Acerca de esendraga

Cuando nos detenemos en algo que no acabamos de entender, algunas veces reflexionamos. Yo en estos contados casos, escribo para aclararme. Y aquí comparto lo que voy sacando con quien lo quiera leer. Cualquier respuesta será bienvenida. Y más si es crítica.

DURANTE LA CUARENTENA ESTE NIÑO HA APRENDIDO A HABLAR, Y SU HERMANO A CAMINAR.

El pequeño tiene casi un año. El padre lo lleva de las manitas por el salón, que va recorriendo con piernas torpes porque está aprendiendo a andar. Tienen puesta la radio, no muy fuerte, para saber si hay noticias sobre la cuarentena. El mayor, que está acabando de cenar en la cocina, con su madre, tiene dos años y pico.

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El padre no está muy atento a la radio en ese momento, jugando con el peque, pero cree oír algo sobre el levantamiento de la cuarentena. Coge al niño en brazos y se acerca la radio para escuchar mejor. Pero tiene que esperar un poco hasta que el periodista hace un breve resumen final, cuando la declaración oficial termina. Sí, en efecto, a las familias o grupos de personas que han compartido vivienda durante la cuarentena y que no hayan mostrado síntomas en estos meses, pueden salir a la calle con ciertas condiciones.
Enseguida grita a su esposa:
—¡Oye, que mañana podemos salir ya a la calle!

Ya se esperaba que se relajara el confinamiento en breve, pero de todas formas les pilla por sorpresa. Se acerca a la cocina y el mayor acaba en ese momento su yogur. Ve a sus padres que se sonríen con un gesto de triunfo y pregunta:
—Papá, ¿qué pasa?
—Pues que mañana ya podemos salir a la calle.
El niño piensa un momento y dice.
—Pero siempre salimos todas las tardes a aplaudir al balcón. Y algunos días que hace sol también salimos y me siento en mi sillita.
—Sí, pero es que mañana podremos bajar a la calle, a caminar, al parque.
—¿Al parque que vemos en el video ese del columpio?
—Sí, a ese, o a otro. Podremos ir al que queramos. Incluso podremos ir en coche.

Como el niño no responde, él piensa un momento y se dirige a su mujer:
—Tengo que leer los detalles, porque a lo mejor podemos ir también a ver a los abuelos. No me enterado muy bien de todo, sólo he oído los titulares.
El niño reacciona porque no ha entendido a su padre y se gira hacia la madre:
—Mamá, pero ese parque es del video, de cuando yo era pequeño. Ese que estoy en el columpio rojo y el otro video del tobogán, ese video que al final me caigo de culo.
—Si, pero lo que dice papá es que podemos ir a ese parque del video o a cualquier otro parque. ¿No te acuerdas que a veces íbamos a otros parques?
—Pero yo solo he visto ese parque del video…

El padre está buscando en su móvil los detalles de la noticia. Pero no encuentra nada todavía porque el anuncio es de hace solamente unos minutos.
Se sienta en la cocina, junto a su mujer, con el pequeño sobre las rodillas, mientras intenta explicarle al hermano mayor:
—Mira, lo que hay en el video son cosas que pasaron hace tiempo y las ponemos en la tele para que nos acordemos y para reírnos. Pero el parque, la calle, la playa, la casa de los abuelos, son cosas reales. Ahora las vemos solo en foto o en videos, pero que existen en la realidad.

El niño se queda pensando y calla.
—Bueno, ahora luego hablamos, voy a cambiar a éste que me está llegando un olorcillo… Justo ahora que está recién bañado. Cachisss.
El mayor sigue pensativo, pero casi sin darse cuenta repite lo de “Cachisss”. Desde hace unos días parece que ha descubierto ese sonido y le gusta alargar las esesss de los finalesss.

Cuando lo acaba de cambiar, deja al peque en el suelo para que se entretenga con los juguetes que el hermano mayor tiene esparcidos por todo el cuarto, mientras él vuelve a consultar el móvil.
Pues, sí, parece que como los abuelos tampoco han tenido síntomas ni contacto con nadie potencialmente infectado desde hace más de 35 días, podrán ir a verlos. Pero los mayores seguirán sin poder salir.

Vuelve a tomar en brazos al pequeño y regresa a la cocina. La madre está recogiendo los cacharros y cuando lo ve aparecer le dice que vaya acostando al pequeño, que luego cenarán ellos. Como es viernes, al mayor lo van a dejar un rato más, de sobremesa. Desde hace un par de meses habla por los codos.
—¿Sabes? Acabo de mirar las noticias y creo que también vamos a poder ir a ver a los abuelos. Parece que esto está llegando al final.
Acerca el pequeño a su hermano y a la madre para que le digan “buenas noches”, y se lo lleva a acostar.

Mientras acuna al pequeño, oye a través del pasillo cómo la madre está ayudando al mayor a limpiarse manos, cara y dientes. Y a hacer un pis.
Cuando regresa a la cocina, su mujer está poniendo la mesa para ellos dos. Está pensativa y el hijo mayor, que ahora está sentado en la trona del pequeño, se concentra en encontrar cómo colocar una de las piezas de un puzzle que tiene delante.
—Entonces, ¿qué os parece? Mañana, que casualmente es sábado, vamos a ir a ver a los abuelos y luego al parque que hay debajo de su casa.

El niño levanta la mirada de su juego y pregunta:
—Pero, todos los días vemos a los abuelos, ¿no?
—Sí, pero los vemos por video de whatsapp, y hablamos con ellos y nos reímos todas las tardes. Pero mañana iremos a su casa y los podremos ver y tocar, igual que nos tocamos nosotros—. Y cubre la mano del pequeño con la suya.
Apretando la mano del niño, prosigue:
—Y también podremos darles un beso, ya verás qué contentos se ponen de veros. ¡Ah! Y luego, por la tarde, podemos coger el coche y acercarnos al puerto a tomar el sol un rato. Y ver el mar. ¿Qué te parece?

El niño no lo tiene claro, pero encuentra otro foco de interés:
—Oye y el coche, ¿ese que sale en ese video donde estoy llorando cuando era pequeño? ¿Lo vamos a ver también en otro video?

La madre interviene:
—Mira, tranquilo, tu no te preocupes, mañana lo entenderás todo. Ahora te duermes y verás que mañana será un día diferente y muy divertido.

El niño tiene el ceño fruncido, pero sigue con su puzzle y la madre no quiere insistir. Y cuando los padres finalmente se sientan a la mesa, ven que el niño bosteza.
—¿Tienes sueño?
El niño ni confirma ni deniega, pero parece que ya está a punto. La mujer, mientras toma al niño en brazos, dice a su marido que le caliente un poco más el puré de calabaza:
—Ya sabes que me gusta bien caliente. Ahora vuelvo y cenamos tranquilos; este cae en menos de 30 segundos, a la primera página del cuento se queda, ya verás.

El niño mayor ha dormido esta noche un poco inquieto a partir de las cuatro o así. El padre lo ha puesto a hacer pis, y le ha hecho compañía un ratito hasta que se ha quedado tranquilo.

Es casi verano, amanece bastante pronto, y el niño ha despertado al poco de salir el sol. Acude a la cama de los padres, que le tienden la mano para que suba. Se acomoda entre los dos, que intentan seguir durmiendo, aunque saben que va a ser imposible.
El chiquillo ha aprendido a hablar durante la cuarentena y no para. Ellos, como todos los padres, creen que su niño es el más listo. Hasta el 12 de marzo iba al cole, jugaba en el parque, se quedaba algunas tardes en casa de los abuelos, se subía sólo a su asiento en el coche, reconocía las calles familiares, listísimo.
—Mamá, entonces ¿qué vamos a hacer hoy?
—Pues desayunaremos, arreglaremos la casa un poco, ¡ah! y tienes que recoger todos los juguetes que anoche se quedaron por enmedio. Luego nos vestiremos y nos vamos paseando. Nos quedamos un ratito jugando en el parque de la avenida, y luego a casa de los abuelos— Piensa un momento y se dirige al marido—. Oye, ahora que caigo, a este se le habrá quedado pequeña la ropa de salir… Bueno, da igual, lo sacamos en chándal, pero yo desde luego me voy a vestir bien. ¡Ah, y me tengo que lavar la cabeza!
—Papá, y ¿qué más vamos a hacer?
—Pues lo que ha dicho mamá. Y además, luego, vamos donde queramos.
—Pero ¿y luego vamos a volver a casa?
—Sí, claro.
El niño parece que se tranquiliza
—Y para bajar a la calle ¿cómo bajamos?, la calle de abajo está muy lejos.

El padre se da cuenta de que va a tener que explicárselo todo.
—Mira, primero salimos por la puerta.
—¿La del final del pasillo? Pero si siempre está cerrada.
—Sí, pero si queremos la podemos abrir.
—¿De verdad? ¿Y luego?
—Luego bajamos a la calle.
—¿Cómo se baja?
—Pues como siempre, llamamos al ascensor y cuando estamos dentro pulsamos el botón de la B, que seguro que ahora ya llegas al botón.
El niño lo mira sorprendido.
—¿Qué botón?

El padre se da cuenta de que con todo esto el crío se va a liar. Confía en que cuando lo vea todo con sus ojos y lo toque con sus manos lo irá recordando, de forma que cambia de estrategia y en lugar de contestar y de seguir con las explicaciones mira a su mujer por encima del pequeño que les separa, apunta una sonrisa y dice:
—¿Le hacemos cosquillas a éste?
Los dos se giran hacia el niño, que ha reaccionado rápido y ya está reptando hacia los pies de la cama para bajarse. Lo atrapan y lo izan cuando ya casi está en el suelo.

Las risas locas que salen del cuarto despiertan al pequeño que estaba durmiendo en la habitación contigua, pero que ahora reclama también atención.

El padre se levanta, lo trae y lo incorpora a la reunión en la cama grande, donde al mayor todavía le duran las risas.

—Bueno, se acabó el descanso y empieza el día— dice uno.
Se abrazan los cuatro.
—Sí, el primer día de esta nueva era— dice el otro.

esendraga, marzo 2020.

SAN JAVIER 1946. Ernesto tiene 21 años.

Esta es la edad a la que se hace la mili, que dura dos años enteros.
El destino toca por sorteo salvo para los enchufados, por supuesto, para quienes la suerte depende de la fuerza electromotriz de su conexión con la jefatura.

Ernesto ha hecho la instrucción en el campamento de Rabassa, en Alicante. Y como destino le toca la base aérea de San Javier a orillas del Mar Menor.
Rabasa 1946 ok
(Ernesto es el de la izquierda)

Al acabar el campamento le han dado un pase para ir en tren desde Alicante hasta Torre Pacheco, casi 10 horas para un recorrido de menos de 100km. Y luego ha caminado casi 15 kilómetros cargado con todo el equipo militar incluido el mosquetón heredado de la guerra del 14. Y todo con unas botas 3 números más grandes de su talla.

No hace ni seis años que ha acabado la guerra y esta zona, que antes ya no era una región próspera, ahora está totalmente depauperada. El trayecto a pie es todo a través de un paisaje seco y polvoriento. Este país no arranca. Y le va a costar.

Ernesto recuerda vivamente el día en que los nacionales entraron en Valencia y grandes banderas rojigualdas se descolgaron inesperadamente desde las azoteas, como por arte de magia, cubriendo las fachadas de la calle Játiva, delante de la estación, justo cuando él y su inseparable amigo Pepe pasaban por allí.
Altavoces primitivos sobre camionetas desvencijadas hacían sonar el himno de los vencedores.

Había llorado amargamente con sensación de derrota, aunque sólo tenían 14 años.
Ambos se habían sentido hundidos y defraudados, añorando algo que no conocían, una vida ideal de paz y justicia que sólo eran capaces de imaginar porque no la habían llegado a tener.
Y a la vez asustados, temiendo lo que se avecinaba.

