TEORÍA DE SERVOSISTEMAS (O cómo se aprende a corregir los errores)

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Cuando estudiaba matemáticas y física, no entendía casi ninguna de las funciones o procesos meramente teóricos que tenía que estudiar; y como no era yo el único, me temo que es porque seguramente no nos los explicaban bien. Sin embargo, con los años, he llegado a comprender alguno de ellos, y muchos los veo aplicables a las más diversas realidades naturales, humanas o sociales. Cosas tan tontas o tan importantes como, por ejemplo,  que estamos sumergidos sin saberlo en las leyes de la probabilidad o que los sentidos de los seres vivos perciben los diversos fenómenos en escalas logarítmicas.
(Ver   https://esendraga.wordpress.com/2018/04/27/lo-poco-asusta-lo-mucho-amansa)

Ahora quiero referirme a los servosistemas y al feed-back, que en español deberíamos llamar realimentación. Hace años que vemos que este concepto dicho en inglés se menciona en los más diversos ámbitos, pero es que realmente muchos aspectos del estudio de los servosistemas son aplicables a la vida diaria. Esto me lo ha recordado un post de este interesante, aunque especializado blog. http://seguridad-de-la-informacion.blogspot.com.es/

Camino recto

A mediados del SXX había en ingeniería una asignatura llamada específicamente servosistemas, que me costó bastante de aprobar, pero que si tenéis paciencia con esta introducción, veréis el interés para la vida diaria que tiene su análisis.

Servosistema (SS) es cualquier conjunto de diversos elementos, inteligentes o no, pasivos o activos, unidos entre si por una serie de relaciones de forma que unos dependen de otros. Dicho así, cualquier fenómeno se puede analizar como un SS.

Ejemplos: cuando queremos llenar un vaso con agua del grifo, lo ponemos debajo y abrimos; si vemos que el chorro no queda centrado sino a un lado, movemos el vaso hacia allí. Si vemos que el chorro es demasiado fuerte o demasiado débil, cerramos o abrimos un poco el grifo con la otra mano. Normalmente al primer o segundo intento nos queda centrado y el chorro a la velocidad correcta. En ese caso estamos manejando dos SS simultáneamente: uno de posición del vaso bajo el chorro y otro que controla su intensidad.
Cuando conducimos un vehículo y queremos ir en línea recta es parecido: vamos moviendo el volante un poquito cada vez, y vemos cómo reacciona el coche para ir por donde queremos. Si vamos demasiado cerca del borde derecho giramos un poco a la izquierda y al revés.
Otro ejemplo clásico, el del termostato de la calefacción o aire acondicionado, que arranca o para el sistema hasta conseguir la temperatura que hemos indicado con el mando.

Otro ejemplo en un aspecto más personal: cuando hablamos cara a cara con alguien, manejamos infinidad de SS. Si vemos que nuestro interlocutor pone cara de no oírnos bien, captamos el mensaje no verbal y hablamos un poco más fuerte. La estrategia del interlocutor al poner cara de no oir también es una maniobra de otro servosistema para incentivarnos a chillar más.
Si no es cuestión del volumen, sino que nos parece el otro ha perdido interés en lo que decimos, cambiamos el tono o intentamos expresarnos de una manera más atractiva.
Cuando discutimos, vamos modulando el tono, más o menos agresivo en función que cómo el otro encaja nuestra agresividad.

La realimentación (feedback) son esos mensajes que nos manda el sistema en respuesta a nuestras acciones (u omisiones), que nos permiten saber si vamos bien encaminados hacia nuestro objetivo y nos dan pistas sobre qué hacer cuando nos desviamos, y pongo varios ejemplos.

Cuando dos personas discuten suele pasar que cuanto más chilla cada uno de ellos más se cabrea el otro, que a su vez chilla cada vez más. Es una realimentación positva porque el efecto de subir el tono hace que el tono del otro también aumente. Cuando la realimentación es positiva, el efecto final puede ser desastroso.

Esto es como una bomba atómica, en la que cada nuevo átomo que se rompe lanza partículas que provocan la fisión de varios átomos vecinos, y así sucesivamente con el final que ya sabemos. En las centrales nucleares, cuando funcionan bien, hay mecanismos que viendo la elevación de la temperatura como un feedback en fase desmadre, introducen un “freno” a esta bacanal de fisiones y la cosa queda más o menos controlada y producen electricidad para que nuestra nevera nos dé agua fresquita.

Volviendo al terreno humano, si un maestro tiene una clase tranquila hablará sosegadamente. Pero si sucede cualquier incidente y el grupo se empieza a excitar, el maestro quizá dé una voz de atención para calmar los ánimos. Si lo consigue, tendrá el efecto de una realimentación negativa que acotará o reducirá el follón.

Posible comportamiento de los SS. Esos mecanismos de feeback positivos y negativos pueden conseguir efectos muy dispares sobre el conjunto:

Sistema Explosivo. En un SS con realimentación positiva, como el caso de la discusión, el nivel del fenómeno (la violencia de ambos) crece con un mal final, salvo que aparezca un nuevo elemento externo o interno, que en este caso podría ser el creciente miedo a hacerse daño. A veces el feed-back positivo lleva a un resultado que tiende a cero,  como por ejemplo, el caso de un enfermo que no coma; cada vez estará más débil y cuanto más débil esté más incapaz de comer será, con resultado final de debilidad infinita y encefalograma plano.

Sistema Amortiguado. Si el profe del ejemplo anterior reduce el follón una vez, es posible que tenga que hacer una segunda corrección al cabo de un rato y quizá otra un momento después. Pero si el docente es lo bastante hábil conseguirá que esas oscilaciones vayan amortiguándose hasta llegar a un punto razonable de “orden/desorden” en la clase. Por supuesto, hasta que no aparezca algún elemento externo como por ejemplo el timbre que invita al recreo.

Sistema Oscilante. Que es como suele funcionar en este mundo todo aquello que no llega a desmadrarse ni acaba en cero. Nunca conducimos en una perfecta linea recta, siempre damos pequeños tumbos.  Es lo que podemos llamar mantener una situación controlada, mediante impulsos alternativos hacia arriba y hacia abajo para mantener un nivel de lo que sea.

A veces las oscilaciones permanecen constantes, pero otras veces se van ampliando hasta ser explosivas. En otros casos se van reduciendo hasta llegar a un punto constante o a cero finalmente. En definitiva es el funcionamiento pendular.

No me resisto a contar tres formas de “ver” la realimentación, que técnicamente se llaman: proporcional, integral y derivada, PID en sus siglas.

Proporcional. Si vamos al volante y tras un despiste imperdonable miramos la carretera y vemos que seguimos más o menos rectos, haremos un pequeño ajuste y listo. Pero si  de golpe vemos con espanto que estamos a punto de salirnos de la carretera haremos una fuerte corrección. Eso quiere decir que en cada caso hacemos una rectificación proporcional a la desviación. Si la casa está muy fría, la calefacción se pondrá en marcha a toda potencia para tratar de recuperar temperatura cuanto antes.
Derivada. Los seres vivos, incluidos los humanos, creo que tenemos un factor derivada alto, y me explico. Nuestros sentidos suelen percibir enseguida pequeñas variaciones en el entorno, si se producen bastante deprisa. Si el cielo se obscurece un poco, pero de golpe, agachamos la cabeza temiendo que la sombra sea de un atacante que venga desde el aire. El efecto derivada hace reaccionar al actor de manera muy intensa ante pequeñas variaciones si estas son muy rápidas. Si nuestro interlocutor frunce de repente el ceño entramos en alerta para averiguar la causa y hacer algo al respecto, mientras que si se va aburriendo poco a poco, quizá no nos percatemos hasta que bostece abiertamente. Un grupo de ñus quizá no se percata de un depredador que se acerca sigiloso, porque aparece tan lento que ni lo ven. Sin embargo salen disparados en cuanto uno de ellos mueve rápidamente una oreja de cierta manera que ellos solos saben.
Integral: Es justo al contrario que el anterior y creo que los humanos somos poco sensibles a él. Como he dicho somos capaces de detectar un cambio rápido en cualquier variable, pero cuando las cosas cambian lentamente nos acostumbramos y llega un momento que no hacemos caso ni actuamos para corregir lo necesario. Un ejemplo, el ambiente en un grupo de cualquier tipo: si de repente hay un cabreo, nos alertamos y lo normal es que hagamos algo. Pero si a lo largo de los días las relaciones empeoran poco a poco, puede que nos vayamos acostumbrando y no nos demos cuenta hasta que la situación sea muy mala y nuestro “control proporcional” nos alerte al ver que estamos en un punto muy alejado del que nos gustaría.
Ejemplo más simple es el control de velocidad en carretera: a veces sin querer vamos subiendo la velocidad, pero tan poco a poco que no nos damos cuenta, hasta que salta el flash de la poli o miramos en cuentakm y soltamos el pie de golpe.

Como podéis deducir, cualquier aprendizaje que se base en el mecanismo acierto-error es un tipo de servosistema, más o menos complejo en el que hacemos una acción y esperamos resultado: si es el deseado, nos quedamos con esa maniobra como herramienta útil, pero si va mal, probaremos con otra a ver qué pasa. En la vida diaria estos comportamientos son casi intuitivos y no hace falta estudiar ecuaciones diferenciales.

Pero algunas veces puede resultar útil ser conscientes de algunas de estas relaciones en procesos que son importantes. A mi, en especial, me interesan los sistemas estilo péndulo que es sólo un tipo de servosistema: cuando la masa pendular está en el punto bajo, va a toda velocidad y empieza a subir, pero la fuerza de la gravedad tiende a evitar que suba, con más fuerza cuanto más alta está. Hasta que llega un momento en que ese freno es lo bastante poderoso para hacer que el movimiento se detenga poco a poco, y finalmente se invierta el proceso hasta llegar al otro extremo y volver a empezar.

Pensemos en el continuo represión-libertad en el seno de un grupo humano. En una época de elevada represión se empiezan a generar fuerzas internas que se oponen a ella, y que van creciendo poco a poco, hasta que llega un momento en que son tan intensas que consiguen hacer que el sistema vaya cambiando hacia una política de mayor libertad. Una vez iniciado el proceso de liberalización, esas fuerzas internas son tan fuertes que el movimiento hacia una situación de mayor libertad no se detiene al llegar a lo que podría ser un punto medio más o menos razonable, sino que sigue hasta que el creciente desmadre es tal, que empieza a generar otras fuerzas internas de oposición que invierten la tendencia, con lo que empieza una época de libertad menguante y represión creciente. Es lo que nos suele pasar en muchos aspectos, lo que popularmente se conoce como “calvo o con tres pelucas”.

Es el mismo fenómeno que el volantazo excesivo, que seguido de otro contravolantazo también excesivo nos hace ir de lado a lado. Haciendo autostop me invitaron a un trayecto en que el conductor dejaba fijo el volante hasta que casi caía por la cuneta y giraba bastante, para no volver a mover el timón hasta que llegaba al carril izquierdo.
En otros aspectos lo difícil es saber en cada circunstancia si es mejor corregir inmediatamente o esperar un momento, o si girar bruscamente o mediante movimientos suaves.

¿Enseñanzas prácticas? Pues cada uno puede sacar la suya. Es interesante ver la estructura de servosistema en la relación de una persona con su entorno que de alguna manera tiene que “manejar”: en la familia, en el trabajo o consigo mismo. Ante acciones de otros que de alguna manera nos afectan tenemos que hacer algo, bien para actuar dando un feed-back positivo y conseguir más de esa acción sin nos agrada, o con realimentación negativa para evitar que se repita o al menos conseguir reducirla.

Una cosa importante. Hay gente que pone cara de palo y no sabes qué piensa; con esta gente no tenemos feeback y es fácil que vayamos perdidos. Por nuestra parte, creo que también es importante que sepamos hacer ver a los demás con claridad si las cosas van bien o mal; si actúan en consecuencia o no, es cosa de ellos. Y como en la conducción, el problema estriba en dosificar las acciones correctoras. Todos conocemos gente impulsiva que reacciona en exceso o excesivamente rápido provocando un efecto desmedido que no hace más que estropear las cosas. Casi siempre es mejor reaccionar pronto que hacerlo tarde y con demasiada intensidad. Otras veces puede ser mejor esperar un poco antes de mover ficha, tanto para ver la evolución espontánea del asunto como para calibrar mejor el posible efecto de nuestra acción.

En resumen: a quien su instinto le baste para que todo esto le salga bien sin ni siquiera pensar, ¡qué listo es y qué suerte tiene!. A los demás no nos queda más opción que observar nuestro entorno, ver su evolución, analizar los efectos de nuestras acciones y las de los demás, y con un poco de teoría de servosistemas ir descubriendo la mejor acción y su dosificación.

Y por supuesto, acabaremos equivocándonos todos los días, porque esto no tiene remedio. Pero lo daremos por bien empleado si aprendemos algo que nos sirva para la siguiente.

En cualquier caso, ¡mucha suerte!

Esendraga

EL EXTROVERTIDO

Yo soy así. Ya desde chico.
Eso de la vergüenza o la timidez no es para mí, porque yo me enrollo con cualquiera. Y es que nadie me dijo que esto podía ser un problema.

El caso es que como hablo varios idiomas, y me relaciono fácilmente con la gente, me dedico a lo que podríamos llamar relaciones públicas. Además soy alto, guapetón y no tengo abuela.
Bueno, por estudios y afición soy traductor, pero también ejerzo de intérprete, azafato de congresos y cosas así. Oye, que es un oficio tan digno como otro cualquiera, ¿eh?

supercontagiador

(1)

Como trabajo base me dedico a traducir textos en plan freelance y suelo hacerlo desde casa. Como todo el mundo sabe lo de “freelance” significa “a-lo-que-va-saliendo” y por eso tengo que tener una actividad complementaria que me dé ingresos complementarios: trabajo en una compañía que se dedica a intervenir en eventos proporcionando servicios de traducción e interpretación, así como equipos de azafatos/as, recepcionistas/os y demás. He de confesar que esta actividad extra me da más ingresos que la que tengo como principal, y también resulta más divertida, la verdad.

Cuando hay congresos me llaman y me voy para donde sea. Voy uno o dos días antes y se preparan las actividades que se hayan contratado: reuniones de programación con los organizadores, a veces hay que contactar con personas o empresas locales para conseguir más colaboradores, y luego estoy en la feria o congreso hasta el final. Tengo ocasión de conocer a cantidad de gente, practico sin parar los idiomas que hablo y me aventuro también con algunos de los que no tengo más que unas cuantas nociones cogidas con pinzas. Desafiante y enriquecedor.

Hace un tiempo traduje unos programas informáticos para una pequeña empresa de software ubicada en Viena e hice amistad con los dos dueños, en especial con Thomas, un tío muy majo. En enero me invitaron a unos días de esquí en una casa que tienen en los Alpes tiroleses y yo acepté muy gustoso porque además iba a poder aprovechar el viaje ya que tenía que ir a Múnich por trabajo, y no queda muy lejos. Nos lo pasamos muy bien esquiando y nos acompañaron varios amigos y amigas suyos. Fue el plan ideal en una típica casita de montaña, con cálidos descansos en los refugios, buena compañía y agradables cenas de grupo en Innsbruck… Con gran pesar tuve que marchar el uno de febrero hacia Múnich para la feria del textil.

Hasta aquí, todo bien. Se sabía que en China había una epidemia producida por un nuevo virus, pero los casos en Europa parecían lejanos, yo no leía mucho la prensa ni veía la tele, y la vida todavía era normal.

