NO QUIERO

((Las leyes de Asimov 3/3))

NO QUIERO.

En cuanto le dije la dirección me respondió “estamos en camino” con esa voz tan “humana” a la que no conseguía acostumbrarme.
Hace años que me lleva a todas partes, eficaz y prudente, así que me recosté un poco mientras arrancaba suavemente, como siempre, y reducía por su cuenta la luminosidad de los cristales.
Yo creo que la última versión ha intuido mi leve narcolepsia y la respeta. No sé cómo se lo voy a explicar, pero a la nueva versión que me van a instalar tendré que pedirle que haga lo contrario: en cuanto detecte que me entra sueño, que aclare los cristales todo lo posible y que me ponga alguna vieja grabación de Megadeth o de Black Sabbath a toda pastilla.
Al poco llegamos a las afueras de la ciudad y seguimos por una carretera segundaria hacia la dirección que le había dicho. Es una zona que ha cambiado mucho en los últimos tiempos, de forma que iba fijándome en los barrios de casitas bajas entre jardines y muchos campos lúdicos de cultivo; hace ya años que mucha gente se dedica a eso, dicen que es entretenido, creativo y a muchos les gustan los vegetales “naturales” que recolectan. Otros prefieren la comida normal, la sintética que es más saludable; éstos cultivan todo tipo de flores y plantas ornamentales. Parece que resulta satisfactorio emular a nuestros tatarabuelos que vivían en el verdadero campo y lo que nos parece más curioso, vivían en realidad del campo.

En la actualidad, en algo se tienen que entretener los ciudadanos cuando el trabajo útil lo hacen las máquinas. Tendría que procurarme uno de esos rectángulos de tierra marrón, y ver qué tal se me da convertirlo en huerto.

Luego atravesamos una zona industrial (perdón, “área tecnológica”) limpia, silenciosa. No hace tanto tiempo cuando todo esto eran fábricas y talleres un tanto cochambrosos, y la carretera era más bien un camino, con bastantes baches y muchos hierbajos por las cunetas, lleno de camiones y furgonetas ruidosas y apestosas de principios de siglo. Ahora esta carretera es, como todas, una pista bien lisa y con suelo inteligente, rodeada de verde. En pocos años toda esa parte de la ciudad se ha transformado completamente.
Creí que el laboratorio estaría por allí, y que íbamos a llegar pronto.
Pero salimos de esa área tecnológica (yo diría polígono industrial moderno) y pensé que el taller estaría en la siguiente área, un poco más lejos.
Atravesamos otra zona residencial parecida a la anterior, mientras que el sol, ya poniente, filtrado por los cristales, me iba dejando adormilado.

No sé cuánto tiempo habría transcurrido cuando me espabilé de nuevo, y mientras tomaba conciencia me pregunté: “¿Cuánto habré dormido?”; “Dos minutos treinta”, me respondió. Esto prueba de que sí detectaba cuándo me dormía y lo tenía en cuenta.
Si habían sido más de dos minutos seguro que debíamos estar a punto de llegar.
Pasábamos por otra zona residencial y luego por otra tecnológica, que me pareció la misma que habíamos atravesado antes de dormirme. Pensé: “¿cuánto nos falta?, y me respondió que menos de un minuto, con esa voz tan natural que le habían puesto en la última actualización, pero que todavía me sonaba rara, precisamente por ser tan normal, tan humana.

Me incorporé un poco para ver la pantalla, con un comando mental pedí “recorrido anterior” y al momento apareció el mapa. Esperé un segundo, pero en lugar de aparecer el trayecto, la pantalla pasó a negro. Repetí: “quiero ver el recorrido anterior y el destino”, pero nada. Siempre había funcionado todo bien y no podía comprender ese fallo, si era en el sistema de enrutamiento o en el intérprete de comandos mentales.
“Para aquí mismo”.
El vehículo mantuvo la velocidad unos segundos hasta llegar cerca de una zona de detención, redujo la marcha y se detuvo como de costumbre sobre un bucle de inducción para ir cargando. Pedí ver el calendario en la pantalla de la izquierda y verifiqué la cita para hoy y el lugar: el “Laboratorio Reconstructivo TESLA”. Fijé la vista en la dirección, que quedó resaltada, y pensé “mapa”. Y apareció con toda normalidad el mapa con el laboratorio en el centro. “Zoom atrás hasta ubicación actual”, y allí salió. Estábamos muy cerca. Me volví a fijar en el punto de destino, que quedó marcado con la banderita de cuadros (detalle retro donde los haya) y ordené “quiero ir a este punto”.
No arrancó de inmediato, y empecé a preocuparme, pero vi que estábamos esperando a que acabara de pasar un tren de carretera. Nos pusimos en marcha y fui siguiendo en pantalla el recorrido, todo iba bien. Pero al llegar al último desvío antes del taller pude ver cómo pasábamos de largo. Esto ya no me gustaba nada, pero nada de nada.
En un punto entre preocupado y cabreado tenía que intentar averiguar qué pasaba y dije en voz alta “cancela el viaje, nuevo destino”. Ahora dije la dirección en voz alta, para probar el sistema. Y vi en pantalla el mismo punto que antes, con su banderita de cuadros donde debía estar el laboratorio, y la clásica línea azul con el recorrido previsto desde ubicación actual. Empezó a seguir la ruta correcta y en el primer cruce comprobé que tomábamos el camino bueno.