Hace un año que ha acabado la guerra mundial y han ganado los aliados. Todos creen que las democráticas Francia y Gran Bretaña, victoriosas sobre los fascistas, no van a permitir que Franco siga adelante con su régimen nacional sindicalista. No se sabe cuándo será, pero la situación no puede durar. Aunque la verdad es que parece  consolidarse esta versión más dura de la dictadura, se sigue pasando hambre y no parece que la cosa tenga pinta de mejora.

Sin embargo la gente sigue viviendo.
Y si te llaman a filas a servir en un ejército, aunque sea el que sostiene y representa algo que no te gusta, pues vas y sobrevives.
Si los colchones son de paja de maíz, de la que sólo quedan las cañas, pues las apartas a un lado y duermes sobre la madera.
A todo te acostumbras.

Si coges sarna y los bichos avanzan bajo la piel del dorso de tus manos con un escozor que te dan ganas de cortártelas, pues aplicas los pocos remedios caseros a tu alcance y aguantas apretando los dientes.
Si no hay agua en el campamento y no puedes más con la mugre que llevas encima, pues te bañas en el mar aunque sea el día de reyes de este invierno especialmente frío.
Y si tienes que cantar el cara al sol, pues te aprendes la letra y cantas, aunque sea flojito. Y procuras no desentonar.
Los insectos en la sopa, los gusanitos en las lentejas o los chinches en las literas son lo de menos, e intentas pasar por el trance lo más indoloramente posible.

Hay muchos soldados analfabetos pero Ernesto, guapito de la capital, sabe leer desde los cuatro años y escribe sin faltas con una letra bonita y muy personal, de forma que no puede evitar que lo hagan cabo segundo, porque forzosamente a uno de cada cinco soldados le toca serlo.

Aunque en Valencia ha pasado en estos últimos años mucha más hambre que la mayor parte de los muchachos campesinos con los que comparte calvario, también sabe escribir a máquina, habla bien francés y hasta algo de inglés, pero no informa a sus jefes de nada de todo esto para no verse señalado más de la cuenta.

Le gustan los aviones, de todo tipo, que lleva dibujando desde pequeño, y vino a la base aérea de San Javier con cierta esperanza de tener contacto con estos maravillosos aparatos. Pero un soldado de reemplazo, como mucho, puede aspirar a acercarse a un caza Polikarpov, -los famosos “Chatos” heredados del ejército republicano- que ahora llaman Curtiss. Se tendrá que contentar con mirarlos de cerca, pero por fuera y sin tocar.

El tiempo perdido en el cuartel, es más o menos pasable, pero las guardias son penosas y todo el mundo querría librarse de ellas. Hace frío, las garitas están dispersas, alejadas en el campo alrededor de las pistas y hangares y nunca se sabe qué puede pasar. Largas horas patrullando de noche por la llanura, con el mosquetón a cuestas. Ernesto, como todos, aprende a caminar durmiendo, a dormir mientras camina.

Les informan de que existe una posibilidad de quedar rebajados de servicio: los que sean seleccionados para participar en un concurso de tiro que se va a realizar entre varios cuarteles, quedarán exentos de hacer guardias.

Ernesto duda, pero se apunta finalmente al concurso de tiro. Aunque no es aficionado a disparar, lo de librarse de las guardias y quizá conseguir algún permiso añadido le ha decidido. Después de algunas pruebas, no elige la modalidad de precisión, sino la de regularidad que se le da mejor.
Se trata de disparar el mayor número de veces posible en un tiempo determinado, acertando a una diana no demasiado exigente.

Ernesto es un joven, ya un hombre, quizá relativamente nervioso en ciertas circunstancias, pero capaz de controlarlo bien y sobre todo de no aparentarlo.
Para conseguir buen resultado en el concurso aplica la regla, que seguirá toda su vida, que reza así: “vísteme despacio que tengo prisa”.

Durante las primeras prácticas el sargento le ve disparar con excesiva calma y le apremia para que lo haga más rápido. Pero cuando recuentan en varias tandas el número de disparos y de dianas que consigue, ya no le vuelve a decir nada.

Otros compañeros manejan más rápido, pero quizá hacen menos dianas por las prisas. O bien no impulsan con la fuerza justa el cerrojo para que expulse la vaina y han de perder tiempo en sacarla a mano de la caja de mecanismos de un trasto que tiene al menos 25 años, que ha sido usado por dios sabe quién en un par de guerras y después por un montón de soldados en sucesivos reemplazos.

Ernesto desarrolla la técnica de hacer movimientos pausados pero de la forma más precisa y continua posible.
Conserva toda la mecánica del cacharro bien limpia y engrasada, adopta una buena posición corporal, cómoda y bien afianzada.

Apunta, aproximadamente pero rápido, dispara, cerrojo atrás con un movimiento del índice derecho, oye el clic metálico de la expulsión del casquillo humeante, golpe de pulgar preciso y fuerte para cerrar cerrojo, apunta, dispara de nuevo, y todo sin apartar la vista de la mira, con el brazo izquierdo bien firme para no cambiar de posición.

A la de cinco tiros, sin perder tiempo, extrae el cargador, coloca el nuevo que toma del montoncito que lleva cuidadosamente preparado, y vuelta a empezar. No tiene prisa, sólo intenta hacer el trabajo con precisión y continuidad.
Al final no queda mal en el concurso y eso le vale un permiso extra para volver unos días a su casa.

Es 1947, España lleva ya ocho años de posguerra, y ya hace dos que terminó la mundial. Pero el régimen sigue en las mismas. ¿Qué pasa que los países vencedores no vienen a echar una mano? Aquí todavía hay juicios sumarísimos, que ya se sabe cómo son. Todavía hay racionamiento y la gente sigue pasando hambre y penurias.

Lo único positivo es que, en un país destrozado está todo por hacer, hay trabajo para todo el que quiera. Mejor o peor pagado, en condiciones que en general no son buenas, pero la gente mira hacia adelante y quiere olvidar los horrores vividos.
Ernesto tenía trabajo antes de iniciar la mili, y le guardan el puesto para cuando termine.

Al fin del permiso regresa a orillas del Mar Menor, a la base, hasta terminar los dos años obligatorios.
Y luego vuelta al trabajo, menos mal que tiene suerte y no ha de bajar a la mina ni pasar penalidades en una fundición. Va de oficinista con chaqueta, camisa blanca, corbata y el pelo engominado.

Todavía quedan años de racionamiento, años de vivir en un país pobre y con poca libertad.
Pero luego las cosas irán mejorando, tendrá esposa, un piso propio, hijos, más seguridad económica. Una vida como la que había imaginado. En muchos aspectos, mejor de lo que había esperado en sus buenos sueños.

Y aunque visto desde ahora, desde este 1947, parece algo impensable, hasta llegarán épocas de mayor libertad. Hasta quizá habrá elecciones democráticas. Algún día.
El país va a ir cambiando. A mejor casi siempre.

Pero hay algo importante, algo que muchos habitantes de este planeta le envidiarían: que después del concurso de tiro, en toda su larga vida, nunca tendrá que volver a manejar un arma.
Esto es algo de lo que sólo tomará conciencia cuando lo piense dentro de muchos años.

Algo que sus hijos, y esperemos que sus nietos, puedan también decir al final de sus respectivas y muy diferentes vidas: que nunca tuvieron que empuñar un arma.

Ni siquiera para un concurso de tiro al blanco.

esendraga, marzo 2020

ENCRUCIJADA

El tren acaba de salir de Madrid, vuelvo a casa.

Intento relajarme y me dejo caer en el respaldo. Tengo que pensar en lo de anoche, porque realmente fue un momento crítico. Ahora mismo me parece que fue decisivo. Aunque una vez pasada la encrucijada, quizá sería mejor ni pensar en ello.

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El sol de marzo ya está bastante alto y me da de lleno en la cara. Intento correr la cortinilla de la ventana y no puedo porque está enganchada en la parte de arriba. Voy a levantarme para soltarla pero veo que la señora mayor que llevo delante está dormitando y me sabe mal molestarla.
Me vuelvo a sentar y cierro los ojos. A través de los párpados me llegan los rayos directos del sol y veo esos círculos y manchas aleatorias que unas veces se agrandan hasta abarcar todo el campo de visión y otras se van encogiendo hasta un punto central donde desaparecen para dar lugar a otro círculo.
Cuando estoy concentrado puedo conseguir que esas zonas claroscuras se muevan casi a voluntad, pero ahora estoy cansado y la cabeza me bulle. Y las manchas se mueven a su aire, sin control.

Cada tres meses venimos a las oficinas centrales todos los jefes de ventas para una reunión de coordinación. El programa es siempre parecido: solemos empezar a las 10, hacemos una parada de un par de horas para comer y luego acabamos a las 6 o las 7. Todos los forasteros nos alojamos esa noche en un mismo hotel, cenamos en un restaurante bastante bueno que está en la misma calle y luego tomamos unas copas en un pub que hay justo enfrente. Las reuniones suelen ser en jueves y cada uno regresa a su ciudad el viernes.

Con los ojos cerrados y los párpados llenos de sol hago repaso: hace cuatro años que tengo este trabajo, tres que me casé, unos dos que nos trasladamos de ciudad y casi uno que tenemos una niña.
Pero anoche tuve una experiencia que podría haber dado al traste con casi todo.

El trabajo es en una compañía solvente con buen sueldo y viajes siempre a gastos pagados. Mi principal misión es mantener buenas relaciones con los clientes importantes ya que las condiciones del servicio y los precios de nuestra gaseosa mercancía vienen determinados por el B.O.E., con esto lo digo todo.
Hasta me financia sin intereses el coche que acabo de comprar para servicio a la empresa y para el mío particular: el último modelo de R18, rojo fuego, con llantas de aleación combinadas en plata y negro. Y cambio de cinco velocidades, por supuesto.

En cuanto a mi matrimonio, puedo asegurar que va bien. Mi esposa es una mujer discreta, tanto físicamente como en su estilo. Es profesora de literatura, una intelectual. Llevamos mucho tiempo juntos y nos entendemos bastante bien, ella más cerebral, yo más de acción. Tenemos una costumbre que a alguna gente le parece rara: todas las tardes, salvo fuerza mayor, a la vuelta del trabajo como a las 7 o así, nos sentamos unos minutos y nos tomamos una copa. Yo suelo ponerme un whisky y ella cada vez una bebida diferente según le haya ido el día. Hablamos, comentamos las incidencias de la jornada, o simplemente callamos en compañía. Si hace bueno nos ponemos a veces en la terraza desde donde se ve toda la ciudad y el mar al fondo. Antes de tener la niña no era extraño que las copas mediadas quedaran en la mesa y los dos termináramos descamisados y despeinados en el sofá. Desde que la tenemos creo que sólo nos ha pasado una vez, pero mantenemos la costumbre de charlar un rato.

Y la niña es un encanto. Esto de ser padres no lo teníamos programado pero los dos estamos muy contentos.

Pues la reunión de ayer fue de trámite y lo mejor fue la cena con todos los colegas. Siempre hay algún soso, pero en general son tipos listos y divertidos.
La sobremesa se alargó algo más de lo habitual y la mayoría volvió directamente al hotel, yo creo que se están haciendo mayores. Salvo tres que nos fuimos al pub de siempre.
No había mucha gente, pedimos unas copas en la barra y estuvimos charlando y riendo. Me di cuenta de que unos taburetes más allá había dos mujeres tomando algo. Cruzamos alguna mirada pero estábamos a lo nuestro, aunque me fijé especialmente en la de rojo. Antonio el andaluz, acabó su copa y se retiró porque había venido a Madrid en coche y quería salir temprano.
Vicente y yo, una vez solos, seguimos charlando pero ya cruzamos alguna mirada con las dos mujeres que debían ser de nuestra edad o quizá algo más jóvenes. Nos animamos uno a otro y cuando una de ellas acabó su vaso, yo me acerqué y les propuse invitarlas a otro.

