COMPLICADO

Me parece que desde hace un tiempo el significado de esta palabra ha cambiado.
Ahora en los medios se leen/oyen cosas como:
“Una noche complicada deja un desaparecido, ríos al límite y playas destrozadas.”
“Tránsito complicado en la ruta a Chile por un accidente”
En mi opinión el mal tiempo no crea una situación “complicada”. Lo que hace un temporal es dificultar todo, crear caos, dañar propiedades y producir desgracias personales.

Pared complicada

Un desastre no es complicado en sí. Lo que sí es complicado es solventar rápidamente los problemas creados, y más complicado hacerlo si se tienen pocos medios.
También lo es encontrar soluciones estructurales para evitar la repetición de los mismos problemas llegado el siguiente temporal.
En cuanto al tráfico, todos hemos estado en un atasco y no es nada complicado. Un coche va detrás de otro, con paciencia: parón, primera, unos metros, freno, punto muerto. Y así hasta que la obstrucción desaparece y todo vuelve a la normalidad.
Lo que puede ser complicado para las grúas y ambulancias es llegar hasta el accidente. Y luego a veces es complicado sacar a un camión de la cuneta, o a los ocupantes que hayan quedado atrapados, de dentro de un vehículo. También es complicado para las autoridades encontrar rutas alternativas viables que desatasquen la situación.
El DRAE da una definición de este adjetivo que concuerda con el uso que yo siempre la había dado. “Algo que es difícil de comprender o resolver por estar compuesto de muchos aspectos”.
Hay cosas relativamente simples que de entrada nos parecen complicadas. No forzosamente porque tengan muchas piezas o aspectos, sino porque no vemos clara la relación entre ellos. En cuanto encontramos el truco o nos lo cuentan, puede resultar algo sumamente sencillo.

De igual manera se puede decir que es complicado desenredar la cuerda de un ovillo descompuesto. Pero en realidad no es complicado, es más bien lento y tedioso. Lo que es complicado es resolver el problema rápido y bien.
También dice el DRAE que “complicado” se aplica a algo compuesto por muchas partes o elementos.
En este caso no estoy de acuerdo. Una pared compuesta por miles de ladrillos, no es nada complicada, ni de hacer ni de entender el patrón seguido para construirla. Sería complicada si estuviera formada por ladrillos de diferentes formas que hubieran de encajar o que éstos fueran de colores diferentes formando un patrón complejo, difícil de comprender.

Lo que sí es relativamente complicado, por ejemplo, es calcular qué velocidad de viento se necesitaría para tumbarla. Bueno, calcular una velocidad puede ser muy sencillo sin alguien nos da una buena fórmula que aplicar. Lo raro, que no lo complicado, es acertar con el resultado…
Si usamos el adjetivo “complicado” para cualquier cosa para indicar que es un follón, una dificultad, un incordio o un desastre, ¿como vamos a calificar a la teoría de la relatividad, o al cálculo de la trayectoria de una nave entre la Tierra y Alfa Centauro?

El adjetivo difícil no nos sirve como sinónimo de complicado porque hace referencia a la poca facilidad para conseguir un resultado. Hay cosas complicadas que son fáciles de hacer si hay un método que se pueda seguir. Por supuesto que un buen método habrá sido desarrollado por alguien que ha entendido la complejidad de la cuestión y ha encontrado una solución factible.
Y hay cosas poco complicadas, pero que son difíciles de conseguir.
Como por ejemplo, la paz interior. (Es lo primero que se me ha ocurrido, ¿qué pasa?)

De todas formas, cosa complicada es para mí hacer sólo dos caras un cubo de Rubik. Conseguir más de dos caras, ya es súper-complicado.

Y otra cosa mú complicá debe ser aquello de “querer dos mujeres a la vez y no estar loco”.
Esto debe ser lo +.

esendraga, febrero 2020

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 2/2)

(La parte 1 está aquí:  https://esendraga.wordpress.com/2020/02/07/un-tipo-como-los-demas-parte-1 )

Quizá existan otros poblados, pero en sucesivas salidas no encontré ninguno más, pero sí grandes extensiones desiertas de bosque con plantas comestibles. Solía buscar un poco al azar, pero acabé pensando que algún final tenía que tener todo aquel bosque.
Así que un día salí muy temprano, avancé en línea recta sin apenas parar durante mucho tiempo y llegué a un muro. Debía ser el límite del territorio, la pared del fin del mundo. De material duro, era continua y se elevaba por encima de los bosques más altos: imposible saltar. Fui recorriendo la pared, buscando una puerta, hasta que llegué a una zona donde el muro estaba hecho de un material que dejaba pasar la mirada. Era extraordinario: yo veía lo que había al otro lado, pero no podía pasar. Estuve mirando con detalle a través del muro, y todo lo que vi fue un espacio muy grande, abierto, de techos muy altos y suelo muy liso, pero no había actividad. Estaba lleno de objetos voluminosos y se veían puertas, por lo que supuse que era un lugar habitable. Una vez se hizo de noche me retiré a la espesura de bosque, comí tranquilamente, yo solo, y dormité hasta que se hizo de día. Fue curioso porque al anochecer llovió, mientras que en mi poblado siempre llovía de noche cerrada. Se ve que esta zona seguía otra secuencia. Todo esto que estaba observando contradecía lo que desde siempre nos habían enseñado sobre que nuestro poblado y nuestros bosques era el único mundo que existía. Otra pregunta más a la que contestar.

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Pensé que la pared-que-dejaba-ver-a-través también dejaría ver desde el otro lado, así que llegado el amanecer busqué un punto con plantas próximas que me permitía observar aquella extraña habitación estando medio oculto, discretamente.
Al cabo de un tiempo aparecieron varios amos, con ropas blancas que parecían puestas encima de otras ropas que eran de diferentes colores. Paseaban, se sentaban y hablaban entre ellos.  También miraban unos cuadrados que tenían luces de colores que iban cambiando. A través de la pared podía escuchar sus voces y su lengua la entiendo porque nos la enseñan de jóvenes.  Pero las conversaciones que tenían estos que yo veía no eran sobre cosas normales y no comprendía gran cosa de lo que decían. Estaban esperando algo, algo que parecía muy importante. Al cabo de un rato, entró otro de ellos por una puerta y empujaba una jaula grande. Me quedé espantado al ver que dentro estaba la anciana con la que yo había hablado en el poblado de los silenciosos. La sacaron y empezaron a preguntarle si había visto algo raro, si había hablado con alguien extraño y cosas así: no podía ser casualidad. La única explicación es que me habían seguido la pista y me estaban buscando. Pero, ¿por qué?, ¿qué había hecho yo?

Supongo que escapar y hacer preguntas quizá era algo que a ellos no les gustaba. Pero en mi opinión yo no hacía daño a nadie, no sé qué tiene de malo. Si tenemos capacidad para hacernos preguntas y para intentar entender el mundo que nos rodea será para que la usemos, digo yo.
Yo sabía que mi conocida del otro poblado no entendía casi la lengua de los amos, así que entre sus pocas entendederas y lo nerviosa que parecía no les pudo dar muchos datos sobre mí. Al final se llevaron la jaula fuera del cuarto.

Uno comentó que tampoco era tan importante que uno de nivel 2 se dedicara a explorar: así podrían investigar hasta dónde eran capaces de llegar los de ese nivel.
¿Qué sería eso de los niveles?

Luego se pusieron a hablar de otras cosas que no tenían que ver conmigo. Esto parecía significar que no era tan importante que yo anduviese haciendo averiguaciones, lo que me tranquilizó.

Se sentaron todos alrededor de una plataforma elevada y  entendí que estaban planeando algo. Uno de ellos, de pie, les señalaba una pared donde aparecían dibujos y colores, y les hablaba de cosas que no entendí como, entes en mosaico, quimeras y otras palabras que yo no conocía, aunque luego he ido comprendiendo.

En un momento determinado el que estaba hablando señaló a la pared-que-deja-ver-al-otro-lado hacia donde yo estaba y me quedé paralizado del susto. Aunque yo creía estar bastante oculto por las plantas, temí ser descubierto, pero por suerte nadie miró en mi dirección, así que me retiré andando despacio hacia atrás para ocultarme un poco más sin remover mucho las plantas.

Pensé que ya llevaba mucho tiempo fuera del poblado y quizá alguien se daría cuenta de que faltaba, así que regresé a casa. De todas formas, incluso cuando había estado días fuera, nadie de mis vecinos se hacían preguntas sobre mis ausencias: mucho mejor, porque esto me daba mucha libertad.

Estuve unos días sin salir. Pensando.
Creo que había llegado el momento de averiguar de una vez por todas qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Seguramente a todo el mundo le llega un momento así. Pero para mí,un tipo como otro cualquiera, no es fácil hacerlo porque significa estar dispuesto a partir de cero, a intentar borrar todo lo que sabes o crees saber, y empezar desde el principio. Y después ya nada puede volver a ser como antes.

Al final decidí que la clave sólo podía estar en los amos, de forma que volví al mismo sitio del otro día, donde la pared-que-deja-ver-al-otro-lado.
No había nadie y esperé hasta la noche. Dormí escondido. Al día siguiente esperé hasta la noche y tampoco nadie apareció. Pero no marché; decidí quedarme allí hasta averiguar algo.
Al poco de amanecer entraron unos cuantos. Se pusieron a hablar todos al mismo tiempo mientras bebían un agua marrón que ponían en unas cosas redondas que sujetaban con sus manos. Algunos de los comentarios que les oí eran tan absurdos como que estaba lloviendo, siendo yo había comprobado que por esta zona sólo llueve un rato al poco de anochecer. Sin embargo debía ser verdad porque algunos tenían la cabeza mojada. Muy extraño.

Este día no tuvieron reunión y cada uno estaba en su plataforma mirando los dibujos y colores en las pequeñas paredes que tenían delante. A ratos hablaban entre ellos, aunque yo no entendía casi nada de lo que decían. Y luego volvían cada uno a sus dibujos y colores.

Al dia siguiente volvieron todos y después de beber el agua marrón, durante bastante rato estuvieron varios sentados delante de la plataforma grande, hablando. Estaban planeando hacer algo, e iba a ser dentro de dos días y que iban a conseguir el nivel 4, el más alto posible. Y yo seguía sin saber qué era eso de los niveles.

Cuando se marcharon me quedé un rato pensativo entre la vegetación antes de regresar, cuando de repente me di cuenta de que alguien me miraba, por entre las hierbas, con unos ojos muy azules. El corazón se me disparó y se me pusieron de punta los pelos de la nuca, aunque me quedé muy quieto, en tensión y preparado para dar un brinco y salir corriendo.

Muy despacio, las hierbas delante de los ojos azules se fueron separando y vi a una joven de pelo rojizo que me hacía un gesto amistoso.

Se fue acercando despacio mientras me decía que estuviera tranquilo. A distancia prudencial se sentó en el suelo y esperó a que yo me repusiera del susto.
Lo primero que dijo fue ¿qué te parece lo que planean los amos?

Otra fuera de la ley, pensé, que también está curioseando. Aunque la habitación de los amos estaba a oscuras y vacía, nos apartamos de común acuerdo lejos de la pared, en la espesura, para hablar tranquilamente. Y nos preguntamos uno a otro, qué sabíamos sobre la situación.

Ella llevaba investigando bastante tiempo, y me había visto ya en dos ocasiones por esta zona. ¡Y yo sin darme cuenta!
Pero había tenido miedo de revelar su presencia y sólo hasta ese día al verme pensativo se había decidido.
Le tuve que pedir que hablara más lentamente porque me costaba entenderla. Su vocabulario también era un poco raro y algunas palabras me eran desconocidas.

Me contó que en su poblado los amos les visitaban a menudo y les hacían un seguimiento personal, y por esto no podía salir tanto como querría.
Me contó que los de su poblado también recibían educación, como en el nuestro, pero debía ser diferente porque conocía más palabras que yo y había conceptos que ella manejaba bien y que yo no acababa de entender. Le pregunté si ella era especial, pero me respondió que en su poblado eran todos parecidos en la forma de hablar.
Para ella yo era la primera persona ajena a su poblado que conocía. Le conté lo del poblado de los poco habladores, y entonces se quedó pensando, porque ella nunca había dado con ningún otro poblado.

Su conclusión es que habría varios poblados con gente ligeramente diferente: uno de poco listos y con dificultades para hablar bien, y otros de gente más inteligente.