Llegué a Múnich según lo previsto, tuve varias reuniones preparatorias con los organizadores, cerré contratos con algunos colaboradores que ya conocía de otros años y quedó todo listo para la feria.
Al tercer día de trabajo me costó levantarme, tenía dolor de cabeza y me raspaba la garganta. Como a veces me resfrío y no puedo fallar en el trabajo, llevo siempre en la maleta varios sobres de esa medicina mágica que anuncian en la tele. Es ese anuncio donde un papá, joven y activo, no puede fallar a su hijo y tiene que ir sin falta a ver ese partido de baseball escolar tan importante para el niño. Se siente fatal de mocos, congestión y fiebre, pero se toma un sobrecito de esos y de golpe está fenomenal. Pues hice como el papá del anuncio y me tomé los polvitos del sobre con un zumo de naranja para poder ir a esa feria que sí era importante para mí y para mi empresa. Complementé el fármaco con un “expresso alemán” doble.

La feria estaba siendo un éxito, tanto de visitantes como de buena actuación por nuestra parte. Yo iba de aquí para allá pendiente de las actividades y de nuestra gente. Hice de intérprete con varias delegaciones VIP que dejaron a nuestro cargo y me paseé muchas veces por toda la feria con el responsable de la organización para comprobar que todo iba bien. También estuve unas horas en recepción porque uno de nuestros colaboradores tuvo un problema familiar y hube de sustituirle hasta encontrar a alguien que se hiciera cargo.
A mediodía no tuve más remedio que tomarme otro sobrecito y otros dos cafés, porque me encontraba regular. Por la tarde el dolor de cabeza se me pasó un poco aunque de tanto forzar la garganta hablando con unos y con otros, en un entorno ruidoso, la tenía cada vez peor.
El último día me tuve que reservar un poco porque casi no podía hablar. El plan inicial era regresar al día siguiente, pero cambié el billete para esa misma tarde porque quería llegar a casa lo antes posible.

Llegué hecho polvo, dormí muy mal y me notaba calenturiento. Me quedé varios días en la cama a base de los sobrecitos que me quedaban y de todo lo que encontré en el armario del cuarto de baño que podía servir para estos casos: parancetamoles, aspirinas, ibuprofenos…
¡Qué gripe más chunga! Pensaba yo. Casí no comí durante esos días, sólo dos veces pedí por teléfono una pizza. Pero acabé con la reserva de bricks de zumos que tenía en casa.
Con este completo tratamiento tardé varios días en ponerme mejor.

Cuando ya casi estaba bien, me llamó un compañero por cosas de trabajo, pero cuando se enteró de mi situación vino a verme por si podía echarme una mano. Al contarle lo que me había pasado me explicó que justo el día anterior había traducido un artículo donde hablaban del Coronavirus y por las pintas estaba seguro que eso es lo que yo debía estar pasando. Por si acaso se mantuvo al otro extremo de la habitación después de abrir puertas y ventanas para ventilar el estudio.
Me hizo llamar a sanidad aunque yo ya estaba casi bien. Vinieron, me revisaron con precaución y tomaron muestras para unos análisis cuyo resultado estaría en unos días.

Esa misma tarde me entró una llamada rara desde un servicio sanitario alemán. Me contaron que les habían dado mi teléfono los organizadores de la feria: me preguntaron que cómo me encontraba y me pidieron toda una serie de detalles sobre mis actividades y mis contactos durante la feria. Cuando les expliqué mi actividad en la feria y que en los días que duró habría hablado con docenas o quizá cientos de personas, se quedaron en silencio unos segundos y noté como escribían algo en un teclado. Y luego que dónde había estado antes, y con quién, y en qué vuelo había venido, y así casi media hora más de preguntas.
Me dieron las gracias y supe que yo ya no necesitaba saber el resultado de los análisis porque estaba claro lo que había tenido. O me lo habían contagiado durante las vacaciones en la nieve o habría sido alguien en la feria. También era mala suerte…

Yo ya estaba curado y no podía hacer nada por los demás. Llamé a Thomas para ver si ellos estaban bien. Ellos dos sí, pero una de sus amigas de Innsbruck con la que cenamos un par de días estaba todavía en el hospital y parece que se estaba recuperando. Pero el padre de otro de los amigos estaba muy grave en cuidados intensivos.
Esto ya era muy serio. Puse la radio y miré la prensa: en efecto, esto iba ya en serio pero de verdad, de epidemia ya pasaba a pandemia.
En los días siguientes recibí varias llamadas más del servicio sanitario alemán y de otros dos organismos austríacos. Me pareció sospechoso tanto interés por mí, cuando mi caso era ya uno entre miles, y yo ya estaba bien, aunque encerrado en casa como los demás.

Del comportamiento y efectos del coronavirus no se sabía casi nada al principio, pero ahora cada vez se tienen más datos y lo que parecía una simple gripe está siendo un desastre a todos los efectos,  ha habido millones de afectados y muchos miles de muertos.

Escribo todo esto por lo siguiente. El compañero que me asistió tan amablemente cuando me estaba recuperando suele traducir cosas científicas. Ayer me mandó copia de un artículo (2) que le han encargado sobre la Covid, donde se habla de “eventos multitudinarios” y de individuos “super-diseminadores”. En el trabajo se analiza el caso alemán y en particular menciona como nodos clave en los contagios la feria textil en la que estuve y las vacaciones invernales en el Tirol y Baviera. Parece que visitantes de la feria de Múnich se contagiaron allí y luego pasaron la enfermedad al norte de Italia y a España. Y otros visitantes habían acudido unos días después a la Fashion Week de Nueva York donde habían seguido diseminando el SARS-CoV-2.

Me he leído el papel científico de 44 páginas completo al menos dos veces. Hay un gráfico que me asusta: se ve en el centro un puntito  y luego cientos de líneas que parten radiales hacia otros tantos puntitos cada uno centro de otra pequeña estrellita, significando todas esas líneas otros tantos contagios, procedentes todos de ese super-diseminador.

Nadie me ha dicho nada, nadie me ha acusado de nada y espero que nadie me eche la culpa.
Me apostaría cien a uno a que ese puntito central, tan chiquito pero tan mortífero, ha sido este menda lerenda. Y de verdad que lo siento.

¡Pero es que nadie me había dicho que fuera tan malo ser extrovertido!

(Por cierto, este relato lo firmo con seudónimo; no es que tenga nada que ocultar, pero nunca se sabe…)

esendraga, julio 2020

(1)Source: againstcovid19.com/singapore/cases

(2) https://www.foodandagribusiness.org/fileadmin/foodandagribusiness/corona-analyse/The%20Undetected%20Early%20European%20Covid-19%20Outbreak_2020%2006%2020_Main%20Report_GFAN.pdf

NADIE ME QUIERE

Antonio es un vecino, de esos de toda la vida. Su familia y la mía vivimos las dos en el bloque desde el mismo día que estuvo habitable, todavía con albañiles subiendo y bajando por las escaleras. De joven no es que fuera muy simpático, pero ahora de mayor, es un pesado.
Pero no me quiero meter más con el pobre hombre porque, además, esto son detalles que no importan para el meollo de la historia que os voy a contar.

Ya sabéis que desde mediados de marzo 2020 hemos estado todos encerrados para frenar un poco la epidemia del virus coronado. Yo solamente salía de casa para lo imprescindible: semana sí, semana no al supermercado cercano y los martes y los viernes a la panadería que hay a dos manzanas.
Nadie me quiere
Las primeras salidas eran toda una aventura, como adentrarse en una selva nueva y desconocida llena de peligros invisibles, pero en un entorno que te sabes de memoria. Nada ha cambiado, pero todo parece diferente. No hay nadie por la calle, pero el virus puede estar en cualquier sitio imprevisto, agazapado, listo para saltarte a las mucosas al menor descuido.
¿No os pasó eso de tocar sin daros cuenta el pomo del portal o el mostrador de la panadería y luego no saber qué hacer con esa mano? En estos casos yo la llevaba en alto, como en observación, para recordarme que no debía tocar nada con ella hasta llegar a casa y poderla lavar con especial dedicación.
Y con las monedas del cambio, ¿qué hacer? Podrían llevar pegados varios millones de virus, así que yo, al regresar a casa, las dejaba caer en la repisa de la terraza y allí se quedaban macerando, con la confianza puesta en que los ultra-rojos y los infra-violetas del sol junto con el aire sin contaminación las purificara antes de la siguiente compra.
Porque dicen que este bichito posado en una superficie cualquiera puede aguantar varios días. Mucho tiempo parece y quizá no aguante tanto, pero en una cosa tan seria es mejor andar con cuidado y ponerse plazos holgados: tres dias al sol o a la lluvia, según corresponda es un plazo prudente.
De todas formas dicen otros estudios que hay pocos casos de contagio por contacto con superficies contaminadas y que es mucho más probable que se produzca de persona a persona en interiores poco ventilados. Sí, pero también parece acreditado que el record de emisión de virus contagiantes lo tiene el estornudo de un enfermo y ahora veréis por qué digo esto.

En el portal habían puesto unos letreros recomendando usar las escaleras en lugar del ascensor, por la razón expuesta… Bueno, digo yo que eso será de aplicación para alturas menores de unos 5 pisos y/o para edades menores de unos 60, por poner unas cifras de referencia razonables. ¡Ah! Y en todo caso ir siempre sólo una persona. Llamadme incívico o lo que queráis, pero en esos días yo solía bajar y subir en mi ascensor los 7 pisos y la sesentena larga de años que llevo puestos encima, ¡qué caramba!

El caso es que el tercer martes de pandemia me preparo para ir a por el pan: chubasquero, bolsa, dinero y mascarilla. Entro en el ascensor y pulso el bajo. Nada más cerrarse las puertas, me giro para mirarme al espejo. ¡Vaya! llevo la mascarilla del revés, lo de dentro fuera. Menos mal que es nueva. Así que me la quito para darle la vuelta, cuando de repente el ascensor se para, tan sólo dos pisos debajo del mío. Me pilla con la mascarilla en la mano cogida por las gomitas, me giro hacia la puerta justo cuando se abre, y me veo al vecino Antonio, sin mascarilla, que está mirando distraídamente su móvil sin darse cuenta de que estoy allí, mirándole. Lleva cogida la correa de su perrillo, que saca todos los días a pasear.
Se dispone a entrar en plan autómata mirando la pantalla y cuando voy a decir “hola” para que sepa que la cabina está ocupada, pone cara de que va a estornudar y detiene su avance ciego hacia mi. Me pilla con las bragas en la mano y me da tiempo a ponerme los brazos delante de la cara justo antes de que el vecino explote en un buen estornudo. Durante la deflagración Antonio cierra los ojos y en cuanto los abre me ve justo delante con los brazos cruzados, protegiéndome, y se pega un susto morrocotudo. Mido como una cuarta más que él, y al verme de golpe tan cerca con los brazos en alto, ocupando toda la cabina, se queda abobado. No solo por la sorpresa de encontrar a alguien cuando él se creía solo, sino de darse cuenta de que ha estornudado a dos palmos de mis tiernas y sensibles mucosas.

No dije nada, pero en ese momento visualicé con precisión las 30.000 gotitas, de diversos tamaños pero todas en tonos irisados y color tornasolado, cargadas con una media de 6.666,66 virus cada una.
Conteniendo la respiración y apartando a Antonio con pocos miramientos, salí corriendo del ascensor y subí de dos en dos por las escaleras hasta llegar a mi piso, mientras ya iba quitándome el chaquetón. Al entrar en casa me desnudé, me duché y cambié de ropa, y sólo entonces me atreví a respirar hondo. Por supuesto que ese día no comimos pan. Sólo unas tostadas prefabricadas de bolsa. Ah, y encima perdí la mascarilla nueva durante la loca carrera ascendente.

Después de la ducha, con el cuerpo resentido todavía de la intensa friega con agua bien caliente y jabón Lagarto, pero con el ritmo cardíaco ya casi normal, me senté y empecé un cálculo mental: si en un buen estornudo salen unos 200 millones de virus subidos en 30.000 gotitas, con sólo que me hayan entrado por la nariz la décima parte de lo que ha emitido gentilmente el Antonio me llevo ya unos 20 millones de viruses. Si con unos 1.000 te pillas la Covid, con 20 millones hay más que de sobra para contagiar a todos los espectadores del Glorioso Estadio Castalia un día de lleno hasta la bandera, incluyendo jugadores, reservas, árbitros y masajistas. Ya puestos incluyo a los periodistas que les estaría bien empleado por estar allí mirando.

Pero bueno, todo esto sería si el Antonio tenía el virus en ese momento; si no lo tenía interiorizado en ese momento, el incidente sería solo una guarrería, pero sin más consecuencias esperables. La cosa era ¿cómo saber si mi querido vecino estaba malo? Pues empecé a espiarle por la ventana a la hora en que suele pasear su perrillo. El martes, normal, salió tan pancho. Miércoles, jueves y viernes también salió y tenía la cara normal. Bueno, normal dentro del “espectro panoli”, o sea normal para él, ya comprendéis lo que quiero decir.
Pero el sábado no lo vi, ni por la mañana ni por la tarde. Era raro. Pero es que el domingo tampoco salió, y eso que me pasé casi todo el dia mirando la pantalla del portátil conectado a la webcam “wheather proof” que saqué por la ventana de la habitación que da justo encima del portal.

¡Par mil millions de mille de sabords de tonerre de Brest! (que diría capitán Haddock)
¡Si el bachi-bouzouk del Antonio, no sale a pasear al chucho, es que se ha puesto malo!

Ya dormí intranquilo, pero es que el lunes me llegó el remate: una ambulancia paró justo en el portal llevándose a un desgraciado. Bueno, o desgraciada porque el miedo no nos ha de hacer perder la perspectiva de género. El caso es que no pude identificar a la persona de la camilla pero vi que otro vecino, unos pisos más abajo, también asomaba su curiosa cabeza y le pregunté si sabía algo.
«Creo que es Antonio porque ha sido en el piso de arriba», me respondió.

Justo han pasado seis días desde el estornudo criminal, o sea una semana que es lo que viene a ser el tiempo medio de incubación: ahora sí que la hem fotut, pero bien. Esa tarde ya noto que me pica la garganta. Se lo digo a mi pareja y me dice que soy un hipocondríaco. Bueno, quien ría el último, reirá mejor. Y en este caso será ella, porque yo me voy con la Covid-19, eso está cantado.
Me tomé la temperatura, pero todavía normal.
Me picaba la garganta y ya me dolía la cabeza. Me tomé la temperatura otra vez.
Después de comer, me notaba muy cansado y me tumbé un rato. Temperatura normal.
Un poco de diarrea. Del susto no puede ser porque estoy sereno.
Mi pareja preparó café como todas las tardes y yo no era capaz de olerlo desde el pasillo. ¡Anosmia! Otro dato que corroboraba mis temores, porque los síntomas eran clavaítos, clavaítos, clavaítos.
Y ya me notaba caliente. Pero la pila del termómetro se había agotado, seguro que por la obsolescencia programada. Porque yo sólo me había tomado la temperatura cada seis minutos durante el día (unas 100 veces) y va y se estropea, el muy traidor. Después de que lo llevamos custodiando, con cariño, en el cajón, junto al cepillo de dientes, viéndolo a diario desde hace por lo menos cinco años… Y ahora nos abandona justo en una hora, aciaga, en que más lo necesitamos y cuando la farmacia cercana está cerrada.

