SON LAS 01:10. LA UNA Y DIEZ

—¿Qué más? —Pregunta. Nadie le responde.
—¿Qué más? — Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con una bolsa de plástico llena de tomates de pera.
Su mujer medio se ha despertado y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…
No abre los ojos, pero se queda un momento quieto y se sitúa mentalmente; pues no, no está en su parada del mercado, sino en su cama,  en su casa.

Pasqual
A tientas lleva su mano hasta la mesa de noche y aprieta el botón central del móvil, que ilumina la habitación. Lo gira un poco hacia sí y lee 01:10. La una y diez.
La luz de la pantalla se apaga a los pocos segundos y le deja grabados en la retina los dígitos durante un momento. Tenía puesto el despertador a la 01:45, pero se ha despertado antes de la cuenta.
Su mujer se ha vuelto del otro lado y respira profundamente. Quizá él pueda dormir un poco más. La casa está en silencio, sin más ruido que los crujidos que, de vez en cuando, hacen el tejado o las vigas al contraerse por los cambios de temperatura. Aguanta cinco minutos en la cama, pero se convence de que ya no va a poder dormir. Además, ayer no tuvo tiempo de barrer por dentro la caja del furgón. Bueno no tuvo tiempo o le faltaron las ganas. Esta media hora le puede venir bien si la aprovecha. Podrá salir temprano hacia el mercado de abastos, porque él es de los que gustan de llegar pronto. Hay menos compradores, puede aparcar más cerca de los muelles y cree que llegando temprano puede conseguir mejor mercancía a mejores precios. Aunque sabe que no siempre es así, pero de todas maneras prefiere llegar temprano.

Está cansado. Se acostó antes de las diez y cayó redondo, como una piedra. Pero sabe que tres horas de sueño no es suficiente y que necesitaría un rato más de descanso. Hasta cumplir los cincuenta llevaba bien lo de dormir poco, pero ahora ya no es lo mismo. Hace siesta casi todas las tardes, pero no llega a recuperarse por completo.
En cualquier caso, respira hondo, se encuentra bien, se hace el ánimo y se levanta con cierto cuidado para no despertar a su mujer.
Sale y cierra la puerta. En la última reforma de la vieja casa de sus padres, construyeron junto a su dormitorio una especie de antesala, como vestidor y con acceso a un cuarto de baño. Entra, orina, se lava la cara y las manos, y se pone desodorante. Se suele duchar por la noche para no perder tiempo por la mañana. En un cajón tiene camisetas y pantalones cortos amontonados por separado. Casi sin mirar coge la primera prenda de cada bloque y se las pone. Bajo una silla tiene las zapatillas deportivas. La billetera, el carnet y un pañuelo están siempre en un platito de cerámica que vino de algún sitio o que alguien les regaló, nunca lo ha sabido.

Baja a la cocina y se pone en un vaso todo el café que queda en la cafetera. Su mujer toma un buen tazón antes de acostarse y le deja e él la mitad para la mañana. Abre la caja de las galletas y saca un par. Hoy toca mercado en Castelló y el bar cercano hace buenos almuerzos, de forma que repondrá fuerzas allí a media mañana. Mientras desayuna, abre la puerta que da al porche, se asoma y mira la noche. Es agosto y todavía se nota el calor del día anterior. Pero desde las montañas costeras, a su espalda, llega algo de brisa relativamente fresca. Se agradece, porque ha visto la previsión en la tele y en cuanto amanezca empezará a hacer calor, que a partir de las 9 ya será agobiante, igual que todos los días de verano.
Frente a él, en línea recta, después de pasar su huerta y sus naranjos, y más allá de varios kilómetros de naranjos de otros vecinos, y después de la autopista y después del pequeño poblado de veraneantes y después del paseo y después de la playa, está el mar. De día se ve hermoso y brillante desde esta terraza. Ahora con luna nueva, ni se adivina el mar, porque el sol todavía está muy abajo y faltan varias horas para que se anuncie el alba. Debe estar amaneciendo en la India o en la China, piensa Joanet, mientras se termina el café y se quita con la mano unas migas de galleta que se le han quedado en las comisuras de los labios.

Deja el vaso en el fregadero, sale, cierra la puerta y se acerca a la huerta para cortar el agua de riego que dejó abierta anoche antes de acostarse. Luego va hasta el lateral de la casa donde el portón de la cochera está abierto. Sube por detrás al furgón y barre bien el suelo, apartando varias pilas de cajas vacías que tiene que llevar, unas para cargar mercancía y otras que una vez apiladas en el mercado le servirán de base para su puesto de venta.
Saca unos cuantos basquets con género diverso de una cámara refrigeradora que tiene al fondo, y las sube al camión de una en una, tomando impulso. Está empezando a sudar y sólo son las dos.

Pesca con los dedos las llaves del camión del interior de un bote oxidado que siempre deja junto a la caja de herramientas. Antes de salir, comprueba que lleva su libreta con algunas notas y se palpa la billetera llena en el bolsillo lateral.
Tiene una hora de camino hasta el mercado mayorista.