En el pasado no he sido especialmente ligón, digamos que lo normal. Pero desde que estoy casado no había vuelto a practicar. El caso es que una de ellas, minifalda de cuero negro, blusa sedosa roja, melenita rubia corta, me miraba especialmente. No era una mujer despampanante pero era mona, con estilo y con una sonrisa un poco pícara. Me puse a charlar con ella y cada vez me parecía más atractiva. Vicente se puso a hablar con la amiga, pero al rato vi que se levantaba y me hacía un gesto de despedida con la mano mientras salía. La otra chica, aburrida, se marchó poco después.

Nuestra charla era cada vez más animada y la distancia entre nosotros era cada vez más corta.
En un momento dado, pedimos otra copa y vi que al fondo del local había mesitas y varios divanes. Le propuse tomarnos la siguiente en uno de ellos. Tomamos las copas y ocupamos el que nos pareció más discreto de todos.
Seguimos hablando y bromeando. Y luego besándonos y algo más. En un momento en que ella se levantó para ir al lavabo, intenté serenarme, pero las cuatro o cinco copas que llevaba no me sirvieron de mucha ayuda. Lo más que acerté fue a poner un breve mensaje a la agencia pidiendo que me cambiaran el billete de tren por otro para dos o tres horas más tarde. Por si acaso.
Cuando la rubita regresó al diván seguimos más o menos donde lo habíamos dejado.
En un momento determinado ella notó en mi bolsillo el bulto del llavero del hotel e hizo el famoso chiste de si es la llave del castillo o es que me alegraba de conocerla. Aproveché para decirle que era la llave de mi habitación en el hotel que había justo enfrente y me pareció que no le disgustaba la idea.

La verdad es que estaba siendo la sesión más excitante que recordaba desde que era bien joven. Esta chica parecía adivinar mis sensaciones y mis intenciones. Entre esto y las copas tomadas, yo ya no podía pensar en nada, íbamos río abajo sin control ni freno. Ni siquiera se me ocurrió acordarme de mi buena y querida esposa ni de mi hija ni de nada más de este mundo.

En uno de los lances le bajé despacio la cremallera de la falda y deslicé mi mano hacia abajo por su vientre, liso y duro. La aventura entraba en una nueva fase. Pero llegó un momento en que mis dedos notaron algo raro. Seguí un poco más y me quedé paralizado: allí había algo que no debería estar allí, algo que no me esperaba encontrar, algo que nunca hubiera deseado encontrar.

Ella notó mi bloqueo y muy lentamente fue apartando sus labios de los míos. Yo me había ido deslizando un poco en el diván y su cabeza quedaba en ese momento un poco por encima de la mía. Me miró fijamente a los ojos, desde muy cerca. Mantenía una ligera sonrisa con algo de interrogante en las cejas. Le sostuve la mirada unos momentos mientras mi cerebro funcionaba a toda velocidad.
Engañar a mi mujer con un rollo de unas horas estaba feo. Pero no era nada súper grave ni irreversible.
Pero es que seguir adelante con aquello sabiendo quién o qué era mi compañera de aventura me pareció un salto al vacío de consecuencias que no podía imaginar. Doy gracias de que ni el alcohol ni la excitación consiguieron convencerme de lo contrario.
Bajé la mirada, lentamente saqué la mano de donde la tenía y acerté a volver a subir la cremallera de la falda. Me separé de ella en el diván y más o menos recompuse mi indumentaria. En ese momento la miré de reojo y ella estaba haciendo lo mismo. Esperé a que acabara de abotonarse la blusa y nuestras miradas se volvieron a encontrar. No sé por qué pero dije entre dientes: «Lo siento».
Iba a levantarme cuando vi mi copa a mitad. La tomé y le hice un gesto como de “a tu salud” y me tomé lo que quedaba de un trago. Ella tomó algo del suyo. No parecía ni especialmente sorprendida por mi reacción, ni tampoco disgustada.

No había nada más que decir y me levanté, pero antes de darme la vuelta le tendí la mano. Nos dimos un apretón enérgico como dos aguerridos compañeros de aventuras que habiendo compartido parte de una ruta, sin haber llegado al objetivo, se despiden para seguir cada uno su camino y no volverse a ver.
Luego pasé por la barra a pagar las consumiciones y salí hacia mi hotel sin mirar atrás.

Ya en la cama no podía dormir. No me explicaba cómo me había podido pasar algo así, cómo no me había dado cuenta antes. Pero estaba cada vez más convencido de que la decisión final había sido la correcta. De haber seguido adelante, sabiendo lo que tenía entre manos, hubiera representado un antes y un después en mi vida que no estaba dispuesto a asumir.

Luego tuve pesadillas, que no recuerdo, hasta que me desperté con un dolor de testículos espectacular. Para un posible alivio, todo lo que tenía en la cartera eran aspirinas y me tragué dos por si además podían ayudar con la resaca que ya me notaba. No sé si sirvieron de algo, porque casi no he dormido el resto de la noche.

Esta mañana he podido tomar sin contratiempos el tren de las 11h, y aquí estoy camino de vuelta al hogar.
Dentro de un rato, tengo muchas ganas, veré a mi pequeña y también a mi mayor.
Estamos casi en primavera y esta tarde insistiré en tomar algo en la terraza, con el mar a la vista y el sol poniente detrás de nosotros. Con esta temperatura la peque podrá gatear junto a nosotros. Estoy deseando verlas.
Procuraré no hablar mucho hasta que el recuerdo de este incidente se me vaya disolviendo en la cabeza.

Y puedo asegurar que no me volverá a pasar nada parecido.

Esta es la historia que me contó su protagonista a finales de los años 80, a la que sólo he añadido un poco de contexto y alguna pequeña licencia. Me la contó como un incidente extraño que le había marcado en cierta manera.
Ese protagonista era un compañero de trabajo de nombre Salvador, Boro para los amigos. Quizá alguno de vosotros lo recordaréis.
Seguro que a él no le importa que publique hoy esta pequeña historia, porque hace ya muchos años que a Boro dejó de importarle todo lo de este mundo.

esendraga, marzo 2020

COMPLICADO

Me parece que desde hace un tiempo el significado de esta palabra ha cambiado.
Ahora en los medios se leen/oyen cosas como:
“Una noche complicada deja un desaparecido, ríos al límite y playas destrozadas.”
“Tránsito complicado en la ruta a Chile por un accidente”
En mi opinión el mal tiempo no crea una situación “complicada”. Lo que hace un temporal es dificultar todo, crear caos, dañar propiedades y producir desgracias personales.

Pared complicada

Un desastre no es complicado en sí. Lo que sí es complicado es solventar rápidamente los problemas creados, y más complicado hacerlo si se tienen pocos medios.
También lo es encontrar soluciones estructurales para evitar la repetición de los mismos problemas llegado el siguiente temporal.
En cuanto al tráfico, todos hemos estado en un atasco y no es nada complicado. Un coche va detrás de otro, con paciencia: parón, primera, unos metros, freno, punto muerto. Y así hasta que la obstrucción desaparece y todo vuelve a la normalidad.
Lo que puede ser complicado para las grúas y ambulancias es llegar hasta el accidente. Y luego a veces es complicado sacar a un camión de la cuneta, o a los ocupantes que hayan quedado atrapados, de dentro de un vehículo. También es complicado para las autoridades encontrar rutas alternativas viables que desatasquen la situación.
El DRAE da una definición de este adjetivo que concuerda con el uso que yo siempre la había dado. “Algo que es difícil de comprender o resolver por estar compuesto de muchos aspectos”.
Hay cosas relativamente simples que de entrada nos parecen complicadas. No forzosamente porque tengan muchas piezas o aspectos, sino porque no vemos clara la relación entre ellos. En cuanto encontramos el truco o nos lo cuentan, puede resultar algo sumamente sencillo.

De igual manera se puede decir que es complicado desenredar la cuerda de un ovillo descompuesto. Pero en realidad no es complicado, es más bien lento y tedioso. Lo que es complicado es resolver el problema rápido y bien.
También dice el DRAE que “complicado” se aplica a algo compuesto por muchas partes o elementos.
En este caso no estoy de acuerdo. Una pared compuesta por miles de ladrillos, no es nada complicada, ni de hacer ni de entender el patrón seguido para construirla. Sería complicada si estuviera formada por ladrillos de diferentes formas que hubieran de encajar o que éstos fueran de colores diferentes formando un patrón complejo, difícil de comprender.

Lo que sí es relativamente complicado, por ejemplo, es calcular qué velocidad de viento se necesitaría para tumbarla. Bueno, calcular una velocidad puede ser muy sencillo sin alguien nos da una buena fórmula que aplicar. Lo raro, que no lo complicado, es acertar con el resultado…
Si usamos el adjetivo “complicado” para cualquier cosa para indicar que es un follón, una dificultad, un incordio o un desastre, ¿como vamos a calificar a la teoría de la relatividad, o al cálculo de la trayectoria de una nave entre la Tierra y Alfa Centauro?

El adjetivo difícil no nos sirve como sinónimo de complicado porque hace referencia a la poca facilidad para conseguir un resultado. Hay cosas complicadas que son fáciles de hacer si hay un método que se pueda seguir. Por supuesto que un buen método habrá sido desarrollado por alguien que ha entendido la complejidad de la cuestión y ha encontrado una solución factible.
Y hay cosas poco complicadas, pero que son difíciles de conseguir.
Como por ejemplo, la paz interior. (Es lo primero que se me ha ocurrido, ¿qué pasa?)

De todas formas, cosa complicada es para mí hacer sólo dos caras un cubo de Rubik. Conseguir más de dos caras, ya es súper-complicado.

Y otra cosa mú complicá debe ser aquello de “querer dos mujeres a la vez y no estar loco”.
Esto debe ser lo +.

esendraga, febrero 2020

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 2/2)

(La parte 1 está aquí:  https://esendraga.wordpress.com/2020/02/07/un-tipo-como-los-demas-parte-1 )

Quizá existan otros poblados, pero en sucesivas salidas no encontré ninguno más, pero sí grandes extensiones desiertas de bosque con plantas comestibles. Solía buscar un poco al azar, pero acabé pensando que algún final tenía que tener todo aquel bosque.
Así que un día salí muy temprano, avancé en línea recta sin apenas parar durante mucho tiempo y llegué a un muro. Debía ser el límite del territorio, la pared del fin del mundo. De material duro, era continua y se elevaba por encima de los bosques más altos: imposible saltar. Fui recorriendo la pared, buscando una puerta, hasta que llegué a una zona donde el muro estaba hecho de un material que dejaba pasar la mirada. Era extraordinario: yo veía lo que había al otro lado, pero no podía pasar. Estuve mirando con detalle a través del muro, y todo lo que vi fue un espacio muy grande, abierto, de techos muy altos y suelo muy liso, pero no había actividad. Estaba lleno de objetos voluminosos y se veían puertas, por lo que supuse que era un lugar habitable. Una vez se hizo de noche me retiré a la espesura de bosque, comí tranquilamente, yo solo, y dormité hasta que se hizo de día. Fue curioso porque al anochecer llovió, mientras que en mi poblado siempre llovía de noche cerrada. Se ve que esta zona seguía otra secuencia. Todo esto que estaba observando contradecía lo que desde siempre nos habían enseñado sobre que nuestro poblado y nuestros bosques era el único mundo que existía. Otra pregunta más a la que contestar.