Una noche horrible. Necesitaba con urgencia un termómetro. La incertidumbre me estaba matando, aparte del virus, me refiero.
Por la mañana, mi pareja bajó a por un termómetro, también de pilas. Si no me ingresaban pronto, seguro que tampoco iba a resistir mucho. De momento decía 38,5ºC. No, si yo la lo sabía, la ciencia no engaña.

Había leído que el coronavirus produce coagulación de la sangre o algo así y que quizá la vieja aspirina estuviera indicada para prevenir ciertos efectos. Como nadie me quería hacer caso, me empecé a tomar dos comprimidos cada 6 horas, sin que mi pareja se enterara.

El martes llamé al centro de salud. Venga sonar y no lo cogían. Al final puedo hablar con alguien. Les cuento que hace siete días que me han infectado y que ya tengo síntomas. Sí, sí, estoy seguro, mi vecino está en el hospital y me estornudó en plena jeta.
Sí, que todavía puedo respirar, pero mal porque estoy muy agobiado. Y que cómo se llama mi vecino. Y que me llamarán al día siguiente. Ah, y que si sé a qué hospital han llevado al Antonio. Que no me preocupe por ser grupo de riesgo que no soy tan mayor. Claro, ella tenía voz de joven. Bastante amable, pero asquerosamente joven, estoy seguro.
¿Y si me muero mientras tanto? Nada, no me hacen ni caso, que 38,5ºC con respiración normal, que me espere, no es grave… Claro, como no es su preciosa garganta de voz suave…

El termómetro nuevo debe estar defectuoso porque el miércoles no pasa de 38º. Es que cuando todo va mal, todo sale mal.
¡Sapristi y cagoentó!
Ahora que pienso, quizá no me había subido la temperatura por las aspirinas. No sabía qué hacer.
Pues me dejé las aspirinas a ver si me subía la fiebre de una vez y todos se convencían de que era verdad que había pillado la Covid ésta, cosecha del 19.

Luego empezó el moqueo, luego las toses. Luego se me bajó a los bronquios, y es cuando pensé que me iba a hacer falta un respirador, pero ya. Pues seguro que no habría ninguno libre, o justamente si había alguno seguro que no iba a ser de mi talla. Y tampoco me daba tiempo a bricolearme uno a medida a partir de una máscara de bucear de Decathlon que debe estar en alguna bolsa de la playa junto con las toallas y la crema solar.

Al día siguiente, a las ocho en punto, fue mi pareja quien habló con el ambulatorio. Habló super-blandengue, sin dar importancia a mi evidente y grave enfermedad, que se conformó con la respuesta de “que siguiera tranquilo en casa sin hacerme un PRC”.
Aquí ya se me llevaban los demonios.
Pero cuando cuelga me dice que le han informado que en el hospital tuvieron a nuestro vecino solamente dos días. ¿Cómo, que se ha curado de la Covid en dos dias? ¡Si el Antonio es un vejestorio, que seguro tiene media docena de patologías previas!
Pues resultó que había sido una angina de pecho, leve, y se ve que no era la primera. Pero que ahora estaba y en casa, tan pancho…

¿Entonces?
Cuando me lo dijo, me quedé parado. Pero enseguida reaccioné. “Si no ha sido Antonio, me ha contagiado la panadera que me puso las dos barras de pan de semillas sin usar guantes y sin mascarilla. Yo le había preguntado que cómo es que no usaba mascarilla. Y va y me contesta que era para no alarmar a la clientela ¡Esa insensata me las pagará, por imprudente y por Tutatis! (Esto es de otras historietas, pero da igual)

Y yo ahora tengo el coronavirus y cuanto más tarde en ir al hospital peor me voy a poner!
Cada!!
DÍa!!!
PEOOOR!!!!

«¡Sanidad pública!, ¡Sanidad pública!», gritan todos.
¡Serán gillis, y un cuerno!, digo yo.

Aquí estoy yo, que me voy a morir y ni un mísero test de esos del “Partido Comunista Revolucionario” han sido capaces de hacerme, estos del gobierno de las izquierdas. Ni recortes ni gaitas, lo que pasa es que a nadie le importa un pepino si estoy a las puertas del EXIT o no.

En este momento de angustia, yo empotrado en mi lecho de muerte, mi mujer saca de su mesa de noche un chisme de plástico. Parece un juguete erótico, pero lo veo muy largo. Y también muy gordo, sobre todo en la punta. ¡Hay que ver, me pongo enfermo unos días y mi pareja se busca una alternativa, qué cara tiene! Y parecía una mosquita muerta.
Pero cuando me lo acerca veo que es como una pistola de juguete, como de cañón recortado. ¡Y la miro aterrado porque me apunta a la frente!
Y ella, con calma, aprieta el gatillo y lee en voz alta algo que aparece sobre la culata del aparato: «Treinta y seis punto siete. Grados»
Me mira y me aclara con frialdad: «Celsius, por supuesto».

Y luego se sienta tranquilamente en el borde de mi cama y me empieza a hablar con un tono comprensivo-condescendiente que, a medida que avanza la exposición del tema, se endurece con una mezcla de sorna gruesa y un atisbo de cariño que conozco muy bien:
«Mira, tuviste unas décimas el primer día pero luego has estado en menos de 37º. Este chisme lo compré la semana pasada y te he estado tomando la temperatura varias veces cada dia mientras dormías o sesteabas. También he hablado en tres ocasiones, por mi cuenta, con el centro de salud…
Así que déjate de coronas y de virus y ya te puedes levantar, te vistes y te vas a por el pan que ya está bien de comer de ese sintético de bolsa. Ah, y si a estas horas todavía les quedan, te traes unos brioches para desayunar».

Mientras me voy vistiendo con parsimonia y tratando de no perder lo que me pudiere o pudiese quedar de dignidad, parece que se me va pasando un poco el dolor de garganta y quizá me siento un poquito mejor.

Sniff…
Está visto, nadie me quiere…

Ficción by esendraga, junio 2020.

¡QUÉ PENA LO DE ELSA!

No ha terminado el primer mes de confinamiento total y todo ha cambiado…

¡Qué pena lo de Elsa!

Que pena lo de elsa
Cuadro de Luis Prades. (Doble dama. Museu belles arts, Castelló)

Elsa es una compañera. Bueno, en realidad a día de hoy es una ex-compañera. Nos conocemos desde hace un par de años cuando ella entró en el departamento. Nos tratábamos como compañeros, aunque al cabo de un tiempo compartíamos a veces algún guiño de complicidad, pero sin más.

Ella empezó a venir a comer con mi grupito de compañeros y eso contribuyó a que nos fuéramos conociendo mejor. La cosa se encarriló un poco más cuando los otros dos colegas comensales habituales cambiaron de horario. Fue en junio 2018 y a partir de entonces íbamos a comer solos. Y una hora diaria de comida, incluyendo un ratito de sobremesa, dan para conocerse bastante.

Ambos tenemos pareja, y ambas no relacionadas con nuestro trabajo ni con la empresa. En principio los dos estábamos bien en nuestras respectivas relaciones, así que todo se limitaba a una muy estrecha relación de compañerismo y amistad.
Y así fue hasta la cena de empresa en la Navidad de 2018. Ya habíamos bebido un poco y nos quedamos literalmente los últimos en el restaurante. Y ahí la cosa, no sé cómo, se lió.
Pero no pasamos a mayores… Hasta que unas semanas después nos mandaron a los dos, a Ávila a un cursillo. Claro, cuatro días encerrados, sin familia y en habitaciones casi contiguas ya fue una tentación demasiado fuerte para los dos.

El año 2019 ha sido un año emocionante, tanto por la novedad de la relación, como por el estrés de mantenerla y alimentarla sin que en casa se notase nada, y lo mínimo posible en la oficina. Nos las arreglamos para coincidir en un par de viajes de trabajo, pero sólo de un día fuera, suficiente para mantener la llama.
A partir de noviembre la empresa promovió el teletrabajo, aunque al menos una vez a la semana nos convocaban a reuniones y esto fue una bendición.

Para nuestras parejas, en lugar de una reunión semanal, teníamos entre tres y cuatro reuniones: una real en la empresa, y otras dos o tres, casi siempre en casa de ella. Mi mujer decía no comprender que para trabajar en casa solamente uno o dos días de cada cinco, la empresa nos habían puesto en el estudio un cacho impresora casi del tamaño de una lavadora. Cosas de las grandes empresas, contestaba yo.
Han sido unos meses geniales. La pareja de Elsa trabaja unas doce horas al día, como poco, y encima a más de cuarenta kilómetros de distancia: campo libre sin problemas.

Así que hemos tenido tiempo y tranquilidad. Y además, un rendimiento profesional extraordinario. No es broma, lo digo en serio.
Yo salía hacia el trabajo, con toda normalidad a primera hora. Y en lugar de desayunar en el bar de debajo de la oficina como hacíamos antes, yo llevaba bollos, churros o algún dulce y lo hacíamos en la cocina de Elsa.
Quiero aclarar que éste “lo hacíamos” se refiere al desayuno. Aunque a veces también a uno de nuestros pasatiempos compartidos favoritos.

Pero como los dos somos muy disciplinados y currantes, después del desayuno conectábamos los ordenadores y estábamos al menos hasta la una y media trabajando sin parar. Incluso la interacción entre ambos nos daba unas sinergias que nunca hubiera imaginado.
Luego comíamos fuera, igual que si estuviéramos en la oficina. Hablábamos de todo, siempre con buen humor, pero la mayor parte del tiempo, ¿de qué hablábamos? Pues de trabajo, como era de esperar.
En las comidas no nos entreteníamos demasiado, porque luego teníamos siesta. Bueno, lo que yo llamo siesta mixta, que es mi tipo de siesta preferido.

Eso sí, con las alarmas de los móviles puestas a las cuatro en punto. Bueno, con extensión ocasional máxima a las cuatro y diez. Y máxima-máxima extraordinaria hasta las cuatro y veinte, hay que ser responsables.
Algunas veces entraba alguna llamada de trabajo, que siempre atendíamos con extrema profesionalidad, fuera cual fuera la fase de sueño o la actividad lúdico-festiva que tuviéramos en ese momento.

Y después, curro continuado y concentrado hasta fin de jornada. Como la pareja de Elsa siempre la llamaba antes de salir de su trabajo, ningún problema. Es más, había días en que yo ya me había ido a mi casa cuando el tipo salía de trabajar.

Han sido los mejores meses de los últimos años. Debo decir que en lo profesional nos fue genial: los dos cerramos 2019 con un 120% de cumplimiento de objetivos.
Y ha sido un tiempo fantástico tanto en lo personal, como en lo intelectual y hasta en lo espiritual. Bueno, y en lo otro también, he de confesar.

Pero, ¡oh desgracia!, todo se acabó el 14 de marzo. Bueno, el 16 que era lunes. No se podía salir de casa para nada y las reuniones en la empresa se cancelaron todas. El teletrabajo continuó, pero mi mujer empezó también a trabajar desde casa, así que se acabó la posibilidad de desayunos mixtos, de siestas mixtas y de charlas amistosas. Cada uno en su casa. El día 17 ya se me había caído el mundo encima.

Aunque mi mujer es una tía enrollada y también trabajadora, nuestra relación ya no tenía ese componente de novedad, de riesgo. Y no sé por qué, pero nuestra conexión nunca fue tan fluida como la que hemos tenido Elsa y yo.

Nuestra casa no es grande y desde el confinamiento trabajamos en mesas contiguas, de forma que me es muy difícil hablar libremente por teléfono con mi compañera. Desde nuestros portátiles usamos un sistema encriptado de chat de texto, y con eso vamos tirando. Pero nada de video.

Aprovecho las pocas veces que mi mujer habla por teléfono para llamar discretamente a Elsa, o lo hago cuando salgo a hacer la compra, cada tres o cuatro días.
Esto del confinamiento me tiene muy frustrado. Elsa y yo nos habíamos acostumbrado a esta doble vida, tan tranquila, tan placentera, y tan productiva: lo tenía todo. ¡Mecachis!

¡Qué pena lo de Elsa!

Separados, aislados sin salir de casa. A final de marzo cada vez hemos ido teniendo menos volumen de trabajo por parada de algunas plantas de la empresa, y ha pasado lo que tenía que pasar. Nos han metido a los dos en un ERTE de esos, y cuando esto acabe mucho me temo que ya no seremos ni siquiera compañeros de trabajo. Me duele aceptarlo, pero creo esta crisis también ha acabado con nuestra relación.

Con el ERTE, a mi me ha quedado el 70% del sueldo. Sueldo pelado, porque los incentivos que no eran moco de pavo, se han terminado a 30 de marzo.
A efectos económicos, menos mal que mi mujer sigue teletrabajando y por el tipo de empresa en que trabaja no creo que se resienta demasiado con la crisis que va a venir. Además, ella está muy bien posicionada en la estructura.

Así que, mientras estamos encerrados, como no tengo nada que hacer, ahora le ayudo en su trabajo. Me encargo de algunas tareas tediosas y muy “time consuming”, que dirían los finolis. Le preparo y le mantengo algunas hojas de cálculo, cosa que a ella no le gusta nada. Además le he sugerido algunas mejoras en ciertos controles, le estoy haciendo una base de datos que le facilitará mucho su labor, le pulo los informes, cosas así. Yo me mantengo activo y ella está encantada de poder dedicarse a lo realmente importante de su trabajo. Igual hasta la ascienden…

Y lo malo es que ésta colaboración durante el encierro nos está uniendo. Ahora me parece una persona más amena, más interesante. Tenemos más cosas en común y estamos 24 hora juntos. Pero,

¡Qué pena lo de Elsa!

Me las arreglo para seguir chateando con ella pero ahora, a la separación se añade que, al perder la relación laboral, más el hecho de no vernos nos está enfriando a toda velocidad.
Esta mañana temprano he bajado a por pan y he comprado, además, unas brioches de las que llevaba a veces a casa de Elsa, le gustaban mucho. Pero en esta ocasión las llevo para tomarlas en un casto desayuno con mi legítima esposa. ¡Qué cambio! Y, ¡qué pena lo de Elsa!

He aprovechado el camino de vuelta para llamarla por teléfono. Hemos hablado con tranquilidad y con realismo, es una tía genial. Ella tampoco sabe qué va a pasar con nuestra relación cuando el confinamiento acabe.
Sabe que ahora colaboro con mi mujer en su trabajo, aunque no he le dado más detalles. Pero Elsa es muy lista y por algo que he dicho o por mi tono, creo que ha adivinado que estoy estrechando lazos con mi esposa.

La conclusión del asunto es que seguiremos chateando como amigos y, si hay ocasión, nos llamaremos por teléfono de vez en cuando.

¡Sniff, sniff! ¡Qué pena lo de Elsa!

esendraga, abril 2020

DURANTE LA CUARENTENA ESTE NIÑO HA APRENDIDO A HABLAR, Y SU HERMANO A CAMINAR.

El pequeño tiene casi un año. El padre lo lleva de las manitas por el salón, que va recorriendo con piernas torpes porque está aprendiendo a andar. Tienen puesta la radio, no muy fuerte, para saber si hay noticias sobre la cuarentena. El mayor, que está acabando de cenar en la cocina, con su madre, tiene dos años y pico.

