UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 2/2)

(La parte 1 está aquí:  https://esendraga.wordpress.com/2020/02/07/un-tipo-como-los-demas-parte-1 )

Quizá existan otros poblados, pero en sucesivas salidas no encontré ninguno más, pero sí grandes extensiones desiertas de bosque con plantas comestibles. Solía buscar un poco al azar, pero acabé pensando que algún final tenía que tener todo aquel bosque.
Así que un día salí muy temprano, avancé en línea recta sin apenas parar durante mucho tiempo y llegué a un muro. Debía ser el límite del territorio, la pared del fin del mundo. De material duro, era continua y se elevaba por encima de los bosques más altos: imposible saltar. Fui recorriendo la pared, buscando una puerta, hasta que llegué a una zona donde el muro estaba hecho de un material que dejaba pasar la mirada. Era extraordinario: yo veía lo que había al otro lado, pero no podía pasar. Estuve mirando con detalle a través del muro, y todo lo que vi fue un espacio muy grande, abierto, de techos muy altos y suelo muy liso, pero no había actividad. Estaba lleno de objetos voluminosos y se veían puertas, por lo que supuse que era un lugar habitable. Una vez se hizo de noche me retiré a la espesura de bosque, comí tranquilamente, yo solo, y dormité hasta que se hizo de día. Fue curioso porque al anochecer llovió, mientras que en mi poblado siempre llovía de noche cerrada. Se ve que esta zona seguía otra secuencia. Todo esto que estaba observando contradecía lo que desde siempre nos habían enseñado sobre que nuestro poblado y nuestros bosques era el único mundo que existía. Otra pregunta más a la que contestar.

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Pensé que la pared-que-dejaba-ver-a-través también dejaría ver desde el otro lado, así que llegado el amanecer busqué un punto con plantas próximas que me permitía observar aquella extraña habitación estando medio oculto, discretamente.
Al cabo de un tiempo aparecieron varios amos, con ropas blancas que parecían puestas encima de otras ropas que eran de diferentes colores. Paseaban, se sentaban y hablaban entre ellos.  También miraban unos cuadrados que tenían luces de colores que iban cambiando. A través de la pared podía escuchar sus voces y su lengua la entiendo porque nos la enseñan de jóvenes.  Pero las conversaciones que tenían estos que yo veía no eran sobre cosas normales y no comprendía gran cosa de lo que decían. Estaban esperando algo, algo que parecía muy importante. Al cabo de un rato, entró otro de ellos por una puerta y empujaba una jaula grande. Me quedé espantado al ver que dentro estaba la anciana con la que yo había hablado en el poblado de los silenciosos. La sacaron y empezaron a preguntarle si había visto algo raro, si había hablado con alguien extraño y cosas así: no podía ser casualidad. La única explicación es que me habían seguido la pista y me estaban buscando. Pero, ¿por qué?, ¿qué había hecho yo?

Supongo que escapar y hacer preguntas quizá era algo que a ellos no les gustaba. Pero en mi opinión yo no hacía daño a nadie, no sé qué tiene de malo. Si tenemos capacidad para hacernos preguntas y para intentar entender el mundo que nos rodea será para que la usemos, digo yo.
Yo sabía que mi conocida del otro poblado no entendía casi la lengua de los amos, así que entre sus pocas entendederas y lo nerviosa que parecía no les pudo dar muchos datos sobre mí. Al final se llevaron la jaula fuera del cuarto.

Uno comentó que tampoco era tan importante que uno de nivel 2 se dedicara a explorar: así podrían investigar hasta dónde eran capaces de llegar los de ese nivel.
¿Qué sería eso de los niveles?

Luego se pusieron a hablar de otras cosas que no tenían que ver conmigo. Esto parecía significar que no era tan importante que yo anduviese haciendo averiguaciones, lo que me tranquilizó.

Se sentaron todos alrededor de una plataforma elevada y  entendí que estaban planeando algo. Uno de ellos, de pie, les señalaba una pared donde aparecían dibujos y colores, y les hablaba de cosas que no entendí como, entes en mosaico, quimeras y otras palabras que yo no conocía, aunque luego he ido comprendiendo.

En un momento determinado el que estaba hablando señaló a la pared-que-deja-ver-al-otro-lado hacia donde yo estaba y me quedé paralizado del susto. Aunque yo creía estar bastante oculto por las plantas, temí ser descubierto, pero por suerte nadie miró en mi dirección, así que me retiré andando despacio hacia atrás para ocultarme un poco más sin remover mucho las plantas.

Pensé que ya llevaba mucho tiempo fuera del poblado y quizá alguien se daría cuenta de que faltaba, así que regresé a casa. De todas formas, incluso cuando había estado días fuera, nadie de mis vecinos se hacían preguntas sobre mis ausencias: mucho mejor, porque esto me daba mucha libertad.

Estuve unos días sin salir. Pensando.
Creo que había llegado el momento de averiguar de una vez por todas qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Seguramente a todo el mundo le llega un momento así. Pero para mí,un tipo como otro cualquiera, no es fácil hacerlo porque significa estar dispuesto a partir de cero, a intentar borrar todo lo que sabes o crees saber, y empezar desde el principio. Y después ya nada puede volver a ser como antes.

Al final decidí que la clave sólo podía estar en los amos, de forma que volví al mismo sitio del otro día, donde la pared-que-deja-ver-al-otro-lado.
No había nadie y esperé hasta la noche. Dormí escondido. Al día siguiente esperé hasta la noche y tampoco nadie apareció. Pero no marché; decidí quedarme allí hasta averiguar algo.
Al poco de amanecer entraron unos cuantos. Se pusieron a hablar todos al mismo tiempo mientras bebían un agua marrón que ponían en unas cosas redondas que sujetaban con sus manos. Algunos de los comentarios que les oí eran tan absurdos como que estaba lloviendo, siendo yo había comprobado que por esta zona sólo llueve un rato al poco de anochecer. Sin embargo debía ser verdad porque algunos tenían la cabeza mojada. Muy extraño.

Este día no tuvieron reunión y cada uno estaba en su plataforma mirando los dibujos y colores en las pequeñas paredes que tenían delante. A ratos hablaban entre ellos, aunque yo no entendía casi nada de lo que decían. Y luego volvían cada uno a sus dibujos y colores.

Al dia siguiente volvieron todos y después de beber el agua marrón, durante bastante rato estuvieron varios sentados delante de la plataforma grande, hablando. Estaban planeando hacer algo, e iba a ser dentro de dos días y que iban a conseguir el nivel 4, el más alto posible. Y yo seguía sin saber qué era eso de los niveles.

Cuando se marcharon me quedé un rato pensativo entre la vegetación antes de regresar, cuando de repente me di cuenta de que alguien me miraba, por entre las hierbas, con unos ojos muy azules. El corazón se me disparó y se me pusieron de punta los pelos de la nuca, aunque me quedé muy quieto, en tensión y preparado para dar un brinco y salir corriendo.

Muy despacio, las hierbas delante de los ojos azules se fueron separando y vi a una joven de pelo rojizo que me hacía un gesto amistoso.

Se fue acercando despacio mientras me decía que estuviera tranquilo. A distancia prudencial se sentó en el suelo y esperó a que yo me repusiera del susto.
Lo primero que dijo fue ¿qué te parece lo que planean los amos?

Otra fuera de la ley, pensé, que también está curioseando. Aunque la habitación de los amos estaba a oscuras y vacía, nos apartamos de común acuerdo lejos de la pared, en la espesura, para hablar tranquilamente. Y nos preguntamos uno a otro, qué sabíamos sobre la situación.

Ella llevaba investigando bastante tiempo, y me había visto ya en dos ocasiones por esta zona. ¡Y yo sin darme cuenta!
Pero había tenido miedo de revelar su presencia y sólo hasta ese día al verme pensativo se había decidido.
Le tuve que pedir que hablara más lentamente porque me costaba entenderla. Su vocabulario también era un poco raro y algunas palabras me eran desconocidas.

Me contó que en su poblado los amos les visitaban a menudo y les hacían un seguimiento personal, y por esto no podía salir tanto como querría.
Me contó que los de su poblado también recibían educación, como en el nuestro, pero debía ser diferente porque conocía más palabras que yo y había conceptos que ella manejaba bien y que yo no acababa de entender. Le pregunté si ella era especial, pero me respondió que en su poblado eran todos parecidos en la forma de hablar.
Para ella yo era la primera persona ajena a su poblado que conocía. Le conté lo del poblado de los poco habladores, y entonces se quedó pensando, porque ella nunca había dado con ningún otro poblado.

Su conclusión es que habría varios poblados con gente ligeramente diferente: uno de poco listos y con dificultades para hablar bien, y otros de gente más inteligente.

Me preguntó qué cosas nos enseñaban de jóvenes en mi pueblo y se lo detallé. Entonces ella, pensando para sí misma, concluyó que al menos habría tres “niveles” de inteligencia. Siendo el suyo el superior de los tres.
Me miró como diciendo “lo siento”, pero no entendí por qué.

Seguimos hablando un rato, y cuando llovió, comentó que en su poblado lo hacía justo al amanecer. ¡Qué raro que en cada pueblo lloviera a una hora diferente!

Ella había llegado a la conclusión de que los amos hacían pruebas con nosotros. Que podían cambiar unas cosas que llamó genes, que llevamos dentro del cuerpo y que cambian nuestra capacidad de pensar, el color de nuestro pelo y otras cosas.
No entendí muy bien la cuestión, y yo estaba interesado en saber más.

Como ambos habíamos oído a estos amos que en dos días pasaría algo, nos despedimos y quedamos en vernos en el mismo sitio dentro de dos amaneceres.

Pasé el siguiente día muy intranquilo: mi mundo, el mundo, no era lo que todos creíamos y todavía nos faltaban muchas cosas por saber.
Dos días después, estaba amaneciendo cuando llegué al lugar acordado, pero no la vi. Sin embargo había llegado antes que yo, pero estaba perfectamente escondida. ¡Qué habilidad para ocultarse, desde luego más lista que yo!

Los dos estábamos nerviosos.
Como todos los días, empezaron a entrar los humanos pero no tomaron agua marrón. Ellos también parecían nerviosos, no paraban de hablar entre ellos. De repente, todos miraron hacia la puerta, que se estaba abriendo, por la que entraron otros humanos llevando una gran jaula. La dejaron y se fueron.

Dentro había cuatro de nuestros semejantes, pero no eran ni marrones como yo ni pelirrojos como mi amiga, sino de pelo gris. Y lo sorprendente es que hablaban el lenguaje de los humanos. Los podíamos escuchar desde donde estábamos. Nuestra lengua no produce sonidos, son gestos y expresiones de la cara pero, ¡estos eran capaces de hacer sonidos como los amos!

Les preguntaron si estaban listos y los cuatro confirmaron que estaban preparados para entrar cuanto antes. Entonces, los humanos les recordaron que tenían que mandar informes y empezaron a acercarse a la pared-que-deja-ver. Nosotros nos alejamos y escondimos un poco más para no ser descubiertos y pudimos ver que en un punto determinado de la pared apoyaron la jaula y se debió abrir un agujero porque los cuatro salieron desde la jaula y entraron en el bosque, pasando a nuestro mundo. Desparecieron entre las hierbas y ya no los vimos más.

La pelirroja y yo nos miramos y vi que ella había comprendido. Me explicó que estos eran como nosotros, pero creados de manera que eran más evolucionados, más parecidos a los amos. Y que ella pensaba que venían a nuestro mundo con alguna misión concreta. Y me temí esto no podría ser nada bueno para nosotros.
Estaba claro que éramos sólo el producto de una combinación que hacían los humanos, y que nos fabricaban a su gusto.

Con estos cuatro super-listos de pelo gris que nos habían soltado, tuvimos miedo de que nos encontrasen y nos despedimos. Si no nos pasaba nada deberíamos intentar vernos de nuevo, más adelante, porque los dos temíamos que nuestro mundo iba a cambiar mucho con la llegada de los nuevos. O quizá no, quizá venían sólo de visita.
Como yo sólo sé contar hasta ocho, quedamos en que nos encontraríamos de nuevo en ese mismo lugar el dia que se cumplieran ocho veces ocho dias desde ese momento.

Ella salió hacia su poblado y me quedé mirando cómo se alejaba. Primero caminó a pasitos cortos moviendo su colita y sus largas orejas, pelirrojas por detrás y rosadas por dentro. De alguna manera supo que la estaba mirando, porque ya a cierta distancia de detuvo, se plantó sobre sus patas traseras y se volvió para decirme adiós con un gracioso movimiento de su hocico. Luego partió a largos saltos.

Y yo regresé a mi pueblo. Empecé a contar los días haciendo montoncitos de piedrecillas. Pero, para que no se perdieran por accidente fui metiéndolas en paquetitos, que cerraba y guardaba en un hueco al llegar a ocho.

Iba por el segundo paquete cuando empezaron a pasar cosas. De repende un dia dejó de haber escuela para los jóvenes. Nadie sabía por qué, pero ya no volvieron a abrir. Esto era muy preocupante y me tenía nervioso e inquieto. No dormía casi y me pasaba el dia de un lado al otro intentando detectar cambios o novedades.
Por esto, a los pocos días y en vista de mi extraño comportamiento mi pareja se fue a vivir a otro sitio y casi dejé de ver a los conocidos y vecinos que me tomaban por un bicho raro.
Unos días después me empecé a dar cuenta de que la suciedad en las calles se acumulaba, mientras que hasta entonces, cada día de mi vida, había amanecido todo limpio.
Cuando llevaba mediado el tercer paquete de ocho dejó de llover y el bosque del que nos alimentábamos empezó a secarse. De momento no nos íbamos a morir de hambre, porque había variedades de hierbas que tardarían mucho en morir, pero esto no podía durar para siempre.
Cuando llevaba contados cuatro paquetitos de ocho piedrecitas cada uno, los de mi pueblo descubrimos una mañana que parte de la valla se había caído y nadie la había repuesto. Nuestro mundo se desmoronaba. Menos mal que sin valla todos podíamos salir a buscar alimento en los bosques circundantes.
Aproveché y fui al poblado de los tontos, para ver si pasaba lo mismo. Me quedé paralizado cuando comprobé, que no había nadie y todo parecía abandonado. Muy mal presagio, pero no dije nada a mi vuelta a casa. Además casi no tenía ya contacto con nadie.
Lo siguiente fue que aunque seguía habiendo dia y noche, la luz era mucho más débil y no era muy fácil moverse por el entorno. La mayor parte de la gente prefería quedarse en sus madrigueras.
Acababa yo de completar cinco saquitos de ocho dias, cuando empezaron a desaparecer vecinos. En dos dias seguidos desapareció casi la mitad.
Llegado este momento ya no esperé, nada me ataba a aquel sitio, allí no quedaba nada que hacer. Aunque todavía faltaban muchos días para mi cita me largué directamente hacia la pared-que-deja-ver. Todo parecía igual que antes. Sólo la hierba más seca y menos luz, como en mi pueblo.

Me hice un pequeño nido en un punto algo apartado del muro. Por allí había todavía hierba bastante fresca y podía esperar con tranquilidad el dia en que vendría mi amiga pelirroja, la de la tribu de los listos.
Otro problema es que cada vez hacía más frío en ese bosque y tuve que traer más hierba seca al nido para protegerme. Sólo salía de mi nido para comer y para echar un vistazo al espacio donde los humanos estaban durante el día. Como siempre, tomaban agua marrón, hablaban y hacían sus cosas, pero todo parecía muy tranquilo. No tenían reuniones, ni se veía entrar y salir mucha gente.

Seguí juntando piedrecitas para no perder la cuenta, esperando el dia, pero un poco desanimado.
Justo el dia en que faltaba un saquito para la cita, mientras regresaba de mi inspección a los humanos entreví no muy lejos, por encima de las hierbas, las puntas de dos orejas largas y pelirrojas. Con precaución me fui acercando, y en efecto era ella. La había encontrado yo antes que ella y los dos nos alegramos de ver una cara conocida tan lejos de casa.
Acomodamos el nido para los dos pero tuve que guiarla. Comprobamos que no todo en su nivel 3 era mejor, ya que su vista era peor con poca luz que la mía, un nivel 2.
Me contó que en su poblado estaba empezando a pasar más o menos lo mismo que en el mío. Pero en lugar de quedarse en sus madrigueras, allí hacían reuniones para decidir qué hacer, respecto a la comida, a las desapariciones y a todos los demás problemas que estaban teniendo.
Pero mi amiga tuvo la misma idea que yo: huir y venir a mi encuentro porque quizá nosotros pudiéramos sobrevivir mejor por nuestra cuenta.

Cuando se hizo de noche tuvimos que parar la conversación porque no nos veíamos los gestos, y ella menos con su peor visión. Nos acomodamos bien juntos porque cada dia hacía más frío. Creo que fue la primera vez desde hacía tiempo que dormía bien, y a ella le pasó lo mismo; el calor de tener alguien al lado nos confortaba de todas las preocupaciones y en cierto sentido nos daba esperanzas.
Esperamos unos días por ver si había novedades entre los humanos, pero hablaban de otros asuntos, que no parecían relacionados con nosotros.

