¡APROVECHEMOS!

Tarde larga de  primavera.

Tarde larga de primavera

Por levante el cielo mantiene su color azul, durante bastante rato mientras el sol va cayendo por el otro lado.
La luces artificiales de la ciudad empiezan a aparecer, pero la oscuridad invade poco a poco la habitación.

¡NO enciendas todavía!

Es el instante mágico en que el dia se muere, para dar paso a la noche.
Retrasar un poco más ese momento del tránsito y disfrutarlo produce cierto placer, quieto, sosegado.
Es necesario aprovechar este espacio, en que las sombras no han vencido todavía, para  revisar qué hemos hecho con ese lienzo en blanco que se nos dio al amanecer.

Quizá no hemos pintado nada memorable. Quizá son sólo borrones.
Pero si hemos dejado entre los grises unos pocos colores con una cierta harmonía, y el conjunto nos deja la sensación de haber vivido, es que no hemos perdido este dia.

Si la pintura apenas está empezada, o si los claroscuros nos dejan un vacío, lavémonos la cara con agua fresca y encendamos todas las luces. Todavía quedan unas horas para ser vividas, para hacer que el lienzo tenga, al menos, una última esquina bien conseguida.

Hablar con alguien, querer a alguien.
Pero aunque no tengamos con quién hablar, siempre se puede arreglar la jornada leyendo un buen libro; si lo masticamos con atención y conseguimos que nuevas ideas queden en nosotros, o si llegamos hacer nuestras las vivencias de otros podremos decirnos a nosotros mismos que no hemos perdido el dia, cuando a su final el telón caiga tras nuestros párpados.

¡Aprovechemos!

esendraga

 

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IN EXTREMIS

Sólo si lo habéis vivido, sabréis de qué hablo.

Me refiero a esa sensación que se tiene cuando parece que todo está perdido, cuando percibes que el final es inmediato, que ese final es definitivo y, que además es inevitable. Entonces entramos en modo “In extremis”

Cuando llega ese momento dejas de ver y de oír todo lo que te rodea, aunque en realidad tus sentidos son más agudos de lo que jamás fueron. Pero sólo perciben aquello que nuestro piloto automático interior considera que es una posibilidad de salvación. Y todo eso sin avisar al control central de nuestra conciencia, que en estos casos límite no aporta gran cosa a lo único que importa: salvarse uno mismo.

In extremis

La catástrofe que percibíamos bajo nuestros pies nos había puesto en ese estado semiautomático, modo “In Extremis”, y por eso ni recuerdo cómo entramos en el Prometeo, ni cómo conseguimos arrancar, ni tampoco qué hicimos exactamente para conseguir alejarnos a tiempo  de aquel infierno de lava y gases incandescentes.

Había pasado bastante rato desde el despegue cuando tomé conciencia. Estábamos a salvo, por lo menos, de momento. Y entonces fue cuando noté ese conocido sabor amargo en la garganta y la boca muy seca. Esto y esa amnesia parcial son la resaca habitual por haber estado un rato en modo salvación In Extremis.

Y sólo entonces empecé a notar los casi 3G que, por la aceleración, aún me aplastaban contra la colchoneta. Y también noté como si alguien estuviera subiendo poco a poco el volumen del sonido ambiente poco a poco, de forma que empecé a oír el rugido  agrio de los motores. Miré dentro de la cabina y ví que todavía nos llegaba por la escotilla el resplandor de la explosión de la que nos acabábamos de librar.

Volví a cerrar los ojos. Hacía calor y me dolía la garganta. Intenté tragar saliva.

Cuando finalmente, con esfuerzo, pude incorporarme, miré hacia abajo: la masa incandescente de la que habíamos partido se alejaba cada vez más.

Incliné la cabeza y cerré los ojos. Cuando me cubrí la cara con las manos, noté que las tenía heladas.

esendraga

PATROCINIO, LA NUEVA COMPAÑERA (Aunque quiere que la llamemos Paty)

(Este cuentecillo iba a publicarlo el viernes, pero lo adelanto a hoy, dia 2 de mayo, que resulta ser el dia mundial contra el acoso/bullying)

 

Cuando Reme y yo hacíamos tercero de primaria, llevábamos más de una semana de curso cuando apareció una niña nueva en clase. La profe nos dijo que se llamaba Paty.

bullying c

Al salir al recreo, nosotras nos pusimos a jugar a la goma, como siempre, pero como a la nueva la vimos sola en un rincón nos acercamos a ver qué contaba. Le preguntamos pero no le pudimos sacar casi nada. La verdad es que hablaba con un acento que nos pareció un poco raro, pero estuvimos con ella un rato. Al final queríamos volver a la goma, la invitamos, pero nos dijo que no le apetecía y nos olvidamos de ella.

Al volver a clase, la seño pidió a Paty que saliera a la pizarra y nos contara algo de ella. Dijo que era de un pueblo y sus padres habían venido a la ciudad para quedarse. La profe le hizo algunas preguntas. Su padre conducía un camión y la empresa había abierto un garaje aquí, así que se habían venido a vivir. Que ella prefería el pueblo, donde sólo había 18 niños y que en la escuela estaban todos en la misma clase, grandes y pequeños. Y que ella se lo pasaba muy bien allí. Que su casa de aquí era muy pequeña, y poco más contó. La verdad es que con su acento raro y todo, cogió confianza y se explicaba bien. Bueno pues ya sabíamos quién era Paty.

Pero por la tarde vino la profe de plástica, y al dirigirse a Paty, miró su nombre en la lista y la llamó Patrocinio Fernández.

¿¿Patrocinio?? Creo que yo empecé a reírme y toda la clase después. La tal Patrocinio se puso colorada y escondió la cara entre las manos. Toda la tarde nos seguimos riendo y mirándonos con cara divertida burlándonos de ella.

A la nueva la habían puesto en una mesa libre justo delante de mi amiga Reme, mi mejor amiga. Y cuando la profe no miraba le decía a Patrocinio desde atrás, cosas sobre su nombre en voz baja, que si Patro, que si Cini, o Trocini, y todas las tonterías que se le ocurrieron, porque el nombre tenía gracia.

Al acabar la clase, la nueva se largó corriendo y ya no tuvimos esa tarde oportunidad de más diversión. Reme y yo quedamos que a la mañana siguiente nos lo íbamos a pasar bien con Patrocinio.

Esa tarde mientras poníamos la mesa para la cena pregunté a mi padre qué significaba patrocinio. Y él, que de reojo estaba mirando el fútbol en la tele, me señaló un futbolista y me preguntó que qué ponía en su camiseta. Hace casi 20 años, pero me acuerdo perfectamente que ponía “Líneas Aéreas de Syldavia”.

  • Papá, ¿qué es Syldavia?
  • Es un país. Pues la compañía de aviones de ese país paga a esos futbolistas para que lleven el anuncio de su marca en la camiseta, y eso es patrocinar al equipo. Lo mismo pasa con Adidas y con todas esas marcas que hacen patrocinio de los tenistas, o los motoristas.
  • Papá, tú también llevas la marca del chándal, ¿a ti te patrocinan?
  • No eso es sólo a los famosos. ¿Dónde has oído esto del patrocinio?

En ese momento metieron un gol, y mi padre se puso tan contento que se olvidó de la pregunta en ese momento. Luego empezamos a cenar y ya no hablamos del tema.

Al día siguiente, antes de clase le conté a Reme qué era eso de patrocinio, y todavía nos duraba la risa cuando formamos para entrar.