Ha llegado bastante pronto, como le gusta. Aparca en el sitio que mejor le viene, toma una carretilla y descarga las cajas vacías. El mercado está en una zona de las afueras, un poco elevada sobre Castellón de la Plana y se ven diversas luces en la llanura que hay hasta el mar y a la derecha, la ciudad, dormida todavía. Aunque ahora Joanet se fija en el horizonte y cree adivinar un primer reflejo de amanecer.
Bajo la luz verdosa de los fluorescentes, va directo al mayorista que trae los mejores kiwis, esos de Nueva Zelanda, porque sabe que no trae muchos y le vuelan de las manos.
Después va recorriendo sus proveedores habituales, aunque él no se casa con nadie. Lleva toda la vida siendo labrador y comerciante, de forma que conoce bien todos los productos. Elige con buen ojo lo que compra y si el precio no le gusta, se patea el mercado entero hasta encontrar la mejor opción porque él conoce a su clientela y sabe lo que le piden: producto sano y sabroso, aunque no tenga aspecto extraordinario de primerísima clase, y a un precio razonable.

 Su padre sucedió al abuelo vendiendo sólo frutas y verduras de su propia huerta. Al abuelo lo conocían por Joan y a su padre, que salió alto y corpulento, le pusieron Juanot.
Así que a él, tercer Joan de la saga, le tocó Joanet. Incluso ahora con la cincuentena ya cumplida, todo el mundo lo llama así.

Hasta los años 70 casi todo lo que vendían era de cosecha propia, pero llegó una época en que la clientela empezó a pedir frutas que no se crían aquí. También se puso de moda preguntar por productos fuera de su temporada “normal”.  Y para atender, en parte al menos, esa demanda empezaron a comprar a otros productores de la región aquello que les faltaba. Y pocos años después ya iban con frecuencia al mercado de abastos.
Cuando su padre se jubiló, él se quedó al cuidado de la tierra y se hizo cargo de la parada y de todo lo demás.
Desde que murió el padre tiene poco tiempo para el huerto y sólo cultiva cuatro cosas; el resto es todo de abastos. Preferiría dedicarse más al campo, siempre le ha gustado, pero tiene que mantener casa y familia. Ahora los precios en origen son tan bajos que sólo sobreviven los productores masivos. Cuando tiene en la parada tomates propios, pero también otros comprados, muestra los suyos orgulloso, los pone en valor y los cobra algo más caros porque son “del terreno”.

Revisa su lista. No se ha dejado nada, salvo melocotones buenos, que no ha encontrado porque la cosecha en Calanda y región ha sido muy escasa y lo que hay en el mercado no le ha gustado: «Para llevar un producto que no me gusta, mejor nada: que la gente tome nectarinas y ciruelas, que este año son buenas, baratas y muy dulces. Y vitaminas tienen las mismas».

Después de cargar todo en el furgón ya tiene calor. Se acerca al pequeño bar del mercado y pide un zumo bien fresco. Le da igual de piña o de cualquier otra cosa que, sea lo que sea sabrá como a algo artificial.
Cuando llega al recinto del Mercado semanal ya hay colegas del sector alimentación montando sus paradas, pero los demás madrugan menos: los gitanos con sus telas, ropas, zapatos o abalorios; los moros con baratijas o juguetillos y los negros con correas y bolsos. Algunos payos, que se dedican a ferretería y accesorios de cocina o a las lámparas, tampoco son muy madrugadores igual que los que venden ropa infantil de marca. La verdad es que la clientela de este tipo de productos llega en general pasadas las 10.

Así que Joanet monta rápido su parada, y antes de acabar ya tiene una clienta esperando.
—¿Joanet? ¿Qué no pones número hoy? —Le pregunta señalando el gancho donde cada lunes cuelga el rollo de cinta con los numeritos para el turno.
Sii, ya pongo el rollo de los números, piensa Joanet. Si está sola y es la primera, ¿para qué quiere coger número?

Hay una primera oleada de clientes madrugadores que vienen incluso mucho antes de las 8. Cuando empieza el calor, a eso de las 9, se reduce un poco la afluencia. Joanet cree que los madrugadores, a esa hora, ya han comprado y los tardones todavía se deben estar levantado.

Su hija tiene que venir a ayudarle, pero todavía no ha llegado. Empieza a estar un poco harto, porque la moza llega siempre más tarde de lo convenido y no tiene un ímpetu en el trabajo como tiene su abuela. Algunas veces la madre de Joanet viene con él para ayudarle, y mueve más mercancía la anciana que la joven, y además atiende mejor a la clientela. Pero estos días de calor no quiere que venga, porque es muy mayor y acabaría agotada.
Los clientes toman número y se van acumulando a la espera.

—Joanet, ¿tu hija no viene hoy?
—Si, pero la juventud ya se sabe, va a su aire, no se compromete.

