NADA ES PARA SIEMPRE

Paty siempre ha sido una mujer alegre. De niña en el pueblo era una descarada y lo mismo respondía sin complejos a la vieja más gruñona que al mozo más chulo.
Tuvo unos inicios difíciles en la ciudad, pero todo salió bien. Y desde octavo, con sus dos amigas del alma como apoyo, fue una adolescente segura de sí misma y a quien no le importaban en exceso las opiniones de los demás.
Estar integrada en ese trio inseparable de amigas, contribuyó definitivamente en su autoafirmación.
Y su padre siempre fue un apoyo. Un apoyo casi silencioso, pero un gran árbol al que asirse.

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A partir de segundo de bachiller los “chicos” empezaron a ser tema favorito de sus dos amigas. Estela era una lanzada, mientras que Reme era más de dejarse querer. Pero las dos sentían una atracción genérica hacia muchos de ellos.
Sin embargo a Paty le parecían en general una compañía agradable, pero en general, le parecían un poco básicos.
En general. Salvo uno de tercero de BUP con el que coincidió en alguna asignatura optativa. Era un tipo más bien reservado, pero a través de su mirada ella intuía que detrás no había un chico corriente, sino una persona especial. Poco antes de fin de curso salieron un par de veces y los dos parecieron estar muy a gusto los ratos que estuvieron juntos. Pero él vivía al otro lado de la ciudad y en cuanto empezaron las vacaciones perdieron el contacto. Y al curso siguiente ya no apareció por el instituto.

Acostumbrada a tener a sus dos amigas cerca, tanto en el colegio como en el instituto, cuando se metió en primero de ciencias de la educación física y el deporte, se encontró un poco rara en una clase donde ni una cara le era conocida. Asumió que era lo normal y como en las clases se intercalaban actividades deportivas, tuvo ocasión de establecer relaciones con multitud de compañeros y compañeras y se formó un grupo más o menos estable, de una decena de colegas.
A veces salían todos juntos como grupo pero otras veces se fragmentaban, en varios más pequeños, en función de los respectivos intereses.
Paty entabló especial amistad con una morenita, Luisa. La primera vez que salieron, solas las dos, fue a ver un campeonato de atletismo que les interesaba a ambas. Luego formaron equipo en un trabajo para la asignatura “Dirección y organización de la actividad física y el deporte”. El trabajo en sí era una cosa teórica y retórica, pero durante su preparación se hicieron unas buenas risas.
También hicieron pareja en una actividad deportiva de otra asignatura. Paty se encontraba muy a gusto con esta compañera y pensó que quizá sentía una cierta atracción hacia ella.
Las veces que tenía algún contacto físico con ella, durante alguna actividad o simplemente cuando se sentaban juntas en algún lugar, sentía algo que para ella era nuevo.

Una tarde, de forma accidental, estaba Paty detrás de su amiga en la cola de una taquilla. Luisa llevaba el pelo muy corto y ella no pudo resistir la tentación de darle un beso ligero en la nuca.
La otra se volvió, la miró a los ojos, se sonrió y no dijo nada. Pero después de aquel momento de espontaneidad, Luisa ni hizo mención ni pareció darse por aludida, y ese curso acabó sin más que una buena amistad.
Paty seguía saliendo a menudo con las Joyas y cuando le preguntaban si no había ningún macizo “especial” en su facultad, donde debía haber mogollón de tíos cachas, ella contestaba con algún chiste o se hacía la despistada.

Ese verano, que fue el último verano tipo “estudiante”, se lo pasaron genial. Ninguna de las tres se podía permitir unas vacaciones fuera, y muchos días Paty tenía que ayudar en casa. Aun así, cuando podían, se montaban en el Honda azul de Reme, ponían cada una cinco euros de gasolina y se iban a pasar la tarde a su playa favorita. Tumbadas en la arena, dejaban que la noche fuera cayendo sobre ellas poco a poco, y la playa se iba quedando desierta. Eran ratos de complicidades y confesiones. Aunque Paty pensó alguna vez en contarlo a sus amigas, jamás comentó nada sobre de su indefinición en cuanto preferencias sexuales; no le parecía que fuera algo realmente importante y como lo no lo tenía nada claro, no hubiera sabido cómo explicarlo.
Esas tardes, cuando la oscuridad era casi total, se daban una ducha en la misma playa, con discreción se quitaban el bikini mojado y se ponían vestidos fresquitos. Y luego empezaban un recorrido por varios de los chiringuitos, tomando algo y oteando a ver el personal masculino que pudiera estar disponible. Aunque en realidad, era más una diversión que una verdadera búsqueda. Y también tomaban algo de beber, salvo aquella de las tres a quien tocara por sorteo conducir de vuelta, a la que sólo dejaban tomar refrescos.
Quizá solamente repitieran esa excursión media docena de veces, quizá alguna más, pero se quedó para siempre en la memoria colectiva de las Joyas como el verano de los chiringuitos.

El siguiente curso empezó con todas sus expectativas, nuevas asignaturas, nuevos compañeros y nuevos profesores.
Y aquí saltó la sorpresa, y más concretamente en la asignatura Fisiología del Ejercicio. En cuanto entró el profe en clase, Paty se quedó bloqueada. ¡Qué tío más guapo! No recordaba haber sentido antes nada igual.
Después de presentarse el profe, que dijo llamarse Luis, con el fin de hacer participar a los alumnos y de empezar a conocerlos les fue preguntando por sus deportes o ejercicios favoritos. Cuando le llegó al turno a Paty, se le quedó tal cara de pasmo que el tal Luis, en vista de que no respondía, pasó el turno al siguiente sin más comentarios.
Al final de la clase, cuando Paty al ir a salir pasó a su lado, le hizo una seña y le preguntó si estaba bien. Ella balbuceó algo como que sí, que debía ser el calor, o que si era el primer dia o una excusa que luego no recordó y que seguro fue lo más tonto que se le podía haber ocurrido.

Luis acababa de terminar la carrera, tenía cinco años más que Paty y era un tipo encantador. La cosa se fue liando, en cuanto ella obtuvo el grado se fueron a vivir juntos y al año siguiente se casaron y tuvieron una hija.
Antes de todo aquello, Paty ni se había imaginado que nada similar le pudiera suceder. No sabía por qué, pero siempre había pensado que lo de madre y esposa no era para ella.
A ella, que no había tenido experiencia sexual previa ni especiales expectativas en este campo, lo que tenía con Luis le parecía un invento francamente bueno.
A los cinco años de convivencia y con una hija y un hijo que ya corrían y hablaban, todavía casi ni se lo creía.

Luis seguía de profesor en la misma universidad y ella había estudiado, con su niña pequeña al pecho, sus correspondientes oposiciones.
Y acabó consiguiendo plaza de profe de gimnasia en un instituto relativamente cercano a su casa.
Ambos tenían un buen horario que podían combinar perfectamente y todo era fácil, agradable.
Paty había vivido los problemas económicos que tuvieron tuvieron sus padres en una época. Recordaba cómo hubieron de trasladarse a la ciudad por motivos de trabajo. Cómo su padre se tiraba semanas viajando con su camión muy lejos de casa y luego al regreso tenía algunas desavenencias con su madre, cansada de tirar sola de casa y de hija.
Para ella iba todo tan bien que se le hacía raro y a veces le daba miedo. Pero procuraba no pensar en negativo y disfrutaba de su trabajo, de sus hijos y de Luis. ¡Menuda suerte, era un tipo único!
Los momentos malos, que hubo alguno, pasaron relativamente rápido y ninguno fue tan malo que mereciera la pena ser recordado por ninguno de los dos.

Pero nada es para siempre.
Nadie piensa ni dice a diario ¡qué feliz soy!
Catorce años puede parecer mucho tiempo, pero cuando todos y cada uno de los días de esos catorce años están embebidos en algo que se puede llamar harmonía o felicidad, se hacen cortos.

Ambos eran personas sanas, activas, los dos practicaban deporte, o al menos ejercicio regular. Luis no tenía problemas de salud en la mitad de su cuarentena, pero en un partido de rugbi con su equipo, casi a final de curso, tuvo una parada. Salió de esa primera parada, pero luego tuvo un segundo ataque, que fue el último.

A partir de ahí, Paty, sufrió un apagón y sus hijos también. Los chicos se repusieron antes gracias a la ayuda de sus abuelos y de las Joyas, sobre todo de Estela.
A ella le costó algo más. Casi un año después, todavía de baja, temía que no iba a ser capaz de salir del agujero. Un curso completo en blanco, que en realidad fue un tiempo en el que estuvo sumida en la oscuridad.

Pero tanto si se trata de un tiempo feliz como si es la mayor de las tristezas, nada es para siempre. Paty se pudo reincorporar en el mismo instituto al siguiente curso. Le costó coger el ritmo, pero se forzó a sí misma; tenía sólo 42 años y no podía quedarse parada, por ella misma y por sus hijos adolescentes, que a falta de padre necesitaban una madre 100% operativa.

En el centro la apoyó, sobre todo al principio, una profesora de literatura, algo más joven que ella, llamada Gloria. Una chica soltera, de buen espíritu que se solidarizó de inmediato con su situación.
Fuera del trabajo la presencia y la necesidad de sus hijos la ayudó a recuperarse. Pero en el trabajo fue la muleta de Gloria la que le ayudó a volver a ser persona y buena profesora.

Tras unos meses, Paty intentó recuperar la costumbre familiar de salir de excursión en fin de semana de vez en cuando. Cuando vivía Luis hacían al menos una salida al mes; buscaban una ruta de senderismo asequible, teniendo en cuenta que llevaban niños, reservaban en un hotel o casa rural, marchaban el viernes por la tarde y pasaban dos días de caminatas por el monte, de buena comida y de buenas risas, para regresar a la rutina con espíritu renovado.

Le costó animarse, pero para no arriesgar demasiado, buscó una ruta de senderismo que ya habían hecho años atrás, reservó la casa rural que ya conocía, y en lugar de salir viernes, madrugaron el sábado y salieron a la carretera.
Esa primera vez le resultó todo tan duro, que regresaron la misma mañana del domingo, nada más levantarse. No podía soportar la falta de Luis.
Cuando el lunes se lo contó a Gloria, ésta se ofreció para acompañarles, como apoyo, la próxima vez que fueran a salir.
Paty invitó a Gloria a comer un domingo en su casa, para que conociera a sus hijos.
Los chicos pensaron que una profesora de literatura a corta distancia sería posiblemente una pesada, pero resultó no serlo: era una compañía llevadera.
En navidad Gloria les devolvió la invitación.

En primavera plantearon una salida de prueba para un fin de semana. No se llevaban mal los cuatro y lo pasaron bastante bien. Todo era diferente que con Luis, pero quedaron en repetir.

En el tercer trimestre hicieron otra excursión. Tenía encanto el hotel rural donde cogieron dos habitaciones dobles, pero resultó que una de ellas tenía cama de matrimonio, así que los hijos de Paty no admitieron discusión y la pareja de hermanos adolescentes se quedaron la de dos camas.

A las dos profes, amigas, se les hizo raro lo de compartir cama. Pero estuvieron hasta tarde charlando en voz baja.
Como no es ni parecido hablar en la sala de profesores o en la mesa comiendo con los hijos, que solas, a oscuras y en la misma cama, salieron cuestiones más personales que a las dos les hizo bien compartir.
Cuando la conciencia les empezó a fallar por el sueño, Paty le dio las gracias y le tendió una mano. Así se durmieron las dos.
Y hasta final de curso, hubo varios fines de semana más, en diversos lugares.

Gloria era una mujer más bien introvertida que de joven prefería quedarse a leer que salir a ligar. Además, pronto se dio cuenta de que no le gustaban los varones, pero por timidez y por desconocimiento, no llegó nunca a tener ni novia ni nada parecido. Tampoco sentía especial necesidad.

Ese verano alquilaron una casita en una playa y fue un mes en el que los cuatro disfrutaron. Los niños habían perdido casi del todo ese aire sombrío que se les había quedado por la pérdida del padre y Paty se sentía a gusto y despreocupada. Luis seguía presente en cierto modo, pero todos sabían que había vida por delante.

