MIS VOLCANES FAVORITOS

Voy bajando de la falda del Katla por una pista forestal que tomo cada vez que vengo a supervisar el estado de los sensores que tenemos instalados.
Como otras veces, voy en mi viejo Toyota pero hoy parece que la pista tiene más baches que de costumbre…

katla

Tenemos establecido que se vaya cada dos semanas a todas las estaciones de seguimiento de volcanes que tenemos asignados, aunque en realidad no sería necesario ya que todos los sistemas están telecontrolados. Pero entendemos que es tan importante la detección de cualquier mínimo síntoma que pueda servir como aviso de posibles erupciones, que merece la pena extremar las precauciones, y se programan dos visitas al mes. Siempre que no haya demasiada nieve o una erupción en curso, claro.

 Noto algo raro porque, cuanto más voy bajando por la falda del volcán, el camino tiene más baches…

Siempre estoy preocupado por que el viento pueda mover alguna de las antenas, o de que un detector pierda sensibilidad por el polvo o cualquier otra causa. Las revisiones las suele hacer gente de mi equipo, pero me encanta acercarme al Katla y al Eyjafjallajökull. Así que de tanto en tanto, cuando  mi agenda me lo permite, vengo yo. El hecho de que se encuentren próximos uno de otro y de que estén siempre cubiertos de hielo y nieve que las erupciones funden en pocas horas, aumenta el peligro de la propia erupción con el de importantes inundaciones. Me encanta ver esas enormes extensiones de campos de lava que se extienden hasta el mar: kilómetros y kilómetros de arena y piedras negras, surcadas por infintitos torrentes y riachuelos, con algunas granjas sueltas aquí y allá, sobre todo al mismo pie de los volcanes.

Será porque este Land Cruisier ya tiene muchos años que está haciendo algo tan raro, mucho ruido y una vibración general, dando brincos como un loco. Esto no es normal.

En mi país nos tomamos muy en serio la prevención de desastres naturales porque tenemos de todo: una dorsal Atlántica que no se está quieta, un centenar de volcanes potencialmente activos,  frecuentes terremotos, posibles inundaciones por ……

¡Ahora de repente deja de vibrar! ¿Qué pasa? De golpe queda todo en silencio. ¡Qué raro!
Y ahora noto como si cayera en el vacío, como si me estuviera despeñando por la ladera del volcán pero en caída libre…

Me despierto sobresaltado. Estoy en el avión y me había quedado dormido. ¡Qué susto!
Miro alrededor y me doy cuenta de que no oigo casi nada. Estamos ya descendiendo porque veo los flaps algo desplegados del ala derecha que tengo justo delante. Abajo veo el mar. Tengo los oídos sordos. Me tapo la nariz, cierro la boca y voy haciendo presión, poco a poco, cada vez más fuerte. De repente se me liberan las trompas de Eustaquio y me llega el ruido complejo y atronador de los reactores. También la algarabía de un grupo de jóvenes, que parecen contentos de llegar a Valencia (Spain).

Miro por la ventanilla hacia abajo y veo que estamos virando hacia la derecha, sobre el mar que brilla al sol del Mediterráneo. ¡Qué suerte tienen los del sur con el clima! Pese a ser junio, el tiempo en Reykjavik está siendo bastante malo, la mayor parte de día está nublado. Aunque cuando salí de casa esta mañana hacia el aeropuerto de Keflavik, algo antes de las 5 A.M. el sol lucía despejado. Estaba todavía poco elevado sobre el horizonte, pero con una luz limpia muy agradable. Y hacía bastante viento.

Ahora desde encima de este mar se ve la ciudad en perspectiva y parece bastante grande.
Entramos en tierra por encima del puerto y veo desfilar la parte norte de la ciudad. Vamos a lo largo de una franja verde, que quizá sea un antiguo cauce por la forma de sus curvas, típicas de los meandros. Ahora veo un complejo de edificios… ¡Claro, son los de Calatrava, se parecen mucho a la central de transportes del “World Trade Center” de Nueva York que vi el año pasado!
Pues en uno de estos edificios es donde tengo que dar una conferencia mañana. Espero que a Valencia no le hayan costado más del doble de lo que tuvieran previsto, como les ha pasado a los yankees. Intento sacar rápidamente el móvil para hacer una foto, pero cuando se activa la cámara, ya hemos dejado atrás las líneas típicas del famoso y caro arquitecto. Luego siguen jardines y pistas de juegos. Más tarde unos barrios con viviendas muy altas, de bastantes pisos para lo que es habitual en mi tierra. Ya hora ya estamos en pista.

El tramo Islandia-París se me ha hecho un poco pesado, pero el París-Valencia, me lo he dormido casi entero.
Esta noche en el hotel, repasaré la charla, aunque tengo el tema tan dominado que nunca me cuesta nada contar qué hacemos en mi grupo de trabajo, cómo y para qué. Por otra parte, lo que más me gusta es responder a preguntas del auditorio. Y como en este caso son alumnos y graduados de geología me han avisado de que habrá una participación activa. Eso espero. También hay invitados responsables de protección civil de aquí.

Sólo voy a estar dos días y no llevo mucho equipaje, pero he facturado una maleta grande sólo por llevar el traje y una camisa nueva, que espero lleguen medianamente decentes. Y también unos zapatos de cordones en lugar de los sneakers que llevo para el viaje. Ahora que pienso, creo que no me he olvidado la corbata… ¿O al final me la he dejado en la percha? Bueno, esta noche lo veré.

En cuanto salgo del avión ya noto el calor del sur. El comandante ha dicho por los altavoces que hay tiempo soleado y 28º. Para ser junio no está mal.
Este aeropuerto es bastante pequeño, así que encuentro fácilmente la cinta de los equipajes que vienen del Charles De Gaulle.
Empiezan enseguida a salir maletas. Salen unas cuantas, pero no la mía. Espero y espero. Llega un momento en que la cinta se para y pienso que se habrá atascado. A veces pasa.
Pero queda muy poca gente esperando y me empiezo a mosquear cuando detrás de mí oigo una voz. Es un empleado del aeropuerto, con su chaleco fosforescente, que está llevando un tren de carritos hacia su lugar de aparcamiento. Me pregunta: “Waiting for your luggage?”
Cuando le miro y asiento me dice: “Sorry, no more luggage on the plane”.
Me quedo con cara de tonto. Se ve que está acostumbrado a ver estas cosas pero yo no esperaba que me pasara y menos hoy. “Go outside to the left. There’s a counter to ask for lost luggage”.

Qué mala suerte, seguro que en París no las han pasado de un avión a otro. Le respondo “¡Mushas grrrassiass!”. Para algo me ha de servir una de las cinco cosas de español que me aprendí ayer.

Encima del mostrador hay un letrero luminoso que indica “Lost&Found Luggage”. Me llama la atención lo de Found, salvo que sea para aquellos casos en que alguien encuentre una maleta huérfana y la traiga en busca de dueño.
El caso es que hay dos muchachas en esta sección. Una está atendiendo a una pareja mayor, que he visto delante de mí en el avión, que deben ser españoles y a quienes seguramente les ha pasado lo mismo que a mí. Parecen típicos mediterráneos, pelo moreno y baja estatura. Y parece que se toman la pérdida de sus maletas con filosofía. La diferencia es que ellos seguro que no tienen que dar una conferencia mañana, como yo, y sólo tengo lo puesto.

Me dirijo a la otra que me sonríe mientras le digo lo que seguramente no hace falta que le diga, que es lo que le dicen todos los que se inclinan sobre este mostrador… Me pide el ticket de la maleta. No tiene muy buen acento inglés pero habla mejor que la mayoría de estudiantes españoles que han pasado por nuestra universidad.
Introduce los datos en su teclado y espera la respuesta. Es una chica muy agradable, no es una belleza, pero me gusta su aire despejado, con su pelo moreno recogido en una cola que deja su frente y sus orejas como más receptivas. Lleva unas gafas corrientes pero que le sientan bien. La blusa del uniforme abrochada hasta el último botón; me gusta el detalle, considerando que los reclamantes la vemos siempre desde arriba…

Levanta la mirada de la pantalla e interrumpe mis pensamientos confirmando mis temores: la maleta pasó por París, pero por error resulta que ahora está en Milán. Pero que no me preocupe que hoy mismo saldrá hacia Valencia en el vuelo de la noche. Que mañana por la mañana me la traerán al hotel.
Vale, bien, pero, ¿a qué hora?
Dice que la recogida se inicia a las 9h así que la entrega será quizá a las 10 o a las 11. Le explico que tengo que dar una conferencia a las 12 y que necesito mi equipaje. Lo siente mucho, indicará que den prioridad a mi entrega, pero no me puede asegurar nada.