Captura 3

El padre no está muy atento a la radio en ese momento, jugando con el peque, pero cree oír algo sobre el levantamiento de la cuarentena. Coge al niño en brazos y se acerca la radio para escuchar mejor. Pero tiene que esperar un poco hasta que el periodista hace un breve resumen final, cuando la declaración oficial termina. Sí, en efecto, a las familias o grupos de personas que han compartido vivienda durante la cuarentena y que no hayan mostrado síntomas en estos meses, pueden salir a la calle con ciertas condiciones.
Enseguida grita a su esposa:
—¡Oye, que mañana podemos salir ya a la calle!

Ya se esperaba que se relajara el confinamiento en breve, pero de todas formas les pilla por sorpresa. Se acerca a la cocina y el mayor acaba en ese momento su yogur. Ve a sus padres que se sonríen con un gesto de triunfo y pregunta:
—Papá, ¿qué pasa?
—Pues que mañana ya podemos salir a la calle.
El niño piensa un momento y dice.
—Pero siempre salimos todas las tardes a aplaudir al balcón. Y algunos días que hace sol también salimos y me siento en mi sillita.
—Sí, pero es que mañana podremos bajar a la calle, a caminar, al parque.
—¿Al parque que vemos en el video ese del columpio?
—Sí, a ese, o a otro. Podremos ir al que queramos. Incluso podremos ir en coche.

Como el niño no responde, él piensa un momento y se dirige a su mujer:
—Tengo que leer los detalles, porque a lo mejor podemos ir también a ver a los abuelos. No me enterado muy bien de todo, sólo he oído los titulares.
El niño reacciona porque no ha entendido a su padre y se gira hacia la madre:
—Mamá, pero ese parque es del video, de cuando yo era pequeño. Ese que estoy en el columpio rojo y el otro video del tobogán, ese video que al final me caigo de culo.
—Si, pero lo que dice papá es que podemos ir a ese parque del video o a cualquier otro parque. ¿No te acuerdas que a veces íbamos a otros parques?
—Pero yo solo he visto ese parque del video…

El padre está buscando en su móvil los detalles de la noticia. Pero no encuentra nada todavía porque el anuncio es de hace solamente unos minutos.
Se sienta en la cocina, junto a su mujer, con el pequeño sobre las rodillas, mientras intenta explicarle al hermano mayor:
—Mira, lo que hay en el video son cosas que pasaron hace tiempo y las ponemos en la tele para que nos acordemos y para reírnos. Pero el parque, la calle, la playa, la casa de los abuelos, son cosas reales. Ahora las vemos solo en foto o en videos, pero que existen en la realidad.

El niño se queda pensando y calla.
—Bueno, ahora luego hablamos, voy a cambiar a éste que me está llegando un olorcillo… Justo ahora que está recién bañado. Cachisss.
El mayor sigue pensativo, pero casi sin darse cuenta repite lo de “Cachisss”. Desde hace unos días parece que ha descubierto ese sonido y le gusta alargar las esesss de los finalesss.

Cuando lo acaba de cambiar, deja al peque en el suelo para que se entretenga con los juguetes que el hermano mayor tiene esparcidos por todo el cuarto, mientras él vuelve a consultar el móvil.
Pues, sí, parece que como los abuelos tampoco han tenido síntomas ni contacto con nadie potencialmente infectado desde hace más de 35 días, podrán ir a verlos. Pero los mayores seguirán sin poder salir.

Vuelve a tomar en brazos al pequeño y regresa a la cocina. La madre está recogiendo los cacharros y cuando lo ve aparecer le dice que vaya acostando al pequeño, que luego cenarán ellos. Como es viernes, al mayor lo van a dejar un rato más, de sobremesa. Desde hace un par de meses habla por los codos.
—¿Sabes? Acabo de mirar las noticias y creo que también vamos a poder ir a ver a los abuelos. Parece que esto está llegando al final.
Acerca el pequeño a su hermano y a la madre para que le digan “buenas noches”, y se lo lleva a acostar.

Mientras acuna al pequeño, oye a través del pasillo cómo la madre está ayudando al mayor a limpiarse manos, cara y dientes. Y a hacer un pis.
Cuando regresa a la cocina, su mujer está poniendo la mesa para ellos dos. Está pensativa y el hijo mayor, que ahora está sentado en la trona del pequeño, se concentra en encontrar cómo colocar una de las piezas de un puzzle que tiene delante.
—Entonces, ¿qué os parece? Mañana, que casualmente es sábado, vamos a ir a ver a los abuelos y luego al parque que hay debajo de su casa.

El niño levanta la mirada de su juego y pregunta:
—Pero, todos los días vemos a los abuelos, ¿no?
—Sí, pero los vemos por video de whatsapp, y hablamos con ellos y nos reímos todas las tardes. Pero mañana iremos a su casa y los podremos ver y tocar, igual que nos tocamos nosotros—. Y cubre la mano del pequeño con la suya.
Apretando la mano del niño, prosigue:
—Y también podremos darles un beso, ya verás qué contentos se ponen de veros. ¡Ah! Y luego, por la tarde, podemos coger el coche y acercarnos al puerto a tomar el sol un rato. Y ver el mar. ¿Qué te parece?

El niño no lo tiene claro, pero encuentra otro foco de interés:
—Oye y el coche, ¿ese que sale en ese video donde estoy llorando cuando era pequeño? ¿Lo vamos a ver también en otro video?

La madre interviene:
—Mira, tranquilo, tu no te preocupes, mañana lo entenderás todo. Ahora te duermes y verás que mañana será un día diferente y muy divertido.

El niño tiene el ceño fruncido, pero sigue con su puzzle y la madre no quiere insistir. Y cuando los padres finalmente se sientan a la mesa, ven que el niño bosteza.
—¿Tienes sueño?
El niño ni confirma ni deniega, pero parece que ya está a punto. La mujer, mientras toma al niño en brazos, dice a su marido que le caliente un poco más el puré de calabaza:
—Ya sabes que me gusta bien caliente. Ahora vuelvo y cenamos tranquilos; este cae en menos de 30 segundos, a la primera página del cuento se queda, ya verás.

El niño mayor ha dormido esta noche un poco inquieto a partir de las cuatro o así. El padre lo ha puesto a hacer pis, y le ha hecho compañía un ratito hasta que se ha quedado tranquilo.

Es casi verano, amanece bastante pronto, y el niño ha despertado al poco de salir el sol. Acude a la cama de los padres, que le tienden la mano para que suba. Se acomoda entre los dos, que intentan seguir durmiendo, aunque saben que va a ser imposible.
El chiquillo ha aprendido a hablar durante la cuarentena y no para. Ellos, como todos los padres, creen que su niño es el más listo. Hasta el 12 de marzo iba al cole, jugaba en el parque, se quedaba algunas tardes en casa de los abuelos, se subía sólo a su asiento en el coche, reconocía las calles familiares, listísimo.
—Mamá, entonces ¿qué vamos a hacer hoy?
—Pues desayunaremos, arreglaremos la casa un poco, ¡ah! y tienes que recoger todos los juguetes que anoche se quedaron por enmedio. Luego nos vestiremos y nos vamos paseando. Nos quedamos un ratito jugando en el parque de la avenida, y luego a casa de los abuelos— Piensa un momento y se dirige al marido—. Oye, ahora que caigo, a este se le habrá quedado pequeña la ropa de salir… Bueno, da igual, lo sacamos en chándal, pero yo desde luego me voy a vestir bien. ¡Ah, y me tengo que lavar la cabeza!
—Papá, y ¿qué más vamos a hacer?
—Pues lo que ha dicho mamá. Y además, luego, vamos donde queramos.
—Pero ¿y luego vamos a volver a casa?
—Sí, claro.
El niño parece que se tranquiliza
—Y para bajar a la calle ¿cómo bajamos?, la calle de abajo está muy lejos.

El padre se da cuenta de que va a tener que explicárselo todo.
—Mira, primero salimos por la puerta.
—¿La del final del pasillo? Pero si siempre está cerrada.
—Sí, pero si queremos la podemos abrir.
—¿De verdad? ¿Y luego?
—Luego bajamos a la calle.
—¿Cómo se baja?
—Pues como siempre, llamamos al ascensor y cuando estamos dentro pulsamos el botón de la B, que seguro que ahora ya llegas al botón.
El niño lo mira sorprendido.
—¿Qué botón?

El padre se da cuenta de que con todo esto el crío se va a liar. Confía en que cuando lo vea todo con sus ojos y lo toque con sus manos lo irá recordando, de forma que cambia de estrategia y en lugar de contestar y de seguir con las explicaciones mira a su mujer por encima del pequeño que les separa, apunta una sonrisa y dice:
—¿Le hacemos cosquillas a éste?
Los dos se giran hacia el niño, que ha reaccionado rápido y ya está reptando hacia los pies de la cama para bajarse. Lo atrapan y lo izan cuando ya casi está en el suelo.

Las risas locas que salen del cuarto despiertan al pequeño que estaba durmiendo en la habitación contigua, pero que ahora reclama también atención.

El padre se levanta, lo trae y lo incorpora a la reunión en la cama grande, donde al mayor todavía le duran las risas.

—Bueno, se acabó el descanso y empieza el día— dice uno.
Se abrazan los cuatro.
—Sí, el primer día de esta nueva era— dice el otro.

esendraga, marzo 2020.

SAN JAVIER 1946. Ernesto tiene 21 años.

Esta es la edad a la que se hace la mili, que dura dos años enteros.
El destino toca por sorteo salvo para los enchufados, por supuesto, para quienes la suerte depende de la fuerza electromotriz de su conexión con la jefatura.

Ernesto ha hecho la instrucción en el campamento de Rabassa, en Alicante. Y como destino le toca la base aérea de San Javier a orillas del Mar Menor.
Rabasa 1946 ok
(Ernesto es el de la izquierda)

Al acabar el campamento le han dado un pase para ir en tren desde Alicante hasta Torre Pacheco, casi 10 horas para un recorrido de menos de 100km. Y luego ha caminado casi 15 kilómetros cargado con todo el equipo militar incluido el mosquetón heredado de la guerra del 14. Y todo con unas botas 3 números más grandes de su talla.

No hace ni seis años que ha acabado la guerra y esta zona, que antes ya no era una región próspera, ahora está totalmente depauperada. El trayecto a pie es todo a través de un paisaje seco y polvoriento. Este país no arranca. Y le va a costar.

Ernesto recuerda vivamente el día en que los nacionales entraron en Valencia y grandes banderas rojigualdas se descolgaron inesperadamente desde las azoteas, como por arte de magia, cubriendo las fachadas de la calle Játiva, delante de la estación, justo cuando él y su inseparable amigo Pepe pasaban por allí.
Altavoces primitivos sobre camionetas desvencijadas hacían sonar el himno de los vencedores.

Habían llorado amargamente con sensación de derrota, aunque sólo tenían 14 años.
Ambos se habían sentido hundidos y defraudados, añorando algo que no conocían, una vida ideal de paz y justicia que sólo eran capaces de imaginar porque no la habían llegado a tener.
Tristes y a la vez asustados, temiendo lo que se avecinaba.

Hace un año que ha acabado la guerra mundial y han ganado los aliados. Todos creen que las democráticas Francia y Gran Bretaña, victoriosas sobre los fascistas, no van a permitir que Franco siga adelante con su régimen nacional sindicalista. No se sabe cuándo será, pero la situación no puede durar. Aunque la verdad es que parece  consolidarse esta versión dura de la dictadura, se sigue pasando hambre y no parece que la cosa tenga pinta de mejorar.

Sin embargo la gente sigue viviendo.
Y si te llaman a filas a servir en un ejército, aunque sea el que sostiene y representa algo que no te gusta, pues vas y sobrevives.
Si los colchones son de paja de maíz, de la que sólo quedan las cañas, pues las apartas a un lado y duermes sobre la madera.
A todo te acostumbras.

Si coges sarna y los bichos avanzan bajo la piel del dorso de tus manos con un escozor que te dan ganas de cortártelas, pues aplicas los pocos remedios caseros a tu alcance y aguantas apretando los dientes.
Si no hay agua en el campamento y no puedes más con la mugre que llevas encima, pues te bañas en el mar aunque sea el día de reyes de este invierno especialmente frío.
Y si tienes que cantar el cara al sol, pues te aprendes la letra y cantas, aunque sea flojito. Y procuras no desentonar.
Los insectos en la sopa, los gusanitos en las lentejas o los chinches en las literas son lo de menos, e intentas pasar por el trance lo más indoloramente posible.

Hay muchos soldados analfabetos pero Ernesto, guapito de la capital, sabe leer desde los cuatro años y escribe sin faltas con una letra bonita y muy personal, de forma que no puede evitar que lo hagan cabo segundo, porque forzosamente a uno de cada cinco soldados le toca serlo.

Aunque en Valencia ha pasado en estos últimos años mucha más hambre que la mayor parte de los muchachos campesinos con los que comparte calvario, también sabe escribir a máquina, habla bien francés y hasta algo de inglés, pero no informa a sus jefes de nada de todo esto para no verse señalado más de la cuenta.

Le gustan los aviones, de todo tipo, que lleva dibujando desde pequeño, y vino a la base aérea de San Javier con cierta esperanza de tener contacto con estos maravillosos aparatos. Pero un soldado de reemplazo, como mucho, puede aspirar a acercarse a un caza Polikarpov, -los famosos “Chatos” heredados del ejército republicano- que ahora llaman Curtiss. Se tendrá que contentar con mirarlos de cerca, pero por fuera y sin tocar.

El tiempo perdido en el cuartel, es más o menos pasable, pero las guardias son penosas y todo el mundo querría librarse de ellas. Hace frío, las garitas están dispersas, alejadas en el campo alrededor de las pistas y hangares y nunca se sabe qué puede pasar. Largas horas patrullando de noche por la llanura, con el mosquetón a cuestas. Ernesto, como todos, aprende a caminar durmiendo, a dormir mientras camina.

Les informan de que existe una posibilidad de quedar rebajados de servicio: los que sean seleccionados para participar en un concurso de tiro que se va a realizar entre varios cuarteles, quedarán exentos de hacer guardias.

Ernesto duda, pero se apunta finalmente al concurso de tiro. Aunque no es aficionado a disparar, lo de librarse de las guardias y quizá conseguir algún permiso añadido le ha decidido. Después de algunas pruebas, no elige la modalidad de precisión, sino la de regularidad que se le da mejor.
Se trata de disparar el mayor número de veces posible en un tiempo determinado, acertando a una diana no demasiado exigente.

Ernesto es un joven, ya un hombre, quizá relativamente nervioso en ciertas circunstancias, pero capaz de controlarlo bien y sobre todo de no aparentarlo.
Para conseguir buen resultado en el concurso aplica la regla, que seguirá toda su vida, que reza así: “vísteme despacio que tengo prisa”.

Durante las primeras prácticas el sargento le ve disparar con excesiva calma y le apremia para que lo haga más rápido. Pero cuando recuentan en varias tandas el número de disparos y de dianas que consigue, ya no le vuelve a decir nada.

Otros compañeros manejan más rápido, pero quizá hacen menos dianas por las prisas. O bien no impulsan con la fuerza justa el cerrojo para que expulse la vaina y han de perder tiempo en sacarla a mano de la caja de mecanismos de un trasto que tiene al menos 25 años, que ha sido usado por dios sabe quién en un par de guerras y después por un montón de soldados en sucesivos reemplazos.

Ernesto desarrolla la técnica de hacer movimientos pausados pero de la forma más precisa y continua posible.
Conserva toda la mecánica del cacharro bien limpia y engrasada, adopta una buena posición corporal, cómoda y bien afianzada.

