde antes estaba la capilla.
—¿Sólo por eso? ¿Acaso ha visto algo especial o ha notado algo raro?
—¿Yo? ¿Por qué cree que yo puedo haber visto o notado algo?
—No sé, dígamelo Ud. Veo que está especialmente interesado en la capilla y en la Virgen desaparecida.
—No, preguntaba por preguntar.

Me volvió a observar y me dijo:
—Mire, aunque hace muchos años de todo esto que le he contado, yo era joven y lo recuerdo perfectamente. Y la verdad, es que siempre fue un misterio para mí. Me gustaría hablar tranquilamente con Ud, sobre este asunto, pero ahora me están esperando para llevarme al médico, nada serio. ¿Podríamos vernos esta tarde? Si quiere le invito a merendar, ya sabe que los curas viejos merendamos siempre una jícara de chocolate con picatostes. Charlaríamos un rato, e incluso me gustaría visitar el hotel, si es posible. Jamás he vuelto a entrar en la Casa, desde que se cerró hace más de medio siglo. Quizá me pueda contar Ud. algo interesante.

Me excusé con la verdad, y es que teníamos hasta las 12 para recoger las maletas y una reserva en firme para esa misma noche en un hotel de otra ciudad.
Hizo un gesto de impotencia y me despedí lamentando no poder ayudarle. Estoy seguro de mientras salía me fue siguiendo con la mirada todo el rato.

Salimos de la catedral y volvimos al hotel a recoger las maletas.

l pasar por recepción, como quien no quiere la cosa, pregunté al recepcionista si habían encontrado la fuga.
—¿Tenía usted una fuga en su habitación?
—Bueno, si, en la habitación de arriba, supongo.
—¿Cuál era la suya?
—La 107. Entrando por aquí en la planta baja a la derecha.
—¡Ah! La capilla… —Pareció dudar. —No, bueno, no se preocupe, a veces es la humedad, que se condensa, que tengan buen viaje.
E hizo como que le llamaban al móvil, se excusó con un gesto y se apartó del mostrador.

Fuera lo que fuese, da igual. Nunca nada es lo que parece.

esendraga, abril 2019

LA PUERTA ENTREABIERTA

El joven bajaba rápido y decidido por la escalera, hablando animadamente por el móvil. Quizá bajaba andando porque eran solamente un par de pisos o quizá porque no quería mantener esa conversación en un ascensor lleno de extraños.

La puerta entreabierta

Empezó a abrir la puerta con energía, pero en cuanto nos vio a través del ojo de buey, se paró en seco y retrocedió un poco en el descansillo para alejarse de nosotros lo más posible. Lo que hablaba no era seguramente para ser oído por extraños.

Al principio, mientras proseguía su charla, miraba de vez en cuando en nuestra dirección para comprobar si estábamos pendientes de él. Pero como parecíamos no hacerle caso se fue relajando poco a poco y se fue concentrando más y más en su interlocutora, porque estoy seguro de que hablaba con una mujer.

La puerta roja, el ambiente hospitalario, el joven hablando en su intimidad: la imagen era irresistible y lo más discretamente que pude saqué esta foto.

Estuvo de charla un par de minutos.
Cuando se separó el móvil de la oreja comprobó en pantalla que la comunicación estaba cortada y, mientras guardaba el aparato en su bolsillo, vi como inspiraba profundamente y entornaba un instante los ojos. Luego, antes de empezar a caminar hacia la puerta entreabierta, se tomó un momento para dejar que se fuera borrando la sonrisa de su cara, e intentó componer esa expresión anodina que se supone hay que tener cuando se pasa entre un grupo de desconocidos, y más si es por un pasillo lleno de enfermos que esperan, preocupado cada uno con su cuita particular.

Al cruzar la puerta para pasar entre nosotros, tenía todavía una media sonrisa en la cara y esa expresión un poco abstraída del que tras un momento intenso todavía no ha bajado del todo a la tierra.

Cuando lo vi un poco más de cerca, no pude evitar que se me contagiara algo de su sonrisa.
Tampoco pude evitar sentir un leve destello de envidia, como una pequeña y plateada estrella fugaz.

