UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 1/2)

Vivimos en un poblado rodeado de bosque, de donde sacamos todo lo necesario para vivir.
Llevamos una vida tranquila, no hay peligros cerca, el ambiente es agradable, ni calor ni frío y siempre llueve en el bosque un rato a medianoche.
En el poblado nos conocemos casi todos aunque de vez en cuando vienen individuos de fuera, normalmente muy jóvenes, pero se integran rápidamente y, al cabo de un tiempo es como si fueran vecinos de siempre.

Soy un tipo normal, llevando una vida normal. Tengo amigos, vecinos, una pareja y en general mi modo de vida es como el de los demás.

Cuadro de Hulda Hakon www.huldahakon.com
(Cuadro de Hulda Hakon  http://www.huldahakon.com )

De todas formas, siempre he creído que yo era algo especial, en cierto sentido. Aunque al mismo tiempo pensaba que no hay nadie realmente “normal” porque todos tenemos nuestras rarezas y nuestras particularidades.

Por otra parte, como grupo social que somos, también nos pensamos que somos únicos, que nuestras costumbres, nuestra forma de comunicarnos es diferente a todas las demás y nos parece la buena, siendo las demás raras y como sucedáneos de la verdadera y más elevada cultura, que casualmente es la nuestra.
Pero en este mundo en que vivimos las cosas no son siempre lo que parecen.

Nosotros no salimos casi nunca del área del poblado, primero porque en general no somos muy curiosos y además porque rodeando nuestro bosque hay una valla.
Cada vez que llego hasta la valla, límite de nuestro territorio, tengo curiosidad por saber qué puede haber más allá. Hace ya mucho tiempo fantaseaba con saltar para visitar el exterior. Trepar por la valla resulta imposible, no hay donde agarrarse. Y siempre nos pareció demasiado alta para poderla saltar. Creo que nadie lo había intentado nunca en serio.
Como me gustan los desafíos, llevo tiempo practicando salto en el bosque. Me refiero a salto de altura. Tengo buenas piernas, como todos mis congéneres, pero esto de saltar hacia arriba, no lo hace nadie, no hay tradición ni afición.

En rincones apartados del bosque estuve intentando diversas técnicas de salto, al principio, la verdad, sin muchas esperanzas de mejorar lo suficiente. Pero llegó un momento en que encontré una forma de impulsarme que, con poco esfuerzo, me permitía saltar mucha más altura de la que me parecía posible cuando empecé. Estuve practicando y perfeccionando el salto durante meses hasta que, hace unas semanas, lo intenté con la valla y conseguí pasar al exterior. Me quedé tan sorprendido que volví a saltar adentro inmediatamente, porque siempre se nos ha dicho que escapar no era posible y además estaba prohibido.
Al día siguiente lo hice varias veces para estar seguro de que podía hacerlo con soltura, pero volví al pueblo como si tal cosa, y esperé una semana para ver si alguien se había enterado y me decían algo.
Como parecía que nadie se había enterado, decidí salir de exploración. Me levanté antes del amanecer y salté. Caminé un trecho y el paisaje resultó similar al nuestro. También hay bosques de herbáceas, aunque más altas que las nuestras y son mucho más extensos que nuestro territorio. Están recorridos por caminos semejantes a los nuestros, sólo que éstos no parecen muy transitados.

Siempre ha habido comentarios de la gente acerca de que no estamos solos sino que hay otros grupos semejantes en otras áreas y eso es lo que yo quería encontrar.
En las primeras salidas no tropecé con nada interesante, así que a la tercera o cuarta salida me decidí a llegar más lejos que las veces anteriores…
Y tuve suerte, pues finalmente he descubierto uno de esos grupos.