Entre ellas, todo se había deslizado con facilidad. Fueron adaptando sus estados de ánimo y sus costumbres la una con la otra. La más sedentaria empezó a gustar del ejercicio y la más deportista, con los hijos cada día más mayores, empezó a dedicar más tiempo a actividades intelectuales.
En la intimidad, su relativa inexperiencia fue una bendición. Sin prisa ninguna, y sin casi pistas previas, sus cuerpos fluyeron cariñosamente descubriendo, día a día, nuevas formas de conocerse y de quererse.

Al comienzo de curso, las dos profes hablaron por primera vez de algo que llevaban en la cabeza hacía un tiempo: estaban tan bien juntas que era una pena no compartir su vida.
Paty se daba cuenta que nunca había buscado pareja cuando era joven. Simplemente encontró a Luis y resultó ser el hombre de su vida.
Después del tremendo revolcón que había sufrido con su pérdida, tampoco había buscado nada en nadie, y había encontrado a Gloria, que estaba siendo la mujer de su vida.

Llegó un momento en que ambas estuvieron de acuerdo en que debería ser posible vivir juntas, con los hijos de Paty, como una familia. No querían renunciar a vivir plenamente esa nueva vida que se les ofrecía.
Pero Paty tenía dudas sobre si esos adolescentes, que habían pasado dos años recuperándose de la pérdida del padre, admitirían de buen grado esa situación.

Un sábado, en que iban a comer los cuatro en casa de Paty, las amigas planearon que en la sobremesa Gloria se ausentaría con la excusa de hablar por teléfono con su familia. Mientras, Paty, intentaría informar a sus hijos de la relación que había entre ellas, y de los posibles planes de vivir juntas. A ver qué pasaba.
Llevaba preparado un discurso muy elaborado para hacer comprender a sus hijos, de una manera suave y progresiva esta nueva situación.

Por fin es sábado, y ha llegado el momento. Han terminado de tomar el postre. El sol de la tarde entra por la ventana del comedor familiar.
Gloria, con antelación, ha programado en el móvil una alarma que acaba de sonar, y ha salido alegando que la llaman del pueblo de su madre.
Paty traga saliva y empieza:
– Mirad, aprovecho que Gloria no está aquí, porque quiero comentaros algo.-
Cara de sorpresa en ambos.

Continua:
– Sabéis que yo quería a vuestro padre más que a nada en el mundo. Sabéis lo mal que lo hemos pasado los tres hasta que hemos podido superarlo y seguir viviendo después de quedarnos sin él. Yo os veo fuertes y cada vez más mayores y más responsables.
Los mira uno tras otro y les ve los ojos un poco húmedos. Pero ella también los ve algo borrosos.

Parpadea fuerte, vuelve a tragar y prosigue:
– Sabéis perfectamente lo que me costó recuperarme y el gran apoyo que ha sido Gloria para mí.
Pausa valorativa, y los jóvenes ponen cara de “sí, vale, y ¿a qué viene esto ahora, en la sobremesa?”
– Pues quería contaros algo. Resulta que Gloria y yo somos muy buenas amigas.
Aquí aparece una media sonrisa en la cara de los hijos, sobre todo en la de la niña que es algo más mayor.

– Pues eso, que Gloria y yo, somos, en realidad, más que amigas. No sé cómo decirlo, Gloria y yo…somos…

Gloria, que no habla por teléfono, está en la cocina un poco nerviosa preparando dos cafés y un té. Podría intentar escuchar desde la puerta, pero quiere ser discreta porque sabe que para Paty sus hijos son muy importantes.
Saca una bandejita del armario bajo, y está abriendo la lata de las pastas de té cuando oye risas en el comedor. ¿Cómo pueden reírse de la confesión de su madre?
Lleva la lata en una mano y la tapa en la otra. Son risas jóvenes y cada vez más exaltadas. ¿De qué reirán?
Sale de la cocina y avanza por el pasillo hasta la puerta del comedor para averiguar qué está pasando. Para ellas dos es un momento que puede ser muy importante, casi decisivo para sus vidas, al menos a corto plazo.
Su amiga está sentada de espaldas a la puerta, pero sus hijos se están partiendo de risa y la ven aparecer a ella con la lata azul de las pastas danesas en la mano. Y siguen con las risas ahora mirándola a ella.
Cuando Paty se da cuenta de que, mientras siguen riendo, sus hijos miran hacia la puerta por detrás de ella, se vuelve. Tiene una cara rara, con una expresión mezcla de sorpresa, algo de vergüenza y quizá un cierto alivio.

Se dirige a Gloria:
– ¡Que dicen estos que ya se habían dado cuenta hace tiempo!

esendraga, abril 2019.

Historia basada en hechos reales, que hace años oi contar a su protagonista.

¡DÉJAME ELEGIR!

En la cancha hay varios chicos y chicas jugando al baloncesto mientras que un hombre, que lleva colgados del cuello un silbato y una funda de plástico con un móvil, les grita instrucciones corriendo arriba y abajo desde la banda.
Víctor está sentado en el banquillo, hojeando un libro, sin prestar mucha atención al juego. El profesor de gimnasia, que también es el entrenador de baloncesto, toca el silbato y dice:
—¡Chicos, final de la clase! ¡Acordaos que mañana por la tarde los del equipo tenemos entrenamiento extra, a la hora de siempre!

Baloncesto

Víctor presta atención y frunce el ceño al escuchar lo del entreno extra. Se pone de pie
cuando el entrenador se le acerca.
—¿No venía tu padre ahora?
—Si, supongo que estará al llegar, pero no creo que consigáis nada.
—¿Por qué no vas ahora a recibirlo y lo llevas al despacho del director mientras yo me aseo un poco?

El padre,  que está preguntando al bedel cuando ve llegar a Victor, interrumpe las pesquisas, da las gracias y se dirige hacia su hijo. Aunque en un primer momento, cuando ya están muy cerca, Víctor duda y mira a su alrededor, se dan dos besos el padre estirando un poco el cuello y el joven agachándose ligeramente. Se miran y dicen simultáneamente:
—¿Vamos?

Cuando están a la altura de la sala de profesores, ven que el director sale de la siguiente puerta, la de su despacho, y al verlos se dirige hacia ellos.
—¡Hola Víctor! Este debe ser tu padre, encantado, soy el director. Por favor pasen un momento al despacho que enseguida vuelvo con el entrenador.

Víctor ya conoce el despacho, entra con su padre y se sienta en una de las sillas enfrente de la mesa.
—Papá, te puedes sentar, no hace falta que te quedes de pie, aquí no se gastan muchas formalidades.

Pero el padre prefiere esperar sin sentarse, y es mejor así porque el director vuelve enseguida. Le sigue el entrenador, joven, vestido de chándal, con su silbato y su móvil, pero parece que se ha lavado la cara y peinado. Incluso huele un poco a colonia.
—Tu padre, ¿no? Encantado —dice dando la mano al padre.

El director acerca para el entrenador una tercera silla que hay a un lado e invita a todos a sentarse. Se miran y arranca el padre:
—Uds. dirán.

El director empieza:

—Ya sabe que su hijo es un buen alumno y es bueno también en deportes…
—Bueno, en asignaturas de letras, desde luego es inmejorable, pero en ciencias anda algo justo —apostilla el padre.
—Sí, pero se esfuerza y casi siempre lo saca todo…

El entrenador atiende la conversación, mientras prosigue el director:
—El caso es que Víctor es de los dos o tres alumnos más altos entre los de su edad, es rápido, tiene muy buenas condiciones para el baloncesto y el entrenador me dice que a Víctor le gusta este deporte.
—Bueno, en el patio delante de casa sí que ha jugado bastante con vecinos y compañeros, pero cuando hay algún partido importante, y yo lo veo por la tele, él no suele hacer mucho caso…

El entrenador interviene:
—Le puedo asegurar que su hijo es uno de los mejores jugadores que tenemos ahora en el instituto, dentro de cadetes, y eso que Víctor acaba de cumplir quince años y es de los menores de la categoría. Con estas ventajas es una pena que no quiera entrar en el equipo oficial. Si entrara, le aseguro que…

Víctor levanta la mano como pidiendo turno de palabra. Los tres hombres lo miran y callan:
—Mira, entrenador, ya lo hemos hablado varias veces. Me gusta el básquet, se me da bastante bien, pero me gusta como pasatiempo, no como una ocupación. Llevo jugando desde niño y ya más en serio desde primero. Ahora empiezo cuarto y ya me has dicho que podría llegar en dos años a jugar en sub-18 y quizá ser profesional si me dedicara de lleno y todo eso que me has contado mil veces. Pero es que el deporte me gusta para pasar un rato, para el recreo, para jugar una tarde en el patio de casa. Y como mucho, para participar en el torneo escolar. Pero a partir de ahí ya no me interesa.

El entrenador, mirando de reojo al padre, insiste:
—¿Cómo puede ser que algo que se te da tan bien, con tu estatura además, no te guste siendo que podrías jugar en equipos serios? ¿Tú sabes cuántos chavales querrían jugar en sub-18 y tener opciones de jugar en equipos semi-profesionales? Muchos jugadores con tus condiciones llegan a ganar bastante dinero e incluso llegan a ser famosos jugando en buenos equipos…

Víctor mira al suelo y calla. El director se dirige al padre:
—Mire, ya sabe que su hijo es de nuestros mejores jugadores y nos vendría muy bien que siguiera en el equipo un año más. El nivel en otros institutos es alto, pero con su hijo, seguro que nos iba a ir muy, pero que muy bien. Y para él es una buena oportunidad de futuro. ¿Por qué no intenta seguir otro año?, quizá le acabe cogiendo el gusto con los éxitos que seguro iba a tener…

Víctor sigue mirando al suelo. Como todos se callan, levanta la vista al entrenador y empieza a soltar una retahíla que no es la primera vez que larga:
—Mira, siento mucho ser bueno en baloncesto, pero es que ya estoy cansado, porque si fuera bajito no me daríais la lata. Se pierde mucho tiempo en los entrenamientos y en el gimnasio que también es aburrido. Luego están los días de partido en que pierdes toda la mañana o toda la tarde por ahí tirado. Yo me quiero dedicar a otras cosas. Además tampoco me gusta el ambiente en los equipos. Todo el mundo quiere destacar con buenas jugadas, meter más puntos, ser el mejor en cada partido y todo eso me da mal rollo. Prefiero ir a mi aire y si tengo ganas de jugar, poder hacer un uno contra uno con algún amigo sin compromisos ni espectadores.

El entrenador se dirige ahora al padre:
—Pero es que ya verá que si consigue convencer a Víctor de que permanezca en el equipo este año…

Pero el entrenador se calla cuando el padre le hace un gesto. Luego mira a su hijo y cree que ya no necesita escuchar más.
—Miren, les agradezco el interés. Ya sé que Víctor es un buen jugador y que quizá pudiera llegar a ser semi o profesional, pero hay un problema que no tiene solución: simplemente que él no quiere. En primero y segundo ha estado en los equipos de su edad y este curso pasado en competición sub-15, de forma que creo que ya tiene una idea bastante completa de lo que el baloncesto le puede ofrecer.
—Ya verá que si empieza en semi-profesional no es lo mismo –interrumpe el entrenador.
—Es posible, pero ya es bastante mayor para saber lo que quiere y él ha dicho que se acabó. Prefiere leer un libro a jugar al baloncesto, e incluso a ver un buen partido, en la cancha o por la tele. Yo creo que tener buenas condiciones para algo no tiene que obligar a dedicarse a eso. Y Víctor tiene claro lo que quiere y lo que no, así que por favor, les ruego que zanjemos este asunto.
—Es que tal como está la economía, que no acabamos de salir de la crisis, dedicarse al baloncesto sería una salida profesional muy interesante para él frente a cualquier otra profesión que pueda elegir.
—No le den más la lata con el deporte. Si es bueno en aquello que le gusta se podrá ganar la vida a un nivel normalito, pero vivirá más contento y seguramente menos estresado. Estudiará filología o historia o traducción o lo que quiera y como le sigue gustando el deporte, seguro que jugará a menudo por diversión como aficionado. Y si en algún momento llegara a cambiar de opinión, ya sabrá a dónde dirigirse.