Apunta, aproximadamente pero rápido, dispara, cerrojo atrás con un movimiento del índice derecho, oye el clic metálico de la expulsión del casquillo humeante, golpe de pulgar preciso y fuerte para cerrar cerrojo, apunta, dispara de nuevo, y todo sin apartar la vista de la mira, con el brazo izquierdo bien firme para no cambiar de posición.

A la de cinco tiros, sin perder tiempo, extrae el cargador, coloca el nuevo que toma del montoncito que lleva cuidadosamente preparado, y vuelta a empezar. No tiene prisa, sólo intenta hacer el trabajo con precisión y continuidad.
Al final no queda mal en el concurso y eso le vale un permiso extra para volver unos días a su casa.

Es 1947, España lleva ya ocho años de posguerra, y ya hace dos que terminó la mundial. Pero el régimen sigue en las mismas. ¿Qué pasa que los países vencedores no vienen a echar una mano? Aquí todavía hay juicios sumarísimos, que ya se sabe cómo son. Todavía hay racionamiento y la gente sigue pasando hambre y penurias.

Lo único positivo es que, en un país destrozado está todo por hacer, hay trabajo para todo el que quiera. Mejor o peor pagado, en condiciones que en general no son buenas, pero la gente mira hacia adelante y quiere olvidar los horrores vividos.
Ernesto tenía trabajo antes de iniciar la mili, y le guardan el puesto para cuando termine.

Al fin del permiso regresa a orillas del Mar Menor, a la base, hasta terminar los dos años obligatorios.
Y luego vuelta al trabajo, menos mal que tiene suerte y no ha de bajar a la mina ni pasar penalidades en una fundición. Va de oficinista con chaqueta, camisa blanca, corbata y el pelo engominado.

Todavía quedan años de racionamiento, años de vivir en un país pobre y con poca libertad.
Pero luego las cosas irán mejorando, tendrá esposa, un piso propio, hijos, más seguridad económica. Una vida como la que había imaginado. En muchos aspectos, mejor de lo que había esperado en sus buenos sueños.

Y aunque visto desde ahora, desde este 1947, parece algo impensable, hasta llegarán épocas de mayor libertad. Hasta quizá habrá elecciones democráticas. Algún día.
El país va a ir cambiando. A mejor casi siempre.

Pero hay algo importante, algo que muchos habitantes de este planeta le envidiarían: que después del concurso de tiro, en toda su larga vida, nunca tendrá que volver a manejar un arma.
Esto es algo de lo que sólo tomará conciencia cuando lo piense dentro de muchos años.

Algo que sus hijos, y esperemos que sus nietos, puedan también decir al final de sus respectivas y muy diferentes vidas: que nunca tuvieron que empuñar un arma.

Ni siquiera para un concurso de tiro al blanco.

esendraga, marzo 2020

ENCRUCIJADA

El tren acaba de salir de Madrid, vuelvo a casa.

Intento relajarme y me dejo caer en el respaldo. Tengo que pensar en lo de anoche, porque realmente fue un momento crítico. Ahora mismo me parece que fue decisivo. Aunque una vez pasada la encrucijada, quizá sería mejor ni pensar en ello.

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El sol de marzo ya está bastante alto y me da de lleno en la cara. Intento correr la cortinilla de la ventana y no puedo porque está enganchada en la parte de arriba. Voy a levantarme para soltarla pero veo que la señora mayor que llevo delante está dormitando y me sabe mal molestarla.
Me vuelvo a sentar y cierro los ojos. A través de los párpados me llegan los rayos directos del sol y veo esos círculos y manchas aleatorias que unas veces se agrandan hasta abarcar todo el campo de visión y otras se van encogiendo hasta un punto central donde desaparecen para dar lugar a otro círculo.
Cuando estoy concentrado puedo conseguir que esas zonas claroscuras se muevan casi a voluntad, pero ahora estoy cansado y la cabeza me bulle. Y las manchas se mueven a su aire, sin control.

Cada tres meses venimos a las oficinas centrales todos los jefes de ventas para una reunión de coordinación. El programa es siempre parecido: solemos empezar a las 10, hacemos una parada de un par de horas para comer y luego acabamos a las 6 o las 7. Todos los forasteros nos alojamos esa noche en un mismo hotel, cenamos en un restaurante bastante bueno que está en la misma calle y luego tomamos unas copas en un pub que hay justo enfrente. Las reuniones suelen ser en jueves y cada uno regresa a su ciudad el viernes.

Con los ojos cerrados y los párpados llenos de sol hago repaso: hace cuatro años que tengo este trabajo, tres que me casé, unos dos que nos trasladamos de ciudad y casi uno que tenemos una niña.
Pero anoche tuve una experiencia que podría haber dado al traste con casi todo.

El trabajo es en una compañía solvente con buen sueldo y viajes siempre a gastos pagados. Mi principal misión es mantener buenas relaciones con los clientes importantes ya que las condiciones del servicio y los precios de nuestra gaseosa mercancía vienen determinados por el B.O.E., con esto lo digo todo.
Hasta me financia sin intereses el coche que acabo de comprar para servicio a la empresa y para el mío particular: el último modelo de R18, rojo fuego, con llantas de aleación combinadas en plata y negro. Y cambio de cinco velocidades, por supuesto.

En cuanto a mi matrimonio, puedo asegurar que va bien. Mi esposa es una mujer discreta, tanto físicamente como en su estilo. Es profesora de literatura, una intelectual. Llevamos mucho tiempo juntos y nos entendemos bastante bien, ella más cerebral, yo más de acción. Tenemos una costumbre que a alguna gente le parece rara: todas las tardes, salvo fuerza mayor, a la vuelta del trabajo como a las 7 o así, nos sentamos unos minutos y nos tomamos una copa. Yo suelo ponerme un whisky y ella cada vez una bebida diferente según le haya ido el día. Hablamos, comentamos las incidencias de la jornada, o simplemente callamos en compañía. Si hace bueno nos ponemos a veces en la terraza desde donde se ve toda la ciudad y el mar al fondo. Antes de tener la niña no era extraño que las copas mediadas quedaran en la mesa y los dos termináramos descamisados y despeinados en el sofá. Desde que la tenemos creo que sólo nos ha pasado una vez, pero mantenemos la costumbre de charlar un rato.

Y la niña es un encanto. Esto de ser padres no lo teníamos programado pero los dos estamos muy contentos.

Pues la reunión de ayer fue de trámite y lo mejor fue la cena con todos los colegas. Siempre hay algún soso, pero en general son tipos listos y divertidos.
La sobremesa se alargó algo más de lo habitual y la mayoría volvió directamente al hotel, yo creo que se están haciendo mayores. Salvo tres que nos fuimos al pub de siempre.
No había mucha gente, pedimos unas copas en la barra y estuvimos charlando y riendo. Me di cuenta de que unos taburetes más allá había dos mujeres tomando algo. Cruzamos alguna mirada pero estábamos a lo nuestro, aunque me fijé especialmente en la de rojo. Antonio el andaluz, acabó su copa y se retiró porque había venido a Madrid en coche y quería salir temprano.
Vicente y yo, una vez solos, seguimos charlando pero ya cruzamos alguna mirada con las dos mujeres que debían ser de nuestra edad o quizá algo más jóvenes. Nos animamos uno a otro y cuando una de ellas acabó su vaso, yo me acerqué y les propuse invitarlas a otro.

En el pasado no he sido especialmente ligón, digamos que lo normal. Pero desde que estoy casado no había vuelto a practicar. El caso es que una de ellas, minifalda de cuero negro, blusa sedosa roja, melenita rubia corta, me miraba especialmente. No era una mujer despampanante pero era mona, con estilo y con una sonrisa un poco pícara. Me puse a charlar con ella y cada vez me parecía más atractiva. Vicente se puso a hablar con la amiga, pero al rato vi que se levantaba y me hacía un gesto de despedida con la mano mientras salía. La otra chica, aburrida, se marchó poco después.

Nuestra charla era cada vez más animada y la distancia entre nosotros era cada vez más corta.
En un momento dado, pedimos otra copa y vi que al fondo del local había mesitas y varios divanes. Le propuse tomarnos la siguiente en uno de ellos. Tomamos las copas y ocupamos el que nos pareció más discreto de todos.
Seguimos hablando y bromeando. Y luego besándonos y algo más. En un momento en que ella se levantó para ir al lavabo, intenté serenarme, pero las cuatro o cinco copas que llevaba no me sirvieron de mucha ayuda. Lo más que acerté fue a poner un breve mensaje a la agencia pidiendo que me cambiaran el billete de tren por otro para dos o tres horas más tarde. Por si acaso.
Cuando la rubita regresó al diván seguimos más o menos donde lo habíamos dejado.
En un momento determinado ella notó en mi bolsillo el bulto del llavero del hotel e hizo el famoso chiste de si es la llave del castillo o es que me alegraba de conocerla. Aproveché para decirle que era la llave de mi habitación en el hotel que había justo enfrente y me pareció que no le disgustaba la idea.

La verdad es que estaba siendo la sesión más excitante que recordaba desde que era bien joven. Esta chica parecía adivinar mis sensaciones y mis intenciones. Entre esto y las copas tomadas, yo ya no podía pensar en nada, íbamos río abajo sin control ni freno. Ni siquiera se me ocurrió acordarme de mi buena y querida esposa ni de mi hija ni de nada más de este mundo.

En uno de los lances le bajé despacio la cremallera de la falda y deslicé mi mano hacia abajo por su vientre, liso y duro. La aventura entraba en una nueva fase. Pero llegó un momento en que mis dedos notaron algo raro. Seguí un poco más y me quedé paralizado: allí había algo que no debería estar allí, algo que no me esperaba encontrar, algo que nunca hubiera deseado encontrar.

Ella notó mi bloqueo y muy lentamente fue apartando sus labios de los míos. Yo me había ido deslizando un poco en el diván y su cabeza quedaba en ese momento un poco por encima de la mía. Me miró fijamente a los ojos, desde muy cerca. Mantenía una ligera sonrisa con algo de interrogante en las cejas. Le sostuve la mirada unos momentos mientras mi cerebro funcionaba a toda velocidad.
Engañar a mi mujer con un rollo de unas horas estaba feo. Pero no era nada súper grave ni irreversible.
Pero es que seguir adelante con aquello sabiendo quién o qué era mi compañera de aventura me pareció un salto al vacío de consecuencias que no podía imaginar. Doy gracias de que ni el alcohol ni la excitación consiguieron convencerme de lo contrario.
Bajé la mirada, lentamente saqué la mano de donde la tenía y acerté a volver a subir la cremallera de la falda. Me separé de ella en el diván y más o menos recompuse mi indumentaria. En ese momento la miré de reojo y ella estaba haciendo lo mismo. Esperé a que acabara de abotonarse la blusa y nuestras miradas se volvieron a encontrar. No sé por qué pero dije entre dientes: «Lo siento».
Iba a levantarme cuando vi mi copa a mitad. La tomé y le hice un gesto como de “a tu salud” y me tomé lo que quedaba de un trago. Ella tomó algo del suyo. No parecía ni especialmente sorprendida por mi reacción, ni tampoco disgustada.

No había nada más que decir y me levanté, pero antes de darme la vuelta le tendí la mano. Nos dimos un apretón enérgico como dos aguerridos compañeros de aventuras que habiendo compartido parte de una ruta, sin haber llegado al objetivo, se despiden para seguir cada uno su camino y no volverse a ver.
Luego pasé por la barra a pagar las consumiciones y salí hacia mi hotel sin mirar atrás.

Ya en la cama no podía dormir. No me explicaba cómo me había podido pasar algo así, cómo no me había dado cuenta antes. Pero estaba cada vez más convencido de que la decisión final había sido la correcta. De haber seguido adelante, sabiendo lo que tenía entre manos, hubiera representado un antes y un después en mi vida que no estaba dispuesto a asumir.

Luego tuve pesadillas, que no recuerdo, hasta que me desperté con un dolor de testículos espectacular. Para un posible alivio, todo lo que tenía en la cartera eran aspirinas y me tragué dos por si además podían ayudar con la resaca que ya me notaba. No sé si sirvieron de algo, porque casi no he dormido el resto de la noche.

Esta mañana he podido tomar sin contratiempos el tren de las 11h, y aquí estoy camino de vuelta al hogar.
Dentro de un rato, tengo muchas ganas, veré a mi pequeña y también a mi mayor.
Estamos casi en primavera y esta tarde insistiré en tomar algo en la terraza, con el mar a la vista y el sol poniente detrás de nosotros. Con esta temperatura la peque podrá gatear junto a nosotros. Estoy deseando verlas.
Procuraré no hablar mucho hasta que el recuerdo de este incidente se me vaya disolviendo en la cabeza.

Y puedo asegurar que no me volverá a pasar nada parecido.

Esta es la historia que me contó su protagonista a finales de los años 80, a la que sólo he añadido un poco de contexto y alguna pequeña licencia. Me la contó como un incidente extraño que le había marcado en cierta manera.
Ese protagonista era un compañero de trabajo de nombre Salvador, Boro para los amigos. Quizá alguno de vosotros lo recordaréis.
Seguro que a él no le importa que publique hoy esta pequeña historia, porque hace ya muchos años que a Boro dejó de importarle todo lo de este mundo.

esendraga, marzo 2020

COMPLICADO

Me parece que desde hace un tiempo el significado de esta palabra ha cambiado.
Ahora en los medios se leen/oyen cosas como:
“Una noche complicada deja un desaparecido, ríos al límite y playas destrozadas.”
“Tránsito complicado en la ruta a Chile por un accidente”
En mi opinión el mal tiempo no crea una situación “complicada”. Lo que hace un temporal es dificultar todo, crear caos, dañar propiedades y producir desgracias personales.

Pared complicada

Un desastre no es complicado en sí. Lo que sí es complicado es solventar rápidamente los problemas creados, y más complicado hacerlo si se tienen pocos medios.
También lo es encontrar soluciones estructurales para evitar la repetición de los mismos problemas llegado el siguiente temporal.
En cuanto al tráfico, todos hemos estado en un atasco y no es nada complicado. Un coche va detrás de otro, con paciencia: parón, primera, unos metros, freno, punto muerto. Y así hasta que la obstrucción desaparece y todo vuelve a la normalidad.
Lo que puede ser complicado para las grúas y ambulancias es llegar hasta el accidente. Y luego a veces es complicado sacar a un camión de la cuneta, o a los ocupantes que hayan quedado atrapados, de dentro de un vehículo. También es complicado para las autoridades encontrar rutas alternativas viables que desatasquen la situación.
El DRAE da una definición de este adjetivo que concuerda con el uso que yo siempre la había dado. “Algo que es difícil de comprender o resolver por estar compuesto de muchos aspectos”.
Hay cosas relativamente simples que de entrada nos parecen complicadas. No forzosamente porque tengan muchas piezas o aspectos, sino porque no vemos clara la relación entre ellos. En cuanto encontramos el truco o nos lo cuentan, puede resultar algo sumamente sencillo.

De igual manera se puede decir que es complicado desenredar la cuerda de un ovillo descompuesto. Pero en realidad no es complicado, es más bien lento y tedioso. Lo que es complicado es resolver el problema rápido y bien.
También dice el DRAE que “complicado” se aplica a algo compuesto por muchas partes o elementos.
En este caso no estoy de acuerdo. Una pared compuesta por miles de ladrillos, no es nada complicada, ni de hacer ni de entender el patrón seguido para construirla. Sería complicada si estuviera formada por ladrillos de diferentes formas que hubieran de encajar o que éstos fueran de colores diferentes formando un patrón complejo, difícil de comprender.