Me preguntó qué cosas nos enseñaban de jóvenes en mi pueblo y se lo detallé. Entonces ella, pensando para sí misma, concluyó que al menos habría tres “niveles” de inteligencia. Siendo el suyo el superior de los tres.
Me miró como diciendo “lo siento”, pero no entendí por qué.

Seguimos hablando un rato, y cuando llovió, comentó que en su poblado lo hacía justo al amanecer. ¡Qué raro que en cada pueblo lloviera a una hora diferente!

Ella había llegado a la conclusión de que los amos hacían pruebas con nosotros. Que podían cambiar unas cosas que llamó genes, que llevamos dentro del cuerpo y que cambian nuestra capacidad de pensar, el color de nuestro pelo y otras cosas.
No entendí muy bien la cuestión, y yo estaba interesado en saber más.

Como ambos habíamos oído a estos amos que en dos días pasaría algo, nos despedimos y quedamos en vernos en el mismo sitio dentro de dos amaneceres.

Pasé el siguiente día muy intranquilo: mi mundo, el mundo, no era lo que todos creíamos y todavía nos faltaban muchas cosas por saber.
Dos días después, estaba amaneciendo cuando llegué al lugar acordado, pero no la vi. Sin embargo había llegado antes que yo, pero estaba perfectamente escondida. ¡Qué habilidad para ocultarse, desde luego más lista que yo!

Los dos estábamos nerviosos.
Como todos los días, empezaron a entrar los humanos pero no tomaron agua marrón. Ellos también parecían nerviosos, no paraban de hablar entre ellos. De repente, todos miraron hacia la puerta, que se estaba abriendo, por la que entraron otros humanos llevando una gran jaula. La dejaron y se fueron.

Dentro había cuatro de nuestros semejantes, pero no eran ni marrones como yo ni pelirrojos como mi amiga, sino de pelo gris. Y lo sorprendente es que hablaban el lenguaje de los humanos. Los podíamos escuchar desde donde estábamos. Nuestra lengua no produce sonidos, son gestos y expresiones de la cara pero, ¡estos eran capaces de hacer sonidos como los amos!

Les preguntaron si estaban listos y los cuatro confirmaron que estaban preparados para entrar cuanto antes. Entonces, los humanos les recordaron que tenían que mandar informes y empezaron a acercarse a la pared-que-deja-ver. Nosotros nos alejamos y escondimos un poco más para no ser descubiertos y pudimos ver que en un punto determinado de la pared apoyaron la jaula y se debió abrir un agujero porque los cuatro salieron desde la jaula y entraron en el bosque, pasando a nuestro mundo. Desparecieron entre las hierbas y ya no los vimos más.

La pelirroja y yo nos miramos y vi que ella había comprendido. Me explicó que estos eran como nosotros, pero creados de manera que eran más evolucionados, más parecidos a los amos. Y que ella pensaba que venían a nuestro mundo con alguna misión concreta. Y me temí esto no podría ser nada bueno para nosotros.
Estaba claro que éramos sólo el producto de una combinación que hacían los humanos, y que nos fabricaban a su gusto.

Con estos cuatro super-listos de pelo gris que nos habían soltado, tuvimos miedo de que nos encontrasen y nos despedimos. Si no nos pasaba nada deberíamos intentar vernos de nuevo, más adelante, porque los dos temíamos que nuestro mundo iba a cambiar mucho con la llegada de los nuevos. O quizá no, quizá venían sólo de visita.
Como yo sólo sé contar hasta ocho, quedamos en que nos encontraríamos de nuevo en ese mismo lugar el dia que se cumplieran ocho veces ocho dias desde ese momento.

Ella salió hacia su poblado y me quedé mirando cómo se alejaba. Primero caminó a pasitos cortos moviendo su colita y sus largas orejas, pelirrojas por detrás y rosadas por dentro. De alguna manera supo que la estaba mirando, porque ya a cierta distancia de detuvo, se plantó sobre sus patas traseras y se volvió para decirme adiós con un gracioso movimiento de su hocico. Luego partió a largos saltos.

Y yo regresé a mi pueblo. Empecé a contar los días haciendo montoncitos de piedrecillas. Pero, para que no se perdieran por accidente fui metiéndolas en paquetitos, que cerraba y guardaba en un hueco al llegar a ocho.

Iba por el segundo paquete cuando empezaron a pasar cosas. De repende un dia dejó de haber escuela para los jóvenes. Nadie sabía por qué, pero ya no volvieron a abrir. Esto era muy preocupante y me tenía nervioso e inquieto. No dormía casi y me pasaba el dia de un lado al otro intentando detectar cambios o novedades.
Por esto, a los pocos días y en vista de mi extraño comportamiento mi pareja se fue a vivir a otro sitio y casi dejé de ver a los conocidos y vecinos que me tomaban por un bicho raro.
Unos días después me empecé a dar cuenta de que la suciedad en las calles se acumulaba, mientras que hasta entonces, cada día de mi vida, había amanecido todo limpio.
Cuando llevaba mediado el tercer paquete de ocho dejó de llover y el bosque del que nos alimentábamos empezó a secarse. De momento no nos íbamos a morir de hambre, porque había variedades de hierbas que tardarían mucho en morir, pero esto no podía durar para siempre.
Cuando llevaba contados cuatro paquetitos de ocho piedrecitas cada uno, los de mi pueblo descubrimos una mañana que parte de la valla se había caído y nadie la había repuesto. Nuestro mundo se desmoronaba. Menos mal que sin valla todos podíamos salir a buscar alimento en los bosques circundantes.
Aproveché y fui al poblado de los tontos, para ver si pasaba lo mismo. Me quedé paralizado cuando comprobé, que no había nadie y todo parecía abandonado. Muy mal presagio, pero no dije nada a mi vuelta a casa. Además casi no tenía ya contacto con nadie.
Lo siguiente fue que aunque seguía habiendo dia y noche, la luz era mucho más débil y no era muy fácil moverse por el entorno. La mayor parte de la gente prefería quedarse en sus madrigueras.
Acababa yo de completar cinco saquitos de ocho dias, cuando empezaron a desaparecer vecinos. En dos dias seguidos desapareció casi la mitad.
Llegado este momento ya no esperé, nada me ataba a aquel sitio, allí no quedaba nada que hacer. Aunque todavía faltaban muchos días para mi cita me largué directamente hacia la pared-que-deja-ver. Todo parecía igual que antes. Sólo la hierba más seca y menos luz, como en mi pueblo.

Me hice un pequeño nido en un punto algo apartado del muro. Por allí había todavía hierba bastante fresca y podía esperar con tranquilidad el dia en que vendría mi amiga pelirroja, la de la tribu de los listos.
Otro problema es que cada vez hacía más frío en ese bosque y tuve que traer más hierba seca al nido para protegerme. Sólo salía de mi nido para comer y para echar un vistazo al espacio donde los humanos estaban durante el día. Como siempre, tomaban agua marrón, hablaban y hacían sus cosas, pero todo parecía muy tranquilo. No tenían reuniones, ni se veía entrar y salir mucha gente.

Seguí juntando piedrecitas para no perder la cuenta, esperando el dia, pero un poco desanimado.
Justo el dia en que faltaba un saquito para la cita, mientras regresaba de mi inspección a los humanos entreví no muy lejos, por encima de las hierbas, las puntas de dos orejas largas y pelirrojas. Con precaución me fui acercando, y en efecto era ella. La había encontrado yo antes que ella y los dos nos alegramos de ver una cara conocida tan lejos de casa.
Acomodamos el nido para los dos pero tuve que guiarla. Comprobamos que no todo en su nivel 3 era mejor, ya que su vista era peor con poca luz que la mía, un nivel 2.
Me contó que en su poblado estaba empezando a pasar más o menos lo mismo que en el mío. Pero en lugar de quedarse en sus madrigueras, allí hacían reuniones para decidir qué hacer, respecto a la comida, a las desapariciones y a todos los demás problemas que estaban teniendo.
Pero mi amiga tuvo la misma idea que yo: huir y venir a mi encuentro porque quizá nosotros pudiéramos sobrevivir mejor por nuestra cuenta.

Cuando se hizo de noche tuvimos que parar la conversación porque no nos veíamos los gestos, y ella menos con su peor visión. Nos acomodamos bien juntos porque cada dia hacía más frío. Creo que fue la primera vez desde hacía tiempo que dormía bien, y a ella le pasó lo mismo; el calor de tener alguien al lado nos confortaba de todas las preocupaciones y en cierto sentido nos daba esperanzas.
Esperamos unos días por ver si había novedades entre los humanos, pero hablaban de otros asuntos, que no parecían relacionados con nosotros.

Nos alejamos de allí, buscamos un rincón en el bosque donde asentarnos, al menos temporalmente, y encontramos un lugar en el que por alguna razón hacía menos frío y las plantas seguían creciendo. Había una variedad de flores azules, muy apetitosas y que parecían aguantar bien este ambiente. Nos hicimos la mejor madriguera que pudimos y sin tener ya adónde ir, allí nos quedamos.

Hace mucho que dejé de guardar cada día piedras en saquitos: he perdido la cuenta del tiempo que hemos estado juntos, tiempo que ha sido la mejor época de mi vida. He aprendido mucho, hemos compartido, hemos discutido, que no disputado.
Hemos vivido.
Cada conversación ha sido una ventana a un mundo desconocido, y un continuo desafío para mi el intento de comprender muchas de las cosas que ella me ha contado. No hemos tenido hijos, lo que es raro porque entre nosotros es frecuente tener muchos, pero es igual.
Ahora ya es igual.

Ahora ambos compartimos la intuición de que el fin está cerca. Llevamos mucho tiempo juntos y el mundo se reduce a nosotros dos. No hemos buscado a otros, no nos hacen falta, y además quizá ya no haya otros como nosotros. Tampoco nos hemos topado con los grises super-listos que vimos meter en el bosque.
Si alguien nos creó, nos vigiló y nos cuidó hasta un cierto momento, ahora es seguro que estamos abandonados a nuestra suerte. No sabemos si somos los últimos habitantes del bosque, pero tampoco nos importa.

Da igual. Ambos estamos de acuerdo en que una vida es una vida, hagas lo que hagas. Y que no va a haber otra. En la nuestra hemos tenido de todo: primero fue tranquila y divertida, luego inquieta, peligrosa y agitada. Y cuando todo parecía perdido, hemos encontrado la paz.
Ahora da igual cómo sea el final, no nos importa. Ha merecido la pena.

esendraga, febrero 2020

Según Wikipedia:

La ingeniería genética en plantas no comenzó hasta prácticamente los primeros años de la década de los ochenta.

En la actualidad los científicos han producido entidades tan extrañas como los organismos “en mosaico”, formados por una mezcla de células de especies distintas. Se han creado embriones quiméricos de cabra y oveja, rata y ratón e incluso, recientemente, de conejo y humano (no se permitió que estos últimos se desarrollaran más allá de unos pocos días).

En los últimos años, en el Reino Unido se ha permitido la creación de embriones quiméricos para la investigación en células madre. Hasta ahora, el animal sólo aporta un puñado de genes, en torno al 1% de los presentes en el individuo.

Estos embriones deben destruirse, por ley, a los 14 días.
Al menos en teoría…

 

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 1/2)

Vivimos en un poblado rodeado de bosque, de donde sacamos todo lo necesario para vivir.
Llevamos una vida tranquila, no hay peligros cerca, el ambiente es agradable, ni calor ni frío y siempre llueve en el bosque un rato a medianoche.
En el poblado nos conocemos casi todos aunque de vez en cuando vienen individuos de fuera, normalmente muy jóvenes, pero se integran rápidamente y, al cabo de un tiempo es como si fueran vecinos de siempre.

Soy un tipo normal, llevando una vida normal. Tengo amigos, vecinos, una pareja y en general mi modo de vida es como el de los demás.

Cuadro de Hulda Hakon www.huldahakon.com
(Cuadro de Hulda Hakon  http://www.huldahakon.com )

De todas formas, siempre he creído que yo era algo especial, en cierto sentido. Aunque al mismo tiempo pensaba que no hay nadie realmente “normal” porque todos tenemos nuestras rarezas y nuestras particularidades.

Por otra parte, como grupo social que somos, también nos pensamos que somos únicos, que nuestras costumbres, nuestra forma de comunicarnos es diferente a todas las demás y nos parece la buena, siendo las demás raras y como sucedáneos de la verdadera y más elevada cultura, que casualmente es la nuestra.
Pero en este mundo en que vivimos las cosas no son siempre lo que parecen.