La profe la volvió a llamar “Paty” y yo levanté la mano y dije: “Seño, no se llama Paty, se llama Patrocinio”. Y toda la clase nos volvimos a reír.

La seño me echó un sermón de que no nos teníamos que reír de una compañera y no sé qué más cosas, pero con la risa y el nerviosismo no me enteré bien de qué me quería decir.

Durante la clase todos nos mirábamos a escondidas con el cachondeo de que el nombre de verdad era mucho mejor, pero mucho mejor que ese de mentiras que le habían puesto, Paty.
Además, Patrocinio parecía nombre de chico: el patrocinio. ¿Cómo le habían puesto como nombre eso de pagar a los famosos por llevar una marca en la camiseta o en las zapatillas?

Después del timbre, pero antes de salir al recreo, la profesora llamó a Patrocinio a su mesa y mientras tanto, me acerqué a las perchas y con tiza pinté lo primero que se me ocurrió en la espalda de su anorak, que era como marrón oscuro: pinté una cara de gato.

Cuando salió al recreo, todos la estábamos esperando: ¡Patrocinio, Patrocinio! Gritábamos todos. Y cuando pasaba y los demás veían la cara de gato se partían de risa a sus espaldas.

Se iba a ir corriendo, pero Reme y yo la retuvimos. “Oye a ti quien te paga, ¿el gato?” y nos reíamos de su cara, que era de susto, de desconcierto y de vergüenza. Al final se dio cuenta de que la miraban por detrás. Se quitó la chaqueta, vió el gato y se puso a llorar. La limpió en la fuente como pudo, mientras nosotras nos olvidamos de ella y nos fuimos al rincón de la goma.

A la vuelta por la tarde, mientras formábamos para entrar, vimos a la nueva con una señora bajita y regordeta, hablando con la profe, pero lejos de la fila. La señora debía ser su madre. Pero después de hablar un rato las tres, Patrocinio se fue con ella y no vino a clase. Todo fue normal esa tarde.
Esa noche, fue raro porque durante la cena la tele estaba apagada, pero como a esas horas no hacían nada que me interesase, no dije nada

Empezó normal, y al cabo de un rato mi madre me preguntó qué tal el cole, si lo pasaba bien, si me divertía. Mi padre esperaba también muy atento, y parecían especialmente interesados en mi respuesta. Les conté que nos lo pasábamos bomba, que había venido una nueva, que era de pueblo, y que se llamaba Patrocinio, y que nos habíamos divertido mucho con su nombre.

Les conté que yo le había dibujado la marca del gato en el anorak y que nos habíamos reído mucho hasta que se dio cuenta. Y todos le decíamos que a Patrocinio la patrocinaba el gato. Y que luego ella, se había borrado el dibujo en la fuente del patio.

Mi padre preguntó si la nueva también se divertía con lo de su nombre. Dije que no, que ella quería que la llamaran Paty, y que le daba mucha rabia lo de Patrocinio, pero es que a nosotros nos gustaba más éste, que era su nombre de verdad.

Entonces se puso serio y me preguntó mi nombre.

  • ¿Qué, no lo sabes?, pues me lo pusiste tú.
  • Si, Estela, pero ¿sabes qué significa?
  • Pues Estela no es nada, es mi nombre- Respondí- Y bien bonito.
  • Estela es lo que uno deja a su paso.
  • ¿?
  • Como un barco que deja unas onditas en el agua una vez ha pasado. O como tu primo Luiso, el verano pasado que iba dejando una estela de olor a sudor que no se podía aguantar, ¿te acuerdas?

Esto ya no me gustaba. Mi madre dijo:

  • Te podríamos llamar “Estela de Olor a Sudor”, qudaría bien, ¿Eh?

E hizo un gesto con las manos como describiendo un gran letrero luminoso donde estuviera escrito…

  • ¿Qué dice Paty cuando la llamáis Patrocinio?
  • Se enfada, nos quiere pegar, pero como somos muchos, no puede. Esta mañana se ha ido llorando y esta tarde no ha venido.
  • O sea, señorita “Estela de Peste a Sudor”, que a Patrocinio no le gusta ese nombre… Mira se me ocurre que como Reme es de Remedios y remedios son soluciones y también significa medicinas, vamos a llamar a tu mejor amiga Aspirina, o mejor señorita Aspi.

Y mi padre remachó:

  • Eso, ahora cuando la llames por teléfono, como todas las tardes, vas y le dices a su madre que quieres hablar con tu amiga Aspi.

No recuerdo exactamente qué siguió a esto, pero sí que acabé llorando y también recuerdo que no vinieron a consolarme cariñosamente como otras veces que había llorado por otros motivos. Me sentí un poco abandonada.

Luego me pidieron que llamara a Reme para contarle el asunto y preguntarle cómo le había ido. Ya sabéis que Reme es mi amiga desde siempre, desde antes de que tenga recuerdos. No estaba llorando pero se notaba que estaba un poco rara. Seguro que su madre le habría dado una riña parecida. No hablamos casi nada y colgamos.

Al día siguiente, antes de formar, vimos a Paty en un rincón, intentando pasar desapercibida. No le dijimos nada.
Durante la clase, tampoco nadie dijo nada sobre el nombre, pero al salir al patio, Toño con sus tres seguidores de siempre, se me acercó intentando pincharme para que montáramos un número divertido a costa de la nueva. Le dije que a Paty la teníamos que dejar en paz. Como se puso un poco pesado le dije que si me daba la lata con lo de Paty, que le empezaría a llamar a él por su apellido, que era también estupendo para reírnos un rato, se llamaba Antonio Tos. Sus amigos actualizaron el asunto de la tos, porque lo de ToniTos sonaba bien…

Empezaron a pelearse entre ellos, que parece era uno de sus pasatiempos favoritos, y enseguida se olvidaron de nosotras.

En el recreo, Paty volvió a su rincón. Nos acercamos y ella se puso a la defensiva. Yo le dije que nosotras ya no la íbamos a llamar por el nombre largo, sino Paty. Y nos fuimos a lo nuestro.

Los siguientes días, pasada la diversión inicial ya no le hicimos mucho caso. Y ella se mantenía apartada porque todavía no estaba segura de que no nos fuéramos a cachondear de ella.

A la semana siguiente, un día se puso mala Reme, de forma que nos faltaba una para jugar a la goma y estaba yo un poco aburrida. Al Toni Tos y sus amigos les había dado por hacer el burro y no se podía jugar con ellos. Y el resto tenía cada uno su grupito. Nos faltaba una compañera para jugar, así que me acerqué a Paty que seguía en su rincón y le pregunté que si quería venir. No parecía muy convencida. Pero le insistí y dijo que vale, de forma que se puso a sujetar la goma.

Cuando le tocó, dijo que no, que se quedaba sujetando. Y así acabó el patio.

Pero al entrar en clase le pregunté, si sabía jugar: dijo un sí flojito, pero puso cara de que no.

Al día siguiente lo comenté con Reme, que ya se había puesto buena, y en el patio nos fuimos a su rincón con la goma. Después de darle la lata, acabó confesando que en el pueblo jugaban a otras cosas. Así que le enseñamos. Y para nosotras resultó fatal, porque a pesar de que era más bajita que Reme y que yo saltaba mucho más, y una vez se aprendió los movimientos, siempre duraba más.

Esa tarde vino mi madre a por mí, y me vio que yo salía hablando con Paty.

  • Mira Mamá, esta es Paty.