Nos alejamos de allí, buscamos un rincón en el bosque donde asentarnos, al menos temporalmente, y encontramos un lugar en el que por alguna razón hacía menos frío y las plantas seguían creciendo. Había una variedad de flores azules, muy apetitosas y que parecían aguantar bien este ambiente. Nos hicimos la mejor madriguera que pudimos y sin tener ya adónde ir, allí nos quedamos.

Hace mucho que dejé de guardar cada día piedras en saquitos: he perdido la cuenta del tiempo que hemos estado juntos, tiempo que ha sido la mejor época de mi vida. He aprendido mucho, hemos compartido, hemos discutido, que no disputado.
Hemos vivido.
Cada conversación ha sido una ventana a un mundo desconocido, y un continuo desafío para mi el intento de comprender muchas de las cosas que ella me ha contado. No hemos tenido hijos, lo que es raro porque entre nosotros es frecuente tener muchos, pero es igual.
Ahora ya es igual.

Ahora ambos compartimos la intuición de que el fin está cerca. Llevamos mucho tiempo juntos y el mundo se reduce a nosotros dos. No hemos buscado a otros, no nos hacen falta, y además quizá ya no haya otros como nosotros. Tampoco nos hemos topado con los grises super-listos que vimos meter en el bosque.
Si alguien nos creó, nos vigiló y nos cuidó hasta un cierto momento, ahora es seguro que estamos abandonados a nuestra suerte. No sabemos si somos los últimos habitantes del bosque, pero tampoco nos importa.

Da igual. Ambos estamos de acuerdo en que una vida es una vida, hagas lo que hagas. Y que no va a haber otra. En la nuestra hemos tenido de todo: primero fue tranquila y divertida, luego inquieta, peligrosa y agitada. Y cuando todo parecía perdido, hemos encontrado la paz.
Ahora da igual cómo sea el final, no nos importa. Ha merecido la pena.

esendraga, febrero 2020

Según Wikipedia:

La ingeniería genética en plantas no comenzó hasta prácticamente los primeros años de la década de los ochenta.

En la actualidad los científicos han producido entidades tan extrañas como los organismos “en mosaico”, formados por una mezcla de células de especies distintas. Se han creado embriones quiméricos de cabra y oveja, rata y ratón e incluso, recientemente, de conejo y humano (no se permitió que estos últimos se desarrollaran más allá de unos pocos días).

En los últimos años, en el Reino Unido se ha permitido la creación de embriones quiméricos para la investigación en células madre. Hasta ahora, el animal sólo aporta un puñado de genes, en torno al 1% de los presentes en el individuo.

Estos embriones deben destruirse, por ley, a los 14 días.
Al menos en teoría…

 

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 1/2)

Vivimos en un poblado rodeado de bosque, de donde sacamos todo lo necesario para vivir.
Llevamos una vida tranquila, no hay peligros cerca, el ambiente es agradable, ni calor ni frío y siempre llueve en el bosque un rato a medianoche.
En el poblado nos conocemos casi todos aunque de vez en cuando vienen individuos de fuera, normalmente muy jóvenes, pero se integran rápidamente y, al cabo de un tiempo es como si fueran vecinos de siempre.

Soy un tipo normal, llevando una vida normal. Tengo amigos, vecinos, una pareja y en general mi modo de vida es como el de los demás.

Cuadro de Hulda Hakon www.huldahakon.com
(Cuadro de Hulda Hakon  http://www.huldahakon.com )

De todas formas, siempre he creído que yo era algo especial, en cierto sentido. Aunque al mismo tiempo pensaba que no hay nadie realmente “normal” porque todos tenemos nuestras rarezas y nuestras particularidades.

Por otra parte, como grupo social que somos, también nos pensamos que somos únicos, que nuestras costumbres, nuestra forma de comunicarnos es diferente a todas las demás y nos parece la buena, siendo las demás raras y como sucedáneos de la verdadera y más elevada cultura, que casualmente es la nuestra.
Pero en este mundo en que vivimos las cosas no son siempre lo que parecen.

Nosotros no salimos casi nunca del área del poblado, primero porque en general no somos muy curiosos y además porque rodeando nuestro bosque hay una valla.
Cada vez que llego hasta la valla, límite de nuestro territorio, tengo curiosidad por saber qué puede haber más allá. Hace ya mucho tiempo fantaseaba con saltar para visitar el exterior. Trepar por la valla resulta imposible, no hay donde agarrarse. Y siempre nos pareció demasiado alta para poderla saltar. Creo que nadie lo había intentado nunca en serio.
Como me gustan los desafíos, llevo tiempo practicando salto en el bosque. Me refiero a salto de altura. Tengo buenas piernas, como todos mis congéneres, pero esto de saltar hacia arriba, no lo hace nadie, no hay tradición ni afición.

En rincones apartados del bosque estuve intentando diversas técnicas de salto, al principio, la verdad, sin muchas esperanzas de mejorar lo suficiente. Pero llegó un momento en que encontré una forma de impulsarme que, con poco esfuerzo, me permitía saltar mucha más altura de la que me parecía posible cuando empecé. Estuve practicando y perfeccionando el salto durante meses hasta que, hace unas semanas, lo intenté con la valla y conseguí pasar al exterior. Me quedé tan sorprendido que volví a saltar adentro inmediatamente, porque siempre se nos ha dicho que escapar no era posible y además estaba prohibido.
Al día siguiente lo hice varias veces para estar seguro de que podía hacerlo con soltura, pero volví al pueblo como si tal cosa, y esperé una semana para ver si alguien se había enterado y me decían algo.
Como parecía que nadie se había enterado, decidí salir de exploración. Me levanté antes del amanecer y salté. Caminé un trecho y el paisaje resultó similar al nuestro. También hay bosques de herbáceas, aunque más altas que las nuestras y son mucho más extensos que nuestro territorio. Están recorridos por caminos semejantes a los nuestros, sólo que éstos no parecen muy transitados.

Siempre ha habido comentarios de la gente acerca de que no estamos solos sino que hay otros grupos semejantes en otras áreas y eso es lo que yo quería encontrar.
En las primeras salidas no tropecé con nada interesante, así que a la tercera o cuarta salida me decidí a llegar más lejos que las veces anteriores…
Y tuve suerte, pues finalmente he descubierto uno de esos grupos.

Explorando por uno de los caminos me encontré con un individuo rubio, le saludé y en contra de lo que es nuestra costumbre ni siquiera me respondió. Me acerqué, le volví a saludar y esta vez sí respondió. Pero al dirigirme a él me respondió con un lenguaje que al principio no entendí. Le pregunté dónde vivía, y me miró con cara de no haberse enterado de mi pregunta, porque repitió el mismo saludo que había hecho anteriormente. Ahora me pareció entender que era un gesto amistoso, pero no respondió.
A las siguientes preguntas que le hice me siguió mirando sin entender. Le pregunté si vivía sólo, si eran muchos en su poblado o si eran todos los demás semejantes a él. Pero creo que ni se enteró de lo que le preguntaba.
Me miraba todo el rato con cierta curiosidad, pero con cara de no entender. Desesperado de no conseguir nada, ya me iba a despedir cuando me dijo algo que entendí clarísimamente aunque se expresó mal: que iba a comer comida. Y a continuación entendí que me invitaba a acompañarlo. Dije que sí y fuimos caminando. Parece que nos expresábamos en el mismo idioma pero como si su vocabulario fuera muy reducido. En breve llegamos a un poblado, pero nos detuvimos en las afueras en una especie de comedor. Allí, sin decir palabra, compartimos unas raciones.
Cuando acabamos, entendí que me invitaba a acompañarlo. Por la forma de expresarse pensé que quizá era un individuo con alguna minusvalía, con algún problema físico que le impedía expresarse normalmente. Pero la verdad es que por su comportamiento un poco rudimentario y la forma tan zafia en que comía, más bien me pareció que sería algún problema mental.

Cuando llegamos a su poblado, entramos caminando y él no dijo a los demás nada de mí, que hubiera sido lo normal, pero es que pasé totalmente desapercibido. Nadie parecía fijarse en mí, lo que me extrañó. Pero lo más extraño es que el resto de la gente se parecía a mi nuevo amigo: no hablaban y miraban con expresión como ausente. Sin embargo se saludaban entre ellos muy frecuentemente pero sin palabras, sólo con breves besos. Y como mucho vi sólo expresiones muy simples y cortas como “quiero comer” o “me voy”.
Un poco raros, también en otros aspectos. Por ejemplo, nosotros en nuestro poblado no nos ocultamos especialmente para tener sexo, pero en general no lo hacemos en público. Sin embargo ya en las primeras calles vi a varias parejas, como la cosa más normal a la vista de todos.

Le pregunté a mi amigo porqué la gente no hablaba y como era de esperar no me entendió. Me separé del él sin despedirnos siquiera, y estuve paseando un rato buscando a alguien con aspecto de entenderme. Entre ellos se saludaban con besos a menudo, pero nadie se acercó a besarme a mí, supongo que porque me notaban algo diferente o simplemente no me conocían. Ese primer día ya era tarde, así que no tuve tiempo de mucho más. Regresé rápido a casa, pero no dije nada a nadie sobre mi excursión ni sobre mi hallazgo.

Los siguientes días no dejé de pensar en lo raros que eran esos medio-vecinos.
Nosotros somos muy expresivos, nos saludamos incluso de lejos, aunque con los más allegados también nos besamos. Hablamos mucho entre nosotros, nos contamos cosas, nos reunimos, compartimos la comida, cotilleamos. Somos realmente muy habladores y por eso me resultaba tan extraño el comportamiento de esos “vecinos lejanos” que había conocido.

A los pocos días busqué la ocasión y regresé al poblado de los silenciosos e inexpresivos. Seguí el camino de la vez anterior y el panorama que encontré fue semejante. No parecían peligrosos en absoluto, así que abordé a unos cuantos viandantes, y todos parecían tener las mismas limitaciones de mi primer conocido: ni entendían lo que les decía yo, ni siquiera parecían pensar, ni apenas hablaban, y si lo hacían eran sólo unas pocas palabras sueltas, referidas casi siempre a necesidades muy básicas. Había una gran proporción de jóvenes, pero no parecía haber centros de formación porque estaban todos correteando y jugando por las calles, entrando y saliendo de los portales.

Yo me preguntaba cómo podía haber un poblado no muy alejado del nuestro con gente tan diferente y tan limitada mentalmente. A mediodía, hora de la siesta, las calles se vaciaron casi del todo. En vista de que no iba a sacar nada, pensé en regresar y olvidarme de estos sosos e ignorantes, cuando me di cuenta de que una mujer de avanzada edad me estaba mirando desde una esquina. Su mirada era diferente de la del resto de la gente. Desde lejos, me hizo un gesto, indicándome que me acercara.
Nos pusimos a hablar en un rincón y ella miraba constantemente alrededor, como con temor de que alguien nos viera. Hablaba mi lengua aunque le costaba expresarse: usaba frases simples y un vocabulario bastante pobre, pero nos entendíamos. Me había visto intentado hablar con varias personas y me había estado observando. Me dijo que había vivido en un poblado donde hablaban como yo. Por los detalles que me dio, deduje con seguridad que se trataba de mi poblado. Entendí que ella había nacido allí, pero que siendo muy joven la habían traído a éste otro, donde llevaba viviendo desde entonces.
Parece que el motivo del traslado es que se expresaba muy mal y no cumplía los estándares de nivel mental requeridos en su lugar de origen o sea, mi propio lugar.
Me contó que los de su nuevo poblado la habían recibido con indiferencia, tal como yo he visto que hacen con los forasteros. Ella era la única de aquí que hablaba algo más que las cuatro palabras básicas. De hecho me confesó que hacía muchísimo tiempo que no hablaba con ningún semejante. Le propuse que viniera conmigo porque se encontraría más a gusto con gente menos primitiva, a lo que contestó con expresión de temor que de ninguna manera porque le habían prohibido regresar. Incluso tendría problemas si se llegara a saber que había hablado con un forastero.

Aunque se la veía atemorizada, me acabó contando que había tenido descendencia con un individuo  local y que una de sus hijas había resultado de gran inteligencia. Explicó que cuando la joven empezó a demostrar sus habilidades la deportaron. Pensé que quizá a mi poblado porque esto encajaba con lo que yo había vivido. Recuerdo que las personas que venían a mi pueblo, eran siempre jóvenes y NO venían con sus padres. Y el caso es que recuerdo la llegada de alguna chica, pero creo que nunca vino ningún chico joven. Ahora lo entendía: los “tontos” que mandaban fuera se iban con toda la familia y los “listos” que venían lo hacían solos. Aunque luego se quedaban al cargo de alguna familia local y se integraban rápido.
Me confirmó que la gente de este poblado son muy simples de pensamiento, y además de que no saben casi hablar entre ellos, no entienden en absoluto el idioma de los amos.
Me confesó que ella misma nunca llegó a conocer bien esa lengua, que todos nosotros entendemos perfectamente.

O sea que en mi lugar originario, aquellos que presentan un nivel de desarrollo mental bajo, ¿los destierran?
Esta fue mi conclusión, porque ella no era capaz de enlazar lógicamente estos conceptos y sacar conclusiones de carácter general. ¿Era esto de las deportaciones una práctica habitual?
Recuerdo a un compañero de escuela, que iba un poco retrasado en las clases y que un día desapareció, junto con sus padres también. Siempre se dijo, y lo creímos, que habían marchado a otro lugar en busca de una escuela adecuada. Ahora pienso que quizá fueron deportados como  le había pasado a esta mujer.
Estaba claro: mi pueblo es de los hablantes/pensantes y el otro es de los limitados o directamente subnormales. Pero, ¿qué nos hace diferentes?
Estuve bastante rato con la amable anciana, hasta que llegó un momento en que por las calles empezó pasar cada vez más gente y ella se puso tan nerviosa que me di cuenta de que ya no podía sacar mucha más información. Me despedí cortesmente quedando en regresar en otra ocasión para tener otra charla. Y salí del poblado de la manera más discreta posible.

Tenía que averiguar algo más, así que durante las siguientes semanas hice nuevas salidas de exploración…

(Continua en parte 2/2. )

esendraga, febrero 2020

 

AVE. TENGO UN MENSAJE PARA LA SEÑORA DE LA CASA

«Día previo a las kalendas de abril»

Llaman a la puerta y abre el niño, que llega hasta la entrada desde el fondo de la vivienda, corriendo detrás de su aro con el palo guía en la mano.
Es un desconocido que dice:
—Ave, traigo un mensaje para el amo de esta casa.
—¡Madre, es un hombre que trae un mensaje! —dice girando la cabeza hacia el interior, sin abandonar su posición en el umbral ni soltar ni el palo ni el aro.
—Dile si puede salir —Sugiere el hombre en voz  baja.
—¡Mamá, que si puedes salir!

Ave

Desde dentro se oye:
—Dile que pase, que tengo las manos ocupadas.
—Que dice que pases —Retransmite el niño, mientras franquea el paso al señor que ha llamado.
El desconocido inicia la entrada sin decir nada.

El niño cierra la puerta detrás de él pero rápidamente se pone delante y le antecede en la marcha por el pasillo. Llegan al patio interior y junto al pequeño estanque, lleno a rebosar, hay una mujer agachada recogiendo con un cántaro el agua de lluvia. Tiene otro cántaro, que debe estar lleno, húmedo, plantado junto a la pared. Un poco más allá hay en el suelo, en un rincón, un caballito de juguete un poco tosco hecho de madera, con una rueda en cada pata y un cordel como ronzal para tirar.

Cuando la mujer levanta la cabeza se sorprende al ver que el forastero ya está dentro. Deja la vasija en el suelo y se endereza. Hace un gesto muy natural para poner en su sitio la fíbula, que se le ha descolgado dejando el hombro al descubierto cuando se ha agachado con los cántaros. Se encara con el recién llegado un poco azorada, pero cuando habla, su voz es firme.
—Ave, forastero, ¿qué se te ofrece?
El forastero la mira, ve su sencilla túnica, se fija en la vulgar anilla de madera que se acaba de recolocar bien sobre el hombro y piensa que está frente a una criada.
—Ave —responde —quiero hablar con el señor de la casa.
El niño, rápido de reacción, se pone al lado de su madre y dice muy seguro:
—¡Mi madre es la señora de esta casa!

El forastero lo mira a los ojos, y luego de arriba abajo a la madre, que le devuelve la mirada muy seria. No es una niña pero no tan mayor como para hablar y comportarse con esa seguridad, y más si es una criada, como él supone. Bastante guapa, por cierto, piensa.
—Mira, no es mi intención molestar pero quiero hablar con el dueño de esta casa, así que por favor llama a tu amo y dile que tengo una cosa importante que decirle.
Madre e hijo se miran como si no entendieran. El hijo da discretamente un pequeño paso lateral y se aproxima al costado de la madre que al notarlo junto a ella, sin prisa, le pasa el brazo sobre los hombros.
—Mira, forastero, esta es mi casa y te pido que si tienes algo que decir lo hagas ya, o si no, márchate de inmediato.

El forastero se queda dudando, mira alrededor. Es una casa de las afueras, de un tamaño medio y no especialmente lujosa, pero bastante nueva. Este primer atrio con el impluvium no está mal, con un bonito mosaico en el fondo del estanque. Y estirando el cuello entrevé al fondo, a través del pasillo, un peristilo bastante elegante. También ve cómo asoma de la cocina con curiosidad una mujer de edad, muy morena de piel con un pañuelo en la cabeza, una criada africana seguramente.

