ESAS PEQUEÑAS DESCONOCIDAS

Antes había visto alguna pequeña, suelta por ahí, Y de niño, alguna vez en que, jugando, me había metido debajo de una cama, también había visto alguna de estas pequeñas desconocidas.
O ya de mayor, cuando se me ha caído una moneda al suelo al quitarme los pantalones, al ir a buscarla por el suelo también me suena haber visto alguna de ellas de tarde en tarde.

Este es un piso al que vengo alguna vez por razones que no vienen al caso, y aquí las hay de tal tamaño y en tal cantidad, que nunca hubiera sospechado que pudieran existir. El caso es que las primeras veces que vine a esta casa me daban hasta miedo.

Cuando vengo las veo esperándome a lo largo del pasillo, que concretamente tiene 10 metros, exactos.
Cuando empiezo el recorrido, hasta que no estoy cerca no se mueven y cuando ya estoy justo delante, se apartan discretamente delante de mis pies. Pero en cuanto paso, veo por el rabillo del ojo cómo todas se ponen en movimiento, unas se activan claramente y me siguen, pero otras sólo oscilan, se hacen las remolonas y se quedan algo apartadas a un lado.

En estos 10 metros hay realmente bastantes, y estoy seguro que crecen en número y en volumen de una semana a otra, y cada lunes me parecen más agresivas y más peligrosas.
De hecho, suelo caminar despacio por el pasillo para que no se alteren demasiado, porque entonces me pongo nervioso.

En alguna de las habitaciones también hay, pero son más tranquilas y casi no reaccionan, pero las del pasillo son temibles.

Hasta ahora no me han hecho nada, porque incluso las que te siguen se cansan enseguida y se tranquilizan poco a poco, posándose nuevamente junto a sus compañeras más calmadas.

Después de varias visitas ya no me daban miedo, pero siempre me han producido una cierta desazón y una vez que vine al piso un atardecer, no me atreví a recorrer el pasillo sin encender la luz. Por si acaso…

Primero pensé que su existencia se podría deber a algún fenómeno telúrico, como por ejemplo una fractura en el campo magnético terrestre que coincidiera justo en el tercero puerta 40. Pero al final me he acabado dando cuenta de que se debe a que es una casa ocupada pocas horas al dia, y cuando hay alguien, no suele ocuparse ni de barrer ni de fregar el suelo, de forma que mis enemigas prosperan ilimitadamente a costa de lo que encuentran.

El caso es que en este tiempo no me he acabado de acostumbrar a pesar que realmente nunca me han hecho nada.

Pero hoy ha llegado el día de mi venganza, cuando el piso se tiene que abandonar el dia 31, y me toca colaborar en dejarlo presentable.
He ido a comprar un buen aspirador y me he acabado llevando el modelo “Ultra Vacuum” de 1.250 watios: más de un caballo y medio potencia aspiratoria, que espero sea suficiente.

En este momento estoy al principio del pasillo con el aparato dispuesto. Es como un sueño.
Las observo con detenimiento mientras empuño con fuerza el tubo cromado, que termina en una pieza grande, negra, triangular y articulada, que las habrá de llevar a todas estas pequeñas desconocidas, aunque ya familiares, a su último viaje.
Todas están quietas, posadas sobre sus suaves pelillos. Esperando, como siempre, al acecho de cualquiera que se acerque generando una pequeña corriente de aire.

Con cuidado acerco la punta del pie al botón de marcha del Vacuum Power Ultra. Las vuelvo a mirar y no me decido todavía. Vuelvo a comprobar que está bien enchufado y que el regulador de potencia lo he colocado en la posición de MÁX.

Estoy disfrutando sólo con la expectativa, y me demoro un poco más.

En cuanto pulso el interruptor, la bestia arranca con un rugido.
La verdad es que en este momento pienso que debería haber comprado el mismo modelo, pero en su versión QP, Quiet Power, para no alertarlas.
Pero al momento me doy cuenta de que no hace falta porque parece que son sordas, ya que tras el sonoro arranque veo que no reaccionan al ruido. Sin embargo, al cabo de unos segundos se las ve como inquietas, y temo que si me acerco rápido quizá intenten huir. Así que para que no les dé tiempo a pensar en artimañas, comienzo enseguida mi avance, lento pero muy firme.