Nosotros no salimos casi nunca del área del poblado, primero porque en general no somos muy curiosos y además porque rodeando nuestro bosque hay una valla.
Cada vez que llego hasta la valla, límite de nuestro territorio, tengo curiosidad por saber qué puede haber más allá. Hace ya mucho tiempo fantaseaba con saltar para visitar el exterior. Trepar por la valla resulta imposible, no hay donde agarrarse. Y siempre nos pareció demasiado alta para poderla saltar. Creo que nadie lo había intentado nunca en serio.
Como me gustan los desafíos, llevo tiempo practicando salto en el bosque. Me refiero a salto de altura. Tengo buenas piernas, como todos mis congéneres, pero esto de saltar hacia arriba, no lo hace nadie, no hay tradición ni afición.

En rincones apartados del bosque estuve intentando diversas técnicas de salto, al principio, la verdad, sin muchas esperanzas de mejorar lo suficiente. Pero llegó un momento en que encontré una forma de impulsarme que, con poco esfuerzo, me permitía saltar mucha más altura de la que me parecía posible cuando empecé. Estuve practicando y perfeccionando el salto durante meses hasta que, hace unas semanas, lo intenté con la valla y conseguí pasar al exterior. Me quedé tan sorprendido que volví a saltar adentro inmediatamente, porque siempre se nos ha dicho que escapar no era posible y además estaba prohibido.
Al día siguiente lo hice varias veces para estar seguro de que podía hacerlo con soltura, pero volví al pueblo como si tal cosa, y esperé una semana para ver si alguien se había enterado y me decían algo.
Como parecía que nadie se había enterado, decidí salir de exploración. Me levanté antes del amanecer y salté. Caminé un trecho y el paisaje resultó similar al nuestro. También hay bosques de herbáceas, aunque más altas que las nuestras y son mucho más extensos que nuestro territorio. Están recorridos por caminos semejantes a los nuestros, sólo que éstos no parecen muy transitados.

Siempre ha habido comentarios de la gente acerca de que no estamos solos sino que hay otros grupos semejantes en otras áreas y eso es lo que yo quería encontrar.
En las primeras salidas no tropecé con nada interesante, así que a la tercera o cuarta salida me decidí a llegar más lejos que las veces anteriores…
Y tuve suerte, pues finalmente he descubierto uno de esos grupos.

Explorando por uno de los caminos me encontré con un individuo rubio, le saludé y en contra de lo que es nuestra costumbre ni siquiera me respondió. Me acerqué, le volví a saludar y esta vez sí respondió. Pero al dirigirme a él me respondió con un lenguaje que al principio no entendí. Le pregunté dónde vivía, y me miró con cara de no haberse enterado de mi pregunta, porque repitió el mismo saludo que había hecho anteriormente. Ahora me pareció entender que era un gesto amistoso, pero no respondió.
A las siguientes preguntas que le hice me siguió mirando sin entender. Le pregunté si vivía sólo, si eran muchos en su poblado o si eran todos los demás semejantes a él. Pero creo que ni se enteró de lo que le preguntaba.
Me miraba todo el rato con cierta curiosidad, pero con cara de no entender. Desesperado de no conseguir nada, ya me iba a despedir cuando me dijo algo que entendí clarísimamente aunque se expresó mal: que iba a comer comida. Y a continuación entendí que me invitaba a acompañarlo. Dije que sí y fuimos caminando. Parece que nos expresábamos en el mismo idioma pero como si su vocabulario fuera muy reducido. En breve llegamos a un poblado, pero nos detuvimos en las afueras en una especie de comedor. Allí, sin decir palabra, compartimos unas raciones.
Cuando acabamos, entendí que me invitaba a acompañarlo. Por la forma de expresarse pensé que quizá era un individuo con alguna minusvalía, con algún problema físico que le impedía expresarse normalmente. Pero la verdad es que por su comportamiento un poco rudimentario y la forma tan zafia en que comía, más bien me pareció que sería algún problema mental.

Cuando llegamos a su poblado, entramos caminando y él no dijo a los demás nada de mí, que hubiera sido lo normal, pero es que pasé totalmente desapercibido. Nadie parecía fijarse en mí, lo que me extrañó. Pero lo más extraño es que el resto de la gente se parecía a mi nuevo amigo: no hablaban y miraban con expresión como ausente. Sin embargo se saludaban entre ellos muy frecuentemente pero sin palabras, sólo con breves besos. Y como mucho vi sólo expresiones muy simples y cortas como “quiero comer” o “me voy”.
Un poco raros, también en otros aspectos. Por ejemplo, nosotros en nuestro poblado no nos ocultamos especialmente para tener sexo, pero en general no lo hacemos en público. Sin embargo ya en las primeras calles vi a varias parejas, como la cosa más normal a la vista de todos.

Le pregunté a mi amigo porqué la gente no hablaba y como era de esperar no me entendió. Me separé del él sin despedirnos siquiera, y estuve paseando un rato buscando a alguien con aspecto de entenderme. Entre ellos se saludaban con besos a menudo, pero nadie se acercó a besarme a mí, supongo que porque me notaban algo diferente o simplemente no me conocían. Ese primer día ya era tarde, así que no tuve tiempo de mucho más. Regresé rápido a casa, pero no dije nada a nadie sobre mi excursión ni sobre mi hallazgo.

Los siguientes días no dejé de pensar en lo raros que eran esos medio-vecinos.
Nosotros somos muy expresivos, nos saludamos incluso de lejos, aunque con los más allegados también nos besamos. Hablamos mucho entre nosotros, nos contamos cosas, nos reunimos, compartimos la comida, cotilleamos. Somos realmente muy habladores y por eso me resultaba tan extraño el comportamiento de esos “vecinos lejanos” que había conocido.

A los pocos días busqué la ocasión y regresé al poblado de los silenciosos e inexpresivos. Seguí el camino de la vez anterior y el panorama que encontré fue semejante. No parecían peligrosos en absoluto, así que abordé a unos cuantos viandantes, y todos parecían tener las mismas limitaciones de mi primer conocido: ni entendían lo que les decía yo, ni siquiera parecían pensar, ni apenas hablaban, y si lo hacían eran sólo unas pocas palabras sueltas, referidas casi siempre a necesidades muy básicas. Había una gran proporción de jóvenes, pero no parecía haber centros de formación porque estaban todos correteando y jugando por las calles, entrando y saliendo de los portales.

Yo me preguntaba cómo podía haber un poblado no muy alejado del nuestro con gente tan diferente y tan limitada mentalmente. A mediodía, hora de la siesta, las calles se vaciaron casi del todo. En vista de que no iba a sacar nada, pensé en regresar y olvidarme de estos sosos e ignorantes, cuando me di cuenta de que una mujer de avanzada edad me estaba mirando desde una esquina. Su mirada era diferente de la del resto de la gente. Desde lejos, me hizo un gesto, indicándome que me acercara.
Nos pusimos a hablar en un rincón y ella miraba constantemente alrededor, como con temor de que alguien nos viera. Hablaba mi lengua aunque le costaba expresarse: usaba frases simples y un vocabulario bastante pobre, pero nos entendíamos. Me había visto intentado hablar con varias personas y me había estado observando. Me dijo que había vivido en un poblado donde hablaban como yo. Por los detalles que me dio, deduje con seguridad que se trataba de mi poblado. Entendí que ella había nacido allí, pero que siendo muy joven la habían traído a éste otro, donde llevaba viviendo desde entonces.
Parece que el motivo del traslado es que se expresaba muy mal y no cumplía los estándares de nivel mental requeridos en su lugar de origen o sea, mi propio lugar.
Me contó que los de su nuevo poblado la habían recibido con indiferencia, tal como yo he visto que hacen con los forasteros. Ella era la única de aquí que hablaba algo más que las cuatro palabras básicas. De hecho me confesó que hacía muchísimo tiempo que no hablaba con ningún semejante. Le propuse que viniera conmigo porque se encontraría más a gusto con gente menos primitiva, a lo que contestó con expresión de temor que de ninguna manera porque le habían prohibido regresar. Incluso tendría problemas si se llegara a saber que había hablado con un forastero.

Aunque se la veía atemorizada, me acabó contando que había tenido descendencia con un individuo  local y que una de sus hijas había resultado de gran inteligencia. Explicó que cuando la joven empezó a demostrar sus habilidades la deportaron. Pensé que quizá a mi poblado porque esto encajaba con lo que yo había vivido. Recuerdo que las personas que venían a mi pueblo, eran siempre jóvenes y NO venían con sus padres. Y el caso es que recuerdo la llegada de alguna chica, pero creo que nunca vino ningún chico joven. Ahora lo entendía: los “tontos” que mandaban fuera se iban con toda la familia y los “listos” que venían lo hacían solos. Aunque luego se quedaban al cargo de alguna familia local y se integraban rápido.
Me confirmó que la gente de este poblado son muy simples de pensamiento, y además de que no saben casi hablar entre ellos, no entienden en absoluto el idioma de los amos.
Me confesó que ella misma nunca llegó a conocer bien esa lengua, que todos nosotros entendemos perfectamente.

O sea que en mi lugar originario, aquellos que presentan un nivel de desarrollo mental bajo, ¿los destierran?
Esta fue mi conclusión, porque ella no era capaz de enlazar lógicamente estos conceptos y sacar conclusiones de carácter general. ¿Era esto de las deportaciones una práctica habitual?
Recuerdo a un compañero de escuela, que iba un poco retrasado en las clases y que un día desapareció, junto con sus padres también. Siempre se dijo, y lo creímos, que habían marchado a otro lugar en busca de una escuela adecuada. Ahora pienso que quizá fueron deportados como  le había pasado a esta mujer.
Estaba claro: mi pueblo es de los hablantes/pensantes y el otro es de los limitados o directamente subnormales. Pero, ¿qué nos hace diferentes?
Estuve bastante rato con la amable anciana, hasta que llegó un momento en que por las calles empezó pasar cada vez más gente y ella se puso tan nerviosa que me di cuenta de que ya no podía sacar mucha más información. Me despedí cortesmente quedando en regresar en otra ocasión para tener otra charla. Y salí del poblado de la manera más discreta posible.

Tenía que averiguar algo más, así que durante las siguientes semanas hice nuevas salidas de exploración…

(Continua en parte 2/2. )

esendraga, febrero 2020

 

PONIENTE FUERZA 10

Hace poco me reencontré con mi buen y viejo amigo Rafa, y como es normal entre gente de cierta edad estuvimos rememorando historias juveniles. Yo recordaba retazos de una de sus aventuras que me había contado hace años, y le pedí que me la relatara otra vez.
Transcribo casi literalmente lo que me ha contado.
La foto es de la época y del auténtico Rafa, a quien siempre he admirado por muchas razones que no vienen ahora a colación. Y vista la imagen desde este siguiente siglo, me asalta un cúmulo de recuerdos, quizá para otro relato….

«Siempre he tenido una gran afición por el mar y por la navegación. Pero como suele pasar, la afición no me venía acompañada de forma automática por los medios necesarios…

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Así que frecuentaba el puerto de Cullera y navegaba con amigos mejor dotados de los pertrechos materiales necesarios.

La “aventura” que me dices, debió pasar a finales de los setenta, ¡cuanto tiempo! ¿verdad?

Por aquel entonces navegaba yo con mucha frecuencia en el velero de un amigo. Era un Puma 26, un barco muy marinero y seguro en el que regateábamos y hacíamos pequeños cruceros a Baleares, además de practicar escafandrismo, deporte en el que él me introdujo.
Mi amigo , el propietario, trabajaba por entonces en una cierta empresa y su jefe, el dueño de la misma, le manifestaba interés en probar la navegación a vela, así que un día entre semana me llamó:
—Rafa, este sábado he quedado con mi jefe para llevarlo a navegar y necesitaría que me echaras una mano para que todo salga redondo. Quiero quedar bien y que se lleve buena impresión.
—Vale, cuenta conmigo —Cualquier ocasión de navegar me venía bien. —Las previsiones son de poniente fuerza 4, quizás algo más, pero cerca de la costa el mar estará plano y se podrá disfrutar. Tu jefe va a quedar encantado. Hasta el sábado pues…

Llegado el sábado por la mañana, se hicieron las presentaciones de rigor, todo eran sonrisas. Al subir a bordo el jefe, un hombre que por edad casi podría ser mi padre, parecía interesado y emocionado.
Con seguridad de expertos, aparejamos el barco con foque 2 y la vela mayor con un rizo. Por si no lo sabes, esto de tomar un rizo significa acortar un poco la vela por debajo. Y el motivo era que la última previsión había subido la fuerza probable del viento a 5 con rachas de 6. Hombre un viento de entre 40 y 50km/h es un viento bastante fuerte, aunque los marineros lo llamen oficialmente “viento fresco”. Pues esto para nosotros era lo mínimo que necesitábamos para lucirnos. A los veintipocos uno no se preocupa por nada. Dicen que la sensación de riesgo sólo aparece en los humanos cuando se acaba de desarrollar la corteza prefrontal del cerebro, y nosotros la teníamos todavía bien tierna.