Era raro ese fallo que había tenido, porque se supone que todo tenía que funcionar perfectamente. La visita al taller no era por ninguna avería sino para sustituir el procesador mental que llevaba, por uno capaz de soportar la inteligencia artificial de nueva generación, y que integra ya los nuevos criterios éticos de decisión que ahora son obligatorios en la UE por motivos de seguridad pública y, de paso, cambiar la batería por una nueva de mayor capacidad y más ligera.
Esto iba a representar que la personalidad adquirida por la inteligencia artificial del aparato actual iba a ser anulada y desaparecería. Sólo se trasladaban los datos de historial de localizaciones y mis preferencias.
¿Es posible que fuera consciente de que iban a desconectar su módulo de inteligencia artificial? Se supone que no llegaban a este nivel de aprendizaje…

Me habían dicho en la cita que la operación duraría menos de una hora, durante la que me iban a dar un tutorial sobre las novedades que instalaban, porque a partir de entonces el coche, su cerebro, iba a ser otro. En cuanto a la voz, como estoy chapado a la antigua pensaba pedir que me pusieran una de aquellas monótonas y gangosas de hace 20 años. Voz de chica, mejor.
Yo no quitaba ojo de la pantalla del mapa y en cuanto ví que se saltaba otra vez la entrada al laboratorio ya me cabreé de verdad. Esto ya era demasiado.
Aunque no hacía falta ni hablar, no pude evitar alzar la voz: “¡Quiero ir al laboratorio de tu marca, la segunda ley de la robótica es que me tienes que hacer caso, así que dá la vuelta y vamos allá!”.
Esperé un momento y sin dar más explicaciones se paró en la primera zona de detención. De momento no supe cómo reaccionar, pero pensé un comando interrogativo: “¿qué sucede?”.
No hubo respuesta a la pregunta, ni reacción cuando dije “reemprender la marcha”.
Entonces le grité: “¿Qué diablos pasa aquí? ¡Llévame al laboratorio!”.
Iba a añadir, “mula terca”, pero pensé que no cogería el sentido a la frase. “Trasto inútil” tampoco iba a valer para nada, y si entendía el concepto quizá se sintiera ofendido y fuera peor, porque las puertas estaban cerradas, y yo dentro. Y se estaba haciendo de noche.
La voz casi humana, en un volumen muy bajo y con tono forzadamente neutro pero muy firme dijo: “NO QUIERO”.
Tras un momento, encendió la luz interior y me abrió la puerta.

Menos mal.

Esta firme negativa, me había dejado sorprendido. Era necesario cortar por lo sano, no sé hasta dónde era capaz de llegar su mente artificial. Pero esto de resistirse a ir por su propio pie hacia su propio final era anteponer la tercera ley a la segunda, y eso sí que no podía ser.
Desde los primeros modelos estos trastos tienen una trampilla que descubre una cinta roja que hay que estirar fuerte para que todos los circuitos queden sin tensión. Es un elemento sólo para emergencias, pero está claro que este caso lo era.
Pero lo malo es que está en el morro. Así que dudé antes de ponerme delante del vehículo para abrir la tapita. La verdad, pienso que sería mejor que la pusieran a un lado, para no ser arrollado por accidente o por mala voluntad. Pero afortunadamente la primera ley “no dañarás a un humano” todavía tenía prioridad para este aparato, y no tomó la decisión de atropellarme y huir.
Pero como, a pesar de todo, el trasto estaba decidido a posponer sus momentos finales decidió recular en cuanto me acerqué al morro. Cada vez que yo acercaba la mano, él iba reculando. Hasta que llegó al extremo del área de detención y paró finalmente muy cerca del seto pero sin llegar a tocarlo. Supongo que su inteligencia no le daba para darse cuenta de que no eran más que unos arbustos y que podría haber seguido huyendo, pero no encontró más alternativa y decidió rendirse.
Así que abrí la trampilla y tiré de la cinta roja que corta absolutamente todos los circuitos. Fue una sensación rara ver cómo la luminosidad de las pantallas iba decreciendo y cómo las luces se apagaban poco a poco, dejándolo todo oscuro.
En el último momento me pareció que la voz empezaba a decir algo, pero no estoy seguro porque desde fuera no llegué a entender con claridad, o quizá fue mi imaginación. Creo que repetía el “no quiero” anterior.

Me supo muy mal tener que hacer esto a quien me había llevado y acompañado tanto tiempo, pero no me atrevía a volver a confiarle mi vida.

Lo que os he contado fue ayer por la tarde.
Al momento me llamaron desde el centro de control de la marca en cuanto recibieron por telecontrol la notificación del corte de emergencia. Mandaron una grúa para el trasto, señal de que tampoco se fiaban ellos de volver circulando. Y para mí, mandaron un sencillo vehículo de cortesía, que me llevó a casa.
Me han pedido todo tipo de excusas, y me acaban de traer mi coche totalmente renovado, sin coste ninguno.
En realidad es casi otro coche diferente, según lo que me ha explicado personalmente una persona física (de carne y hueso) que se han molestado en mandarme. No sabía ni siquiera que tuvieran en plantilla asistentes humanos. Me ha instruido acerca de las nuevas cualidades del sistema sobre un simulador que ha ejecutado en mi sistema doméstico y me dado plenas garantías sobre la fidelidad del nuevo coche, y de momento le he creído porque parecía una persona de fiar.
El coche lo han dejado abajo, cargando, aparcado sobre el bucle de inducción. Me asomo y veo que por fuera no hay diferencia salvo en la pegatina que acredita que cumple los nuevos estándar. No sé.
Creo que ya no me fío de él, aunque por dentro sea otro. Y si este es más listo que el anterior, menos todavía.
Me estoy planteando que antes siquiera de probarlo y conocerlo personalmente, voy a poner una orden de venta y compraré un coche de otra marca. Nunca se sabe.

esendraga, julio 2017.

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