AveMosaico
La señora de la casa, incómoda, retoma la palabra:
—No sé si eres siervo u hombre libre, pero si traes un mensaje serás un mensajero, así que sal por donde has entrado y dile a quien te manda que te enseñe modales, y si el mensaje es importante que mande a otro.

El forastero, que al principio le sostenía la mirada, mira ahora hacia abajo. Él es nuevo en esta zona de las afueras y no quiere indisponerse nada más llegar.
—Te pido perdón, señora. ¿Podría hablar con tu esposo o el hombre de la casa?
—Te digo que esta casa es mía —aquí hace una pausa para ver el efecto de esta afirmación tan categórica, y continúa con voz un poco más suave —y te repito que des media vuelta ahora mismo y salgas de aquí.
El forastero se da cuenta de que va por mal camino.
—No soy un mensajero, soy un ciudadano… No estoy acostumbrado a que una mujer sea la dueña de una casa como ésta… —dice en tono como de excusa.
La mujer lo mira, y mira luego a su hijo que eleva la mirada hacia ella.
—No sé si aceptar lo que dices como una disculpa, pero intenta decir lo que tengas que decir y podremos terminar esta conversación de una vez

Al hombre no le hace gracia que le hable así una mujer. En su entorno se limitan a callar y otorgar, pero ésta se cree alguien.
—Mira, hace poco he comprado una finca cerca de aquí y quiero hablar con los propietarios de este lado del valle y hacerles una propuesta, que seguro será de su interés.

Ahora, la señora, mentalmente concuerda lo que dice el forastero con algo que le contaron días atrás. Este debe ser quien ha comprado la casa de un compañero de su marido, que ha marchado con la familia para vivir en Britania, por cierto lo más al norte del imperio. Le dijeron que el comprador era un artesano rico de la ciudad que había decidido dejar el trabajo y vivir de rentas, como un señor. Y que estaba moviendo los hilos para cambiar el camino común que pasa junto a las fincas.
—Entiendo —dice la señora — Pues te diré que en esta zona son muchas las casas de soldados casi todos oficiales de la legión, que han quedado al entero cargo de las esposas, así que si vas a vivir por aquí, ya te puedes acostumbrar a tratar con mujeres. Dime exactamente qué es lo que quieres.
—La verdad es que como no es nada urgente, preferiría esperar a que regrese tu marido.

Al oir mención a su marido la señora aprieta suavemente el hombro de su hijo antes de demorarse un momento y contestar:
—Pues en verdad te digo, que para ser nuevo aquí, has empezado mal. Deberías haberte informado antes de venir a mi casa. Mi esposo murió como un héroe en la batalla de Lugdunum, así que si quieres algo, piénsalo mejor y vuelve otro día. Ahora me permitirás que siga con mis asuntos.

El forastero no es un hombre refinado, pero se da cuenta de que no tiene más remedio que ceder ante esta mujer, así que murmura una despedida, se da media vuelta y sale por donde ha entrado.

El niño mira hacia arriba, hacia su madre. Ella sigue con semblante serio viendo cómo el hombre sale de la casa. Está cansada de que mucha gente no acepte que ahora ella es la responsable de todo, de la casa, de su hijo, de los siervos, del campo, y no piensa tomar marido ni nada parecido sólo para tener un hombre que responda por ella.

Luego dulcifica el semblante y baja la mirada hacia el chiquillo. Le sonríe mientras apunta con la ceja en la dirección por donde ha desaparecido el visitante y le dice con seguridad:
—Se va tener que acostumbrar a tratar conmigo y con todas las mujeres que están al cargo de sus haciendas. Ya verás cómo éste vuelve… Bueno, no vendrá él, yo creo que mandará seguramente a un criado para convocar una reunión o pedir una cita.
Luego añade con un guiño:
—¿Cuánto de apuestas?

El niño sonríe porque sabe que su madre es más lista que cualquiera, así que se despreocupa inmediatamente del asunto, lanza su aro y sale a la carrera otra vez. La madre toma los cántaros del suelo y ve a la cocinera asomada todavía a la puerta de la cocina.
—¡No seas cotilla y vuelve a lo tuyo, Bruna, aquí ya no hay nada que ver, el circo ha terminado!

«Tercer dia previo a los idus de abril»

Cuando llaman a la puerta, están la madre y el hijo haciendo unas sumas con el ábaco, sentados en una misma banqueta uno junto a otro, a la sombra. Ella tiene gran empeño en la educación de su único hijo, y el niño aprende rápido porque lo toma todo como un juego.

Cuando se oye la aldaba el niño sale como un rayo hacia la puerta mientras la madre lo sigue atenta con la mirada.
El muchacho abre e identifica inmediatamente a quien llama como un criado, y éste ya empieza a recitar como un papagayo:
—Ave, traigo un mensaje para la Señora de la casa.

El niño piensa que esto es un buen cambio respecto a la visita de días atrás. Como él ya sabe de parte de quién viene, tiene instrucciones detalladas que su madre le ha dado para el caso: se yergue todo lo que puede para parecer mayor y le pide al visitante que le exponga el asunto. El criado no duda y repite la instrucción que trae:
—Mi amo pregunta si la Señora tendría a bien recibirle mañana, a la hora de undécima, para tratar con ella de un importante asunto.
El niño responde muy educado.
—Gracias por el mensaje. Dile a tu amo que la Señora no recibe visitas después de la hora de nona. Dile que si le viene bien, lo esperará a esa hora.
El criado se queda un poco sorprendido de que un niño a las órdenes de una mujer le diga a su amo cuándo puede o no puede ir a ningún lado, pero él no es quien para pensar: asiente, toma nota mental, se despide y sale e buen paso camino abajo.

Cuando el muchacho cierra y se gira, ve a su madre que lo ha oído desde el patio y se sonríen mutuamente.
Mientras el niño vuelve a su taburete la madre, como quien no quiere la cosa, comenta:
—¿No te lo dije? Ya has visto cómo ha cambiado nuestro nuevo vecino. Con sólo conocernos ha pasado en poco más de una semana, de venir avasallando a pedirnos permiso para venir. Y ya verás cómo esto es sólo el principio.

El niño percibe que hay un posible conflicto en ciernes, pero no entiende el trasfondo de algunas cosas de los mayores. En cualquier caso, confía plenamente en su madre y sabe que ella resolverá cualquier problema que se presente.

Recoge el ábaco, mira con cuidado la posición en que quedaron los cálculos y pregunta:
—Madre, teníamos aquí un IV. ¿Querías que le sumara III?

La madre asiente. Y el niño apoya el dedo índice en el primer cálculo negro de la primera columna y mientras piensa un instante, va aumentando la presión sobre la pieza de mármol hasta que en el momento en que se siente seguro del movimiento, con sólo un pequeño empuje la fuerza acumulada en su dedo baja la pieza de repente dando un golpe seco contra el travesaño central, que resuena en el patio. Y enseguida su pulgar empuja con seguridad hacia abajo los dos últimos cálculos blancos.
Muy seguro de sí dice:
—¡A que lo he adivinado!
Ella lo mira pensativa, le recuerda mucho al padre y quiere creer que cada día se le parece más. Y le sonríe.

Ella espera que el mundo de su hijo sea diferente, sea mejor.

esendraga, octubre 2019

SON LAS 01:10. LA UNA Y DIEZ

—¿Qué más? —Pregunta. Nadie le responde.
—¿Qué más? — Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con una bolsa de plástico llena de tomates de pera.
Su mujer medio se ha despertado y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…
No abre los ojos, pero se queda un momento quieto y se sitúa mentalmente; pues no, no está en su parada del mercado, sino en su cama,  en su casa.

Pasqual
A tientas lleva su mano hasta la mesa de noche y aprieta el botón central del móvil, que ilumina la habitación. Lo gira un poco hacia sí y lee 01:10. La una y diez.
La luz de la pantalla se apaga a los pocos segundos y le deja grabados en la retina los dígitos durante un momento. Tenía puesto el despertador a la 01:45, pero se ha despertado antes de la cuenta.
Su mujer se ha vuelto del otro lado y respira profundamente. Quizá él pueda dormir un poco más. La casa está en silencio, sin más ruido que los crujidos que, de vez en cuando, hacen el tejado o las vigas al contraerse por los cambios de temperatura. Aguanta cinco minutos en la cama, pero se convence de que ya no va a poder dormir. Además, ayer no tuvo tiempo de barrer por dentro la caja del furgón. Bueno no tuvo tiempo o le faltaron las ganas. Esta media hora le puede venir bien si la aprovecha. Podrá salir temprano hacia el mercado de abastos, porque él es de los que gustan de llegar pronto. Hay menos compradores, puede aparcar más cerca de los muelles y cree que llegando temprano puede conseguir mejor mercancía a mejores precios. Aunque sabe que no siempre es así, pero de todas maneras prefiere llegar temprano.

Está cansado. Se acostó antes de las diez y cayó redondo, como una piedra. Pero sabe que tres horas de sueño no es suficiente y que necesitaría un rato más de descanso. Hasta cumplir los cincuenta llevaba bien lo de dormir poco, pero ahora ya no es lo mismo. Hace siesta casi todas las tardes, pero no llega a recuperarse por completo.
En cualquier caso, respira hondo, se encuentra bien, se hace el ánimo y se levanta con cierto cuidado para no despertar a su mujer.
Sale y cierra la puerta. En la última reforma de la vieja casa de sus padres, construyeron junto a su dormitorio una especie de antesala, como vestidor y con acceso a un cuarto de baño. Entra, orina, se lava la cara y las manos, y se pone desodorante. Se suele duchar por la noche para no perder tiempo por la mañana. En un cajón tiene camisetas y pantalones cortos amontonados por separado. Casi sin mirar coge la primera prenda de cada bloque y se las pone. Bajo una silla tiene las zapatillas deportivas. La billetera, el carnet y un pañuelo están siempre en un platito de cerámica que vino de algún sitio o que alguien les regaló, nunca lo ha sabido.

Baja a la cocina y se pone en un vaso todo el café que queda en la cafetera. Su mujer toma un buen tazón antes de acostarse y le deja e él la mitad para la mañana. Abre la caja de las galletas y saca un par. Hoy toca mercado en Castelló y el bar cercano hace buenos almuerzos, de forma que repondrá fuerzas allí a media mañana. Mientras desayuna, abre la puerta que da al porche, se asoma y mira la noche. Es agosto y todavía se nota el calor del día anterior. Pero desde las montañas costeras, a su espalda, llega algo de brisa relativamente fresca. Se agradece, porque ha visto la previsión en la tele y en cuanto amanezca empezará a hacer calor, que a partir de las 9 ya será agobiante, igual que todos los días de verano.
Frente a él, en línea recta, después de pasar su huerta y sus naranjos, y más allá de varios kilómetros de naranjos de otros vecinos, y después de la autopista y después del pequeño poblado de veraneantes y después del paseo y después de la playa, está el mar. De día se ve hermoso y brillante desde esta terraza. Ahora con luna nueva, ni se adivina el mar, porque el sol todavía está muy abajo y faltan varias horas para que se anuncie el alba. Debe estar amaneciendo en la India o en la China, piensa Joanet, mientras se termina el café y se quita con la mano unas migas de galleta que se le han quedado en las comisuras de los labios.

Deja el vaso en el fregadero, sale, cierra la puerta y se acerca a la huerta para cortar el agua de riego que dejó abierta anoche antes de acostarse. Luego va hasta el lateral de la casa donde el portón de la cochera está abierto. Sube por detrás al furgón y barre bien el suelo, apartando varias pilas de cajas vacías que tiene que llevar, unas para cargar mercancía y otras que una vez apiladas en el mercado le servirán de base para su puesto de venta.
Saca unos cuantos basquets con género diverso de una cámara refrigeradora que tiene al fondo, y las sube al camión de una en una, tomando impulso. Está empezando a sudar y sólo son las dos.

Pesca con los dedos las llaves del camión del interior de un bote oxidado que siempre deja junto a la caja de herramientas. Antes de salir, comprueba que lleva su libreta con algunas notas y se palpa la billetera llena en el bolsillo lateral.
Tiene una hora de camino hasta el mercado mayorista.

Ha llegado bastante pronto, como le gusta. Aparca en el sitio que mejor le viene, toma una carretilla y descarga las cajas vacías. El mercado está en una zona de las afueras, un poco elevada sobre Castellón de la Plana y se ven diversas luces en la llanura que hay hasta el mar y a la derecha, la ciudad, dormida todavía. Aunque ahora Joanet se fija en el horizonte y cree adivinar un primer reflejo de amanecer.
Bajo la luz verdosa de los fluorescentes, va directo al mayorista que trae los mejores kiwis, esos de Nueva Zelanda, porque sabe que no trae muchos y le vuelan de las manos.
Después va recorriendo sus proveedores habituales, aunque él no se casa con nadie. Lleva toda la vida siendo labrador y comerciante, de forma que conoce bien todos los productos. Elige con buen ojo lo que compra y si el precio no le gusta, se patea el mercado entero hasta encontrar la mejor opción porque él conoce a su clientela y sabe lo que le piden: producto sano y sabroso, aunque no tenga aspecto extraordinario de primerísima clase, y a un precio razonable.

 Su padre sucedió al abuelo vendiendo sólo frutas y verduras de su propia huerta. Al abuelo lo conocían por Joan y a su padre, que salió alto y corpulento, le pusieron Juanot.
Así que a él, tercer Joan de la saga, le tocó Joanet. Incluso ahora con la cincuentena ya cumplida, todo el mundo lo llama así.

Hasta los años 70 casi todo lo que vendían era de cosecha propia, pero llegó una época en que la clientela empezó a pedir frutas que no se crían aquí. También se puso de moda preguntar por productos fuera de su temporada “normal”.  Y para atender, en parte al menos, esa demanda empezaron a comprar a otros productores de la región aquello que les faltaba. Y pocos años después ya iban con frecuencia al mercado de abastos.
Cuando su padre se jubiló, él se quedó al cuidado de la tierra y se hizo cargo de la parada y de todo lo demás.
Desde que murió el padre tiene poco tiempo para el huerto y sólo cultiva cuatro cosas; el resto es todo de abastos. Preferiría dedicarse más al campo, siempre le ha gustado, pero tiene que mantener casa y familia. Ahora los precios en origen son tan bajos que sólo sobreviven los productores masivos. Cuando tiene en la parada tomates propios, pero también otros comprados, muestra los suyos orgulloso, los pone en valor y los cobra algo más caros porque son “del terreno”.

Revisa su lista. No se ha dejado nada, salvo melocotones buenos, que no ha encontrado porque la cosecha en Calanda y región ha sido muy escasa y lo que hay en el mercado no le ha gustado: «Para llevar un producto que no me gusta, mejor nada: que la gente tome nectarinas y ciruelas, que este año son buenas, baratas y muy dulces. Y vitaminas tienen las mismas».

Después de cargar todo en el furgón ya tiene calor. Se acerca al pequeño bar del mercado y pide un zumo bien fresco. Le da igual de piña o de cualquier otra cosa que, sea lo que sea sabrá como a algo artificial.
Cuando llega al recinto del Mercado semanal ya hay colegas del sector alimentación montando sus paradas, pero los demás madrugan menos: los gitanos con sus telas, ropas, zapatos o abalorios; los moros con baratijas o juguetillos y los negros con correas y bolsos. Algunos payos, que se dedican a ferretería y accesorios de cocina o a las lámparas, tampoco son muy madrugadores igual que los que venden ropa infantil de marca. La verdad es que la clientela de este tipo de productos llega en general pasadas las 10.

Así que Joanet monta rápido su parada, y antes de acabar ya tiene una clienta esperando.
—¿Joanet? ¿Qué no pones número hoy? —Le pregunta señalando el gancho donde cada lunes cuelga el rollo de cinta con los numeritos para el turno.
Sii, ya pongo el rollo de los números, piensa Joanet. Si está sola y es la primera, ¿para qué quiere coger número?

Hay una primera oleada de clientes madrugadores que vienen incluso mucho antes de las 8. Cuando empieza el calor, a eso de las 9, se reduce un poco la afluencia. Joanet cree que los madrugadores, a esa hora, ya han comprado y los tardones todavía se deben estar levantado.

Su hija tiene que venir a ayudarle, pero todavía no ha llegado. Empieza a estar un poco harto, porque la moza llega siempre más tarde de lo convenido y no tiene un ímpetu en el trabajo como tiene su abuela. Algunas veces la madre de Joanet viene con él para ayudarle, y mueve más mercancía la anciana que la joven, y además atiende mejor a la clientela. Pero estos días de calor no quiere que venga, porque es muy mayor y acabaría agotada.
Los clientes toman número y se van acumulando a la espera.

—Joanet, ¿tu hija no viene hoy?
—Si, pero la juventud ya se sabe, va a su aire, no se compromete.