Director y entrenador se miran. Esperaban que fuera más receptivo y que presionara al chico, pero se dan cuenta que con el apoyo del padre a su decisión, Víctor está perdido para el equipo de este curso. El padre, al ver a los dos docentes con cara de decepción sigue:
—Yo entiendo que Uds. quieran apoyar y dirigir a los jóvenes hacia aquello para lo que tengan cualidades, y en general es de agradecer, pero si el interesado lo tiene claro, no hay nada que hacer. Recodarán a mi hija Estela que acabó el bachiller hace un par de años. Era muy buena en matemáticas y física y su tutora le insistía en que debería dedicarse a algo de ciencias. Con la mejor voluntad asistió a todas las charlas sobre la necesaria incorporación de las chicas al mundo científico, visitó laboratorios y participó en jornadas científicas. En aquella época ya era muy feminista y estaba concienciada de la necesidad de reducir la brecha de género y todo eso, pero decía que no a su costa. Incluso la tutora nos llamó cuando supo que no quería dedicarse a nada de STEM. ¿Se dice así, no?

El director, que recuerda a Estela, asiente en silencio y el padre sigue:
—… bueno a cualquier estudio de ciencia o tecnología. Incluso sabiendo que tendría seguramente mejores salidas profesionales que en cualquier otro campo, a ella le gustaba otra cosa. Estela ahora hace ahora segundo de psicología y está encantada porque es lo que le gusta. Y creo que no estaría tan contenta si se hubiera metido en ingeniería o algo de ese estilo. Comprenderán que no voy a presionar a Víctor para que haga algo que no le interesa.

El director, tras una pausa, con una medio-sonrisa se levanta despacio, se acerca y por encima de la mesa le tiende la mano al padre:
—Pues si Ud. y su hijo tienen la decisión tomada, no se hable más, no queremos hacerle perder más el tiempo. Muchas gracias por venir y perdone las molestias.
—Gracias a Uds. por el interés. Hasta luego.

Ya en el pasillo fuera del despacho se despiden el padre y el entrenador, diciéndose solamente gracias mientras se dan la mano. Hijo y padre se despiden con un gesto y un hasta luego.

El padre se dirige solo hacia el pasillo de salida, mientras Víctor y el profe van juntos hacia las aulas en la dirección opuesta.
—Te has salido con la tuya –dice el del silbato.
—Yo ya sabía que mi padre no os haría caso.
—¿Estabas seguro?
—Sí, porque igual viene de familia. Resulta que su padre y sus dos abuelos eran médicos, y a él lo presionaron mucho, pero no le dio la gana seguir la onda y se dedicó a otra cosa. A mi hermana le dejó toda la libertad para elegir, así que a mí seguro que me iba a apoyar.

El entrenador sonríe y siguen andando en silencio. Pero antes de separase al final del pasillo, a la puerta del gimnasio, el profe mira hacia arriba a la cara del alumno y le dice:
—¿Me harás un favor personal? ¿Puedes seguir en el equipo sólo hasta Navidad? Es que si te vas ahora me dejas colgado de la canasta, ahora mismo no tengo a quién poner …

Víctor lo mira a los ojos que se alzan en su dirección. Aunque durante este trimestre ha sido un entrenador muy pesado, le cae bien.
—Vale, te lo prometo. Pero a partir de reyes ni me saludes y me tienes que aprobar la gimnasia aunque falte a muchas clases.

El profe le aguanta la mirada y se sonríe, pero antes de darse la vuelta para entrar al gimnasio le lanza un amago de puñetazo al estómago.

Tras la sorpresa, Víctor vuelve relajar el abdomen que había tensado instintivamente y gira sobre sus talones. Mientras se alegra por adelantado de todas las clases de gimnasia que se va a saltar, se dirige hacia su clase tan contento porque ahora toca literatura, su asignatura favorita.

esendraga, febrero 2019

ESTELA Y SUS AMIGAS

Este es un tercer punto de vista de los hechos relatados por Estela y por Paty, en sendos escritos ya publicados en https://esendraga.wordpress.com/2018/05/02/patrocinio-la-nueva-companera-aunque-quiere-que-la-llamemos-paty    y en   https://esendraga.wordpress.com/2018/06/01/soy-patrocinio-fernandez-pero-todos-me-llaman-paty

Estela, que sigue siendo mi pequeña Estela aunque ya es toda una mujer, me ha pedido que escriba en una página todo lo que yo recuerde de cuando se formaron “Las Joyas”. Y eso voy a hacer aquí, aunque no sé exactamente para qué lo quiere, pero los deseos de mi hija son como órdenes para mi. Allá voy.

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Reme y Estela son amigas prácticamente desde antes de nacer, aunque es una manera de hablar. Mi mujer, Estrella, y la madre de Reme fueron juntas a las clases de preparación al parto y se hicieron amigas. Las niñas, nacieron con un par de semanas de diferencia y ya desde bebés jugaban juntas, luego empezaron la guardería juntas y más tarde fueron al cole en la misma clase.

Pues ellas dos, que eran pareja inseparable, encontraron una tercera elementa cuando tenían ocho o nueve años. Lo primero que recuerdo es que al poco de comenzar aquél curso, una noche Estela me preguntó que qué significaba la palabra patrocinio. El caso es que Estrella estaba en la cocina, y yo ponía el mantel y los cubiertos mientras miraba de reojo un partido de fútbol en la tele, aunque con el volumen a cero, para evitar problemas. Fue entonces cuando me preguntó eso del patrocinio. Le contesté que patrocinar era algo así como apoyar y contribuir a los gastos de una persona o un equipo para obtener algún resultado. La miré y me pareció que no había entendido nada. Así que le señalé a los jugadores y le expliqué que la marca que llevaban escrita en la camiseta, no recuerdo si era de coches o de una compañía aérea, pagaban parte de los gastos del equipo a cambio de la propaganda que hacían con las camisetas y los carteles. Entonces salió Estrella de la cocina con la sopera, y ya nos olvidamos de ese tema.

Pero al dia siguiente, me llamó por teléfono la profesora de Estela y me contó que había una nueva niña en clase y que los demás niños se estaban metiendo con ella. Que Estela y Reme eran las más activas en este acoso y que especialmente creía que mi hija era la principal promotora. Me explicó que se trataba de una niña recién llegada a la ciudad, de nombre Patrocicinio y que todo había empezado porque se reían del nombre. Me pidió que habláramos con ella antes de que la situación empeorara. Comentó que iba a llamar también al padre de Reme para pedirle lo mismo porque esperaba que si la parejita dejaba de liderar el acoso quizá quedara solucionado el caso. Y que habia un acuerdo para que a la nueva la llamaran Paty para evitar ese nombre tan largo y que a los niños les sonaba tan raro.

Sólo al cabo de un rato caí en la cuenta de que Estela me había preguntado el dia antes, justamente por el nombre de la nueva. Así que esa tarde hablamos Estrella y yo y más o menos planificamos cómo íbamos a enfocar el asunto.

Durante la cena empezamos preguntando qué tal el cole y cómo se llevaba con los compañeros, si se divertía, cómo era la profe y esas cosas. No tardó en comentar como lo más normal que se lo pasaban bomba metiéndose con una nueva de nombre Patrocinio. No recuerdo exactamente cómo siguió la conversación, pero intetamos que se diera cuenta de lo absurdo del motivo por el que la hacían sufrir. Le pusimos ejemplos de otros nombres como el suyo o el de Reme que también podrían servir para reirse de cualquiera de ellas. Aunque creo que fuimos relativamente suaves, al final se puso a llorar y la dejamos un poco sola para que se diera cuenta de que desaprobábamos totalmente esa actitud. Parece que surtió efecto, supongo que en combinción con la filípica que Reme debió recibir de su padre y la nueva compañera se integró al final bastante bien en la clase.

Unos dias después Estrella coincidió a la salida del cole con la madre de Paty y le propuso que la niña viniera una tarde a merendar a nuestra casa. Esa fue la primera vez que el trío se juntó y ya esa primera vez empezaron a hacer travesuras de las suyas. No recuerdo qué estropicio hicieron en casa que salieron de allí con el nombre de guerra de “Las Joyas” porque mi mujer les dijo algo así cómo “Menudas joyas estáis hechas las tres” por lo revoltosas o traviesas que habían sido.

De todo eso hace casi 20 años y siguen siendo las tres inseparables. Cada una ha tomado en su vida un rumbo diferente, y en alguna época de la adolescencia o ya de más mayores han tenido distanciamientos puntuales. Incluso sé que Estela y Paty tuvieron una pelea gorda por un chico que casi les cuesta la amistad, aunque nunca me han contado los detalles ni los he querido. Recuerdo que Reme estuvo un tiempo apartada de Las Joyas por causa de un novio raro que se echó y que me huelo que no la trataba muy bien, pero esto son suposiciones mías. El caso es que en la actualidad se siguen reuniendo muy a menudo para salir de juerga, para hacer un viaje o para ir a la playa en verano.

Cada una por separado, son encantadoras y realmente son las tres muy buenas chicas. Pero tengo entendido que si se unen para hacer algo, tanto si es bueno como si es menos bueno, son temibles y consiguen lo que se proponen.

Pues esto que he escrito es a grandes rasgos lo que recuerdo del inicio de Las Joyas, y espero que le sirva a mi querida hija, sea cual sea su objetivo.  Y si ve que no le sirve tal como lo he escrito, seguro que me lo hace repetir, porque cuando se le mete algo en la cabeza, no para hasta conseguirlo.

esendraga, enero 2019

ELLA MISMA

La peluquera le había preguntado sorprendida: ¿Segura que lo quieres tan corto?

Ahora se mira en el espejo y se ve un poco borrosa por el vaho que ha dejado la larga ducha.
Para sentirse de verdad desnuda, también se ha cortado las uñas y limpiado con acetona el esmalte verde que llevaban.
Y se ha quitado los tres pendientes que suele llevar. Y también el anillo de plata que se ha puesto esta mañana en el pulgar.

A veces siente la necesidad de despojarse de todo, de sentir que vuelve de alguna manera a sus orígenes, de sentirse limpia, desnuda, sin ataduras, sólo ella misma.

La primera vez que le pasó fue cuando tuvo su primera menstruación. Como hoy, se cortó el pelo, se dio una ducha larga, muy larga, y se sintió nueva.
Aquel día, se miró de frente en el espejo y se sonrió. Pensó que quizá algo podía haber cambiado en su interior, pero comprobó que seguía siendo ella misma.
También hoy se mira y se reconoce. Es ella, la misma de antes, la misma de entonces, también con el pelo corto y sin ningún añadido.

No es una niña, ha vivido ya bastante y le han pasado muchas cosas, algunas buenas y otras que le han dejado cicatrices. Cicatrices casi todas interiores, de las que no se ven en el espejo.

Pero ahora se siente renovada, en paz.
Intenta sonreírse en el espejo, y la primera vez no le sale; lo intenta de nuevo y le queda una mueca forzada. La verdad es que últimamente ante los demás no sonríe mucho.

Pero luego, se mira bien a los ojos, se ve a sí misma, se reconoce, se comprende, se quiere.
Y la mueca se va abriendo, se va suavizando, se va dulcificando. Y al fin se sonríe a sí misma, abierta, sinceramente, su cara resplandece. Empieza a pensar que hay algunas personas ahí afuera a las que quizá debiera sonreir más a menudo.

Y al momento su mente vuela.
En cuanto pierde la concentración la sonrisa se le queda un poco congelada en la cara y cuando se da cuenta, vuelve a fijarse en su propia imagen, ahora ya casi seria del todo.

Es la misma de siempre, pero esta vez hay alguna diferencia y ve como su sonrisa se acaba de borrar de sus labios y del resto de su cara.

