LO POCO ASUSTA, LO MUCHO AMANSA

(Las matemáticas de la vida diaria)

¡MENOS MAL QUE LOS SENTIDOS USAN LA FUNCIÓN LOGARÍTMICA!

Cuando en el cole nos explicaron los logaritmos, se limitaron a poner una fórmula en la pizarra, y luego una serie de reglas para manejarse con esas fórmulas.

Como aquello servía sólo para aprobar, lo olvidamos pronto, y en mi caso tuvo que ser años después cuando por mis propios medios me tuve que dar cuenta de qué significaba realmente que algo siguiera una función logarítmica.

Una interpretación rápida está condensada en una frase que se dice en mi casa: “lo poco asusta, pero lo mucho amansa”.

Como ejemplo pongo el siguiente: una piedrecilla en el zapato nos hace sentir muy incómodos, siendo una molestia objetivamente mínima. Sin embargo, una gran herida o una rotura de una pierna nos producen evidentemente más molestia, pero no en la proporción en la que físicamente sería de esperar.

Supongamos que el origen del dolor con la piedrecilla sea de intensidad 10 y que el dolor de una herida profunda pueda llegar a 10.000 unidades.

Cuando tenemos una piedra en el zapato, si alguien nos dijera que podemos llegar a sufrir una herida que va a doler mil veces más, no creeríamos poder soportarlo. Sin embargo cuando llega el momento se aguanta y la sensación no es 1.000 veces superior.

Lo de los logaritmos es muy simple y es una pena que no se enseñe como algo fácil y útil: como numeramos en base 10, el logaritmo es simplemente el número de ceros de la cifra.

Esto quiere decir que si la piedrita hace daño por valor de 10 unidades, nuestra percepción es dolor igual a 1.
Si la herida produce un daño de 10.000 unidades, el dolor es igual a 4 (cuatro ceros).
La herida duele bastante más que la piedrita, pero no son 1.000 veces más, sino sólo tres “unidades de dolor” más, o sea, que se puede aguantar.

Como lo del dolor no es realmente medible, esto no es más que una elucubración aproximada.

Pero si lo pensamos, nuestra experiencia nos dice que se cumple el hecho de que somos muy sensibles para lo poco, y nos hacemos relativamente insensibles a lo mucho.

Físicamente la cosa queda más clara si analizamos los sentidos físicos, porque éstos sí que son medibles, como por ejemplo en el oído.
La “potencia” de un sonido se puede medir (en watios por metro cuadrado por ejemplo) y el efecto que produce en nosotros también se puede evaluar.

Pues resulta que se mide con los famosos decibelios que no son más que el logaritmo de la potencia del sonido*.

La respiración tranquila de un bebé que duerme cerca puede tener una “potencia” física de una millonésima de watio/m2. Y sin embargo la oímos claramente.

Una mascletá puede llegar a ser más de un millón de veces más fuerte. ¿Cómo lo resistimos? Pues haciéndonos más sordos a los sonidos intensos.

En el aspecto sentimental también se cumple que reaccionamos con una función estilo logaritmo.
Por ejemplo, la pérdida de nuestro bolígrafo favorito o de unas gafas útiles pongamos que es una pérdida de sólo 10 unidades, y a pesar de eso a veces nos preocupa, nos ocupa y hasta nos afecta.
Creo que perder a un ser querido pueden ser un millón de millones de unidades de dolor.

Si nuestros sentidos fueran proporcionales seguro que moriríamos con un dolor tan insoportable.
Pero tenemos que sobrevivir y la única manera de no morir bajo un millón millones de unidades de duelo y amargura, es el truco involuntario de que nuestra mente percibe el dolor con arreglo a la función logarítmica: cuando más grande es el dolor, más se embotan nuestros sentidos para no llegar a nuestro límite, para seguir viviendo.

Porque después del choque, hemos de seguir adelante.

esendraga, abril 2018

*El resultado se multiplica luego por 10, pero esto no afecta al meollo del asunto.

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LA NEVERA TRAIDORA

Hace poco me he comprado lo último en neveras:

    “El nuevo frigorífico conectado inteligente”.      
—–La nevera que te cuida: la nueva GREEN.C——

La nevera

No es que sea verde, porque  que es del color que elijas de una paleta de una docena de decoraciones diferentes. Y yo, después de mucho cavilar, me he decidido por el color más moderno: el blanco. Además, en este color resaltan más los imanes que he trasladado desde la puerta de la antigua nevera, que no era tan lista.