Mientras el joven pasaba por delante murmuró un distraído: “Bnas tards”

esendraga, 2019

LAS PERSEIDAS DE 1986

Era agosto, a orillas del Mar Menor, de veraneo, varios primos y mucha playa.
Pues en ese año de 1986 todo iba como siempre con las actividades habituales de las vacaciones hasta que una tarde mi tio Ernesto dijo que esa noche había lluvia de estrellas fugaces. Mi primera noticia de que algo semejante pudiera existir.

SAM_1669 los nietos

Así que pregunté y me explicaron que se llamaban las Perseidas y me describieron más o menos en qué consistía la cosa: y yo me imaginé que sería como un dia de otoño de esos con botas de goma e impermeable, pero que en lugar de gotas de agua iban a caer estrellas muy luminosas y fugaces.

Mi tio nos preguntó a todos los chiquillos quién quería levantarse a las cuatro de la noche para verlas, y claro, todos levantamos la mano. ¡Menuda aventura levantarnos a mitad de la noche para ver cómo caían montones de estrellas!
Como el apartamento estaba casi encima de la playa, nos iríamos al trozo de acera delante de la primera fila de casas y desde allí, miraríamos hacia arriba para ver el espectáculo.
Nos acostamos un poco nerviosos por la novedad y con unas expectativas enormes, así que yo  tardé un poco en dormirme.

Lo siguiente que recuerdo fue que alguien me cogía un brazo y me movía. Se oían voces por el pasillo y junto a mi oreja escuché a mi tio:
«¿Qué, te vienes a ver las Perseidas?»
Pegué un brinco: «¡Claro que sí!»

Como no hacía frío y no nos iba a ver nadie, mi tío pensó que nos podíamos ir directamente en pijama, pero una de las tías, o mi madre o la abuela, no recuerdo, dijo que no, que al menos una rebequita nos teníamos que poner encima.
– «Y nada de chanclas, que se coge frío por los pies».

Así que impacientes y medio adormilados todavía, nos sometimos a los jerseys de diversos tipos y tamaños.
– «Que el relente junto al mar es muy malo»
– «Que, qué locura lo de sacar a los niños a estas horas»
– «Que, a quién se le ocurre…»

Con el follón se había despertado el más pequeño de todos y al ver la movida dejó claro con su llanto que o se venía con la pandilla o no iba a dejar dormir a la parte de la familia que no era aficionada a la astronomía.

Cuando nos asomamos a la calle, no había nadie, las farolas alumbraban los coches aparcados, quietos y silenciosos, y las ventanas y balcones estaban todos a oscuras.
Salimos en fila india, con sigilo, como si estuviéramos haciendo algo prohibido. Mi tío iba delante con el más pequeño en brazos cubierto por una mantita y detrás media docena de chiquillos de diversos tamaños y sexos, todos en pijama corto y por encima jerseys diversos de tallas tirando a grandes, que a alguno le llegaba hasta las rodillas. Yo como el más mayor iba el último cerrando la formación.
Recorrimos los pocos metros hasta el paseo junto a la playa justo cuando llegaban a ese punto dos tipos con las chaquetas al hombro y las corbatas aflojadas como yo había visto que llevaban los hombres al final de la boda de una tía mía.
Los tipos eran un poco raros porque parecía que se fueran a caer y se cogían del brazo como sujetándose el uno al otro. Cuando nos vieron aparecer por la esquina, se quedaron parados mirando, primero a mi tío con el pequeño y su manta, y luego al resto. Cuando pasé yo por delante de ellos me preguntaron: «¿Estáis huyendo?»
Me sorprendió la pregunta y miré hacia atrás por si alguien nos estaba siguiendo, pero la calle seguía vacía y no supe qué contestar.
«Que, ¿a dónde váis?”
«¡Ah!, a ver las Perseidas»

Se miraron uno a otro, se volvieron a coger del brazo y siguieron su camino dando tumbos, mientras yo volvía a mi puesto de responsabilidad en la retaguardia de la marcha.
Mi tío, que había estado atento a la jugada, se volvió desde su primer lugar en la fila y me hizo un gesto como diciendo, «déjalos, no les hagas caso».