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Pensé que la pared-que-dejaba-ver-a-través también dejaría ver desde el otro lado, así que llegado el amanecer busqué un punto con plantas próximas que me permitía observar aquella extraña habitación estando medio oculto, discretamente.
Al cabo de un tiempo aparecieron varios amos, con ropas blancas que parecían puestas encima de otras ropas que eran de diferentes colores. Paseaban, se sentaban y hablaban entre ellos.  También miraban unos cuadrados que tenían luces de colores que iban cambiando. A través de la pared podía escuchar sus voces y su lengua la entiendo porque nos la enseñan de jóvenes.  Pero las conversaciones que tenían estos que yo veía no eran sobre cosas normales y no comprendía gran cosa de lo que decían. Estaban esperando algo, algo que parecía muy importante. Al cabo de un rato, entró otro de ellos por una puerta y empujaba una jaula grande. Me quedé espantado al ver que dentro estaba la anciana con la que yo había hablado en el poblado de los silenciosos. La sacaron y empezaron a preguntarle si había visto algo raro, si había hablado con alguien extraño y cosas así: no podía ser casualidad. La única explicación es que me habían seguido la pista y me estaban buscando. Pero, ¿por qué?, ¿qué había hecho yo?

Supongo que escapar y hacer preguntas quizá era algo que a ellos no les gustaba. Pero en mi opinión yo no hacía daño a nadie, no sé qué tiene de malo. Si tenemos capacidad para hacernos preguntas y para intentar entender el mundo que nos rodea será para que la usemos, digo yo.
Yo sabía que mi conocida del otro poblado no entendía casi la lengua de los amos, así que entre sus pocas entendederas y lo nerviosa que parecía no les pudo dar muchos datos sobre mí. Al final se llevaron la jaula fuera del cuarto.

Uno comentó que tampoco era tan importante que uno de nivel 2 se dedicara a explorar: así podrían investigar hasta dónde eran capaces de llegar los de ese nivel.
¿Qué sería eso de los niveles?

Luego se pusieron a hablar de otras cosas que no tenían que ver conmigo. Esto parecía significar que no era tan importante que yo anduviese haciendo averiguaciones, lo que me tranquilizó.

Se sentaron todos alrededor de una plataforma elevada y  entendí que estaban planeando algo. Uno de ellos, de pie, les señalaba una pared donde aparecían dibujos y colores, y les hablaba de cosas que no entendí como, entes en mosaico, quimeras y otras palabras que yo no conocía, aunque luego he ido comprendiendo.

En un momento determinado el que estaba hablando señaló a la pared-que-deja-ver-al-otro-lado hacia donde yo estaba y me quedé paralizado del susto. Aunque yo creía estar bastante oculto por las plantas, temí ser descubierto, pero por suerte nadie miró en mi dirección, así que me retiré andando despacio hacia atrás para ocultarme un poco más sin remover mucho las plantas.

Pensé que ya llevaba mucho tiempo fuera del poblado y quizá alguien se daría cuenta de que faltaba, así que regresé a casa. De todas formas, incluso cuando había estado días fuera, nadie de mis vecinos se hacían preguntas sobre mis ausencias: mucho mejor, porque esto me daba mucha libertad.

Estuve unos días sin salir. Pensando.
Creo que había llegado el momento de averiguar de una vez por todas qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Seguramente a todo el mundo le llega un momento así. Pero para mí,un tipo como otro cualquiera, no es fácil hacerlo porque significa estar dispuesto a partir de cero, a intentar borrar todo lo que sabes o crees saber, y empezar desde el principio. Y después ya nada puede volver a ser como antes.

Al final decidí que la clave sólo podía estar en los amos, de forma que volví al mismo sitio del otro día, donde la pared-que-deja-ver-al-otro-lado.
No había nadie y esperé hasta la noche. Dormí escondido. Al día siguiente esperé hasta la noche y tampoco nadie apareció. Pero no marché; decidí quedarme allí hasta averiguar algo.
Al poco de amanecer entraron unos cuantos. Se pusieron a hablar todos al mismo tiempo mientras bebían un agua marrón que ponían en unas cosas redondas que sujetaban con sus manos. Algunos de los comentarios que les oí eran tan absurdos como que estaba lloviendo, siendo yo había comprobado que por esta zona sólo llueve un rato al poco de anochecer. Sin embargo debía ser verdad porque algunos tenían la cabeza mojada. Muy extraño.

Este día no tuvieron reunión y cada uno estaba en su plataforma mirando los dibujos y colores en las pequeñas paredes que tenían delante. A ratos hablaban entre ellos, aunque yo no entendía casi nada de lo que decían. Y luego volvían cada uno a sus dibujos y colores.

Al dia siguiente volvieron todos y después de beber el agua marrón, durante bastante rato estuvieron varios sentados delante de la plataforma grande, hablando. Estaban planeando hacer algo, e iba a ser dentro de dos días y que iban a conseguir el nivel 4, el más alto posible. Y yo seguía sin saber qué era eso de los niveles.

Cuando se marcharon me quedé un rato pensativo entre la vegetación antes de regresar, cuando de repente me di cuenta de que alguien me miraba, por entre las hierbas, con unos ojos muy azules. El corazón se me disparó y se me pusieron de punta los pelos de la nuca, aunque me quedé muy quieto, en tensión y preparado para dar un brinco y salir corriendo.

Muy despacio, las hierbas delante de los ojos azules se fueron separando y vi a una joven de pelo rojizo que me hacía un gesto amistoso.

Se fue acercando despacio mientras me decía que estuviera tranquilo. A distancia prudencial se sentó en el suelo y esperó a que yo me repusiera del susto.
Lo primero que dijo fue ¿qué te parece lo que planean los amos?

Otra fuera de la ley, pensé, que también está curioseando. Aunque la habitación de los amos estaba a oscuras y vacía, nos apartamos de común acuerdo lejos de la pared, en la espesura, para hablar tranquilamente. Y nos preguntamos uno a otro, qué sabíamos sobre la situación.

Ella llevaba investigando bastante tiempo, y me había visto ya en dos ocasiones por esta zona. ¡Y yo sin darme cuenta!
Pero había tenido miedo de revelar su presencia y sólo hasta ese día al verme pensativo se había decidido.
Le tuve que pedir que hablara más lentamente porque me costaba entenderla. Su vocabulario también era un poco raro y algunas palabras me eran desconocidas.

Me contó que en su poblado los amos les visitaban a menudo y les hacían un seguimiento personal, y por esto no podía salir tanto como querría.
Me contó que los de su poblado también recibían educación, como en el nuestro, pero debía ser diferente porque conocía más palabras que yo y había conceptos que ella manejaba bien y que yo no acababa de entender. Le pregunté si ella era especial, pero me respondió que en su poblado eran todos parecidos en la forma de hablar.
Para ella yo era la primera persona ajena a su poblado que conocía. Le conté lo del poblado de los poco habladores, y entonces se quedó pensando, porque ella nunca había dado con ningún otro poblado.

Su conclusión es que habría varios poblados con gente ligeramente diferente: uno de poco listos y con dificultades para hablar bien, y otros de gente más inteligente.

Me preguntó qué cosas nos enseñaban de jóvenes en mi pueblo y se lo detallé. Entonces ella, pensando para sí misma, concluyó que al menos habría tres “niveles” de inteligencia. Siendo el suyo el superior de los tres.
Me miró como diciendo “lo siento”, pero no entendí por qué.

Seguimos hablando un rato, y cuando llovió, comentó que en su poblado lo hacía justo al amanecer. ¡Qué raro que en cada pueblo lloviera a una hora diferente!

Ella había llegado a la conclusión de que los amos hacían pruebas con nosotros. Que podían cambiar unas cosas que llamó genes, que llevamos dentro del cuerpo y que cambian nuestra capacidad de pensar, el color de nuestro pelo y otras cosas.
No entendí muy bien la cuestión, y yo estaba interesado en saber más.

Como ambos habíamos oído a estos amos que en dos días pasaría algo, nos despedimos y quedamos en vernos en el mismo sitio dentro de dos amaneceres.

Pasé el siguiente día muy intranquilo: mi mundo, el mundo, no era lo que todos creíamos y todavía nos faltaban muchas cosas por saber.
Dos días después, estaba amaneciendo cuando llegué al lugar acordado, pero no la vi. Sin embargo había llegado antes que yo, pero estaba perfectamente escondida. ¡Qué habilidad para ocultarse, desde luego más lista que yo!

Los dos estábamos nerviosos.
Como todos los días, empezaron a entrar los humanos pero no tomaron agua marrón. Ellos también parecían nerviosos, no paraban de hablar entre ellos. De repente, todos miraron hacia la puerta, que se estaba abriendo, por la que entraron otros humanos llevando una gran jaula. La dejaron y se fueron.

Dentro había cuatro de nuestros semejantes, pero no eran ni marrones como yo ni pelirrojos como mi amiga, sino de pelo gris. Y lo sorprendente es que hablaban el lenguaje de los humanos. Los podíamos escuchar desde donde estábamos. Nuestra lengua no produce sonidos, son gestos y expresiones de la cara pero, ¡estos eran capaces de hacer sonidos como los amos!

Les preguntaron si estaban listos y los cuatro confirmaron que estaban preparados para entrar cuanto antes. Entonces, los humanos les recordaron que tenían que mandar informes y empezaron a acercarse a la pared-que-deja-ver. Nosotros nos alejamos y escondimos un poco más para no ser descubiertos y pudimos ver que en un punto determinado de la pared apoyaron la jaula y se debió abrir un agujero porque los cuatro salieron desde la jaula y entraron en el bosque, pasando a nuestro mundo. Desparecieron entre las hierbas y ya no los vimos más.

La pelirroja y yo nos miramos y vi que ella había comprendido. Me explicó que estos eran como nosotros, pero creados de manera que eran más evolucionados, más parecidos a los amos. Y que ella pensaba que venían a nuestro mundo con alguna misión concreta. Y me temí esto no podría ser nada bueno para nosotros.
Estaba claro que éramos sólo el producto de una combinación que hacían los humanos, y que nos fabricaban a su gusto.

Con estos cuatro super-listos de pelo gris que nos habían soltado, tuvimos miedo de que nos encontrasen y nos despedimos. Si no nos pasaba nada deberíamos intentar vernos de nuevo, más adelante, porque los dos temíamos que nuestro mundo iba a cambiar mucho con la llegada de los nuevos. O quizá no, quizá venían sólo de visita.
Como yo sólo sé contar hasta ocho, quedamos en que nos encontraríamos de nuevo en ese mismo lugar el dia que se cumplieran ocho veces ocho dias desde ese momento.

Ella salió hacia su poblado y me quedé mirando cómo se alejaba. Primero caminó a pasitos cortos moviendo su colita y sus largas orejas, pelirrojas por detrás y rosadas por dentro. De alguna manera supo que la estaba mirando, porque ya a cierta distancia de detuvo, se plantó sobre sus patas traseras y se volvió para decirme adiós con un gracioso movimiento de su hocico. Luego partió a largos saltos.

Y yo regresé a mi pueblo. Empecé a contar los días haciendo montoncitos de piedrecillas. Pero, para que no se perdieran por accidente fui metiéndolas en paquetitos, que cerraba y guardaba en un hueco al llegar a ocho.