Algo le dice que todo no es como antes, aunque no sabe por qué.

Limpia lo mejor que puede el vaho del espejo con la toalla de las manos que está seca y se vuelve a mirar a los ojos, fijamente, para ver si descubre qué puede haber pasado.
En el fondo hay como una leve sombra que no se le revela en ese momento.

Cuelga la toalla, se aleja del espejo y se mira otra vez. Se mira bien, lentamente de arriba abajo, dando un repaso. Y de abajo a arriba.
Y aunque no ve nada especial, de repente recuerda la razón de lo que siente. Se vuelve a acercar, intenta sonreír, y se mira otra vez a los ojos.

Algo ha cambiado, pero no es grave. Sigue siendo ella misma, sigue siendo casi la misma.

Pero tendrá que acostumbrarse a esa pequeña marca exterior. Una marca que, aunque fue voluntaria en su momento, ahora percibe como totalmente innecesaria. Algo que ahora le resulta ajeno a ella misma, de lo que no ha podido despojarse en su ceremonia íntima de limpieza y renovación.

Tendrá que aprender a reconocerse, a seguir siendo ella misma, a aceptar su cuerpo, incluido ese tatuaje, ahora sin sentido, que desde hace unos meses lleva grabado en la espalda.

esendraga

SOY PATROCINIO FERNÁNDEZ. Pero todos me llaman Paty.

(Este relato es el reverso de otro titulado “Patrocinio, la nueva compañera”, publicado anteriormente. https://esendraga.wordpress.com/2018/05/02/patrocinio-la-nueva-companera-aunque-quiere-que-la-llamemos-paty)

bullying reverso

En el pueblo, mi nombre era bastante corriente y nadie se fijaba en él. De hecho mi abuela se llamaba igual y no pasaba nada.
Yo iba tan contenta al cole y ni siquiera era consciente de cuál era mi nombre. Desde que nací, todos me llamaban así, y era lo más normal del mundo.
Creo que cuando somos pequeños damos por normal todo lo que nos rodea, es nuestro mundo y no conocemos otro… Hasta que podemos comparar.

Pero resultó que el verano antes de irnos a la ciudad vino al pueblo, a pasar unos días, una prima de mi madre que traía una hija, que debía tener 10 años, o sea un poco mayor que yo. Me dijeron que ya conocía a esta prima de otra visita anterior, pero yo no me acordaba de ella. Se llamaba Paty, y cuando oyó que me llamaban Patrocinio, a mi prima, le dio la risa.

– ¿Cómo dejas que te llamen así?

– ¿Así? ¿Cómo? ¿Por mi nombre?

Y me contó dónde estaba el problema, y lo hizo tan claramente que aunque yo sólo tenía ocho años, lo entendí perfectamente. Ella también se llamaba como la abuela, pero me dijo que en la ciudad, adonde nos íbamos a trasladar mis padres y yo al final del verano, cuando fuera a comenzar el curso, que no se me ocurriera decir mi nombre porque allí sonaba feísimo. Las niñas tenían nombres como Vanessa, Irene o Isabel, o también Katy, Nelly o Paty como ella misma. Y que, por ejemplo, nadie se llamaba Nicolasa como su madre, o Patrocinio como nosotras. Eran nombres que sonaban raro. Y a la gente no le gusta lo que se sale de lo corriente. Y a los niños, menos.

Además, a mucha de gente de ciudad esos nombres les parecen antiguos, de pueblo y de incultos. Les parece que somos unos paletos que ponen a sus hijos e hijas, el nombre del santo del dia, fuera cual fuera el nombre raro que tocara.
O sea, que me tenía que cambiar el nombre antes de ir al nuevo cole porque si no, podía pasar que se metieran conmigo.

Cuando le dije a mi madre que me tenía que cambiar el nombre me miró, y no comprendió nada de lo que le decía. Supongo que no supe explicarle bien el problema, y ella tampoco podía entender qué tenía de malo el nombre de su difunta madre, que en gloria esté.
Fue su prima la que se lo tuvo que explicar, que tardó un rato porque mi madre no hacía más que decir que no con la cabeza. Y al final:

– ¡Pues no sé por qué hay que cambiar el nombre a la niña!

Tardó dos días en aceptar que sí, que sería mejor cambiarme el nombre aunque seguía sin entenderlo del todo.

– ¡Pero que conste que yo la seguiré llamando Patrocinio, que era el nombre de nuestra abuela, que no sé por qué hay que ocultarlo, siendo un nombre tan bonito!

A mi padre, que estaba de viaje con el camión, se lo conté esa noche por teléfono,  y sólo me dijo que por él conforme, pero que le pasara el auricular a mi madre.
Desde ese día insistí en que me llamaran Paty, como a la prima. Y es que Patrocinio ya me empezaba a parecer un nombre horrible para mí.

Cuando mi padre volvió de viaje varios dias después, yo estaba jugando en la plaza, y en cuanto bajó de la cabina me gritó:

– ¡¡Paty, Paatyyyy, que ya estoy aquíii!!

Y luego añadió algo en voz baja, algo que no pude oír, pero que leí fácilmente en sus labios porque siempre me decía lo mismo cuando llegaba:

– Corre, ven a darme un beso. Necesito que me des un beso.

Sin embargo mi madre, se resistió a mi nuevo nombre hasta mi primer dia de cole en la ciudad. Y después de eso, sólo se le olvidaba alguna vez, estando solas en casa o cuando me reñía por algo.

Ese primer día de cole fue todo bien; el curso ya había empezado hacía una semana cuando yo llegué y como en esa clase había muchísimos niños, no me hicieron mucho caso. La maestra dijo que me llamaba Paty y que era nueva en el colegio y en la ciudad.
En el patio, algunos me preguntaron que cómo es que había aparecido en ese cole con el curso ya comenzado, y cosas así. No es que me dieran miedo, pero como no sabía a qué me iba a enfrentar, me quedé todo el rato en una esquina, mirando qué hacían los demás.
Después del patio, la maestra me pidió que saliera junto a ella, delante de la pizarra, y que contara de dónde venía y cosas de mí. Me dio mucha vergüenza hablar allí para todos, pero la seño me hizo algunas preguntas, contesté como supe, me dio las gracias y la bienvenida, y me dijo que volviera a mi sitio.

Lo malo vino por la tarde: había plástica, y la daba otra señorita diferente. Al empezar la clase, miró la lista y vio que había un nombre nuevo. Levantó la vista, buscó con la mirada y cuando me encontró preguntó:

– ¡Patrocinio Fernández! ¿Eres tú?

Me quedé paralizada, y tuvo que repetir la pregunta, porque no fui capaz de responder. Me debí poner roja o morada y toda la clase se volvió a mirarme, entre sorpresa y risas. No puede levantar la vista del pupitre en toda la tarde.

Detrás de mí había una niña, que resultó llamarse Reme, que no paró en toda la tarde de meterse conmigo e insultarme. Varias veces estuve a punto de levantarme y salir corriendo de la clase y del colegio, pero no hubiera sabido volver sola a casa, de manera que tuve que aguantar todas las tonterías que me quisieron decir.

Esta Reme hacía equipo con Estela, que era como la jefa. A la salida me persiguieron pero yo corría más, y menos mal que mi madre ya me esperaba en la puerta que sale del patio a la calle. Le dije muy segura que no pensaba volver al colegio de ninguna manera, porque yo no iba a aguantar tantos insultos y malas miradas.
De momento no me dijo nada, pero en casa, mis padres hablaron entre ellos; menos mal que ahora mi padre estaba casi todos los dias en casa.

Y luego me sentaron delante de los dos: que no me preocupara, que la tontería se les pasaría enseguida, que había sido mala suerte de que no avisaran a la profesora de la tarde, que los niños son muy crueles, que no les tenía que hacer caso, que yo era más fuerte y más lista que los demás, etc, etc… Y así, hasta que consiguieron que aceptara volver a la mañana siguiente, pero sólo como prueba, esa fué mi condición.
Recuerdo que dormí fatal y me desperté varias veces llorando, pero me había comprometido a volver esa mañana y lo iba a mantener.

Y lo mantuve incluso después de vomitar el desayuno en el portal, cuando salíamos hacia el colegio. Recuerdo que mi madre, después de gastar un paquete de pañuelos en limpiar el estropicio, me compró un yogur líquido de fresa de camino al cole. Era la primera vez que probaba algo con ese sabor, porque detrás del corral en verano teníamos fresas de verdad, pero no sabían igual.

Incluso ahora, pasados casi 20 años, cada vez que huelo ese aroma artificial, que se llama de fresa, se me encogen las tripas, como aquella mañana de otoño, camino del cole.

Ese fue el peor dia de mi vida. Al poco de empezar, la maestra me llamó para preguntar o comentar algo, y me llamó Paty. Bueno pues una tal Estela salta y le dice a la seño, entre risas, que no me llamo así, que me llamo Patrocinio. Los 30 idiotas se empezaron a partir de la risa. Y Estela miraba a todos satisfecha de su gran éxito.
Estuve a punto de saltar sobre ella como saltan las panteras sobre las cebras en los documentales de la selva, pero no pude más que volver a echarme a llorar.
La seño llamó a Estela y creo que la estuvo riñendo. Pero no parece que consiguió nada. A mi me dijo que no me preocupara que esto se pasaría en unos dias.

Hasta la hora del recreo, sólo fue Reme la que me decía cosas, pero en el patio pasó lo peor. Todos me miraban y se reían, me daban palmadas en la espalda cuando pasaban por mi lado, y me decían algo de un gato. Me hacían como un pasillo y me obligaban a pasar, y mientras se reían, volvían a darme golpes en la espalda.

La peor de todos era Estela, que me decía que tenía nombre de chico y que si me pagaban por algo que yo no entendía. Si hubieramos estado solas, a la tal Estela le hubiera pegado un guantazo que la habría tumbado, pero es que todos se metían conmigo y me sentía como una completa idiota. Al final me di cuenta de que me habían puesto algo en la espalda, y cuando me quité el anorak, ví que me habían pintado con tiza un monigote.

Aquí fue cuando no pude aguantar las ganas de llorar y me fui a la fuente a limpiar la chaqueta y a intentar borrarme las lágrimas. El dibujo parecía como la cabeza de un gato, mal pintada. Nadie se acercó a decirme nada. Sólo uno que se llamaba Toño y que era el capitán de un cuarteto de zoquetes: me dijeron tonterías, y como yo no reaccionaba, se largaron peleándose entre ellos.

Me pasé todo el rato hasta la hora de la salida llorando. La maestra me miraba, pero no me dijo nada. A la hora de salir quiso hablar conmigo, pero me largué corriendo hasta dar con mi madre que venía a por mí.

Esa tarde me negué en redondo a ir a clase. Sólo acepté en acompañar a mi madre que quería hablar con la maestra, pero con la condición de que nos quedáramos en la puerta de la verja, sin entrar.

Esa noche volvieron mis padres a darme una nueva sesión. Me aseguraron que me iban a cambiar de colegio, aunque no era fácil. Pero como la maestra había hablado con los padres de varios de los niños, creían que iban a poder parar toda esa movida contra mí, al menos de momento.

Yo sabía que la cosa no tenía arreglo, que en esa clase eran todos una pandilla de malas personas, sin remedio. Necesitaba cambiar de colegio; para mí no había alternativa. Mis padres se comprometieron a buscar plaza en otro, pero que eso tardaría unos dias. Así que tuve que aceptar ir un día o dos más hasta que nos confirmaran cuál iba a ser el nuevo. Si seguían con las mismas, me podría quedar en casa hasta poder ir al otro cole.

A la mañana siguiente volví a vomitar el desayuno y me compraron otro yogur líquido de fresa de camino al suplicio.
Esa mañana, nadie me dijo nada. En el patio, se acercó Estela con su Reme inseparable y me dijo que ya no me llamarían por el nombre feo. Como ni les contesté ni las miré, me pareció que se enfadaban y se fueron, menos mal.