Entre la acera y la arena había un pequeño murete, así que mi tío se sentó y nos indicó que hiciéramos lo mismo uno junto a otro. Nos indicó una dirección en el espacio y nos dijo que las estrellas tendrían que venir principalmente por ese lado, así que deberíamos mirar hacia allí y estar atentos.
Cuando miramos hacia arriba resultó que había una farola casi encima. Así que mi tío dijo que teníamos que cambiar de sitio y tuvimos que andar unos cuantos pasos para alejarnos de esa luz anaranjada que no nos iba a dejar ver esos miles de estrellas que iban a llover.

Ahora sí, ahora era el gran momento. Algunos de los pequeños colegas observadores pensaron que era más cómodo tumbarse en el murete, pero yo me quedé sentado abrazando mis piernas y mirando hacia arriba.
Al cabo de un poco, como no veía nada en el cielo, me levanté y me acerqué a mi tío. Me explicó que en ese momento debían estar cayendo no sé cuántas estrellas por minuto, pero que con tantas farolas en la zona había demasiada luz y que sólo íbamos a poder ver las más gordas, aunque no supo decirme cuántas podrían ser.

Para entonces el pequeño en brazos del tío ya se había dormido. Dos de los medianos se estaban peleando porque uno tenía los pies en el punto justo del murete donde el otro quería apoyar la cabeza. Así que los separé y me volví a sentar. De repente uno gritó: «¡Allí!»
Seguí su dedo y no sé si fue real o fue mi imaginación, pero creo que vi una rayita luminosa que se apagaba.

Este mar tan pequeño suele estar en calma total, pero en el silencio de la noche se podían escuchar esas mini-olas, de no más de dos dedos de altura, rompiendo continuamente contra la arena húmeda de la orilla.

El mismo primo de la primera vez volvió a dar una voz señalando más o menos hacia el mismo sitio que antes, pero cuando todos miramos, se empezó a reír, diciendo que esta vez era broma.
Después de abroncar al chistoso, volví a mirar expectante hacia arriba y noté una brisa fresca en la cara. Me di cuenta de la buena idea que había sido ponernos un jersey.

Así estuvimos un buen rato más y entonces la vimos, al menos yo: un punto bien definido, muy luminoso y seguido por una estela blanca, recorrió una gran parte del cielo sobre nosotros.

Increíble. Inolvidable.

Una estrella se había salido de su sitio, había emprendido una escapada, y al final del viaje se había apagado, en silencio.
«¿La habés visto todos?», preguntó mi tío.

Varias voces se escucharon en la noche:
– «¡Yo siii, qué grande!»
– «¿Habrá caído en el mar?»
– «Pues yo tengo sueño»
– «Ésta no, pero la de antes sí»
– «z,z,z,z,z,z»

Yo, la verdad, me esperaba una auténtica lluvia estrellas, de miles de estrellas, y sólo había podido ver una y la cola de otra.

Pero con eso ya tenía bastante hasta el siguiente verano. Y además me estaba entrando un sueño que casi no me aguantaba.

Así que emprendimos la retirada, después de despertar al que se había quedado roque sobre el murete. Mi tío tuvo que volver con dos niños en brazos, y yo llevaba a otros dos de la mano, que caminaban como sonámbulos.
Entonces me di cuenta de que un vecino que estaba fumando en un balcón, nos seguía curioso con la mirada hasta que entramos en el portal.

Habíamos sido los únicos héroes en este mundo capaces de levantarse a las cuatro, ponerse un jersey y salir a la calle para ver estrellas fugaces. O al menos así me sentía yo.

Nadie habló mientras volvíamos. También en silencio, nos quitaron los jerseys y cada uno volvió a su cama después de que hacer un pis.

Lo último que escuché fue murmurar a mi abuelo, mientras apagaba la luz del pasillo junto a mi puerta:
– «Menuda ocurrencia sacar a los críos a estas horas. ¡Hay que fijarse!»

Y esa fue la aventura del verano del 86.

esendraga, enero 2019