Iba por el segundo paquete cuando empezaron a pasar cosas. De repende un dia dejó de haber escuela para los jóvenes. Nadie sabía por qué, pero ya no volvieron a abrir. Esto era muy preocupante y me tenía nervioso e inquieto. No dormía casi y me pasaba el dia de un lado al otro intentando detectar cambios o novedades.
Por esto, a los pocos días y en vista de mi extraño comportamiento mi pareja se fue a vivir a otro sitio y casi dejé de ver a los conocidos y vecinos que me tomaban por un bicho raro.
Unos días después me empecé a dar cuenta de que la suciedad en las calles se acumulaba, mientras que hasta entonces, cada día de mi vida, había amanecido todo limpio.
Cuando llevaba mediado el tercer paquete de ocho dejó de llover y el bosque del que nos alimentábamos empezó a secarse. De momento no nos íbamos a morir de hambre, porque había variedades de hierbas que tardarían mucho en morir, pero esto no podía durar para siempre.
Cuando llevaba contados cuatro paquetitos de ocho piedrecitas cada uno, los de mi pueblo descubrimos una mañana que parte de la valla se había caído y nadie la había repuesto. Nuestro mundo se desmoronaba. Menos mal que sin valla todos podíamos salir a buscar alimento en los bosques circundantes.
Aproveché y fui al poblado de los tontos, para ver si pasaba lo mismo. Me quedé paralizado cuando comprobé, que no había nadie y todo parecía abandonado. Muy mal presagio, pero no dije nada a mi vuelta a casa. Además casi no tenía ya contacto con nadie.
Lo siguiente fue que aunque seguía habiendo dia y noche, la luz era mucho más débil y no era muy fácil moverse por el entorno. La mayor parte de la gente prefería quedarse en sus madrigueras.
Acababa yo de completar cinco saquitos de ocho dias, cuando empezaron a desaparecer vecinos. En dos dias seguidos desapareció casi la mitad.
Llegado este momento ya no esperé, nada me ataba a aquel sitio, allí no quedaba nada que hacer. Aunque todavía faltaban muchos días para mi cita me largué directamente hacia la pared-que-deja-ver. Todo parecía igual que antes. Sólo la hierba más seca y menos luz, como en mi pueblo.

Me hice un pequeño nido en un punto algo apartado del muro. Por allí había todavía hierba bastante fresca y podía esperar con tranquilidad el dia en que vendría mi amiga pelirroja, la de la tribu de los listos.
Otro problema es que cada vez hacía más frío en ese bosque y tuve que traer más hierba seca al nido para protegerme. Sólo salía de mi nido para comer y para echar un vistazo al espacio donde los humanos estaban durante el día. Como siempre, tomaban agua marrón, hablaban y hacían sus cosas, pero todo parecía muy tranquilo. No tenían reuniones, ni se veía entrar y salir mucha gente.

Seguí juntando piedrecitas para no perder la cuenta, esperando el dia, pero un poco desanimado.
Justo el dia en que faltaba un saquito para la cita, mientras regresaba de mi inspección a los humanos entreví no muy lejos, por encima de las hierbas, las puntas de dos orejas largas y pelirrojas. Con precaución me fui acercando, y en efecto era ella. La había encontrado yo antes que ella y los dos nos alegramos de ver una cara conocida tan lejos de casa.
Acomodamos el nido para los dos pero tuve que guiarla. Comprobamos que no todo en su nivel 3 era mejor, ya que su vista era peor con poca luz que la mía, un nivel 2.
Me contó que en su poblado estaba empezando a pasar más o menos lo mismo que en el mío. Pero en lugar de quedarse en sus madrigueras, allí hacían reuniones para decidir qué hacer, respecto a la comida, a las desapariciones y a todos los demás problemas que estaban teniendo.
Pero mi amiga tuvo la misma idea que yo: huir y venir a mi encuentro porque quizá nosotros pudiéramos sobrevivir mejor por nuestra cuenta.

Cuando se hizo de noche tuvimos que parar la conversación porque no nos veíamos los gestos, y ella menos con su peor visión. Nos acomodamos bien juntos porque cada dia hacía más frío. Creo que fue la primera vez desde hacía tiempo que dormía bien, y a ella le pasó lo mismo; el calor de tener alguien al lado nos confortaba de todas las preocupaciones y en cierto sentido nos daba esperanzas.
Esperamos unos días por ver si había novedades entre los humanos, pero hablaban de otros asuntos, que no parecían relacionados con nosotros.

Nos alejamos de allí, buscamos un rincón en el bosque donde asentarnos, al menos temporalmente, y encontramos un lugar en el que por alguna razón hacía menos frío y las plantas seguían creciendo. Había una variedad de flores azules, muy apetitosas y que parecían aguantar bien este ambiente. Nos hicimos la mejor madriguera que pudimos y sin tener ya adónde ir, allí nos quedamos.

Hace mucho que dejé de guardar cada día piedras en saquitos: he perdido la cuenta del tiempo que hemos estado juntos, tiempo que ha sido la mejor época de mi vida. He aprendido mucho, hemos compartido, hemos discutido, que no disputado.
Hemos vivido.
Cada conversación ha sido una ventana a un mundo desconocido, y un continuo desafío para mi el intento de comprender muchas de las cosas que ella me ha contado. No hemos tenido hijos, lo que es raro porque entre nosotros es frecuente tener muchos, pero es igual.
Ahora ya es igual.

Ahora ambos compartimos la intuición de que el fin está cerca. Llevamos mucho tiempo juntos y el mundo se reduce a nosotros dos. No hemos buscado a otros, no nos hacen falta, y además quizá ya no haya otros como nosotros. Tampoco nos hemos topado con los grises super-listos que vimos meter en el bosque.
Si alguien nos creó, nos vigiló y nos cuidó hasta un cierto momento, ahora es seguro que estamos abandonados a nuestra suerte. No sabemos si somos los últimos habitantes del bosque, pero tampoco nos importa.

Da igual. Ambos estamos de acuerdo en que una vida es una vida, hagas lo que hagas. Y que no va a haber otra. En la nuestra hemos tenido de todo: primero fue tranquila y divertida, luego inquieta, peligrosa y agitada. Y cuando todo parecía perdido, hemos encontrado la paz.
Ahora da igual cómo sea el final, no nos importa. Ha merecido la pena.

esendraga, febrero 2020

Según Wikipedia:

La ingeniería genética en plantas no comenzó hasta prácticamente los primeros años de la década de los ochenta.

En la actualidad los científicos han producido entidades tan extrañas como los organismos “en mosaico”, formados por una mezcla de células de especies distintas. Se han creado embriones quiméricos de cabra y oveja, rata y ratón e incluso, recientemente, de conejo y humano (no se permitió que estos últimos se desarrollaran más allá de unos pocos días).

En los últimos años, en el Reino Unido se ha permitido la creación de embriones quiméricos para la investigación en células madre. Hasta ahora, el animal sólo aporta un puñado de genes, en torno al 1% de los presentes en el individuo.

Estos embriones deben destruirse, por ley, a los 14 días.
Al menos en teoría…

 

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 1/2)

Vivimos en un poblado rodeado de bosque, de donde sacamos todo lo necesario para vivir.
Llevamos una vida tranquila, no hay peligros cerca, el ambiente es agradable, ni calor ni frío y siempre llueve en el bosque un rato a medianoche.
En el poblado nos conocemos casi todos aunque de vez en cuando vienen individuos de fuera, normalmente muy jóvenes, pero se integran rápidamente y, al cabo de un tiempo es como si fueran vecinos de siempre.

Soy un tipo normal, llevando una vida normal. Tengo amigos, vecinos, una pareja y en general mi modo de vida es como el de los demás.

Cuadro de Hulda Hakon www.huldahakon.com
(Cuadro de Hulda Hakon  http://www.huldahakon.com )

De todas formas, siempre he creído que yo era algo especial, en cierto sentido. Aunque al mismo tiempo pensaba que no hay nadie realmente “normal” porque todos tenemos nuestras rarezas y nuestras particularidades.

Por otra parte, como grupo social que somos, también nos pensamos que somos únicos, que nuestras costumbres, nuestra forma de comunicarnos es diferente a todas las demás y nos parece la buena, siendo las demás raras y como sucedáneos de la verdadera y más elevada cultura, que casualmente es la nuestra.
Pero en este mundo en que vivimos las cosas no son siempre lo que parecen.

Nosotros no salimos casi nunca del área del poblado, primero porque en general no somos muy curiosos y además porque rodeando nuestro bosque hay una valla.
Cada vez que llego hasta la valla, límite de nuestro territorio, tengo curiosidad por saber qué puede haber más allá. Hace ya mucho tiempo fantaseaba con saltar para visitar el exterior. Trepar por la valla resulta imposible, no hay donde agarrarse. Y siempre nos pareció demasiado alta para poderla saltar. Creo que nadie lo había intentado nunca en serio.
Como me gustan los desafíos, llevo tiempo practicando salto en el bosque. Me refiero a salto de altura. Tengo buenas piernas, como todos mis congéneres, pero esto de saltar hacia arriba, no lo hace nadie, no hay tradición ni afición.

En rincones apartados del bosque estuve intentando diversas técnicas de salto, al principio, la verdad, sin muchas esperanzas de mejorar lo suficiente. Pero llegó un momento en que encontré una forma de impulsarme que, con poco esfuerzo, me permitía saltar mucha más altura de la que me parecía posible cuando empecé. Estuve practicando y perfeccionando el salto durante meses hasta que, hace unas semanas, lo intenté con la valla y conseguí pasar al exterior. Me quedé tan sorprendido que volví a saltar adentro inmediatamente, porque siempre se nos ha dicho que escapar no era posible y además estaba prohibido.
Al día siguiente lo hice varias veces para estar seguro de que podía hacerlo con soltura, pero volví al pueblo como si tal cosa, y esperé una semana para ver si alguien se había enterado y me decían algo.
Como parecía que nadie se había enterado, decidí salir de exploración. Me levanté antes del amanecer y salté. Caminé un trecho y el paisaje resultó similar al nuestro. También hay bosques de herbáceas, aunque más altas que las nuestras y son mucho más extensos que nuestro territorio. Están recorridos por caminos semejantes a los nuestros, sólo que éstos no parecen muy transitados.

Siempre ha habido comentarios de la gente acerca de que no estamos solos sino que hay otros grupos semejantes en otras áreas y eso es lo que yo quería encontrar.
En las primeras salidas no tropecé con nada interesante, así que a la tercera o cuarta salida me decidí a llegar más lejos que las veces anteriores…
Y tuve suerte, pues finalmente he descubierto uno de esos grupos.

Explorando por uno de los caminos me encontré con un individuo rubio, le saludé y en contra de lo que es nuestra costumbre ni siquiera me respondió. Me acerqué, le volví a saludar y esta vez sí respondió. Pero al dirigirme a él me respondió con un lenguaje que al principio no entendí. Le pregunté dónde vivía, y me miró con cara de no haberse enterado de mi pregunta, porque repitió el mismo saludo que había hecho anteriormente. Ahora me pareció entender que era un gesto amistoso, pero no respondió.
A las siguientes preguntas que le hice me siguió mirando sin entender. Le pregunté si vivía sólo, si eran muchos en su poblado o si eran todos los demás semejantes a él. Pero creo que ni se enteró de lo que le preguntaba.
Me miraba todo el rato con cierta curiosidad, pero con cara de no entender. Desesperado de no conseguir nada, ya me iba a despedir cuando me dijo algo que entendí clarísimamente aunque se expresó mal: que iba a comer comida. Y a continuación entendí que me invitaba a acompañarlo. Dije que sí y fuimos caminando. Parece que nos expresábamos en el mismo idioma pero como si su vocabulario fuera muy reducido. En breve llegamos a un poblado, pero nos detuvimos en las afueras en una especie de comedor. Allí, sin decir palabra, compartimos unas raciones.
Cuando acabamos, entendí que me invitaba a acompañarlo. Por la forma de expresarse pensé que quizá era un individuo con alguna minusvalía, con algún problema físico que le impedía expresarse normalmente. Pero la verdad es que por su comportamiento un poco rudimentario y la forma tan zafia en que comía, más bien me pareció que sería algún problema mental.

Cuando llegamos a su poblado, entramos caminando y él no dijo a los demás nada de mí, que hubiera sido lo normal, pero es que pasé totalmente desapercibido. Nadie parecía fijarse en mí, lo que me extrañó. Pero lo más extraño es que el resto de la gente se parecía a mi nuevo amigo: no hablaban y miraban con expresión como ausente. Sin embargo se saludaban entre ellos muy frecuentemente pero sin palabras, sólo con breves besos. Y como mucho vi sólo expresiones muy simples y cortas como “quiero comer” o “me voy”.
Un poco raros, también en otros aspectos. Por ejemplo, nosotros en nuestro poblado no nos ocultamos especialmente para tener sexo, pero en general no lo hacemos en público. Sin embargo ya en las primeras calles vi a varias parejas, como la cosa más normal a la vista de todos.