Lo que sí es relativamente complicado, por ejemplo, es calcular qué velocidad de viento se necesitaría para tumbarla. Bueno, calcular una velocidad puede ser muy sencillo sin alguien nos da una buena fórmula que aplicar. Lo raro, que no lo complicado, es acertar con el resultado…
Si usamos el adjetivo “complicado” para cualquier cosa para indicar que es un follón, una dificultad, un incordio o un desastre, ¿como vamos a calificar a la teoría de la relatividad, o al cálculo de la trayectoria de una nave entre la Tierra y Alfa Centauro?

El adjetivo difícil no nos sirve como sinónimo de complicado porque hace referencia a la poca facilidad para conseguir un resultado. Hay cosas complicadas que son fáciles de hacer si hay un método que se pueda seguir. Por supuesto que un buen método habrá sido desarrollado por alguien que ha entendido la complejidad de la cuestión y ha encontrado una solución factible.
Y hay cosas poco complicadas, pero que son difíciles de conseguir.
Como por ejemplo, la paz interior. (Es lo primero que se me ha ocurrido, ¿qué pasa?)

De todas formas, cosa complicada es para mí hacer sólo dos caras un cubo de Rubik. Conseguir más de dos caras, ya es súper-complicado.

Y otra cosa mú complicá debe ser aquello de “querer dos mujeres a la vez y no estar loco”.
Esto debe ser lo +.

esendraga, febrero 2020

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 2/2)

(La parte 1 está aquí:  https://esendraga.wordpress.com/2020/02/07/un-tipo-como-los-demas-parte-1 )

Quizá existan otros poblados, pero en sucesivas salidas no encontré ninguno más, pero sí grandes extensiones desiertas de bosque con plantas comestibles. Solía buscar un poco al azar, pero acabé pensando que algún final tenía que tener todo aquel bosque.
Así que un día salí muy temprano, avancé en línea recta sin apenas parar durante mucho tiempo y llegué a un muro. Debía ser el límite del territorio, la pared del fin del mundo. De material duro, era continua y se elevaba por encima de los bosques más altos: imposible saltar. Fui recorriendo la pared, buscando una puerta, hasta que llegué a una zona donde el muro estaba hecho de un material que dejaba pasar la mirada. Era extraordinario: yo veía lo que había al otro lado, pero no podía pasar. Estuve mirando con detalle a través del muro, y todo lo que vi fue un espacio muy grande, abierto, de techos muy altos y suelo muy liso, pero no había actividad. Estaba lleno de objetos voluminosos y se veían puertas, por lo que supuse que era un lugar habitable. Una vez se hizo de noche me retiré a la espesura de bosque, comí tranquilamente, yo solo, y dormité hasta que se hizo de día. Fue curioso porque al anochecer llovió, mientras que en mi poblado siempre llovía de noche cerrada. Se ve que esta zona seguía otra secuencia. Todo esto que estaba observando contradecía lo que desde siempre nos habían enseñado sobre que nuestro poblado y nuestros bosques era el único mundo que existía. Otra pregunta más a la que contestar.

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Pensé que la pared-que-dejaba-ver-a-través también dejaría ver desde el otro lado, así que llegado el amanecer busqué un punto con plantas próximas que me permitía observar aquella extraña habitación estando medio oculto, discretamente.
Al cabo de un tiempo aparecieron varios amos, con ropas blancas que parecían puestas encima de otras ropas que eran de diferentes colores. Paseaban, se sentaban y hablaban entre ellos.  También miraban unos cuadrados que tenían luces de colores que iban cambiando. A través de la pared podía escuchar sus voces y su lengua la entiendo porque nos la enseñan de jóvenes.  Pero las conversaciones que tenían estos que yo veía no eran sobre cosas normales y no comprendía gran cosa de lo que decían. Estaban esperando algo, algo que parecía muy importante. Al cabo de un rato, entró otro de ellos por una puerta y empujaba una jaula grande. Me quedé espantado al ver que dentro estaba la anciana con la que yo había hablado en el poblado de los silenciosos. La sacaron y empezaron a preguntarle si había visto algo raro, si había hablado con alguien extraño y cosas así: no podía ser casualidad. La única explicación es que me habían seguido la pista y me estaban buscando. Pero, ¿por qué?, ¿qué había hecho yo?

Supongo que escapar y hacer preguntas quizá era algo que a ellos no les gustaba. Pero en mi opinión yo no hacía daño a nadie, no sé qué tiene de malo. Si tenemos capacidad para hacernos preguntas y para intentar entender el mundo que nos rodea será para que la usemos, digo yo.
Yo sabía que mi conocida del otro poblado no entendía casi la lengua de los amos, así que entre sus pocas entendederas y lo nerviosa que parecía no les pudo dar muchos datos sobre mí. Al final se llevaron la jaula fuera del cuarto.

Uno comentó que tampoco era tan importante que uno de nivel 2 se dedicara a explorar: así podrían investigar hasta dónde eran capaces de llegar los de ese nivel.
¿Qué sería eso de los niveles?

Luego se pusieron a hablar de otras cosas que no tenían que ver conmigo. Esto parecía significar que no era tan importante que yo anduviese haciendo averiguaciones, lo que me tranquilizó.

Se sentaron todos alrededor de una plataforma elevada y  entendí que estaban planeando algo. Uno de ellos, de pie, les señalaba una pared donde aparecían dibujos y colores, y les hablaba de cosas que no entendí como, entes en mosaico, quimeras y otras palabras que yo no conocía, aunque luego he ido comprendiendo.

En un momento determinado el que estaba hablando señaló a la pared-que-deja-ver-al-otro-lado hacia donde yo estaba y me quedé paralizado del susto. Aunque yo creía estar bastante oculto por las plantas, temí ser descubierto, pero por suerte nadie miró en mi dirección, así que me retiré andando despacio hacia atrás para ocultarme un poco más sin remover mucho las plantas.

Pensé que ya llevaba mucho tiempo fuera del poblado y quizá alguien se daría cuenta de que faltaba, así que regresé a casa. De todas formas, incluso cuando había estado días fuera, nadie de mis vecinos se hacían preguntas sobre mis ausencias: mucho mejor, porque esto me daba mucha libertad.

Estuve unos días sin salir. Pensando.
Creo que había llegado el momento de averiguar de una vez por todas qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Seguramente a todo el mundo le llega un momento así. Pero para mí,un tipo como otro cualquiera, no es fácil hacerlo porque significa estar dispuesto a partir de cero, a intentar borrar todo lo que sabes o crees saber, y empezar desde el principio. Y después ya nada puede volver a ser como antes.

Al final decidí que la clave sólo podía estar en los amos, de forma que volví al mismo sitio del otro día, donde la pared-que-deja-ver-al-otro-lado.
No había nadie y esperé hasta la noche. Dormí escondido. Al día siguiente esperé hasta la noche y tampoco nadie apareció. Pero no marché; decidí quedarme allí hasta averiguar algo.
Al poco de amanecer entraron unos cuantos. Se pusieron a hablar todos al mismo tiempo mientras bebían un agua marrón que ponían en unas cosas redondas que sujetaban con sus manos. Algunos de los comentarios que les oí eran tan absurdos como que estaba lloviendo, siendo yo había comprobado que por esta zona sólo llueve un rato al poco de anochecer. Sin embargo debía ser verdad porque algunos tenían la cabeza mojada. Muy extraño.

Este día no tuvieron reunión y cada uno estaba en su plataforma mirando los dibujos y colores en las pequeñas paredes que tenían delante. A ratos hablaban entre ellos, aunque yo no entendía casi nada de lo que decían. Y luego volvían cada uno a sus dibujos y colores.

Al dia siguiente volvieron todos y después de beber el agua marrón, durante bastante rato estuvieron varios sentados delante de la plataforma grande, hablando. Estaban planeando hacer algo, e iba a ser dentro de dos días y que iban a conseguir el nivel 4, el más alto posible. Y yo seguía sin saber qué era eso de los niveles.

Cuando se marcharon me quedé un rato pensativo entre la vegetación antes de regresar, cuando de repente me di cuenta de que alguien me miraba, por entre las hierbas, con unos ojos muy azules. El corazón se me disparó y se me pusieron de punta los pelos de la nuca, aunque me quedé muy quieto, en tensión y preparado para dar un brinco y salir corriendo.

Muy despacio, las hierbas delante de los ojos azules se fueron separando y vi a una joven de pelo rojizo que me hacía un gesto amistoso.

Se fue acercando despacio mientras me decía que estuviera tranquilo. A distancia prudencial se sentó en el suelo y esperó a que yo me repusiera del susto.
Lo primero que dijo fue ¿qué te parece lo que planean los amos?

Otra fuera de la ley, pensé, que también está curioseando. Aunque la habitación de los amos estaba a oscuras y vacía, nos apartamos de común acuerdo lejos de la pared, en la espesura, para hablar tranquilamente. Y nos preguntamos uno a otro, qué sabíamos sobre la situación.

Ella llevaba investigando bastante tiempo, y me había visto ya en dos ocasiones por esta zona. ¡Y yo sin darme cuenta!
Pero había tenido miedo de revelar su presencia y sólo hasta ese día al verme pensativo se había decidido.
Le tuve que pedir que hablara más lentamente porque me costaba entenderla. Su vocabulario también era un poco raro y algunas palabras me eran desconocidas.

Me contó que en su poblado los amos les visitaban a menudo y les hacían un seguimiento personal, y por esto no podía salir tanto como querría.
Me contó que los de su poblado también recibían educación, como en el nuestro, pero debía ser diferente porque conocía más palabras que yo y había conceptos que ella manejaba bien y que yo no acababa de entender. Le pregunté si ella era especial, pero me respondió que en su poblado eran todos parecidos en la forma de hablar.
Para ella yo era la primera persona ajena a su poblado que conocía. Le conté lo del poblado de los poco habladores, y entonces se quedó pensando, porque ella nunca había dado con ningún otro poblado.

Su conclusión es que habría varios poblados con gente ligeramente diferente: uno de poco listos y con dificultades para hablar bien, y otros de gente más inteligente.

Me preguntó qué cosas nos enseñaban de jóvenes en mi pueblo y se lo detallé. Entonces ella, pensando para sí misma, concluyó que al menos habría tres “niveles” de inteligencia. Siendo el suyo el superior de los tres.
Me miró como diciendo “lo siento”, pero no entendí por qué.

Seguimos hablando un rato, y cuando llovió, comentó que en su poblado lo hacía justo al amanecer. ¡Qué raro que en cada pueblo lloviera a una hora diferente!

Ella había llegado a la conclusión de que los amos hacían pruebas con nosotros. Que podían cambiar unas cosas que llamó genes, que llevamos dentro del cuerpo y que cambian nuestra capacidad de pensar, el color de nuestro pelo y otras cosas.
No entendí muy bien la cuestión, y yo estaba interesado en saber más.

Como ambos habíamos oído a estos amos que en dos días pasaría algo, nos despedimos y quedamos en vernos en el mismo sitio dentro de dos amaneceres.

Pasé el siguiente día muy intranquilo: mi mundo, el mundo, no era lo que todos creíamos y todavía nos faltaban muchas cosas por saber.
Dos días después, estaba amaneciendo cuando llegué al lugar acordado, pero no la vi. Sin embargo había llegado antes que yo, pero estaba perfectamente escondida. ¡Qué habilidad para ocultarse, desde luego más lista que yo!

Los dos estábamos nerviosos.
Como todos los días, empezaron a entrar los humanos pero no tomaron agua marrón. Ellos también parecían nerviosos, no paraban de hablar entre ellos. De repente, todos miraron hacia la puerta, que se estaba abriendo, por la que entraron otros humanos llevando una gran jaula. La dejaron y se fueron.

Dentro había cuatro de nuestros semejantes, pero no eran ni marrones como yo ni pelirrojos como mi amiga, sino de pelo gris. Y lo sorprendente es que hablaban el lenguaje de los humanos. Los podíamos escuchar desde donde estábamos. Nuestra lengua no produce sonidos, son gestos y expresiones de la cara pero, ¡estos eran capaces de hacer sonidos como los amos!

Les preguntaron si estaban listos y los cuatro confirmaron que estaban preparados para entrar cuanto antes. Entonces, los humanos les recordaron que tenían que mandar informes y empezaron a acercarse a la pared-que-deja-ver. Nosotros nos alejamos y escondimos un poco más para no ser descubiertos y pudimos ver que en un punto determinado de la pared apoyaron la jaula y se debió abrir un agujero porque los cuatro salieron desde la jaula y entraron en el bosque, pasando a nuestro mundo. Desparecieron entre las hierbas y ya no los vimos más.

La pelirroja y yo nos miramos y vi que ella había comprendido. Me explicó que estos eran como nosotros, pero creados de manera que eran más evolucionados, más parecidos a los amos. Y que ella pensaba que venían a nuestro mundo con alguna misión concreta. Y me temí esto no podría ser nada bueno para nosotros.
Estaba claro que éramos sólo el producto de una combinación que hacían los humanos, y que nos fabricaban a su gusto.

Con estos cuatro super-listos de pelo gris que nos habían soltado, tuvimos miedo de que nos encontrasen y nos despedimos. Si no nos pasaba nada deberíamos intentar vernos de nuevo, más adelante, porque los dos temíamos que nuestro mundo iba a cambiar mucho con la llegada de los nuevos. O quizá no, quizá venían sólo de visita.
Como yo sólo sé contar hasta ocho, quedamos en que nos encontraríamos de nuevo en ese mismo lugar el dia que se cumplieran ocho veces ocho dias desde ese momento.

Ella salió hacia su poblado y me quedé mirando cómo se alejaba. Primero caminó a pasitos cortos moviendo su colita y sus largas orejas, pelirrojas por detrás y rosadas por dentro. De alguna manera supo que la estaba mirando, porque ya a cierta distancia de detuvo, se plantó sobre sus patas traseras y se volvió para decirme adiós con un gracioso movimiento de su hocico. Luego partió a largos saltos.

Y yo regresé a mi pueblo. Empecé a contar los días haciendo montoncitos de piedrecillas. Pero, para que no se perdieran por accidente fui metiéndolas en paquetitos, que cerraba y guardaba en un hueco al llegar a ocho.