Al final, casi a las 9  llega la joven, que no viene demasiado fresca porque anoche salió con los amigos y está un poco dormida. Y además de eso, viene cansada y aburrida de una hora de carretera, que a estas horas tiene ya bastante tráfico.
Joanet casi ni la saluda al llegar. Y si lo piensa es por dos razones: porque no le apetece saludar a esta hija que ayuda poco y gasta mucho, y para intentar que ella se dé cuenta de que no le sienta nada bien que llegue a la hora de los señoritos.
Es consciente de que pasar varias mañanas a la semana atendiendo en un mercado puede que no sea del gusto de la juventud. Pero su abuela y su madre ya lo hicieron y no recuerda que protestaran. Y además, es sólo en verano, cuando no tiene clase en la universidad. Joanet cree que es lo mínimo que le pueden pedir a esta hija que, por lo demás, él piensa que vive como hija de millonarios: estudios, coche, salidas, caprichos…

Cuando baja un poco la afluencia son ya las nueve y media. Echa cuentas y hace ocho horas que tomó un café con galletas. Le dice a la hija que siga ella, que va a almorzar.
Alguna clienta habitual, protesta de que deje a la chica sola porque sabe que va a tener que esperar su turno más de media hora, seguro.
Pero Joanet dice:
—Oiga, ¡que somos personas! Me he levantado a la una y media y creo que tengo derecho. No se preocupen que no me entretengo.

Se toma una cerveza sin alcohol con un buen bocadillo de atún con olivas y pepinillos, acompañado con un platito de cacahuetes: no sabe por qué motivo, pero le gusta la combinación. El bocadillo chorrea un poco de aceite cuando le mete el primer bocado. La mancha en su camiseta prácticamente no se nota, porque se mezcla con algo de tierra de las cajas de patata que ha descargado, y de jugo de unas ciruelas demasiado maduras que ha chorreado de un basquet cuando lo cargaba en abastos.
Así que se acaba tranquilamente el bocadillo y no deja ni uno solo de los cacahuetes en el platito. Termina con un carajillo de ron. No suele tomar alcohol pero estos carajillos quemados están buenísimos y como los queman bien deben tener ya poco etílico.

Paga y se vuelve a la parada, aunque de camino se para un momento para hablar con otro agricultor del pueblo que también tiene parada: sobre lo mal que va el negocio y sobre el calor que hace. También se detiene en el puesto de un gitano que se dedica a frutas y verduras y que cuando vivía su padre les compraba parte de la producción. El gitano le pregunta si no planta ahora judías verdes para vender. Joanet le dice que las judías le daban mucha faena y que ahora no tiene tiempo. Sólo ha dejado unas cuantas matas para casa.

En su parada la cantidad de clientes es la misma; menos mal, otras veces se ha encontrado más gente al volver de almorzar de la que había cuando se fue.
Tiene calculado que su hija atiende a una velocidad como la mitad que la suya. Hasta su madre de 80 años es más rápida.
Pregunta por qué número va el turno y una clienta habitual le muestra el que corresponde.
Se le nota contenta de que le sirva el propio Joanet y no la joven, tan seria y lenta.
La cliente pide dos kilos de pimientos rojos: él coge bolsa pequeña de polietileno y la va llenando con los frutos brillantes. Como cientos de veces al día, tiende la bolsa por encima de otras mercancías y pregunta:
—¿Qué más?
—Seis o siete plátanos —Responde la clienta.
Mientras los va tomando de la caja para meterlos en la bolsita, ve que hay uno con un extremo demasiado maduro, y cuando ya ha metido los seis buenos, toma el estropeado en la otra mano. Pesa la bolsa y después mete el defectuoso en la bolsa junto a los demás y le dice a la clienta:
—Mira, este te lo regalo que tiene un lado muy maduro.
Lo aprendió de su padre. Otros verduleros prefieren colar como buena la mercancía algo estropeada mientras que otros prefieren tirarla directamente a la basura y subir un poco los precios. Las amas de casa aprecian que no les cuelen malo por bueno y les complace llevarse una patata o un pepino más, si es gratis, aunque sólo puedan aprovechar un trozo.

—¿Qué más?
—Nada, ya tengo todo.
Joanet totaliza en la báscula, saca el ticket de la compra para entregarlo a la cliente, pero lo mira con duda de si lo ha marcado todo. La vista cansada le obliga a alejarlo un poco más para ver bien el detalle y le pregunta a la señora:
—Llevas cinco cosas, ¿verdad?
La clienta mira su carro y asiente. El verdulero sonríe y le tiende el ticket.
Joanet ve que la señora lleva dos niños, deben ser gemelos, que están agarrados uno a cada lado del carrito de la compra. Le ofrece regalar una fruta a cada uno y le pregunta a la madre. Ésta, piensa un momento y responde que dos peras pequeñas, gracias.
—¡Dad las gracias a este señor!

No para de servir y no sabe muy bien qué hora debe ser. El calor húmedo es agobiante y el bulto de clientes que espera, cada uno con su numerito en la mano, no se reduce.

—¡Ah, y dos kilos de tomates de pera!
Cuando le tiende la bolsa al cliente pregunta, como siempre:
—¿Qué más? —Pero nadie le responde.
—¿Qué más? —Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con la bolsa de plástico llena de tomates de pera.

Su mujer se despierta y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…

Mira la hora en el móvil, y son otra vez las 01:10. La una y diez.

esendraga, septiembre 2019

UNA NOCHE DE PERROS

Cuando alguien me pregunta en qué trabajo digo que soy funcionario: es genérico y es poco comprometido. Si después de esta respuesta me siguen preguntando tengo que decidir si voy a decir una mentira aproximada, la verdad o sólo parte de la verdad. Y esto depende de una larga serie de consideraciones, que un día me dediqué a escribir y sistematizar para tener las ideas claras. Pero al final no hay más remedio que guiarse por la intuición del momento y no por el diagrama de bloques que dibujé sobre papel cuadriculado.
Cuando alguien conoce finalmente mi profesión, suele preguntar que cómo he llegado aquí. Y es buena pregunta porque hasta que entré en el cuerpo jamás se me hubiera ocurrido que esta podría llegar a ser mi ocupación profesional.

De crío me gustaba la naturaleza, los animales y las plantas. Y sobre todo lo relacionado con el mar.

Noche de perros

Fue una suerte vivir en un sitio especial como este, que tiene cerca un mar interior tan interesante como el Mediterráneo y al otro lado un océano tan grande como el Atlántico, lo que me ofrecía posibilidades extra para desarrollar mis aficiones.
Pero aunque en la adolescencia me empezó a interesar la psicología  y me leí cantidad de libros sobre el tema, el buceo y la navegación eran mi pasión.
Así que a la hora de elegir estudios no tuve duda: Ciencias del Mar. Y en Cádiz, que estaba cerca de casa.

Una vez acabada la carrera estuve embarcado nueve meses en un pequeño oceanográfico, experiencia de lo más interesante. Luego, estuve buscando trabajo mientras tenía empleos esporádicos como buceador en el puerto: reparaciones, recuperación de material y cosas así. Había pasado más de un año y de lo mío no estaba encontrando nada, hasta que un amigo me habló de una convocatoria de la policía para el grupo especial de operaciones, GEO. Mi experiencia como buceador profesional era un tanto a mi favor, y tener un título universitario y buena forma física eran factores que también contaban. Me tiré unos meses empollando, me presenté y saqué plaza.
Tras un par de años por tierras de interior, haciendo misiones de todo tipo y buceando pantanos, conseguí plaza cerca de casa.

Soy un tipo normal, vivo en un piso pequeño pero agradable y soleado, me he casado hace poco, felizmente como podría decirse, tengo mi hipoteca y mi SUV, que es de segunda mano por si alguien quiere saberlo. Hago mi trabajo lo mejor que sé y estoy relativamente satisfecho con el tipo de ocupación que tengo y con el sueldo correspondiente, aunque a veces hay misiones quizá demasiado duras para lo que nos pagan.

Pero esto no tiene nada que ver con lo que me sucedió el invierno pasado y que ahora quiero contar.
El asunto empezó una noche de perros en que llovía sin parar, hacía un frío pelón y viento racheado desde el océano. Yo hubiera preferido quedarme en casa calentito pero me convocaron para una misión en colaboración con la Agencia Tributaria a desarrollar en el propio puerto de Algeciras. A media noche tenía previsto su arribo un porta-contenedores procedente de Colombia que, como es de esperar, traía contenedores, pero nos dijeron que iban vacíos. ¿? Luego pensé que de alguna manera han de volver a origen los que se van llenos… Bueno esto son disgresiones, y en todo caso este asunto es competencia de los aduaneros.
La cuestión es que teníamos que estar listos para ir al agua nada más atracara el barco con el fin de inspeccionar el casco en busca de algo raro.

En el muelle bajo la lluvia nos pusimos los trajes; probad a enfundaros en un neopreno en esas condiciones y veréis qué desagradable. Preparamos todo lo necesario y los cuatro buceadores esperamos la llegada del barco. En cuanto entró en puerto salimos con la lancha. Y en cuanto atracó le mandaron parar motores y en cuanto paró el último de los zumbidos y ronroneos nos dieron la orden de saltar, quizá de forma precipitada. Íbamos a hacer la inspección por parejas y yo, que iba en la primera, fui el primer buceador en echarme al agua. La noche no empezaba bien porque la lancha, empujada de costado por el viento y sin espacio para maniobrar, casi me estruja  contra el barco. Aparte del susto, no pasó nada y finalmente fue la otra pareja la que empezó la inspección.

Recorrerse por debajo un casco de 200m de largo y casi 40 de ancho, buscando en su superficie cosas sospechosas no se parece en nada a lo que me gusta que es disfrutar de la vida desbordante del mar, con buena luz. Ver los miles de bichos y vegetales diferentes, observar sus formas y sus comportamientos es algo fantástico que me hechiza. Una de las inmersiones más bellas que recuerdome fue una entre miles de medusas. Y os puedo asegurar que ver esas maravillas de cerca es muchísimo mejor que ver eso mismo en un documental.
Pero volviendo a la noche de marras, la primera pareja acabó su cuarto de hora sin encontrar nada sospechoso.

No es la primera vez que hago este tipo de inspección, pero no es fácil moverse bajo el casco, mirando hacia arriba casi todo el rato, en una posición que no es natural con el agua tan turbia que no se ve un pijo (terminología marinera) y que para ver algo tienes que acercar la nariz al hierro oxidado con tu linterna en ristre. Además el agua te mueve constantemente de un lado a otro a casi 15 metros de profundidad y el turno de inspección de un cuarto de hora se hace eterno.
Ya empezaba a estar cansado cuando llegamos a una rejilla de toma o salida de agua que miramos con detenimiento. Al fondo había un bulto negro. En la otra rejilla simétrica también había algo.

Al final, después de tres inmersiones equipados con herramientas abrimos cuatro rejillas similares y de dentro sacamos un total de cuatro bolsas grandes de lona plastificada. Resultaron pesar unos ochenta kilos cada una, que debajo del agua eran manejables. Pero que en el aire pesaban como muertos y nos costó un huevo subirlas a la lancha. Sobre todo en las condiciones penosas de oscuridad, viento, lluvia y cansancio acumulado después de casi dos horas de inmersión.

Al arrastrar una de ellas sobre cubierta se enganchó en algo y se rajó la lona, dejando al descubierto lo que nos imaginábamos: los típicos paquetes de cocaína tamaño ladrillo. Y fue curioso porque a la luz de las linternas vimos que estaban envueltos en plástico de diferentes colores, cosa que era la primera vez que yo veía. Un arco iris de ladrillos, qué gusto más refinado tiene esta gente.
Recogimos de cubierta algunos que se habían salido y al llegar a muelle nos ayudaron los de aduanas a subirlo todo a tierra.

Una vez entregada la carga aprehendida, volvimos a bordo a recoger el equipo. Fue casualidad que bajara yo el último y fue casualidad que mi linterna alumbrara un bulto negro, brillante por el agua, del tamaño de un ladrillo junto a mi bolsa mientras guardaba en ella mis gafas de buceo. Lo tomé y lo levanté en el aire mientras me giraba para gritar a los de aduanas que se dejaban algo. Pero cuando miré hacia el muelle estaban todos a lo suyo, bajo la lluvia, guardando los trastos con ganas de irse a casa; les grité pero nadie me oyó. Casi sin darme cuenta metí el ladrillo en mi bolsa, cerré como si tal cosa y subí. Los de aduanas ya se habian largado y yo iba a decir a mis compañeros lo que me había encontrado, pero al final me callé. Montamos todos en la furgoneta y partimos hacia base.

Algunos se durmieron en cuanto el vehículo arrancó pero yo, entre el cansancio y el nerviosismo, no podía apartar los ojos de la ventanilla, mirando obsesivamente el trozo de línea blanca del arcén que alumbraban los faros de la Mercedes. Quería pensar cómo hacer, qué hacer. Pero, ¿hacer qué?
De entrada, no tenía por que preocuparme de que nadie echara en falta un paquete de entre los trescientos kilogramos que sacamos del casco, así que por ese lado no había problema. Pasarlo de la bolsa del equipo a mi mochila de diario, tampoco era problema. Pero ¿y LUEGO?

En casa no andábamos mal de pasta, pero si pudiera quitarme algo de la hipoteca y quizá cambiar el coche por uno nuevo, no estaría mal. Y si teníamos un hijo el próximo año, seguro que nos vendrían bien unos recursos añadidos. Pero todo esto me llegaba a la mente como flashes, no eran pensamiento racional porque ahora me doy cuenta de que en aquel momento la materia gris la debía tener medio congelada y demasiado mareada para funcionar.
Por supuesto que de esto ni una palabra a Dora.

Al llegar a base sólo tenía claro cómo sacar el paquete en mi mochila, eso no era problema. Lo que pasara después era una nebulosa.
Ya en la seguridad relativa de mi coche, la lluvia seguía cayendo. Dejé la mochila sobre el asiento del pasajero y conduje hasta mi casa, acojonado perdido, mirando a cada momento el escudo de mi club de buceo en forma de llavero que iba penduleando colgado de la cremallera. Cremallera que daba paso a mi tesoro.
Todo esto sin saber qué pensar, la mente en blanco.

Creo que llegué sin incidentes porque a esas horas de la madrugada, pronto todavía para que la gente fuera a trabajar, no había casi tráfico y el camino me lo sabía de memoria.
Cuando aparqué en el garaje de la finca, me quedé un momento sentado. ¿Subo el paquete a casa o lo dejo en el coche?
Como aparco siempre de culo a la pared, no era arriesgado abrir el maletero para ver dónde podría dejarlo. A las cinco de la madrugá sería raro que bajara alguien al garaje y en cualquier caso los vecinos ya saben que entro y salgo a horas raras, de forma que empecé a mirar dentro, sin perder de vista la puerta que da a la escalera.

Junto a la rueda de recambio había como una ranura de dos o tres dedos de ancho en la chapa del fondo. Este hueco debía tener su función en otro modelo, pero en mi coche estaba libre. El parking desierto y yo casi oculto entre el portón y la pared, aflojé la tuerca que sujeta la rueda, la aparté un poco y acomodé el paquete que se quedó como encajado en el hueco: sólo se veía su lomo negro brillante casi oculto una vez puesta la rueda en su lugar. No resaltaba mucho sobre la chapa del fondo. De todas formas dejé caer encima un trapo sucio de grasa y tierra que debía haber dejado por allí el anterior dueño. Cerré todo como estaba y arrimé el coche hasta la pared por seguridad, para hacerlo más difícil si a alguien se le ocurría intentar abrir el portón trasero.

Como ya me había duchado en la base, me desnudé y me acosté intentando no hacer ruido, pero Dora levantó un momento la cabeza y dijo algo así como me alegro que estés aquí, no ha parado de llover.
Sólo respondí con un beso en su hombro y se volvió a dormir en el acto. Yo traté de hacer lo mismo, pero la cabeza me daba vueltas. No sé cuánto tiempo pasó, pero sin darme cuenta, perdí el sentido. Ni soñé ni nada.

Al día siguiente tenía libre y me desperté bien tarde. El cielo estaba azul, el sol en todo lo alto, Dora trabajaba y no vendría hasta la tarde.
Desayuné rápido y en lugar de ir al gimnasio que hubiera sido lo normal, decidí ir al lavar el coche y echarle combustible.
En el área de lavado y aspirado había otros desocupados aseando sus coches; yo era uno más limpiando el interior del suyo y no llamaba la atención. Después de darle con la manguera a presión, lo aparqué de espaldas a un muro y a la luz del día abrí el portón: todo normal. Levanté la tapa de la rueda de recambio y no se veía nada, ni siquiera sabiendo dónde estaba aquello. De todas formas me entró un poco de flojera al pensar qué pasaría si alguien me encontraba aquello, e intenté analizar las probabilidades.
Mi mujer usaba este coche muy raramente y aunque, por casualidad de casualidades, tuviera que cambiar la rueda sería difícil que pudiera descubrir la cosa. Encendí la linterna del móvil  y con luz directa sí se veía el asunto si se miraba desde un lado. Cerré el coche y entré en la tienda de la gasolinera, sin perderlo de vista a través de las cristaleras. Compré un juego de dos alfombrillas rectangulares multiuso. De vuelta a mi maletero puse una de ellas debajo de la rueda de recambio, encima del bulto, pero siendo nueva cantaba demasiado. Puse las nuevas en el suelo de las plazas traseras y las dos usadas las puse en el fondo del hueco de la rueda de recambio, una a cada lado. Desgastadas y llenas de polvo, quedaban perfectas, como si hubieran estado allí desde la matriculación del carro.

¿Caso de accidente? El ladrillo quedaba tan bien encajado que no creo que se saliera de su sitio y menos con la alfombrilla y la rueda encima.