El modelo se llama “GREEN” porque es de una nueva generación más ecológica, y lo de la C es porque está conectada a internet, como todo hoy en día.
Además, incluye un nuevo servicio: el suministro casi automático de lo necesario para reponer su contenido a medida que se va usando.

La novedad es que el aparato sabe lo que tiene dentro, mediante una plaquita RFID nueva versión, que ahora llevan todos los productos. La etiqueta inteligente además detecta el peso de lo que queda en el envase. Así que cuando queda poco de lo que sea, el aparato se lo apunta en la lista de la compra que te va apareciendo en el móvil. Para que la nevera vaya aprendiendo qué cosas suele haber, o le tecleas la lista a mano, o cargas su código QR, o llenas la nevera con lo todas las cosas que quieras que mantenga y le das al icono de “memorizar”.

Una vez ya entra en rutina, si te acuerdas de mirar la app o echas en falta algo concreto, le das al dibujito de pedir “ya” y el aparato se encarga. O bien le indicas cada cuántos días quieres que haga el pedido y ya puedes dejarlo todo en manos de la nevera Green.C, la nevera que te cuida.

Cuando el dron deja el pedido ya te sale un aviso en el móvil. Pero si a la vuelta del trabajo no te acuerdas, cuando entras en casa la nevera te avisa por el sistema de sonido de que tienes el pedido en tu ventana. Abres el cajón refrigerado receptor de los envíos por dron, sacas la compra y la metes en la nevera. Los envases son de varios colores para indicarte sin tienen que ir en la puerta de la derecha o de la izquierda y en qué estante han de ir para que la temperatura y la humedad sean las adecuadas. La verdad que esto ya lo hacía mi abuela a ojo de buen cubero, pero vaya, es una ayuda para los que no tenemos ese ojo.

De todas formas, yo creo que esto de tener que coger la compra de la caja de recepción y poner las cosas en la nevera es un atraso y tendrán que resolverlo en la próxima versión, así que espero que ya estén inventando algo para que nos ahorremos esta faena tan tediosa que me hace perder tanto tiempo.

La Green-C no está mal, pero el sistema tiene fallos. Hace ya una semana que falta mantequilla de esa de vaca con su elevada temperatura de fusión, que es la que me gusta. En lugar de eso, mandan margarina desmargarinada 0% fat, que se funde con sólo mirarla. ¡Que cosa más floja!

Hace unos dias tecleé expresamente en la lista la mantequilla “tradicional” de una marca bien conocida, y en el envío no llegó. Esta mañana al desayunar he vuelto a ponerlo en la lista, y en el envío de hoy, que acabo de recoger, no estaba. He comprobado en la app de la Green y no aparece como pendiente.
Así que ahora mismo me pongo a mandar un correo a la marca para protestar por este fallo.

Tenía varias notificaciones de correos no abiertos, porque la bandeja personal la abro de tarde en tarde, de forma que he aprovechado para verlos.
Uno de ellos tenía los resultados de la última revisión médica que me hicieron la semana pasada. Para lo poco que me muevo, el estrés de todo el día, y los años que no pasan en balde, parece que todo bastante bien…
Bueno, el colesterol un poco alto… ¡Pero dá igual, todos los años me dicen lo mismo!

Antes de abrir el análisis ya salen en los márgenes de la pantalla anuncios de gimnasios, y piscinas de las cercanías. También de un dietista y de un centro de ayuda para control del peso.

Hay que fastidiarse, mucho trabajar en seguridad informática y estos chismes han leído mi informe antes que yo.

Cuando comienzo a escribir el mensaje de protesta a los de la Green.C por el fallo de la mantequilla, sale un anuncio “La nevera interconectada. La nevera que te cuida”.

¡Ahora sí que la hemos fastidiado! Esta nevera ha fisgado en el análisis y no me va a pedir la mantequilla.

Estoy dudando si desconectarla de internet y hacer la compra como antes, pero pena de dinero que me he gastado en el aparato y en instalar la caja refrigerada, receptora de drones en la ventana.

Mejor será antes de tomar esta drástica decisión intentar engañarla: voy a cambiar el dato del colesterol en el fichero .xml4 que contiene el análisis, y luego reinicio, a ver si no se da cuenta.

¡Hay que ver lo que tenemos que trabajar para trabajar menos!
Y para escapar al control de estos cacharros.

Ahora que lo pienso, me entra la duda de si la avería del ascensor, que ya hace tres días (3) que subo andando, es real o es cosa de la “nevera que me cuida”.
Si esto sigue así, me echo al monte.