El náutico de Cullera no está a la orilla del mar, sino en el último tramo del río, así es que a buena marcha enfilamos la última milla del Padre Júcar, que es la que hay hasta la desembocadura, todos contentos y esperanzados en una singladura memorable. En esto acertamos sin saber hasta qué punto…
Una vez en agua salada, con viento en popa a toda vela (o casi) empezamos a navegar rumbo a levante, yo al timón y mi amigo y su jefe a la maniobra. O sea, los que iban a trabajar.
Al principio mar casi plano, perfecto. Al jefe parecía gustarle y mi amigo estaba encantado de ello.
Luego, ya un poco más lejos de tierra el oleaje empezó a aumentar y el viento pasó, sin avisar, de “fresco” a “frescachón”. (Si estos nombres te parecen de broma, mira en google “Escala Beaufort” y verás que los marineros son unos cachondos nombrando vientos)
Pero ese rato fue genial. Cuando llevas el viento por detrás, las olas corren más que tú y te alcanzan, de forma que el barco “cabalga” por encima de sus crestas; es como si te llevaran en volandas.
Un barco de 9 metros, haciendo surf sobre olas de 3 metros, con un viento de casi 70km/h empujando tus velas es una experiencia  fantástica.

IN-CRE-I-BLE

Todavía hoy, si cierro los ojos, puedo experimentar esa sensación casi de ingravidez. Parece que las fuerzas de la naturaleza te llevan en palmitas. Yo creo que si el entonces jefe no ha olvidado aquel sábado, recordará ese ir en volandas como el principio de su martirio.
No éramos conscientes de que esas fuerzas eran tan salvajes hasta que pasó lo que ahora te cuento.
No era cuestión de alejarse más de tierra porque el viento era ya una cosa que se ponía muy seria. Aquello había dejado de ser “viento frescachón”, y era más bien un temporal en toda regla. Así, que pese a que teníamos todavía la corteza prefrontal inmadura, nos pareció conveniente reducir el empuje del viento, haciendo un poco más pequeña la vela mayor, esto es  tomando un segundo rizo. Una vez hecho, lo pensamos mejor, a la vista de la cara que se le estaba poniendo al jefe, y haciendo una concesión extra a la prudencia cambiamos el foque por el más pequeño que teníamos, adecuando al momento, que por eso se llama “tormentín”.

La idea era virar 180º y regresar lo más directo posible a puerto, ciñendo heroicamente ese viento de poniente que se empeñaba en llevarnos mar adentro.
Al poco de virar y plantar cara a las olas, el viento ya estaba desbocado. Luego supimos que a esa hora había alcanzado los 90km/h con rachas de 100. Y te confieso que cuando la escala Beaufort apoda al viento fuerza 10 como “temporal duro” ya no están de broma.
El tamaño de las olas era tal que había momentos en que parecíamos estar en una cumbre, viendo desde la cresta de una ola ese paisaje azul y blanco a nuestro alrededor. Con ese nivel de temporal los rociones de espuma te dan en la cara con tal fuerza que hacen realmente daño y no puedes ni mirar en la dirección del viento. Unos segundos después, pareces estar en un pozo, rodeado de agua por todas partes, y sólo se ve arriba del todo un trocito de cielo.
Mi amigo y yo estábamos convencidos de que saldríamos del trance sin problemas. El jefe, con un color de cara muy raro, hacía lo posible por ayudar en las maniobras, el pobre. Menudo bautizo de mar…

Pues ya con la proa hacia puerto, el barco y su aguerrida tripulación negociaban sin desfallecer las olas gigantes que se estrellaban sobre cubierta. Lo que no esperábamos, infelices de nosotros, es que fuera una pequeña pieza metálica, un modesto remache colocado a media altura en el mástil, el que no pudo más y cedió, soltando el también modesto cable que lo fija a uno de los laterales del barco.
Oímos de repente, por encima del bramar del “temporal duro”, un terrible chasquido y al mirar hacia arriba, vimos como todo el mástil y botavara con las velas caía por encima de la borda de estribor y quedaba colgando de la jarcia.  Vaya, lo que sería en cristiano colgando desmadejado de una madeja informe de cuerdas y cables…

¿No dicen de una batalla que se perdió a causa de un clavo mal puesto de los de la herradura del caballo del rey correspondiente? En el caso nuestro casi perdemos la batalla final y definitiva por un sencillo remache…
Menos mal que llevábamos un motor Volvo de 25 CV. Los Volvo no son los más baratos, pero mi amigo lo había elegido por ser “superfiable”.
Cuando te quedas sin velas no hay que quedarse parado al albur del temporal esperando que amaine, sino que hay que dar motor a tope, navegar cara al viento e ir atravesando las olas con la máxima potencia.
Con viento fuerza 10, olas de entre 3 y 4 metros, estando a unas 8 millas de tierra (que en este mar eran muuchas millas), con un mástil que en lugar de estar plantado en su sitio no cesa de golpear el casco, sin velas que nos empujen y con un tripulante de color violeta, ¿qué más puede salir mal?

Pues eso. Que el barco se movía tanto que el gasoil no paraba quieto en el depósito y no llegaba correctamente allí a donde se le suponía había de entrar en un motor superfiable y cumplir con su obligación de llevarnos a la desembocadura del rio con la mayor presteza.
En ese momento supimos que por nuestros medios no salíamos de aquella: a la deriva, atravesados a esas olas enormes el mástil acabaría haciendo un agujero en el casco y fin de fiesta. Llamé por radio al club náutico indicando la posición aproximada e informando de la situación crítica en la que estábamos. ¿Qué otra cosa podía salir mal?

En efecto: contestaron que no tenían remolcador y que con el temporal no iba a salir nadie a buscarnos.
Apagué la radio y subí a cubierta: la noticia no cayó nada bien en mis colegas de infortunio.
La siguiente hora fue alucinante. Cuando uno toma conciencia de que lucha por su vida, los sentidos se agudizan pero la conciencia racional parece que se va de vacaciones.
A cada golpetazo contra el costado del mástil suelto, se nos arrugaba un poco más el estómago, es un decir…

Había que hacer algo. Nos encomendamos a Hércules, el único que en este trance nos hubiera podido echar una mano. Y desde lo alto nos dijo, tan tranquilo, lo que ya sabíamos: cúrratelo y el cielo te ayudará.
Así que pusimos al jefe a sujetar la botavara para evitar que golpeara, mientras los jóvenes intentábamos subir el mástil a cubierta.
El jefe cumplió y aguantó agarrado al trozo de aluminio como una mordaza hidráulica.

Tardamos una hora entera, de las de sesentaytantos minutos, sometidos a sacudidas, bandazos, goterones de agua a casi 100km/h, subidas vertiginosas a las alturas y caídas casi en picado. Sujetándonos como podíamos cuando el barco tomaba una inclinación inverosímil, o las olas barrían la cubierta de lado a lado. Conseguimos finalmente subir los trozos de mástil y amarrar todo sobre cubierta. Nadie cayó y nadie salió dañado. Esto fue casi un milagro de Hércules.
Bueno, me refiero a daños físicos, porque los daños morales van en otra cuenta aparte.

A pesar de que el viento seguía tan bestia y el barco seguía moviéndose a lo loco, a merced de las olas, en ese momento supe que no nos iba a pasar nada: un buen casco como el nuestro, perfectamente cerrado, no se va a hundir por más olas que lo sacudan. Hombre, puede volcar, y entonces es problema es otro. El siguiente pensamiento fue para mi familia y para mi novia. A estas horas tenían que estar llamando sin parar al náutico, a la policía y al servicio de rescate…

Aunque el festival no menguaba, estábamos un poco más tranquilos. Bajé de nuevo a la radio y al conectarla se empezaron a oír las llamadas de un amigo que había conocido mi mensaje de auxilio y había decidido salir a buscarnos. Tenía un barco de 12 metros con un motor potente que, al parecer, sí funcionaba y nos estaba buscando. Nos llamaba angustiado al no encontrarnos. Y no nos veía porque no teníamos mástil y porque un casco blanco es difícil de ver cuando el mar es una superficie de espuma del mismo color.

Al establecer finalmente contacto nos localizó con bastante facilidad. Se trataba de remolcarnos en medio de aquel maremágnum y se situó a distancia suficiente para lanzarnos un cabo.
La tarea no era fácil porque las olas hacían que tan pronto viéramos al otro barco tres o cuatro metros por encima de nuestro nivel y luego lo mismo pero por debajo de nosotros.
Era absolutamente dantesco ver y oír el viento arrancando bocados de agua de la superficie con esa violencia, convirtiéndolo todo en un manto blanco.
No podía acercarse demasiado para que la violencia del mar no nos hiciera chocar. Costó varios intentos, pero finalmente amarramos el cabo a la bita de proa.
Comenzó el remolque y ya nos veíamos calentitos con nuestro café con leche y quizá con una copita de algo en el bar del club, comentando la hazaña.

¿Después de todo lo que habíamos pasado, qué otra cosa, ya, podía salir mal?

Pues que los repetidos tirones del cabo de remolque, lo partieron al poco rato. Otra vez el barco a bailar, otra vez a lanzar cabos de un barco a otro.
Menos mal que alguien tuvo la brillante idea y que en el barco había los medios para materializarla: en el centro del cabo de remolque amarraron un tramo de cadena de esa gorda, como de 20 metros. El peso hundía cadena y cabo en el agua y eso amortiguaba los tirones. Poco a poco, gracias al potente motor del otro barco y al efecto amortiguador de la cadena pudimos regresar a tierra. Durante el regreso, no nos miramos a la cara ninguno de los tres. Cada uno con sus pensamientos y el jefe sentado en un rincón con su tez color añil.

Ya en puerto, estábamos los dos pendientes de la maniobra de atraque, sin decir palabra. La proa estaba ya a un metro del muelle, cuando vi una sombra que pasaba por mi lado como una exhalación, saltaba con increíble agilidad desde el barco a tierra y desaparecía dando tumbos, corriendo por el pantalán hacia tierra firme.

Jamás volví a ver a aquel señor que tan valientemente había sujetado la botavara a riesgo de su vida.
Y jamás me atreví a preguntar a mi amigo por su jefe. Ni siquiera supe si continuó trabajando allí, si lo despidieron, o si simplemente no se atrevió a regresar a la empresa para no tener que mirar a la cara al heroico jefe.»

¡Cosas de jóvenes!

 esendraga, enero 2020

Como esto es una historia real hay una post-data: el dueño del Puma 26, después del día de autos, presentó ante el astillero constructor del barco el obenque con el remache defectuoso, y la firma le proporcionó todo el aparejo nuevo sin cargo. Todo un detalle.

 

NIRVANA II.

(El año pasado comencé a asistir a clases de yoga en el gimnasio que hay al lado de mi casa.
La experiencia se plasmó en https://esendraga.wordpress.com/2019/05/03/nirvana Este curso el profe gimnasta es otro, y ésta es mi experiencia en una de sus clases)

Me siento en la colchoneta. El salón es grande, rectangular. Y dos de los laterales, formando esquina, son íntegramente de cristal dando uno a la plaza y el otro al jardincillo de al lado. Los otros dos laterales son de espejo.

Cuando entro en la sala, el profe ya está sentado sobre su esterilla en la postura que él llama “postura fácil”. Le imito y me siento con las piernas cruzadas. Lo llamo profe y no sé por qué, pero vaya, así me entiendo. 
Tiene puesta de fondo una música un poco monótona en la que destaca un sonido que recuerda a un sitar o algo así. Pero está muy suave y no molesta, sólo ambienta; es una melodía alegre a la vez que serena. No debe ser auténticamente hindú, pero en cualquier caso me parece muy apropiada.
Dudo si quitarme los calcetines para no resbalar en alguna de las posturas, pero decido dejármelos, hace un poco de fresco.
Ya debemos estar todos, el salón casi lleno de gentes diversas que se colocan en su sitio. Algunos comentan entre ellos…

—Buenos días, ¿qué tal? Un poco nublado, ¿no? Vamos a comenzar la práctica.