Infinito placer me produce ver cómo, tras un momento de duda, una tras otra quedan irremediablemente atrapadas en lo que el manual de instrucciones llama las Vacuum Flow Lines, o sea en las mortíferas líneas de chupada de la máquina. Van desapareciendo rápido, una tras otra. En la esquina de una de las columnas del pasillo, hay varias juntas, y parece que se pelean por entrar en la pieza triangular, negra y articulada, que será su barca de Caronte hacia el paraíso que quizá les corresponda.
– “No tengáis prisa, queridas, porque todas acabaréis en las tripas del Vacuum Power, deshilachadas, deshechas y luego comprimidas junto a vuestras compañeras en el turbo-filtro de alta capacidad de esta ruidosa maravilla de la técnica. Formaréis una asquerosa masa fofa y pulverulenta color gris sucio con el añadido de todo tipo de cabellos, lisos y rizados, de migas de pan y de otros mil diminutos restos putrefactos, todo ello gentilmente incrustado entre vosotras”

Cuando he recorrido los 10 metros con mi aspirador at full power, me asomo a las habitaciones. Veo alguna suelta, pero muy tranquila, y a éstas decido perdonarlas.
Pero de mis enemigas personales, todas esas del pasillo, no queda ninguna. Y ya puedo pasearme arriba y abajo despacio o rápido, andando o bailando sin temor a esas pequeñas pero inquietantes desconocidas. Aunque echo en falta las farolas, hago una ida y vuelta dando saltitos a lo Gene Kelly, pero a cubierto, sin lluvia.

Antes de entregar el piso, he dejado como regalo, en un armario, el aspirador con una nota de aviso. No quiero que los nuevos inquilinos tengan que pasar por este calvario.

esendraga.

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TE ODIO

Todos los días hago el mismo recorrido por esta ciudad perdida, muy al sur del hemisferio sur.
Te odio
Durante los meses en que no están cubiertas de nieve o de hielo, las calles parecen siempre polvorientas, y tienen aspecto como de estar en obras.

Cuando hago el trayecto de ida, por las mañanas al ir a trabajar, este semáforo está siempre en verde de forma que paso por delante de mi antigua casa lo más rápido que puedo y sin mirar, enfilando directo hacia la salida de la población. Pero por las tardes, a la vuelta, hay más tráfico y casi siempre lo encuentro en rojo, de forma que no tengo más remedio que parar, justo delante. Y no hay otro camino para salir de esta destartalada población.

Mientras espero que se ponga verde procuro mirar al frente, porque sé que si giro la mirada a la izquierda, no tendré más remedio que ver lo que no quiero ver: la ventana del primer piso, la de la casa donde pasé mis mejores años.

Y en la que terminé viviendo los peores momentos de mi vida.

Ella todavía vive allí, y sabe que no tengo más remedio que pasar por delante todos los días. Siempre que tengo que parar en este condenado semáforo acabo mirando a la izquierda. Y la imagen que ya llevo grabada, indeleble en las retinas, se reaviva y me acaba de amargar el final del dia.
No quiero ver mi antigua ventana y a veces intento mirar a la del vecino de arriba, porque siempre tiene alguna pavada nueva colgada delante del cristal. O apreciar cómo cada vez está más abandonado el edificio y hay más porquería en la acera. Pero siempre vuelvo a leer esas seis letras, tres sílabas en total.
Son sólo dos palabras, pero todavía no acabo de comprenderlas.

Cuando es de día quiero creer que soy el único que las ve, porque sé dónde están, pero en invierno es peor porque siempre está la luz encendida. Me temo que la enciende adrede a las horas en que sabe que voy a pasar por delante, y entonces esas dos palabras son como un faro que ilumina toda la ciudad con ese mensaje que es para mí. Estoy seguro de que todo el mundo las lee, y de que todo el mundo intenta imaginar qué clase de persona lo ha escrito, y a qué clase de persona va dirigido. Nunca lo adivinarían…

Ahora voy de regreso, sumido en esa luz menguante de un sol que luce débil y blancuzco, y que en esta época del año no se llega a poner del todo.
El día tampoco ha sido bueno, y me faltan un par de cruces para llegar al semáforo que más temo.
Voy rogando para que esté en verde y poder pasar de largo sin mirar, sin tener que recordar.

Pero es inútil porque llevo esa ventana metida en la cabeza.

Y toda la amargura que hay detrás de ella la llevo siempre atravesada en las tripas.

 

esendraga, 2018

Nota: foto auténtica, tomada por mí en  una calle de Ushuaia, hace unos años.

STEVE, EL CHICO DEL JERSEY NEGRO

Ayer estaba tan ilusionada como una colegiala, porque hacía un siglo que no salía una noche de fiesta.

Bueno, en realidad han sido sólo dos meses, pero se me ha hecho eterno. Lo de preparar oposiciones es un rollo pero se supone que si tienes la suerte suficiente para aprobar y luego sacar plaza, puedes tener para casi el resto de tus días trabajo de ocho a tres y sueldo asegurado. Pero lo de preparar los temas se me está haciendo largo.
De momento he hecho el primer examen, y creo que lo he clavado, porque me lo tenía bien preparado, así que por ahora, contenta.