Le pregunté a mi amigo porqué la gente no hablaba y como era de esperar no me entendió. Me separé del él sin despedirnos siquiera, y estuve paseando un rato buscando a alguien con aspecto de entenderme. Entre ellos se saludaban con besos a menudo, pero nadie se acercó a besarme a mí, supongo que porque me notaban algo diferente o simplemente no me conocían. Ese primer día ya era tarde, así que no tuve tiempo de mucho más. Regresé rápido a casa, pero no dije nada a nadie sobre mi excursión ni sobre mi hallazgo.

Los siguientes días no dejé de pensar en lo raros que eran esos medio-vecinos.
Nosotros somos muy expresivos, nos saludamos incluso de lejos, aunque con los más allegados también nos besamos. Hablamos mucho entre nosotros, nos contamos cosas, nos reunimos, compartimos la comida, cotilleamos. Somos realmente muy habladores y por eso me resultaba tan extraño el comportamiento de esos “vecinos lejanos” que había conocido.

A los pocos días busqué la ocasión y regresé al poblado de los silenciosos e inexpresivos. Seguí el camino de la vez anterior y el panorama que encontré fue semejante. No parecían peligrosos en absoluto, así que abordé a unos cuantos viandantes, y todos parecían tener las mismas limitaciones de mi primer conocido: ni entendían lo que les decía yo, ni siquiera parecían pensar, ni apenas hablaban, y si lo hacían eran sólo unas pocas palabras sueltas, referidas casi siempre a necesidades muy básicas. Había una gran proporción de jóvenes, pero no parecía haber centros de formación porque estaban todos correteando y jugando por las calles, entrando y saliendo de los portales.

Yo me preguntaba cómo podía haber un poblado no muy alejado del nuestro con gente tan diferente y tan limitada mentalmente. A mediodía, hora de la siesta, las calles se vaciaron casi del todo. En vista de que no iba a sacar nada, pensé en regresar y olvidarme de estos sosos e ignorantes, cuando me di cuenta de que una mujer de avanzada edad me estaba mirando desde una esquina. Su mirada era diferente de la del resto de la gente. Desde lejos, me hizo un gesto, indicándome que me acercara.
Nos pusimos a hablar en un rincón y ella miraba constantemente alrededor, como con temor de que alguien nos viera. Hablaba mi lengua aunque le costaba expresarse: usaba frases simples y un vocabulario bastante pobre, pero nos entendíamos. Me había visto intentado hablar con varias personas y me había estado observando. Me dijo que había vivido en un poblado donde hablaban como yo. Por los detalles que me dio, deduje con seguridad que se trataba de mi poblado. Entendí que ella había nacido allí, pero que siendo muy joven la habían traído a éste otro, donde llevaba viviendo desde entonces.
Parece que el motivo del traslado es que se expresaba muy mal y no cumplía los estándares de nivel mental requeridos en su lugar de origen o sea, mi propio lugar.
Me contó que los de su nuevo poblado la habían recibido con indiferencia, tal como yo he visto que hacen con los forasteros. Ella era la única de aquí que hablaba algo más que las cuatro palabras básicas. De hecho me confesó que hacía muchísimo tiempo que no hablaba con ningún semejante. Le propuse que viniera conmigo porque se encontraría más a gusto con gente menos primitiva, a lo que contestó con expresión de temor que de ninguna manera porque le habían prohibido regresar. Incluso tendría problemas si se llegara a saber que había hablado con un forastero.

Aunque se la veía atemorizada, me acabó contando que había tenido descendencia con un individuo  local y que una de sus hijas había resultado de gran inteligencia. Explicó que cuando la joven empezó a demostrar sus habilidades la deportaron. Pensé que quizá a mi poblado porque esto encajaba con lo que yo había vivido. Recuerdo que las personas que venían a mi pueblo, eran siempre jóvenes y NO venían con sus padres. Y el caso es que recuerdo la llegada de alguna chica, pero creo que nunca vino ningún chico joven. Ahora lo entendía: los “tontos” que mandaban fuera se iban con toda la familia y los “listos” que venían lo hacían solos. Aunque luego se quedaban al cargo de alguna familia local y se integraban rápido.
Me confirmó que la gente de este poblado son muy simples de pensamiento, y además de que no saben casi hablar entre ellos, no entienden en absoluto el idioma de los amos.
Me confesó que ella misma nunca llegó a conocer bien esa lengua, que todos nosotros entendemos perfectamente.

O sea que en mi lugar originario, aquellos que presentan un nivel de desarrollo mental bajo, ¿los destierran?
Esta fue mi conclusión, porque ella no era capaz de enlazar lógicamente estos conceptos y sacar conclusiones de carácter general. ¿Era esto de las deportaciones una práctica habitual?
Recuerdo a un compañero de escuela, que iba un poco retrasado en las clases y que un día desapareció, junto con sus padres también. Siempre se dijo, y lo creímos, que habían marchado a otro lugar en busca de una escuela adecuada. Ahora pienso que quizá fueron deportados como  le había pasado a esta mujer.
Estaba claro: mi pueblo es de los hablantes/pensantes y el otro es de los limitados o directamente subnormales. Pero, ¿qué nos hace diferentes?
Estuve bastante rato con la amable anciana, hasta que llegó un momento en que por las calles empezó pasar cada vez más gente y ella se puso tan nerviosa que me di cuenta de que ya no podía sacar mucha más información. Me despedí cortesmente quedando en regresar en otra ocasión para tener otra charla. Y salí del poblado de la manera más discreta posible.

Tenía que averiguar algo más, así que durante las siguientes semanas hice nuevas salidas de exploración…

(Continua en parte 2/2. )

esendraga, febrero 2020

 

PONIENTE FUERZA 10

Hace poco me reencontré con mi buen y viejo amigo Rafa, y como es normal entre gente de cierta edad estuvimos rememorando historias juveniles. Yo recordaba retazos de una de sus aventuras que me había contado hace años, y le pedí que me la relatara otra vez.
Transcribo casi literalmente lo que me ha contado.
La foto es de la época y del auténtico Rafa, a quien siempre he admirado por muchas razones que no vienen ahora a colación. Y vista la imagen desde este siguiente siglo, me asalta un cúmulo de recuerdos, quizá para otro relato….

«Siempre he tenido una gran afición por el mar y por la navegación. Pero como suele pasar, la afición no me venía acompañada de forma automática por los medios necesarios…

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Así que frecuentaba el puerto de Cullera y navegaba con amigos mejor dotados de los pertrechos materiales necesarios.

La “aventura” que me dices, debió pasar a finales de los setenta, ¡cuanto tiempo! ¿verdad?

Por aquel entonces navegaba yo con mucha frecuencia en el velero de un amigo. Era un Puma 26, un barco muy marinero y seguro en el que regateábamos y hacíamos pequeños cruceros a Baleares, además de practicar escafandrismo, deporte en el que él me introdujo.
Mi amigo , el propietario, trabajaba por entonces en una cierta empresa y su jefe, el dueño de la misma, le manifestaba interés en probar la navegación a vela, así que un día entre semana me llamó:
—Rafa, este sábado he quedado con mi jefe para llevarlo a navegar y necesitaría que me echaras una mano para que todo salga redondo. Quiero quedar bien y que se lleve buena impresión.
—Vale, cuenta conmigo —Cualquier ocasión de navegar me venía bien. —Las previsiones son de poniente fuerza 4, quizás algo más, pero cerca de la costa el mar estará plano y se podrá disfrutar. Tu jefe va a quedar encantado. Hasta el sábado pues…

Llegado el sábado por la mañana, se hicieron las presentaciones de rigor, todo eran sonrisas. Al subir a bordo el jefe, un hombre que por edad casi podría ser mi padre, parecía interesado y emocionado.
Con seguridad de expertos, aparejamos el barco con foque 2 y la vela mayor con un rizo. Por si no lo sabes, esto de tomar un rizo significa acortar un poco la vela por debajo. Y el motivo era que la última previsión había subido la fuerza probable del viento a 5 con rachas de 6. Hombre un viento de entre 40 y 50km/h es un viento bastante fuerte, aunque los marineros lo llamen oficialmente “viento fresco”. Pues esto para nosotros era lo mínimo que necesitábamos para lucirnos. A los veintipocos uno no se preocupa por nada. Dicen que la sensación de riesgo sólo aparece en los humanos cuando se acaba de desarrollar la corteza prefrontal del cerebro, y nosotros la teníamos todavía bien tierna.

El náutico de Cullera no está a la orilla del mar, sino en el último tramo del río, así es que a buena marcha enfilamos la última milla del Padre Júcar, que es la que hay hasta la desembocadura, todos contentos y esperanzados en una singladura memorable. En esto acertamos sin saber hasta qué punto…
Una vez en agua salada, con viento en popa a toda vela (o casi) empezamos a navegar rumbo a levante, yo al timón y mi amigo y su jefe a la maniobra. O sea, los que iban a trabajar.
Al principio mar casi plano, perfecto. Al jefe parecía gustarle y mi amigo estaba encantado de ello.
Luego, ya un poco más lejos de tierra el oleaje empezó a aumentar y el viento pasó, sin avisar, de “fresco” a “frescachón”. (Si estos nombres te parecen de broma, mira en google “Escala Beaufort” y verás que los marineros son unos cachondos nombrando vientos)
Pero ese rato fue genial. Cuando llevas el viento por detrás, las olas corren más que tú y te alcanzan, de forma que el barco “cabalga” por encima de sus crestas; es como si te llevaran en volandas.
Un barco de 9 metros, haciendo surf sobre olas de 3 metros, con un viento de casi 70km/h empujando tus velas es una experiencia  fantástica.

IN-CRE-I-BLE

Todavía hoy, si cierro los ojos, puedo experimentar esa sensación casi de ingravidez. Parece que las fuerzas de la naturaleza te llevan en palmitas. Yo creo que si el entonces jefe no ha olvidado aquel sábado, recordará ese ir en volandas como el principio de su martirio.
No éramos conscientes de que esas fuerzas eran tan salvajes hasta que pasó lo que ahora te cuento.
No era cuestión de alejarse más de tierra porque el viento era ya una cosa que se ponía muy seria. Aquello había dejado de ser “viento frescachón”, y era más bien un temporal en toda regla. Así, que pese a que teníamos todavía la corteza prefrontal inmadura, nos pareció conveniente reducir el empuje del viento, haciendo un poco más pequeña la vela mayor, esto es  tomando un segundo rizo. Una vez hecho, lo pensamos mejor, a la vista de la cara que se le estaba poniendo al jefe, y haciendo una concesión extra a la prudencia cambiamos el foque por el más pequeño que teníamos, adecuando al momento, que por eso se llama “tormentín”.