El resto de la mañana pasó sin nada especial, la seño muy simpática conmigo, la Reme no abrió la boca, Toño y los suyos ni me miraron. Parece que me había vuelto transparente, era como si yo no existiera. Pero yo seguía super-nerviosa.

Esa noche volvimos a hablar en casa. Yo me lo estuve pensando y dije que si seguían como hoy, casi prefería estar con estos idiotas que ya conocía, que enfrentarme a otros idiotas nuevos en otro colegio, que serían igual de idiotas o quizá más.

El resto de la semana empecé a respirar un poco más tranquila: parece que se habían olvidado de mí, o que una vez pasada la novedad y el cachondeo, ya no se divertían a base de insultarme.

Incluso en el patio se acercó un día Estela para invitarme a jugar a eso de la goma que jugaban las niñas en esa época. Es porque Reme no había venido y les faltaba una compañera para sostener el elástico. Accedí para no enemistarme y para probar. Al final tuve que confesar que no sabía jugar; Estela que parecía ahora menos borde hasta me enseñó. Y el caso es que después de unos dias de práctica, les ganaba casi siempre. Estas niñas de ciudad se creían muy listas.

Sólo me acuerdo de un incidente más, y fue cuando Toño y sus esbirros se me acercaron un día en que seguramente se estaban aburriendo. Estela y Reme estuvieron atentas, y se pusieron delante para defenderme y los amenazaron con perseguirlos. Ahí se terminaron los problemas.

Al cabo de unos días, seguía sin gustarme el cole ni la gente de mi clase: era mucho mejor el cole del pueblo, donde los 13 alumnos compartíamos aula y profesora, y hacíamos todo juntos, desde los pequeños hasta los mayores. Pero me iba acostumbrando y lo de cambiar a otro cole, ya se olvidó.

Una tarde, al salir, me acerqué a mi madre que hablaba con otra señora. Y justo entonces salió Estela, la borde, y con toda la cara le dice a la señora:

– Mira mamá, esta es Paty.

Yo estiraba de mi madre para que nos fuéramos enseguida, pero se enredó a hablar con la señora y me alejé porque no quería ni saber lo que estaban hablando. Al final se despidieron y cuando íbamos de camino va y me dice que había quedado en que el viernes por la tarde estaba invitada a merendar en casa de Estela. Me cabreé mucho de que se hubiera comprometido en mi nombre y le aseguré que no pensaba ir.

Pero el viernes, al final, sí que fui. Y fue una buena decisión. Sólo éramos tres en la merienda: las dos super-amigas y yo. Menuda locura una vez tomé confianza: hicimos muchas de esas cosas que los mayores prohíben, como saltar por las camas, o pintarnos con maquillaje todo lo que nos dio la gana, hasta que se acabaron los coloretes, los esmaltes y los pintalabios de un estuche que Estela tenía en su cuarto.

Debió ser por algo que nos dijo la madre de Estela cuando descubrió los estropicios que habíamos hecho, porque esa tarde salimos las tres con la denominación de “Las tres Joyitas”. Y somos el trío de amigas más unidas y guerreras que he conocido. Y que, con algunos altibajos, todavía dura: Las Joyas.

Y en el colegio ya nadie volvió a llamarme por aquél nombre del que no quería ni acordarme.

En los años siguientes me confirmé a mi misma que Patrocinio era realmente un nombre poco bonito. Pero que no son más que cuatro sílabas y que como nombre no significaba nada. Exactamente lo mismo que todas las demás palabras del diccionario, que son sólo unos pocos sonidos o unas letras en un papel, que en sí no son nada.

Llegó un momento en que tomé la decisión de que si mi nombre legal es Patrocinio Fernández, eso es lo que siempre iba a decir como presentación. Si a alguien no le gusta, pues que lo siento. Y si alguno se me ríe en la cara, que se prepare.

Así que cuando me preguntan por mi nombre siempre digo Patrocinio Fernández, sin ninguna vergüenza. Pero siempre intento sonreír y muchas veces añado:

– Pero todo el mundo me llama Paty.

esendraga, mayo 2018.

PATROCINIO, LA NUEVA COMPAÑERA (Aunque quiere que la llamemos Paty)

(Este cuentecillo es el primero de una serie que llamo “Las Joyas”)

Cuando Reme y yo hacíamos tercero de primaria, llevábamos más de una semana de curso cuando apareció una niña nueva en clase. La profe nos dijo que se llamaba Paty.

bullying c

Al salir al recreo nosotras nos pusimos a jugar a la goma, como siempre, pero como a la nueva la vimos sola en un rincón nos acercamos a ver qué contaba. Le preguntamos pero no le pudimos sacar casi nada. La verdad es que hablaba con un acento que nos pareció un poco raro pero estuvimos con ella un rato. Al final, queríamos volver a la goma y la invitamos pero nos dijo que no le apetecía y nos olvidamos de ella.

Al volver a clase la seño pidió a Paty que saliera a la pizarra y nos contara algo de ella. Dijo que era de un pueblo y que sus padres habían venido a la ciudad para quedarse. La profe le hizo algunas preguntas. Su padre conducía un camión y la empresa había abierto un garaje aquí, así que se habían venido a vivir a la ciudad. Que ella prefería el pueblo, donde sólo había 18 niños en la escuela y que estaban todos en la misma clase, grandes y pequeños. Y que ella se lo pasaba muy bien allí. Que su casa de aquí era muy pequeña, y poco más contó. La verdad es que, con su acento raro y todo, cogió confianza y se explicaba bien. Bueno pues ya sabíamos quién era Paty.

Pero por la tarde vino la profe de plástica y al dirigirse a Paty, miró su nombre en la lista, y la llamó Patrocinio Fernández.
¿¿Patrocinio?? Creo que yo empecé a reírme y toda la clase después. La tal Patrocinio se puso colorada y escondió la cara entre las manos. Toda la tarde nos seguimos riendo y mirándonos con cara divertida burlándonos de ella.
A la nueva la habían puesto en una mesa libre justo delante de mi amiga Reme, mi mejor amiga. Y cuando la profe no las miraba le decía a Patrocinio desde atrás, cosas sobre su nombre en voz baja, que si Patro, que si Cini, o Trocini y todas las tonterías que se le ocurrieron, porque el nombre tenía gracia.
Al acabar la clase, la nueva se largó corriendo y ya no tuvimos esa tarde oportunidad de más diversión. Reme y yo quedamos que a la mañana siguiente nos lo íbamos a pasar bien con Patrocinio.

Esa tarde, mientras poníamos la mesa para la cena, pregunté a mi padre qué significaba patrocinio. Y él, que de reojo estaba mirando el fútbol en la tele, me señaló un futbolista y me preguntó que qué ponía en su camiseta. Hace casi 20 años, pero me acuerdo perfectamente que ponía “Líneas Aéreas de Syldavia”.
—Papá, ¿qué es Syldavia?
—Syldavia es un país. Bueno pues la compañía de aviones de ese país paga a esos futbolistas para que lleven el anuncio de su marca, bien grande en la camiseta, y eso es patrocinar al equipo. Lo mismo pasa con Adidas y con todas esas marcas que hacen patrocinio de los tenistas, o los motoristas.
—Papá, tú también llevas la marca del chándal, ¿a ti te patrocinan?—No, eso sólo lo hacen a a los famosos. ¿Dónde has oído esto del patrocinio?

En ese momento metieron un gol los de las líneas aéreas y mi padre se puso tan contento que se olvidó de la pregunta en ese momento. Luego empezamos a cenar y ya no hablamos del tema.

Al día siguiente, antes de clase le conté a Reme qué era eso de patrocinio, y todavía nos duraba la risa cuando formamos para entrar.
La profe la volvió a llamar “Paty” y yo levanté la mano y dije:
—Seño, no se llama Paty, se llama Patrocinio.— Y toda la clase nos volvimos a reír.

La seño me echó un sermón de que no nos teníamos que reír de una compañera y no sé qué más cosas, pero con la risa y el nerviosismo no me enteré bien de qué me quería decir.
Durante la clase todos nos mirábamos a escondidas con el cachondeo de que el nombre de verdad era mucho mejor, pero mucho mejor que ese de mentiras que le habían puesto, Paty.
Además, Patrocinio parecía nombre de chico: el patrocinio. ¿Cómo se les había ocurrido ponerle como nombre eso de pagar a los famosos por llevar una marca en la camiseta o en las zapatillas?
Después del timbre, pero antes de salir al recreo, la profesora llamó a Patrocinio a su mesa y mientras tanto, me acerqué a las perchas y con tiza pinté lo primero que se me ocurrió en la espalda de su anorak, que era como marrón oscuro: pinté una cara de gato.
Cuando salió al recreo, todos la estábamos esperando: ¡Patrocinio, Patrocinio! Gritábamos todos. Le hicimos pasillo y cuando pasaba por delante y los demás veían la cara de gato se partían de risa a sus espaldas.

Se iba a ir corriendo, pero Reme y yo la retuvimos.
—Oye a ti quien te paga, ¿el gato?”
Y nos reíamos de su cara, que era de susto, de desconcierto y de vergüenza. Al final se dio cuenta de que la miraban por detrás. Se quitó la chaqueta, vió el gato y se puso a llorar. La limpió en la fuente como pudo, mientras nosotras nos olvidamos de ella y nos fuimos al rincón de la goma.

A la vuelta por la tarde, mientras formábamos para entrar, vimos a la nueva con una señora bajita y regordeta, hablando con la profe, pero lejos de la fila. La señora debía ser su madre. Pero después de hablar un rato las tres, Patrocinio se fue con ella y no vino a clase. Todo fue normal esa tarde.
Esa noche, fue raro porque durante la cena la tele estaba apagada, pero como a esas horas no hacían nada que me interesase, no dije nada
La cena empezó normal, y al cabo de un rato mi madre me preguntó qué tal el cole, si lo pasaba bien, si me divertía. Mi padre esperaba también muy atento y parecían especialmente interesados en mi respuesta. Les conté que nos lo pasábamos bomba, que había venido una nueva, que era de pueblo, y que se llamaba Patrocinio, y que nos habíamos divertido mucho con su nombre.
Les conté que yo le había dibujado la marca del gato en el anorak y que nos habíamos reído mucho hasta que ella se dio cuenta. Y todos le decíamos que a Patrocinio la patrocinaba el gato. Y que luego ella, se había borrado el dibujo en la fuente del patio.
Mi padre preguntó si la nueva también se divertía con lo de su nombre. Dije que no, que ella quería que la llamaran Paty, y que le daba mucha rabia lo de Patrocinio, pero es que a nosotros nos gustaba más éste, que era su nombre de verdad.
Entonces se puso serio y me preguntó mi nombre.
—¿Qué, no lo sabes?, pues me lo pusiste tú.
—Si, Estela, pero ¿sabes qué significa?
—Pues Estela no es nada, es mi nombre— respondí — y bien bonito que es.
—Estela es lo que uno deja a su paso.
—¿?
—Como un barco que deja unas onditas en el agua una vez ha pasado. O como tu primo Luiso, el verano pasado que iba dejando una estela de olor a sudor que no se podía aguantar, ¿te acuerdas?

Esto ya no me gustaba. Mi madre dijo:
—Te podríamos llamar “Estela de Olor a Sudor”, qudaría bien, ¿Eh?

E hizo un gesto con las manos como describiendo un gran letrero luminoso donde estuviera escrito…
—¿Qué dice Paty cuando la llamáis Patrocinio?
—Se enfada, nos quiere pegar, pero como somos muchos, no puede. Esta mañana se ha ido llorando y esta tarde no ha venido
—O sea, señorita “Estela de Peste a Sudor”, que a Patrocinio no le gusta ese nombre… Mira se me ocurre que como Reme es de la palabra Remedios y remedios son soluciones y también significa medicinas, vamos a llamar a tu mejor amiga Aspirina, o mejor señorita Aspi.

Y mi padre remachó:
—Eso, ahora cuando la llames por teléfono, como todas las tardes, vas y le dices a su madre que quieres hablar con tu amiga Aspi.