Y enseguida vi a la señora bajita, que se acercó. Total que se presentaron y mi madre invitó a Paty a que viniera a casa a jugar y a merendar el viernes por la tarde, que no teníamos extraescolares. Ella miró a su madre y quedaron en que sí.

Ese viernes, después de merendar fue cuando las tres nos metimos en mi cuarto y sacamos el estuche de pinturas que se había dejado mi tía hacía ya no sé cuánto tiempo. Y cuando ya estábamos de colorete, de pintalabios y de sombra de ojos hasta las cejas, apareció mi madre.
Fue entonces, mientras nos limpiaba con toallitas húmedas, de esas que gastaba ella por las noches, cuando nos dijo aquello de: “Menudas joyitas estáis hechas las tres, ¡unas joyitas!”. Y fue entonces cuando tomamos el nombre de las “Joyitas”, aunque luego, cuando empezamos a salir con chicos, lo cambiamos por “Las Joyas”.

Las más temibles del barrio. No os engaño si os digo que había compañeros que se apartaban de nuestro alcance cuando aparecíamos en cualquier sitio.

La primera actuación del trío fue ese mismo lunes, cuando Toño y sus amigos se cansaron de pelearse entre ellos y se quedaron sin nada interesante que hacer. Así que quisieron recuperar algo de diversión con el tema Patrocinio. Sin ponernos de acuerdo las tres Joyitas nos pusimos en formación, Reme y yo delante y Paty justo detrás, en el centro, como guardándonos las espaldas. Nos debimos poner tan serias y guerreras que los tres bobos aquellos pensaron que una pelea con nosotras no era buena idea y que era mejor largarse a la otra punta de patio y dedicarse a otra cosa.

Resulta que meterse con alguien sólo es divertido si haces peña con otros. En este caso había sido yo la promotora el primer dia, de forma que como Reme y yo estábamos en contra no podían contar para esa juerga, así que al cabo de unos dias en el cole ya nadie se acordó del nombre tan raro de nuestra nueva amiga. Que yo sepa, nadie volvió a llamar a Paty por su verdadero nombre completo.

Bueno, salvo yo un día en que nos peleamos por un chico, siendo todavía unas crías.
Estábamos las dos discutiendo y bien cabreadas, cuando le dije “¡Tú te callas, Patrocinio!”.

Le produjo tal impresión que de repente se quedó parada, inmóvil. Bajó la mirada, se dio la vuelta y me dejó plantada, con mi cabreo encendido y la palabra en la boca.
Nos costó mucho tiempo y esfuerzo recomponer la relación, todo el tercer trimestre de aquél curso. En que por cierto, estuve a punto de tener que repetir.

Pero antes del verano conseguimos confianza otra vez.

Y Paty se fue haciendo mayor y evolucionó. Y maduró seguramente más que nosotras.

Tanto cambió que el primer día de instituto, al ser peguntada por su nombre, contestó con la mayor naturalidad: “Patrocinio Fernández”.
Nos quedamos a cuadros, ¿qué le había pasado que era ella misma quien lo decía?
Y luego con una sonrisa añadió: “Pero todos el mundo me llama Paty”
Y nos miró de reojo con un guiño.

esendraga, 2 de mayo 2018.
Dia contra el Bullying.

LO POCO ASUSTA, LO MUCHO AMANSA

(Las matemáticas de la vida diaria)

¡MENOS MAL QUE LOS SENTIDOS USAN LA FUNCIÓN LOGARÍTMICA!

Cuando en el cole nos explicaron los logaritmos, se limitaron a poner una fórmula en la pizarra, y luego una serie de reglas para manejarse con esas fórmulas.

Como aquello servía sólo para aprobar, lo olvidamos pronto, y en mi caso tuvo que ser años después cuando por mis propios medios me tuve que dar cuenta de qué significaba realmente que algo siguiera una función logarítmica.

Una interpretación rápida está condensada en una frase que se dice en mi casa: “lo poco asusta, pero lo mucho amansa”.

Como ejemplo pongo el siguiente: una piedrecilla en el zapato nos hace sentir muy incómodos, siendo una molestia objetivamente mínima. Sin embargo, una gran herida o una rotura de una pierna nos producen evidentemente más molestia, pero no en la proporción en la que físicamente sería de esperar.

Supongamos que el origen del dolor con la piedrecilla sea de intensidad 10 y que el dolor de una herida profunda pueda llegar a 10.000 unidades.

Cuando tenemos una piedra en el zapato, si alguien nos dijera que podemos llegar a sufrir una herida que va a doler mil veces más, no creeríamos poder soportarlo. Sin embargo cuando llega el momento se aguanta y la sensación no es 1.000 veces superior.

Lo de los logaritmos es muy simple y es una pena que no se enseñe como algo fácil y útil: como numeramos en base 10, el logaritmo es simplemente el número de ceros de la cifra.

Esto quiere decir que si la piedrita hace daño por valor de 10 unidades, nuestra percepción es dolor igual a 1.
Si la herida produce un daño de 10.000 unidades, el dolor es igual a 4 (cuatro ceros).
La herida duele bastante más que la piedrita, pero no son 1.000 veces más, sino sólo tres “unidades de dolor” más, o sea, que se puede aguantar.

Como lo del dolor no es realmente medible, esto no es más que una elucubración aproximada.

Pero si lo pensamos, nuestra experiencia nos dice que se cumple el hecho de que somos muy sensibles para lo poco, y nos hacemos relativamente insensibles a lo mucho.

Físicamente la cosa queda más clara si analizamos los sentidos físicos, porque éstos sí que son medibles, como por ejemplo en el oído.
La “potencia” de un sonido se puede medir (en watios por metro cuadrado por ejemplo) y el efecto que produce en nosotros también se puede evaluar.

Pues resulta que se mide con los famosos decibelios que no son más que el logaritmo de la potencia del sonido*.

La respiración tranquila de un bebé que duerme cerca puede tener una “potencia” física de una millonésima de watio/m2. Y sin embargo la oímos claramente.

Una mascletá puede llegar a ser más de un millón de veces más fuerte. ¿Cómo lo resistimos? Pues haciéndonos más sordos a los sonidos intensos.

En el aspecto sentimental también se cumple que reaccionamos con una función estilo logaritmo.
Por ejemplo, la pérdida de nuestro bolígrafo favorito o de unas gafas útiles pongamos que es una pérdida de sólo 10 unidades, y a pesar de eso a veces nos preocupa, nos ocupa y hasta nos afecta.
Creo que perder a un ser querido pueden ser un millón de millones de unidades de dolor.

Si nuestros sentidos fueran proporcionales seguro que moriríamos con un dolor tan insoportable.
Pero tenemos que sobrevivir y la única manera de no morir bajo un millón millones de unidades de duelo y amargura, es el truco involuntario de que nuestra mente percibe el dolor con arreglo a la función logarítmica: cuando más grande es el dolor, más se embotan nuestros sentidos para no llegar a nuestro límite, para seguir viviendo.

Porque después del choque, hemos de seguir adelante.

esendraga, abril 2018

*El resultado se multiplica luego por 10, pero esto no afecta al meollo del asunto.

LA NEVERA TRAIDORA

Hace poco me he comprado lo último en neveras:

    “El nuevo frigorífico conectado inteligente”.      
—–La nevera que te cuida: la nueva GREEN.C——

La nevera

No es que sea verde, porque  que es del color que elijas de una paleta de una docena de decoraciones diferentes. Y yo, después de mucho cavilar, me he decidido por el color más moderno: el blanco. Además, en este color resaltan más los imanes que he trasladado desde la puerta de la antigua nevera, que no era tan lista.