¿Si me robaban el coche? Pues sería mala suerte perder el coche y el paquete, pero tenía que correr el riesgo porque esconderlo en casa no era una opción y no tenía otro sitio posible.
Primer paso resuelto.

Comí ligero y me senté a ver la tele. Pensaba dejar que se enfriara el asunto, y sobre todo que se enfriara mi cabeza. Aquello estaba allí bien guardado y no tenía ninguna prisa en darle salida. Esperaría un tiempo, tantearía a gente y vería qué hacer.

En lugar de preparar la cena, que era lo normal en dias así, fui paseando a recoger a Dora a la salida del trabajo, cosa que no hacía a menudo. Dimos una vuelta y tomamos algo por el centro, todo de lo más normal. Pero Dora notó algo, me tomó la mano encima de la mesa del bar, y mirándome directo a los ojos me preguntó si iba todo bien. Si, claro, por qué lo preguntas. Nada, me pareció que estabas raro. De verdad que va todo bien.

Al día siguiente, cuando me dijeron que la coca que encontramos en el barco tenía una pureza del 95%, me quedé más preocupado porque la venta sería más difícil, pero aún así intenté volver a la tranquilidad de mi vida normal, de funcionario normal y casi lo conseguí durante un tiempo. Aunque Dora me mantenía en observación, porque notaba algo raro. Sabe que mi trabajo es arriesgado, a veces llevamos tiempo en tensión preparando una operación determinada,  y eso afecta a mi estado de ánimo. Así que yo me notaba observado, pero no me volvió a decir nada: mujer inteligente que tengo.

Yo estaba casi estaba normal, salvo que vigilaba el coche muy a menudo aunque no tuviera que usarlo y me aseguraba dos veces de que estaba todo bien cerrado antes de dejarlo. Convencí a mi mujer de que el SUV estaba un poco viejo y usábamos el utilitario que ella compró de soltera, si teníamos que ir a algún lado. El mío solo aparcaba en casa y en el patio de la unidad.
Pasaron varias semanas y yo seguía sin saber cómo dar salida a mi paquete. Tuvimos una operación en que detuvimos a unos camellos de medio pelo. Uno de ellos quedó libre por falta de pruebas, pero seguro que estaba metido en el ajo. Me quedé con sus datos para poderlo localizar y ver si me compraba el paquete.

Desde una de las pocas cabinas de teléfono que quedan en funcionamiento, le llamé una tarde. Pero entre el miedo y la vergüenza no supe cómo empezar y colgué. ¿Cómo puede ser que un tipo como yo, acostumbrado por trabajo a meterme en la boca del lobo no soy capaz de decir a un macarra, tío, tengo algo que te puede interesar, te dejo una muestra en tal sitio y si te gusta te paso una cantidad mayor por un precio razonable?
¿Era por responsabilidad social? Pues no: si no hubiéramos encontrado nosotros la carga en el barco, ahora habría trescientos kilos de coca purísima en circulación, envenenando a esa gente que quiere vivir muriendo poco a poco. Si yo ahora, por una vez en la vida, aportaba una pequeña fracción de esa cantidad no era un grave problema ni se iba a notar en ese mercado.
Esto es lo que yo me decía, claro.

Decidí que me tenía que relajar, olvidar el bulto. Los días que libraba, aparte de gimnasio hacía algo de yoga para buscar un poco de serenidad.
Todo iba bien, la vida era casi normal hasta que Dora me vino un día con una sorpresa, la de que estaba embarazada. Los dos lo queríamos y fue una alegría. Pero a mi, no pude evitarlo me dio la llorera, con sollozos y todo.
Mi reacción espontánea fue tan llamativa que la futura madre, que ya sospechaba, supo en ese momento que a mí me pasaba algo serio.
Negué y negué, era el estrés del trabajo, cosas mías, que no se preocupara, que estaba muy contento por el embarazo, que la quería mucho, que teníamos que ir pensando en posibles nombres, que teníamos que asear y amoblar adecuadamente la habitación pequeña junto a la nuestra y que no se preocupara que pronto todo iría mejor.

Los siguientes dias intenté ver el asunto con objetividad: realmente no había prisa, el ladrillo estaba en lugar seguro y su valor de mercado se iba a mantener o incluso aumentar. Mi mujer y mi futura hija nunca se enterarían, pero esto se tenía que solventar cuanto antes, no podía seguir en tensión, con esa cosa bajo la rueda de recambio.

Me armé de valor, me hice un plan y volví a llamar al camello: ahora el número no pertenecía a ningún abonado. Vía muerta, cagoentó.

Una tarde dije en casa que tenía una misión y salí por la noche para recorrer zonas de venta y trapicheo. Gafas de pasta, talco en la barba para parecer un viejales, gorra de propaganda de Alcampo, un pendiente llamativo de esos que se sujetan con un imán y para completar, unos zapatos y una gabardina viejos. Después de recorrer dos barrios diferentes durante casi dos horas no fui capaz de abordar a ningún malaje de aquellos: no me da miedo asaltar una guarida de delincuentes armados, o bucear en una charca asquerosa y oscura, pero me cago encima de pensar en proponer un trato ilegal a un desconocido. Desde luego no valgo para ciertas cosas.

Y tomé la decisión.
A los pocos días hubo una misión de buceo que iba a tener lugar de noche a unas millas de la costa. Antes de salir de casa para ir a la base saqué la cosa y la metí en el fondo de mi mochila envuelta en mi toalla azul. Durante el trayecto pasé un cangue terrible porque era de día, hora punta de salida de los colegios, con mucho tráfico, viento y lluvia. Y me parecía que la mochila llevaba encima un farol giratorio indicando a todo el mundo: “estoooy aquíii”.
Pero milagrosamente llegué sin que pasara nada.

En los vestuarios pasé la abultada toalla azul desde mi mochila a la bolsa del equipo de buceo.
En la lancha me coloqué a babor en el banco más cercano a popa, detrás de mis compañeros y esperé a que fuera de noche cerrada. Viento y lluvia, otra noche de perros. Comprobé que en la lancha todos miraban hacia adelante, íbamos rápido, pero aún quedaba un rato de navegación. En la oscuridad abrí la cremallera, saqué el hatillo de la toalla azul, agarré de una punta e intenté que el ladrillo se deslizara discretamente por la borda. El ladrillo cayó, pero la toalla se me soltó y voló. ¡Vaya!, era una buena toalla y ya hacía años que me acompañaba. No pasa nada.

Pero cuando ya faltaba poco para llegar, se me ocurre mirar hacia atrás, y resulta que mi toalla azul no está perdida en el océano, sino que, orgullosa, flamea enganchada en el palo de la bandera junto a la enseña nacional, iluminadas ambas por la luz de popa. Hay que joderse quién les manda poner el palo de la bandera justo en ese sitio. A ver cómo explicaba yo que se me había volado la toallita, si alguien la veía.

Me volvía a cada momento y la toalla seguía allí. Además, me parecía que cada vez más enganchada en el mástil. Estaba ya de los nervios cuando cerca del punto de destino la lancha viró bruscamente. Miré hacia atrás justo a tiempo para ver cómo la toalla se desenganchaba y desaparecía en la oscuridad del mar, a nuestra espalda.
Respiré hondo y aprecié en mi cara la frescura de la lluvia y de los fuertes rociones. De repente me pareció que el mundo se iluminaba. Todo volvía a tener color, aunque en ese momento, en medio de aquella noche de perros mis ojos sólo pudieran ver una negra noche de perros. Pero podía oler el mar, notar el sabor salado en mi boca, oir el rugido de los motores y entrever a lo lejos las luces borrosas de la costa. Es como si hasta ese momento hubiera estado sordo y ciego. Y noté cómo mi corazón, poco a poco, volvía a latir como un corazón normal, como lo hacía antes de esta locura.

Pensé en mi futura hija. Me voy a emplear en que ya desde pequeña aprenda a amar la naturaleza y a disfrutar del mar. Pero sobre todo me gustaría que de mayor le vaya todo bien, y que no le asalten ideas peregrinas, como la que yo tuve. No quiero que se quede sorda y ciega por una locura. Quiero que siempre pueda verlo todo en colores.

esendraga, agosto 2019

UN TRABAJO BIEN HECHO

Muchas personas trabajan en una profesión concreta no porque la hayan elegido, sino porque diversas circunstancias los han llevado hasta donde están. Éste no es mi caso porque yo siempre quise dedicarme a lo mismo que mi tío Jesús, lo he conseguido y estoy encantado.
Y como es lo que me gusta, intentar hacerlo bien me parece la cosa más natural.

En general, las personas que han podido trabajar en lo que les gusta disfrutan con ello y suelen tener un desempeño superior.
Para el resto, los que no han tenido la suerte de poder elegir, lo más habitual es que lo hagan por obligación y lo desarrollen con el mínimo interés necesario para no ser despedidos. Yo creo que esto es lo que pasa a la mayoría de los 19 millones de personas que trabajamos en este país. Lo que resulta en problemas personales y sociales graves, porque estar 40 horas semanales o más según los casos, haciendo algo a disgusto es muy duro.

Pero, cualquiera que sea  el trabajo, si encima se hace regular o mal, es un auténtico desastre para todos. He conocido gente de ésta. Para ellos parece que en horario laboral se reservan las neuronas para que no se gasten, quizá pasa usarlas en su tiempo libre: se levantan con el cerebro a ralentí, llegan al trabajo al ralentí y así siguen hasta la hora de salida. Como no he trabado amistad con ninguno de estos no puedo asegurar que, en cuanto fichan a la salida, su cerebro se active y tengan un buen nivel de coordinación y agilidad. Tiendo a dudarlo porque la materia gris necesita entrenamiento y rodaje, y creo que a este tipo de gente le suele gustar mucho la tele, por lo que si a las 8 horas de relax laboral-cerebral, le sumamos desplazamientos nos salen, pongamos, 9 horas. Si añadimos de media unas 3 horas de anulación mental televisiva, suman 12.
Digo yo que no les quedará tiempo para entrenar la neurona y luego hacerla funcionar.
(Propongo el tema para los neuro-científicos como interesante caso de estudio, pero creo que estoy derivando de lo que quería contar)

Volviendo a la gente que no ha elegido su dedicación, hay muchos casos en que una vez empiezan a trabajar le cogen el gustillo y se convierten en grandes profesionales.

El ejemplo más cercano es el de Sento, uno de mis mejores amigos, compañero de colegio de la infancia, que ha acabado siendo taxista. De niños yo no tenía claro a qué me gustaría dedicarme, pero él sabía que quería ser piloto de avión: le gustaban la física y las matemáticas, y era el más inteligente de la clase, con diferencia. Y además se entusiasmaba por los libros, por los tebeos y por las películas de aventuras donde salieran aviones o naves espaciales. Cuando acabó el bachiller resultó que los cursos de piloto eran muy caros, se hacían fuera de nuestra ciudad y su familia no se los podía costear. Su padre era taxista y lo que ganaba no daba para estudios y estancia en otra ciudad para del tercero de cuatro hijos.

Así que al final del bachiller como Sento no podía estudiar lo que quería y yo no quería estudiar nada de nada en especial, él y yo mano a mano nos tiramos al monte como quien dice. Estuvimos casi un año en Mallorca, de camareros y acumulamos sólo unos pocos ahorros pero un montón de experiencia en muchos terrenos gracias a la cantidad de extranjeros que tuvimos ocasión de conocer, y en concreto a gracias a la amistad y generosidad de muchas jóvenes liberadas europeas.

Cuando nos cansamos de hacer de camareros y de relacionarnos con extranjeras, recorrimos plan mochila gran parte de la península durante unos meses que recordaremos toda la vida. Pero, como todo lo bueno, se acabó demasiado pronto. El padre de Sento se puso enfermo y no podía hacerse cargo del taxi, así que mi amigo tuvo que volver.

Pasado un tiempo, se acostumbró al trabajo de taxista, y aunque yo sé que lleva dentro su pequeña frustración de no ser piloto, resulta que le ha acabado gustando. Y creo que lo hace bien: se estudia los trayectos para optimizar las rutas, lleva dos o tres pantallas con navegadores, información sobre el tráfico y un sistema de medición que, según me dice, le indica las presiones y ese tipo de cosas de cada parte del motor. No sé muy bien a qué se refiere, pero dice que le ayuda a controlarlo todo en su coche. Lleva siempre el taxi niquelado, su neverita con botellitas de agua para ofrecer a los clientes, pañuelitos de papel y como tiene sitio en su monovolumen  lleva siempre una silla especial para niños por si hace falta. ¡Ah!, también lleva cargadores para móvil y dice que va a poner wifi gratis. Y en verano pone cortinillas laterales para que a los clientes no les dé mucho sol. O sea, que no ha elegido ese trabajo, pero le gusta y lo hace bien. Pero lo más importante de todo es que, las pocas veces que nos vemos, lo veo contento.
Me alegro mucho por él.

Y es que de vez en cuando se encuentran personas, trabajadores, que lo hacen realmente bien. En el comercio, en la sanidad, en la enseñanza, en todos los sectores hay gente seria, pero no hace falta que sean profesiones muy sesudas. Todos hemos topado con un camarero, de esos no muy jóvenes, pero activos, directos, amables, que se dan cuenta de que la mesa 3 necesita reponer pan, mientras toman la comanda de la 7. Y casi sin parar en su camino hacia cocina sacan del bolsillo del delantal un sobrecito de sacarina para el café de la señora de la 17.

Siempre cuento el caso de un albañil que nos hizo una obra en casa hace años: tenía para cada tarea los gestos medidos, los desplazamientos por la obra eran óptimos matemáticos, el material necesario en cada momento estaba siempre a mano: lograba un nivel 10 de acabado en cada detalle y todo sin perder ni el tiempo ni la compostura. Ver trabajar al tal Toni era un verdadero espectáculo. Se merecía ganar más que un ministro. ¿Qué digo que un ministro? ¡Más que un furbolista!

Cuando yo era crío, no tenía aficiones claras, pero sabía que quería ser como mi tío Jesús. Yo no conocía bien en qué consistía su trabajo, pero fantaseaba con ser como él. Además los dos compartíamos nombre, que había sido el de su padre, a la sazón, mi difunto abuelo. Mi tío no contaba nada y de la familia nunca conseguí que me explicaran su trabajo, pero yo lo veía siempre contento y satisfecho, sin prisas, sin agobios. Se movía con agilidad y precisión, siempre con una sonrisa. No se había casado, pero tenía su coche, y su piso. Venía a nuestra casa en navidad y a veces acudía a mi cumpleaños con algún regalo. Yo quería ser como el tío Jesús, aunque a mis padres no parecía caerles bien. Pero me resultó difícil seguir sus pasos porque llegó un momento en que se fue a vivir a la capital y le perdí la pista.

Cuando llegó el momento de elegir estudios pregunté a mis padres qué debía elegir para dedicarme a lo mismo que el tío, si letras o ciencias. Y me dijeron que no me preocupara por él y que eligiera lo que más me gustara. Como no conseguí más información elegí letras que parecía más fácil.
Acabé a trancas y barrancas la enseñanza obligatoria, y ese mismo verano me piré a Mallorca con Sento.

Cuando mi amigo tuvo que volver, a mí no me apetecía nada regresar a casa de mis padres, y decidí buscar a mi tío Jesús a ver si podía trabajar en su negocio. Recurriendo a otros parientes al final lo encontré. Me acogió de maravilla en su casa, y compartimos unos días en que me enseñó la ciudad y paseamos parques y museos; pero se escurría cuando le preguntaba por su trabajo.
Pasaron los días y llegó el momento en que se hizo patente que estas vacaciones con mi tío favorito no podían ser indefinidas. Una tarde, sentados en un andén desierto, esperando el metro, me soltó: “Mira chaval, ya tienes edad para saber a qué quieres dedicarte, si quieres dedicarte a lo mío, tienes que ser muy bueno”. Como yo insistía, me echó un sermón intentando desanimarme: que tenía sus peligros, que sólo sobrevivían los buenos profesionales. Que no era un oficio con futuro, porque las nuevas tecnologías iban a cambiar en unos pocos años el mundo y la sociedad…

Todo me daba igual, si él era bueno, yo sería igual o mejor; si la tecnología cambiaba, nos adaptaríamos. Si se acababa el trabajo en un sitio, nos iríamos a otro.
Así que al final se rindió, pero sólo se comprometió a tenerme en período de prueba como aprendiz.

La primera lección fue sobre la seguridad, me dijo que era lo principal.
La segunda era no dejarse cegar por el éxito. En todos los negocios hay a veces buenas rachas, pero ya se sabe que rendimientos pasados no garantizan beneficios futuros. Eso decía mi tío.
Y como lo principal es la seguridad, resulta preferible reducir las pretensiones y no correr riesgos.

En tercer lugar, no esquilmar los recursos. En una industria extractiva como ésta, el abuso es pan para hoy y hambre para mañana.

Y por último, la importancia del trabajo en equipo que ha de estar coordinado y bien avenido. Cuando funciona bien multiplica por muchas X la seguridad y la eficacia del conjunto.

Con los años, me he dado cuenta de que estos principios que mi tío descubrió por sí mismo en el ejercicio de la profesión, resultan ser válidos para casi cualquier otra actividad humana.