((Este cuento es como la cuarta entrega del grupo “Las Leyes de Asimov”

esendraga, abril 2018

Fumando a las 4, en un balcón de casa de ciudad

((Hace un tiempo, La Vanguardia convocó un concurso de relatos cortos. Quim Monzó planteaba una situación en un párrafo, y cada uno le daba continuación a su gusto. Esto es lo que se ma ha ocurrido))

 

A las 4 de la madrugada hace ya horas que da vueltas en la cama. Una tras otra, cuenta ovejas blancas que saltan una valla. Generalmente esta rutina consigue que el sueño llegue pero hoy, de golpe, ve que una de las ovejas que salta la valla es negra y eso lo desconcentra. Harto, decide levantarse. Va al lavabo, orina, se lava las manos y la cara, bebe un trago de agua y, a oscuras, se asoma a la calle a ver la noche un momento. En un balcón de la casa de delante, apoyada en la barandilla, hay una mujer que fuma un pitillo. No la había visto nunca…

Balcon de ciudad

Él tiene la luz apagada y ella no lo puede ver, pero la de ella está encendida y se la ve a contraluz. En el pequeño balcón de piso de ciudad hay una maceta sobre una mesita redonda y dos sillas, que deben ser plegables.

Por la silueta, lo más que puede intuir es que la vecina no es ni muy joven ni muy vieja y que está mirando hacia abajo mientras fuma. No distingue qué lleva puesto, pero parece una prenda ligera.

La noche es calmada, no hace ni frio ni calor, ni casi viento. Cuando alguna noche, a estas horas, se ha asomado a la ventana y ha visto esta calma, ha pensado la suerte que tiene por poder disfrutar de este clima tan suave.

La vecina sigue tranquila apoyada en su barandilla, pero en ningún momento mira hacia arriba, sólo mira la calle.

Cuando a estas horas él ve esta calle así de tranquila, le cuesta imaginarla llena de gente, con coches circulando, furgonetas descargando en las tiendas abiertas y mucho ruido. También le cuesta creer que alguna vez haya diluviado con fuerza sobre estas mismas aceras ahora tan calmadas.

Ahora se oyen, a lo lejos, retazos del sonido de una sirena. Pero enseguida vuelve el silencio.

La vecina que fuma en el balcón de enfrente levanta la cabeza y exhala una bocanada de humo hacia arriba, que se dispersa al poco. Una cortina, detrás de ella, se mece suavemente.

La calle está desierta, y él mira calle arriba y calle abajo. Todas las demás ventanas y balcones están a oscuras. Todo está en calma, y él piensa que quizá ella sea un alma gemela, alguien inquieto, con preocupaciones. O quizá simplemente alguien que tomó un café demasiado cargado por la tarde.

La ve que acaba su cigarrillo y lo apaga cuidadosamente en la  maceta. La brisa tranquila de la madrugada le mueve ligeramente el pelo. El cuadro no puede ser más atractivo. Parece pensativa.

Ella se gira y, con parsimonia, toma una de las sillas, la acerca al borde, la coloca sin prisa con el respaldo contra  la barandilla. Se sitúa enfrente, pone un pie encima, se sujeta con las dos manos al respaldo y se da un poco de impulso para subirse en el asiento. Allí se queda de pie, erguida, mirando hacia abajo.

Pasan unos momentos, y justo cuando ella da un pequeñísimo paso para acercarse al respaldo, entonces, él se oye gritar, no sabe qué ha dicho pero está paralizado.

A ella le llega un sonido humano, gutural, fuerte y agrio desde la casa de enfrente a través del silencio del aire tranquilo de las 4 de la mañana. No sabe de quién es ni de dónde viene, pero sabe que es por ella. Sabe que es para ella. No se mueve. Parece que ni pestañea, sigue de pie sobre la silla.

Él, sorprendido por su propio grito, que todavía resuena, aguanta la respiración.

Ella tras un momento, sin levantar la mirada, se agacha ligeramente, se sujeta con ambas manos al respaldo, baja lentamente al suelo y sin levantar la mirada vuelve a poner la silla en su sitio, junto a la mesita de la maceta. Se gira, entra en su casa, corre la cortina y apaga la luz.

Esa noche, él ya no vuelve a acostarse.

A partir de esa noche, ya no cuenta más ovejas. Desde esa noche ya no puede dormir.

Porque no quiere dormir.

Porque desde esa noche, él sólo dormita, sentado tras los visillos.

esendraga, 2018