El modelo se llama “GREEN” porque es de una nueva generación más ecológica, y lo de la C es porque está conectada a internet, como todo hoy en día.
Además, incluye un nuevo servicio: el suministro casi automático de lo necesario para reponer su contenido a medida que se va usando.

La novedad es que el aparato sabe lo que tiene dentro, mediante una plaquita RFID nueva versión, que ahora llevan todos los productos. La etiqueta inteligente además detecta el peso de lo que queda en el envase. Así que cuando queda poco de lo que sea, el aparato se lo apunta en la lista de la compra que te va apareciendo en el móvil. Para que la nevera vaya aprendiendo qué cosas suele haber, o le tecleas la lista a mano, o cargas su código QR, o llenas la nevera con lo todas las cosas que quieras que mantenga y le das al icono de “memorizar”.

Una vez ya entra en rutina, si te acuerdas de mirar la app o echas en falta algo concreto, le das al dibujito de pedir “ya” y el aparato se encarga. O bien le indicas cada cuántos días quieres que haga el pedido y ya puedes dejarlo todo en manos de la nevera Green.C, la nevera que te cuida.

Cuando el dron deja el pedido ya te sale un aviso en el móvil. Pero si a la vuelta del trabajo no te acuerdas, cuando entras en casa la nevera te avisa por el sistema de sonido de que tienes el pedido en tu ventana. Abres el cajón refrigerado receptor de los envíos por dron, sacas la compra y la metes en la nevera. Los envases son de varios colores para indicarte sin tienen que ir en la puerta de la derecha o de la izquierda y en qué estante han de ir para que la temperatura y la humedad sean las adecuadas. La verdad que esto ya lo hacía mi abuela a ojo de buen cubero, pero vaya, es una ayuda para los que no tenemos ese ojo.

De todas formas, yo creo que esto de tener que coger la compra de la caja de recepción y poner las cosas en la nevera es un atraso y tendrán que resolverlo en la próxima versión, así que espero que ya estén inventando algo para que nos ahorremos esta faena tan tediosa que me hace perder tanto tiempo.

La Green-C no está mal, pero el sistema tiene fallos. Hace ya una semana que falta mantequilla de esa de vaca con su elevada temperatura de fusión, que es la que me gusta. En lugar de eso, mandan margarina desmargarinada 0% fat, que se funde con sólo mirarla. ¡Que cosa más floja!

Hace unos dias tecleé expresamente en la lista la mantequilla “tradicional” de una marca bien conocida, y en el envío no llegó. Esta mañana al desayunar he vuelto a ponerlo en la lista, y en el envío de hoy, que acabo de recoger, no estaba. He comprobado en la app de la Green y no aparece como pendiente.
Así que ahora mismo me pongo a mandar un correo a la marca para protestar por este fallo.

Tenía varias notificaciones de correos no abiertos, porque la bandeja personal la abro de tarde en tarde, de forma que he aprovechado para verlos.
Uno de ellos tenía los resultados de la última revisión médica que me hicieron la semana pasada. Para lo poco que me muevo, el estrés de todo el día, y los años que no pasan en balde, parece que todo bastante bien…
Bueno, el colesterol un poco alto… ¡Pero dá igual, todos los años me dicen lo mismo!

Antes de abrir el análisis ya salen en los márgenes de la pantalla anuncios de gimnasios, y piscinas de las cercanías. También de un dietista y de un centro de ayuda para control del peso.

Hay que fastidiarse, mucho trabajar en seguridad informática y estos chismes han leído mi informe antes que yo.

Cuando comienzo a escribir el mensaje de protesta a los de la Green.C por el fallo de la mantequilla, sale un anuncio “La nevera interconectada. La nevera que te cuida”.

¡Ahora sí que la hemos fastidiado! Esta nevera ha fisgado en el análisis y no me va a pedir la mantequilla.

Estoy dudando si desconectarla de internet y hacer la compra como antes, pero pena de dinero que me he gastado en el aparato y en instalar la caja refrigerada, receptora de drones en la ventana.

Mejor será antes de tomar esta drástica decisión intentar engañarla: voy a cambiar el dato del colesterol en el fichero .xml4 que contiene el análisis, y luego reinicio, a ver si no se da cuenta.

¡Hay que ver lo que tenemos que trabajar para trabajar menos!
Y para escapar al control de estos cacharros.

Ahora que lo pienso, me entra la duda de si la avería del ascensor, que ya hace tres días (3) que subo andando, es real o es cosa de la “nevera que me cuida”.
Si esto sigue así, me echo al monte.

((Este cuento es como la cuarta entrega del grupo “Las Leyes de Asimov”

esendraga, abril 2018

Fumando a las 4, en un balcón de casa de ciudad

((Hace un tiempo, La Vanguardia convocó un concurso de relatos cortos. Quim Monzó planteaba una situación en un párrafo, y cada uno le daba continuación a su gusto. Esto es lo que se ma ha ocurrido))

 

A las 4 de la madrugada hace ya horas que da vueltas en la cama. Una tras otra, cuenta ovejas blancas que saltan una valla. Generalmente esta rutina consigue que el sueño llegue pero hoy, de golpe, ve que una de las ovejas que salta la valla es negra y eso lo desconcentra. Harto, decide levantarse. Va al lavabo, orina, se lava las manos y la cara, bebe un trago de agua y, a oscuras, se asoma a la calle a ver la noche un momento. En un balcón de la casa de delante, apoyada en la barandilla, hay una mujer que fuma un pitillo. No la había visto nunca…

Balcon de ciudad

Él tiene la luz apagada y ella no lo puede ver, pero la de ella está encendida y se la ve a contraluz. En el pequeño balcón de piso de ciudad hay una maceta sobre una mesita redonda y dos sillas, que deben ser plegables.

Por la silueta, lo más que puede intuir es que la vecina no es ni muy joven ni muy vieja y que está mirando hacia abajo mientras fuma. No distingue qué lleva puesto, pero parece una prenda ligera.

La noche es calmada, no hace ni frio ni calor, ni casi viento. Cuando alguna noche, a estas horas, se ha asomado a la ventana y ha visto esta calma, ha pensado la suerte que tiene por poder disfrutar de este clima tan suave.

La vecina sigue tranquila apoyada en su barandilla, pero en ningún momento mira hacia arriba, sólo mira la calle.

Cuando a estas horas él ve esta calle así de tranquila, le cuesta imaginarla llena de gente, con coches circulando, furgonetas descargando en las tiendas abiertas y mucho ruido. También le cuesta creer que alguna vez haya diluviado con fuerza sobre estas mismas aceras ahora tan calmadas.

Ahora se oyen, a lo lejos, retazos del sonido de una sirena. Pero enseguida vuelve el silencio.

La vecina que fuma en el balcón de enfrente levanta la cabeza y exhala una bocanada de humo hacia arriba, que se dispersa al poco. Una cortina, detrás de ella, se mece suavemente.

La calle está desierta, y él mira calle arriba y calle abajo. Todas las demás ventanas y balcones están a oscuras. Todo está en calma, y él piensa que quizá ella sea un alma gemela, alguien inquieto, con preocupaciones. O quizá simplemente alguien que tomó un café demasiado cargado por la tarde.

La ve que acaba su cigarrillo y lo apaga cuidadosamente en la  maceta. La brisa tranquila de la madrugada le mueve ligeramente el pelo. El cuadro no puede ser más atractivo. Parece pensativa.