La idea era virar 180º y regresar lo más directo posible a puerto, ciñendo heroicamente ese viento de poniente que se empeñaba en llevarnos mar adentro.
Al poco de virar y plantar cara a las olas, el viento ya estaba desbocado. Luego supimos que a esa hora había alcanzado los 90km/h con rachas de 100. Y te confieso que cuando la escala Beaufort apoda al viento fuerza 10 como “temporal duro” ya no están de broma.
El tamaño de las olas era tal que había momentos en que parecíamos estar en una cumbre, viendo desde la cresta de una ola ese paisaje azul y blanco a nuestro alrededor. Con ese nivel de temporal los rociones de espuma te dan en la cara con tal fuerza que hacen realmente daño y no puedes ni mirar en la dirección del viento. Unos segundos después, pareces estar en un pozo, rodeado de agua por todas partes, y sólo se ve arriba del todo un trocito de cielo.
Mi amigo y yo estábamos convencidos de que saldríamos del trance sin problemas. El jefe, con un color de cara muy raro, hacía lo posible por ayudar en las maniobras, el pobre. Menudo bautizo de mar…

Pues ya con la proa hacia puerto, el barco y su aguerrida tripulación negociaban sin desfallecer las olas gigantes que se estrellaban sobre cubierta. Lo que no esperábamos, infelices de nosotros, es que fuera una pequeña pieza metálica, un modesto remache colocado a media altura en el mástil, el que no pudo más y cedió, soltando el también modesto cable que lo fija a uno de los laterales del barco.
Oímos de repente, por encima del bramar del “temporal duro”, un terrible chasquido y al mirar hacia arriba, vimos como todo el mástil y botavara con las velas caía por encima de la borda de estribor y quedaba colgando de la jarcia.  Vaya, lo que sería en cristiano colgando desmadejado de una madeja informe de cuerdas y cables…

¿No dicen de una batalla que se perdió a causa de un clavo mal puesto de los de la herradura del caballo del rey correspondiente? En el caso nuestro casi perdemos la batalla final y definitiva por un sencillo remache…
Menos mal que llevábamos un motor Volvo de 25 CV. Los Volvo no son los más baratos, pero mi amigo lo había elegido por ser “superfiable”.
Cuando te quedas sin velas no hay que quedarse parado al albur del temporal esperando que amaine, sino que hay que dar motor a tope, navegar cara al viento e ir atravesando las olas con la máxima potencia.
Con viento fuerza 10, olas de entre 3 y 4 metros, estando a unas 8 millas de tierra (que en este mar eran muuchas millas), con un mástil que en lugar de estar plantado en su sitio no cesa de golpear el casco, sin velas que nos empujen y con un tripulante de color violeta, ¿qué más puede salir mal?

Pues eso. Que el barco se movía tanto que el gasoil no paraba quieto en el depósito y no llegaba correctamente allí a donde se le suponía había de entrar en un motor superfiable y cumplir con su obligación de llevarnos a la desembocadura del rio con la mayor presteza.
En ese momento supimos que por nuestros medios no salíamos de aquella: a la deriva, atravesados a esas olas enormes el mástil acabaría haciendo un agujero en el casco y fin de fiesta. Llamé por radio al club náutico indicando la posición aproximada e informando de la situación crítica en la que estábamos. ¿Qué otra cosa podía salir mal?

En efecto: contestaron que no tenían remolcador y que con el temporal no iba a salir nadie a buscarnos.
Apagué la radio y subí a cubierta: la noticia no cayó nada bien en mis colegas de infortunio.
La siguiente hora fue alucinante. Cuando uno toma conciencia de que lucha por su vida, los sentidos se agudizan pero la conciencia racional parece que se va de vacaciones.
A cada golpetazo contra el costado del mástil suelto, se nos arrugaba un poco más el estómago, es un decir…

Había que hacer algo. Nos encomendamos a Hércules, el único que en este trance nos hubiera podido echar una mano. Y desde lo alto nos dijo, tan tranquilo, lo que ya sabíamos: cúrratelo y el cielo te ayudará.
Así que pusimos al jefe a sujetar la botavara para evitar que golpeara, mientras los jóvenes intentábamos subir el mástil a cubierta.
El jefe cumplió y aguantó agarrado al trozo de aluminio como una mordaza hidráulica.

Tardamos una hora entera, de las de sesentaytantos minutos, sometidos a sacudidas, bandazos, goterones de agua a casi 100km/h, subidas vertiginosas a las alturas y caídas casi en picado. Sujetándonos como podíamos cuando el barco tomaba una inclinación inverosímil, o las olas barrían la cubierta de lado a lado. Conseguimos finalmente subir los trozos de mástil y amarrar todo sobre cubierta. Nadie cayó y nadie salió dañado. Esto fue casi un milagro de Hércules.
Bueno, me refiero a daños físicos, porque los daños morales van en otra cuenta aparte.

A pesar de que el viento seguía tan bestia y el barco seguía moviéndose a lo loco, a merced de las olas, en ese momento supe que no nos iba a pasar nada: un buen casco como el nuestro, perfectamente cerrado, no se va a hundir por más olas que lo sacudan. Hombre, puede volcar, y entonces es problema es otro. El siguiente pensamiento fue para mi familia y para mi novia. A estas horas tenían que estar llamando sin parar al náutico, a la policía y al servicio de rescate…

Aunque el festival no menguaba, estábamos un poco más tranquilos. Bajé de nuevo a la radio y al conectarla se empezaron a oír las llamadas de un amigo que había conocido mi mensaje de auxilio y había decidido salir a buscarnos. Tenía un barco de 12 metros con un motor potente que, al parecer, sí funcionaba y nos estaba buscando. Nos llamaba angustiado al no encontrarnos. Y no nos veía porque no teníamos mástil y porque un casco blanco es difícil de ver cuando el mar es una superficie de espuma del mismo color.

Al establecer finalmente contacto nos localizó con bastante facilidad. Se trataba de remolcarnos en medio de aquel maremágnum y se situó a distancia suficiente para lanzarnos un cabo.
La tarea no era fácil porque las olas hacían que tan pronto viéramos al otro barco tres o cuatro metros por encima de nuestro nivel y luego lo mismo pero por debajo de nosotros.
Era absolutamente dantesco ver y oír el viento arrancando bocados de agua de la superficie con esa violencia, convirtiéndolo todo en un manto blanco.
No podía acercarse demasiado para que la violencia del mar no nos hiciera chocar. Costó varios intentos, pero finalmente amarramos el cabo a la bita de proa.
Comenzó el remolque y ya nos veíamos calentitos con nuestro café con leche y quizá con una copita de algo en el bar del club, comentando la hazaña.

¿Después de todo lo que habíamos pasado, qué otra cosa, ya, podía salir mal?

Pues que los repetidos tirones del cabo de remolque, lo partieron al poco rato. Otra vez el barco a bailar, otra vez a lanzar cabos de un barco a otro.
Menos mal que alguien tuvo la brillante idea y que en el barco había los medios para materializarla: en el centro del cabo de remolque amarraron un tramo de cadena de esa gorda, como de 20 metros. El peso hundía cadena y cabo en el agua y eso amortiguaba los tirones. Poco a poco, gracias al potente motor del otro barco y al efecto amortiguador de la cadena pudimos regresar a tierra. Durante el regreso, no nos miramos a la cara ninguno de los tres. Cada uno con sus pensamientos y el jefe sentado en un rincón con su tez color añil.

Ya en puerto, estábamos los dos pendientes de la maniobra de atraque, sin decir palabra. La proa estaba ya a un metro del muelle, cuando vi una sombra que pasaba por mi lado como una exhalación, saltaba con increíble agilidad desde el barco a tierra y desaparecía dando tumbos, corriendo por el pantalán hacia tierra firme.

Jamás volví a ver a aquel señor que tan valientemente había sujetado la botavara a riesgo de su vida.
Y jamás me atreví a preguntar a mi amigo por su jefe. Ni siquiera supe si continuó trabajando allí, si lo despidieron, o si simplemente no se atrevió a regresar a la empresa para no tener que mirar a la cara al heroico jefe.»

¡Cosas de jóvenes!

 esendraga, enero 2020

Como esto es una historia real hay una post-data: el dueño del Puma 26, después del día de autos, presentó ante el astillero constructor del barco el obenque con el remache defectuoso, y la firma le proporcionó todo el aparejo nuevo sin cargo. Todo un detalle.

 

NIRVANA II.

(El año pasado comencé a asistir a clases de yoga en el gimnasio que hay al lado de mi casa.
La experiencia se plasmó en https://esendraga.wordpress.com/2019/05/03/nirvana Este curso el profe gimnasta es otro, y ésta es mi experiencia en una de sus clases)

Me siento en la colchoneta. El salón es grande, rectangular. Y dos de los laterales, formando esquina, son íntegramente de cristal dando uno a la plaza y el otro al jardincillo de al lado. Los otros dos laterales son de espejo.

Cuando entro en la sala, el profe ya está sentado sobre su esterilla en la postura que él llama “postura fácil”. Le imito y me siento con las piernas cruzadas. Lo llamo profe y no sé por qué, pero vaya, así me entiendo. 
Tiene puesta de fondo una música un poco monótona en la que destaca un sonido que recuerda a un sitar o algo así. Pero está muy suave y no molesta, sólo ambienta; es una melodía alegre a la vez que serena. No debe ser auténticamente hindú, pero en cualquier caso me parece muy apropiada.
Dudo si quitarme los calcetines para no resbalar en alguna de las posturas, pero decido dejármelos, hace un poco de fresco.
Ya debemos estar todos, el salón casi lleno de gentes diversas que se colocan en su sitio. Algunos comentan entre ellos…

—Buenos días, ¿qué tal? Un poco nublado, ¿no? Vamos a comenzar la práctica.

 Él levanta la mirada, abarca a toda la sala, sonríe. No es muy alto, pero parece que se crece como yogui. Los murmullos cesan casi por completo. El tipo es gracioso. A menudo está serio, pero da la impresión de que siempre esconde una sonrisa. Y ese pelo de punta que lleva… Pasa un dedo sobre el móvil que tiene a su izquierda y la música baja de volumen un poco más. Lo tiene controlao. Y cambia a otra melodía donde predomina una voz femenina, suave.
Cierro los ojos.
Todos nos vamos colocando bien, en esa postura fácil. Bueno, eso de fácil será para él…

—Voy bajando de mi mente a mi cuerpo. Voy a fijarme en mi respiración, inhalo y exhalo  por la nariz.

Noto un movimiento a mi derecha y entreabro los ojos. A mi lado está acabando de situarse una mujer. Miro el reloj de la pared y en realidad no ha llegado tarde, es que estamos empezando justo a la hora. Vuelvo a cerrar los ojos. Estos pensamientos que me asaltan los tengo que ir apartando, o más bien dejarlos pasar sin hacerles mucho caso. Esto ya me lo sé de otros días anteriores…

 —Hago una respiración larga, profunda. Una sensación de calma inunda mi cuerpo. Siento cómo mi mente, poco a poco, se va acallando, mi cuerpo se va aquietando.
Dejo de lado todo el ajetreo, las tareas. Me centro en el aquí y el ahora, me centro en mi respiración.

Creo que se ha dejado bigote y no nos hemos dado cuenta. Seguramente ha estado un tiempo sin afeitarse y luego se debe haber recortado la barba, pero un poco menos el bigote, de forma que ahora resalta sobre el resto…

—No me distraigo con esos pensamientos que me asaltan, que me abordan.

Vale, tomo nota…

—Veo llegar esos pensamientos, esas inquietudes, no los rechazo, pero no me apego a ellos, los dejo pasar. Al igual que miraría la llama de una vela, sin juzgarla, así he de hacer con mis pensamientos.

Al hablar, tiene una entonación muy personal, bastante eufónica. No como esos periodistillas de telecinco o teleseis que acaban las frases hacia abajo. Él termina un poco en alto, pero con una breve y muy ligera inflexión final hacia abajo.

—Movilizo los hombros una vez.

Y hace esto en cada parte de una frase, como si pusiera una coma. O quizá es una pequeña pausa para darnos tiempo a pensar en lo que ha dicho…

—Ajusto mi postura, con lectura de mi cuerpo.

Lo ha entonado justo como yo esperaba: en “postura” ha hecho ese final en alto y al terminar la frase, otra vez…

—Pies, muslos e isquiones, bien enraizados en la tierra. Abdomen ligeramente contraído.

Intento hacer lo que dice. Lo intento, pero eso de pensar en tantas cosas al mismo tiempo, cuando por otra parte tenemos que evitar pensar…

—Mentón paralelo al suelo, y algo retraído. Brazos cuelgan a los lados apoyados en los muslos o en las rodillas. O bien palmas hacia arriba practicando algún mudra.