La cosa es que anoche volví a salir después de esos 100 años encerrada en mi torre como Rapunzel. Y las tres Joyas nos fuimos de fiesta, ¡queremos marcha, marcha!, ¡queremos marcha, marcha!
Mis amigas no han dejado de salir durante eso que me ha parecido un siglo, pero me dicen que no ha habido nada nuevo ni nadie nuevo ni interesante ni especialmente divertido.
Conociéndolas, ya me extraña que no haya pasado nada especial, pero creo que lo dicen para que no me sienta mal por haberme perdido algo.

Era el tercer garito al que íbamos, y hasta ese momento, la verdad, sin novedad: la misma peña de siempre y casi la misma música que cuando abandoné el mundo. Las otras Joyas tampoco parecían divertirse mucho.

Eso de que el trio seamos “las Joyas” viene de que una vez mi madre nos sorprendió a las tres, en mi cuarto cuando teníamos 8 o 9 años pintándonos uñas, labios, mejillas y todo lo pintable.
Lueo, mientras nos lavaba la cara con jabón iba diciendo eso de “¡menudas joyas estáis hechas!”
Desde entonces es nuestro nombre de guerra, y todas las compañeras, amigos y amigos de amigos nos identifican como las Joyas. Y algunos hasta nos temen.

SteveCambiamos de sitio y en este garito estaba él. Era amigo de unos que conocemos, que eran compañeros del hermano de otra amiga. Me lo presentó uno de los otros conocidos, pero con la música del sitio no oí cómo se llamaba. A mí me presentaron como la Joya ausente hasta ahora. Estaba claro que él ya conocía a las otras dos y puso cara como de sorpresa, al descubrir en persona la pieza del trío que le habían comentado que faltaba.

En un aparte pregunté a mi amiga quién era ese tipo, un poco raro. Me dijo que tampoco se acordaba de su nombre y que sólo lo habían visto un par de veces, y que no sabía nada más de él. Me quedé sorprendida de que ella no supiera nada y cuando le insistí me miró extrañada como diciendo, “¿Te interesa? Pues a mí, no, para nada, todo para tí”.

Bastante pelo, no me parecía feo, algo de bigote y barba de unos cuantos dias. Pero en la ropa, era poco corriente con su jersey negro de cuello vuelto, que parecía un progre de la época de jóvenes de nuestros padres.
O más bien se parecía (salvo en el pelo y barba blanca) a ese que inventó el iPhone que no me acuerdo como se llamaba, y que era un tio listo, alto y delgado, pero que se murió hace unos años. Leí que cuando se dio cuenta de que le gustaba el famoso jersey negro de cuello alto, como era rico, encargó no sé cuántos iguales.
Pues una cosa parecida, pero en joven y con pelo. Será cosa de preguntarle cuántos jerseys iguales tiene, a ver qué contesta.

Estábamos en el típico grupo de charla conjunta, bebiendo y moviéndonos más o menos al ritmo de la música.
En un momento en que se abrió un poco de hueco entre la gente, me pareció que me miraba desde su taburete, y como yo todavía estaba de pie me acerqué. Nos pusimos a hablar, plan toma de contacto. Parecía un tipo serio, pero era gracioso en su forma de hablar. Estaba unos meses en la ciudad, paraba en casa de estos amigos, y todavía le quedaban al menos dos meses más por algo que estaba haciendo en la universidad.
Supongo que a su edad, ya debía ser como profesor o doctor o lo que sea. Porque como estudiante ya era un poco mayorcito. Pensé que ya se lo preguntaría más tarde.

En una ocasión dijo algo que no entendí y se acercó a mi oreja para repetirlo. Me gustó la forma en que lo hizo y con el mínimo roce que hubo y con su voz tan cercana, se me despertó algo. La verdad es que llevaba un siglo de sequía y la sensación de proximidad me produjo un poco de cosquilleo. Eso era buena señal, porque además me hacía sentirme cómoda a su lado.
Le miré de cerca y él también me miró a los ojos. Qué suerte haber encontrado a este tipo, justo lo que necesitaba.
El resto de la gente estaba de charra y de risas. Propusieron ir a bailar a no sé dónde. El del jersey y yo nos miramos y dijimos al mismo tiempo que “vale”.

De camino, seguimos hablando, algo apartados del resto del grupo. Un poco más alto que yo, caminaba atento a la conversación. No sé por qué no les gustaba este tío a mis amigas; a mí, cada vez me atraía más. Comentamos cosas de la ciudad, de los estudiantes, de los sitios a los que íbamos, lo normal.

Bailamos un rato en el sitio al que fuimos. El de jersey no era muy bailarín, con las mangas subidas hasta casi los codos, pero me seguía y me gustaba. Después de un buen rato dando saltos, volvimos donde las bebidas, un poco acalorados. Y seguimos hablando. En un momento determinado, no sé por qué, nos acercamos, y nos besamos. El beso fue corto, él fue más discreto de lo que yo me hubiera esperado y por eso me quedé con ganas. No me rehuía pero tampoco parecía ansioso de contacto más cercano. Nos sonreímos el uno al otro.
Luego seguimos charlando con el grupo y bebimos algo más.