 Él levanta la mirada, abarca a toda la sala, sonríe. No es muy alto, pero parece que se crece como yogui. Los murmullos cesan casi por completo. El tipo es gracioso. A menudo está serio, pero da la impresión de que siempre esconde una sonrisa. Y ese pelo de punta que lleva… Pasa un dedo sobre el móvil que tiene a su izquierda y la música baja de volumen un poco más. Lo tiene controlao. Y cambia a otra melodía donde predomina una voz femenina, suave.
Cierro los ojos.
Todos nos vamos colocando bien, en esa postura fácil. Bueno, eso de fácil será para él…

—Voy bajando de mi mente a mi cuerpo. Voy a fijarme en mi respiración, inhalo y exhalo  por la nariz.

Noto un movimiento a mi derecha y entreabro los ojos. A mi lado está acabando de situarse una mujer. Miro el reloj de la pared y en realidad no ha llegado tarde, es que estamos empezando justo a la hora. Vuelvo a cerrar los ojos. Estos pensamientos que me asaltan los tengo que ir apartando, o más bien dejarlos pasar sin hacerles mucho caso. Esto ya me lo sé de otros días anteriores…

 —Hago una respiración larga, profunda. Una sensación de calma inunda mi cuerpo. Siento cómo mi mente, poco a poco, se va acallando, mi cuerpo se va aquietando.
Dejo de lado todo el ajetreo, las tareas. Me centro en el aquí y el ahora, me centro en mi respiración.

Creo que se ha dejado bigote y no nos hemos dado cuenta. Seguramente ha estado un tiempo sin afeitarse y luego se debe haber recortado la barba, pero un poco menos el bigote, de forma que ahora resalta sobre el resto…

—No me distraigo con esos pensamientos que me asaltan, que me abordan.

Vale, tomo nota…

—Veo llegar esos pensamientos, esas inquietudes, no los rechazo, pero no me apego a ellos, los dejo pasar. Al igual que miraría la llama de una vela, sin juzgarla, así he de hacer con mis pensamientos.

Al hablar, tiene una entonación muy personal, bastante eufónica. No como esos periodistillas de telecinco o teleseis que acaban las frases hacia abajo. Él termina un poco en alto, pero con una breve y muy ligera inflexión final hacia abajo.

—Movilizo los hombros una vez.

Y hace esto en cada parte de una frase, como si pusiera una coma. O quizá es una pequeña pausa para darnos tiempo a pensar en lo que ha dicho…

—Ajusto mi postura, con lectura de mi cuerpo.

Lo ha entonado justo como yo esperaba: en “postura” ha hecho ese final en alto y al terminar la frase, otra vez…

—Pies, muslos e isquiones, bien enraizados en la tierra. Abdomen ligeramente contraído.

Intento hacer lo que dice. Lo intento, pero eso de pensar en tantas cosas al mismo tiempo, cuando por otra parte tenemos que evitar pensar…

—Mentón paralelo al suelo, y algo retraído. Brazos cuelgan a los lados apoyados en los muslos o en las rodillas. O bien palmas hacia arriba practicando algún mudra.

El otro día tuve que goglear esto de “mudra”. Son diferentes posiciones de manos y dedos, como eso de hacer un anillo con índice y pulgar que se ve en las imágenes de buda. O la de poner los dedos…

—Espalda recta, coronilla se proyecta hacia arriba, alargando mi columna. Estoy pensando en mi respiración. Crezco, con cada exhalación.

Me intento concentrar, pero antes echo un vistazo y tanto él, como la gente de alrededor tiene los ojos cerrados.
Cierro también los míos e intento crecer con cada exhalación. Me concentro en ello y al cabo de un momento me parece que realmente soy un poco más alto, y a cada respiración más alto todavía. Veo a los demás desde arriba, casi desde el techo. No me he elevado, sino que ahora soy muy alto, muy grande. Raro, un tipo muy grande en medio de toda esta gente… Me asalta la imagen de mí mismo como si fuera ese genio de la lámpara de una película de dibujos, ese tipo enorme y azul. Y enseguida el souflé de mi elevación se desinfla y vuelvo a ras de suelo, y a mi color normal y a mi tamaño habitual…

—Vamos a practicar la respiración cuadrada.

Y nos explica en qué consiste. Se ve que es un tipo de “pranayama”. Otra cosa que habrá que goglear. La verdad es que con esta respiración tan lenta, casi entra uno en apnea y claro, cuando el % de CO2 empieza a subir en los pulmones, el cerebro abandona pensamientos superfluos y se centra en intentar algo para que entre más oxígeno. Pero aquí está la voluntad del yogaire, para desactivar ese sistema automático…

—Repetiremos doce veces, cada uno a su ritmo.

Entreabro los ojos. Él está de cara a todos nosotros y de espaldas al ventanal que da al jardín. Afuera el tiempo está gris, pero el color del follaje de estos árboles es precioso. Siguen verdes gran parte de las hojas, pero muchas de ellas han virado a ocres y amarillos de variados tonos. Precioso para una foto.

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(La foto es de varios días después, cuando la mitad de las hojas bonitas ya se habían caído)

Ya estamos otra vez: mi cabeza haciendo caso a esos pensamientos que vienen. Dejaré lo de la foto para otro día…
Hago la respiración cuadrada lo mejor que puedo. Me doy cuenta de que puedo acompasarla con el fraseo de la señora que canta suavemente su letanía por los altavoces. No sé si se habrá elegido la música adrede o será casualidad, pero a mí me viene bien tomar los compases de la melodía como referencia. Me concentro en ello…

—Poco a poco voy activando mi cuerpo iniciando el calentamiento.

Lo que pasa es que si no hago la foto pronto, estas hojas tan bonitas acabarán en el suelo y adiós foto, con lo que me gustaría…

—Mi mentón, va hacia el esternón.

Esas tonalidades siempre gustan y son muy resultonas…

—Ahora, mi mentón, va hacia el cielo. No dejo caer la cabeza hacia atrás, es mi mentón el que se eleva. Inhalo arriba, exhalo bajo.

Seguimos con ejercicios de cuello, ahora laterales.

—No fuerzo, escucho mi cuerpo.

Yo entiendo lo que dice. Pero lo que él no sabe es que un cuerpo de “persona mayor” sometido a una práctica de yoga no te habla, te grita. No puedes hacerte el sordo a su desesperada reclamación de abandonar la postura fácil o de parar la práctica ya mismo. Pero aquí estamos…

—Giro la cabeza a la derecha inhalo. Exhalo, paso por el centro e inhalo hacia el otro lado.

Al girar la cabeza a la derecha abro los ojos un poco. Casi detrás de mi está un vecino a quien no vi al entrar. Está concentrado, ojos cerrados. Vale, tomo nota, y cierro los míos…

—Mano izquierda sobre rodilla derecha, la mano derecha, la coloco en el suelo, detrás y noto el giro de mi torso. Mantengo el cuerpo erguido.

En uno de los giros a izquierda vuelo a entreabrir los ojos y echo un vistazo a los condiscípulos. Casi todo mujeres, jóvenes, medianas, mayores y muy mayores. De todos tamaños y morfologías. Algún chico joven, atlético. Y varios señores mayores, también de diversos tamaños y colores, entre los que me temo estoy incluido. Me gusta esta mezcla democrática-igualitaria de gente de todo tipo y casi de toda condición. Aunque la única condición que de verdad compartimos todos los asistentes es la suerte de tener libre un día laborable de 0930 a 1030, lo que no está al alcance de cualquiera. 

—Ahora haremos unas rondas de saludos al sol.

En estos saludos al sol, cuando toca plegarse, como muy abajo, me llegan las puntas de los dedos a más de dos palmos del suelo si no doblo las rodillas. ¿Óxido, falta de engrase? Creo que será porque no he hecho casi ejercicio físico en el último medio siglo. Y medio siglo es mucho. Son 50 vueltas al sol y algo así como 50×300 === 15 y tres ceros, más de 15.000 días…

—Inhalo, arriba. Exhalo, manos al pecho.

A cada bajada intento plegarme más, pero la bisagra da lo que da. Concentrado en el esfuerzo que me cuesta, ya he perdido la cuenta de las rondas de saludos…

—Ahora haremos dos rondas más, y un poco más dinámicas.

Cada vez que dice lo de bajar en “chaturanga” me hace gracia: tengo que buscar qué significa, pero parece que es como las flexiones clásicas…

—Uno más y nos quedamos en perro boca abajo. Disfruto de esta confortable asana.

En el último de los saluditos, los brazos ya me arden, y ya no puedo más de estar como perro boca abajo. Y eso que es interesante mirar hacia atrás, por entre tus propias piernas. Nadie ve si miras porque todos miramos hacia atrás….

—Aguantamos una respiración más. Larga y profunda.

A la siguiente ronda miro atrás y veo varias nucas, pelos cortos, largos, morenos, rubios, sueltos, colas de caballo. Es el mundo visto del revés. Ya a punto de desplomarme miro al fondo por el espejo y veo a una señora que, entre el compás de sus piernas, me mira cómo la miro…

—Ahora, podéis apoyar la frente en el suelo, vientre sobre vuestros muslos. Los brazos a lo largo de vuestro cuerpo. Notad como la respiración…

Menos mal que nos deja descansar un poco en posición fetal boca abajo, sobre la colchoneta.

—Ahora, sí. Podéis sonreír. Nadie os ve.

Hay un rumor general y alguna risilla. Le hago caso y sonrío al suelo, me gustaría ver mi expresión. Debo parecer bastante lelo con este rictus. Un móvil grabando video desde bajo a través de un agujerito en la colchoneta, estaría gracioso…

—Respiración lenta y profunda.

El otro día hicimos saludos a la luna. Y comentó que el motivo era porque al día siguiente estaría llena…

—Ahora, de pie, sobre la parte delantera de la esterilla.

Miro de reojo el reloj. Falta casi media hora. ¿Qué?, ¿todavía treinta minutos? No se si aguantaré hasta el final.
La música sigue suave y me resigno. Parece como canto gregoriano, pero con voces femeninas…

—Pie derecho atrás, rodilla izquierda sobre tobillo izquierdo.

Este muchacho es bastante flexible y está fuerte, aunque no tiene el aspecto típico de supercachas de gimnasio…

—Observo la apertura de mis ingles, miro al frente. Siento, la fuerza del guerrero, de la guerrera que llevo en mí.

Cuando la posición del guerrero se me hace ya difícil de aguantar, aparto la mirada de mis dedos extendidos y giro la mirada hacia él. Está firme en la postura, mirando a su vez por encima de los dedos de su mano extendida, con energía. Detrás de él y más allá de los ventanales, el paisaje otoñal con su cielo gris. No me tengo que olvidar de hacer foto a las hojas de esos árboles antes de que se caigan. Mis brazos ya no aguantan más en la postura, y voy a dejarlos caer, como las hojas. Pero en ese momento el profe se yergue y nos indica que nos mantengamos durante un par de respiraciones más, antes de pasar a la siguiente asana. Aguanto como puedo. Noto una gota de sudor cayendo por mi espalda y, por lo que veo a mi alrededor, no soy el único y todavía faltan 20 minutos…

Mi parte consciente se va apagando en los siguientes ejercicios, porque la supervivencia es lo primero, y la cuestión es llegar entero hasta la última asana…

—Nos tumbamos boca arriba, los brazos a lo largo del cuerpo…

¡Menos mal, ya llega la parte que más me gusta!

—Tomaremos, unos minutos de relajación, antes de despedir la práctica. Si alguien quiere cubrirse, es el momento. Abandonamos el control muscular.

Le hago caso, trato de relajarme y de apartar los pensamientos que me empiezan a llegar nuevamente…

—Los pies caen a ambos lados, las manos abiertas con palmas hacia arriba.

 Intento tomar conciencia de todas las partes de mi cuerpo, pero sin llegar a moverlas. Probad y veréis que no es tan fácil.

Le oigo pasear entre los asistentes. Se detiene no muy lejos de donde yo estoy y comienza a decir un pequeño cuento. Supongo que lo debe leer en el móvil. Escucho atentamente el cuento de la taza de té. Lo recita con voz decidida, pero bastante suave, con esa entonación tan personal.