Explorando por uno de los caminos me encontré con un individuo rubio, le saludé y en contra de lo que es nuestra costumbre ni siquiera me respondió. Me acerqué, le volví a saludar y esta vez sí respondió. Pero al dirigirme a él me respondió con un lenguaje que al principio no entendí. Le pregunté dónde vivía, y me miró con cara de no haberse enterado de mi pregunta, porque repitió el mismo saludo que había hecho anteriormente. Ahora me pareció entender que era un gesto amistoso, pero no respondió.
A las siguientes preguntas que le hice me siguió mirando sin entender. Le pregunté si vivía sólo, si eran muchos en su poblado o si eran todos los demás semejantes a él. Pero creo que ni se enteró de lo que le preguntaba.
Me miraba todo el rato con cierta curiosidad, pero con cara de no entender. Desesperado de no conseguir nada, ya me iba a despedir cuando me dijo algo que entendí clarísimamente aunque se expresó mal: que iba a comer comida. Y a continuación entendí que me invitaba a acompañarlo. Dije que sí y fuimos caminando. Parece que nos expresábamos en el mismo idioma pero como si su vocabulario fuera muy reducido. En breve llegamos a un poblado, pero nos detuvimos en las afueras en una especie de comedor. Allí, sin decir palabra, compartimos unas raciones.
Cuando acabamos, entendí que me invitaba a acompañarlo. Por la forma de expresarse pensé que quizá era un individuo con alguna minusvalía, con algún problema físico que le impedía expresarse normalmente. Pero la verdad es que por su comportamiento un poco rudimentario y la forma tan zafia en que comía, más bien me pareció que sería algún problema mental.

Cuando llegamos a su poblado, entramos caminando y él no dijo a los demás nada de mí, que hubiera sido lo normal, pero es que pasé totalmente desapercibido. Nadie parecía fijarse en mí, lo que me extrañó. Pero lo más extraño es que el resto de la gente se parecía a mi nuevo amigo: no hablaban y miraban con expresión como ausente. Sin embargo se saludaban entre ellos muy frecuentemente pero sin palabras, sólo con breves besos. Y como mucho vi sólo expresiones muy simples y cortas como “quiero comer” o “me voy”.
Un poco raros, también en otros aspectos. Por ejemplo, nosotros en nuestro poblado no nos ocultamos especialmente para tener sexo, pero en general no lo hacemos en público. Sin embargo ya en las primeras calles vi a varias parejas, como la cosa más normal a la vista de todos.

Le pregunté a mi amigo porqué la gente no hablaba y como era de esperar no me entendió. Me separé del él sin despedirnos siquiera, y estuve paseando un rato buscando a alguien con aspecto de entenderme. Entre ellos se saludaban con besos a menudo, pero nadie se acercó a besarme a mí, supongo que porque me notaban algo diferente o simplemente no me conocían. Ese primer día ya era tarde, así que no tuve tiempo de mucho más. Regresé rápido a casa, pero no dije nada a nadie sobre mi excursión ni sobre mi hallazgo.

Los siguientes días no dejé de pensar en lo raros que eran esos medio-vecinos.
Nosotros somos muy expresivos, nos saludamos incluso de lejos, aunque con los más allegados también nos besamos. Hablamos mucho entre nosotros, nos contamos cosas, nos reunimos, compartimos la comida, cotilleamos. Somos realmente muy habladores y por eso me resultaba tan extraño el comportamiento de esos “vecinos lejanos” que había conocido.

A los pocos días busqué la ocasión y regresé al poblado de los silenciosos e inexpresivos. Seguí el camino de la vez anterior y el panorama que encontré fue semejante. No parecían peligrosos en absoluto, así que abordé a unos cuantos viandantes, y todos parecían tener las mismas limitaciones de mi primer conocido: ni entendían lo que les decía yo, ni siquiera parecían pensar, ni apenas hablaban, y si lo hacían eran sólo unas pocas palabras sueltas, referidas casi siempre a necesidades muy básicas. Había una gran proporción de jóvenes, pero no parecía haber centros de formación porque estaban todos correteando y jugando por las calles, entrando y saliendo de los portales.