Relleno y firmo los papeles que me presenta, le sonrío, le doy las gracias, tomo mi taxi, me registro en el hotel, pido un sándwich y un zumo al servicio de habitaciones y me acuesto desnudo porque no tengo más ropa que la puesta y quizá tenga que repetir indumentaria mañana para la conferencia y posterior comida. ¡Qué desastre y sin mis cosas de aseo!
Menos mal que el portátil lo llevaba en la bolsa y puedo echar un vistazo al esquema de la charla y hacer un par de añadidos.
Y menos mal, también, que junto al lavabo han colocado entre las “amenities” un cepillito de dientes con su micro tubito de pasta, y una maquinilla de afeitar, de esas malas de a 1.000 coronas la docena, que espero funcione y no me deje la cara como un campo de lava caliente.

A las 9, mientras desayuno, me llaman del aeropuerto para confirmar que tienen la maleta y que sale el reparto. Pero cuando a las 11 me viene a recoger el catedrático que me ha invitado, me tengo que ir con la camisola y los vaqueros que traía ayer en el viaje. Aunque hace calor me pongo la chaqueta fina que traía, toda arrugada del viaje, de forma que quedo muy “casual”.

Me presentan a otros profesores de esta universidad y me alegra cuando me comentan que conocen nuestros trabajos, que me dicen son una referencia para ellos. Me anima ver que en el auditorio hay bastantes estudiantes. Yo diría que una quinta parte son mujeres, proporción más o menos la misma que en Islandia. Además hay en las primeras filas algunas personas más que deben ser profesores, quizá de otras universidades. Incluso hay dos con uniforme que debe ser de policía o protección civil. Ya lo preguntaré.

También me alegra ver que aquí la gente viste muy informal, manga corta, zapatillas de deporte y algunos alumnos hasta pantalón corto. Por lo menos no desentono por la ropa.

Mi amigo el catedrático hace las presentaciones, primero saluda en español, aunque suena un poco raro, quizá se trate de una lengua local. Pero enseguida pasa al inglés. Me cansan estas lecturas de currículos que son inaguantables y no aportan nada. Afortunadamente no se extiende mucho. Ahora me toca a mí.

“Amigos y colegas. Venía pensando que la vulcanología y la aeronáutica tienen al menos una cosa en común.”

Creo que he despertado la curiosidad de la audiencia, pero a ver cómo salgo de este jardín porque la verdad es que no tienen mucho que ver…

“Las dos ciencias analizan cómo funcionan sus respectivos objetos de estudio: estructuras, fuerzas internas, interacción con otros elementos, masas, velocidades, temperaturas, etc. Pues en ambas pasa algo parecido: por mucho que se dominen estas especialidades, es igual de difícil predecir cuándo puede haber una erupción, que saber si tu maleta va a llegar en tu avión o la van a perder por otros aeropuertos, que es justo lo que inesperadamente me pasó ayer…”

esendraga, junio 2019

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Ni “I.A.” ni “A.I.”, no quiero que nadie decida por mí.

Esto de la inteligencia artificial está sólo comenzando, y ya hay cosas que no me gustan. De un esclavo digital espero que me ayude, que me aligere algunos trabajos mecánicos o que contribuya a ahorrarme tiempo en algunas cosas, pero que decida o piense por mí, prefiero que no. Quiero que lo que haga para mí servicio sea predecible y consistente.

Cuento dos detalles actuales en sistemas súper simples todavía. Uno es el cambio automático de un coche que dice que tiene un sistema adaptativo y que se supone que “aprende” de tu forma de conducir para ir cambiando las marchas según tu estilo.

Normalmente cambia a la marcha superior a un régimen de motor tranquilo, sin estridencias, pero si pisas el acelerador con decisión, empieza a cambiar a un régimen superior, lo que en principio es lo adecuado. Si vas dando caña por una carretera de montaña, valga la cacofonía, está bien que lo haga así.

Pero cuando en ciudad se sale de un Stop o Ceda el Paso, por ejemplo, a veces hay que salir un poco rápido y uno acelera un poco más que en una salida tranquila. En este caso resulta que es un poco perezoso al arrancar y hay que pisar un poco más. Entonces el trasto se anima y el cambio de primera a segunda lo hace a régimen de competición: lo entiendo, es un momento de apreturas y vale.

Pero es que ese pequeño acelerón, que es sólo para salir rápido los primeros metros, convence al cacharro de que has llegado a un circuito de carreras y a partir de ahí aunque ya vayas a velocidad estable de ciudad, sigue cambiando plan racing, con lo que los acompañantes preguntan, ¿qué le pasa a este coche que hace ese ruido? Y sigue así hasta que se le pasa la tontería de ir de carreras y vuelve a cambiar de marcha como una persona normal.

Resumen, parece listo pero no lo es tanto porque no se da cuenta inmediatamente de cuándo cambian mis necesidades. Bastaría que el fabricante lo hiciera un poco más tonto y que simplemente se limitara a cambiar a un régimen proporcional al % de acelerador presionado: cumpliría la función y no se pasaría de listo. Pero claro, cuando lo compramos no sabíamos estos detalles y el vendedor te dice que tiene un sistema tan listísimo, pues impresiona y te lo quedas.

Os cuento otra. Hace unos días estaba yo probando la asistente virtual en una tableta corriente, con eso de ¡Ok, Google! O la tontería esa de hablar con una tal Siri. El caso es que para ver cómo iba le pregunté las típicas chorradas como la temperatura ambiente en Reikjavik, cuánto eran 365×24 y qué hora era en Tokyo. No se si acertó en todo, pero respondió con tanta seguridad y rapidez que di por bueno lo que me dijo.

Eagles

Hasta aquí todo bien. Pero mientras hacía otras pruebas, como pedirle que te busque un vuelo para esa misma tarde a Nueva York, clase business, de repente me dice: “Estás escuchando Hotel California de los Eagles. ¿Quieres oírla completa?¿Quieres ver el video?¿Comprar el disco?¿Leer la letra? ¿Una foto del guitarrista desnudo?”

¿Qué diablos? WTF! Y entonces me di cuenta de que en la habitación de al lado estaba puesta la radio, no muy fuerte y en efecto en ese momento Don Henley cantaba:
Mirrors on the ceiling,
The pink champagne on ice
And she said, ‘we are all just prisoners here, of our own device’

Que en cristiano es algo así:
Y  ella dijo que ‘aquí sólo somos prisioneros, de nuestro propio dispositivo’.

Sospechosa coincidencia ficción-realidad…

Volviendo a la amable asistente, pensé en pedirle que incluyera la canción en mi lista de Spotify. Pero con estos chismes igual la cosa se complica.

Supongo que si uno lleva tiempo gastando un cacharro de estos, la maquineta acabará sabiendo demasiado. Por ejemplo si le pido la canción en Spotify y es lo bastante lista comprobará que no tengo cuenta en ese servicio de música, que es de pago. Pero como seguramente tendrá los datos de mi Visa por alguna compra anterior que hice, quizá me dé de alta en el archivo ese musical. Y como es tan servicial quizá me apuntaría por iniciativa propia al servicio Premium, que no debe ser barato. Y si la dejo hacer, a lo mejor me busca y todo una compañera de baile en una página de contactos. Y lo hará con confianza, porque sabe que mi  esposa está ausente porque ha ido a ver a unos primos a Finisterre, y por supuesto la máquina sabe exactamente cuándo volverá porque es ella misma quien le compró el billete.

Bueno y ya puesta, cuando conozca mis gustos, igual me compra billetes business para ir a ver los canguros a Australia, ajustando mi agenda para que pueda recoger a mi nieto de la guardería los jueves.

Y quizá si algún día viendo a alguien en la tele se me escapa la expresión “¡este tío es pa matálo!”, igual contrata un sicario del este y le paga con mi Visa para que liquide al político que en ese momento estaba en pantalla.

Esto de la Inteligencia Artificial puede acabar como el cuento del aprendiz de brujo, https://youtu.be/2DX2yVucz24

Así que, por favor, los aparatos, que se limiten a obedecer cuando les mandas algo y que no aprendan nada porque luego van y lo cascan todo, que estos del internet de las cosas son todos unos charlatanes, siempre comunicándose entre sí.

Y resto de aparatos lo mismo, que casos como el que me pasó con la nevera traidora tampoco son de recibo.  https://esendraga.wordpress.com/2018/04/20/la-nevera-traidora

Así que chismes del mundo, actuales y futuros, tomad buena nota: si no os pido expresamente nada, sus estáis calladitos, quietos y con las manos en los bolsillos, que ya me equivoco yo solito sin asistentes digitales.

La canción esa que se escuchaba en la radio, https://youtu.be/yYkL5igsG4k , tiene como estribillo:

Welcome to the Hotel California
Such a lovely place…
 
 
Y tiene mucha gracia el final, escrito y cantado en los años ’70, que resulta premonitorio:

‘Relax’ said the night man
‘We are programmed to receive.
You can check out any time you like,
But you can never leave!’

Que en español es más o menos:
Bienvenido al hotel California
Un lugar tan encantador…
……
‘Relájate’ dijo el portero de noche
‘Estamos programados para recibir.
Y puedes pagar la cuenta cuando quieras,
¡Pero nunca te podrás ir!’

esendraga, junio 2019

 

TARDE DE VISITA Y REFRESCO.