—… cuando la taza rebosó, el sabio, aparentemente distraído, siguió vertiendo la infusión de manera que el líquido se derramaba por la mesa.

Nos lee historias cortitas, sencillas, pero tienen su miga. Deben ser clásicos del género, que te inducen a una pequeña reflexión.

—El sabio le respondió: «Usted es como esta taza, llegó aquí colmado, de opiniones y prejuicios. A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada»

Nos deja un par de minutos para que cale en nosotros la lectura y luego nos incorporamos poco a poco. Ahora, ya sentados, despedimos la práctica. Juntamos las manos ante nuestro pecho. Hacemos una ligera inclinación.

—Muchas gracias por compartir esta práctica. Namaste —Dice con una sonrisa.

Y terminamos con un breve aplauso de cortesía.

—Me gusta este chico, es gracioso —comenta mi amiga Tere mientras salimos.

esendraga, enero 2020.

DESENFOQUE

Comparto esta semana un video que elaboré hace ya un tiempo.
No es un video cualquiera, por lo que para verlo y entenderlo hace falta prepararse antes.

Lo más importante es que cada usuario lo podrá ver solamente una vez. No hay segundas oportunidades.

Lo que no veas o sientas esa única vez, te lo has perdido, y sólo dura 39 segundos.

Defocusin

Este video y la vida en general, son un poco raros.
Nos damos damos cuenta de que el pasado ya no existe, y de que es sólo una sombra que nos queda en el recuerdo, la imagen desenfocada de algo que fue.
Y sabemos que el futuro no es nada, sólo una borrosa intuición de algo que puede llegar a ser.
El presente tampoco es más que una transitoria situación, que de inmediato se transforma en pasado.
Si parpadeas, te lo pierdes.
El tiempo avanza, siempre hacia adelante y siempre más rápido de lo que querríamos.
Se nos escurre entre los dedos, como arena fina.

Creo que nunca podemos ver el cuadro de nuestra vida con claridad.
Quizá, al final, en ese momento imprevisible pero inevitable, podamos entreverlo como una imagen borrosa de todo nuestro pasado, sin brillo ni detalle.
Creo que nos podremos sentir felices si, llegado el momento de esa última visión, somos capaces de percibir en el conjunto un cierto sentido, una mínima harmonía…

Aprovechemos mientras podemos: miremos y sintamos.

https://drive.google.com/open?id=1yTJtrf2gFpZJgSDp41tFkB9_Tig6ZxKm

esendraga, diciembre 2019

(Imágenes originales de unas margaritas silvestres, tomadas con una Fuji compacta de 2006. La música es un extracto de “Lonely Woman” de Pat Metheny. Una pieza preciosa, por cierto, que se encuentra fácilmente en youtube. Nota: para que luzca se tiene que escuchar sin prisa)

VALENCIA, 1936. ERNESTO TIENE 11 AÑOS

Para ser más exactos, es diciembre del 36. Y Ernesto en realidad tiene 10, pero cumplirá 11 la semana que viene.
Está sentado en el borde de una gran mesa, balanceando sus piernas con sus calcetines altos de cuadros. Los cordones de uno de sus zapatos está suelto y también se pendulea, colgando.
La mesa, llena de patrones y de telas, está en una sala del entresuelo de un edificio céntrico, muy cerca de lo que, con guasa, ahora llama la gente “El Casal dels sabuts”. Este casal no es otra cosa el Hotel Palace, que hace poco se ha convertido en la Casa de la Cultura, donde están tomando sitio los intelectuales del momento que vienen huyendo del Madrid asediado.

El niño pasa ratos en esta casa y le encanta curiosear en el taller y ver cómo se trabaja. Esta tarde, mientras espera que venga su abuela a por él, está entretenido viendo cómo Elvira acaba de hilvanar las costuras laterales de un pantalón de caballero. Elvira tiene unas cuantas aprendizas en el taller por las mañanas, pero por las tardes trabaja sola.

papa moda
(Dibujo del propio Ernesto, hecho unos años más tarde)

Desde que ha empezado el curso Ernesto ha quedado en Valencia, al cuidado de su abuela y su tía, mientras que sus padres y hermanos pequeños siguen en Burjasot, donde se trasladó la familia a final del verano en vista de los tumultos y disturbios que se producían en la ciudad. El padre ha alquilado una casa, en ese pueblo cercano a la ciudad, con corral trasero y salida directa al campo.

Esta tarde su tía, que es practicante, tiene trabajo en el hospital y su abuela unos recados que hacer, de forma que lo han dejado un rato en casa de Elvira, una amiga y vecina de toda la vida.
Es una mujer sorprendente, divertida, quizá algo excéntrica, pero estos son tiempos revueltos.
De repente alguien da unos golpes en la puerta, bruscos.
—¡Vieja, abre! —Dice una voz ruda.

Ernesto, sorprendido, deja de balancear sus piernas y Elvira tras levantar un momento la vista de su labor, reemprende la costura porque le quedan sólo dos o tres puntos para acabar el hilván que la ocupa.

Cuatro golpes más.
—¡Vieja, sabemos que estás ahí. Abre la puerta!

Elvira da la última puntada. Con tranquilidad clava la aguja en el acerico, deja el dedal en el costurero que tiene a su derecha y se dirige a la puerta. Al pasar junto al niño le hace un solo gesto que Ernesto entiende claramente: tranquilo, ya verás que no pasa nada, quédate quieto donde estás. Y camino de la puerta la sigue el revoloteo de su bata de seda, verde con hojas ocre como motivo decorativo.

En efecto, son tiempos revueltos y aunque la situación se ha tranquilizado, todavía se producen requisas, unas más o menos justificadas y otras que son meros robos.
Apenas abre la puerta, desde fuera empujan con fuerza y mientras Elvira tiene que retroceder aparece un miliciano con su mono azul, sus correajes y su cara mal afeitada.
—¡Vieja, sabemos que tienes una máquina de coser y venimos a requisarla en nombre del pueblo! —Dice el hombre, con la mano sobre la culata de su pistola, plantado delante de la mujer.

Elvira lo mira de arriba abajo. Mientras, él repara en el pequeño Ernesto.
—¿Quién es ese? —Dice el miliciano señalando al niño, que para en seco su balanceo de piernas, aunque el cordón sigue penduleando un momento.
—Un amigo, ¿qué pasa?

El otro va a responder, pero recuerda su misión principal, abandona el asunto del niño y vuelve a dirigirse a Elvira.
—¡Bueno, ya está bien!

El hombre pasea la mirada por la sala, buscando algo. Está la gran mesa con su lámpara de araña encima, sus rollos de tela, los patrones y unas tijeras enormes en el centro. A un lado varios puestos de trabajo con sus sillas bajas y sus costureros, y al fondo el ventanal que da a la calle con unas elegantes cortinas, muy burguesas. No hay trazas de ninguna máquina de coser.

Ernesto sabe bien que en una habitación contígua hay tres, dos antiguas y una más moderna. Y a él le encanta ver cómo las chicas cosen en ellas. A veces le dejan hacer canilla en una de las viejas y se queda fascinado de la rapidez con la que el hilo pasa de la bobina grande a la otra en miniatura, hasta que el automatismo dice ¡Basta! y salta el mecanismo que desembraga el arrastre.

El hombre se vuelve hacia la puerta:
—¡Compañeros, vamos a buscar la máquina, que me sospecho que a lo mejor tiene más de una!

Entonces Elvira se da cuenta de que por la puerta asoman otras dos caras, la de un joven de pelo rubio y la de un hombre mayor con boina.
Elvira se planta en jarras y se crece:
—¡De aquí vosotros no os vais a llevar nada! Así que ya os podéis ir yendo por donde habéis venido.
El miliciano la mira fijamente desde arriba, dada la diferencia de estatura. Y lentamente desenfunda su pistola. Ernesto detiene un momento el balanceo de sus piernas; no es la primera vez que ve un arma, pero no tan cerca y tan amenazadora como la que tiene el miliciano en la mano. Mira a Elvira y la ve tan tranquila y serena que se relaja y procura concentrarse en prestar atención a este espectáculo exclusivo, al que asiste en primera fila.

—Mira vieja, necesitamos máquinas de coser y ahora mismo nos vamos a llevar la tuya, quieras o no quieras, así que aparta de en medio y nosotros nos encargamos.
Con la punta del cañón, aunque con cierta suavidad intenta apartar a la mujer. Pero ésta no se mueve.
—Miliciano, yo no sé quién eres, pero debes saber que ahora mismo estoy esperando al chófer de Largo Caballero que viene a por unos encargos. Así que tú verás.

El hombre la mira con desconfianza. Hace cuatro semanas el gobierno de la república se ha trasladado en pleno a Valencia, y quizá pueda ser cierto que el chófer del presidente tenga que venir a este taller de sastrería, costura o como se llame. Pero él quiere creer que ésta es solamente una vieja arrogante que seguro que ha estado cosiendo para los ricos y para los fascistas, y que ahora quiere marcarse un farol.

—¡Embustera! —Mira hacia la puerta y grita. —¡Compañeros, entrad y vamos a por la máquina!
Se encara con Elvira, que le estaba bloqueando el paso, mirándolo a la cara desde su baja estatura. Pero, de repente, la buena mujer se lo piensa mejor y se hace a un lado:
—En la habitación del fondo. —Le indica con la mano en un tono muy conciliador— Haced lo que queráis pero luego ateneos a las consecuencias…

El hombre la vuelve a mirar. Luego mira al niño que tranquilamente le devuelve la mirada sin dejar el balanceo de sus piernas. Al hombre le gustaría que su hijo pudiera tener unos zapatos de cordones, tan sólidos y abrigados como los de este amiguito de la vieja…

Sus secuaces no han llegado a entrar, parece que dudan o esperan la decisión final del jefe.
La vieja está sospechosamente tranquila y esto también le hace dudar a él mismo.
Elvira se ha colocado junto a Ernesto, apoyada en el borde de la gran mesa, los brazos cruzados sobre el pecho cerrando por delante la bata verde de seda, esperando la decisión del matón con esa aparente tranquilidad un poco burlona.

Refunfuñando el miliciano se da la vuelta:
—¡Puta vieja! Ahora nos vamos pero te aseguro que volveremos a por la máquina.

Mientras enfunda otra vez la pistola en su cinto, dice a sus dos secuaces:
—¡Vámonos que ya hemos perdido demasiado tiempo con la vieja!

Y con una mirada furibunda a la extraña pareja, la vieja y el niño, sale dejando la puerta abierta.
Se les oye bajar a los tres, atropelladamente y sin decir palabra.

Elvira, antes de ir a cerrar la puerta mira al niño y, todavía con los brazos cruzados, le dice:
—¿Lo ves? No hay que perder nunca la calma. Ya vinieron otros hace un tiempo y se fueron de vacío. Puede que vuelvan de nuevo, pero de momento voy a seguir con el trabajo.

Mientras se aleja con decisión hacia su silla, la bata de seda verde con decoración de hojas ocre ondea tras ella.
Sin mirar atrás termina:
—No creo que tu abuela tarde mucho… ¡Ah! Y átate el cordón del zapato cuando bajes de la mesa, no vayas a tropezar.

Mi padre nunca supo si era verdad lo del chófer de Largo Caballero, o si fue un farol muy atrevido.

Y tampoco tuvo noticias de si, al final, alguien conseguiría llevarse las máquinas de coser del taller de la buena de Elvira.

esendraga, noviembre 2019

AVE. TENGO UN MENSAJE PARA LA SEÑORA DE LA CASA

Llaman a la puerta y abre el niño, que llega hasta la entrada desde el fondo de la vivienda, corriendo detrás de su aro con el palo guía en la mano.
Es un desconocido que dice:
—Ave, traigo un mensaje para el amo de esta casa.
—¡Madre, es un hombre que trae un mensaje! —dice girando la cabeza hacia el interior, sin abandonar su posición en el umbral ni su palo en una mano ni el aro en la otra.
—Dile si puede salir —Sugiere el hombre en voz  baja.
—¡Mamá, que si puedes salir!

Ave

Desde dentro se oye:
—Dile que pase, que tengo las manos ocupadas.
—Que dice que pases —Retransmite el niño, mientras franquea el paso al señor que ha llamado.
El desconocido inicia la entrada sin decir nada.