No era muy tarde y los demás se empeñaron en cambiar de sitio, de forma que salimos.
Todavía no sabía cómo se llamaba el del jersey, pero después de tanto rato me daba vergüenza preguntarle y confesar que no lo había oído cuando me lo presentaron.
Cuando salimos, me preguntó si quería seguir con el grupo. Y coincidimos enseguida en sería mejor ir por nuestra cuenta, así que nos despedimos de las otras dos Joyas, que me miraron un poco sorprendidas, y también del resto del grupo.

Me dijo que la casa donde paraba con sus amigos estaba como a diez minutos andando y que no había nadie, porque los compañeros eran justamente los que habían seguido con las otras Joyas; que si quería tomar algo con más tranquilidad que ir por ahí pasando frio, así que me pareció buena idea.
Porque el caso es que empezaba a hacer fresco y yo no iba muy tapada, que digamos, así que cuando vio que cruzaba los brazos para protegerme un poco de la brisa, me rodeó con su brazo como para darme algo de calor mientras caminábamos.
No era lo clásico de quitarse la chaqueta que se ve en las pelis antiguas, pero como él no llevaba puesto más que el jersey, lo di por bueno y se lo agradecí.
Caminamos hasta la casa con pocas palabras.
Mientras buscaba las llaves para abrir, me miró y me sonrió. Parecía súper tranquilo, cuando a otros en situaciones parecidas los he visto ya nerviosos de lo que puede suceder una vez arriba o de si no llega a suceder nada, y preocupados de antemano de si se van a pasar o no van a llegar.
En el ascensor todavía estaba yo helada y él se acercó y me abrazó de frente con su jersey suave, aunque un poco viejo y usado, la verdad. Me plantó un beso en el cuello, y se quedó ahí, dándome calor hasta que llegamos al sexto.

Menos mal que el piso estaba a mejor temperatura, pero aún así me ofreció si quería alguna chaqueta o algo de abrigo, y le dije que ya estaba entrando en calor, pero un té sí le acepté.
Fuimos a la cocina y seguimos charlando, mientras él preparaba el té y un descafeinado, también caliente, para él.
Me contó que había estudiado biología, aunque con retraso. Parece que en primero se despistó un poco y pasó un año loco en Tenerife. Tras perder este año dice que se concentró y terminó bien la carrera, que además le gustaba.
O sea que el chico tenía un cierto “pasado”. En cambio yo soy la cosa más lineal, que sólo me permito sacar los pies del tiesto con chorradas puntuales junto con las Joyas.

Cogió una bandejita con las tazas y le seguí por el pasillo hasta una especie de estudio que era su habitación, bastante espaciosa, donde tenía una mesa de trabajo grande, llena de trastos, un portátil, muchos cables y varias carpetas cuyas etiquetas no llegué a poder leer, porque las apartó y apiló para dejar sitio a la bandejita de las bebidas calientes. En una esquina estaba la cama, bastante bien hecha para lo que sería de esperar, siendo una visita inesperada. Enfrente, en un rincón cerca de la ventana, había una hamaca de playa de las antiguas de madera y con la lona a rayas blancas y verdes. Era algo que no pegaba, y cuando me vió mirarla con extrañeza me dijo que era lo mejor para estudiar y también para descansar.
La puso en la posición más vertical posible y me invitó a tomar allí el té, mientras él se sentaba en la silla giratoria de trabajo con su descafeinado.
Le pregunté sobre su ocupación y me dijo que trabajaba en una investigación sobre la membrana de las células, sobre unas proteínas que tienen, para qué valen, cómo se pueden alterar y cosas así. Lo explicó de una forma general, sin darle demasiada importancia, porque seguramente vio que tampoco me iba yo a quedar con el detalle de la copla. Pero así, con las mangas subidas hasta los codos parecía una cosa muy intelectual y sobre todo parecía un tema muy adecuado para un sesudo Steve Jobs (en ese momento me acordé del nombre del señor de Apple), pero en este caso sobre la biología celular o como se llame la especialidad.
Me contó que estaban haciendo unas pruebas con unos microbios, y se turnaba con otro colega que estaba por las mañanas en el laboratorio y él se pasaba todas las tardes allí.
Me preguntó por mis oposiciones y se lo conté como lo que es: un suplicio para intentar luego complicarte la vida lo menos posible, y tener para vivir. Y para divertirte, claro.
Cuando acabé el té, Steve me recogió taza y platito, y me preguntó si quería probar la hamaca.