(Capítulo piloto de una nueva serie)

  – ¡A sus órdenes!

El chófer cerró la puerta por la que había salido Don Manuel, dió la vuelta rodeando el largo morro del coche, se subió al Chevrolet y arrancó calle abajo camino de su casa. Él y su familia volverían a la suya paseando.

Don Manuel no tenía permiso de conducir, sobre todo porque no le hacía falta y además porque a comienzos de los años 30 no era muy corriente que un señor como él tuviera que manejar personalmente.

Había comprado el coche hacía un par de años y su asistente le hacía también de conductor particular. Era un Chevrolet de aquellos que tenían seis plazas en dos asientos corridos, pero que ampliaban la capacidad con un par de estrapontines en el respaldo del delantero, a contramarcha. Se supone que cabían ocho adultos, pero si ponemos niños, podía viajar casi cualquier familia numerosa, incluso con chófer e invitados.
Don Manuel
Capitán de navío, gaditano, más chulo que un ocho pero con unos kilos de más, Don Manuel gobernaba su casa con la misma rigidez que usaba para mandar en la base de submarinos, aunque con otros modales. Había ido toda la familia en coche a una visita fuera de la ciudad y, a la vuelta, les había dejado en la calle Mayor. Tomarían un refresco antes de volver andando a casa.

Mientras se acercaban a la heladería, unos suboficiales que pasaban por allí lo reconocieron aunque iba de paisano y se cuadraron:
– ¡Sus órdenes mi capitán!

Él los despidió con un saludo poco militar.

El matrimonio y los chiquillos se acercaron al velador, patas de hierro fundido y encimera de mármol blanco.
Había cinco sillas y se sentaron los padres, las dos niñas y el pequeño. A los tres chicos mayores, Don Manuel les dijo:
– Ha llegado un barco inglés, nuevecito y muy moderno. Subid a verlo desde la muralla, está justo enfrente. Pero os quiero de vuelta en diez minutos.
Los tres se alegraron de no tener que esperar ociosos y salieron disparados.
Encarnita, nueve años, preguntó ilusionada:
– ¿Puedo ir con ellos?
– No, tú te quedas, eso son cosas de chicos.

Cuando llegó el camarero, Don Manuel pidió un limón granizado para su distinguida esposa y un fino para él.
Mirando inquisitivamente a los tres niños que quedaban sentados, dio por supuesto:
– Ustedes vosotros, no queréis nada, ¿verdad? -Silencio por la parte infantil.
Y al camarero:
– ¡Pues eso!
Se oyó una voz tímida, de la mayor de las chicas:
– ¿Puedo beber agua?
Momento de tensión:
– Sí, y un vaso de agua. ¡Y el fino, del que tú sabes!   – Le gritó al camarero cuando éste se estaba dando la vuelta.

Los chicos ya habían desaparecido de la vista, la calle Mayor estaba tranquila en esta tarde de domingo, primavera del 33, y Encarnita, nueve años, vestido rosa y guantes de ganchillo blancos, miró a sus dos hermanos pequeños que permanecían callados y preguntó:
– Papá, ¿podemos levantarnos a jugar?   – Don Manuel no tuvo que pensarlo   – Ustedes os quedáis sentados, que no tardamos nada. Ya jugaréis en casa.

La madre, cutis muy fino, rasgos delicados, aspecto modoso y ropa elegante, bastante más joven que Don Manuel, miró a su hija, pero sin expresión definida.

La calma duró hasta que después de que trajeran el granizado y el fino, Carmen, 7 años, tomó una pajita del vaso donde estaban dispuestas en abanico como cono invertido, casi perfecto, rompió discretamente uno de los extremos de la funda de papel y extrajo el extremo de la cañita. Apuntó a su hermana mayor, que en esos momentos miraba hacia el muelle, y sopló fuerte. A Encarnita, el papelito le dio en la oreja e hizo un mohín de protesta.
Don Manuel sólo tuvo que mirarlas, para que la una dejara la pajita sobre la mesa, y la otra bajara la vista para mirar sus propias manos entrelazadas sobre su regazo, los guantes blancos bien plegaditos sobre la mesa.

Las dos niñas bebieron un sorbo del vaso de agua y dieron de beber al pequeño, que casi no tomó.

La tarde ya estaba cayendo y no se demoraron mucho, pero nadie se movió de la silla mientras quedó granizado en el vaso acampanado de la madre, del que iba tomando a pequeños sorbos.

Durante el centenar de metros hasta llegar a su casa en la Cuesta de la Baronesa, no hubo inconveniente en que los dos pequeños corretearan por la calle. Encarnita, la mayor, que ya era una señorita y no debe comportarse a lo loco como los niños, caminaba modosa junto a la madre, mientras Don Manuel andaba dos pasos por delante.

Mientras subían por la calle Cañón, los tres chicos les alcanzaron sofocados por la carrera.

El padre los miró y consultó su reloj de bolsillo, sujeto al extremo de una discreta cadena de plata. No dijo nada y los tres salieron disparados cuesta arriba hacia su casa, en evitación de comentarios sobre su retraso.

La criada esperaba a los señores en la puerta, después de haber abierto a los muchachos, y les saludó muy cortésmente.
Don Manuel sólo dijo:
– Vamos a cenar en media hora.

Todos se cambiaron de ropa para la cena, se lavaron caras y manos. El padre, que sólo se había quitado la chaqueta y cambiado sus brillantes zapatos por unas zapatillas de felpa con sus iniciales bordadas, se sentó a la mesa con batín cruzado sobre su camisa y corbata. Ojeó la prensa mientras la chiquillería se iba sentando y la madre supervisaba en la cocina.

En cuanto Doña Encarnación se sentó, entró la criada con la sopera. Sirvió los platos Don Manuel y la cena transcurrió como debe ser, con tranquilidad. Excepto por un breve comentario sobre el barco inglés que al hijo mayor le había impresionado por su tamaño y armamento. Por su parte, el pequeño protestó un poco por la sopa, pero al final se la acabó tomando casi toda.

Esa noche, de postre, arroz con leche. Y es que cuando al caer la tarde no se había consumido toda la que el hombre de la vaquería traía puntualmente dos veces al día, había postre lácteo.
Una vez terminada la cena, el padre se levantó el primero, dijo un breve “ustedes tengáis una buena noche”, y se dirigió hacia su despacho, al fondo del pasillo.

El ambiente se relajó entre la madre y los hijos mientras la criada iba  retirando la mesa:
– Señora, mañana viene el pescadero a primera hora y quería saber si al final va a haber invitados por la noche.
– No, se me había olvidado. Se ha cancelado la cena porque el señor se va de maniobras, así que compra sólo para los niños y para mí.
– Sí, señora.

Los dos mayores dijeron que se iban a su cuarto a leer. Y los cuatro menores se quedaron charlando con la madre. Luego, empezaron una partida de cartas pero los pequeños se aburrieron enseguida y empezaron a corretear y jugar por el salón.
Al poco se oyó perfectamente cómo se abría la puerta del despacho del padre, y por el pasillo resonó un carraspeo forzado y potente.
La velada terminó en ese mismo momento.

Una vez acostados los niños, Doña Encarnación se encerró en su habitación, hizo su aseo nocturno, y se quedó esperando al marido.

Otra noche sola, y al día siguiente Manuel marchaba de maniobras durante varios, no se sabe cuántos días. Las maniobras a las que iba este capitán de navío tenían siempre duración indefinida, y ella asumía que los submarinos no eran muy predecibles y que la vida militar, aunque fuera en tiempos de paz, era así. Nunca preguntó sobre esto a las esposas de otros oficiales, ni a nadie. Intuía que sería mejor no saberlo.

Se acabó durmiendo, con un libro entre las manos, antes de que su marido saliera del despacho.

esendraga, mayo 2019

Para ser leído cuando cae la tarde.

Tarde larga de  primavera.
Por levante, el cielo mantiene su color azul durante bastante rato, mientras el sol va cayendo por el otro lado.
La luces artificiales de la ciudad empiezan a aparecer, pero la oscuridad invade poco a poco la habitación.

¡NO enciendas todavía!

La tarde

Es el instante mágico en que el día se muere, para dar paso a la noche.
Retrasar un poco más ese momento del tránsito y disfrutarlo produce cierto placer, quieto, sosegado.

Es necesario aprovechar ese espacio, en que las sombras no han vencido todavía a la luz, para hacer la revisión de lo que hemos podido hacer con ese lienzo en blanco que cada dia se nos regala con el amanecer.

Quizá en el cuadro de este día no hemos pintado nada memorable. Quizá hemos hecho solamente unos borrones. Pero si al final hemos conseguido dejar en nosotros mismos o en la mente de quienes tenemos cerca unos pocos trazos de color, visibles entre los grises, es que no lo hemos echado a perder.