Estuve como aprendiz un tiempo y mi tío me repetía: “Jesusín, no te olvides que la seguridad es lo primero”.
O bien: “Jesusín, no abusemos, aquí nos ha ido bien, dejémoslo por hoy”

Llegué a tener un nivel de competencia casi tan alto como el suyo y me quedé con él varios años: éramos el mejor equipo de trabajo en lo nuestro. Y a mí me encantaba aquella vida.

Y siempre recordaré a mi querido tío Jesús diciéndome: “Jesusín, respeta a la gente. Una cosa es robar carteras a quien tiene dinero, y otra arruinar a la pobre gente. Recuerda que los ladrones somos gente honrada”.

Fué una desgracia, un verdadero golpe de mala suerte, pero ya sólo falta un año para que lo suelten. Ahora me he especializado en el tema informático y como él también está estudiando por su lado, espero que volvamos a hacer equipo. Es más divertido y eficaz trabajar en equipo que en solitario.
La tecnología ha cambiado, pero tengo unas cuantas buenas ideas. Creo que nos espera un brillante futuro.

esendraga, julio 2019

LOLA

Todo el mundo la llama Lola, aunque en realidad se llama Gudrún. Gudrún Gerdurdottir.

Está sentada en uno de los escalones verdes de la puerta lateral de una pizzería corriente, en la ciudad de Reikiavik. Es viernes, pasadas las 10 de la noche, y el sol todavía dá de lleno en este lado del edificio. Ella va toda despeinada y, aunque no se le ve cuando está sentada, tiene algo desgarradas en el culo las mallas de estampado de leopardo que lleva. Su camiseta está sucia y la verdad es que esta muchacha, que hace poco ha cumplido veintiún años, tiene mal aspecto. Su chaqueta vaquera está a sus pies, tirada de cualquier manera.

De vitos
Volviendo a su nombre, es curioso que aquí, en Islandia, con sólo decir su apellido ya se sabe que es hija de madre soltera, aunque esto es relativamente corriente y no es ningún problema para ella. Su madre se llamaba Gerdur, que significa “mujer protectora”, y el apellido Gerdurdottir la define como hija suya, esto es, sin padre conocido.
De pequeña le llamaban Guna, diminutivo que aquí es corriente. Su abuela todavía la llama así, las pocas veces que la ve. Cuando Guna tenía tres o cuatro años su madre se echó un novio extranjero, Toni, que se vino a vivir aquí, con ellas, y la empezó a llamar Lola. Él siempre decía que era un americano del sur, así en general, porque había nacido en un país de ese continente, pero su madre era de la otra punta y el padre de otro lugar diferente. Había vivido en un montón de sitios, hasta en Australia. Pero al final acabó en Islandia.

Toni murió hace algo más de un año y Lola desde entonces anda un poco perdida. Toni era como una boya que la ayudaba a mantenerse a flote, pero desde su muerte, Lola siente que se va hundiendo.
Desde entonces todo ha ido a peor y ahora, cree que ya ha tocado fondo, que esta tarde de viernes ha llegado a lo más bajo.
Son ya las once de la noche, pero sentada en los escalones verdes de la entrada lateral del Devito’s Pizza, la que recae a la plaza, todavía le da de lleno el sol. Un sol que ilumina un poco pero no calienta casi nada.
El coche de la policía que ha venido, llamado por alguno que pasaba o por algún vecino, ya se ha ido y ella está confundida. La poca gente que pasa la mira como un bicho raro. Pero a ella le da igual porque no cree que se puedan hacer de ella peor opinión, que la que ella misma tiene de sí.
Ve cómo el sol cae lentamente y espera que se le pase un poco el mareo. De forma confusa percibe que tiene que reflexionar y cambiar de rumbo, pero hasta que no se le acabe de pasar la tormenta interior que tiene no se puede levantar.

Decía Toni que Lola era el nombre que mejor concordaba con su carácter, porque se ve que le parecía una niña despierta y segura de sí misma. Puede ser, pero eso era a los tres o cuatro años. El caso es que bien asignado el nombre o no, el de Lola se quedó y a ella le acabó gustando. Desde entonces casi todos sus amigos y conocidos la llaman así. En la familia también, menos su querida abuela, que siguió llamándola Guna. A la abuela nunca le gustó Toni. Ni siquiera fue a su entierro a pesar de que “el forastero ese” había amado y cuidado a su hija hasta al final, como pocos habrían hecho. Y después “el forastero ese” también amó y cuidó a la pequeña Lola hasta su propio final. Hace más de un año que Lola no ha vuelto a ver a su abuela.

Sentada en estos escalones verdes de una pizzería cerrada, guiña los ojos ante el sol de medianoche, e intenta recordar quién es realmente. Recuerda que Toni le puso Lola por ser una chica fuerte y decidida y se da cuenta de que últimamente no ha hecho honor a su nombre.

Cuando acabó la segundaria, hace dos años, ya vivía independiente como casi todos sus compañeros. Tenía un trabajo a tiempo parcial en un súper de las afueras y el curso pasado se matriculó en Humanidades. Empezó la universidad con ilusión, pero a medida que avanzaba el curso, no le resultaban los estudios todo lo amenos que ella tenía idealizado. Pero aun así no le iba mal…
Hasta que a mitad de curso murió Toni y ella no fue capaz de aguantar. Le faltaba motivación y concentración. Tuvo ocasión de pasar a trabajar al súpermercado “Bonus” del centro, bastante cerca de su minúsculo apartamento y le ofrecieron empleo a jornada completa. Lo probó y le resultó muy fácil trabajar más horas para luego divertirse sin tener que pensar en nada. Mucho mejor que combinar trabajo y estudio.
Se olvidó rápidamente de todo lo relativo a la universidad y llevaba una nueva vida mucho más divertida. Sobre todo cuando apareció Einar. Es difícil saber si Einar fue causa de su descenso, o es que se arrimó a él porque ya estaba empezando a deslizarse cuesta abajo.
Einar no es mal chico. Conducía una furgoneta de reparto y lo conoció en el trabajo. Era divertido y juerguista, justo lo que ella estaba necesitando, sobre todo en las largas noches de invierno, sin el apoyo del bueno de Toni.
Con Einar no se veía todos los días porque sus respectivos turnos de trabajo no siempre coincidían, pero de forma regular pasaban juntos los fines de semana desde el viernes por la tarde.

El verano pasado salieron varias veces de acampada y se divirtieron mucho, según contaron a sus compañeros y amistades. Él era bueno en la cama y los dos se entendían bien.

Lola acudía puntual al apartamento de Einar en cuanto salía de trabajar los viernes por la tarde. Los dos tenían ganas de un rato de sexo y a eso se dedicaban sin prisa.
Algunas veces se inclinaban por algo un poco violento, pero a los dos les gustaban las sensaciones fuertes. Estaban en la casa hasta que, cansados o hambrientos, les apetecía salir.
Lola esperaba con ansiedad la tarde de los viernes y había veces en que a medio día empezaba a sentir un hormigueo con sólo pensar en qué cosas nuevas y excitantes iban a hacer esa tarde.
En esas ocasiones intentaba que le encargaran trabajar en la sección de refrigerados, una zona del súper que está separada del resto de la tienda y se mantiene siempre a 7ºC. Parece que la sensación de frío le ayudaba a aliviar la tensión.
En esas movidas y emocionantes tardes de viernes, solía ser pasadas las nueve cuando se decidían a salir para reunirse con los colegas y, para entonces, ya habían bebido algo fuerte y fumado o esnifado lo que tuvieran.
Quedaban con algunos amigos, que en realidad eran de él, aunque ahora también eran suyos. Siempre acompañados de sus respectivas novias o amigas; o compañeras o ligues, daba igual. Cenaban algo por ahí y luego recorrían todos los locales que pudieran ser divertidos.
Cuando cerraban todos los establecimientos, se reunían en casa de Einar o en la de Björn, su mejor amigo y cómplice. Preferían la del amigo porque era una casita independiente en un barrio algo apartado y podían hacer ruido que quisieran sin molestar a nadie. En general bebían bastante, oían música a todo volumen y se colocaban bien, pero no demasiado.
Dependiendo de quiénes hubieran acudido, también tenían algo de sexo, y a veces hacían cosas con otras parejas del grupo.
Estaban medio tirados hasta bien entrado el sábado.
Los domingos por la mañana los chicos tenían por costumbre jugar al fútbol y salvo los peores días del invierno, se ponían a correr tras la pelota y a darle patadas. Alguna de las chicas también se apuntaba, pero Lola prefería mirar desde la grada o meterse en un bar cercano a tomar un café.
En general, los lunes estaban lo bastante repuestos para ir a trabajar.
Y Lola estaba encantada con esta vida tan emocionante.

Todo iba bien, hasta que hace unos tres meses, Einar tuvo un pequeño accidente con la furgoneta, una bobada de nada, pero le encontraron que iba un poco colocado. La empresa le dio un margen de confianza y conservó el trabajo. Pero se estaba pasando con las porquerías que tomaba y seguramente lo estuvieron vigilando, de forma que un tiempo después encontraron en su taquilla algo que no debería estar allí, y lo pusieron de patitas en la calle.

El viernes en que lo despidieron, cuando Lola llegó a su apartamento, Einar no parecía el mismo. Estaba un tanto agresivo y el sexo no fue como otras veces, pero ella pensó que estaría cabreado por el despido, se dejó hacer, y no le dió más importancia.
Un mes despúés, Einar seguía todavía sin trabajo y Lola lo notaba como ausente.

Hace unas semanas, Björn aportó alguna sustancia más fuerte para olvidar las penas y Lola casi no recuerda qué pasó. Sólo que el viernes cenaron como otras veces en el Devito’s Pizza que hay en Laugavegur, junto al parking del hotel. Que después fueron a varios pub, y que amanecieron varios del grupo en su propio apartamento, seguramente porque estaba más cerca del último garito. Ella se debió enrollar con Björn, aunque no lo recuerda con claridad. Sí recuerda que este rubio simpático era más educado y considerado que el propio Einar, su medio novio que, por cierto, apareció esa mañana en el sofá con la novia de otro de los amigos habituales. Fue todo muy confuso, porque estaban todos bastante colocados.

Lola recuerda ese día y piensa que quizá entonces se tenía que haber dado cuenta de que algo se estaba estropeando. Pero había olvidado que su nombre correspondía a una chica fuerte y decidida, y se dejó llevar.

Hace dos viernes, cuando llegó al apartamento de Einar, éste estaba ya tan colocado que no hicieron casi nada, y casi ni hablaron. Esto de perder el trabajo le estaba sentando fatal. Al final, se marchó sola por ahí porque él estaba demasiado atontado para salir.
Aunque de ninguna manera se sentía ella responsable de lo que pudiera pasar a su “novio”, que ya era mayorcito, decidió pasar el domingo a ver cómo estaba y se lo encontró dormido, aunque no tenía mal aspecto. Los restos que había por su mesa y por el suelo indicaban que probablemente habría comido algo. También debía haber tomado leche porque tenía la botella de plástico vacía todavía en la mano, junto a la almohada. Le dejó una nota sobre la mesa, diciendo que había pasado a verlo y que a lo largo de la semana si quería verla, le podía llamar.

Frente a los escalones del Devito’s el sol está cada vez más bajo y ahora velado por una fina capa de nubes que corren hacia el sur con el viento. No pasa nadie por la calle.

Recordando lo que sucedió una semana atrás, ahora se da cuenta de que cuando dejó la nota el pasado domingo, en realidad deseaba que Einar no la llamara.
Pero este jueves pasado la llamó para que quedaran el viernes como siempre, y ella volvió a olvidar por qué Toni le había puesto Lola, y dijo que O.K., que iría.

Y con un poco de reparo, acudió a la casa de Einar, como cada viernes, al salir del trabajo. Se había puesto una camiseta nueva con el retrato de Bob Marley con la bandera jamaicana de fondo y sus mallas con estampado de leopardo.
Ahora se pregunta por qué se puso justamente esas mallas; quizá el pensamiento mágico o una premonición le había llevado en aquel momento a temer que le podrían hacer falta la rapidez, la fuerza y la astucia de un felino grande y salvaje. Iba un poco nerviosa, pero no de deseo como le pasaba cada vez que se iba a ver con su chico. Llamó a la puerta y no contestó nadie, de forma que, como siempre estaba abierto, entró directamente. Einar estaba sentado, viendo algo en su portátil y cuando se dio cuenta de que alguien entraba lo cerró enseguida y lo dejó encima de la mesita junto al sofá. Repuesto de la sorpresa, se levantó y se encaró con Lola:
– ¡Vaya, Gudrún Gerdurdottir! ¿Qué te trae por aquí? ¿Quieres algo de mí?

Ella se quedó parada sin saber qué decir, mientras él la miraba fijamente. No parecía colocado. Lola lo rodeó lo más serenamente que pudo, se acercó a la mesa y tomó un vaso que había junto al ordenador, lleno a medias con con lo que sería algún licor, del que bebió de un buen trago.
Con el vaso en la mano intentó iniciar una conversación “normal”: que lo veía mejor que la semana anterior, que si había buscado trabajo…
Einar se le empezó a acercar muy lentamente, con una mirada que ella no supo cómo interpretar, y le dio el tiempo justo de dejar el vaso sobre la mesa. Él la tomó de los hombros y la tumbó sobre el sofá. No pareció un gesto demasiado violento y Lola quiso suponer que era como el inicio de un juego, porque a veces hacían teatrillos así. Einar la miró desde su posición superior e hizo una mueca de sonrisa, mientras se iba inclinando lentamente, lo que hizo que ella bajara un poco la guardia. Él alcanzó la cinturilla de las mallas de leopardo y se las fue bajando, junto con las bragas, hasta las rodillas. Acercó su cara al vientre de ella y ella se confió. Pero cuando quiso darse cuenta, lo tenía tumbado encima. Se dio cuenta de que él estaba excitado y sintió un escozor agudo cuando la penetró sin preaviso. Esto ya no era normal entre ellos. Lola, cabreada de golpe, dió un respingo e intentó quitárselo de encima. Lo agarró de ambos costados e hizo fuerza, pero en un primer intento no pudo. Iba a luchar, pero se lo pensó mejor y le dejó hacer, pese a que sentía molestias por el roce.
En cuanto él se levantó, se abrochó los pantalones deprisa, y sin mirarla dijo que tenía hambre y que se íban ya a comer algo.
De momento ella se quedó tumbada porque aquello no le había gustado nada e intentaba aclarar sus ideas. Mejor se iba por su cuenta que con este Einar que no conocía.
Entonces él le gritó:
—¡Lola, he dicho que nos vamos!
No es que de normal fuera un tipo muy fino, pero este no era su estilo. Lola no sabía qué pensar y accedió, porque además, era mejor salir de esa casa cuanto antes. Se recompuso la ropa como pudo y apuró el vaso. Iba a necesitar un poco de ánimo complementario.
Sin decir palabra salieron caminando por los callejones interiores hasta la calle principal, Laugavegur, y siguieron en silencio hasta el Devito’s.
Sentados en los escalones verdes de la entrada lateral de la pizzería, la que da al plaza, estaban esperando Björn y su chica, una que era relativamente nueva. Se saludaron, entraron todos y pidieron cervezas para empezar y una pizza cada uno.
No hablaron mucho mientras tomaban las cervezas y Einar estaba raro, como pensativo. A veces miraba alternativamente a Björn y a Lola, sin decir palabra.
Ella se sentía muy incómoda en ese ambiente tan tenso y también porque le molestaba la vagina, que debía tener irritada. Cuando llegaron las pizzas se comió una porción, también en silencio, y dijo que iba al lavabo. El de señoras está en la parte de atrás. Orinó y sintió algo de escozor. Se miró y tenía un lado un poco rojo, menos mal, nada grave. Como no tenía ninguna crema ni nada que ponerse, se secó bien con un papelito y se puso un poco de saliva.
Se lavó las manos, y refrescó la cara frente al espejo.
El licor que había bebido por la tarde más las dos cervezas que acababa de tomarse, encima de lo sucedido con Einar, no le ayudaban a ver con claridad.