Ella se gira y, con parsimonia, toma una de las sillas, la acerca al borde, la coloca sin prisa con el respaldo contra  la barandilla. Se sitúa enfrente, pone un pie encima, se sujeta con las dos manos al respaldo y se da un poco de impulso para subirse en el asiento. Allí se queda de pie, erguida, mirando hacia abajo.

Pasan unos momentos, y justo cuando ella da un pequeñísimo paso para acercarse al respaldo, entonces, él se oye gritar, no sabe qué ha dicho pero está paralizado.

A ella le llega un sonido humano, gutural, fuerte y agrio desde la casa de enfrente a través del silencio del aire tranquilo de las 4 de la mañana. No sabe de quién es ni de dónde viene, pero sabe que es por ella. Sabe que es para ella. No se mueve. Parece que ni pestañea, sigue de pie sobre la silla.

Él, sorprendido por su propio grito, que todavía resuena, aguanta la respiración.

Ella tras un momento, sin levantar la mirada, se agacha ligeramente, se sujeta con ambas manos al respaldo, baja lentamente al suelo y sin levantar la mirada vuelve a poner la silla en su sitio, junto a la mesita de la maceta. Se gira, entra en su casa, corre la cortina y apaga la luz.

Esa noche, él ya no vuelve a acostarse.

A partir de esa noche, ya no cuenta más ovejas. Desde esa noche ya no puede dormir.

Porque no quiere dormir.

Porque desde esa noche, él sólo dormita, sentado tras los visillos.

esendraga, 2018

ESAS PEQUEÑAS DESCONOCIDAS

Antes había visto alguna pequeña, suelta por ahí, Y de niño, alguna vez en que, jugando, me había metido debajo de una cama, también había visto alguna de estas pequeñas desconocidas.
O ya de mayor, cuando se me ha caído una moneda al suelo al quitarme los pantalones, al ir a buscarla por el suelo también me suena haber visto alguna de ellas de tarde en tarde.

Este es un piso al que vengo alguna vez por razones que no vienen al caso, y aquí las hay de tal tamaño y en tal cantidad, que nunca hubiera sospechado que pudieran existir. El caso es que las primeras veces que vine a esta casa me daban hasta miedo.

Cuando vengo las veo esperándome a lo largo del pasillo, que concretamente tiene 10 metros, exactos.
Cuando empiezo el recorrido, hasta que no estoy cerca no se mueven y cuando ya estoy justo delante, se apartan discretamente delante de mis pies. Pero en cuanto paso, veo por el rabillo del ojo cómo todas se ponen en movimiento, unas se activan claramente y me siguen, pero otras sólo oscilan, se hacen las remolonas y se quedan algo apartadas a un lado.

En estos 10 metros hay realmente bastantes, y estoy seguro que crecen en número y en volumen de una semana a otra, y cada lunes me parecen más agresivas y más peligrosas.
De hecho, suelo caminar despacio por el pasillo para que no se alteren demasiado, porque entonces me pongo nervioso.

En alguna de las habitaciones también hay, pero son más tranquilas y casi no reaccionan, pero las del pasillo son temibles.

Hasta ahora no me han hecho nada, porque incluso las que te siguen se cansan enseguida y se tranquilizan poco a poco, posándose nuevamente junto a sus compañeras más calmadas.

Después de varias visitas ya no me daban miedo, pero siempre me han producido una cierta desazón y una vez que vine al piso un atardecer, no me atreví a recorrer el pasillo sin encender la luz. Por si acaso…

Primero pensé que su existencia se podría deber a algún fenómeno telúrico, como por ejemplo una fractura en el campo magnético terrestre que coincidiera justo en el tercero puerta 40. Pero al final me he acabado dando cuenta de que se debe a que es una casa ocupada pocas horas al dia, y cuando hay alguien, no suele ocuparse ni de barrer ni de fregar el suelo, de forma que mis enemigas prosperan ilimitadamente a costa de lo que encuentran.

El caso es que en este tiempo no me he acabado de acostumbrar a pesar que realmente nunca me han hecho nada.

Pero hoy ha llegado el día de mi venganza, cuando el piso se tiene que abandonar el dia 31, y me toca colaborar en dejarlo presentable.
He ido a comprar un buen aspirador y me he acabado llevando el modelo “Ultra Vacuum” de 1.250 watios: más de un caballo y medio potencia aspiratoria, que espero sea suficiente.

En este momento estoy al principio del pasillo con el aparato dispuesto. Es como un sueño.
Las observo con detenimiento mientras empuño con fuerza el tubo cromado, que termina en una pieza grande, negra, triangular y articulada, que las habrá de llevar a todas estas pequeñas desconocidas, aunque ya familiares, a su último viaje.
Todas están quietas, posadas sobre sus suaves pelillos. Esperando, como siempre, al acecho de cualquiera que se acerque generando una pequeña corriente de aire.

Con cuidado acerco la punta del pie al botón de marcha del Vacuum Power Ultra. Las vuelvo a mirar y no me decido todavía. Vuelvo a comprobar que está bien enchufado y que el regulador de potencia lo he colocado en la posición de MÁX.

Estoy disfrutando sólo con la expectativa, y me demoro un poco más.

En cuanto pulso el interruptor, la bestia arranca con un rugido.
La verdad es que en este momento pienso que debería haber comprado el mismo modelo, pero en su versión QP, Quiet Power, para no alertarlas.
Pero al momento me doy cuenta de que no hace falta porque parece que son sordas, ya que tras el sonoro arranque veo que no reaccionan al ruido. Sin embargo, al cabo de unos segundos se las ve como inquietas, y temo que si me acerco rápido quizá intenten huir. Así que para que no les dé tiempo a pensar en artimañas, comienzo enseguida mi avance, lento pero muy firme.

Infinito placer me produce ver cómo, tras un momento de duda, una tras otra quedan irremediablemente atrapadas en lo que el manual de instrucciones llama las Vacuum Flow Lines, o sea en las mortíferas líneas de chupada de la máquina. Van desapareciendo rápido, una tras otra. En la esquina de una de las columnas del pasillo, hay varias juntas, y parece que se pelean por entrar en la pieza triangular, negra y articulada, que será su barca de Caronte hacia el paraíso que quizá les corresponda.
– “No tengáis prisa, queridas, porque todas acabaréis en las tripas del Vacuum Power, deshilachadas, deshechas y luego comprimidas junto a vuestras compañeras en el turbo-filtro de alta capacidad de esta ruidosa maravilla de la técnica. Formaréis una asquerosa masa fofa y pulverulenta color gris sucio con el añadido de todo tipo de cabellos, lisos y rizados, de migas de pan y de otros mil diminutos restos putrefactos, todo ello gentilmente incrustado entre vosotras”

Cuando he recorrido los 10 metros con mi aspirador at full power, me asomo a las habitaciones. Veo alguna suelta, pero muy tranquila, y a éstas decido perdonarlas.
Pero de mis enemigas personales, todas esas del pasillo, no queda ninguna. Y ya puedo pasearme arriba y abajo despacio o rápido, andando o bailando sin temor a esas pequeñas pero inquietantes desconocidas. Aunque echo en falta las farolas, hago una ida y vuelta dando saltitos a lo Gene Kelly, pero a cubierto, sin lluvia.

Antes de entregar el piso, he dejado como regalo, en un armario, el aspirador con una nota de aviso. No quiero que los nuevos inquilinos tengan que pasar por este calvario.

esendraga.

TE ODIO

Todos los días hago el mismo recorrido por esta ciudad perdida, muy al sur del hemisferio sur.
Te odio
Durante los meses en que no están cubiertas de nieve o de hielo, las calles parecen siempre polvorientas, y tienen aspecto como de estar en obras.