Si por desgracia, a estas horas, la pintura apenas está empezada o si los claroscuros nos dejan vacíos, lavémonos la cara con agua fresca y encendamos todas las luces. Todavía quedan unas horas para ser vividas, para hacer que el lienzo tenga, al menos, una última esquina bien conseguida.

Aunque no tengamos con quién hablar, podemos incluso arreglar la jornada leyendo un buen libro; si lo masticamos con atención y asimilamos nuevas ideas o hacemos nuestras las vivencias de otros, podremos decirnos a nosotros mismos que no hemos perdido el dia, cuando a su final el telón caiga tras nuestros párpados.

Hagamos lo que hagamos nos tiene que servir para aprender algo más, algo que nos permita ir mejorando poco a poco hasta conseguir que la existencia no sea una sucesión de días de la marmota, repetidos sin fin y sin esperanza.
Creo que todos vivimos con la ilusión de alcanzar ese nivel, en que cada jornada tenga una cierta harmonía y nos deje una intensa sensación de haber vivido realmente.
Tenemos que trabajar para que cada día nos deje esa sensación.

La noche está cayendo. ¡Aprovechemos lo que queda!

esendraga, mayo 2019

¡A DÓNDE VAMOS A IR A PARAR!

Ayer recibí un video, de esos que corren por los grupos de whatsapp, en el que un hombre bastante mayor recitaba un texto en verso, sobre un pase de fotos fijas familiares, que se supone serían de la suya propia. Mientras aparecían padres con hijos, abuelos con nietos, imágenes antiguas de bodas y recuerdos familiares diversos, el señor iba quejándose del poco respeto que hoy día tienen los jóvenes para con los mayores, y en particular de los nietos respecto de los abuelos. Recordaba el hombre la gran consideración que antaño se les tenía y lamentaba que en la actualidad no se les hace caso, se les desprecia y se les tilda de anticuados o viejos. ¿A dónde vamos a ir a parar con estas actitudes?

Dicho así, muchos mayores asentirán, con tristeza en el corazón, haciendo suyas las palabras de este buen señor. Otros quizá no. Pero muchos están convencidos de que ellos respetaban mucho a sus mayores como la cosa más natural, lo que contrasta con las actitudes que ven ahora en su descendencia.

Lo primero que se me ocurre al aspecto es que cuando ellos eran niños, digamos primera mitad del SXX, el autoritarismo era la norma, y los niños o respetaban a los mayores porque éstos se lo merecían, que había muchos que sí se lo merecían, o porque eso era lo normal y lo que se esperaba de ellos, o simplemente se mantenían sumisos por miedo a los coscorrones o a cosas peores.

Situación parecida a la que estuvieron sometidos sus hijos, digamos en los años cincuenta o sesenta, que recibieron en gran parte una educación igualmente autoritaria. La pregunta que yo les haría a las personas que comparten estos sentimientos es qué tipo de educación dieron y qué valores inculcaron a sus hijos, padres de esos actuales nietos, para que ahora hayan educado a la última generación de tal manera que llegan a menospreciar a sus abuelos.

Que se lo piensen. El respeto no es algo que alguien inculca en los demás hacia uno mismo, sino que es algo que uno puede conseguir de los demás, o no, a base de una vida de coherencia, sensatez,  honestidad y humildad.

En su descargo parcial, hay que reconocer que es cierto que en algunos niños y jóvenes una dotación genética desafortunada o una serie de circunstancias ambientales adversas puedan anular totalmente una buena educación y la influencia de un buen ejemplo. Pero en estos casos hablaríamos de algún nieto descarriado, pero no de la generalidad.

En cualquier caso, cuando los humanos hablamos del presente en comparación con el pasado, que suele ser para añorar esos tiempos pasados que nos parecieron mejores, solemos tener bastante mala memoria. Hasta en las épocas donde el patriarcado era todopoderoso e indiscutido, o sea casi toda la historia de la humanidad, los jóvenes siempre han sido rebeldes y han tenido tendencia a hacer el menor caso posible a sus mayores.

Hay constancia de que hace más de dos mil años, lo que este buen señor denuncia hoy, era ya moneda corriente. Decía Sócrates:
“Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.”
Y creo recordar haber leído hace tiempo que algo parecido se dice en otro documento de una civilización anterior, donde un babilonio venía a lamentarse por lo mismo que este abuelo del SXXI.

Bueno, la verdad es que casi no hay nada nuevo bajo el sol.

Y esa frase tan típica de los mayores de “a dónde vamos a ir a parar” no es más que el miedo al futuro, siempre desconocido, que todos tememos de alguna manera.

Cuando se habla de nuevas tecnologías y los avances, mi madre, siempre recuerda, en broma, la frase: “¡A dónde vamos a ir a parar con la bicicleta y la máquina de coser!”

Y yo digo, pues que ya se verá.

esendraga, mayo 2019

LA DECISIÓN

En mi barrio hay una tienda de libros, objetos esotéricos, y tonterías así. Hace años que lleva abierta, veo su escaparate cuando paso por delante y por supuesto nunca he entrado. No necesito nada de lo que allí venden porque son todo bobadas.

El dueño debe vivir por la zona porque lo conozco de vista, de cruzármelo por la calle o de verlo en la puerta de su tienda, ya que no suele tener muchos clientes. Siempre lo he visto sólo, quizá no tenga familia, ni amigos, pero esto es una mera especulación mía.

Si nos encontramos nos saludamos amablemente con un movimiento de cabeza y un murmullo de “bns dias” o lo que corresponda, según la hora. En casa lo llamamos el esotérico, y es de esas personas a las que saludas aunque no las hayas tratado nunca.

Volviendo a la cuestión de la tienda, el otro día pasé por delante y vi que en la entrada,  junto al escaparate, habían colocado un panel con dos botones grandes a modo de pulsadores. Me llamó la atención esta nueva decoración, pero como estaba el dueño en la puerta no quise pararme a mirar en detalle, así que dije “bnas tards” y pasé de largo.

La decision

Esta tarde, he tenido que salir al centro, y al pasar por delante me he parado para ver los pulsadores: no hay ninguna indicación de qué son ni para qué sirven y son de color blanco sobre fondo negro. Es curioso, así que como no había nadie cerca, he sacado el móvil para hacer una foto. Ya no quedaba mucha luz, pero se verían bien los dos botones sobre el reflejo del escaparate.

Encuadro bien, me concentro y disparo suavemente, “kiticlass”, hace el indiscreto aparato en voz alta.

Pero cuando he bajado el móvil para mirar la foto recién tomada, me he pegado un susto de muerte al ver justo a mi lado, mirando por encima de mi hombro al propietario de la tienda.
– ¡Vaya, no lo había visto!
– ¿Qué le parece?, me pregunta.
– ¿El qué?
– ¿No estaba haciendo una foto a los botones?
– Si, no sé, curioso….

Su mirada me interroga.
– Pues no sé, un poco raro poner dos pulsadores como decoración al lado del escaparate, ¿no?
– Es que no son de decoración, me replica.
– ¿Ah, no?
– Sirven para tomar La Decisión
– …ya, bueno, es que tengo un poco de prisa… Otro día paso y me lo cuenta…
– ¿No quieres siquiera pensártelo?

Iba ya a largarme por las buenas, pero me he parado por dos razones: porque el tipo estaba dispuesto a contármelo de todas maneras, y porque me picaba un poco la curiosidad. Además esto de que, de golpe, empiece a tutearme me ha sonado raro, y sin que yo haya respondido ha proseguido:
– Todo tiene un precio, incluso la FELICIDAD, ¿verdad? ¿Qué estarías dispuesto a SACRIFICAR por ella? Incluso puede que estés dispuesto a sacrificar a alguien que se interponga en tu camino.
– ¿…?

¡Glups! Esto de la felicidad en mayúsculas y lo de sacrificar a personas, dicho por el dueño de una tienda esotérica de donde sale un olor fuerte a incienso o alguna cosa similar, me ha mosqueado. Además sigue con el tuteo cuando continua:
-Con estos botones puedes tomar la decisión, quizá la más importante. Apretando uno de los dos pulsadores te permite deshacerte discretamente de cualquier persona que por algún motivo te moleste. Nadie lo sabrá…

Le he mirado fijamente tratando de entender lo que ha dicho, ¿cómo es eso de deshacerme de alguien? Debo haber entendido mal. Pero sin querer, se me aparece la imagen de una determinada persona de cuyo nombre no quiero acordarme. Después de mirarnos unos segundos, le he preguntado a bocajarro:
– O sea, que la persona que me molesta, ¿se morirá directamente?
– Puede que sí o puede que desaparezca de tu camino de otra manera

Me he girado para mirar otra vez el panel y me he vuelto de nuevo hacia él para preguntar:
– ¿Y para qué sirve el otro botón?
– Ah, entonces, ¿te interesa?
– Bueno, no, es sólo… mera curiosidad
– Pues mira, hay uno que no sirve para nada, es sólo para aligerarte la culpa. Ni siquiera yo sé qué botón es el bueno, así que piensa en alguien que sólo tú sabes, y aprieta uno de los dos. Si al cabo de un tiempo no le pasa nada es que te has equivocado. Y si le pasa algo, podría ser casualidad…
– Habrá gente que pulsará los dos para no fallar, digo yo.
– Pues el técnico que me lo montó me dijo que era peligroso. Y me han contado que en otra ciudad donde estuvo un tiempo instalado, se sabe de una persona que pulsó los dos y al día siguiente fue atropellado por el tranvía. Puede que sea cierto o no, pero esto da igual… ¿No se anima?
–  No, no, bueno, gracias, la verdad es que todo me va bien, y que no necesito deshacerme de nadie.
– ¿Estás seguro?