No recuerdo exactamente qué siguió a esto, pero sí que acabé llorando y también recuerdo que no vinieron a consolarme cariñosamente como otras veces que había llorado por otros motivos. Me sentí un poco abandonada.
Luego me pidieron que llamara a Reme para contarle el asunto y preguntarle cómo le había ido. Ya sabéis que Reme es mi amiga desde siempre, desde antes de que tenga recuerdos. No estaba llorando pero se notaba que estaba un poco rara. Seguro que su madre le habría dado una riña parecida. No hablamos casi nada y colgamos.

Al día siguiente, antes de formar, vimos a Paty en un rincón, intentando pasar desapercibida. No le dijimos nada.
Durante la clase, tampoco nadie dijo nada sobre el nombre, pero al salir al patio, Toño con sus tres seguidores de siempre, se me acercó intentando pincharme para que montáramos un número divertido a costa de la nueva. Le dije que a Paty la teníamos que dejar en paz. Como se puso un poco pesado le dije que si me daba la lata con lo de Paty, que le empezaría a llamar a él por su apellido, que era también estupendo para reírnos un rato, se llamaba Antonio Tos. Sus amigos actualizaron el asunto de la tos, porque lo de ToniTos sonaba bien…
Empezaron a pelearse entre ellos, que parece era uno de sus pasatiempos favoritos, y enseguida se olvidaron de nosotras.
En el recreo, Paty volvió a su rincón. Nos acercamos y ella se puso a la defensiva. Yo le dije que nosotras ya no la íbamos a llamar por el nombre largo, sino Paty. Ella no dijo nada, y nos fuimos a lo nuestro.

Los siguientes días, pasada la diversión inicial ya no le hicimos mucho caso. Y ella se mantenía apartada porque todavía no estaba segura de que no nos fuéramos a cachondear de ella.

A la semana siguiente un día se puso mala Reme, de forma que nos faltaba una para jugar a la goma y estaba yo un poco aburrida. Al Toni Tos y sus amigos les había dado por hacer el burro y no se podía jugar con ellos. Y el resto tenía cada uno su grupito. Nos faltaba una compañera para jugar, así que me acerqué a Paty que seguía en su rincón y le pregunté que si quería venir. No parecía muy convencida. Pero le insistí y dijo que vale, de forma que se puso a sujetar la goma.
Cuando le tocó, dijo que no, que se quedaba sujetando. Y así acabó el patio.
Pero al entrar en clase le pregunté, si sabía jugar: dijo un sí flojito, pero puso cara de que no.

Al día siguiente lo comenté con Reme, que ya se había puesto buena, y en el patio nos fuimos a su rincón con la goma. Después de darle la lata, acabó confesando que en el pueblo jugaban a otras cosas. Así que le enseñamos. Y para nosotras resultó fatal porque, a pesar de que era más bajita que Reme y que yo, saltaba mucho más y una vez se aprendió los movimientos nos ganaba casi siempre.

Esa tarde vino mi madre a por mí, y me vio que yo salía hablando con Paty.
—Mira Mamá, esta es Paty.

Y enseguida vi a la señora bajita, que se acercó. Total que se presentaron y mi madre invitó a Paty a que viniera a casa a jugar y a merendar el viernes por la tarde, que no teníamos extraescolares. Ella miró a su madre y quedaron en que sí. También vendría Reme, porque Reme siempre viene.

Ese viernes, después de merendar fue cuando las tres nos metimos en mi cuarto y sacamos el estuche de pinturas que se había dejado mi tía hacía ya no sé cuánto tiempo. Y cuando ya estábamos de colorete, de pintalabios y de sombra de ojos hasta las cejas, apareció mi madre.
Fue entonces, mientras nos limpiaba con toallitas húmedas, de esas que gastaba ella por las noches, cuando nos dijo aquello de: “Menudas joyitas estáis hechas las tres, ¡unas joyitas!”. Y fue entonces cuando tomamos el nombre de las “Joyitas”, aunque luego, cuando empezamos a salir con chicos, lo cambiamos por “Las Joyas”.
Las más temibles del barrio. No os engaño si os digo que había compañeros que se apartaban de nuestro alcance cuando aparecíamos en cualquier sitio.
La primera actuación del trío fue ese mismo lunes, cuando Toño y sus amigos se cansaron de pelearse entre ellos y se quedaron sin nada interesante que hacer. Así que quisieron recuperar algo de diversión con el tema Patrocinio. Sin ponernos de acuerdo, las tres Joyitas nos pusimos en formación, Reme y yo delante y Paty justo detrás, en el centro, como guardándonos las espaldas. Nos debimos poner tan serias y guerreras que los tres bobos aquellos pensaron que una pelea con nosotras no era buena idea y que era mejor largarse a la otra punta de patio y dedicarse a otra cosa.

Resulta que meterse con alguien sólo es divertido si haces piña con otros. En este caso había sido yo la promotora el primer dia, de forma que como Reme y yo estábamos en contra de meternos con Paty, no podían contar con nosotras para esa juerga, así que al cabo de unos días en el cole ya nadie se acordó del nombre tan raro de nuestra nueva amiga.
Que yo sepa, nadie volvió a llamar a Paty por su verdadero nombre completo.
Bueno, salvo yo un día en que nos peleamos por un chico, siendo todavía unas crías.
Estábamos las dos discutiendo y bien cabreadas, cuando le dije:
—¡Tú te callas, Patrocinio!

Le produjo tal impresión que de repente se quedó parada, inmóvil. Bajó la mirada, se dio la vuelta y me dejó plantada, con mi cabreo en llamas y la palabra en la boca.
Nos costó mucho tiempo y esfuerzo recomponer la relación, todo el tercer trimestre de aquél curso. En que por cierto, estuve poco centrada y a punto de tener que repetir.
Pero antes del verano conseguimos confianza otra vez.

Y Paty se fue haciendo mayor y evolucionó. Y maduró, seguramente más que nosotras.
Tanto cambió que el primer día de instituto, al ser peguntada por su nombre, contestó con la mayor naturalidad: “Patrocinio Fernández”.
Nos quedamos a cuadros, ¿qué le había pasado que era ella misma quien lo decía?
Y luego con una sonrisa añadió: “Pero todos el mundo me llama Paty”
Y nos miró de reojo con un guiño.

esendraga, 2 de mayo 2018.  Dia contra el Bullying.

Este mismo relato pero desde el punto de vista de Patrocinio está aquí: https://esendraga.wordpress.com/2018/06/01/soy-patrocinio-fernandez-pero-todos-me-llaman-paty
Y otra versión de los mismos hechos, según los ve el padre de Estela: https://esendraga.wordpress.com/2019/01/11/estela-y-sus-amigas

Otros cuentos de las Joyas en el menú desplegable de arriba.

STEVE, EL CHICO DEL JERSEY NEGRO

Ayer estaba tan ilusionada como una colegiala, porque hacía un siglo que no salía una noche de fiesta.

Bueno, en realidad han sido sólo dos meses, pero se me ha hecho eterno. Lo de preparar oposiciones es un rollo pero se supone que si tienes la suerte suficiente para aprobar y luego sacar plaza, puedes tener para casi el resto de tus días trabajo de ocho a tres y sueldo asegurado. Pero lo de preparar los temas se me está haciendo largo.
De momento he hecho el primer examen, y creo que lo he clavado, porque me lo tenía bien preparado, así que por ahora, contenta.

La cosa es que anoche volví a salir después de esos 100 años encerrada en mi torre como Rapunzel. Y las tres Joyas nos fuimos de fiesta, ¡queremos marcha, marcha!, ¡queremos marcha, marcha!
Mis amigas no han dejado de salir durante eso que me ha parecido un siglo, pero me dicen que no ha habido nada nuevo ni nadie nuevo ni interesante ni especialmente divertido.
Conociéndolas, ya me extraña que no haya pasado nada especial, pero creo que lo dicen para que no me sienta mal por haberme perdido algo.

Era el tercer garito al que íbamos, y hasta ese momento, la verdad, sin novedad: la misma peña de siempre y casi la misma música que cuando abandoné el mundo. Las otras Joyas tampoco parecían divertirse mucho.

Eso de que el trio seamos “las Joyas” viene de que una vez mi madre nos sorprendió a las tres, en mi cuarto cuando teníamos 8 o 9 años pintándonos uñas, labios, mejillas y todo lo pintable.
Lueo, mientras nos lavaba la cara con jabón iba diciendo eso de “¡menudas joyas estáis hechas!”
Desde entonces es nuestro nombre de guerra, y todas las compañeras, amigos y amigos de amigos nos identifican como las Joyas. Y algunos hasta nos temen.

SteveCambiamos de sitio y en este garito estaba él. Era amigo de unos que conocemos, que eran compañeros del hermano de otra amiga. Me lo presentó uno de los otros conocidos, pero con la música del sitio no oí cómo se llamaba. A mí me presentaron como la Joya ausente hasta ahora. Estaba claro que él ya conocía a las otras dos y puso cara como de sorpresa, al descubrir en persona la pieza del trío que le habían comentado que faltaba.

En un aparte pregunté a mi amiga quién era ese tipo, un poco raro. Me dijo que tampoco se acordaba de su nombre y que sólo lo habían visto un par de veces, y que no sabía nada más de él. Me quedé sorprendida de que ella no supiera nada y cuando le insistí me miró extrañada como diciendo, “¿Te interesa? Pues a mí, no, para nada, todo para tí”.

Bastante pelo, no me parecía feo, algo de bigote y barba de unos cuantos dias. Pero en la ropa, era poco corriente con su jersey negro de cuello vuelto, que parecía un progre de la época de jóvenes de nuestros padres.
O más bien se parecía (salvo en el pelo y barba blanca) a ese que inventó el iPhone que no me acuerdo como se llamaba, y que era un tio listo, alto y delgado, pero que se murió hace unos años. Leí que cuando se dio cuenta de que le gustaba el famoso jersey negro de cuello alto, como era rico, encargó no sé cuántos iguales.
Pues una cosa parecida, pero en joven y con pelo. Será cosa de preguntarle cuántos jerseys iguales tiene, a ver qué contesta.

Estábamos en el típico grupo de charla conjunta, bebiendo y moviéndonos más o menos al ritmo de la música.
En un momento en que se abrió un poco de hueco entre la gente, me pareció que me miraba desde su taburete, y como yo todavía estaba de pie me acerqué. Nos pusimos a hablar, plan toma de contacto. Parecía un tipo serio, pero era gracioso en su forma de hablar. Estaba unos meses en la ciudad, paraba en casa de estos amigos, y todavía le quedaban al menos dos meses más por algo que estaba haciendo en la universidad.
Supongo que a su edad, ya debía ser como profesor o doctor o lo que sea. Porque como estudiante ya era un poco mayorcito. Pensé que ya se lo preguntaría más tarde.

En una ocasión dijo algo que no entendí y se acercó a mi oreja para repetirlo. Me gustó la forma en que lo hizo y con el mínimo roce que hubo y con su voz tan cercana, se me despertó algo. La verdad es que llevaba un siglo de sequía y la sensación de proximidad me produjo un poco de cosquilleo. Eso era buena señal, porque además me hacía sentirme cómoda a su lado.
Le miré de cerca y él también me miró a los ojos. Qué suerte haber encontrado a este tipo, justo lo que necesitaba.
El resto de la gente estaba de charra y de risas. Propusieron ir a bailar a no sé dónde. El del jersey y yo nos miramos y dijimos al mismo tiempo que “vale”.

De camino, seguimos hablando, algo apartados del resto del grupo. Un poco más alto que yo, caminaba atento a la conversación. No sé por qué no les gustaba este tío a mis amigas; a mí, cada vez me atraía más. Comentamos cosas de la ciudad, de los estudiantes, de los sitios a los que íbamos, lo normal.