Al final, casi a las 9  llega la joven, que no viene demasiado fresca porque anoche salió con los amigos y está un poco dormida. Y además de eso, viene cansada y aburrida de una hora de carretera, que a estas horas tiene ya bastante tráfico.
Joanet casi ni la saluda al llegar. Y si lo piensa es por dos razones: porque no le apetece saludar a esta hija que ayuda poco y gasta mucho, y para intentar que ella se dé cuenta de que no le sienta nada bien que llegue a la hora de los señoritos.
Es consciente de que pasar varias mañanas a la semana atendiendo en un mercado puede que no sea del gusto de la juventud. Pero su abuela y su madre ya lo hicieron y no recuerda que protestaran. Y además, es sólo en verano, cuando no tiene clase en la universidad. Joanet cree que es lo mínimo que le pueden pedir a esta hija que, por lo demás, él piensa que vive como hija de millonarios: estudios, coche, salidas, caprichos…

Cuando baja un poco la afluencia son ya las nueve y media. Echa cuentas y hace ocho horas que tomó un café con galletas. Le dice a la hija que siga ella, que va a almorzar.
Alguna clienta habitual, protesta de que deje a la chica sola porque sabe que va a tener que esperar su turno más de media hora, seguro.
Pero Joanet dice:
—Oiga, ¡que somos personas! Me he levantado a la una y media y creo que tengo derecho. No se preocupen que no me entretengo.

Se toma una cerveza sin alcohol con un buen bocadillo de atún con olivas y pepinillos, acompañado con un platito de cacahuetes: no sabe por qué motivo, pero le gusta la combinación. El bocadillo chorrea un poco de aceite cuando le mete el primer bocado. La mancha en su camiseta prácticamente no se nota, porque se mezcla con algo de tierra de las cajas de patata que ha descargado, y de jugo de unas ciruelas demasiado maduras que ha chorreado de un basquet cuando lo cargaba en abastos.
Así que se acaba tranquilamente el bocadillo y no deja ni uno solo de los cacahuetes en el platito. Termina con un carajillo de ron. No suele tomar alcohol pero estos carajillos quemados están buenísimos y como los queman bien deben tener ya poco etílico.

Paga y se vuelve a la parada, aunque de camino se para un momento para hablar con otro agricultor del pueblo que también tiene parada: sobre lo mal que va el negocio y sobre el calor que hace. También se detiene en el puesto de un gitano que se dedica a frutas y verduras y que cuando vivía su padre les compraba parte de la producción. El gitano le pregunta si no planta ahora judías verdes para vender. Joanet le dice que las judías le daban mucha faena y que ahora no tiene tiempo. Sólo ha dejado unas cuantas matas para casa.

En su parada la cantidad de clientes es la misma; menos mal, otras veces se ha encontrado más gente al volver de almorzar de la que había cuando se fue.
Tiene calculado que su hija atiende a una velocidad como la mitad que la suya. Hasta su madre de 80 años es más rápida.
Pregunta por qué número va el turno y una clienta habitual le muestra el que corresponde.
Se le nota contenta de que le sirva el propio Joanet y no la joven, tan seria y lenta.
La cliente pide dos kilos de pimientos rojos: él coge bolsa pequeña de polietileno y la va llenando con los frutos brillantes. Como cientos de veces al día, tiende la bolsa por encima de otras mercancías y pregunta:
—¿Qué más?
—Seis o siete plátanos —Responde la clienta.
Mientras los va tomando de la caja para meterlos en la bolsita, ve que hay uno con un extremo demasiado maduro, y cuando ya ha metido los seis buenos, toma el estropeado en la otra mano. Pesa la bolsa y después mete el defectuoso en la bolsa junto a los demás y le dice a la clienta:
—Mira, este te lo regalo que tiene un lado muy maduro.
Lo aprendió de su padre. Otros verduleros prefieren colar como buena la mercancía algo estropeada mientras que otros prefieren tirarla directamente a la basura y subir un poco los precios. Las amas de casa aprecian que no les cuelen malo por bueno y les complace llevarse una patata o un pepino más, si es gratis, aunque sólo puedan aprovechar un trozo.

—¿Qué más?
—Nada, ya tengo todo.
Joanet totaliza en la báscula, saca el ticket de la compra para entregarlo a la cliente, pero lo mira con duda de si lo ha marcado todo. La vista cansada le obliga a alejarlo un poco más para ver bien el detalle y le pregunta a la señora:
—Llevas cinco cosas, ¿verdad?
La clienta mira su carro y asiente. El verdulero sonríe y le tiende el ticket.
Joanet ve que la señora lleva dos niños, deben ser gemelos, que están agarrados uno a cada lado del carrito de la compra. Le ofrece regalar una fruta a cada uno y le pregunta a la madre. Ésta, piensa un momento y responde que dos peras pequeñas, gracias.
—¡Dad las gracias a este señor!

No para de servir y no sabe muy bien qué hora debe ser. El calor húmedo es agobiante y el bulto de clientes que espera, cada uno con su numerito en la mano, no se reduce.

—¡Ah, y dos kilos de tomates de pera!
Cuando le tiende la bolsa al cliente pregunta, como siempre:
—¿Qué más? —Pero nadie le responde.
—¿Qué más? —Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con la bolsa de plástico llena de tomates de pera.

Su mujer se despierta y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…

Mira la hora en el móvil, y son otra vez las 01:10. La una y diez.

esendraga, septiembre 2019

Por favor, si estás en desacuerdo, deja una respuesta.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s