Y me sigue mirando fijo y directamente a los ojos. La imagen de esa persona se me vuelve a aparecer.
Primero dudo si seguir o no con la conversación y bajo la mirada, para notar enseguida que el esotérico me pone una mano en el hombro, lo me produce un escalofrío; seguro que me va a hablar de cerca. No sé cómo escapar porque este contacto físico me desasosiega.

Qué suerte, justo en ese momento entra un cliente en la tienda. El dueño vuelve el rostro y le hace un gesto.
– Entre, entre, que enseguida estoy con Usted.

Yo aprovecho la distracción y me deshago de su mano en mi hombro. A mi vez, hago ademán de marcharme y le hago un gesto con la barbilla señalando al cliente:
– Entre y atiéndalo que yo me tengo que ir.

Se da cuenta de que la tensión del momento, con la que me tenía atrapado, ha desaparecido y de que hoy me ha perdido, pero no se resigna y antes de entrar se vuelve y me dice:
-Pásate otro día, cuando lo tengas claro. Sólo acércate, piensa en esa persona que tú sabes, pulsa uno de los dos botones y te marchas; no hace falta ni que me digas nada. Incluso aunque tenga cerrada la tienda, si no está  bajada la persiana, puedes pulsar; tranquilo que no hay cámaras.
– S-sí, no, gracias, quizá otro día.

Agacho la cabeza y salgo disparado, aunque en ese momento ya se me ha olvidado a dónde tenía yo que ir esta tarde con tanta prisa.

Tengo que esforzarme en no seguir pensando en esa persona en concreto, de cuyo nombre sigo sin querer acordarme, pero cuya imagen no se borra de mi cabeza.
A partir de hoy no pienso volver a pasar por la calle de la tienda, no quiero volver a ver estos malditos pulsadores ni volver a encontrarme con el esotérico; daré la vuelta por la calle de detrás. No quiero caer en la tentación.

Pero esta noche llevo ya no sé cuántas horas dando vueltas en la cama y no puedo dormir.

Además de todo lo que me ha hecho ESA persona, es tan MALA persona que ahora me está fastidiando indirectamente porque no me deja tranquilo el hecho de que exista la posibilidad de tomar “La Decisión” y mandarla a paseo de una vez.
Sé que es absurdo, que no puede ser verdad, que es irracional creer esas cosas…

Pero no creo que pueda resistir la tentación de los botones.

esendraga, 2019

LA FOTO DE LOS SIETE.

Esta tarde volvía de viaje y por la radio del coche daban el típico programa de variedades hablando de asuntos diversos, entrevistas y comentarios. Han mencionado un cuento escrito por un argentino de nombre Alberto cuyo apellido no he conseguido entender. Como llovía bastante y la carretera estaba difícil no podía prestar demasiada atención a lo que contaban. Pero en esencia se trataba de una historia sobre alguien que desarrolla un aparato o un sistema que, partiendo de la foto de una persona o un grupo, es capaz de desdoblarlo en dos: una imagen con las personas que están vivas en ese momento y otra donde solo aparecen las que han fallecido.
Es una tontería, pero me ha llamado la atención.

Esta noche, después del viajecito, estoy cansado, me pican los ojos y me siento con las defensas bajas, pero no me apetece acostarme. Afuera, además de seguir lloviendo hay tormenta.

He recordado lo oído en la radio y se me ha ocurrido fisgar por internet a ver si encontraba algún detalle más del cuento. Después de buscar por el derecho y por el revés, he pinchado finalmente en un enlace y me ha salido una página un poco rara. Esta web asegura que han conseguido unos algoritmos que por lo que dicen dan un resultado como el del cuento. Además es un servicio online y gratuito: subes una foto donde salgan personas, su sistema informático procesa la imagen y te devuelve dos fotos, igualito que en la historia que he oído. Estoy tentado de probarlo.

En la librería tengo una foto de los siete, que nos hicimos hace ya muchos años. Éramos compañeros desde críos, y el último dia de instituto alguien debió traer una cámara y nos hicimos la foto, en color y todo. En un banco del parque que había delante del instituto se sentaron cinco, todos muy serios, y Felipe y yo nos pusimos detrás. Como siempre simulando que nos peleamos y muertos de risa. Es el único recuerdo material del grupo.

En los años siguientes nos hemos reunido de vez en cuando, pero de los siete hay uno que yo sé que falta: Felipe.

Hacía bastante que no nos veíamos y la última vez que nos reunimos, hace casi un año, no fue para reírnos, ni para contarnos qué tal nos iba a cada uno, ni para recordar cuando éramos críos.
Fue muy triste. Felipe había tenido un accidente, y los seis que quedábamos nos encontramos en el entierro. Cuando nos despedimos, quedamos en vernos más a menudo, pero hasta ahora ninguno hemos dicho nada: el grupo de whatsapp está mudo. Creo que no nos apetece vernos porque nos haría recordar al ausente. Sin Felipe la cosa sería muy diferente.

En aquella época era mi mejor amigo y cuando nos tomaron la foto estamos los dos, detrás del banco, jugando. Estamos luchando, haciendo fuerza empujándonos hombro con hombro a ver quién puede más. Cosas de críos.

Miro la foto y me quedo parado, mecido por el sonido de la lluvia. Todos hemos cambiado, mi aspecto ya no es el mismo que entonces. Pero todos seguimos aquí. Menos uno.

Un relámpago me reactiva. He sacado la foto del marco y la he puesto en el scanner.
Veo la foto en pantalla y amplío nuestra zona. Estamos los dos partiéndonos de risa, haciendo fuerza y mirando a cámara.
Guardo la foto como “LosSiete.jpg”, y la subo a la web. Pincho en un botón grande que dice PROCESAR y cambia a PROCESANDO.
Espero un rato y actualizo, pero sigue igual. O es una cosa fake, o es que el proceso el lento… Me asomo a la ventana, y la noche está cada vez con el cielo más cerrado y la lluvia y el viento más desagradables. Los relámpagos están por encima del mar, pero muy cerca de la costa.

El fresco de la noche me despeja y me doy cuenta que esta página sólo puede ser una chorrada, una broma o base para algún tipo de pirateo, así que decido dejar este asunto de la foto.

Ya siento frío y vuelvo al ordenador decidido a apagarlo, pero justo cuando cojo el ratón aparece un cuadro de diálogo para descargar archivos. A ver qué chorrada sale…
Se descargan dos ficheros: “LosSiete_V.jpg” y “LosSiete_M.jpg”
Los guardo en el escritorio sin abrirlos. Miro los nombres: la V debe ser de vivos y la M de muertos.

En un ataque de sensatez selecciono los dos archivos y le doy a suprimir. Pero después, me quedo un momento con la flechita sobre el SI para confirmar la eliminación: al final, la curiosidad y la inquietud son más fuertes. Pincho en NO y rápidamente hago doble clic en el fichero que acaba en V.

Allí estamos los seis, cinco en el banco y destrás estoy yo sólo, venga reír, escorado hacia un lado haciendo fuerza contra un oponente inexistente. Increíble, ¿cómo puede saber el sistema que Felipe está muerto? Esto lo tengo que enseñar a los colegas.

Para tener una prueba material le doy a imprimir y la máquina empieza a hacer ruido. Quizá demasiado para estas horas, pero con esta tormenta no creo que nadie esté durmiendo. Me quedo como alelado viendo cómo la foto va saliendo poco a poco, a tirones, por la bandeja delantera.

La saco y me acerco a la luz. Parece que la impresión no ha salido bien. La parte donde estoy yo ha quedado como con menos densidad de tinta.

Vuelvo a la pantalla y amplío esa parte. Curioso, hay zonas donde mi imagen se ve como un poco desvaída. Amplío más y veo que mi imagen es semitransparente. Ahora sí que me pasmo de verdad. ¿Eso es que estoy medio muerto?

Me empieza a dar un mal rollo… Pero no puedo dejar de ver la segunda foto que ha procesado este sistema de la página web.
Vuelvo al escritorio rápidamente y abro la foto que me han mandado con la letra M.
Los dos segundos que tarda en aparecer en pantalla se me hacen eternos.
La imagen me sale a pantalla completa, y allí estamos los dos, detrás del banco vacío. Estamos solos y muertos.

Muertos de risa.

esendraga, 2019

NIRVANA

Hace ya más de un año que no tengo trabajo remunerado.
Más bien al contrario, tengo remuneración, independientemente de que la actividad que desarrolle.
En estas condiciones puedo hacer cosas que hasta ahora hubieran sido difíciles.