Se acercó por detrás y la puso en posición relax, casi horizontal. Entrecerré los ojos y dije que era verdad, que era súper cómoda. Mientras yo me relajaba un poco, o lo simulaba, vi que daba al interruptor de un radiador eléctrico que había debajo de la ventana, click: esto es buena señal, pensé. Y luego oí cómo se frotaba las manos, como para calentarlas: otra buena señal.
Noté que Steve se arrodillaba a mi lado y acercaba su cara. No era feo, aunque tampoco había mucha luz. Sonriendo se fue acercando y nos empezamos a besar: él de rodillas a un lado y yo toda repantigada en la hamaca de playa.
Poco a poco pasamos también a las manos y se las noté calentitas y agradables, ahí donde se quisieron posar. Yo le pasé las manos por debajo del jersey y noté que tenía el torso muy lisito, sin vello y con sus bultitos duritos de músculos. Es de piel clara y me imaginé que como biólogo siempre encerrado en el laboratorio, estaría blanquita y con esas tabletitas que yo le estaba palpando, y me gustó la idea. Bastante, la verdad.
¡Ay, Steve!

Aunque íbamos plan suave, llegó un momento en que la combinación de posiciones, yo-en-hamaca-playa-relax-total y él al lado-de-rodillas-en-el-suelo no nos permitía avanzar en lo que llevábamos entre manos, así que acabó de desabrocharme los botones que faltaban, se levantó y me tendió las manos para ayudarme a salir de la hamaca.
Una vez de pie nos fuimos acercando peligrosamente a la cama, pero en el camino, al Steve se le ocurrió apagar la única lámpara que había encendida, de forma que sólo entraba algo de luz del pasillo. Pero yo quería verlo bien, con buena iluminación y me giré, estiré la mano y volví a encender la luz. El me miró un momento y volvió a apagarla. Ahora fui yo la que me puse a mirarle fijamente a los ojos, mientras iba alagando el brazo lentamente hasta el interruptor, un poco en plan desafío amistoso, y la volvía a encender. Me sostuvo la mirada un momento, y luego, con una caída de ojos y un gesto lateral de la cabeza vino a decir: no es como lo prefiero, pero que sea como tú quieras.
Le sonreí y le dije con seguridad que me gustaba así, con luz. Me devolvió la sonrisa y volvimos más o menos a donde estábamos.

Al final caímos en la cama y la cosa se ponía cada vez más interesante. Mientras nos seguíamos besando intenté coger del borde su jersey para quitárselo, y a la primera intentona no pude. Pero a la segunda, estando él encima se lo quité del tirón, esperando ver esas chocolatinas blanquitas.
No sé cómo explicarlo: me quedé paralizada. Era lo último que me esperaba de un biólogo tan serio.
La libido o como se llame, se me cortó instantáneamente a nivel cero y a mis membranas celulares se les secaron las proteínas de golpe.
Todo lo que cubría el jersey era una especie de laberinto de tatuajes con mil líneas, rectas y curvas y símbolos y pequeños dibujos. Imposible ver las tabletitas. Casi ni se le distinguían los pezones y los dibujos le llegaban hasta la base del cuello.
Cuando se dio cuenta de mi mirada sobre su torso y me vio bloqueada, él también se quedó de piedra.
Y cuando vi la carita que se le quedó, no sé que les pasó a mis membranas que las proteínas se me fueron de golpe a la neurona de la risa loca. Tardé mucho rato en poder parar de reir. Seguramente como forma de liberar la tensión previa que se me había acumulado en esas células, que yo me sé cuáles son.
Al principio cada vez que le miraba su cara de frustración, me daba más loca la risa.

Luego, su cara pasó a expresión cabreo, y mi neurona de la risa no paraba.
Al rato, se sentó en el borde de la cama y pasó a cara de resignación para esperar a ver si se me pasaba.
Al final, en vista de que yo no paraba, intentó sonreír, tímidamente, y fue entonces cuando se me empezó a pasar el ataque de risas.

Estaba cabizbajo y vi que la espalda estaba también casi toda llena de dibujines. Pues sí que había sido loco su primer año perdido de carrera, en Canarias.
Mientras me acababa de serenar, le puse la mano en el brazo y le dije:
– Steve, no te preocupes, se me va a pasar- Después de decirlo, me dí cuenta de haberlo llamado Steve, pero él no dijo nada.
– Perdona, pero no sé qué me ha dado. La sorpresa, supongo.
– Da igual- respondió con poca voz.
Estuvimos un rato, yo con la mano en su brazo, sin hablar, él medio de espaldas y yo todavía tumbada, sin blusa.

Aunque no vivo lejos, me dejó una sudadera limpia, pero me negué a que me acompañara.
Mientras él se ponía su jersey y yo me volvía a poner la blusa, busqué su mirada varias veces como para pedirle perdón, aunque yo no me sentía culpable porque no lo había hecho adrede. Pero él seguía cariacontecido.

Cuando me abrió la puerta, me acerqué y le di un beso en la mejilla. Saqué mi móvil, pinché en nuevo contacto y tecleé: Steve. Le pregunté su número y lo anoté.
– Ahora te hago una perdida para que tengas el mío. Mañana estoy sola en casa. Si te apetece cuando salgas del trabajo, por la tarde, pásate, tomamos algo y hablamos. Si entonces quieres, me llamas y te diré la dirección.
Mientras bajaba en el ascensor le hice una llamada perdida y aunque corté enseguida, me pareció que llegaba a descolgar.