Ella no es un trapo, ella es Lola y no tiene que aguantar nada a un mamarracho como ese, y ha tomado la decisión de largarse de allí y no volver a ver a este tipo.
Ha abierto toda decidida para salir del cuarto, pero cuando ha encarado el pasillo ahí estaba Einar, justo delante, plantado con las piernas abiertas y los brazos en jarras. Nadie más por allí y lo primero que le ha soltado es: ¡Puta!, dicho con mucha rabia.
Y ha empezado con el rollo de que desde que él perdió el trabajo ella no quiere nada con él, que prefiere al amariconado de Björn. En esa línea.
Lola, ha notado su corazón acelerarse de pronto y su instinto le pedía cargar de frente contra ese grandullón. Pero aunque estaba algo achispada ha conseguido calmarse y darse cuenta de que en ese pasillo tan estrecho, lanzarse contra Einar sería como estrellarse contra un muro y no iba a ganar nada; tiene claro que lo primero es salir de allí lo más entera posible. A ver qué hace. Como está acostumbrada a resolver las cosas por sí misma, no se le ha ocurrido gritar para pedir ayuda.
Pero entonces Einar ha roto la espera y la ha empujado haciéndola retroceder otra vez hacia el lavabo. La ha apalancado entre el retrete y la pared para inmovilizarla mientras de una patada trasera intentaba cerrar la puerta que finalmente quedaba entreabierta. Con un brazo la tenía sujeta contra la pared y con la otra intentaba bajarle las mallas mientras la intentaba besar a la fuerza.
¡Otra vez, no!
Lola ha tenido novios, medio novios, amigos, conocidos y rollos diversos de todo tipo, pero nunca le ha pasado nada parecido. Ha sido siempre lo bastante lista para darse cuenta de la gente que podía ser peligrosa y ha tomado las medidas oportunas en cada caso: normalmente con un buen corte a tiempo se solucionaba el asunto. Y en algún caso extremo, bastaba con percibir el riesgo y alejarse antes de que pudiera pasar nada.
Pero de Einar no se lo esperaba aunque después de lo de esa tarde en su casa se lo tenía que haber temido.
Más grande y pesado que ella la tenía bloqueada, pero cuando él se ha agachado para vencer la resistencia de las mallas a bajar más allá del culo, se ha quedado un poco inestable, Lola se ha dado cuenta y lo ha empujado de lado apoyándose en la pared. Él ha topado contra el retrete y ha tenido que soltar una mano para apoyarse y no caer contra el lavabo. En ese momento ella lo ha empujado hacia atrás y él ha quedado sentado en el suelo. Antes de saltar por encima, Lola le ha lanzado una patada, que le ha dado en el hombro y ha conseguido desplazarlo lo suficiente para abrir un poco la puerta y poder salir. Liberada, ha ido corriendo hacia la calle por la puerta lateral. Al llegar fuera estaba frenética, el corazón le iba a doscientos, y su cabeza casi no pensaba de pura rabia.

Una vez en la plaza ha parado un momento para acabarse de subir las mallas, cuando se han oído dentro los gritos de Einar y al momento ha salido con Björn. Le iba gritando que era un cabrón, que se había aprovechado de ella mientras él no se encontraba bien.
Su amigo intentaba calmarlo, pero Einar estaba fuera de sí y entonces es cuando se ha vuelto contra ella. Acercaba su cara a la de Lola para gritarle de cerca todo un repertorio de insultos. Ella sintiéndose agredida le lanzaba torpemente puñetazos y golpes, de los que pocos le alcanzaban. Y él la seguía insultando, estirando el cuello para acercar su cara a la de ella, pero hurtando el cuerpo en lo posible. Y ella seguía intentando pegarle. Como ya había gente por allí que los miraba, él mantenía sus manos unidas detrás de su espalda, como diciendo: esta zorra me pega pero yo a ella no.
Hasta varios clientes del hotel, alertados por los gritos, han abierto las ventanas para curiosear qué pasaba.

Al principio Björn intentaba mediar pero no quería entrar en pelea.
Un vagabundo que Lola conoce de vista y que vive de recoger envases para reciclar, estaba por la plaza y se ha acercado tambaleándose, queriendo ayudar.
Parecía un baile a tres: Lola lanzando los puños hacia Einar, éste inclinado sobre ella gritando mientras esquivaba golpes y el vagabundo girando impotente alrededor. Y el rubio, apartado del baile, como mero espectador.
La escena se ha prolongado hasta que por el fondo de la plaza se ha visto entrar un coche de la policía. En un instante, Einar y Björn habían desaparecido por la esquina.
Lola, agotada y llorando, se ha sentado en los escalones del Devito’s.
El vagabundo se le ha acercado para preguntarle con aliento alcohólico si se encontraba bien. Ella no ha contestado, mientras el coche patrulla maniobraba y se colocaba cerca de ella.
El vagabundo no había visto llegar a la policía y cuando ha tenido a un agente a su lado se ha sorprendido y ha levantado las manos como diciendo: yo no he sido.

Han venido dos agentes: un cachas y una rubia con coleta. El cachas habla un momento con el vagabundo y se asoma a la esquina por donde han desaparecido hace un minuto el agresor y su amigo.
La policía de la coleta se ha sentado en los escalones junto a Lola para hablar con ella. Ha hecho un gesto a su compañero como indicando que el vagabundo no tiene nada que ver con el caso.
El cachas ha hecho unas preguntas al recogebotellas y lo despide con relativa amabilidad. El viejo coge del manillar su bicicleta, casi cubierta por tres grandes bolsas llenas de botellas de plástico y latas, y se marcha lentamente con su carga hasta doblar la esquina. Antes de desaparecer echa la vista atrás hasta la chica despeinada.
El poli se ha acercado un momento a escuchar la conversación de la afectada con su compañera y cuando ha sacado una primera conclusión, se aparta para informar por el walkie a la central.

La policía de la coleta, mientras sigue hablando con Lola, la ha acompañado tomada por el brazo hasta el asiento trasero del coche, y ella misma ha entrado por la otra puerta trasera. Las dos han estado un buen rato en el interior. Ya no quedan mirones en la plaza.

Los polis se han marchado finalmente, pero Lola ha preferido seguir sentada en los escalones verdes, al sol de medianoche.
El camarero de la pizzería, que está cerrando, se asoma con una chaqueta vaquera en la mano y le pregunta si es suya. Ella asiente y cuando la toma del camarero la deja caer al escalón inferior.
Aunque la policía le ha propuesto denunciar la agresión ella en principio no ha querido porque al fin y al cabo no le ha hecho nada. No ha mencionado lo sucedido esta tarde en su casa. Cree que no merece la pena y sería toda una complicación.

Está hecha un lío, pero se está tranquilizando poco a poco.
El sol se acaba de ocultar aunque sigue habiendo luz como de atardecer, y en dos o tres horas volverá a estar fuera el mismo sol, pero un poco más al este.

Empieza a hacer fresco esta noche de mediados de junio.
Lola respira hondo, se levanta, recoge su chaqueta de los escalones, la sacude un poco y su móvil cae al suelo. Se la pone y se la abrocha. Se agacha a coger el móvil y se lo mete en el bolsillo sin mirarlo siquiera.

Toma Laugavegur hacia su casa, por la acera de la izquierda y camina despacio. La vagina le escuece y da pasos más cortitos de lo normal. No se siente muy estable, pero se concentra en caminar, mira al suelo y no para.

En un cruce levanta la mirada y ve que han colocado banderas en las farolas. Y en un escaparate, junto a otra bandera nacional hay un retrato del actual presidente. Ahora recuerda que el lunes es fiesta, el Dia de la Independencia.
A Lola la independencia le importa muy poco, y el 17 de junio sólo tiene un significado para ella: el recuerdo de salir varios años justamente ese día, de paseo con su abuela por la ciudad, las dos vestidas con el traje típico. Ella de niña con sus trenzas bien peinadas, su delantal de puntilla y el bonete con borla roja. Su abuela muy elegante, vestido largo negro con bordados dorados y su muy alto gorro blanco.
Por la mañana asistían a la ceremonia oficial con el coro y la banda en la plaza Austurvöllur. Escuchaban el parlamento de la Señora de la Montaña, y cuando acababan de cantar el himno y la gente se dispersaba, iban paseando sin prisa hasta el parque Hljomskalagardur. De camino veían los pasacalles, pero ella estaba deseando llegar  para ver el circo al aire libre. Y para asistir a la carrera de los forzudos, por separado hombres y mujeres, acarreando unos pesos increíbles por un caminito de tierra entre el césped del parque. Ella, Lola, también sería muy fuerte y correría con cien kilos en cada mano. Los equilibristas actuaban sobre la hierba, las bandas de música desfilaban y gente de toda la ciudad se divertía en el parque. Todos miraban a la abuela y a la nieta tan bien vestidas paseando entre el gentío. Y Lola se sentía contenta y orgullosa.
Piensa en su abuela. Es la única persona sólida a quien agarrarse que le queda. Desde que dejó la universidad y cambió de vida, tampoco tiene amigos.

Llega a su casa, se da una ducha infinita y luego se mete en la cama. Pero no puede dormir por la tensión acumulada. Cierra los ojos y se le aparece la jeta de ogro de Einar chillándole en la cara. O cree ver las vigas del techo de la casa del imbécil que ella miraba estúpidamente mientras él jadeaba encima de su cuerpo y a ella le hacía daño.
O cuando se ha visto sin escapatoria entre la pared y el retrete, temiendo una nueva embestida de ese cabrón. Y la vergonzosa situación del dantesco baile de insultos y golpes en la plaza, delante de todo el mundo.
El sol, hace rato que está fuera pero el día amanece gris y ella no puede dormir. Necesita algo que la atonte. Se levanta y se empina la primera botella de algo fuerte que encuentra en el armario de la cocina. Pero cuando percibe el sabor del vodka, escupe. Sin mirarla, vacía la botella en el fregadero y va a buscar su teléfono.
Se sienta en la cama mientras busca el número de su abuela. No está. Hace tanto que no habla con ella que ni siquiera tiene el contacto en la agenda del móvil.
Se desespera, se tumba hacia atrás en la cama, y se muerde el labio de rabia porque no puede perder este salvavidas que quizá sea el último que le quede.
De repente recuerda su agenda escolar: ¡allí estaba el teléfono que necesita ahora!
Se levanta de golpe y se marea. Casi se cae, pero se apoya en la pared. Se repone, respira hondo, rebusca entre sus cosas y acaba encontrando la agenda.
Se vuelve a sentar en la cama y saca el móvil. No son todavía las seis de la mañana, quizá es pronto para llamar, pero le da lo mismo. Marca el número y empieza a contar los timbrazos. Suena tantas veces que se descuenta. Es el número de la casa donde antes vivía su abuela, pero quizá se ha mudado. Al final, oye una voz que dice un soñoliento dígame. Puede ser ella, pero no está segura de que lo sea.
—¿Abuela?
—¿Qué, quién es?
—Abuela, soy Guna
—¿Qué Guna llama a estas horas?
—Soy Lola.
—…
—Abuela, ¿puedo salir a pasear contigo el Día de la Independencia?

La abuela escucha, pero no sabe qué decir.
Hace tanto que no la ha visto ni ha sabido nada de ella, que no puede ni imaginar cómo es ahora esa Guna que la llama.
No puede adivinar lo que esa Lola que la llama de madrugada puede querer.
Pero recuerda a la pequeña Guna con su bonete de borla roja y su delantal de puntillas. Al final responde:
—Dime, Lola.
—Abuela, me tienes que ayudar, te necesito…

Y se echa a llorar.

esendraga, 17 de junio de 2019

MIS VOLCANES FAVORITOS

Voy bajando de la falda del Katla por una pista forestal que tomo cada vez que vengo a supervisar el estado de los sensores que tenemos instalados.
Como otras veces, voy en mi viejo Toyota pero hoy parece que la pista tiene más baches que de costumbre…

katla

Tenemos establecido que se vaya cada dos semanas a todas las estaciones de seguimiento de volcanes que tenemos asignados, aunque en realidad no sería necesario ya que todos los sistemas están telecontrolados. Pero entendemos que es tan importante la detección de cualquier mínimo síntoma que pueda servir como aviso de posibles erupciones, que merece la pena extremar las precauciones, y se programan dos visitas al mes. Siempre que no haya demasiada nieve o una erupción en curso, claro.

 Noto algo raro porque, cuanto más voy bajando por la falda del volcán, el camino tiene más baches…

Siempre estoy preocupado por que el viento pueda mover alguna de las antenas, o de que un detector pierda sensibilidad por el polvo o cualquier otra causa. Las revisiones las suele hacer gente de mi equipo, pero me encanta acercarme al Katla y al Eyjafjallajökull. Así que de tanto en tanto, cuando  mi agenda me lo permite, vengo yo. El hecho de que se encuentren próximos uno de otro y de que estén siempre cubiertos de hielo y nieve que las erupciones funden en pocas horas, aumenta el peligro de la propia erupción con el de importantes inundaciones. Me encanta ver esas enormes extensiones de campos de lava que se extienden hasta el mar: kilómetros y kilómetros de arena y piedras negras, surcadas por infintitos torrentes y riachuelos, con algunas granjas sueltas aquí y allá, sobre todo al mismo pie de los volcanes.

Será porque este Land Cruisier ya tiene muchos años que está haciendo algo tan raro, mucho ruido y una vibración general, dando brincos como un loco. Esto no es normal.

En mi país nos tomamos muy en serio la prevención de desastres naturales porque tenemos de todo: una dorsal Atlántica que no se está quieta, un centenar de volcanes potencialmente activos,  frecuentes terremotos, posibles inundaciones por ……

¡Ahora de repente deja de vibrar! ¿Qué pasa? De golpe queda todo en silencio. ¡Qué raro!
Y ahora noto como si cayera en el vacío, como si me estuviera despeñando por la ladera del volcán pero en caída libre…

Me despierto sobresaltado. Estoy en el avión y me había quedado dormido. ¡Qué susto!
Miro alrededor y me doy cuenta de que no oigo casi nada. Estamos ya descendiendo porque veo los flaps algo desplegados del ala derecha que tengo justo delante. Abajo veo el mar. Tengo los oídos sordos. Me tapo la nariz, cierro la boca y voy haciendo presión, poco a poco, cada vez más fuerte. De repente se me liberan las trompas de Eustaquio y me llega el ruido complejo y atronador de los reactores. También la algarabía de un grupo de jóvenes, que parecen contentos de llegar a Valencia (Spain).

Miro por la ventanilla hacia abajo y veo que estamos virando hacia la derecha, sobre el mar que brilla al sol del Mediterráneo. ¡Qué suerte tienen los del sur con el clima! Pese a ser junio, el tiempo en Reykjavik está siendo bastante malo, la mayor parte de día está nublado. Aunque cuando salí de casa esta mañana hacia el aeropuerto de Keflavik, algo antes de las 5 A.M. el sol lucía despejado. Estaba todavía poco elevado sobre el horizonte, pero con una luz limpia muy agradable. Y hacía bastante viento.

Ahora desde encima de este mar se ve la ciudad en perspectiva y parece bastante grande.
Entramos en tierra por encima del puerto y veo desfilar la parte norte de la ciudad. Vamos a lo largo de una franja verde, que quizá sea un antiguo cauce por la forma de sus curvas, típicas de los meandros. Ahora veo un complejo de edificios… ¡Claro, son los de Calatrava, se parecen mucho a la central de transportes del “World Trade Center” de Nueva York que vi el año pasado!
Pues en uno de estos edificios es donde tengo que dar una conferencia mañana. Espero que a Valencia no le hayan costado más del doble de lo que tuvieran previsto, como les ha pasado a los yankees. Intento sacar rápidamente el móvil para hacer una foto, pero cuando se activa la cámara, ya hemos dejado atrás las líneas típicas del famoso y caro arquitecto. Luego siguen jardines y pistas de juegos. Más tarde unos barrios con viviendas muy altas, de bastantes pisos para lo que es habitual en mi tierra. Ya hora ya estamos en pista.

El tramo Islandia-París se me ha hecho un poco pesado, pero el París-Valencia, me lo he dormido casi entero.
Esta noche en el hotel, repasaré la charla, aunque tengo el tema tan dominado que nunca me cuesta nada contar qué hacemos en mi grupo de trabajo, cómo y para qué. Por otra parte, lo que más me gusta es responder a preguntas del auditorio. Y como en este caso son alumnos y graduados de geología me han avisado de que habrá una participación activa. Eso espero. También hay invitados responsables de protección civil de aquí.

Sólo voy a estar dos días y no llevo mucho equipaje, pero he facturado una maleta grande sólo por llevar el traje y una camisa nueva, que espero lleguen medianamente decentes. Y también unos zapatos de cordones en lugar de los sneakers que llevo para el viaje. Ahora que pienso, creo que no me he olvidado la corbata… ¿O al final me la he dejado en la percha? Bueno, esta noche lo veré.

En cuanto salgo del avión ya noto el calor del sur. El comandante ha dicho por los altavoces que hay tiempo soleado y 28º. Para ser junio no está mal.
Este aeropuerto es bastante pequeño, así que encuentro fácilmente la cinta de los equipajes que vienen del Charles De Gaulle.
Empiezan enseguida a salir maletas. Salen unas cuantas, pero no la mía. Espero y espero. Llega un momento en que la cinta se para y pienso que se habrá atascado. A veces pasa.
Pero queda muy poca gente esperando y me empiezo a mosquear cuando detrás de mí oigo una voz. Es un empleado del aeropuerto, con su chaleco fosforescente, que está llevando un tren de carritos hacia su lugar de aparcamiento. Me pregunta: “Waiting for your luggage?”
Cuando le miro y asiento me dice: “Sorry, no more luggage on the plane”.
Me quedo con cara de tonto. Se ve que está acostumbrado a ver estas cosas pero yo no esperaba que me pasara y menos hoy. “Go outside to the left. There’s a counter to ask for lost luggage”.

Qué mala suerte, seguro que en París no las han pasado de un avión a otro. Le respondo “¡Mushas grrrassiass!”. Para algo me ha de servir una de las cinco cosas de español que me aprendí ayer.

Encima del mostrador hay un letrero luminoso que indica “Lost&Found Luggage”. Me llama la atención lo de Found, salvo que sea para aquellos casos en que alguien encuentre una maleta huérfana y la traiga en busca de dueño.
El caso es que hay dos muchachas en esta sección. Una está atendiendo a una pareja mayor, que he visto delante de mí en el avión, que deben ser españoles y a quienes seguramente les ha pasado lo mismo que a mí. Parecen típicos mediterráneos, pelo moreno y baja estatura. Y parece que se toman la pérdida de sus maletas con filosofía. La diferencia es que ellos seguro que no tienen que dar una conferencia mañana, como yo, y sólo tengo lo puesto.