Nirvana

Pues una de ellas es ir a diversas actividades en el gimnasio que hay justito al lado de mi casa. Una de ellas consiste en asistir a clases dirigidas de yoga, primera vez que me acerco a esta disciplina. Alguna gente conocida se muestra extrañada cuando digo que hago yo tales cosas, que están en el lado del sosiego y la meditación, porque se ve que más bien me consideran un tipo activo. Esto es que no me conocen bien.

Pero no quiero hablar de mí, sino de la clase propiamente y de su profesora.
Hasta hoy teníamos una profe más bien tirando a seca, poco empática y de simpatía reducida. Durante los ejercicios comentaba lo justo para darnos a entender la contorsión que en cada momento se requería. Cuando más complicada era la posición, más tiempo nos dejaba clavados en esa postura imposible.

Al decir esto se me acaba de ocurrir que voy a bajarme del interné, pirata of course, un manual de kamasutra de forma que quizá pueda sacar algo positivo de la práctica del yoga… Pero me estoy desviando, que es lo que tiene la meditación, que te lleva por caminos imprevistos y quizá indebidos, os pido perdón.

Además, yo que pensaba que el yoga tenía que ver con la harmonía me había quedado un poco frustrado porque, con la profe anterior, el paso de unas posturas o ejercicios a otros era como a trompicones, muy poco fluido.

El caso es que la dicha profe se ha marchado y hoy hemos tenido una nueva.
Vista de lejos y sin ponerme las gafas podría parecerse a la anterior. Pero, de cerca, mejora a su predecesora a ojos vistas. Es una joven como las de ahora, que casi todas tienen buen tipo, sobre todo las profes de gimnasia, pero ésta además, tiene cara simpática. Y además es puntual, cosa muy importante.
Y la mejora es mucho mayor en cuanto empieza la clase.

Como se suele, ha empezado con la conocida postura de meditación, todas sentadas con las piernas cruzadas, que veo en google que se llama postura flor de loto, qué bonitto.

Y por cierto que hablo en femenino porque la mayoría aplastante del alumnado son mujeres. Algún día he sido el único varón, pero como soy un poco queeer, no se nota casi.

Pues esta mañana, la joven, ha explicado detalladamente cómo es la colocación correcta para imitar el mencionado órgano de reproducción del famoso loto. Y cada uno de la treintena de practicantes que somos, dentro de nuestras respectivas posibilidades físicas, hacemos lo que podemos para imitarla. Por cierto que esta muchacha se dobla, se curva y se pliega como quiere, es superflexible.

Pero es que además, mientras respiramos pausadamente con los ojos cerrados, las manos apoyadas en las rodillas y los pulgares e índices haciendo un circulillo muy cuco, ella se paseaba entre todas y nos ha seguido hablando con una voz continua y serena, convincente y suave, amistosa y sin blandenguerías. Nos ha ido diciendo que estamos allí para crecer interiormente, para intentar armonizar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu. No he podido evitar una sonrisa con esto del espíritu.
Que nuestro tronco es como un árbol, decía, y nos pedía que imagináramos que de nuestros pies salen unas raíces que cada vez con más profundidad nos conectan y anclan a la tierra. La visión es interesante y sugerente pero a mí la realidad me xafa siempre las ensoñaciones: en este caso porque estamos en un primer piso, que queda encima de la piscina cubierta de la planta baja del gimnasio. Esto me ha estropeado un poco la metáfora, pero al instante he reconducido mi indómito pensamiento disperso y he vuelto a concentrarme en la voz de la profe.

Mientras tanto, los muslos ya me empezaban a crujir un poco de estar tanto rato en tensión con las piernas cruzadas, intentando que a cada respiración mi columna estuviera más recta y más estirada. Pero como con la anterior profe ya hacíamos la misma postura, estaba yo ya un poco entrenado y he aguantado como un jabato.

Otra cosa interesante que en esta fase nos ha contado es que no somos un árbol aislado porque estamos rodeados de otros árboles, y tenemos que visualizar cómo es nuestra relación con los otros elementos de este bosque imaginario.

Mientras tanto una música con aire indostánico, supongo yo porque se escuchaba un sitar al fondo, complementaba armónicamente sus palabras.

Yo de vez en cuando abría con disimulo un ojo para ver por dónde andaba la joven y para mirar el reloj que hay encima del espejo gigante que hay en el fondo. Y también para ver si mi tronco estaba recto y la cabeza no se me caía hacia alguno de los lados: la postura no era muy garrida, pero para un sesentón bajito que no ha hecho ejercicio físico durante el último medio siglo, al menos se me antojaba honorable.

Me ha encantado que esta parte ha terminado con elevación de brazos, como ramas de árboles que, girando ora en un sentido, ora en el otro, han reafirmado la ilusión de que éramos un bosque. Sobre todo cuando mi rama izquierda chocaba en alguno de los giros con la derecha de mi amiga Tere que como árbol vecino estaba plantada en la colchoneta de al lado.

No quiero cansaros describiendo ‘el perro boca abajo’, ni ‘la cobra’, ni ‘la tabla’, ni ‘el barco’, pero esta chica las hacía todas de maravilla.

Por cierto que en las posturas más incómodas cuando ya la situación se ponía difícil de sostener para nosotros los mortales, esta profesora nos indicaba con ánimo: “dos respiraciones más”. Todo un detalle que te permite hacer un esfuerzo y aguantar hasta el final.

Bueno, tampoco quiero aburriros ni con ‘el guerrero 1’, ni con ‘el guerrero 2’.
Por cierto que cuando hacemos lo del guerrero, aquí sí que me siento más identificado que con ‘el loto’ o con el ‘aliento del viento’, pero esto es una cuestión de autopercepción: al hacer estas posturas, me miro de frente al espejo y procuro hacer el ejercicio todo lo potente que puedo, ¡qué bella estampa!
Y me estoy refiriendo a mi figura, por supuesto, que no a la de la profesora.

De posturas sólo diré que mi preferida es la de relajación, tumbado boca arriba. Aunque nos ha explicado que ésta no es una postura para descansar o dormir, sino que nos permite tomar conciencia de nuestro contacto con la tierra y con la naturaleza y meditar en consecuencia. Aún así, me gusta esa postura, sobre todo después de hacer ‘la plancha invertida’. O cuando acabamos de hacer ‘el puente’, mayormente si es especialmente largo.

Durante la hora entera nos ha estado hablando, con ese tono tan agradable, dando sentido a cada uno de los ejercicios.

A pesar de lo gentil de la clase y de la agradable profesora, aunque no han pasado más que unas horas ya empiezo a notar las agujetas en varios de mis músculos, algunos de los cuales no me habían sido presentados hasta hoy, pero con los que intuyo me va a unir una gran amistad en las semanas venideras.

Los que me conocéis, sé que no pensaréis mal de mí por lo que voy a decir.
Y los que no, por favor no lo hagáis, porque os equivocaríais.

Tengo ganas de que llegue el martes próximo a las 09:30, en la sala 03.

esendraga, mayo 2019

RARA AVIS. (Relato verídico)

Hace unos años encontré este ave, única e irrepetible, pero no me preguntéis sobre ella, porque poco sé.
rara avis 2
Sólo puedo contar que estaba yo en aquella ocasión paseando por el puerto pesquero cuando, de repente, en el agua, me pareció ver la cabeza de lo que podría ser algún tipo de ave, que al momento se desvaneció. Seguí paseando y mirando las ondulaciones de la superficie, buscándola en los reflejos. Era casi de noche y ya desesperaba, pero tuve suerte porque volvió a aparecer ante mi cámara durante un breve instante. Fui el único que pudo ver este fabuloso y desconocido animal.

Supuse que siendo un ave marina sería viajera y habría visto mundo, volando de puerto en puerto. Pero como sólo apareció durante la toma de la foto, esto es 1/500 de segundo, no pude preguntarle por sus viajes, porque la verdad es que me hubiera gustado saber más sobre su vida y aventuras.

Tras aquel primer encuentro años atrás, cien veces regresé al mismo lugar tratando de encontrarla para preguntarle por su periplo, por sus visitas a lo desconocido, esperando me pudiera revelar el secreto de su existencia. Y quizá también el secreto de la mía, la razón de nuestra vida.
Me decía a mí mismo que si algún día la volvía a encontrar intentaría parar el tiempo y entablar conversación con ella.

Ayer paseando por otro puerto, estuve haciendo fotos de los pesqueros amarrados y del agua, porque siempre me han atraído los juegos de luces sobre la superficie. Recordé a mi ave pero, habiendo perdido la esperanza hace tiempo, ni siquiera la busqué.

Esta tarde, hace un rato, he descargado las fotos y me he puesto a seleccionarlas. Había muchas semejantes, algunas borrosas, otras con líneas y colores formando tramas y diseños más o menos interesantes y he empezado a borrar las que no me decían nada.
rara avis 1
Cuando he llegado a ésta ya iba a darle a la tecla Supr, pero en el último momento he visto algo llamativo en su parte inferior… Sí, era mi pájaro misterioso, aunque en esta ocasión había cambiado de color, pero el perfil era de la misma rara avis, estoy seguro.