El niño cierra la puerta detrás de él pero rápidamente se pone delante y le antecede en la marcha por el pasillo. Llegan al patio interior y junto al pequeño estanque, lleno a rebosar, hay una mujer agachada recogiendo con un cántaro el agua de lluvia. Tiene otro cántaro, que debe estar lleno, húmedo, plantado junto a la pared. Un poco más allá hay en el suelo, en un rincón, un caballito de juguete un poco tosco hecho de madera, con una rueda en cada pata y un cordel como ronzal para tirar.

Cuando la mujer levanta la cabeza se sorprende al ver que el forastero ya está dentro. Deja la vasija en el suelo y se endereza. Hace un gesto muy natural para poner en su sitio la fíbula, que se le ha descolgado dejando el hombro a la vista cuando se ha agachado con los cántaros. Se encara con el recién llegado un poco azorada, pero cuando habla, su voz es firme.
—Ave, forastero, ¿qué se te ofrece?
El forastero la mira, ve su sencilla túnica, se fija en la vulgar anilla de madera que se acaba de recolocar bien sobre el hombro y piensa que está frente a una criada.
—Ave —responde —quiero hablar con el señor de la casa.
El niño, rápido de reacción, se pone al lado de su madre y dice muy seguro:
—¡Mi madre es la señora de esta casa!

El forastero lo mira a los ojos, y luego de arriba abajo a la madre, que le devuelve la mirada muy seria. No es una niña pero no tan mayor como para hablar y comportarse con esa seguridad, y más si es una criada, como él supone. Bastante guapa, por cierto, piensa.
—Mira, no es mi intención molestar pero quiero hablar con el dueño de esta casa, así que por favor llama a tu amo y dile que tengo una cosa importante que decirle.
Madre e hijo se miran como si no entendieran. El hijo da discretamente un pequeño paso lateral y se aproxima al costado de la madre que al notarlo junto a ella, sin prisa, le pasa el brazo sobre los hombros.
—Mira, forastero, esta es mi casa y te pido que si tienes algo que decir lo hagas ya o, si no, márchate de inmediato.

El forastero se queda dudando, mira alrededor. Es una casa de las afueras, de un tamaño medio y no especialmente lujosa, pero bastante nueva. Este primer atrio con el impluvium no está mal, con un bonito mosaico en el fondo del estanque. Y estirando el cuello entrevé al fondo, a través del pasillo, un peristilo bastante elegante. También ve cómo asoma de la cocina con curiosidad una mujer de edad, muy morena de piel con un pañuelo en la cabeza, una criada africana seguramente.

AveMosaico
La señora de la casa, incómoda, retoma la palabra:
—No sé si eres siervo u hombre libre, pero si traes un mensaje serás un mensajero, así que sal por donde has entrado y dile a quien te manda que te enseñe modales, y si el mensaje es importante que mande a otro.

El forastero, que al principio le sostenía la mirada, mira ahora hacia abajo. Él es nuevo en esta zona de las afueras y no quiere indisponerse nada más llegar.
—Te pido perdón, señora. ¿Podría hablar con tu esposo o el hombre de la casa?
—Te digo que esta casa es mía —aquí hace una pausa para ver el efecto de esta afirmación tan categórica, y continúa con voz un poco más suave —y te repito que des media vuelta ahora mismo y salgas de aquí.
El forastero se da cuenta de que va por mal camino.
—No soy un mensajero, soy un ciudadano… No estoy acostumbrado a que una mujer sea la dueña de una casa como ésta… —dice en tono como de excusa.
La mujer lo mira, y mira luego a su hijo que eleva la mirada hacia ella.
—No sé si aceptar lo que dices como una disculpa, pero intenta decir lo que tengas que decir y podremos terminar esta conversación de una vez

Al hombre no le hace gracia que le hable así una mujer. En su entorno se limitan a callar y otorgar, pero ésta se cree alguien.
—Mira, hace poco he comprado una finca cerca de aquí y quiero hablar los propietarios de este lado del valle y hacerles una propuesta, que seguro será de su interés.

Ahora, la señora, mentalmente concuerda lo que dice el forastero con algo que le contaron días atrás. Este debe ser quien ha comprado la casa de un compañero de su marido, que ha marchado con la familia para vivir en Britania, por cierto lo más al norte del imperio. Le dijeron que el comprador era un artesano rico de la ciudad que había decidido dejar el trabajo y vivir de rentas, como un señor. Y que estaba moviendo los hilos para cambiar el camino común que pasa junto a las fincas.
—Entiendo —dice la señora — Pues te diré que en esta zona son muchas las casas de soldados casi todos oficiales de la legión, que han quedado al entero cargo de las esposas, así que si vas a vivir por aquí, ya te puede acostumbrar a tratar con mujeres. Dime exactamente qué es lo que quieres.
—La verdad es que como no es nada urgente, preferiría esperar a que regrese tu marido.

Al oir mención a su marido la señora aprieta suavemente el hombro de su hijo antes de demorarse un momento y contestar:
—Pues en verdad te digo, que para ser nuevo aquí, has empezado mal. Deberías haberte informado antes de venir a mi casa. Mi esposo murió como un héroe en la batalla de Lugdunum, así que si quieres algo, piénsalo mejor y vuelve otro día. Ahora me permitirás que siga con mis asuntos.

El forastero no es un hombre refinado, pero se da cuenta de que no tiene más remedio que ceder ante esta mujer, así que murmura una despedida, se da media vuelta y sale por donde ha entrado.

El niño mira hacia arriba, hacia su madre. Ella sigue con semblante serio viendo cómo el hombre sale de la casa. Está cansada de que mucha gente no acepte que ahora ella es la responsable de todo, de la casa, de su hijo, de los siervos, del campo, y no piensa tomar marido ni nada parecido sólo para tener un hombre que responda por ella.

Luego dulcifica el semblante y baja la mirada hacia el chiquillo. Le sonríe mientras apunta con la ceja en la dirección por donde ha desaparecido el visitante y le dice con seguridad:
—Se va tener que acostumbrar a tratar conmigo y con todas las mujeres que están al cargo de sus haciendas. Ya verás cómo éste vuelve… Bueno, no vendrá él, yo creo que mandará seguramente a un criado para convocar una reunión o pedir una cita.
Luego añade con un guiño:
—¿Cuánto de apuestas?

El niño sonríe porque sabe que su madre es más lista que cualquiera, así que se despreocupa inmediatamente del asunto, lanza su aro y sale a la carrera otra vez. La madre toma los cántaros del suelo y ve a la cocinera asomada todavía a la puerta de la cocina.
—¡No seas cotilla y vuelve a lo tuyo, Bruna, aquí ya no hay nada que ver, el circo ha terminado!

«Tercer dia previo a los idus de abril»

Cuando llaman a la puerta, están la madre y el hijo haciendo unas sumas con el ábaco, sentados en una misma banqueta uno junto a otro, a la sombra. Ella tiene gran empeño en la educación de su único hijo, y el niño aprende rápido porque lo toma todo como un juego.

Cuando se oye la aldaba el niño sale como un rayo hacia la puerta mientras la madre lo sigue atenta con la mirada.
El muchacho abre e identifica inmediatamente a quien llama como un criado, y éste ya empieza a recitar como un papagayo:
—Ave, traigo un mensaje para la Señora de la casa.

El niño piensa que esto es un buen cambio respecto a la visita de días atrás. Como él ya sabe de parte de quién viene, tiene instrucciones detalladas que su madre le ha dado para el caso: se yergue todo lo que puede para parecer mayor y le pide al visitante que le exponga el asunto. El criado no duda y repite la instrucción que trae:
—Mi amo pregunta si la Señora tendría a bien recibirle mañana, a la hora de undécima, para tratar con ella de un importante asunto.
El niño responde muy educado.
—Gracias por el mensaje. Dile a tu amo que la Señora no recibe visitas después de la hora de nona. Dile que si le viene bien, lo esperará a esa hora.
El criado se queda un poco sorprendido de que un niño a las órdenes de una mujer le diga a su amo cuándo puede o no puede ir a ningún lado, pero él no es quien para pensar: asiente, toma nota mental, se despide y sale e buen paso camino abajo.

Cuando el muchacho cierra y se gira, ve a su madre que lo ha oído desde el patio y se sonríen mutuamente.
Mientras el niño vuelve a su taburete la madre, como quien no quiere la cosa, comenta:
—¿No te lo dije? Ya has visto cómo ha cambiado nuestro nuevo vecino. Con sólo conocernos ha pasado en poco más de una semana, de venir avasallando a pedirnos permiso para venir. Y ya verás cómo esto es sólo el principio.

El niño percibe que hay un posible conflicto en ciernes, pero no entiende el trasfondo de algunas cosas de los mayores. En cualquier caso, confía plenamente en su madre y sabe que ella resolverá cualquier problema que se presente.

Recoge el ábaco, mira con detalle la posición en que quedaron los cálculos y pregunta:
—Madre, teníamos aquí un IV. ¿Querías que le sumara III?

La madre asiente. Y el niño apoya el dedo índice en el primer cálculo negro de la primera columna y mientras piensa un instante, va aumentando la presión sobre la pieza de mármol hasta que en el momento en que se siente seguro del movimiento, con sólo una pequeño empuje la fuerza acumulada en su dedo baja la pieza de repente dando un golpe seco contra el travesaño central, que resuena en el patio. Y enseguida su pulgar empuja con seguridad hacia abajo los dos últimos cálculos blancos.
Muy seguro de sí dice:
—¡A que lo he adivinado!
Ella lo mira pensativa, le recuerda mucho al padre y quiere creer que cada día se le parece más. Y le sonríe.

Pero espera que el mundo de su hijo sea diferente, sea mejor.

esendraga, octubre 2019

SON LAS 01:10. LA UNA Y DIEZ

—¿Qué más? —Pregunta. Nadie le responde.
—¿Qué más? — Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con una bolsa de plástico llena de tomates de pera.
Su mujer medio se ha despertado y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…
No abre los ojos, pero se queda un momento quieto y se sitúa mentalmente; pues no, no está en su parada del mercado, sino en su cama,  en su casa.

Pasqual
A tientas lleva su mano hasta la mesa de noche y aprieta el botón central del móvil, que ilumina la habitación. Lo gira un poco hacia sí y lee 01:10. La una y diez.
La luz de la pantalla se apaga a los pocos segundos y le deja grabados en la retina los dígitos durante un momento. Tenía puesto el despertador a la 01:45, pero se ha despertado antes de la cuenta.
Su mujer se ha vuelto del otro lado y respira profundamente. Quizá él pueda dormir un poco más. La casa está en silencio, sin más ruido que los crujidos que, de vez en cuando, hacen el tejado o las vigas al contraerse por los cambios de temperatura. Aguanta cinco minutos en la cama, pero se convence de que ya no va a poder dormir. Además, ayer no tuvo tiempo de barrer por dentro la caja del furgón. Bueno no tuvo tiempo o le faltaron las ganas. Esta media hora le puede venir bien si la aprovecha. Podrá salir temprano hacia el mercado de abastos, porque él es de los que gustan de llegar pronto. Hay menos compradores, puede aparcar más cerca de los muelles y cree que llegando temprano puede conseguir mejor mercancía a mejores precios. Aunque sabe que no siempre es así, pero de todas maneras prefiere llegar temprano.

Está cansado. Se acostó antes de las diez y cayó redondo, como una piedra. Pero sabe que tres horas de sueño no es suficiente y que necesitaría un rato más de descanso. Hasta cumplir los cincuenta llevaba bien lo de dormir poco, pero ahora ya no es lo mismo. Hace siesta casi todas las tardes, pero no llega a recuperarse por completo.
En cualquier caso, respira hondo, se encuentra bien, se hace el ánimo y se levanta con cierto cuidado para no despertar a su mujer.
Sale y cierra la puerta. En la última reforma de la vieja casa de sus padres, construyeron junto a su dormitorio una especie de antesala, como vestidor y con acceso a un cuarto de baño. Entra, orina, se lava la cara y las manos, y se pone desodorante. Se suele duchar por la noche para no perder tiempo por la mañana. En un cajón tiene camisetas y pantalones cortos amontonados por separado. Casi sin mirar coge la primera prenda de cada bloque y se las pone. Bajo una silla tiene las zapatillas deportivas. La billetera, el carnet y un pañuelo están siempre en un platito de cerámica que vino de algún sitio o que alguien les regaló, nunca lo ha sabido.