Me dirijo a la otra que me sonríe mientras le digo lo que seguramente no hace falta que le diga, que es lo que le dicen todos los que se inclinan sobre este mostrador… Me pide el ticket de la maleta. No tiene muy buen acento inglés pero habla mejor que la mayoría de estudiantes españoles que han pasado por nuestra universidad.
Introduce los datos en su teclado y espera la respuesta. Es una chica muy agradable, no es una belleza, pero me gusta su aire despejado, con su pelo moreno recogido en una cola que deja su frente y sus orejas como más receptivas. Lleva unas gafas corrientes pero que le sientan bien. La blusa del uniforme abrochada hasta el último botón; me gusta el detalle, considerando que los reclamantes la vemos siempre desde arriba…

Levanta la mirada de la pantalla e interrumpe mis pensamientos confirmando mis temores: la maleta pasó por París, pero por error resulta que ahora está en Milán. Pero que no me preocupe que hoy mismo saldrá hacia Valencia en el vuelo de la noche. Que mañana por la mañana me la traerán al hotel.
Vale, bien, pero, ¿a qué hora?
Dice que la recogida se inicia a las 9h así que la entrega será quizá a las 10 o a las 11. Le explico que tengo que dar una conferencia a las 12 y que necesito mi equipaje. Lo siente mucho, indicará que den prioridad a mi entrega, pero no me puede asegurar nada.

Relleno y firmo los papeles que me presenta, le sonrío, le doy las gracias, tomo mi taxi, me registro en el hotel, pido un sándwich y un zumo al servicio de habitaciones y me acuesto desnudo porque no tengo más ropa que la puesta y quizá tenga que repetir indumentaria mañana para la conferencia y posterior comida. ¡Qué desastre y sin mis cosas de aseo!
Menos mal que el portátil lo llevaba en la bolsa y puedo echar un vistazo al esquema de la charla y hacer un par de añadidos.
Y menos mal, también, que junto al lavabo han colocado entre las “amenities” un cepillito de dientes con su micro tubito de pasta, y una maquinilla de afeitar, de esas malas de a 1.000 coronas la docena, que espero funcione y no me deje la cara como un campo de lava caliente.

A las 9, mientras desayuno, me llaman del aeropuerto para confirmar que tienen la maleta y que sale el reparto. Pero cuando a las 11 me viene a recoger el catedrático que me ha invitado, me tengo que ir con la camisola y los vaqueros que traía ayer en el viaje. Aunque hace calor me pongo la chaqueta fina que traía, toda arrugada del viaje, de forma que quedo muy “casual”.

Me presentan a otros profesores de esta universidad y me alegra cuando me comentan que conocen nuestros trabajos, que me dicen son una referencia para ellos. Me anima ver que en el auditorio hay bastantes estudiantes. Yo diría que una quinta parte son mujeres, proporción más o menos la misma que en Islandia. Además hay en las primeras filas algunas personas más que deben ser profesores, quizá de otras universidades. Incluso hay dos con uniforme que debe ser de policía o protección civil. Ya lo preguntaré.

También me alegra ver que aquí la gente viste muy informal, manga corta, zapatillas de deporte y algunos alumnos hasta pantalón corto. Por lo menos no desentono por la ropa.

Mi amigo el catedrático hace las presentaciones, primero saluda en español, aunque suena un poco raro, quizá se trate de una lengua local. Pero enseguida pasa al inglés. Me cansan estas lecturas de currículos que son inaguantables y no aportan nada. Afortunadamente no se extiende mucho. Ahora me toca a mí.

“Amigos y colegas. Venía pensando que la vulcanología y la aeronáutica tienen al menos una cosa en común.”

Creo que he despertado la curiosidad de la audiencia, pero a ver cómo salgo de este jardín porque la verdad es que no tienen mucho que ver…

“Las dos ciencias analizan cómo funcionan sus respectivos objetos de estudio: estructuras, fuerzas internas, interacción con otros elementos, masas, velocidades, temperaturas, etc. Pues en ambas pasa algo parecido: por mucho que se dominen estas especialidades, es igual de difícil predecir cuándo puede haber una erupción, que saber si tu maleta va a llegar en tu avión o la van a perder por otros aeropuertos, que es justo lo que inesperadamente me pasó ayer…”

esendraga, junio 2019

LA DECISIÓN

En mi barrio hay una tienda de libros, objetos esotéricos, y tonterías así. Hace años que lleva abierta, veo su escaparate cuando paso por delante y por supuesto nunca he entrado. No necesito nada de lo que allí venden porque son todo bobadas.

El dueño debe vivir por la zona porque lo conozco de vista, de cruzármelo por la calle o de verlo en la puerta de su tienda, ya que no suele tener muchos clientes. Siempre lo he visto sólo, quizá no tenga familia, ni amigos, pero esto es una mera especulación mía.

Si nos encontramos nos saludamos amablemente con un movimiento de cabeza y un murmullo de “bns dias” o lo que corresponda, según la hora. En casa lo llamamos el esotérico, y es de esas personas a las que saludas aunque no las hayas tratado nunca.

Volviendo a la cuestión de la tienda, el otro día pasé por delante y vi que en la entrada,  junto al escaparate, habían colocado un panel con dos botones grandes a modo de pulsadores. Me llamó la atención esta nueva decoración, pero como estaba el dueño en la puerta no quise pararme a mirar en detalle, así que dije “bnas tards” y pasé de largo.

La decision

Esta tarde, he tenido que salir al centro, y al pasar por delante me he parado para ver los pulsadores: no hay ninguna indicación de qué son ni para qué sirven y son de color blanco sobre fondo negro. Es curioso, así que como no había nadie cerca, he sacado el móvil para hacer una foto. Ya no quedaba mucha luz, pero se verían bien los dos botones sobre el reflejo del escaparate.

Encuadro bien, me concentro y disparo suavemente, “kiticlass”, hace el indiscreto aparato en voz alta.

Pero cuando he bajado el móvil para mirar la foto recién tomada, me he pegado un susto de muerte al ver justo a mi lado, mirando por encima de mi hombro al propietario de la tienda.
– ¡Vaya, no lo había visto!
– ¿Qué le parece?, me pregunta.
– ¿El qué?
– ¿No estaba haciendo una foto a los botones?
– Si, no sé, curioso….

Su mirada me interroga.
– Pues no sé, un poco raro poner dos pulsadores como decoración al lado del escaparate, ¿no?
– Es que no son de decoración, me replica.
– ¿Ah, no?
– Sirven para tomar La Decisión
– …ya, bueno, es que tengo un poco de prisa… Otro día paso y me lo cuenta…
– ¿No quieres siquiera pensártelo?

Iba ya a largarme por las buenas, pero me he parado por dos razones: porque el tipo estaba dispuesto a contármelo de todas maneras, y porque me picaba un poco la curiosidad. Además esto de que, de golpe, empiece a tutearme me ha sonado raro, y sin que yo haya respondido ha proseguido:
– Todo tiene un precio, incluso la FELICIDAD, ¿verdad? ¿Qué estarías dispuesto a SACRIFICAR por ella? Incluso puede que estés dispuesto a sacrificar a alguien que se interponga en tu camino.
– ¿…?

¡Glups! Esto de la felicidad en mayúsculas y lo de sacrificar a personas, dicho por el dueño de una tienda esotérica de donde sale un olor fuerte a incienso o alguna cosa similar, me ha mosqueado. Además sigue con el tuteo cuando continua:
-Con estos botones puedes tomar la decisión, quizá la más importante. Apretando uno de los dos pulsadores te permite deshacerte discretamente de cualquier persona que por algún motivo te moleste. Nadie lo sabrá…

Le he mirado fijamente tratando de entender lo que ha dicho, ¿cómo es eso de deshacerme de alguien? Debo haber entendido mal. Pero sin querer, se me aparece la imagen de una determinada persona de cuyo nombre no quiero acordarme. Después de mirarnos unos segundos, le he preguntado a bocajarro:
– O sea, que la persona que me molesta, ¿se morirá directamente?
– Puede que sí o puede que desaparezca de tu camino de otra manera

Me he girado para mirar otra vez el panel y me he vuelto de nuevo hacia él para preguntar:
– ¿Y para qué sirve el otro botón?
– Ah, entonces, ¿te interesa?
– Bueno, no, es sólo… mera curiosidad
– Pues mira, hay uno que no sirve para nada, es sólo para aligerarte la culpa. Ni siquiera yo sé qué botón es el bueno, así que piensa en alguien que sólo tú sabes, y aprieta uno de los dos. Si al cabo de un tiempo no le pasa nada es que te has equivocado. Y si le pasa algo, podría ser casualidad…
– Habrá gente que pulsará los dos para no fallar, digo yo.
– Pues el técnico que me lo montó me dijo que era peligroso. Y me han contado que en otra ciudad donde estuvo un tiempo instalado, se sabe de una persona que pulsó los dos y al día siguiente fue atropellado por el tranvía. Puede que sea cierto o no, pero esto da igual… ¿No se anima?
–  No, no, bueno, gracias, la verdad es que todo me va bien, y que no necesito deshacerme de nadie.
– ¿Estás seguro?

Y me sigue mirando fijo y directamente a los ojos. La imagen de esa persona se me vuelve a aparecer.
Primero dudo si seguir o no con la conversación y bajo la mirada, para notar enseguida que el esotérico me pone una mano en el hombro, lo me produce un escalofrío; seguro que me va a hablar de cerca. No sé cómo escapar porque este contacto físico me desasosiega.

Qué suerte, justo en ese momento entra un cliente en la tienda. El dueño vuelve el rostro y le hace un gesto.
– Entre, entre, que enseguida estoy con Usted.

Yo aprovecho la distracción y me deshago de su mano en mi hombro. A mi vez, hago ademán de marcharme y le hago un gesto con la barbilla señalando al cliente:
– Entre y atiéndalo que yo me tengo que ir.

Se da cuenta de que la tensión del momento, con la que me tenía atrapado, ha desaparecido y de que hoy me ha perdido, pero no se resigna y antes de entrar se vuelve y me dice:
-Pásate otro día, cuando lo tengas claro. Sólo acércate, piensa en esa persona que tú sabes, pulsa uno de los dos botones y te marchas; no hace falta ni que me digas nada. Incluso aunque tenga cerrada la tienda, si no está  bajada la persiana, puedes pulsar; tranquilo que no hay cámaras.
– S-sí, no, gracias, quizá otro día.

Agacho la cabeza y salgo disparado, aunque en ese momento ya se me ha olvidado a dónde tenía yo que ir esta tarde con tanta prisa.

Tengo que esforzarme en no seguir pensando en esa persona en concreto, de cuyo nombre sigo sin querer acordarme, pero cuya imagen no se borra de mi cabeza.
A partir de hoy no pienso volver a pasar por la calle de la tienda, no quiero volver a ver estos malditos pulsadores ni volver a encontrarme con el esotérico; daré la vuelta por la calle de detrás. No quiero caer en la tentación.

Pero esta noche llevo ya no sé cuántas horas dando vueltas en la cama y no puedo dormir.

Además de todo lo que me ha hecho ESA persona, es tan MALA persona que ahora me está fastidiando indirectamente porque no me deja tranquilo el hecho de que exista la posibilidad de tomar “La Decisión” y mandarla a paseo de una vez.
Sé que es absurdo, que no puede ser verdad, que es irracional creer esas cosas…

Pero no creo que pueda resistir la tentación de los botones.

esendraga, 2019

LA FOTO DE LOS SIETE.

Esta tarde volvía de viaje y por la radio del coche daban el típico programa de variedades hablando de asuntos diversos, entrevistas y comentarios. Han mencionado un cuento escrito por un argentino de nombre Alberto cuyo apellido no he conseguido entender. Como llovía bastante y la carretera estaba difícil no podía prestar demasiada atención a lo que contaban. Pero en esencia se trataba de una historia sobre alguien que desarrolla un aparato o un sistema que, partiendo de la foto de una persona o un grupo, es capaz de desdoblarlo en dos: una imagen con las personas que están vivas en ese momento y otra donde solo aparecen las que han fallecido.
Es una tontería, pero me ha llamado la atención.

Esta noche, después del viajecito, estoy cansado, me pican los ojos y me siento con las defensas bajas, pero no me apetece acostarme. Afuera, además de seguir lloviendo hay tormenta.

He recordado lo oído en la radio y se me ha ocurrido fisgar por internet a ver si encontraba algún detalle más del cuento. Después de buscar por el derecho y por el revés, he pinchado finalmente en un enlace y me ha salido una página un poco rara. Esta web asegura que han conseguido unos algoritmos que por lo que dicen dan un resultado como el del cuento. Además es un servicio online y gratuito: subes una foto donde salgan personas, su sistema informático procesa la imagen y te devuelve dos fotos, igualito que en la historia que he oído. Estoy tentado de probarlo.

En la librería tengo una foto de los siete, que nos hicimos hace ya muchos años. Éramos compañeros desde críos, y el último dia de instituto alguien debió traer una cámara y nos hicimos la foto, en color y todo. En un banco del parque que había delante del instituto se sentaron cinco, todos muy serios, y Felipe y yo nos pusimos detrás. Como siempre simulando que nos peleamos y muertos de risa. Es el único recuerdo material del grupo.

En los años siguientes nos hemos reunido de vez en cuando, pero de los siete hay uno que yo sé que falta: Felipe.

Hacía bastante que no nos veíamos y la última vez que nos reunimos, hace casi un año, no fue para reírnos, ni para contarnos qué tal nos iba a cada uno, ni para recordar cuando éramos críos.
Fue muy triste. Felipe había tenido un accidente, y los seis que quedábamos nos encontramos en el entierro. Cuando nos despedimos, quedamos en vernos más a menudo, pero hasta ahora ninguno hemos dicho nada: el grupo de whatsapp está mudo. Creo que no nos apetece vernos porque nos haría recordar al ausente. Sin Felipe la cosa sería muy diferente.

En aquella época era mi mejor amigo y cuando nos tomaron la foto estamos los dos, detrás del banco, jugando. Estamos luchando, haciendo fuerza empujándonos hombro con hombro a ver quién puede más. Cosas de críos.

Miro la foto y me quedo parado, mecido por el sonido de la lluvia. Todos hemos cambiado, mi aspecto ya no es el mismo que entonces. Pero todos seguimos aquí. Menos uno.

Un relámpago me reactiva. He sacado la foto del marco y la he puesto en el scanner.
Veo la foto en pantalla y amplío nuestra zona. Estamos los dos partiéndonos de risa, haciendo fuerza y mirando a cámara.
Guardo la foto como “LosSiete.jpg”, y la subo a la web. Pincho en un botón grande que dice PROCESAR y cambia a PROCESANDO.
Espero un rato y actualizo, pero sigue igual. O es una cosa fake, o es que el proceso el lento… Me asomo a la ventana, y la noche está cada vez con el cielo más cerrado y la lluvia y el viento más desagradables. Los relámpagos están por encima del mar, pero muy cerca de la costa.

El fresco de la noche me despeja y me doy cuenta que esta página sólo puede ser una chorrada, una broma o base para algún tipo de pirateo, así que decido dejar este asunto de la foto.

Ya siento frío y vuelvo al ordenador decidido a apagarlo, pero justo cuando cojo el ratón aparece un cuadro de diálogo para descargar archivos. A ver qué chorrada sale…
Se descargan dos ficheros: “LosSiete_V.jpg” y “LosSiete_M.jpg”
Los guardo en el escritorio sin abrirlos. Miro los nombres: la V debe ser de vivos y la M de muertos.

En un ataque de sensatez selecciono los dos archivos y le doy a suprimir. Pero después, me quedo un momento con la flechita sobre el SI para confirmar la eliminación: al final, la curiosidad y la inquietud son más fuertes. Pincho en NO y rápidamente hago doble clic en el fichero que acaba en V.

Allí estamos los seis, cinco en el banco y destrás estoy yo sólo, venga reír, escorado hacia un lado haciendo fuerza contra un oponente inexistente. Increíble, ¿cómo puede saber el sistema que Felipe está muerto? Esto lo tengo que enseñar a los colegas.

Para tener una prueba material le doy a imprimir y la máquina empieza a hacer ruido. Quizá demasiado para estas horas, pero con esta tormenta no creo que nadie esté durmiendo. Me quedo como alelado viendo cómo la foto va saliendo poco a poco, a tirones, por la bandeja delantera.

La saco y me acerco a la luz. Parece que la impresión no ha salido bien. La parte donde estoy yo ha quedado como con menos densidad de tinta.

Vuelvo a la pantalla y amplío esa parte. Curioso, hay zonas donde mi imagen se ve como un poco desvaída. Amplío más y veo que mi imagen es semitransparente. Ahora sí que me pasmo de verdad. ¿Eso es que estoy medio muerto?

Me empieza a dar un mal rollo… Pero no puedo dejar de ver la segunda foto que ha procesado este sistema de la página web.
Vuelvo al escritorio rápidamente y abro la foto que me han mandado con la letra M.
Los dos segundos que tarda en aparecer en pantalla se me hacen eternos.
La imagen me sale a pantalla completa, y allí estamos los dos, detrás del banco vacío. Estamos solos y muertos.

Muertos de risa.

esendraga, 2019