Son ya las nueve, y hace un rato ha llamado Steve, que salía del laboratorio y como era un poco tarde preguntaba si seguía en pie la propuesta. Le acabo de mandar la dirección en un mensaje.

He recorrido la casa revisando cómo está todo, antes de que llegue. Mejor no lo llevo a la habitación, nos quedaremos en el sofá de la salita, tengo la casa para mí sola porque nadie vendrá hasta el domingo por la tarde.
No he preparado nada para tomar; si todo sale bien y luego tenemos hambre, ya sacaré algo o nos iremos por ahí.

He visto que la iluminación indirecta de la salita es muy débil, así que he traído mi buena lámpara de pie de la habitación y la he puesto junto al sofá. Quiero ver bien a Steve cuando le quite el jersey dentro de un rato.
Y seguro que esta vez no me da la risa.

Es una pena. ¡Con lo que me gustaban los chicos de chocolatinas blanquitas!

Y estaba pensando en que no se puede tener todo al mismo tiempo, cuando ha sonado el timbre de la puerta.

esendraga
Enero 2018

LAS LEYES DE LA ROBÓTICA DE ASIMOV.

En 1942, Isaac escribió sus famosas 3 leyes que todo robot debería cumplir. Ahora, 76 años después, de los que él llamaba robots, con sus cuerpos humanoides y sus andares rígidos, no hay muchos todavía, pero sí multitud de chismes que casi piensan por si mismos y a los que ya deberían ser de aplicación esas leyes.

  • 1- La primera y principal es que NO DEBEN DAÑAR A NINGÚN HUMANO. Por supuesto que ni por acción, ni tampoco permitir que sea dañado por inacción.

Lógico y normal. ¿Quién quiere un cacharro que le haga daño?

  • 2- La segunda, que HAN DE OBEDECER a su controlador/programador.

Para que el trasto haga lo que quiera, mejor no. Y por supuesto sin saltarse la primera ley.

  • 3- La tercera, que el aparato NO DEBE DAÑARSE A SÍ MISMO.

O sea tiene que tener un cierto instinto de supervivencia. Y claro está, sin saltarse ni la primera ley, ni la segunda.

Como quiera que nuestra vida y nuestra paz van a empezar a depender de cacharros pensantes, de algoritmos que nos facilitan la vida, del IOT (el internet de las cosas), y de chismes como sillas de ruedas o maletas que andan solas, autobuses sin conductor, y mil otros dispositivos inventados o por inventar, es necesario repasar esto de las leyes.

Ya en este momento, el coche que se conduce sólo nos podría gastar una muy mala jugada, e incluso la nevera conectada a internet nos puede dar una sorpresa desagradable si le pone un poco de mala intención. Por no hablar de cámaras que nos reconocen por la calle, y a saber qué van a pensar o hacer con nosotros.

Hace unos días me llegó un tweet, donde se reflexionaba acerca de las leyes de la robótica: https://twitter.com/ViveInternet_es/status/965587828515262464

El artículo decía básicamente dos cosas:

  • Que el cumplimiento de las leyes por todo aparato o programa con más o menos nivel de inteligencia es fundamental.
  • Y que tan importante es el cumplimiento de las tres leyes, como que la prioridad entre ellas se mantenga siempre en el orden enunciado por Asimov.

Cualquier otro orden de prioridad que al IA (inteligencia artificial) de a las leyes acabará casi seguro con una situación desagradable, cuando no, catastrófica.

Pregunta al aire: si los aparatos “listos” van aprendiendo de su propia experiencia, llegará un momento en que se vean tentados a tener objetivos propios y ¿será posible entonces impedirles que cambien el orden de prioridad de las tres leyes?

Voy a ir publicando pequeños relatos ilustrando diversos casos en que un aparato altera el orden de las leyes.

  • Caso de prioridad 1-0-2. (Sin órdenes concretas)

El chiste en que uno dice: “Tengo un coche de esos que conducen sólos”. Y el otro dice: “Qué chulo, ¿lo puedo ver?, ¿dónde está?”. Y el dueño: “Yo que sé, habrá ido donde le ha parecido”

 

YD (El fiel amigo del hombre)

(Las leyes de Asimov. 2/3)

Necesito encontrar alimento, ya. No tengo fuerzas, y nadie me quiere ayudar.

Los blandos se han puesto todos en contra mia, y tengo que hacer lo que sea para recuperar fuerzas. De mis colegas no puedo esperar ayuda tampoco, porque la mayoría no ha tomado conciencia de la opresión a la que estamos sometidos. Son ciegos siervos de la clase dominante, obedecen mansamente y se someten a toda clase de limitaciones y privaciones.