Ha sido una pena, admirada ave fantástica, porque ayer te tuve delante y ni siquiera te vi. Si hubiera podido preguntarte, quizá me habrías hablado sobre la vida de las cosas efímeras, como tú misma, como yo, como todo lo que hay en este mundo…

Ahora, mientras miro pensativo tu foto en la pantalla, recuerdo que esta mañana, una soleada y serena mañana de domingo de primavera, alguien se lanzó desde un piso muy alto del edificio que hay frente a mi ventana, al otro lado de la calle. Me ha resultado triste, aunque no sé quién puede haber sido.
Pero la verdad es que da lo mismo porque estas cosas pasan a menudo.

Si alguna vez te vuelvo a encontrar, ave esquiva, quizá me puedas explicar por qué.

esendraga, abril 2019

NADA ES PARA SIEMPRE

Paty siempre ha sido una mujer alegre. De niña en el pueblo era una descarada y lo mismo respondía sin complejos a la vieja más gruñona que al mozo más chulo.
Tuvo unos inicios difíciles en la ciudad, pero todo salió bien. Y desde octavo, con sus dos amigas del alma como apoyo, fue una adolescente segura de sí misma y a quien no le importaban en exceso las opiniones de los demás.
Estar integrada en ese trio inseparable de amigas, contribuyó definitivamente en su autoafirmación.
Y su padre siempre fue un apoyo. Un apoyo casi silencioso, pero un gran árbol al que asirse.

Nada es para siempre P1530836

A partir de segundo de bachiller los “chicos” empezaron a ser tema favorito de sus dos amigas. Estela era una lanzada, mientras que Reme era más de dejarse querer. Pero las dos sentían una atracción genérica hacia muchos de ellos.
Sin embargo a Paty le parecían en general una compañía agradable, pero en general, le parecían un poco básicos.
En general. Salvo uno de tercero de BUP con el que coincidió en alguna asignatura optativa. Era un tipo más bien reservado, pero a través de su mirada ella intuía que detrás no había un chico corriente, sino una persona especial. Poco antes de fin de curso salieron un par de veces y los dos parecieron estar muy a gusto los ratos que estuvieron juntos. Pero él vivía al otro lado de la ciudad y en cuanto empezaron las vacaciones perdieron el contacto. Y al curso siguiente ya no apareció por el instituto.

Acostumbrada a tener a sus dos amigas cerca, tanto en el colegio como en el instituto, cuando se metió en primero de ciencias de la educación física y el deporte, se encontró un poco rara en una clase donde ni una cara le era conocida. Asumió que era lo normal y como en las clases se intercalaban actividades deportivas, tuvo ocasión de establecer relaciones con multitud de compañeros y compañeras y se formó un grupo más o menos estable, de una decena de colegas.
A veces salían todos juntos como grupo pero otras veces se fragmentaban, en varios más pequeños, en función de los respectivos intereses.
Paty entabló especial amistad con una morenita, Luisa. La primera vez que salieron, solas las dos, fue a ver un campeonato de atletismo que les interesaba a ambas. Luego formaron equipo en un trabajo para la asignatura “Dirección y organización de la actividad física y el deporte”. El trabajo en sí era una cosa teórica y retórica, pero durante su preparación se hicieron unas buenas risas.
También hicieron pareja en una actividad deportiva de otra asignatura. Paty se encontraba muy a gusto con esta compañera y pensó que quizá sentía una cierta atracción hacia ella.
Las veces que tenía algún contacto físico con ella, durante alguna actividad o simplemente cuando se sentaban juntas en algún lugar, sentía algo que para ella era nuevo.

Una tarde, de forma accidental, estaba Paty detrás de su amiga en la cola de una taquilla. Luisa llevaba el pelo muy corto y ella no pudo resistir la tentación de darle un beso ligero en la nuca.
La otra se volvió, la miró a los ojos, se sonrió y no dijo nada. Pero después de aquel momento de espontaneidad, Luisa ni hizo mención ni pareció darse por aludida, y ese curso acabó sin más que una buena amistad.
Paty seguía saliendo a menudo con las Joyas y cuando le preguntaban si no había ningún macizo “especial” en su facultad, donde debía haber mogollón de tíos cachas, ella contestaba con algún chiste o se hacía la despistada.

Ese verano, que fue el último verano tipo “estudiante”, se lo pasaron genial. Ninguna de las tres se podía permitir unas vacaciones fuera, y muchos días Paty tenía que ayudar en casa. Aun así, cuando podían, se montaban en el Honda azul de Reme, ponían cada una cinco euros de gasolina y se iban a pasar la tarde a su playa favorita. Tumbadas en la arena, dejaban que la noche fuera cayendo sobre ellas poco a poco, y la playa se iba quedando desierta. Eran ratos de complicidades y confesiones. Aunque Paty pensó alguna vez en contarlo a sus amigas, jamás comentó nada sobre de su indefinición en cuanto preferencias sexuales; no le parecía que fuera algo realmente importante y como lo no lo tenía nada claro, no hubiera sabido cómo explicarlo.
Esas tardes, cuando la oscuridad era casi total, se daban una ducha en la misma playa, con discreción se quitaban el bikini mojado y se ponían vestidos fresquitos. Y luego empezaban un recorrido por varios de los chiringuitos, tomando algo y oteando a ver el personal masculino que pudiera estar disponible. Aunque en realidad, era más una diversión que una verdadera búsqueda. Y también tomaban algo de beber, salvo aquella de las tres a quien tocara por sorteo conducir de vuelta, a la que sólo dejaban tomar refrescos.
Quizá solamente repitieran esa excursión media docena de veces, quizá alguna más, pero se quedó para siempre en la memoria colectiva de las Joyas como el verano de los chiringuitos.

El siguiente curso empezó con todas sus expectativas, nuevas asignaturas, nuevos compañeros y nuevos profesores.
Y aquí saltó la sorpresa, y más concretamente en la asignatura Fisiología del Ejercicio. En cuanto entró el profe en clase, Paty se quedó bloqueada. ¡Qué tío más guapo! No recordaba haber sentido antes nada igual.
Después de presentarse el profe, que dijo llamarse Luis, con el fin de hacer participar a los alumnos y de empezar a conocerlos les fue preguntando por sus deportes o ejercicios favoritos. Cuando le llegó al turno a Paty, se le quedó tal cara de pasmo que el tal Luis, en vista de que no respondía, pasó el turno al siguiente sin más comentarios.
Al final de la clase, cuando Paty al ir a salir pasó a su lado, le hizo una seña y le preguntó si estaba bien. Ella balbuceó algo como que sí, que debía ser el calor, o que si era el primer dia o una excusa que luego no recordó y que seguro fue lo más tonto que se le podía haber ocurrido.

Luis acababa de terminar la carrera, tenía cinco años más que Paty y era un tipo encantador. La cosa se fue liando, en cuanto ella obtuvo el grado se fueron a vivir juntos y al año siguiente se casaron y tuvieron una hija.
Antes de todo aquello, Paty ni se había imaginado que nada similar le pudiera suceder. No sabía por qué, pero siempre había pensado que lo de madre y esposa no era para ella.
A ella, que no había tenido experiencia sexual previa ni especiales expectativas en este campo, lo que tenía con Luis le parecía un invento francamente bueno.
A los cinco años de convivencia y con una hija y un hijo que ya corrían y hablaban, todavía casi ni se lo creía.

Luis seguía de profesor en la misma universidad y ella había estudiado, con su niña pequeña al pecho, sus correspondientes oposiciones.
Y acabó consiguiendo plaza de profe de gimnasia en un instituto relativamente cercano a su casa.
Ambos tenían un buen horario que podían combinar perfectamente y todo era fácil, agradable.
Paty había vivido los problemas económicos que tuvieron tuvieron sus padres en una época. Recordaba cómo hubieron de trasladarse a la ciudad por motivos de trabajo. Cómo su padre se tiraba semanas viajando con su camión muy lejos de casa y luego al regreso tenía algunas desavenencias con su madre, cansada de tirar sola de casa y de hija.
Para ella iba todo tan bien que se le hacía raro y a veces le daba miedo. Pero procuraba no pensar en negativo y disfrutaba de su trabajo, de sus hijos y de Luis. ¡Menuda suerte, era un tipo único!
Los momentos malos, que hubo alguno, pasaron relativamente rápido y ninguno fue tan malo que mereciera la pena ser recordado por ninguno de los dos.

Pero nada es para siempre.
Nadie piensa ni dice a diario ¡qué feliz soy!
Catorce años puede parecer mucho tiempo, pero cuando todos y cada uno de los días de esos catorce años están embebidos en algo que se puede llamar harmonía o felicidad, se hacen cortos.