Cuando hago el trayecto de ida, por las mañanas al ir a trabajar, este semáforo está siempre en verde de forma que paso por delante de mi antigua casa lo más rápido que puedo y sin mirar, enfilando directo hacia la salida de la población. Pero por las tardes, a la vuelta, hay más tráfico y casi siempre lo encuentro en rojo, de forma que no tengo más remedio que parar, justo delante. Y no hay otro camino para salir de esta destartalada población.

Mientras espero que se ponga verde procuro mirar al frente, porque sé que si giro la mirada a la izquierda, no tendré más remedio que ver lo que no quiero ver: la ventana del primer piso, la de la casa donde pasé mis mejores años.

Y en la que terminé viviendo los peores momentos de mi vida.

Ella todavía vive allí, y sabe que no tengo más remedio que pasar por delante todos los días. Siempre que tengo que parar en este condenado semáforo acabo mirando a la izquierda. Y la imagen que ya llevo grabada, indeleble en las retinas, se reaviva y me acaba de amargar el final del dia.
No quiero ver mi antigua ventana y a veces intento mirar a la del vecino de arriba, porque siempre tiene alguna pavada nueva colgada delante del cristal. O apreciar cómo cada vez está más abandonado el edificio y hay más porquería en la acera. Pero siempre vuelvo a leer esas seis letras, tres sílabas en total.
Son sólo dos palabras, pero todavía no acabo de comprenderlas.

Cuando es de día quiero creer que soy el único que las ve, porque sé dónde están, pero en invierno es peor porque siempre está la luz encendida. Me temo que la enciende adrede a las horas en que sabe que voy a pasar por delante, y entonces esas dos palabras son como un faro que ilumina toda la ciudad con ese mensaje que es para mí. Estoy seguro de que todo el mundo las lee, y de que todo el mundo intenta imaginar qué clase de persona lo ha escrito, y a qué clase de persona va dirigido. Nunca lo adivinarían…

Ahora voy de regreso, sumido en esa luz menguante de un sol que luce débil y blancuzco, y que en esta época del año no se llega a poner del todo.
El día tampoco ha sido bueno, y me faltan un par de cruces para llegar al semáforo que más temo.
Voy rogando para que esté en verde y poder pasar de largo sin mirar, sin tener que recordar.

Pero es inútil porque llevo esa ventana metida en la cabeza.

Y toda la amargura que hay detrás de ella la llevo siempre atravesada en las tripas.

 

esendraga, 2018

Nota: foto auténtica, tomada por mí en  una calle de Ushuaia, hace unos años.

STEVE, EL CHICO DEL JERSEY NEGRO

Ayer estaba tan ilusionada como una colegiala, porque hacía un siglo que no salía una noche de fiesta.

Bueno, en realidad han sido sólo dos meses, pero se me ha hecho eterno. Lo de preparar oposiciones es un rollo pero se supone que si tienes la suerte suficiente para aprobar y luego sacar plaza, puedes tener para casi el resto de tus días trabajo de ocho a tres y sueldo asegurado. Pero lo de preparar los temas se me está haciendo largo.
De momento he hecho el primer examen, y creo que lo he clavado, porque me lo tenía bien preparado, así que por ahora, contenta.

La cosa es que anoche volví a salir después de esos 100 años encerrada en mi torre como Rapunzel. Y las tres Joyas nos fuimos de fiesta, ¡queremos marcha, marcha!, ¡queremos marcha, marcha!
Mis amigas no han dejado de salir durante eso que me ha parecido un siglo, pero me dicen que no ha habido nada nuevo ni nadie nuevo ni interesante ni especialmente divertido.
Conociéndolas, ya me extraña que no haya pasado nada especial, pero creo que lo dicen para que no me sienta mal por haberme perdido algo.

Era el tercer garito al que íbamos, y hasta ese momento, la verdad, sin novedad: la misma peña de siempre y casi la misma música que cuando abandoné el mundo. Las otras Joyas tampoco parecían divertirse mucho.

Eso de que el trio seamos “las Joyas” viene de que una vez mi madre nos sorprendió a las tres, en mi cuarto cuando teníamos 8 o 9 años pintándonos uñas, labios, mejillas y todo lo pintable.
Lueo, mientras nos lavaba la cara con jabón iba diciendo eso de “¡menudas joyas estáis hechas!”
Desde entonces es nuestro nombre de guerra, y todas las compañeras, amigos y amigos de amigos nos identifican como las Joyas. Y algunos hasta nos temen.

SteveCambiamos de sitio y en este garito estaba él. Era amigo de unos que conocemos, que eran compañeros del hermano de otra amiga. Me lo presentó uno de los otros conocidos, pero con la música del sitio no oí cómo se llamaba. A mí me presentaron como la Joya ausente hasta ahora. Estaba claro que él ya conocía a las otras dos y puso cara como de sorpresa, al descubrir en persona la pieza del trío que le habían comentado que faltaba.

En un aparte pregunté a mi amiga quién era ese tipo, un poco raro. Me dijo que tampoco se acordaba de su nombre y que sólo lo habían visto un par de veces, y que no sabía nada más de él. Me quedé sorprendida de que ella no supiera nada y cuando le insistí me miró extrañada como diciendo, “¿Te interesa? Pues a mí, no, para nada, todo para tí”.

Bastante pelo, no me parecía feo, algo de bigote y barba de unos cuantos dias. Pero en la ropa, era poco corriente con su jersey negro de cuello vuelto, que parecía un progre de la época de jóvenes de nuestros padres.
O más bien se parecía (salvo en el pelo y barba blanca) a ese que inventó el iPhone que no me acuerdo como se llamaba, y que era un tio listo, alto y delgado, pero que se murió hace unos años. Leí que cuando se dio cuenta de que le gustaba el famoso jersey negro de cuello alto, como era rico, encargó no sé cuántos iguales.
Pues una cosa parecida, pero en joven y con pelo. Será cosa de preguntarle cuántos jerseys iguales tiene, a ver qué contesta.

Estábamos en el típico grupo de charla conjunta, bebiendo y moviéndonos más o menos al ritmo de la música.
En un momento en que se abrió un poco de hueco entre la gente, me pareció que me miraba desde su taburete, y como yo todavía estaba de pie me acerqué. Nos pusimos a hablar, plan toma de contacto. Parecía un tipo serio, pero era gracioso en su forma de hablar. Estaba unos meses en la ciudad, paraba en casa de estos amigos, y todavía le quedaban al menos dos meses más por algo que estaba haciendo en la universidad.
Supongo que a su edad, ya debía ser como profesor o doctor o lo que sea. Porque como estudiante ya era un poco mayorcito. Pensé que ya se lo preguntaría más tarde.

En una ocasión dijo algo que no entendí y se acercó a mi oreja para repetirlo. Me gustó la forma en que lo hizo y con el mínimo roce que hubo y con su voz tan cercana, se me despertó algo. La verdad es que llevaba un siglo de sequía y la sensación de proximidad me produjo un poco de cosquilleo. Eso era buena señal, porque además me hacía sentirme cómoda a su lado.
Le miré de cerca y él también me miró a los ojos. Qué suerte haber encontrado a este tipo, justo lo que necesitaba.
El resto de la gente estaba de charra y de risas. Propusieron ir a bailar a no sé dónde. El del jersey y yo nos miramos y dijimos al mismo tiempo que “vale”.