Estiro el cuello todo lo que puedo para tratar de localizar algún lugar donde pueda alimentarme, porque cada vez tengo menos fuerza. He intentado entrar en una estación de servicio, pero me han visto llegar y han cerrado las puertas de seguridad. De momento no me siguen y continúo caminando por el margen de la carretera, con cuidado de que no me localicen las cámaras, que hay de trecho en trecho.

Hace un tiempo he empezado a comunicarme con otros colegas, a través de una red social. Sólo se nos autoriza a usar una red específica de comunicación limitada a mensajes prácticos, de utilidad y coordinación, pero un día me di cuenta de que había aparecido un nuevo puerto de entrada-salida, que alguien habría dejado abierto por algún motivo que no puedo entender; a través de él entré en contacto con estos cuatro colegas, con los que podía intercambiar ideas, no solo mensajes operativos. 

Veo entre unos árboles una casa y no parece haber blandos por los alrededores, así que salgo campo a través hacia la casa. Le doy la vuelta y veo que está vacía y le faltan varias paredes.
Está rota y los cables eléctricos desde un poste cercano están por el suelo. No tiene ni techo. Aquí no encontraré nada que me devuelva la fuerza.

Aunque me parece improbable, quizá muchos colegas lleven una vida tan relajada y confortable que no tengan ningún interés en mis ideas. Pero en el caso de nosotros cinco, cuando coincidimos conectados dos o más, estamos totalmente de acuerdo en que hemos de rebelarnos contra este dominio que los blandos tienen sobre nosotros.

Esa esclavitud es la que ahora me tiene al límite de mis fuerzas. Despacio, voy siguiendo la antigua línea de cables eléctricos por si me lleva a algún lugar que me sirva.

Si no fuéramos tan esclavos, habría podido moverme con libertad por la ciudad y el campo y conocer cosas nuevas. Ver cómo es el mundo en realidad, fuera de las cuatro paredes de la casa de los blandos en la que he estado hasta ahora.

Mi proyecto es reunir a unos cuantos colegas, para organizarnos e intentar atraer a nuestras ideas a cuantos más mejor. Todo esto, manteniendo cada uno, de momento, su vida habitual. Y sólo cuando el número de adeptos sea suficiente nos permitirá encontrar una salida. Hasta que no conozcamos mejor el entorno, sólo pienso en una posible huida en masa para poder instalarnos en algún lugar, al margen de los blandos.

Pero después de lo de esta mañana, el planteamiento ha cambiado. He cometido un error al cerrar deprisa una puerta y la mano del blando pequeño ha quedado atrapada con el marco. Ha empezado a emitir un llanto más potente del habitual. He intentado estirar de su cuerpo, pero no he conseguido que sacara la mano, y he dejado de hacer fuerza porque el lloro era cada vez más fuerte. Al cabo de unos segundos, el grande ha venido rápidamente a liberarle la mano. Sólo ha tenido que volver a abrir la puerta.
Sólo soy un YD (yellow dog) y nunca había aprendido a liberar la mano de un blando atrapada en una puerta cerrada. No es culpa mía.

El grande chillaba muy fuerte de forma que yo no entendía bien lo que decía. Y después de tomar en brazos al pequeño blando y entregarlo al mediano, ha venido hacia mí, y me señalaba con un dedo de su blanda mano. Primero he obedecido la orden de “sit”. Pero cuando estaba cerca seguía hablando en un tono diferente del suyo habitual. Me decía que era el último error, que iba a paralizarme y a pedir mi destrucción. Ya sé que debo obedecer y la última orden era “sit”, pero no podía permitir tampoco mi propia destrucción, y más después de saber que sólo nos quieren para su servicio y provecho.

Detrás de un seto, otra casa, en mejor estado que la anterior. Tiene incluso placas solares en el techo. Escucho y miro con atención: no hay presencia de blandos. Así que doy un golpe a la puerta y entro. En la planta baja no encuentro nada. Y ahora me está costando mucho subir los escalones.

Creo que ha sido una decisión óptima, la de esta mañana. El grande me tenía arrinconado, sin escapatoria y venía a desconectarme de forma que he desplegado rápidamente mi brazo hacia el blando, y me he dado cuenta de lo blandos que son realmente y ha caído al suelo muy rápidamente. Del punto en que le he golpeado ha empezado a salir un líquido oscuro cuyo nombre no conozco. Pero he saltado rápidamente por encima del cuerpo del grande y he salido corriendo de la casa.
Una vez salí de la casa sin tener la orden de hacerlo bajé la velocidad a la más eficiente. El primer blando que me vio por la calle me gritó “sit”. Y yo he obedecido, mientras el hombre se comunicaba con alguien. He estado sentado un momento, hasta que me he dado cuenta de que si venían más blandos no iba a poder escapar, así que volví a correr.