Ambos eran personas sanas, activas, los dos practicaban deporte, o al menos ejercicio regular. Luis no tenía problemas de salud en la mitad de su cuarentena, pero en un partido de rugbi con su equipo, casi a final de curso, tuvo una parada. Salió de esa primera parada, pero luego tuvo un segundo ataque, que fue el último.

A partir de ahí, Paty, sufrió un apagón y sus hijos también. Los chicos se repusieron antes gracias a la ayuda de sus abuelos y de las Joyas, sobre todo de Estela.
A ella le costó algo más. Casi un año después, todavía de baja, temía que no iba a ser capaz de salir del agujero. Un curso completo en blanco, que en realidad fue un tiempo en el que estuvo sumida en la oscuridad.

Pero tanto si se trata de un tiempo feliz como si es la mayor de las tristezas, nada es para siempre. Paty se pudo reincorporar en el mismo instituto al siguiente curso. Le costó coger el ritmo, pero se forzó a sí misma; tenía sólo 42 años y no podía quedarse parada, por ella misma y por sus hijos adolescentes, que a falta de padre necesitaban una madre 100% operativa.

En el centro la apoyó, sobre todo al principio, una profesora de literatura, algo más joven que ella, llamada Gloria. Una chica soltera, de buen espíritu que se solidarizó de inmediato con su situación.
Fuera del trabajo la presencia y la necesidad de sus hijos la ayudó a recuperarse. Pero en el trabajo fue la muleta de Gloria la que le ayudó a volver a ser persona y buena profesora.

Tras unos meses, Paty intentó recuperar la costumbre familiar de salir de excursión en fin de semana de vez en cuando. Cuando vivía Luis hacían al menos una salida al mes; buscaban una ruta de senderismo asequible, teniendo en cuenta que llevaban niños, reservaban en un hotel o casa rural, marchaban el viernes por la tarde y pasaban dos días de caminatas por el monte, de buena comida y de buenas risas, para regresar a la rutina con espíritu renovado.

Le costó animarse, pero para no arriesgar demasiado, buscó una ruta de senderismo que ya habían hecho años atrás, reservó la casa rural que ya conocía, y en lugar de salir viernes, madrugaron el sábado y salieron a la carretera.
Esa primera vez le resultó todo tan duro, que regresaron la misma mañana del domingo, nada más levantarse. No podía soportar la falta de Luis.
Cuando el lunes se lo contó a Gloria, ésta se ofreció para acompañarles, como apoyo, la próxima vez que fueran a salir.
Paty invitó a Gloria a comer un domingo en su casa, para que conociera a sus hijos.
Los chicos pensaron que una profesora de literatura a corta distancia sería posiblemente una pesada, pero resultó no serlo: era una compañía llevadera.
En navidad Gloria les devolvió la invitación.

En primavera plantearon una salida de prueba para un fin de semana. No se llevaban mal los cuatro y lo pasaron bastante bien. Todo era diferente que con Luis, pero quedaron en repetir.

En el tercer trimestre hicieron otra excursión. Tenía encanto el hotel rural donde cogieron dos habitaciones dobles, pero resultó que una de ellas tenía cama de matrimonio, así que los hijos de Paty no admitieron discusión y la pareja de hermanos adolescentes se quedaron la de dos camas.

A las dos profes, amigas, se les hizo raro lo de compartir cama. Pero estuvieron hasta tarde charlando en voz baja.
Como no es ni parecido hablar en la sala de profesores o en la mesa comiendo con los hijos, que solas, a oscuras y en la misma cama, salieron cuestiones más personales que a las dos les hizo bien compartir.
Cuando la conciencia les empezó a fallar por el sueño, Paty le dio las gracias y le tendió una mano. Así se durmieron las dos.
Y hasta final de curso, hubo varios fines de semana más, en diversos lugares.

Gloria era una mujer más bien introvertida que de joven prefería quedarse a leer que salir a ligar. Además, pronto se dio cuenta de que no le gustaban los varones, pero por timidez y por desconocimiento, no llegó nunca a tener ni novia ni nada parecido. Tampoco sentía especial necesidad.

Ese verano alquilaron una casita en una playa y fue un mes en el que los cuatro disfrutaron. Los niños habían perdido casi del todo ese aire sombrío que se les había quedado por la pérdida del padre y Paty se sentía a gusto y despreocupada. Luis seguía presente en cierto modo, pero todos sabían que había vida por delante.

Entre ellas, todo se había deslizado con facilidad. Fueron adaptando sus estados de ánimo y sus costumbres la una con la otra. La más sedentaria empezó a gustar del ejercicio y la más deportista, con los hijos cada día más mayores, empezó a dedicar más tiempo a actividades intelectuales.
En la intimidad, su relativa inexperiencia fue una bendición. Sin prisa ninguna, y sin casi pistas previas, sus cuerpos fluyeron cariñosamente descubriendo, día a día, nuevas formas de conocerse y de quererse.

Al comienzo de curso, las dos profes hablaron por primera vez de algo que llevaban en la cabeza hacía un tiempo: estaban tan bien juntas que era una pena no compartir su vida.
Paty se daba cuenta que nunca había buscado pareja cuando era joven. Simplemente encontró a Luis y resultó ser el hombre de su vida.
Después del tremendo revolcón que había sufrido con su pérdida, tampoco había buscado nada en nadie, y había encontrado a Gloria, que estaba siendo la mujer de su vida.

Llegó un momento en que ambas estuvieron de acuerdo en que debería ser posible vivir juntas, con los hijos de Paty, como una familia. No querían renunciar a vivir plenamente esa nueva vida que se les ofrecía.
Pero Paty tenía dudas sobre si esos adolescentes, que habían pasado dos años recuperándose de la pérdida del padre, admitirían de buen grado esa situación.

Un sábado, en que iban a comer los cuatro en casa de Paty, las amigas planearon que en la sobremesa Gloria se ausentaría con la excusa de hablar por teléfono con su familia. Mientras, Paty, intentaría informar a sus hijos de la relación que había entre ellas, y de los posibles planes de vivir juntas. A ver qué pasaba.
Llevaba preparado un discurso muy elaborado para hacer comprender a sus hijos, de una manera suave y progresiva esta nueva situación.

Por fin es sábado, y ha llegado el momento. Han terminado de tomar el postre. El sol de la tarde entra por la ventana del comedor familiar.
Gloria, con antelación, ha programado en el móvil una alarma que acaba de sonar, y ha salido alegando que la llaman del pueblo de su madre.
Paty traga saliva y empieza:
– Mirad, aprovecho que Gloria no está aquí, porque quiero comentaros algo.-
Cara de sorpresa en ambos.

Continua:
– Sabéis que yo quería a vuestro padre más que a nada en el mundo. Sabéis lo mal que lo hemos pasado los tres hasta que hemos podido superarlo y seguir viviendo después de quedarnos sin él. Yo os veo fuertes y cada vez más mayores y más responsables.
Los mira uno tras otro y les ve los ojos un poco húmedos. Pero ella también los ve algo borrosos.

Parpadea fuerte, vuelve a tragar y prosigue:
– Sabéis perfectamente lo que me costó recuperarme y el gran apoyo que ha sido Gloria para mí.
Pausa valorativa, y los jóvenes ponen cara de “sí, vale, y ¿a qué viene esto ahora, en la sobremesa?”
– Pues quería contaros algo. Resulta que Gloria y yo somos muy buenas amigas.
Aquí aparece una media sonrisa en la cara de los hijos, sobre todo en la de la niña que es algo más mayor.

– Pues eso, que Gloria y yo, somos, en realidad, más que amigas. No sé cómo decirlo, Gloria y yo…somos…

Gloria, que no habla por teléfono, está en la cocina un poco nerviosa preparando dos cafés y un té. Podría intentar escuchar desde la puerta, pero quiere ser discreta porque sabe que para Paty sus hijos son muy importantes.
Saca una bandejita del armario bajo, y está abriendo la lata de las pastas de té cuando oye risas en el comedor. ¿Cómo pueden reírse de la confesión de su madre?
Lleva la lata en una mano y la tapa en la otra. Son risas jóvenes y cada vez más exaltadas. ¿De qué reirán?
Sale de la cocina y avanza por el pasillo hasta la puerta del comedor para averiguar qué está pasando. Para ellas dos es un momento que puede ser muy importante, casi decisivo para sus vidas, al menos a corto plazo.
Su amiga está sentada de espaldas a la puerta, pero sus hijos se están partiendo de risa y la ven aparecer a ella con la lata azul de las pastas danesas en la mano. Y siguen con las risas ahora mirándola a ella.
Cuando Paty se da cuenta de que, mientras siguen riendo, sus hijos miran hacia la puerta por detrás de ella, se vuelve. Tiene una cara rara, con una expresión mezcla de sorpresa, algo de vergüenza y quizá un cierto alivio.

Se dirige a Gloria:
– ¡Que dicen estos que ya se habían dado cuenta hace tiempo!

esendraga, abril 2019.

Historia basada en hechos reales, que hace años oi contar a su protagonista.