Ctrl+z (Edición/Deshacer)

Hace casi un año que no veía a Reme, justo desde que se echó novio. Y es que era un novio digamos que raro.
No muy, muy raro, pero si lo bastante raro para que dejáramos de vernos y de tener contacto directo. Y en este tiempo sólo hemos sabido algo una de otra, en plan lejano, a través del grupo de Telegram que tenemos varias antiguas compis.
Nos habíamos dejado de hablar sin habernos puesto de acuerdo, pero fue algo tácito. Desde el día en que conoció al tío aquél, ni ella me llamó ni yo tampoco.

La semana pasada alguien me dijo que creía que Reme lo había dejado con el tipo, pero fue sólo un comentario al paso, y no se me ocurrió decirle nada porque hace un par de meses, después de verano, corrió el mismo bulo entre las amigas.
Pero ayer de repente me llamó. Sólo nos dijimos hola, y nos quedamos calladas. Como no decía nada, acabé preguntando con un qué tal sin más compromiso. Me preguntó si podíamos quedar.
– Claro, por supuesto. ¿Y tu novio?
– Se acabó.
Y quedé con ella. Entendí que el raro la había largado definitivamente, y me pareció que Reme tenía ganas de hablar con alguien. Bueno, particularmente conmigo.

Ni siquiera recuerdo el hecho de haberla visto por primera vez, o cómo nos conocimos, porque dice mi madre que fue en preescolar, o sea que Reme ha estado siempre ahí, más cerca o más lejos, pero siempre alrededor. Se me ha hecho raro este año de paréntesis sin Reme. Ni corto ni largo, sólo que un año extraño, con su verano en medio. Un poco vacío, ahora que lo pienso.

Quedó en pasar a recogerme para tomar algo, charlar, y luego ir a lo que saliera. Así que la estaba esperando, donde siempre quedábamos, y en esa esquina hacía un viento bastante frio y, claro, Reme no iba a llegar a la hora porque jamás llegaba a tiempo a ningún sitio.
Yo esperaba que viniera con su cochecillo azul, que había sido de su padre, que era más o menos como un Ibiza pero en japonés y más bonito, con dos puertas, y no sé de qué marca. Era bien gracioso, con las puertas muy largas para que los pasajeros de atrás entraran más fácilmente y en el que la palanca de cambios era un palo metálico plateado, que salía de una bola blanca, brillante, del tamaño de una naranja gorda que estaba como empotrada en el tablero, y en el extremo del palo otra bola, blanca también aunque más pequeña, del tamaño que se adapta bien al hueco de la mano. Es una chorrada lo de las bolas pero me hacía gracia el detalle.
Habíamos pasado buenas risas a bordo del cochecillo y algún viaje de esos que se nos ocurrían a veces de golpe. Un par de días por ahí, sin equipaje ni nada. Un poco locas, a veces. A la playa fuimos en él cantidad de veces. Nos gustaba ir por la tarde, cuando el sol va cayendo, la gente se marcha y la arena se enfría poco a poco.

De repente paró un coche, que no reconocí y que además metía un ruido que no era normal. El morro tenía una forma rara, como agresiva, tenía pegatinas a los lados figurando llamas y un alerón exagerado que sobresalía por detrás. Pero era un coche pequeño, azul, y la conductora me hacía señas, sonriente, casi oculta detrás de una especie de parasol azul eléctrico que tenía en el parabrisas.
– Pero Reme, ¿qué le ha pasado a tu coche? – Le pregunté mientras nos dábamos dos besos.
– Nada, que al gilipollas ese le gustaba estropear las cosas.
La miré a los ojos.
– Pero, por lo demás, ¿todo bien?
Me sostuvo la mirada un momento, y mientras arrancaba:
– Si, bien, nada que no tenga arreglo. Como el coche.
La volví a mirar mientras conducía, pero no adiviné nada.