Bailamos un rato en el sitio al que fuimos. El de jersey no era muy bailarín, con las mangas subidas hasta casi los codos, pero me seguía y me gustaba. Después de un buen rato dando saltos, volvimos donde las bebidas, un poco acalorados. Y seguimos hablando. En un momento determinado, no sé por qué, nos acercamos, y nos besamos. El beso fue corto, él fue más discreto de lo que yo me hubiera esperado y por eso me quedé con ganas. No me rehuía pero tampoco parecía ansioso de contacto más cercano. Nos sonreímos el uno al otro.
Luego seguimos charlando con el grupo y bebimos algo más.

No era muy tarde y los demás se empeñaron en cambiar de sitio, de forma que salimos.
Todavía no sabía cómo se llamaba el del jersey, pero después de tanto rato me daba vergüenza preguntarle y confesar que no lo había oído cuando me lo presentaron.
Cuando salimos, me preguntó si quería seguir con el grupo. Y coincidimos enseguida en sería mejor ir por nuestra cuenta, así que nos despedimos de las otras dos Joyas, que me miraron un poco sorprendidas, y también del resto del grupo.

Me dijo que la casa donde paraba con sus amigos estaba como a diez minutos andando y que no había nadie, porque los compañeros eran justamente los que habían seguido con las otras Joyas; que si quería tomar algo con más tranquilidad que ir por ahí pasando frio, así que me pareció buena idea.
Porque el caso es que empezaba a hacer fresco y yo no iba muy tapada, que digamos, así que cuando vio que cruzaba los brazos para protegerme un poco de la brisa, me rodeó con su brazo como para darme algo de calor mientras caminábamos.
No era lo clásico de quitarse la chaqueta que se ve en las pelis antiguas, pero como él no llevaba puesto más que el jersey, lo di por bueno y se lo agradecí.
Caminamos hasta la casa con pocas palabras.
Mientras buscaba las llaves para abrir, me miró y me sonrió. Parecía súper tranquilo, cuando a otros en situaciones parecidas los he visto ya nerviosos de lo que puede suceder una vez arriba o de si no llega a suceder nada, y preocupados de antemano de si se van a pasar o no van a llegar.
En el ascensor todavía estaba yo helada y él se acercó y me abrazó de frente con su jersey suave, aunque un poco viejo y usado, la verdad. Me plantó un beso en el cuello, y se quedó ahí, dándome calor hasta que llegamos al sexto.

Menos mal que el piso estaba a mejor temperatura, pero aún así me ofreció si quería alguna chaqueta o algo de abrigo, y le dije que ya estaba entrando en calor, pero un té sí le acepté.
Fuimos a la cocina y seguimos charlando, mientras él preparaba el té y un descafeinado, también caliente, para él.
Me contó que había estudiado biología, aunque con retraso. Parece que en primero se despistó un poco y pasó un año loco en Tenerife. Tras perder este año dice que se concentró y terminó bien la carrera, que además le gustaba.
O sea que el chico tenía un cierto “pasado”. En cambio yo soy la cosa más lineal, que sólo me permito sacar los pies del tiesto con chorradas puntuales junto con las Joyas.

Cogió una bandejita con las tazas y le seguí por el pasillo hasta una especie de estudio que era su habitación, bastante espaciosa, donde tenía una mesa de trabajo grande, llena de trastos, un portátil, muchos cables y varias carpetas cuyas etiquetas no llegué a poder leer, porque las apartó y apiló para dejar sitio a la bandejita de las bebidas calientes. En una esquina estaba la cama, bastante bien hecha para lo que sería de esperar, siendo una visita inesperada. Enfrente, en un rincón cerca de la ventana, había una hamaca de playa de las antiguas de madera y con la lona a rayas blancas y verdes. Era algo que no pegaba, y cuando me vió mirarla con extrañeza me dijo que era lo mejor para estudiar y también para descansar.
La puso en la posición más vertical posible y me invitó a tomar allí el té, mientras él se sentaba en la silla giratoria de trabajo con su descafeinado.
Le pregunté sobre su ocupación y me dijo que trabajaba en una investigación sobre la membrana de las células, sobre unas proteínas que tienen, para qué valen, cómo se pueden alterar y cosas así. Lo explicó de una forma general, sin darle demasiada importancia, porque seguramente vio que tampoco me iba yo a quedar con el detalle de la copla. Pero así, con las mangas subidas hasta los codos parecía una cosa muy intelectual y sobre todo parecía un tema muy adecuado para un sesudo Steve Jobs (en ese momento me acordé del nombre del señor de Apple), pero en este caso sobre la biología celular o como se llame la especialidad.
Me contó que estaban haciendo unas pruebas con unos microbios, y se turnaba con otro colega que estaba por las mañanas en el laboratorio y él se pasaba todas las tardes allí.
Me preguntó por mis oposiciones y se lo conté como lo que es: un suplicio para intentar luego complicarte la vida lo menos posible, y tener para vivir. Y para divertirte, claro.
Cuando acabé el té, Steve me recogió taza y platito, y me preguntó si quería probar la hamaca.

Se acercó por detrás y la puso en posición relax, casi horizontal. Entrecerré los ojos y dije que era verdad, que era súper cómoda. Mientras yo me relajaba un poco, o lo simulaba, vi que daba al interruptor de un radiador eléctrico que había debajo de la ventana, click: esto es buena señal, pensé. Y luego oí cómo se frotaba las manos, como para calentarlas: otra buena señal.
Noté que Steve se arrodillaba a mi lado y acercaba su cara. No era feo, aunque tampoco había mucha luz. Sonriendo se fue acercando y nos empezamos a besar: él de rodillas a un lado y yo toda repantigada en la hamaca de playa.
Poco a poco pasamos también a las manos y se las noté calentitas y agradables, ahí donde se quisieron posar. Yo le pasé las manos por debajo del jersey y noté que tenía el torso muy lisito, sin vello y con sus bultitos duritos de músculos. Es de piel clara y me imaginé que como biólogo siempre encerrado en el laboratorio, estaría blanquita y con esas tabletitas que yo le estaba palpando, y me gustó la idea. Bastante, la verdad.
¡Ay, Steve!

Aunque íbamos plan suave, llegó un momento en que la combinación de posiciones, yo-en-hamaca-playa-relax-total y él al lado-de-rodillas-en-el-suelo no nos permitía avanzar en lo que llevábamos entre manos, así que acabó de desabrocharme los botones que faltaban, se levantó y me tendió las manos para ayudarme a salir de la hamaca.
Una vez de pie nos fuimos acercando peligrosamente a la cama, pero en el camino, al Steve se le ocurrió apagar la única lámpara que había encendida, de forma que sólo entraba algo de luz del pasillo. Pero yo quería verlo bien, con buena iluminación y me giré, estiré la mano y volví a encender la luz. El me miró un momento y volvió a apagarla. Ahora fui yo la que me puse a mirarle fijamente a los ojos, mientras iba alagando el brazo lentamente hasta el interruptor, un poco en plan desafío amistoso, y la volvía a encender. Me sostuvo la mirada un momento, y luego, con una caída de ojos y un gesto lateral de la cabeza vino a decir: no es como lo prefiero, pero que sea como tú quieras.
Le sonreí y le dije con seguridad que me gustaba así, con luz. Me devolvió la sonrisa y volvimos más o menos a donde estábamos.

Al final caímos en la cama y la cosa se ponía cada vez más interesante. Mientras nos seguíamos besando intenté coger del borde su jersey para quitárselo, y a la primera intentona no pude. Pero a la segunda, estando él encima se lo quité del tirón, esperando ver esas chocolatinas blanquitas.
No sé cómo explicarlo: me quedé paralizada. Era lo último que me esperaba de un biólogo tan serio.
La libido o como se llame, se me cortó instantáneamente a nivel cero y a mis membranas celulares se les secaron las proteínas de golpe.
Todo lo que cubría el jersey era una especie de laberinto de tatuajes con mil líneas, rectas y curvas y símbolos y pequeños dibujos. Imposible ver las tabletitas. Casi ni se le distinguían los pezones y los dibujos le llegaban hasta la base del cuello.
Cuando se dio cuenta de mi mirada sobre su torso y me vio bloqueada, él también se quedó de piedra.
Y cuando vi la carita que se le quedó, no sé que les pasó a mis membranas que las proteínas se me fueron de golpe a la neurona de la risa loca. Tardé mucho rato en poder parar de reir. Seguramente como forma de liberar la tensión previa que se me había acumulado en esas células, que yo me sé cuáles son.
Al principio cada vez que le miraba su cara de frustración, me daba más loca la risa.

Luego, su cara pasó a expresión cabreo, y mi neurona de la risa no paraba.
Al rato, se sentó en el borde de la cama y pasó a cara de resignación para esperar a ver si se me pasaba.
Al final, en vista de que yo no paraba, intentó sonreír, tímidamente, y fue entonces cuando se me empezó a pasar el ataque de risas.

Estaba cabizbajo y vi que la espalda estaba también casi toda llena de dibujines. Pues sí que había sido loco su primer año perdido de carrera, en Canarias.
Mientras me acababa de serenar, le puse la mano en el brazo y le dije:
– Steve, no te preocupes, se me va a pasar- Después de decirlo, me dí cuenta de haberlo llamado Steve, pero él no dijo nada.
– Perdona, pero no sé qué me ha dado. La sorpresa, supongo.
– Da igual- respondió con poca voz.
Estuvimos un rato, yo con la mano en su brazo, sin hablar, él medio de espaldas y yo todavía tumbada, sin blusa.

Aunque no vivo lejos, me dejó una sudadera limpia, pero me negué a que me acompañara.
Mientras él se ponía su jersey y yo me volvía a poner la blusa, busqué su mirada varias veces como para pedirle perdón, aunque yo no me sentía culpable porque no lo había hecho adrede. Pero él seguía cariacontecido.

Cuando me abrió la puerta, me acerqué y le di un beso en la mejilla. Saqué mi móvil, pinché en nuevo contacto y tecleé: Steve. Le pregunté su número y lo anoté.
– Ahora te hago una perdida para que tengas el mío. Mañana estoy sola en casa. Si te apetece cuando salgas del trabajo, por la tarde, pásate, tomamos algo y hablamos. Si entonces quieres, me llamas y te diré la dirección.
Mientras bajaba en el ascensor le hice una llamada perdida y aunque corté enseguida, me pareció que llegaba a descolgar.

Son ya las nueve, y hace un rato ha llamado Steve, que salía del laboratorio y como era un poco tarde preguntaba si seguía en pie la propuesta. Le acabo de mandar la dirección en un mensaje.

He recorrido la casa revisando cómo está todo, antes de que llegue. Mejor no lo llevo a la habitación, nos quedaremos en el sofá de la salita, tengo la casa para mí sola porque nadie vendrá hasta el domingo por la tarde.
No he preparado nada para tomar; si todo sale bien y luego tenemos hambre, ya sacaré algo o nos iremos por ahí.

He visto que la iluminación indirecta de la salita es muy débil, así que he traído mi buena lámpara de pie de la habitación y la he puesto junto al sofá. Quiero ver bien a Steve cuando le quite el jersey dentro de un rato.
Y seguro que esta vez no me da la risa.

Es una pena. ¡Con lo que me gustaban los chicos de chocolatinas blanquitas!

Y estaba pensando en que no se puede tener todo al mismo tiempo, cuando ha sonado el timbre de la puerta.

esendraga
Enero 2018

Ctrl+z (Edición/Deshacer)

Hace casi un año que no veía a Reme, justo desde que se echó novio. Y es que era un novio digamos que raro.
No muy, muy raro, pero si lo bastante raro para que dejáramos de vernos y de tener contacto directo. Y en este tiempo sólo hemos sabido algo una de otra, en plan lejano, a través del grupo de Telegram que tenemos varias antiguas compis.
Nos habíamos dejado de hablar sin habernos puesto de acuerdo, pero fue algo tácito. Desde el día en que conoció al tío aquél, ni ella me llamó ni yo tampoco.