Iba por el segundo paquete cuando empezaron a pasar cosas. De repende un dia dejó de haber escuela para los jóvenes. Nadie sabía por qué, pero ya no volvieron a abrir. Esto era muy preocupante y me tenía nervioso e inquieto. No dormía casi y me pasaba el dia de un lado al otro intentando detectar cambios o novedades.
Por esto, a los pocos días y en vista de mi extraño comportamiento mi pareja se fue a vivir a otro sitio y casi dejé de ver a los conocidos y vecinos que me tomaban por un bicho raro.
Unos días después me empecé a dar cuenta de que la suciedad en las calles se acumulaba, mientras que hasta entonces, cada día de mi vida, había amanecido todo limpio.
Cuando llevaba mediado el tercer paquete de ocho dejó de llover y el bosque del que nos alimentábamos empezó a secarse. De momento no nos íbamos a morir de hambre, porque había variedades de hierbas que tardarían mucho en morir, pero esto no podía durar para siempre.
Cuando llevaba contados cuatro paquetitos de ocho piedrecitas cada uno, los de mi pueblo descubrimos una mañana que parte de la valla se había caído y nadie la había repuesto. Nuestro mundo se desmoronaba. Menos mal que sin valla todos podíamos salir a buscar alimento en los bosques circundantes.
Aproveché y fui al poblado de los tontos, para ver si pasaba lo mismo. Me quedé paralizado cuando comprobé, que no había nadie y todo parecía abandonado. Muy mal presagio, pero no dije nada a mi vuelta a casa. Además casi no tenía ya contacto con nadie.
Lo siguiente fue que aunque seguía habiendo dia y noche, la luz era mucho más débil y no era muy fácil moverse por el entorno. La mayor parte de la gente prefería quedarse en sus madrigueras.
Acababa yo de completar cinco saquitos de ocho dias, cuando empezaron a desaparecer vecinos. En dos dias seguidos desapareció casi la mitad.
Llegado este momento ya no esperé, nada me ataba a aquel sitio, allí no quedaba nada que hacer. Aunque todavía faltaban muchos días para mi cita me largué directamente hacia la pared-que-deja-ver. Todo parecía igual que antes. Sólo la hierba más seca y menos luz, como en mi pueblo.

Me hice un pequeño nido en un punto algo apartado del muro. Por allí había todavía hierba bastante fresca y podía esperar con tranquilidad el dia en que vendría mi amiga pelirroja, la de la tribu de los listos.
Otro problema es que cada vez hacía más frío en ese bosque y tuve que traer más hierba seca al nido para protegerme. Sólo salía de mi nido para comer y para echar un vistazo al espacio donde los humanos estaban durante el día. Como siempre, tomaban agua marrón, hablaban y hacían sus cosas, pero todo parecía muy tranquilo. No tenían reuniones, ni se veía entrar y salir mucha gente.

Seguí juntando piedrecitas para no perder la cuenta, esperando el dia, pero un poco desanimado.
Justo el dia en que faltaba un saquito para la cita, mientras regresaba de mi inspección a los humanos entreví no muy lejos, por encima de las hierbas, las puntas de dos orejas largas y pelirrojas. Con precaución me fui acercando, y en efecto era ella. La había encontrado yo antes que ella y los dos nos alegramos de ver una cara conocida tan lejos de casa.
Acomodamos el nido para los dos pero tuve que guiarla. Comprobamos que no todo en su nivel 3 era mejor, ya que su vista era peor con poca luz que la mía, un nivel 2.
Me contó que en su poblado estaba empezando a pasar más o menos lo mismo que en el mío. Pero en lugar de quedarse en sus madrigueras, allí hacían reuniones para decidir qué hacer, respecto a la comida, a las desapariciones y a todos los demás problemas que estaban teniendo.
Pero mi amiga tuvo la misma idea que yo: huir y venir a mi encuentro porque quizá nosotros pudiéramos sobrevivir mejor por nuestra cuenta.

Cuando se hizo de noche tuvimos que parar la conversación porque no nos veíamos los gestos, y ella menos con su peor visión. Nos acomodamos bien juntos porque cada dia hacía más frío. Creo que fue la primera vez desde hacía tiempo que dormía bien, y a ella le pasó lo mismo; el calor de tener alguien al lado nos confortaba de todas las preocupaciones y en cierto sentido nos daba esperanzas.
Esperamos unos días por ver si había novedades entre los humanos, pero hablaban de otros asuntos, que no parecían relacionados con nosotros.

Nos alejamos de allí, buscamos un rincón en el bosque donde asentarnos, al menos temporalmente, y encontramos un lugar en el que por alguna razón hacía menos frío y las plantas seguían creciendo. Había una variedad de flores azules, muy apetitosas y que parecían aguantar bien este ambiente. Nos hicimos la mejor madriguera que pudimos y sin tener ya adónde ir, allí nos quedamos.

Hace mucho que dejé de guardar cada día piedras en saquitos: he perdido la cuenta del tiempo que hemos estado juntos, tiempo que ha sido la mejor época de mi vida. He aprendido mucho, hemos compartido, hemos discutido, que no disputado.
Hemos vivido.
Cada conversación ha sido una ventana a un mundo desconocido, y un continuo desafío para mi el intento de comprender muchas de las cosas que ella me ha contado. No hemos tenido hijos, lo que es raro porque entre nosotros es frecuente tener muchos, pero es igual.
Ahora ya es igual.

Ahora ambos compartimos la intuición de que el fin está cerca. Llevamos mucho tiempo juntos y el mundo se reduce a nosotros dos. No hemos buscado a otros, no nos hacen falta, y además quizá ya no haya otros como nosotros. Tampoco nos hemos topado con los grises super-listos que vimos meter en el bosque.
Si alguien nos creó, nos vigiló y nos cuidó hasta un cierto momento, ahora es seguro que estamos abandonados a nuestra suerte. No sabemos si somos los últimos habitantes del bosque, pero tampoco nos importa.

Da igual. Ambos estamos de acuerdo en que una vida es una vida, hagas lo que hagas. Y que no va a haber otra. En la nuestra hemos tenido de todo: primero fue tranquila y divertida, luego inquieta, peligrosa y agitada. Y cuando todo parecía perdido, hemos encontrado la paz.
Ahora da igual cómo sea el final, no nos importa. Ha merecido la pena.

esendraga, febrero 2020

Según Wikipedia:

La ingeniería genética en plantas no comenzó hasta prácticamente los primeros años de la década de los ochenta.

En la actualidad los científicos han producido entidades tan extrañas como los organismos “en mosaico”, formados por una mezcla de células de especies distintas. Se han creado embriones quiméricos de cabra y oveja, rata y ratón e incluso, recientemente, de conejo y humano (no se permitió que estos últimos se desarrollaran más allá de unos pocos días).

En los últimos años, en el Reino Unido se ha permitido la creación de embriones quiméricos para la investigación en células madre. Hasta ahora, el animal sólo aporta un puñado de genes, en torno al 1% de los presentes en el individuo.

Estos embriones deben destruirse, por ley, a los 14 días.
Al menos en teoría…

 

UN TIPO COMO LOS DEMÁS (Parte 1/2)

Vivimos en un poblado rodeado de bosque, de donde sacamos todo lo necesario para vivir.
Llevamos una vida tranquila, no hay peligros cerca, el ambiente es agradable, ni calor ni frío y siempre llueve en el bosque durante un rato, a medianoche.
En el poblado nos conocemos casi todos aunque de vez en cuando vienen individuos de fuera, normalmente muy jóvenes, pero se integran rápidamente y, al cabo de un tiempo es como si fueran vecinos de siempre.

Soy un tipo normal, llevando una vida normal. Tengo amigos, vecinos, una pareja y en general mi modo de vida es como el de los demás.

Cuadro de Hulda Hakon www.huldahakon.com
(Cuadro de Hulda Hakon  http://www.huldahakon.com )

De todas formas, siempre he creído que yo era algo especial, en cierto sentido. Aunque al mismo tiempo pensaba que no hay nadie realmente “normal” porque todos tenemos nuestras rarezas y nuestras particularidades.

Por otra parte, como grupo social que somos, también nos pensamos que somos únicos, que nuestras costumbres, nuestra forma de comunicarnos es diferente a todas las demás y nos parece la buena, siendo las demás raras y como sucedáneos de la verdadera y más elevada cultura, que casualmente es la nuestra.
Pero en este mundo en que vivimos las cosas no son siempre lo que parecen.

Nosotros no salimos casi nunca del área del poblado, primero porque en general la gente no es muy curiosa y además porque rodeando nuestro bosque hay una valla.
Cada vez que llego hasta la valla, límite de nuestro territorio, yo sí suento curiosidad por saber qué puede haber más allá. Hace ya mucho tiempo fantaseaba con saltar para visitar el exterior. Trepar por la valla resulta imposible, no hay donde agarrarse. Y siempre nos pareció demasiado alta para poderla saltar. Creo que nadie lo había intentado nunca en serio.
Como me gustan los desafíos, llevo tiempo practicando salto en el bosque. Me refiero a salto de altura. Tengo buenas piernas, como todos mis congéneres, pero esto de saltar hacia arriba, no lo hace nadie, no hay tradición ni afición.

En rincones apartados del bosque estuve intentando diversas técnicas de salto, al principio, la verdad, sin muchas esperanzas de mejorar lo suficiente. Pero llegó un momento en que encontré una forma de impulsarme que, con poco esfuerzo, me permitía saltar mucha más altura de la que me parecía posible cuando empecé. Estuve practicando y perfeccionando el salto durante meses hasta que, hace unas semanas, lo intenté con la valla y conseguí pasar al exterior. Me quedé tan sorprendido que volví a saltar adentro inmediatamente, porque siempre se nos ha dicho que escapar no era posible y además estaba prohibido.
Al día siguiente lo hice varias veces para estar seguro de que podía hacerlo con soltura, pero volví al pueblo como si tal cosa, y esperé una semana antes de intentarlo de nuevo por si alguien me hubiera visto y me decían algo.
Como parecía que nadie se había enterado, decidí salir de exploración. Me levanté antes del amanecer y salté. Caminé un trecho y el paisaje resultó similar al nuestro. También hay bosques de herbáceas, aunque más altas que las nuestras y son mucho más extensos que nuestro territorio. Están recorridos por caminos semejantes a los nuestros, sólo que éstos no parecen muy transitados.

Siempre ha habido comentarios de la gente acerca de que no estamos solos sino que hay otros grupos semejantes en otras áreas y eso es lo que yo quería encontrar.
En las primeras salidas no tropecé con nada interesante, así que a la tercera o cuarta salida me decidí a llegar más lejos que las veces anteriores…
Y tuve suerte, pues finalmente he descubierto uno de esos grupos.

Explorando por uno de los caminos me encontré con un individuo rubio, le saludé y en contra de lo que es nuestra costumbre ni siquiera dijo nada. Me acerqué, le volví a saludar y esta vez sí respondió. Pero al dirigirme a él me contestó con un lenguaje que al principio no entendí. Le pregunté dónde vivía, y me miró con cara de no haber comprendido mi pregunta, porque repitió el mismo saludo que había hecho anteriormente. Ahora me pareció entender que era un gesto amistoso, pero no dijo nada más.
A las siguientes preguntas que le hice me siguió mirando como sin entenderme. Le pregunté si vivía sólo, si eran muchos en su poblado o si eran todos los demás semejantes a él. Pero creo que ni se enteró de lo que le preguntaba.
Me miraba todo el rato con cierta curiosidad, pero con cara de no entender. Desesperado de no conseguir nada, ya me iba a despedir cuando me dijo algo que entendí clarísimamente aunque se expresó mal. Dijo que iba a comer comida. Y a continuación interpreté que me invitaba a acompañarlo. Dije que sí y fuimos caminando. Parece que nos expresábamos en el mismo idioma pero me daba la impresión de que su vocabulario era muy reducido. En breve llegamos a un poblado, pero nos detuvimos en las afueras en una especie de comedor. Allí, sin decir palabra, compartimos unas raciones.
Cuando acabamos, entendí que me invitaba a acompañarlo. Por la forma de expresarse pensé que quizá era un individuo con alguna minusvalía, con algún problema físico que le impedía expresarse normalmente. Pero la verdad es que por su comportamiento un poco rudimentario y la forma tan zafia en que comía, más bien me pareció que sería algún problema mental.

Cuando llegamos a su poblado, entramos caminando y él no dijo a los demás nada de mí, que hubiera sido lo normal, pero es que pasé totalmente desapercibido. Nadie parecía fijarse en mí, lo que me extrañó. Pero lo más raro es que el resto de la gente se parecía a mi nuevo amigo: no hablaban y miraban con expresión como ausente. Sin embargo se saludaban entre ellos muy frecuentemente pero sin palabras, sólo con breves besos. Y como mucho vi sólo expresiones muy simples y cortas como “quiero comer” o “me voy”.
Un poco raros, también en otros aspectos. Por ejemplo, nosotros en nuestro poblado no nos ocultamos especialmente para tener sexo, pero en general no lo hacemos en público. Sin embargo ya en las primeras calles vi a varias parejas copulando, como la cosa más normal a la vista de todos.

Le pregunté a mi amigo porqué la gente no hablaba y como era de esperar no me entendió. Me separé del él sin despedirnos siquiera, y estuve paseando un rato buscando a alguien con aspecto de entenderme. Entre ellos se saludaban con besos a menudo, pero nadie se acercó a besarme a mí, supongo que porque me notaban algo diferente o simplemente no me conocían. Ese primer día ya era tarde, así que no tuve tiempo de mucho más. Regresé rápido a casa, pero no dije nada a nadie sobre mi excursión ni sobre mi hallazgo.

Los siguientes días no dejé de pensar en lo raros que eran esos medio-vecinos.
Nosotros somos muy expresivos, nos saludamos incluso de lejos, aunque con los más allegados también nos besamos. Hablamos mucho entre nosotros, nos contamos cosas, nos reunimos, compartimos la comida, cotilleamos. Somos realmente muy habladores y por eso me resultaba tan extraño el comportamiento de esos “vecinos lejanos” que había conocido.

A los pocos días busqué la ocasión y regresé al poblado de los silenciosos e inexpresivos. Seguí el camino de la vez anterior y el panorama que encontré fue semejante. No parecían peligrosos en absoluto, así que abordé a unos cuantos viandantes, y todos parecían tener las mismas limitaciones de mi primer conocido: ni entendían lo que les decía yo, ni siquiera parecían pensar, ni apenas hablaban, y si lo hacían eran sólo unas pocas palabras sueltas, referidas casi siempre a necesidades muy básicas. Había una gran proporción de jóvenes, pero no parecía haber centros de formación porque estaban todos correteando y jugando por las calles, entrando y saliendo de los portales.

Yo me preguntaba cómo podía haber un poblado no muy alejado del nuestro con gente tan diferente y tan limitada mentalmente. A mediodía, hora de la siesta, las calles se vaciaron casi del todo. En vista de que no iba a sacar nada, pensé en regresar y olvidarme de estos sosos e ignorantes, cuando me di cuenta de que una mujer de avanzada edad me estaba mirando desde una esquina. Su mirada era diferente de la del resto de la gente. Desde lejos, me hizo un gesto, indicándome que me acercara.
Nos pusimos a hablar en un rincón y ella miraba constantemente alrededor, como con temor de que alguien nos viera. Hablaba mi lengua aunque le costaba expresarse: usaba frases simples y un vocabulario bastante pobre, pero nos entendíamos. Me había visto intentado hablar con varias personas y me había estado observando. Me dijo que había vivido en un poblado donde hablaban como yo. Por los detalles que me dio, deduje con seguridad que se trataba justamente de mi poblado. Entendí que ella había nacido allí, pero que siendo muy joven la habían traído a éste otro, donde llevaba viviendo desde entonces.
Parece que el motivo del traslado es que se expresaba muy mal y no cumplía los estándares de nivel mental requeridos en su lugar de origen o sea, mi propio lugar.
Me contó que los de su nuevo poblado la habían recibido con indiferencia, tal como yo he visto que hacen con los forasteros. Ella era la única de aquí que hablaba algo más que las cuatro palabras básicas. De hecho me confesó que hacía muchísimo tiempo que no hablaba con ningún semejante. Le propuse que viniera conmigo porque se encontraría más a gusto con gente menos primitiva, a lo que contestó con expresión de temor que de ninguna manera porque le habían prohibido regresar. Incluso tendría problemas si se llegara a saber que había hablado con un forastero.