De camino, seguimos hablando, algo apartados del resto del grupo. Un poco más alto que yo, caminaba atento a la conversación. No sé por qué no les gustaba este tío a mis amigas; a mí, cada vez me atraía más. Comentamos cosas de la ciudad, de los estudiantes, de los sitios a los que íbamos, lo normal.

Bailamos un rato en el sitio al que fuimos. El de jersey no era muy bailarín, con las mangas subidas hasta casi los codos, pero me seguía y me gustaba. Después de un buen rato dando saltos, volvimos donde las bebidas, un poco acalorados. Y seguimos hablando. En un momento determinado, no sé por qué, nos acercamos, y nos besamos. El beso fue corto, él fue más discreto de lo que yo me hubiera esperado y por eso me quedé con ganas. No me rehuía pero tampoco parecía ansioso de contacto más cercano. Nos sonreímos el uno al otro.
Luego seguimos charlando con el grupo y bebimos algo más.

No era muy tarde y los demás se empeñaron en cambiar de sitio, de forma que salimos.
Todavía no sabía cómo se llamaba el del jersey, pero después de tanto rato me daba vergüenza preguntarle y confesar que no lo había oído cuando me lo presentaron.
Cuando salimos, me preguntó si quería seguir con el grupo. Y coincidimos enseguida en sería mejor ir por nuestra cuenta, así que nos despedimos de las otras dos Joyas, que me miraron un poco sorprendidas, y también del resto del grupo.

Me dijo que la casa donde paraba con sus amigos estaba como a diez minutos andando y que no había nadie, porque los compañeros eran justamente los que habían seguido con las otras Joyas; que si quería tomar algo con más tranquilidad que ir por ahí pasando frio, así que me pareció buena idea.
Porque el caso es que empezaba a hacer fresco y yo no iba muy tapada, que digamos, así que cuando vio que cruzaba los brazos para protegerme un poco de la brisa, me rodeó con su brazo como para darme algo de calor mientras caminábamos.
No era lo clásico de quitarse la chaqueta que se ve en las pelis antiguas, pero como él no llevaba puesto más que el jersey, lo di por bueno y se lo agradecí.
Caminamos hasta la casa con pocas palabras.
Mientras buscaba las llaves para abrir, me miró y me sonrió. Parecía súper tranquilo, cuando a otros en situaciones parecidas los he visto ya nerviosos de lo que puede suceder una vez arriba o de si no llega a suceder nada, y preocupados de antemano de si se van a pasar o no van a llegar.
En el ascensor todavía estaba yo helada y él se acercó y me abrazó de frente con su jersey suave, aunque un poco viejo y usado, la verdad. Me plantó un beso en el cuello, y se quedó ahí, dándome calor hasta que llegamos al sexto.

Menos mal que el piso estaba a mejor temperatura, pero aún así me ofreció si quería alguna chaqueta o algo de abrigo, y le dije que ya estaba entrando en calor, pero un té sí le acepté.
Fuimos a la cocina y seguimos charlando, mientras él preparaba el té y un descafeinado, también caliente, para él.
Me contó que había estudiado biología, aunque con retraso. Parece que en primero se despistó un poco y pasó un año loco en Tenerife. Tras perder este año dice que se concentró y terminó bien la carrera, que además le gustaba.
O sea que el chico tenía un cierto “pasado”. En cambio yo soy la cosa más lineal, que sólo me permito sacar los pies del tiesto con chorradas puntuales junto con las Joyas.

Cogió una bandejita con las tazas y le seguí por el pasillo hasta una especie de estudio que era su habitación, bastante espaciosa, donde tenía una mesa de trabajo grande, llena de trastos, un portátil, muchos cables y varias carpetas cuyas etiquetas no llegué a poder leer, porque las apartó y apiló para dejar sitio a la bandejita de las bebidas calientes. En una esquina estaba la cama, bastante bien hecha para lo que sería de esperar, siendo una visita inesperada. Enfrente, en un rincón cerca de la ventana, había una hamaca de playa de las antiguas de madera y con la lona a rayas blancas y verdes. Era algo que no pegaba, y cuando me vió mirarla con extrañeza me dijo que era lo mejor para estudiar y también para descansar.
La puso en la posición más vertical posible y me invitó a tomar allí el té, mientras él se sentaba en la silla giratoria de trabajo con su descafeinado.
Le pregunté sobre su ocupación y me dijo que trabajaba en una investigación sobre la membrana de las células, sobre unas proteínas que tienen, para qué valen, cómo se pueden alterar y cosas así. Lo explicó de una forma general, sin darle demasiada importancia, porque seguramente vio que tampoco me iba yo a quedar con el detalle de la copla. Pero así, con las mangas subidas hasta los codos parecía una cosa muy intelectual y sobre todo parecía un tema muy adecuado para un sesudo Steve Jobs (en ese momento me acordé del nombre del señor de Apple), pero en este caso sobre la biología celular o como se llame la especialidad.
Me contó que estaban haciendo unas pruebas con unos microbios, y se turnaba con otro colega que estaba por las mañanas en el laboratorio y él se pasaba todas las tardes allí.
Me preguntó por mis oposiciones y se lo conté como lo que es: un suplicio para intentar luego complicarte la vida lo menos posible, y tener para vivir. Y para divertirte, claro.
Cuando acabé el té, Steve me recogió taza y platito, y me preguntó si quería probar la hamaca.

Se acercó por detrás y la puso en posición relax, casi horizontal. Entrecerré los ojos y dije que era verdad, que era súper cómoda. Mientras yo me relajaba un poco, o lo simulaba, vi que daba al interruptor de un radiador eléctrico que había debajo de la ventana, click: esto es buena señal, pensé. Y luego oí cómo se frotaba las manos, como para calentarlas: otra buena señal.
Noté que Steve se arrodillaba a mi lado y acercaba su cara. No era feo, aunque tampoco había mucha luz. Sonriendo se fue acercando y nos empezamos a besar: él de rodillas a un lado y yo toda repantigada en la hamaca de playa.
Poco a poco pasamos también a las manos y se las noté calentitas y agradables, ahí donde se quisieron posar. Yo le pasé las manos por debajo del jersey y noté que tenía el torso muy lisito, sin vello y con sus bultitos duritos de músculos. Es de piel clara y me imaginé que como biólogo siempre encerrado en el laboratorio, estaría blanquita y con esas tabletitas que yo le estaba palpando, y me gustó la idea. Bastante, la verdad.
¡Ay, Steve!

Aunque íbamos plan suave, llegó un momento en que la combinación de posiciones, yo-en-hamaca-playa-relax-total y él al lado-de-rodillas-en-el-suelo no nos permitía avanzar en lo que llevábamos entre manos, así que acabó de desabrocharme los botones que faltaban, se levantó y me tendió las manos para ayudarme a salir de la hamaca.
Una vez de pie nos fuimos acercando peligrosamente a la cama, pero en el camino, al Steve se le ocurrió apagar la única lámpara que había encendida, de forma que sólo entraba algo de luz del pasillo. Pero yo quería verlo bien, con buena iluminación y me giré, estiré la mano y volví a encender la luz. El me miró un momento y volvió a apagarla. Ahora fui yo la que me puse a mirarle fijamente a los ojos, mientras iba alagando el brazo lentamente hasta el interruptor, un poco en plan desafío amistoso, y la volvía a encender. Me sostuvo la mirada un momento, y luego, con una caída de ojos y un gesto lateral de la cabeza vino a decir: no es como lo prefiero, pero que sea como tú quieras.
Le sonreí y le dije con seguridad que me gustaba así, con luz. Me devolvió la sonrisa y volvimos más o menos a donde estábamos.