Yo me preguntaba cómo podía haber un poblado no muy alejado del nuestro con gente tan diferente y tan limitada mentalmente. A mediodía, hora de la siesta, las calles se vaciaron casi del todo. En vista de que no iba a sacar nada, pensé en regresar y olvidarme de estos sosos e ignorantes, cuando me di cuenta de que una mujer de avanzada edad me estaba mirando desde una esquina. Su mirada era diferente de la del resto de la gente. Desde lejos, me hizo un gesto, indicándome que me acercara.
Nos pusimos a hablar en un rincón y ella miraba constantemente alrededor, como con temor de que alguien nos viera. Hablaba mi lengua aunque le costaba expresarse: usaba frases simples y un vocabulario bastante pobre, pero nos entendíamos. Me había visto intentado hablar con varias personas y me había estado observando. Me dijo que había vivido en un poblado donde hablaban como yo. Por los detalles que me dio, deduje con seguridad que se trataba de mi poblado. Entendí que ella había nacido allí, pero que siendo muy joven la habían traído a éste otro, donde llevaba viviendo desde entonces.
Parece que el motivo del traslado es que se expresaba muy mal y no cumplía los estándares de nivel mental requeridos en su lugar de origen o sea, mi propio lugar.
Me contó que los de su nuevo poblado la habían recibido con indiferencia, tal como yo he visto que hacen con los forasteros. Ella era la única de aquí que hablaba algo más que las cuatro palabras básicas. De hecho me confesó que hacía muchísimo tiempo que no hablaba con ningún semejante. Le propuse que viniera conmigo porque se encontraría más a gusto con gente menos primitiva, a lo que contestó con expresión de temor que de ninguna manera porque le habían prohibido regresar. Incluso tendría problemas si se llegara a saber que había hablado con un forastero.

Aunque se la veía atemorizada, me acabó contando que había tenido descendencia con un individuo  local y que una de sus hijas había resultado de gran inteligencia. Explicó que cuando la joven empezó a demostrar sus habilidades la deportaron. Pensé que quizá a mi poblado porque esto encajaba con lo que yo había vivido. Recuerdo que las personas que venían a mi pueblo, eran siempre jóvenes y NO venían con sus padres. Y el caso es que recuerdo la llegada de alguna chica, pero creo que nunca vino ningún chico joven. Ahora lo entendía: los “tontos” que mandaban fuera se iban con toda la familia y los “listos” que venían lo hacían solos. Aunque luego se quedaban al cargo de alguna familia local y se integraban rápido.
Me confirmó que la gente de este poblado son muy simples de pensamiento, y además de que no saben casi hablar entre ellos, no entienden en absoluto el idioma de los amos.
Me confesó que ella misma nunca llegó a conocer bien esa lengua, que todos nosotros entendemos perfectamente.

O sea que en mi lugar originario, aquellos que presentan un nivel de desarrollo mental bajo, ¿los destierran?
Esta fue mi conclusión, porque ella no era capaz de enlazar lógicamente estos conceptos y sacar conclusiones de carácter general. ¿Era esto de las deportaciones una práctica habitual?
Recuerdo a un compañero de escuela, que iba un poco retrasado en las clases y que un día desapareció, junto con sus padres también. Siempre se dijo, y lo creímos, que habían marchado a otro lugar en busca de una escuela adecuada. Ahora pienso que quizá fueron deportados como  le había pasado a esta mujer.
Estaba claro: mi pueblo es de los hablantes/pensantes y el otro es de los limitados o directamente subnormales. Pero, ¿qué nos hace diferentes?
Estuve bastante rato con la amable anciana, hasta que llegó un momento en que por las calles empezó pasar cada vez más gente y ella se puso tan nerviosa que me di cuenta de que ya no podía sacar mucha más información. Me despedí cortesmente quedando en regresar en otra ocasión para tener otra charla. Y salí del poblado de la manera más discreta posible.

Tenía que averiguar algo más, así que durante las siguientes semanas hice nuevas salidas de exploración…

(Continua en parte 2/2. )

esendraga, febrero 2020

 

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