El otro día tuve que goglear esto de “mudra”. Son diferentes posiciones de manos y dedos, como eso de hacer un anillo con índice y pulgar que se ve en las imágenes de buda. O la de poner los dedos…

—Espalda recta, coronilla se proyecta hacia arriba, alargando mi columna. Estoy pensando en mi respiración. Crezco, con cada exhalación.

Me intento concentrar, pero antes echo un vistazo y tanto él, como la gente de alrededor tiene los ojos cerrados.
Cierro también los míos e intento crecer con cada exhalación. Me concentro en ello y al cabo de un momento me parece que realmente soy un poco más alto, y a cada respiración más alto todavía. Veo a los demás desde arriba, casi desde el techo. No me he elevado, sino que ahora soy muy alto, muy grande. Raro, un tipo muy grande en medio de toda esta gente… Me asalta la imagen de mí mismo como si fuera ese genio de la lámpara de una película de dibujos, ese tipo enorme y azul. Y enseguida el souflé de mi elevación se desinfla y vuelvo a ras de suelo, y a mi color normal y a mi tamaño habitual…

—Vamos a practicar la respiración cuadrada.

Y nos explica en qué consiste. Se ve que es un tipo de “pranayama”. Otra cosa que habrá que goglear. La verdad es que con esta respiración tan lenta, casi entra uno en apnea y claro, cuando el % de CO2 empieza a subir en los pulmones, el cerebro abandona pensamientos superfluos y se centra en intentar algo para que entre más oxígeno. Pero aquí está la voluntad del yogaire, para desactivar ese sistema automático…

—Repetiremos doce veces, cada uno a su ritmo.

Entreabro los ojos. Él está de cara a todos nosotros y de espaldas al ventanal que da al jardín. Afuera el tiempo está gris, pero el color del follaje de estos árboles es precioso. Siguen verdes gran parte de las hojas, pero muchas de ellas han virado a ocres y amarillos de variados tonos. Precioso para una foto.

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(La foto es de varios días después, cuando la mitad de las hojas bonitas ya se habían caído)

Ya estamos otra vez: mi cabeza haciendo caso a esos pensamientos que vienen. Dejaré lo de la foto para otro día…
Hago la respiración cuadrada lo mejor que puedo. Me doy cuenta de que puedo acompasarla con el fraseo de la señora que canta suavemente su letanía por los altavoces. No sé si se habrá elegido la música adrede o será casualidad, pero a mí me viene bien tomar los compases de la melodía como referencia. Me concentro en ello…

—Poco a poco voy activando mi cuerpo iniciando el calentamiento.

Lo que pasa es que si no hago la foto pronto, estas hojas tan bonitas acabarán en el suelo y adiós foto, con lo que me gustaría…

—Mi mentón, va hacia el esternón.

Esas tonalidades siempre gustan y son muy resultonas…

—Ahora, mi mentón, va hacia el cielo. No dejo caer la cabeza hacia atrás, es mi mentón el que se eleva. Inhalo arriba, exhalo bajo.

Seguimos con ejercicios de cuello, ahora laterales.

—No fuerzo, escucho mi cuerpo.

Yo entiendo lo que dice. Pero lo que él no sabe es que un cuerpo de “persona mayor” sometido a una práctica de yoga no te habla, te grita. No puedes hacerte el sordo a su desesperada reclamación de abandonar la postura fácil o de parar la práctica ya mismo. Pero aquí estamos…

—Giro la cabeza a la derecha inhalo. Exhalo, paso por el centro e inhalo hacia el otro lado.

Al girar la cabeza a la derecha abro los ojos un poco. Casi detrás de mi está un vecino a quien no vi al entrar. Está concentrado, ojos cerrados. Vale, tomo nota, y cierro los míos…

—Mano izquierda sobre rodilla derecha, la mano derecha, la coloco en el suelo, detrás y noto el giro de mi torso. Mantengo el cuerpo erguido.

En uno de los giros a izquierda vuelo a entreabrir los ojos y echo un vistazo a los condiscípulos. Casi todo mujeres, jóvenes, medianas, mayores y muy mayores. De todos tamaños y morfologías. Algún chico joven, atlético. Y varios señores mayores, también de diversos tamaños y colores, entre los que me temo estoy incluido. Me gusta esta mezcla democrática-igualitaria de gente de todo tipo y casi de toda condición. Aunque la única condición que de verdad compartimos todos los asistentes es la suerte de tener libre un día laborable de 0930 a 1030, lo que no está al alcance de cualquiera. 

—Ahora haremos unas rondas de saludos al sol.

En estos saludos al sol, cuando toca plegarse, como muy abajo, me llegan las puntas de los dedos a más de dos palmos del suelo si no doblo las rodillas. ¿Óxido, falta de engrase? Creo que será porque no he hecho casi ejercicio físico en el último medio siglo. Y medio siglo es mucho. Son 50 vueltas al sol y algo así como 50×300 === 15 y tres ceros, más de 15.000 días…

—Inhalo, arriba. Exhalo, manos al pecho.

A cada bajada intento plegarme más, pero la bisagra da lo que da. Concentrado en el esfuerzo que me cuesta, ya he perdido la cuenta de las rondas de saludos…

—Ahora haremos dos rondas más, y un poco más dinámicas.

Cada vez que dice lo de bajar en “chaturanga” me hace gracia: tengo que buscar qué significa, pero parece que es como las flexiones clásicas…

—Uno más y nos quedamos en perro boca abajo. Disfruto de esta confortable asana.

En el último de los saluditos, los brazos ya me arden, y ya no puedo más de estar como perro boca abajo. Y eso que es interesante mirar hacia atrás, por entre tus propias piernas. Nadie ve si miras porque todos miramos hacia atrás….

—Aguantamos una respiración más. Larga y profunda.

A la siguiente ronda miro atrás y veo varias nucas, pelos cortos, largos, morenos, rubios, sueltos, colas de caballo. Es el mundo visto del revés. Ya a punto de desplomarme miro al fondo por el espejo y veo a una señora que, entre el compás de sus piernas, me mira cómo la miro…

—Ahora, podéis apoyar la frente en el suelo, vientre sobre vuestros muslos. Los brazos a lo largo de vuestro cuerpo. Notad como la respiración…

Menos mal que nos deja descansar un poco en posición fetal boca abajo, sobre la colchoneta.

—Ahora, sí. Podéis sonreír. Nadie os ve.

Hay un rumor general y alguna risilla. Le hago caso y sonrío al suelo, me gustaría ver mi expresión. Debo parecer bastante lelo con este rictus. Un móvil grabando video desde bajo a través de un agujerito en la colchoneta, estaría gracioso…

—Respiración lenta y profunda.

El otro día hicimos saludos a la luna. Y comentó que el motivo era porque al día siguiente estaría llena…

—Ahora, de pie, sobre la parte delantera de la esterilla.

Miro de reojo el reloj. Falta casi media hora. ¿Qué?, ¿todavía treinta minutos? No se si aguantaré hasta el final.
La música sigue suave y me resigno. Parece como canto gregoriano, pero con voces femeninas…

—Pie derecho atrás, rodilla izquierda sobre tobillo izquierdo.

Este muchacho es bastante flexible y está fuerte, aunque no tiene el aspecto típico de supercachas de gimnasio…

—Observo la apertura de mis ingles, miro al frente. Siento, la fuerza del guerrero, de la guerrera que llevo en mí.

Cuando la posición del guerrero se me hace ya difícil de aguantar, aparto la mirada de mis dedos extendidos y giro la mirada hacia él. Está firme en la postura, mirando a su vez por encima de los dedos de su mano extendida, con energía. Detrás de él y más allá de los ventanales, el paisaje otoñal con su cielo gris. No me tengo que olvidar de hacer foto a las hojas de esos árboles antes de que se caigan. Mis brazos ya no aguantan más en la postura, y voy a dejarlos caer, como las hojas. Pero en ese momento el profe se yergue y nos indica que nos mantengamos durante un par de respiraciones más, antes de pasar a la siguiente asana. Aguanto como puedo. Noto una gota de sudor cayendo por mi espalda y, por lo que veo a mi alrededor, no soy el único y todavía faltan 20 minutos…

Mi parte consciente se va apagando en los siguientes ejercicios, porque la supervivencia es lo primero, y la cuestión es llegar entero hasta la última asana…

—Nos tumbamos boca arriba, los brazos a lo largo del cuerpo…

¡Menos mal, ya llega la parte que más me gusta!

—Tomaremos, unos minutos de relajación, antes de despedir la práctica. Si alguien quiere cubrirse, es el momento. Abandonamos el control muscular.

Le hago caso, trato de relajarme y de apartar los pensamientos que me empiezan a llegar nuevamente…

—Los pies caen a ambos lados, las manos abiertas con palmas hacia arriba.

 Intento tomar conciencia de todas las partes de mi cuerpo, pero sin llegar a moverlas. Probad y veréis que no es tan fácil.

Le oigo pasear entre los asistentes. Se detiene no muy lejos de donde yo estoy y comienza a decir un pequeño cuento. Supongo que lo debe leer en el móvil. Escucho atentamente el cuento de la taza de té. Lo recita con voz decidida, pero bastante suave, con esa entonación tan personal.

—… cuando la taza rebosó, el sabio, aparentemente distraído, siguió vertiendo la infusión de manera que el líquido se derramaba por la mesa.

Nos lee historias cortitas, sencillas, pero tienen su miga. Deben ser clásicos del género, que te inducen a una pequeña reflexión.

—El sabio le respondió: «Usted es como esta taza, llegó aquí colmado, de opiniones y prejuicios. A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada»

Nos deja un par de minutos para que cale en nosotros la lectura y luego nos incorporamos poco a poco. Ahora, ya sentados, despedimos la práctica. Juntamos las manos ante nuestro pecho. Hacemos una ligera inclinación.

—Muchas gracias por compartir esta práctica. Namaste —Dice con una sonrisa.

Y terminamos con un breve aplauso de cortesía.

—Me gusta este chico, es gracioso —comenta mi amiga Tere mientras salimos.

esendraga, enero 2020.

DESENFOQUE

Comparto esta semana un video que elaboré hace ya un tiempo.
No es un video cualquiera, por lo que para verlo y entenderlo hace falta prepararse antes.

Lo más importante es que cada usuario lo podrá ver solamente una vez. No hay segundas oportunidades.

Lo que no veas o sientas esa única vez, te lo has perdido, y sólo dura 39 segundos.

Defocusin

Este video y la vida en general, son un poco raros.
Nos damos damos cuenta de que el pasado ya no existe, y de que es sólo una sombra que nos queda en el recuerdo, la imagen desenfocada de algo que fue.
Y sabemos que el futuro no es nada, sólo una borrosa intuición de algo que puede llegar a ser.
El presente tampoco es más que una transitoria situación, que de inmediato se transforma en pasado.
Si parpadeas, te lo pierdes.
El tiempo avanza, siempre hacia adelante y siempre más rápido de lo que querríamos.
Se nos escurre entre los dedos, como arena fina.

Creo que nunca podemos ver el cuadro de nuestra vida con claridad.
Quizá, al final, en ese momento imprevisible pero inevitable, podamos entreverlo como una imagen borrosa de todo nuestro pasado, sin brillo ni detalle.
Creo que nos podremos sentir felices si, llegado el momento de esa última visión, somos capaces de percibir en el conjunto un cierto sentido, una mínima harmonía…

Aprovechemos mientras podemos: miremos y sintamos.

https://drive.google.com/open?id=1yTJtrf2gFpZJgSDp41tFkB9_Tig6ZxKm

esendraga, diciembre 2019

(Imágenes originales de unas margaritas silvestres, tomadas con una Fuji compacta de 2006. La música es un extracto de “Lonely Woman” de Pat Metheny. Una pieza preciosa, por cierto, que se encuentra fácilmente en youtube. Nota: para que luzca se tiene que escuchar sin prisa)