La semana pasada alguien me dijo que creía que Reme lo había dejado con el tipo, pero fue sólo un comentario al paso, y no se me ocurrió decirle nada porque hace un par de meses, después de verano, corrió el mismo bulo entre las amigas.
Pero ayer de repente me llamó. Sólo nos dijimos hola, y nos quedamos calladas. Como no decía nada, acabé preguntando con un qué tal sin más compromiso. Me preguntó si podíamos quedar.
– Claro, por supuesto. ¿Y tu novio?
– Se acabó.
Y quedé con ella. Entendí que el raro la había largado definitivamente, y me pareció que Reme tenía ganas de hablar con alguien. Bueno, particularmente conmigo.

Ni siquiera recuerdo el hecho de haberla visto por primera vez, o cómo nos conocimos, porque dice mi madre que fue en preescolar, o sea que Reme ha estado siempre ahí, más cerca o más lejos, pero siempre alrededor. Se me ha hecho raro este año de paréntesis sin Reme. Ni corto ni largo, sólo que un año extraño, con su verano en medio. Un poco vacío, ahora que lo pienso.

Quedó en pasar a recogerme para tomar algo, charlar, y luego ir a lo que saliera. Así que la estaba esperando, donde siempre quedábamos, y en esa esquina hacía un viento bastante frio y, claro, Reme no iba a llegar a la hora porque jamás llegaba a tiempo a ningún sitio.
Yo esperaba que viniera con su cochecillo azul, que había sido de su padre, que era más o menos como un Ibiza pero en japonés y más bonito, con dos puertas, y no sé de qué marca. Era bien gracioso, con las puertas muy largas para que los pasajeros de atrás entraran más fácilmente y en el que la palanca de cambios era un palo metálico plateado, que salía de una bola blanca, brillante, del tamaño de una naranja gorda que estaba como empotrada en el tablero, y en el extremo del palo otra bola, blanca también aunque más pequeña, del tamaño que se adapta bien al hueco de la mano. Es una chorrada lo de las bolas pero me hacía gracia el detalle.
Habíamos pasado buenas risas a bordo del cochecillo y algún viaje de esos que se nos ocurrían a veces de golpe. Un par de días por ahí, sin equipaje ni nada. Un poco locas, a veces. A la playa fuimos en él cantidad de veces. Nos gustaba ir por la tarde, cuando el sol va cayendo, la gente se marcha y la arena se enfría poco a poco.

De repente paró un coche, que no reconocí y que además metía un ruido que no era normal. El morro tenía una forma rara, como agresiva, tenía pegatinas a los lados figurando llamas y un alerón exagerado que sobresalía por detrás. Pero era un coche pequeño, azul, y la conductora me hacía señas, sonriente, casi oculta detrás de una especie de parasol azul eléctrico que tenía en el parabrisas.
– Pero Reme, ¿qué le ha pasado a tu coche? – Le pregunté mientras nos dábamos dos besos.
– Nada, que al gilipollas ese le gustaba estropear las cosas.
La miré a los ojos.
– Pero, por lo demás, ¿todo bien?
Me sostuvo la mirada un momento, y mientras arrancaba:
– Si, bien, nada que no tenga arreglo. Como el coche.
La volví a mirar mientras conducía, pero no adiviné nada.

Calavera ojos rubi

Ahora, en lugar de una bolita blanca y brillante en la palanca de cambios había una calavera, que miraba hacia mi lado, y que en los huecos de los ojos tenía dos cristales rojos, porque rubíes seguro que no eran. Encima de dejar a Reme el tío era tonto.
Iba a preguntar a Reme por su trabajo, pero con el ruidazo que metía ese trasto casi ni se podía hablar.
– Aparte de la decoración, ¿Qué le ha hecho que ahora no se puede ni hablar cuando está en marcha? – Grité.
– Ya te digo, chorradas del gilipollas. Como el tablero este forrado de piel de oso, y las lucecitas azuladas por todas partes.
Así que esperé al siguiente semáforo para no tener que gritar demasiado.
– Pero, ¿y contigo?
– ¿Te puedes creer que no me he dado cuenta de lo idiota que era el tío, hasta que me dejó hace dos domingos? Ayer caí en que ha sido como una enfermedad. – Se quedó pensando un momento. – Creo que me contagió en los primeros días que salimos juntos, y me estoy empezando a curar ahora. Cada vez que lo pienso flipo de lo tonta, tonta, tonta, que he sido. Y once meses y medio es mucho tiempo. Creo que si paso algún rato contigo, hablando o sólo haciendo alguna tontería de esas que hacemos, bueno, que hacíamos, me voy a ir curando poco a poco.
Se giró y me sonrió.
– Y una vez esté lo bastante curada, necesitaré una vacuna para no volver a enfermar de lo mismo con otro idiota que se me acerque.
– Se nota que trabajas en una farmacia.
Me miró de reojo, y creo que no entendió el chiste malo. ¿Por qué diré a veces tonterías inútiles y tontas, y que encima ni pegan ni tienen gracia? Será el ruido del motor, que me estaba mareando.

Cuando paramos en un semáforo, se volvió para mirarme otra vez. Creo que el año pasado no tenía tantas ojeras. Y me tendió la mano por encima de la consola central de piel de oso. Se la apreté y me sonrió; un poco triste en el fondo, pero era ella.

De debajo de los asientos salía una luz como azulada; miré hacia atrás y el interior de las plazas traseras reflejaba la misma estética, la misma estética del mismo idiota. Reme se dio cuenta.
– Dice mi padre que si quiero me lo puede dejar casi como antes en un par de tardes. Lo del ruido dice que será más difícil porque el idiota tiró el tubo de escape que tenía, y ahora tendrá que buscar otro igual.
– ¿Y la bolita blanca que tenías en la palanca?
– Menos mal que me la metí en el bolsillo el día que puso la calavera. La tengo desde entonces en mi mesa de noche. Yo creo que, sin darme cuenta, de alguna manera sí me daba cuenta de que había cosas en mi cabeza y en nuestra relación que no estaban bien. Que me estaban cambiando a peor. Cada vez que abría el cajón de la mesita y veía la bola, me volvía a preguntar a mí misma qué estaba pasando, qué estaba cambiando. Y ahora sé que tengo que recuperarme de algunas de esas cosas.
– Pero, ¿Cómo era, qué te hacía?
Una mueca de los labios, como quitando importancia al tema, al mismo tiempo que subía un hombro como diciendo no sé. Y luego, mientras parpadeaba dos o tres veces seguidas, como un tic, y levantando las cejas dijo:
– Nada…
Ya no hablamos hasta que llegamos cerca de la bocatería donde antes solíamos tomar algo antes de ir de copas.
Cuando aparcó y paró el ruido ese tan antipático, nos miramos, me giré y nos abrazamos por encima del freno de mano.
Noté como se me clavaba en la pierna izquierda la cara de la calavera de ojos de rubí falso, y en el hombro, junto al cuello, noté cómo se escurrían unas gotas tibias.
La apreté un poco más contra mí:
– Reme, no te preocupes, yo también te ayudaré a quitar esta tapicería tan horrorosa y a deshacer todos estos cambios . Y volveremos a poner la bolita blanca en su sitio.

esendraga. Febrero 2017.

Y YO CON ESTAS SANDALIAS

Cris es mi compañera y acabamos de subir al escenario para echar cada una nuestro rollo en la reunión funcional de nuestra dirección.

A mí me gusta lo que hago, pero a Cris la veo poco motivada para la charla, y eso que estamos en medio de un proyecto de lo más interesante, no como el año pasado que no estábamos haciendo nada que realmente mereciera la pena.

Miro a mi compañera y tiene un bonito color de cara, las manos cuidadas, y aunque sé que se ha preparado a conciencia la presentación,  por su expresión creo que va a estar un poco sosa; tiene poca confianza en sí misma.

workshop

Pero cuando se sube al taburete como esos de bar que nos han puesto este año, veo que entre el final de sus vaqueros blancos, estrechitos, y unas bonitas bailarinas plateadas que nunca le había visto, sus tobillos y la parte de empeine a la vista tienen un color morenito que me ha dejado muerta de envidia.

A mí me toca hablar después de Cris, y yo con estas sandalias color cuero, sobre mis pies blancuchos que todo el mundo estará mirando en este momento.

Celia me dijo ayer muy segura: “Si, mamá, cuando subas a dar tu clase estarás estupenda con estas sandalias”.
Le contesté que no era propiamente una clase y que no estaba convencida de ponerme estas sandalias. No es que sean feas, pero me parece que no pegan con el conjunto que llevo y que tampoco son adecuadas para llevar encima de este escenario. Aunque he visto compañeras y alguna directora que va peor. Son de la temporada pasada y me las he puesto creo que sólo una vez. Celia, con 12 años, se piensa que es la gurú de la moda más moderna, y yo soy tan tonta que me dejo convencer.

Con toda esta gente delante, este foco que me da en plena cara y el mal rollo de las sandalias me doy cuenta tarde de que la salmodia de mi compañera ha terminado.
Todavía un poco distraída oigo: “Toma, tu turno”
“Ah, sí, pasa el micro, porfa”.

Creo que es el tercer año que me toca contar, en la reunión anual de la dirección, lo que hacemos en mi departamento, explicar lo que hemos avanzado en el proyecto actual, y hacia dónde vamos ahora. Cada año hay más gente en estas reuniones.

Miro al público, en especial al jefe, sonrío y empiezo. Lo tengo tan súper claro y tan súper entrenado que me lanzo con mi energía habitual, mientras observo a los de las primeras filas y veo que me escuchan y parece que se enteran de lo que cuento y hasta que quizá les interesa, todo esto mientras sigo mentalmente el esquema que llevo trazado.

Llevo conectado el piloto automático y me está saliendo francamente bien. Pero en un punto y aparte, mini pausa, miro para abajo y ahí están mis pies, casi desnudos, y Cris al lado con esos fantásticos tobillos y esas bailarinas que son hibrido con mocasín. Y yo con estas horribles sandalias. ¿Cómo se me ha ocurrido ponérmelas al final?

Ya voy por el tercer bloque de los cuatro, preocupada por las sandalias. Menos mal que mi piloto automático es buenísimo. Como sé que me embalo, procuro ralentizar un poco el ritmo de la presentación.

Además, es que en toda la primavera no hemos podido ir ni un día a la playa, a pasear por la orilla, y así estoy de blancucha, hasta los pies.

Llego a una pausa, digamos de efecto, tras una especie de pequeño chiste para entendidos: sólo oigo alguna risita aislada, pero veo muchas sonrisas. Esto me vale.

Y menos mal que estos pantalones me sientan la mar de bien. Y que la blusa, que por cierto compré al final del verano pasado en una tienda de esas que hay por la playa, es perfecta.
Me dejo llevar por el último tramo de la presentación con las nuevas ideas para los próximos meses. Casi sin darme cuenta estoy variando un poco lo que tenía previsto para adaptarlo a unos comentarios que ha hecho Cris hace un momento, de forma que me queda un final redondo.

Termino y sonrío, pero procuro no mirar hacia abajo para no ver lo que no quiero ver.

La gente aplaude cortesmente, como con todos los ponentes. Miro a Cris y leo en sus labios “Muy bien, muy bien”.
Ya sé que mi parte era más interesante que la suya y que hablo con más soltura que ella, pero, ¡yo con estas sandalias!

En la primera fila el dire aplaude flojito mientras se inclina para decirle algo al oído a un tipo bastante joven que tiene a su derecha y que ahora no me acuerdo quién es, aunque me lo han presentado esta mañana. Los dos sonríen.

Cris y yo nos levantamos para dejar paso al siguiente equipo que ya sube con cara tensa y de concentración. Me parece que varios son nuevos. Nos cruzamos en los escalones del escenario, los veo nerviosos y les hago un gesto que quiere ser de ánimo.

Mientras vuelvo hacia mi silla en la sala, algunos colegas me hacen gestos de aprobación y me sonríen. Uno sentado junto al pasillo incluso levanta la mano abierta para chocarla con la mía en el aire. Un poco infantil hacer esto aquí, pero no quiero que el pobre chico quede desairado, y choco la palma que me ofrece.

Cuando me siento, respiro. Todo bien.

¡Si no llega a ser por estas sandalias!

Zaragoza, 25 de mayo, 2017.