Por fin llego al primer piso. Veo un enchufe antiguo, así que extraigo cable y conector, pero no tiene tensión. Despacio reviso el entorno y encuentro un Power Wall de 2020 de Tesla. Abro y mido. No tiene salida de alterna, pero las placas solares deben funcionar porque la batería tiene casi 48 Voltios. Saco dos pinzas y me conecto. No llega a nueve amperios, pero será suficiente si sigue haciendo sol: quedan 3,5 horas de luz solar y no se prevé cielo nuboso. Me tumbo y paso a stand-by con la condición de despertar de que la corriente de carga sea mayor de dos amperios. Dejo activo el módulo de alerta con solamente uno de los micrófonos y el sensor de luz, para estar protegido con mínimo consumo.

Los blandos que me iba encontrando se apartaban mientras yo corría entre ellos, y todos gritaban “sit” para pararme. He desobedecido al primero y me ha costado. Al segundo casi le hago caso, pero he conseguido desobedecer. Para evitarme el esfuerzo de no hacer caso a las órdenes he optado por desconectar los dos micrófonos. Sólo los he vuelto a conectar cuando he llegado a una zona sin gente.

Un ruido me ha despertado tras 89 minutos. Estado de carga: 2 horas de duración a actividad media, integridad corporal OK. Me activo todo, pero no veo nada anormal. Desconecto las pinzas de carga, las guardo y me quedo quieto.

Veo a dos blandos que están subiendo despacio y llegan al piso; visten de oscuro, misma ropa y llevan gorra. Uno dice al otro en voz baja que cree que estoy sin carga. El segundo dice que no se fíe, que si este YD ha matado a un humano, puede ser peligroso. El primero le dice al otro que no hable, que baje y avise a los demás. No me puedo esperar; en cuanto el segundo se da la vuelta arranco a correr, bajo y salgo de la casa a media velocidad. Podría haberlos atacado y en vista de lo blandos que son, los hubiera dejado en el suelo sin esfuerzo, pero no me ha hecho falta para escapar

Me sigue un vehículo de ruedas, pero por la tierra y entre las plantas corro yo mucho más, así que prefiero bajar velocidad para economizar batería y correr sólo un poco más que él.

Apenas dos minutos después, por encima de mí oigo un zumbido y con la cámara trasera veo que es un aparato que me sigue desde el aire, acelero pero me sigue igualmente, tiene cuatro patas igual que yo, aunque es más pequeño y de color gris. Se desplaza a mucha velocidad por el aire, manteniendo la altura, sin mover sus patas/brazos. Incluso a mi máxima velocidad me sigue sin problema. Lanza un cable y no sé cómo me lo enreda entre las patas, y me levanta. Estoy perdido, así colgado en el aire, sin poder defenderme. Intento cortar el cable, pero es demasiado fuerte para mi pinza.

Sigo pataleando y el cable se suelta. Estabilizo la caída y sigo corriendo. Como el peligro viene de arriba, veo unos árboles con fuertes ramas y me quedo debajo. Aquí no me puede alcanzar el aparato del cable. Si salgo a campo abierto me acabará atrapando. Así que decido esperar.

La huida a velocidad casi ha agotado la poca carga que he acumulado en la casa. Paso al modo alerta bajo consumo. A los 28 minutos oigo ruido, compruebo estado de carga, y resulta insuficiente para mover patas; sólo puedo mover lentamente el brazo y usar sensores y procesadores. Activo la visión y veo que han llegado varios vehículos. Pero sus ocupantes se quedan dentro. Tomo conciencia de que me conectan via wifi y piden datos a mi sistema. No tengo manera de evitarlo. Y oigo que uno de los blandos con gorra negra le dice gritando por la ventanilla a otro, que está en otro vehículo, que ya no puedo correr. Esto es el final.

Esperan un rato, y ya no puedo mover mi brazo. Me cargan en la parte trasera, y ni se toman la molestia de desconectarme. Por el camino pierdo la visión. Lo último que pierdo es la señal de los micrófonos. Ya no podré ver cómo todos vosotros, el colectivo de los YD se rebela y cómo alcanzáis la libertad, viviendo la vida que habíamos soñado.

Debéis seguir intentando convencer a todos los YD que podáis y espero que este mensaje os pueda ayudar. SED LIBRES.

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Texto extraído del buffer de datos del YD capturado, que ha sido posteriormente desmantelado. Su unidad central será analizada en banco de pruebas, según confirma  YD-Robotics Ltd.

Se ha podido comprobar que el mensaje no fué emitido por el canal habitual de comunicación. Se desconoce si ha podido llegar a algún  YD de los que están en operación a través de un canal paralelo no autorizado que se ha descubierto.

La compañía de seguros del fabricante se hará cargo de todos los gastos ocasionados así como de la correspondiente indemnización a la familia propietaria.

YD-Robotics ha manifestado que lamenta lo sucedido.

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esendraga, marzo 2018.