La cosa financiera actual

Todos hablamos y discutimos de la cuestión económica, pero ahora os contaré una historia de mi poblado.

En la mi antiguo poblado cada uno comía de lo que su trocito de tierra producía o de lo que cazaba. Y para que unos pudiéramos aprovechar las habilidades o las posibilildades de los otros solíamos intercambiar las cosas, alimentos, útiles, e incluso servicios que a veces nos hacíamos mútuamente: o sea, como se había hecho toda la vida. A veces hacíamos alguna pequeña obra entre todos como un puente para ir del pueblo a la zona de huerta al otro lado del rio, o hacer una caseta grande para las reuniones de la comunidad. En estos casos, nos poníamos de acuerdo y las obras las hacíamos entre todos, poniendo cada uno el trabajo y los materiales que podía.

Durante generaciones seguimos con este sistema, pero llegó un momento en que ya eramos muchos y el trueque se complicaba.

Un dia, un vecino muy listo, y algo viajado, hizo una propuesta interesante. Cogió piedritas del rio, todas iguales, nos propuso que las marcáramos y que las usáramos como elemento de intercambio, y nos dijo que podíamos llamarlo “dinero”  Así que en una reunión de primavera acordamos hacerlo así: pusimos marca a un buen montón de piedritas, las repartimos entre los vecinos a tantas por persona y la cosa resultó muy práctica.

También se usaba este dinero cuando un vecino trabajaba al servicio de otro en el campo o en el taller. Las piedritas que recibía lo llamamos salario. Otras veces, si un vecino tenía que comprar algo y no tenía bastantes piedritas, le pedía a otro unas pocas, que luego le devolvía poco a poco, con un pequeño añadido como agradecimiento.

Alguna vez que hubo escasez de piedritas, acordábamos cuántas iban a hacer falta, cogíamos más, las marcábamos y las poníamos en circulación. Con el tiempo la organización y las relaciones de intercambio del pueblo de hicieron más complejas, porque además, los del pueblo de la colina de enfrente habían adoptado el mismo sistema, y finalmente todos comprábamos o vendíamos los productos que unos u otros teníamos.

A veces alguna gente, en lugar de usar las piedritas para comprar lo que necesitaba él o su familia, se dedicaba a guardar montones, que algunas veces sacaban al cabo del tiempo para gastárselo todo de golpe, y en otras simplemente las dejaban criaando moho en el sótano, no sé muy bien para qué; pero a los demás nos daba igual.

Había uno en el pueblo que, la verdad, no sabía hacer gran cosa con sus propias manos, y que como siempre estaba sentado en un banco le llamábamos el banquero; un día, se ofreció a prestar unas cuantas piedritas a un vecino que no tenía dinero y necesitaba comprar ladrillos para arreglar su casa. Al mismo tiempo otro que tenía bastante piedrita acumulada, se la prestó al banquero, de forma que al cabo de un tiempo, con préstamos aqui y créditos allá, se montó un buen negocio. Se comentó el asunto en una reunión de verano, el banquero explicó su negocio, y nos nos pareció mal. La verdad es que el arreglo prestaba un servicio, y el banquero, que estaba encantado, propuso llamar a su mercancía piedrólares. Al poco tuvo que hacerse una cueva protegida para guardar los piedrólares que no usaba porque alguno podría querer quitárselos. Y puso su banco delante de la cueva para vigilarlos, porque cada vez tenía más piedrólares acumulados. Como casi siempre salía ganando, se compraba a menudo cosas muy caras, que para la mayoría de nosotros resultaban totalmente fuera de alcance.

Un año hubo una riada y  el puente de las huertas se rompió, pero casi todos teníamos tanta faena en nuestros propios asuntos, que tuvimos que traer a algún forastero del pueblo vecino para reparalo, y claro tuvimos que pagarle con piedrólares. Así que como en la caseta de la comunidad no teníamos guardados suficientes para arreglar los daños, el banquero se ofreció a adelantarnos unos cuantos piedrólares para pagar a los albañiles, y que luego entre todos se los fuéramos devolviendo poco a poco, más tres de cada cien como propina por el servicio.

En general nos pareció buena idea, aunque como en todos los pueblos hay un tipo que nunca está de acuerdo con los demás, éste comentó que nos estábamos metiendo en un lío al hacer depender las necesidades reales de la comunidad de que un vecino concreto quisiera prestarnos dinero. Quizá tenía razón, pero el puente hacía falta y no teníamos ni tiempo ni ganas de buscar alternativa a la cómoda propuesta del banquero, así que la aceptamos.

Nos acostumbramos al sistema y empezamos a hacer obras comunes como mejores caminos, una caseta para las reuniones de la comunidad que era una preciosidad, contratar algunos vecinos desocupados y a algunos forasteros para que limpiaran y arreglaran las cosa comunes, y para hacer muchas mejoras, que aunque no nos hacían mucha falta, quedaban bien bonitas y bien cómodas, de forma que estábamos todos bien contentos.

Cuando nos dimos cuenta, le debíamos al banquero una tonelada de piedrólares, pero como seguíamos teniendo gastos, nos hacían falta todavía más.

Metidos en este problema no tuvimos mucha vista para corregirlo a tiempo, y hace poco llegó un momento en que el banquero nos pidió más propina. Como estábamos pillados por las deudas, no nos quedó más remedio que decirle que sí, a pesar de que el vecino disidente siempre protestaba.

Además, como últimamente las cosechas no son muy buenas nuestro banquero no se fía de que le devolvamos la piedra, y ahora nos dice que quiere más propina todavía. Además dice que nos gastamos demasiado dinero y que si no nos moderamos y nos exprimimos el saco de las piedras, nos pedirá todavía más propina o dejará de prestarnos dinero. Esto si que sería un problema.

Nos hemos acostumbrado a que la comunidad se encarga de muchas cosas como pagar al maestro, al curandero, a la partera, a los albañiles que arrenglan los puentes y caminos, y muchas otras comodidades que ya nos parecen necesarias.

No sabemos qué hacer, porque el caso es que, pensándolo bien, resulta que el dinero que tiene el banquero en realidad es de todos nosotros, salvo las propinas que le hemos ido pagando que, al fin y al cabo puede considerar como suyas, aunque las haya ganado de nosotros a cambio de poco trabajo. Hay quien propone que simplemente, en la próxima reunión de comunidad, si nos ponemos de acuerdo todos, le digamos a nuestro querido banquero: mira, quédate con tus ganancias, danos todo ese dinero que tienes ahí, porque es nuestro, y busca un empleo honrado. Seguro que protestaría, sus amigos interesados lo apoyarían a muerte, pero si los demás estamos de acuerdo, seguro que podríamos.

Otros más conformistas dicen que si en su momento le dimos permiso para seguir con su negocio, ahora no podemos cambiar las reglas de juego. Total que ahora el problema sí que es gordo.

No sé que haremos, pero como no espabilemos, lo vamos a pasar mal.

Ya os contaré que decidimos finalmente.

http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial%2F0000856412872168186811102294251000%2Feditorial%2F%3Farticulo%3D1f197f01-9a45-4451-81b0-4ffe3a916e07

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