Baja a la cocina y se pone en un vaso todo el café que queda en la cafetera. Su mujer toma un buen tazón antes de acostarse y le deja e él la mitad para la mañana. Abre la caja de las galletas y saca un par. Hoy toca mercado en Castelló y el bar cercano hace buenos almuerzos, de forma que repondrá fuerzas allí a media mañana. Mientras desayuna, abre la puerta que da al porche, se asoma y mira la noche. Es agosto y todavía se nota el calor del día anterior. Pero desde las montañas costeras, a su espalda, llega algo de brisa relativamente fresca. Se agradece, porque ha visto la previsión en la tele y en cuanto amanezca empezará a hacer calor, que a partir de las 9 ya será agobiante, igual que todos los días de verano.
Frente a él, en línea recta, después de pasar su huerta y sus naranjos, y más allá de varios kilómetros de naranjos de otros vecinos, y después de la autopista y después del pequeño poblado de veraneantes y después del paseo y después de la playa, está el mar. De día se ve hermoso y brillante desde esta terraza. Ahora con luna nueva, ni se adivina el mar, porque el sol todavía está muy abajo y faltan varias horas para que se anuncie el alba. Debe estar amaneciendo en la India o en la China, piensa Joanet, mientras se termina el café y se quita con la mano unas migas de galleta que se le han quedado en las comisuras de los labios.

Deja el vaso en el fregadero, sale, cierra la puerta y se acerca a la huerta para cortar el agua de riego que dejó abierta anoche antes de acostarse. Luego va hasta el lateral de la casa donde el portón de la cochera está abierto. Sube por detrás al furgón y barre bien el suelo, apartando varias pilas de cajas vacías que tiene que llevar, unas para cargar mercancía y otras que una vez apiladas en el mercado le servirán de base para su puesto de venta.
Saca unos cuantos basquets con género diverso de una cámara refrigeradora que tiene al fondo, y las sube al camión de una en una, tomando impulso. Está empezando a sudar y sólo son las dos.

Pesca con los dedos las llaves del camión del interior de un bote oxidado que siempre deja junto a la caja de herramientas. Antes de salir, comprueba que lleva su libreta con algunas notas y se palpa la billetera llena en el bolsillo lateral.
Tiene una hora de camino hasta el mercado mayorista.

Ha llegado bastante pronto, como le gusta. Aparca en el sitio que mejor le viene, toma una carretilla y descarga las cajas vacías. El mercado está en una zona de las afueras, un poco elevada sobre Castellón de la Plana y se ven diversas luces en la llanura que hay hasta el mar y a la derecha, la ciudad, dormida todavía. Aunque ahora Joanet se fija en el horizonte y cree adivinar un primer reflejo de amanecer.
Bajo la luz verdosa de los fluorescentes, va directo al mayorista que trae los mejores kiwis, esos de Nueva Zelanda, porque sabe que no trae muchos y le vuelan de las manos.
Después va recorriendo sus proveedores habituales, aunque él no se casa con nadie. Lleva toda la vida siendo labrador y comerciante, de forma que conoce bien todos los productos. Elige con buen ojo lo que compra y si el precio no le gusta, se patea el mercado entero hasta encontrar la mejor opción porque él conoce a su clientela y sabe lo que le piden: producto sano y sabroso, aunque no tenga aspecto extraordinario de primerísima clase, y a un precio razonable.

 Su padre sucedió al abuelo vendiendo sólo frutas y verduras de su propia huerta. Al abuelo lo conocían por Joan y a su padre, que salió alto y corpulento, le pusieron Juanot.
Así que a él, tercer Joan de la saga, le tocó Joanet. Incluso ahora con la cincuentena ya cumplida, todo el mundo lo llama así.

Hasta los años 70 casi todo lo que vendían era de cosecha propia, pero llegó una época en que la clientela empezó a pedir frutas que no se crían aquí. También se puso de moda preguntar por productos fuera de su temporada “normal”.  Y para atender, en parte al menos, esa demanda empezaron a comprar a otros productores de la región aquello que les faltaba. Y pocos años después ya iban con frecuencia al mercado de abastos.
Cuando su padre se jubiló, él se quedó al cuidado de la tierra y se hizo cargo de la parada y de todo lo demás.
Desde que murió el padre tiene poco tiempo para el huerto y sólo cultiva cuatro cosas; el resto es todo de abastos. Preferiría dedicarse más al campo, siempre le ha gustado, pero tiene que mantener casa y familia. Ahora los precios en origen son tan bajos que sólo sobreviven los productores masivos. Cuando tiene en la parada tomates propios, pero también otros comprados, muestra los suyos orgulloso, los pone en valor y los cobra algo más caros porque son “del terreno”.

Revisa su lista. No se ha dejado nada, salvo melocotones buenos, que no ha encontrado porque la cosecha en Calanda y región ha sido muy escasa y lo que hay en el mercado no le ha gustado: «Para llevar un producto que no me gusta, mejor nada: que la gente tome nectarinas y ciruelas, que este año son buenas, baratas y muy dulces. Y vitaminas tienen las mismas».

Después de cargar todo en el furgón ya tiene calor. Se acerca al pequeño bar del mercado y pide un zumo bien fresco. Le da igual de piña o de cualquier otra cosa que, sea lo que sea sabrá como a algo artificial.
Cuando llega al recinto del Mercado semanal ya hay colegas del sector alimentación montando sus paradas, pero los demás madrugan menos: los gitanos con sus telas, ropas, zapatos o abalorios; los moros con baratijas o juguetillos y los negros con correas y bolsos. Algunos payos, que se dedican a ferretería y accesorios de cocina o a las lámparas, tampoco son muy madrugadores igual que los que venden ropa infantil de marca. La verdad es que la clientela de este tipo de productos llega en general pasadas las 10.

Así que Joanet monta rápido su parada, y antes de acabar ya tiene una clienta esperando.
—¿Joanet? ¿Qué no pones número hoy? —Le pregunta señalando el gancho donde cada lunes cuelga el rollo de cinta con los numeritos para el turno.
Sii, ya pongo el rollo de los números, piensa Joanet. Si está sola y es la primera, ¿para qué quiere coger número?

Hay una primera oleada de clientes madrugadores que vienen incluso mucho antes de las 8. Cuando empieza el calor, a eso de las 9, se reduce un poco la afluencia. Joanet cree que los madrugadores, a esa hora, ya han comprado y los tardones todavía se deben estar levantado.

Su hija tiene que venir a ayudarle, pero todavía no ha llegado. Empieza a estar un poco harto, porque la moza llega siempre más tarde de lo convenido y no tiene un ímpetu en el trabajo como tiene su abuela. Algunas veces la madre de Joanet viene con él para ayudarle, y mueve más mercancía la anciana que la joven, y además atiende mejor a la clientela. Pero estos días de calor no quiere que venga, porque es muy mayor y acabaría agotada.
Los clientes toman número y se van acumulando a la espera.

—Joanet, ¿tu hija no viene hoy?
—Si, pero la juventud ya se sabe, va a su aire, no se compromete.

Al final, casi a las 9  llega la joven, que no viene demasiado fresca porque anoche salió con los amigos y está un poco dormida. Y además de eso, viene cansada y aburrida de una hora de carretera, que a estas horas tiene ya bastante tráfico.
Joanet casi ni la saluda al llegar. Y si lo piensa es por dos razones: porque no le apetece saludar a esta hija que ayuda poco y gasta mucho, y para intentar que ella se dé cuenta de que no le sienta nada bien que llegue a la hora de los señoritos.
Es consciente de que pasar varias mañanas a la semana atendiendo en un mercado puede que no sea del gusto de la juventud. Pero su abuela y su madre ya lo hicieron y no recuerda que protestaran. Y además, es sólo en verano, cuando no tiene clase en la universidad. Joanet cree que es lo mínimo que le pueden pedir a esta hija que, por lo demás, él piensa que vive como hija de millonarios: estudios, coche, salidas, caprichos…

Cuando baja un poco la afluencia son ya las nueve y media. Echa cuentas y hace ocho horas que tomó un café con galletas. Le dice a la hija que siga ella, que va a almorzar.
Alguna clienta habitual, protesta de que deje a la chica sola porque sabe que va a tener que esperar su turno más de media hora, seguro.
Pero Joanet dice:
—Oiga, ¡que somos personas! Me he levantado a la una y media y creo que tengo derecho. No se preocupen que no me entretengo.

Se toma una cerveza sin alcohol con un buen bocadillo de atún con olivas y pepinillos, acompañado con un platito de cacahuetes: no sabe por qué motivo, pero le gusta la combinación. El bocadillo chorrea un poco de aceite cuando le mete el primer bocado. La mancha en su camiseta prácticamente no se nota, porque se mezcla con algo de tierra de las cajas de patata que ha descargado, y de jugo de unas ciruelas demasiado maduras que ha chorreado de un basquet cuando lo cargaba en abastos.
Así que se acaba tranquilamente el bocadillo y no deja ni uno solo de los cacahuetes en el platito. Termina con un carajillo de ron. No suele tomar alcohol pero estos carajillos quemados están buenísimos y como los queman bien deben tener ya poco etílico.

Paga y se vuelve a la parada, aunque de camino se para un momento para hablar con otro agricultor del pueblo que también tiene parada: sobre lo mal que va el negocio y sobre el calor que hace. También se detiene en el puesto de un gitano que se dedica a frutas y verduras y que cuando vivía su padre les compraba parte de la producción. El gitano le pregunta si no planta ahora judías verdes para vender. Joanet le dice que las judías le daban mucha faena y que ahora no tiene tiempo. Sólo ha dejado unas cuantas matas para casa.

En su parada la cantidad de clientes es la misma; menos mal, otras veces se ha encontrado más gente al volver de almorzar de la que había cuando se fue.
Tiene calculado que su hija atiende a una velocidad como la mitad que la suya. Hasta su madre de 80 años es más rápida.
Pregunta por qué número va el turno y una clienta habitual le muestra el que corresponde.
Se le nota contenta de que le sirva el propio Joanet y no la joven, tan seria y lenta.
La cliente pide dos kilos de pimientos rojos: él coge bolsa pequeña de polietileno y la va llenando con los frutos brillantes. Como cientos de veces al día, tiende la bolsa por encima de otras mercancías y pregunta:
—¿Qué más?
—Seis o siete plátanos —Responde la clienta.
Mientras los va tomando de la caja para meterlos en la bolsita, ve que hay uno con un extremo demasiado maduro, y cuando ya ha metido los seis buenos, toma el estropeado en la otra mano. Pesa la bolsa y después mete el defectuoso en la bolsa junto a los demás y le dice a la clienta:
—Mira, este te lo regalo que tiene un lado muy maduro.
Lo aprendió de su padre. Otros verduleros prefieren colar como buena la mercancía algo estropeada mientras que otros prefieren tirarla directamente a la basura y subir un poco los precios. Las amas de casa aprecian que no les cuelen malo por bueno y les complace llevarse una patata o un pepino más, si es gratis, aunque sólo puedan aprovechar un trozo.

—¿Qué más?
—Nada, ya tengo todo.
Joanet totaliza en la báscula, saca el ticket de la compra para entregarlo a la cliente, pero lo mira con duda de si lo ha marcado todo. La vista cansada le obliga a alejarlo un poco más para ver bien el detalle y le pregunta a la señora:
—Llevas cinco cosas, ¿verdad?
La clienta mira su carro y asiente. El verdulero sonríe y le tiende el ticket.
Joanet ve que la señora lleva dos niños, deben ser gemelos, que están agarrados uno a cada lado del carrito de la compra. Le ofrece regalar una fruta a cada uno y le pregunta a la madre. Ésta, piensa un momento y responde que dos peras pequeñas, gracias.
—¡Dad las gracias a este señor!

No para de servir y no sabe muy bien qué hora debe ser. El calor húmedo es agobiante y el bulto de clientes que espera, cada uno con su numerito en la mano, no se reduce.

—¡Ah, y dos kilos de tomates de pera!
Cuando le tiende la bolsa al cliente pregunta, como siempre:
—¿Qué más? —Pero nadie le responde.
—¿Qué más? —Insiste en la pregunta y estira la mano hacia el cliente con la bolsa de plástico llena de tomates de pera.

Su mujer se despierta y le da un codazo.
—Joanet, ¿qué dius?
—¿Eh? No res, no res…

Mira la hora en el móvil, y son otra vez las 01:10. La una y diez.

esendraga, septiembre 2019