Al final caímos en la cama y la cosa se ponía cada vez más interesante. Mientras nos seguíamos besando intenté coger del borde su jersey para quitárselo, y a la primera intentona no pude. Pero a la segunda, estando él encima se lo quité del tirón, esperando ver esas chocolatinas blanquitas.
No sé cómo explicarlo: me quedé paralizada. Era lo último que me esperaba de un biólogo tan serio.
La libido o como se llame, se me cortó instantáneamente a nivel cero y a mis membranas celulares se les secaron las proteínas de golpe.
Todo lo que cubría el jersey era una especie de laberinto de tatuajes con mil líneas, rectas y curvas y símbolos y pequeños dibujos. Imposible ver las tabletitas. Casi ni se le distinguían los pezones y los dibujos le llegaban hasta la base del cuello.
Cuando se dio cuenta de mi mirada sobre su torso y me vio bloqueada, él también se quedó de piedra.
Y cuando vi la carita que se le quedó, no sé que les pasó a mis membranas que las proteínas se me fueron de golpe a la neurona de la risa loca. Tardé mucho rato en poder parar de reir. Seguramente como forma de liberar la tensión previa que se me había acumulado en esas células, que yo me sé cuáles son.
Al principio cada vez que le miraba su cara de frustración, me daba más loca la risa.

Luego, su cara pasó a expresión cabreo, y mi neurona de la risa no paraba.
Al rato, se sentó en el borde de la cama y pasó a cara de resignación para esperar a ver si se me pasaba.
Al final, en vista de que yo no paraba, intentó sonreír, tímidamente, y fue entonces cuando se me empezó a pasar el ataque de risas.

Estaba cabizbajo y vi que la espalda estaba también casi toda llena de dibujines. Pues sí que había sido loco su primer año perdido de carrera, en Canarias.
Mientras me acababa de serenar, le puse la mano en el brazo y le dije:
– Steve, no te preocupes, se me va a pasar- Después de decirlo, me dí cuenta de haberlo llamado Steve, pero él no dijo nada.
– Perdona, pero no sé qué me ha dado. La sorpresa, supongo.
– Da igual- respondió con poca voz.
Estuvimos un rato, yo con la mano en su brazo, sin hablar, él medio de espaldas y yo todavía tumbada, sin blusa.

Aunque no vivo lejos, me dejó una sudadera limpia, pero me negué a que me acompañara.
Mientras él se ponía su jersey y yo me volvía a poner la blusa, busqué su mirada varias veces como para pedirle perdón, aunque yo no me sentía culpable porque no lo había hecho adrede. Pero él seguía cariacontecido.

Cuando me abrió la puerta, me acerqué y le di un beso en la mejilla. Saqué mi móvil, pinché en nuevo contacto y tecleé: Steve. Le pregunté su número y lo anoté.
– Ahora te hago una perdida para que tengas el mío. Mañana estoy sola en casa. Si te apetece cuando salgas del trabajo, por la tarde, pásate, tomamos algo y hablamos. Si entonces quieres, me llamas y te diré la dirección.
Mientras bajaba en el ascensor le hice una llamada perdida y aunque corté enseguida, me pareció que llegaba a descolgar.

Son ya las nueve, y hace un rato ha llamado Steve, que salía del laboratorio y como era un poco tarde preguntaba si seguía en pie la propuesta. Le acabo de mandar la dirección en un mensaje.

He recorrido la casa revisando cómo está todo, antes de que llegue. Mejor no lo llevo a la habitación, nos quedaremos en el sofá de la salita, tengo la casa para mí sola porque nadie vendrá hasta el domingo por la tarde.
No he preparado nada para tomar; si todo sale bien y luego tenemos hambre, ya sacaré algo o nos iremos por ahí.

He visto que la iluminación indirecta de la salita es muy débil, así que he traído mi buena lámpara de pie de la habitación y la he puesto junto al sofá. Quiero ver bien a Steve cuando le quite el jersey dentro de un rato.
Y seguro que esta vez no me da la risa.

Es una pena. ¡Con lo que me gustaban los chicos de chocolatinas blanquitas!

Y estaba pensando en que no se puede tener todo al mismo tiempo, cuando ha sonado el timbre de la puerta.

esendraga
Enero 2018

LAS LEYES DE LA ROBÓTICA DE ASIMOV.

Parte 1/3. Este tema consta de una introducción y de dos micro-relatos.

En 1942, Isaac escribió sus famosas 3 leyes que todo robot debería cumplir. Ahora, 76 años después, lo que él llamaba robots, con sus cuerpos humanoides y sus andares rígidos, no hay muchos todavía, pero sí multitud de chismes que casi piensan por si mismos y a los que ya deberían ser de aplicación esas leyes.

  • 1- La primera y principal es que NO DEBEN DAÑAR A NINGÚN HUMANO. Por supuesto que ni por acción, ni tampoco permitir que sea dañado por inacción.

Lógico y normal. ¿Quién quiere un cacharro que le haga daño?

  • 2- La segunda, que HAN DE OBEDECER a su controlador/programador.

Para que el trasto haga lo que quiera, mejor no. Y por supuesto sin saltarse la primera ley.

  • 3- La tercera, que el aparato NO DEBE DAÑARSE A SÍ MISMO.

O sea tiene que tener un cierto instinto de supervivencia. Y claro está, sin saltarse ni la primera ley, ni la segunda.

Como quiera que nuestra vida y nuestra paz van a empezar a depender de cacharros pensantes, de algoritmos que nos facilitan la vida, del IOT (el internet de las cosas), y de chismes como sillas de ruedas o maletas que andan solas, autobuses sin conductor, y mil otros dispositivos inventados o por inventar, es necesario repasar esto de las leyes.

Ya en este momento, el coche que se conduce sólo nos podría gastar una muy mala jugada, e incluso la nevera conectada a internet nos puede dar una sorpresa desagradable si le pone un poco de mala intención. Por no hablar de cámaras que nos reconocen por la calle, y a saber qué van a pensar o hacer con nosotros.

Hace unos días me llegó un tweet, donde se reflexionaba acerca de las leyes de la robótica: https://twitter.com/ViveInternet_es/status/965587828515262464

El artículo decía básicamente dos cosas:

  • Que el cumplimiento de las leyes por todo aparato o programa con más o menos nivel de inteligencia es fundamental.
  • Y que tan importante es el cumplimiento de las tres leyes, como que la prioridad entre ellas se mantenga siempre en el orden enunciado por Asimov.

Cualquier otro orden de prioridad que al IA (inteligencia artificial) de a las leyes acabará casi seguro con una situación desagradable, cuando no, catastrófica.

Pregunta al aire: si los aparatos “listos” van aprendiendo de su propia experiencia, llegará un momento en que se vean tentados a tener objetivos propios y ¿será posible entonces impedirles que cambien el orden de prioridad de las tres leyes?

En las siguientes anotaciones del blog siguen dos pequeños relatos ilustrando dos casos en que un aparato altera el orden de las leyes.

  • Caso de prioridad 1-0-2. (Sin órdenes concretas)

El chiste en que uno dice: “Tengo un coche de esos que conducen sólos”. Y el otro dice: “Qué chulo, ¿lo puedo ver?, ¿dónde está?”. Y el dueño: “Yo que sé, habrá ido donde le ha parecido”

  • Caso de prioridad 3-2-1: “YD”
  • Caso de prioridad 1-3-2 de las leyes: “NO QUIERO”