Aunque se la veía atemorizada, me acabó contando que había tenido descendencia con un individuo  local y que una de sus hijas había resultado de gran inteligencia. Explicó que cuando la joven empezó a demostrar sus habilidades la deportaron. Pensé que quizá a mi poblado porque esto encajaba con lo que yo había vivido. Recuerdo que las personas que venían a mi pueblo, eran siempre jóvenes y NO venían con sus padres.  Ahora lo entendía: los “tontos” que mandaban fuera se iban con toda la familia y los “listos” que venían lo hacían solos. Aunque luego se quedaban al cargo de alguna familia local y se integraban rápido.
Me confirmó que las gentes de este poblado son muy simples de pensamiento, y además de que no saben casi hablar entre ellos, no entienden en absoluto el idioma de los amos.
Me confesó que ella misma nunca llegó a conocer bien esa lengua, que todos nosotros entendemos perfectamente.

O sea que en mi lugar originario, aquellos que presentan un nivel de desarrollo mental bajo, ¿los destierran?
Esta fue mi conclusión, porque ella no era capaz de enlazar lógicamente estos conceptos y sacar conclusiones de carácter general. ¿Era esto de las deportaciones una práctica habitual?
Recuerdo a un compañero de escuela, que iba un poco retrasado en las clases y que un buen día desapareció, junto con sus padres, también. Siempre se dijo, y lo creímos, que habían marchado a otro lugar en busca de una escuela adecuada. Ahora pienso que quizá fueron deportados como  le había pasado a esta mujer.
Estaba claro: mi pueblo es de los hablantes/pensantes y el otro es de los limitados o directamente subnormales. Pero, ¿qué nos hace diferentes?
Estuve bastante rato con la amable anciana, hasta que llegó un momento en que por las calles empezó pasar cada vez más gente y ella se puso tan nerviosa que me di cuenta de que ya no podía sacar mucha más información. Me despedí cortesmente quedando en regresar en otra ocasión para tener otra charla. Y salí del poblado de la manera más discreta posible.

Tenía que averiguar algo más, así que durante las siguientes semanas hice nuevas salidas de exploración…

(Continua en parte 2/2. )

esendraga, febrero 2020

 

PONIENTE FUERZA 10

Hace poco me reencontré con mi buen y viejo amigo Rafa, y como es normal entre gente de cierta edad estuvimos rememorando historias juveniles. Yo recordaba retazos de una de sus aventuras que me había contado hace años, y le pedí que me la relatara otra vez.
Transcribo casi literalmente lo que me ha contado.
La foto es de la época y del auténtico Rafa, a quien siempre he admirado por muchas razones que no vienen ahora a colación. Y vista la imagen desde este siguiente siglo, me asalta un cúmulo de recuerdos, quizá para otro relato….

«Siempre he tenido una gran afición por el mar y por la navegación. Pero como suele pasar, la afición no me venía acompañada de forma automática por los medios necesarios…

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Así que frecuentaba el puerto de Cullera y navegaba con amigos mejor dotados de los pertrechos materiales necesarios.

La “aventura” que me dices, debió pasar a finales de los setenta, ¡cuanto tiempo! ¿verdad?

Por aquel entonces navegaba yo con mucha frecuencia en el velero de un amigo. Era un Puma 26, un barco muy marinero y seguro en el que regateábamos y hacíamos pequeños cruceros a Baleares, además de practicar escafandrismo, deporte en el que él me introdujo.
Mi amigo , el propietario, trabajaba por entonces en una cierta empresa y su jefe, el dueño de la misma, le manifestaba interés en probar la navegación a vela, así que un día entre semana me llamó:
—Rafa, este sábado he quedado con mi jefe para llevarlo a navegar y necesitaría que me echaras una mano para que todo salga redondo. Quiero quedar bien y que se lleve buena impresión.
—Vale, cuenta conmigo —Cualquier ocasión de navegar me venía bien. —Las previsiones son de poniente fuerza 4, quizás algo más, pero cerca de la costa el mar estará plano y se podrá disfrutar. Tu jefe va a quedar encantado. Hasta el sábado pues…

Llegado el sábado por la mañana, se hicieron las presentaciones de rigor, todo eran sonrisas. Al subir a bordo el jefe, un hombre que por edad casi podría ser mi padre, parecía interesado y emocionado.
Con seguridad de expertos, aparejamos el barco con foque 2 y la vela mayor con un rizo. Por si no lo sabes, esto de tomar un rizo significa acortar un poco la vela por debajo. Y el motivo era que la última previsión había subido la fuerza probable del viento a 5 con rachas de 6. Hombre un viento de entre 40 y 50km/h es un viento bastante fuerte, aunque los marineros lo llamen oficialmente “viento fresco”. Pues esto para nosotros era lo mínimo que necesitábamos para lucirnos. A los veintipocos uno no se preocupa por nada. Dicen que la sensación de riesgo sólo aparece en los humanos cuando se acaba de desarrollar la corteza prefrontal del cerebro, y nosotros la teníamos todavía bien tierna.

El náutico de Cullera no está a la orilla del mar, sino en el último tramo del río, así es que a buena marcha enfilamos la última milla del Padre Júcar, que es la que hay hasta la desembocadura, todos contentos y esperanzados en una singladura memorable. En esto acertamos sin saber hasta qué punto…
Una vez en agua salada, con viento en popa a toda vela (o casi) empezamos a navegar rumbo a levante, yo al timón y mi amigo y su jefe a la maniobra. O sea, los que iban a trabajar.
Al principio mar casi plano, perfecto. Al jefe parecía gustarle y mi amigo estaba encantado de ello.
Luego, ya un poco más lejos de tierra el oleaje empezó a aumentar y el viento pasó, sin avisar, de “fresco” a “frescachón”. (Si estos nombres te parecen de broma, mira en google “Escala Beaufort” y verás que los marineros son unos cachondos nombrando vientos)
Pero ese rato fue genial. Cuando llevas el viento por detrás, las olas corren más que tú y te alcanzan, de forma que el barco “cabalga” por encima de sus crestas; es como si te llevaran en volandas.
Un barco de 9 metros, haciendo surf sobre olas de 3 metros, con un viento de casi 70km/h empujando tus velas es una experiencia  fantástica.

IN-CRE-I-BLE

Todavía hoy, si cierro los ojos, puedo experimentar esa sensación casi de ingravidez. Parece que las fuerzas de la naturaleza te llevan en palmitas. Yo creo que si el entonces jefe no ha olvidado aquel sábado, recordará ese ir en volandas como el principio de su martirio.
No éramos conscientes de que esas fuerzas eran tan salvajes hasta que pasó lo que ahora te cuento.
No era cuestión de alejarse más de tierra porque el viento era ya una cosa que se ponía muy seria. Aquello había dejado de ser “viento frescachón”, y era más bien un temporal en toda regla. Así, que pese a que teníamos todavía la corteza prefrontal inmadura, nos pareció conveniente reducir el empuje del viento, haciendo un poco más pequeña la vela mayor, esto es  tomando un segundo rizo. Una vez hecho, lo pensamos mejor, a la vista de la cara que se le estaba poniendo al jefe, y haciendo una concesión extra a la prudencia cambiamos el foque por el más pequeño que teníamos, adecuando al momento, que por eso se llama “tormentín”.

La idea era virar 180º y regresar lo más directo posible a puerto, ciñendo heroicamente ese viento de poniente que se empeñaba en llevarnos mar adentro.
Al poco de virar y plantar cara a las olas, el viento ya estaba desbocado. Luego supimos que a esa hora había alcanzado los 90km/h con rachas de 100. Y te confieso que cuando la escala Beaufort apoda al viento fuerza 10 como “temporal duro” ya no están de broma.
El tamaño de las olas era tal que había momentos en que parecíamos estar en una cumbre, viendo desde la cresta de una ola ese paisaje azul y blanco a nuestro alrededor. Con ese nivel de temporal los rociones de espuma te dan en la cara con tal fuerza que hacen realmente daño y no puedes ni mirar en la dirección del viento. Unos segundos después, pareces estar en un pozo, rodeado de agua por todas partes, y sólo se ve arriba del todo un trocito de cielo.
Mi amigo y yo estábamos convencidos de que saldríamos del trance sin problemas. El jefe, con un color de cara muy raro, hacía lo posible por ayudar en las maniobras, el pobre. Menudo bautizo de mar…

Pues ya con la proa hacia puerto, el barco y su aguerrida tripulación negociaban sin desfallecer las olas gigantes que se estrellaban sobre cubierta. Lo que no esperábamos, infelices de nosotros, es que fuera una pequeña pieza metálica, un modesto remache colocado a media altura en el mástil, el que no pudo más y cedió, soltando el también modesto cable que lo fija a uno de los laterales del barco.
Oímos de repente, por encima del bramar del “temporal duro”, un terrible chasquido y al mirar hacia arriba, vimos como todo el mástil y botavara con las velas caía por encima de la borda de estribor y quedaba colgando de la jarcia.  Vaya, lo que sería en cristiano colgando desmadejado de una madeja informe de cuerdas y cables…

¿No dicen de una batalla que se perdió a causa de un clavo mal puesto de los de la herradura del caballo del rey correspondiente? En el caso nuestro casi perdemos la batalla final y definitiva por un sencillo remache…
Menos mal que llevábamos un motor Volvo de 25 CV. Los Volvo no son los más baratos, pero mi amigo lo había elegido por ser “superfiable”.
Cuando te quedas sin velas no hay que quedarse parado al albur del temporal esperando que amaine, sino que hay que dar motor a tope, navegar cara al viento e ir atravesando las olas con la máxima potencia.
Con viento fuerza 10, olas de entre 3 y 4 metros, estando a unas 8 millas de tierra (que en este mar eran muuchas millas), con un mástil que en lugar de estar plantado en su sitio no cesa de golpear el casco, sin velas que nos empujen y con un tripulante de color violeta, ¿qué más puede salir mal?

Pues eso. Que el barco se movía tanto que el gasoil no paraba quieto en el depósito y no llegaba correctamente allí a donde se le suponía había de entrar en un motor superfiable y cumplir con su obligación de llevarnos a la desembocadura del rio con la mayor presteza.
En ese momento supimos que por nuestros medios no salíamos de aquella: a la deriva, atravesados a esas olas enormes el mástil acabaría haciendo un agujero en el casco y fin de fiesta. Llamé por radio al club náutico indicando la posición aproximada e informando de la situación crítica en la que estábamos. ¿Qué otra cosa podía salir mal?

En efecto: contestaron que no tenían remolcador y que con el temporal no iba a salir nadie a buscarnos.
Apagué la radio y subí a cubierta: la noticia no cayó nada bien en mis colegas de infortunio.
La siguiente hora fue alucinante. Cuando uno toma conciencia de que lucha por su vida, los sentidos se agudizan pero la conciencia racional parece que se va de vacaciones.
A cada golpetazo contra el costado del mástil suelto, se nos arrugaba un poco más el estómago, es un decir…

Había que hacer algo. Nos encomendamos a Hércules, el único que en este trance nos hubiera podido echar una mano. Y desde lo alto nos dijo, tan tranquilo, lo que ya sabíamos: cúrratelo y el cielo te ayudará.
Así que pusimos al jefe a sujetar la botavara para evitar que golpeara, mientras los jóvenes intentábamos subir el mástil a cubierta.
El jefe cumplió y aguantó agarrado al trozo de aluminio como una mordaza hidráulica.

Tardamos una hora entera, de las de sesentaytantos minutos, sometidos a sacudidas, bandazos, goterones de agua a casi 100km/h, subidas vertiginosas a las alturas y caídas casi en picado. Sujetándonos como podíamos cuando el barco tomaba una inclinación inverosímil, o las olas barrían la cubierta de lado a lado. Conseguimos finalmente subir los trozos de mástil y amarrar todo sobre cubierta. Nadie cayó y nadie salió dañado. Esto fue casi un milagro de Hércules.
Bueno, me refiero a daños físicos, porque los daños morales van en otra cuenta aparte.

A pesar de que el viento seguía tan bestia y el barco seguía moviéndose a lo loco, a merced de las olas, en ese momento supe que no nos iba a pasar nada: un buen casco como el nuestro, perfectamente cerrado, no se va a hundir por más olas que lo sacudan. Hombre, puede volcar, y entonces es problema es otro. El siguiente pensamiento fue para mi familia y para mi novia. A estas horas tenían que estar llamando sin parar al náutico, a la policía y al servicio de rescate…

Aunque el festival no menguaba, estábamos un poco más tranquilos. Bajé de nuevo a la radio y al conectarla se empezaron a oír las llamadas de un amigo que había conocido mi mensaje de auxilio y había decidido salir a buscarnos. Tenía un barco de 12 metros con un motor potente que, al parecer, sí funcionaba y nos estaba buscando. Nos llamaba angustiado al no encontrarnos. Y no nos veía porque no teníamos mástil y porque un casco blanco es difícil de ver cuando el mar es una superficie de espuma del mismo color.

Al establecer finalmente contacto nos localizó con bastante facilidad. Se trataba de remolcarnos en medio de aquel maremágnum y se situó a distancia suficiente para lanzarnos un cabo.
La tarea no era fácil porque las olas hacían que tan pronto viéramos al otro barco tres o cuatro metros por encima de nuestro nivel y luego lo mismo pero por debajo de nosotros.
Era absolutamente dantesco ver y oír el viento arrancando bocados de agua de la superficie con esa violencia, convirtiéndolo todo en un manto blanco.
No podía acercarse demasiado para que la violencia del mar no nos hiciera chocar. Costó varios intentos, pero finalmente amarramos el cabo a la bita de proa.
Comenzó el remolque y ya nos veíamos calentitos con nuestro café con leche y quizá con una copita de algo en el bar del club, comentando la hazaña.

¿Después de todo lo que habíamos pasado, qué otra cosa, ya, podía salir mal?

Pues que los repetidos tirones del cabo de remolque, lo partieron al poco rato. Otra vez el barco a bailar, otra vez a lanzar cabos de un barco a otro.
Menos mal que alguien tuvo la brillante idea y que en el barco había los medios para materializarla: en el centro del cabo de remolque amarraron un tramo de cadena de esa gorda, como de 20 metros. El peso hundía cadena y cabo en el agua y eso amortiguaba los tirones. Poco a poco, gracias al potente motor del otro barco y al efecto amortiguador de la cadena pudimos regresar a tierra. Durante el regreso, no nos miramos a la cara ninguno de los tres. Cada uno con sus pensamientos y el jefe sentado en un rincón con su tez color añil.

Ya en puerto, estábamos los dos pendientes de la maniobra de atraque, sin decir palabra. La proa estaba ya a un metro del muelle, cuando vi una sombra que pasaba por mi lado como una exhalación, saltaba con increíble agilidad desde el barco a tierra y desaparecía dando tumbos, corriendo por el pantalán hacia tierra firme.

Jamás volví a ver a aquel señor que tan valientemente había sujetado la botavara a riesgo de su vida.
Y jamás me atreví a preguntar a mi amigo por su jefe. Ni siquiera supe si continuó trabajando allí, si lo despidieron, o si simplemente no se atrevió a regresar a la empresa para no tener que mirar a la cara al heroico jefe.»

¡Cosas de jóvenes!

 esendraga, enero 2020

Como esto es una historia real hay una post-data: el dueño del Puma 26, después del día de autos, presentó ante el astillero constructor del barco el obenque con el remache defectuoso, y la firma le proporcionó todo el aparejo nuevo sin cargo. Todo un detalle.