Calavera ojos rubi

Ahora, en lugar de una bolita blanca y brillante en la palanca de cambios había una calavera, que miraba hacia mi lado, y que en los huecos de los ojos tenía dos cristales rojos, porque rubíes seguro que no eran. Encima de dejar a Reme el tío era tonto.
Iba a preguntar a Reme por su trabajo, pero con el ruidazo que metía ese trasto casi ni se podía hablar.
– Aparte de la decoración, ¿Qué le ha hecho que ahora no se puede ni hablar cuando está en marcha? – Grité.
– Ya te digo, chorradas del gilipollas. Como el tablero este forrado de piel de oso, y las lucecitas azuladas por todas partes.
Así que esperé al siguiente semáforo para no tener que gritar demasiado.
– Pero, ¿y contigo?
– ¿Te puedes creer que no me he dado cuenta de lo idiota que era el tío, hasta que me dejó hace dos domingos? Ayer caí en que ha sido como una enfermedad. – Se quedó pensando un momento. – Creo que me contagió en los primeros días que salimos juntos, y me estoy empezando a curar ahora. Cada vez que lo pienso flipo de lo tonta, tonta, tonta, que he sido. Y once meses y medio es mucho tiempo. Creo que si paso algún rato contigo, hablando o sólo haciendo alguna tontería de esas que hacemos, bueno, que hacíamos, me voy a ir curando poco a poco.
Se giró y me sonrió.
– Y una vez esté lo bastante curada, necesitaré una vacuna para no volver a enfermar de lo mismo con otro idiota que se me acerque.
– Se nota que trabajas en una farmacia.
Me miró de reojo, y creo que no entendió el chiste malo. ¿Por qué diré a veces tonterías inútiles y tontas, y que encima ni pegan ni tienen gracia? Será el ruido del motor, que me estaba mareando.

Cuando paramos en un semáforo, se volvió para mirarme otra vez. Creo que el año pasado no tenía tantas ojeras. Y me tendió la mano por encima de la consola central de piel de oso. Se la apreté y me sonrió; un poco triste en el fondo, pero era ella.

De debajo de los asientos salía una luz como azulada; miré hacia atrás y el interior de las plazas traseras reflejaba la misma estética, la misma estética del mismo idiota. Reme se dio cuenta.
– Dice mi padre que si quiero me lo puede dejar casi como antes en un par de tardes. Lo del ruido dice que será más difícil porque el idiota tiró el tubo de escape que tenía, y ahora tendrá que buscar otro igual.
– ¿Y la bolita blanca que tenías en la palanca?
– Menos mal que me la metí en el bolsillo el día que puso la calavera. La tengo desde entonces en mi mesa de noche. Yo creo que, sin darme cuenta, de alguna manera sí me daba cuenta de que había cosas en mi cabeza y en nuestra relación que no estaban bien. Que me estaban cambiando a peor. Cada vez que abría el cajón de la mesita y veía la bola, me volvía a preguntar a mí misma qué estaba pasando, qué estaba cambiando. Y ahora sé que tengo que recuperarme de algunas de esas cosas.
– Pero, ¿Cómo era, qué te hacía?
Una mueca de los labios, como quitando importancia al tema, al mismo tiempo que subía un hombro como diciendo no sé. Y luego, mientras parpadeaba dos o tres veces seguidas, como un tic, y levantando las cejas dijo:
– Nada…
Ya no hablamos hasta que llegamos cerca de la bocatería donde antes solíamos tomar algo antes de ir de copas.
Cuando aparcó y paró el ruido ese tan antipático, nos miramos, me giré y nos abrazamos por encima del freno de mano.
Noté como se me clavaba en la pierna izquierda la cara de la calavera de ojos de rubí falso, y en el hombro, junto al cuello, noté cómo se escurrían unas gotas tibias.
La apreté un poco más contra mí:
– Reme, no te preocupes, yo también te ayudaré a quitar esta tapicería tan horrorosa y a deshacer todos estos cambios . Y volveremos a poner la bolita blanca en su sitio.

esendraga. Febrero 2017.

Anuncios

Por favor, si estás en desacuerdo, deja una respuesta.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s